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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 








ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 




This book is due at the WALTER R. DAVIS LIBRARY on 
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may be renewed by bringing it to the library. 



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DE 



DON ANDRÉS BELLO 



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in 2013 



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DE 



DON ANDRÉS BELLO 

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pof; 






MIGUEL LUIS AMUNÁTEGUI 



6 © e) 



SANTIAGO DE CHILE 



IMPRESO POR PEDRO G, RAMÍREZ 



1882 



ADVERTENCIA 



He aceptado el encargo de componer este libro, tanto 
por complacer a los miembros del consejo de instrucción 
pública, del cual tengo el honor de ser secretario, como 
por considerar que yo me hallaba en posesión de noticias 
i documentos que otros no podrían proporcionarse con 
igual facilidad. 

Habiendo tenido la buena fortuna ele tratar con inti- 
midad por largo tiempo a don Andrés Bello, pude reco- 
jer gran número de datos ciertos e interesantes sobre su 
vida i escritos. 

El afecto con que correspondí a sus bondades, i la 
admiración que su vasto i variado saber despertó en mi 
alma, me han llevado a escudriñar con curiosidad cuanto 
se referia a su persona i a sus obras. 

Estas investigaciones me permitieron hacer diversas 
publicaciones biográficas o críticas tocantes a él. 

Sin embargo, en ninguna de ellas, tuve oportunidad 
de consignar noticias tan numerosas, tan completas, tan 
exactas, como las que ahora suministro. 

En efecto, para elaborar esto libro, no solo he rectifi- 
cado escrupulosamente mis trabajos anteriores, sino que 



VI ADVERTENCIA 



también me he aprovechado de muchos papeles i apuntes 
inéditos. 

De todos modos, el presente volumen tiene el mérito 
indisputable ele ciar a conocer varias piezas en prosa i en 
verso de tan egrejio autor, hasta ahora ignoradas. 

Me cabe la satisfacción de haber puesto todo lo que 
ha estado de mi parte, a fin de que este homenaje fuera 
medianamente digno de la memoria de aquel a quien un 
ilustre miembro de la Real Academia Española* acaba 
de proclamar, en una ocasión solemne, el príncipe de los 
poetas i escritores del Nuevo Mundo, i de quien un in- 
signe i popular vate** ha escrito que 

a los ecos de su voz vibrante, 

Se incorpora en la tumba Garcilaso, 
I le contempla con amor Cervantes. 

El haber fracasado en tal propósito no es culpa ele la 
voluntad. 



El señor clon Manuel Cañete. 
El señor don Manuel del Palacio. 









VIDA 

DE 

DON ANDRÉS BELLO 



La casa en que nació don Andrés Bello. 

Don Andrés Bello nació en Caracas, esa patria ilustre de 
tantos varones insignes por el valor i por el injenio. 

Debia tener por paisano a Simón Bolívar, muí poco mas jo- 
ven que él. 

En los últimos años del siglo pasado, i en los primeros del 
actual, se levantaba, a las inmediaciones de la iglesia de las 
Mercedes, una casa cuyo edificio era bastante modesto, pero 
que atraía la atención por un huerto de hermosos árboles. 

Esa fué la casa donde don Andrés Bello vino al mundo. 

El espantoso terremoto de 1812 arruinó, tanto esa casa, 
como la iglesia vecina. 

Corriendo el tiempo, fueron reconstruidas primero la casa, 
i mucho mas tarde la iglesia. 

Cuando Bello supo la segunda de estas reparaciones, escri- 
bió a una persona de su familia esta tierna frase, que habría 
podido servirle mui bien de tema para una oda, i que el ilus- 
trado escritor venezolano don Aristídes Rojas, justo admirador 
de su compatriota, ha salvado oportunamente del olvido: 
«¡Cuántos preciosos recuerdos sujicre ese templo i sus cerca- 
nías, teatro de mi infancia, de mis primeros estudios, de mis 



VIDA 



primeras i mas caras afecciones! Allí la casa en que nacimos 
i jugamos, con patio i corral, con sus granados i naranjos. I 
ahora, ¿qué es de todo esto?» 



Fecha de su nacimiento. 

Don Andrés Bello me dijo, no una, sino repetidas veces, que 
había nacido el 30 de noviembre de 1780. 

De acuerdo con la afirmación de testigo tan abonado, lo re- 
ferí así en la biografía que publiqué el año de 1854. 

Muchos otros lo repitieron de palabra, o por escrito. 

Sin embargo, Bello, que lo oia, o lo leia, nunca lo rectificó. 

Tal aseveración tenia ademas en su apoyo el celebrarse el 
30 de noviembre la fiesta de sic santo patrono. 

Mientras tantej la fe de bautismo compulsada por el señor 
don Aristídes Rojas en los archivos de la parroquia do Alta 
Gracia, i de la universidad de Caracas, manifiesta que don 
Andrés Bello i López nació el 29 do noviembre do 1781. 

Nuestro protagonista, que llegó a saber tantas i tan variadas 
cosas, i que las supo tan bien, ignoraba la fecha exacta de su 
nacimiento. 

¿Cómo había incurrido en semejante equivocación? 

Por mi parte, no puedo esplicarlo; 

Ello es que Bello pensaba erradamente que contaba un año 
mas de los que tenia en realidad. 



Su familia. 

Los projenitores de Bello fueron dos vecinos de Caracas lla- 
mados don Bartolomé Bello i doña Ana Antonia López. 

Don Bartolomé era un abogado distinguido, que se propor- 
cionó en el foro los recursos necesarios, sino para atesorar un 
caudal, a lo menos para proveer a las necesidades de su na- 
ciente familia. 

Era hombre entendido, no solo en la jurisprudencia, sino 
también en la composición musical. 



DE DON ANDRÉS BELLO 



Según el señor Rojas, aun se ejecuta en Venezuela la de una 
misa que don Bartolomé elaboró. 

Don Andrés, aunque gustaba mucho de oír tocar o cantar, 
no heredó ese talento de su padre. 

Doña Ana Antonia López fué una excelente señora, que le- 
gó a su hijo los frecuentes dolores de cabeza i la lonjevidad. 

Don Carlos Bello, nieto de ella, hizo un viaje a Venezuela. 

Léase cómo refiere a don Andrés, en carta de 6 de junio de 
\ 846, la primera entrevista con su abuela, la cual entonces aun 
vivia. 

«Llegué a la Guaira; i a las dos horas, me puse en camino 
con buen carruaje, i por la carretera abierta el año pasado. 
Cortada en el faldeo de las montañas, parece a lo lejos una 
lista amarilla, trazada sobre la verde grama; pero, apenas en- 
tra uno por ella, la lista se torna camino, i árboles crecidos, 
que cubren con eterna sombra sus propios troncos, eso que se- 
mejaba mullida grama. Desde las alturas, se divisan hondos 
valles, todos verdes, todos regados. Pero quiero olvidar todo 
esto para llegar de una vez a lo que a Usted interesa. 

«Llegué a Caracas; i después de algunos trabajos, acertó con 
la casa de mi abuela. Era dia domingo; i habia salido, como 
tiene de costumbre, a casa do mi tia Rosarito. Fui a buscarla, 
i quiso mi suerte que la encontrase en la calle. Me la dio a co- 
nocer la persona que me servia de guia. Sin decir quién era 
yo, la conduje con el talismán del nombre de Usted (que ella se 
resistía) a casa de Rodríguez.* Allí me di a conocer. Ya puede 
figurarse Usted cuántos abrazos recibiría, cuántas preguntas tu- 
ve que contestar, i cuan grande fué la sorpresa i placer, sobre 
todo de mi abuela. Lleva maravillosamente bien sus muchos 
años. Es activa, hacendosa, i hasta mas alegre ele lo que pu- 
diera creerse. Los retratos le han causado infinito placer; pero 
le cuesta conformarse con la idea de que Usted tenga canas, i 
que le falten dientes.» 

Doña Ana profesó siempre a don Andrés i a los hijos de és- 
te el mas entrañable afecto. 



Este caballero era cuñado de don Andrés Bello, 



VIDA 



A principios ele 1825, clon Andrés hizo que los dos hijos que 
a la sazón tenia escribiesen desde Londres a la señora. 

Aquella carta fué un verdadero acontecimiento en el hogar 
de Caracas. 

«He tenido mucho gusto en ver las cartas de los niños, de- 
cía doña Ana a don Andrés con fecha 15 de mayo de aquel 
año. Fué tan jeneral el regocijo en toda la casa, que hasta la 
cocinera vino a oírlas leer. » 

La señora, a causa de sus años i de sus ocupaciones, según 
lo declara, envió a sus dos nietos una sola contestación. 

Después de felicitarlos por la aplicación al estudio que ya 
manifestaban, i por el respeto i obediencia que tenían a su 
padre, les agregaba: «Me redoblarías el gusto, mi querido 
Carlos, si me mandaras aunque fuese una flor dibujada de tu 
mano; i mi querido Francisco me dará el mismo gusto, cuando 
sepa lo mismo.» 

Don Andrés Bello, naturalmente afectuoso, a pesar de sus 
apariencias frias i reservadas, correspondía al cariño de su 
madre con otro igual. 

El señor diori Aristkles Rojas ha tenido la buena idea de dar 
a conocer el siguiente párrafo de carta escrita por don Andrés 
en sus últimos años. 

«Lee estos renglones a mi adorada madre, que su memoria 
no se aparta jamas de mí, que no soi capaz de olvidarla, i que 
no hai mañana, ni noche, que no la recuerde; que su nombre 
es una de las primeras palabras que pronuncio al despertar, i 
una de las últimas que salen de mis labios al acostarme, ben- 
diciendo! a tiernamente, i rogando al ciclo derrame sobre ella 
los consuelos de que tanto necesita.» 

Don Andrés, primogénito de su familia, tuvo tres hermanos: 
don Carlos, don Florencio i don Ensebio; i cuatro hermanas: 
doña María de los Santos, q<ue, el 30 de agosto de 1 8*20, tomó 
el hábito de monja carmelita, doña Josefa, doña Dolores, que 
casó con don Miguel Rodríguez, i doña Rosario, que también 
fué casada. 

Los tres hermanos varones no se asemejaron, según parece, 
a don Andrés. 



DE DON ANDRÉS BELLO 



Don Carlos, el hijo de éste, escribía a su padre con fecha 6 
de junio de 1846, en una carta que ya he tenido ocasión de 
citar, lo que sigue: «Al dia siguiente de mi llegada a Caracas, 
vino del campo mi tio Carlos, del valle de Abajo, a dos leguas 
de la ciudad, i donde reside habitualmente. Está mas aqueja- 
do de la edad, que Usted.; misántropo, i no mui liberal.» 

Don Andrés fué también mui amante de sus hermanos, los 
que habían esprimido un mismo seno, los que, por largo tiem- 
po, se habían abrigado bajo un mismo techo, los que habían 
crecido juntos, participando de unas mismas alegrías i de unas 
mismas penas. 

Me parece oportuno reproducir aquí, en comprobación del 
precedente aserto, un párrafo de una carta escrita en su vejez 
por Bello, que el señor Rojas ha publicado. 

«Díles a mis hermanas que me amen siempre; que la seguri- 
dad de que así lo hacen es tan necesaria para mí, como el aire 
que respiro. Yo me trasporto con mi imajinacíon a Caracas, 
os hablo, os abrazo; vuelvo luego en mí; me encuentro a mi- 
llares de leguas del Catuche, del Guaire i del Anauco. Todas 
estas imájenes fantásticas se disipan, como el humo; i mis ojos 
se llenan de lágrimas. ¡Qué triste es estar tan lejos de tantos 
objetos queridos, i tener que consolarse con ilusiones que du- 
ran un instante, i dejan clavada una espina en el alma!» 

Aparece que don Andrés Bello se hallaba perfectamente do- 
tado para ser el poeta de los afectos de familia. 

Ese cariño sincero i ardoroso que consagraba a sus deudos 
ausentes estaba distante de ser solo platónico. 

A pesar de sus escasas entradas, procuró enviarles cuantos 
ausilíos le fué posible. 

Tengo a la vista una carta que una sobrina suya le dirijió 
desde Caracas el 4 de marzo de 1 86 1 , i en la cual se lee esta 
frase significativa: «Cuídese mucho, porque para todos, es 
preciosa i querida su existencia; pero para algunos, es ademas 
Usted su providencia. » 



II 



Encanto que don Andrés Bello, aun niño, encuentra en las comedias 
de Calderón de la Barca. 



Yo mismo he oído a don Andrés Bello en distintas ocasio- 
nes lo que voi a referir. 

Bello Había cumplido once años. 

Existia entonces en Caracas una tienda, donde se vendían 
comedias de don Pedro Calderón de la Barca a un real cada 
una. 

Habiéndolo descubierto el niño Bello, destinó casi todo el 
dinero que le caia en las manos a comprar comedias de Cal-' 
deron. 

Aquellos versos, en los cuales brilla una fantasía tan rica, 
le encantaban, aunque amenudo no comprendia el sentido de 
sus conceptos. 

No solo los leia i los releía, sino que los aprendía de me- 
moria., i los declamaba a su madre, que se complacía en escu- 
charle. 

Conservó toda la vida esa afición apasionada a los dramas 
de Lope de Vega, de Calderón i de los otros maestros pertene- 
cientes al antiguo teatro español, los cuales tornaba a repasar 
de tiempo en tiempo con un deleite esquisito. 

Era esta una de sus distracciones predilectas. 



El mercenario frai Cristóbal de Quesada, primer maestro de Bello, 

El incontestable talento que el niño Andrés manifestaba, í 
su estraordinaria dedicación al estudio, persuadieron a frai 
Ambrosio López, tío materno suyo, i relijioso del convento 



DE DON ANDRÉS BELLO 



vecino, la conveniencia que habría en cultivar con esmero un 
entendimiento tan privilejiado. 

Habiéndolo representado así a don Bartolomé, éste, como 
era natural, accedió a la indicación. 

I lo hizo con tanta mas facilidad, cuanto que frai Ambrosio 
proporcionaba un profesor como se habrían encontrado enton- 
ces mui pocos iguales en toda la estension de la América Es- 
pañola, según el mismo don Andrés lo advertía, cuando re- 
cordaba los hechos de su juventud. 

Fué aquella una buena fortuna, que ejerció indubitable i 
benéfica influencia en el desenvolvimiento intelectual de nues- 
tro protagonista. 

Antes de seguir narrando la vida del discípulo, permítaseme 
detenerme un momento delante del maestro. 

Es este un honor que, a mi juicio, merece desde que le cupo 
una, parte principal en la formación del literato eximio, a quien 
debe ahora que su nombre sea traído a la memoria, después 
de tantos años, i a tanta distancia de su patria. 

El individuo aludido era un fraile de la Merced, llamado frai 
Cristóbal de Quesada, que gozaba por entonces en Venezuela 
de una grande i fundada reputación de saber. 

En una edad temprana, bajo el imperio de un fervor pasa- 
jero, que habia tomado por vocación sólida, se habia ligado 
para siempre con votos indisolubles en la orden monástica ya 
mencionada. 

Con el tiempo, un arrepentimiento tardío habia reemplaza- 
do aquel arrebato fugaz. 

El padre Quesada, que no habia nacido para el claustro, se 
vio con pesar dentro de las paredes de un convento, i sintió el 
pecho ajitado por sentimientos tumultuosos que no eran de los 
que conducen al ascetismo, o hacen perseverar en él. 

Semejante situación le llegó a ser insoportable. 

Para escapar a ella, se fugó del convento, colgando los há- 
bitos, i cambiando su verdadero nombre por el dé don Carlos 
Sucre, apellido que no usurpaba completamente, pues perte- 
necía a la familia del vencedor de Ayacucho. 

A fin de no ser descubierto, emigró a la Nueva Granada. 



VIDA 



La capacidad de frai Cristóbal de Quesadíi, o sea de don Car- 
los Sucre, debia ser aventajada, puesto que, en aquella provin- 
cia distante de su tierra natal, sin amigos i sin protectores, se 
granjeó el aprecio i la confianza del virrei, hasta el punto de 
que éste le nombrara secretario privado. 

En Nueva Granada, acatado por su valimiento, llevaba una 
existencia tranquila i satisfecha. 

El temor de ser reconocido no enturbiaba siquiera su felici- 
dad, pues se lisonjeaba de haber tomado cuantas precauciones 
eran necesarias para ocultar lo que habia sido, i ademas juz- 
gaba que nadie podia sospechar un fraile prófugo en el minis- 
tro íntimo de todo un virrei. 

Desgraciadamente para él, sus previsiones salieron frustradas. 

Cierto dia, un caballero pidió al pretendido don Carlos Su- 
cre una conferencia, que éste no tuvo reparo en conceder. 

Apenas estuvieron solos, el solicitante, a manera de intro- 
ducción, le dijo sin circunloquios, ni rodeos: 

— Usted es, no don Curios Sucre, sino frai Cristóbal de Que* 
Rada. 

La alteración patente que espcrimentaron las facciones del 
secretario fué una prueba visible del aserto, la cual habría di- 
sipado en el ánimo de su interlocutor hasta la última incerti- 
dumbre, si la hubiese abrigado. 

El caballero agregó: 

— Mi proceder ha sido quizá poco delicado; pero no tenga 
Usted cuidado: su secreto está garantido por mi honor. Lo que 
me ha impulsado a dar este paso ha sido, no una curiosidad 
indiscreta, sino el deseo de manifestar a Usted que su incógni- 
to no se halla bien guardado, i que Usted podría encontrarse 
con otro menos circunspecto i sijjloso, que yo. 

Quesada no despreció el consejo, i se tuvo por advertido. 

Sin tardanza, compareció ante el virrei para hacerle una 
franca confesión de su falta, demandándole por única gracia 
que viese modo de que su vuelta al convento se verificara sin 
estrépito, ni humillaciones. 

Aquel magnate, merced al influjo que le daba su encumbrada 
posición, logró obtener para su amigo lo que éste anhelaba» 



DE DON ANDRÉS BELLO 



Frai Cristóbal, a quien no se impuso por su apostasía otro 
castigo que el arrepentimiento, vivió el resto de sus dias dedi- 
cado a sus deberes relijiosos, i buscando en el estudio el olvido 
de los placeres mundanales que habia abandonado tan contra 
su voluntad. 

Sus brillantes calidades hicieron que sus compañeros le ro- 
deasen siempre de consideraciones, i que todos le prestasen, 
ya que no el acatamiento que se habia rendido al privado de 
mi virrei, a lo menos esa deferencia respetuosa que se tributa 
al mérito indisputable. 

El padre Quesada se habia adquirido la fama de ser uno de 
los mas consumados latinos que se conocieran, i de seguro, 
el primero que hubiera a la fecha en Venezuela. 

Era, no un gramático adocenado de esos, como habia muchos, 
que sabían las reglas de Nebrija, i traducían chapuceramente 
a Cicerón i a Virjilio, sino todo un literato de gusto cultivado 
i esquisito, que comprendía las bellezas de los clásicos, i las 
saboreaba. 

Grande admirador de esos autores selectos, se deleitaba le- 
yéndolos, i esperimentaba un entusiasmo fervoroso por pro- 
ducciones de cuyos primores era apreciador mui competente. 

Aunque frai Cristóbal de Quesada, con tales requisitos, ha- 
bría sido un individuo harto bien preparado para iniciar a un 
joven en el conocimiento, tanto de la lengua, como de la litera- 
tura latina, no hacía, sin embargo, profesión de enseñar,: 

Mas frai Ambrosio López, íntimo amigo de su docto corre- 
lijionario, se empeñó con suma eficacia para que frai Cristó- 
bal consintiera en dar lecciones privadas a su sobrino, el cual 
apenas salia de la escuela. 

Habiendo accedido Quesada a la solicitud, el niño Bello prin- 
cipió el estudio de la latinidad bajo la dirección de tan hábil 
humanista. 



V, DE B, 



1 VIDA 



Método que el padre Quesada empleó para enseñar a Bello. 

El maestro i el discípulo se entendieron a las mil maravillas. 

Frai Cristóbal notó pronto que no se tomaba un trabajo 
vano. 

Su alumno, dotado de una inteligencia sobresaliente, i de 
una aplicación incansable, escuchaba sus esplicacioncs con aten- 
ción, i las entendía con rapidez. 

La enseñanza fué mui atractiva, cuando vino el caso de tra- 
ducir. 

El padre Quesada se iba deteniendo en eada pasaje notable 
para hacer que Bello se fijase en las calidades del estilo, o en 
la naturaleza de los pensamientos. 

No limitándose a las simples reglas de la gramática, le en- 
señaba prácticamente, i sobre el modelo mismo, puede decirse, 
las de la composición, los vicios en que suelen incurrir los 
escritores, el modo como los han evitado los hombres de ta- 
lento. 

No descuidaba nada, ni el lenguaje, que analizaba con fa- 
cilidad, ni las ideas, que juzgaba con discernimiento. 

Placía sus lecciones simultáneamente estensívas a la gramá- 
tica i a la literatura, a la letra i al espíritu. 

Semejante método tenia la ventaja de no fastidiar nunca al 
alumno, amenizando el estudio, i de mantener siempre despier- 
ta la curiosidad de éste, tratando sin cesar de cosas nuevas. 

El padre Quesada ejecutaba todo esto sin aparato, en una 
conversación familiar, pero animada, sin el pedantismo, i el 
estiramiento de un catedrático titulado. 

Una educación de esta especie se hallaba perfectamente 
calculada para despertar i fomentar las dotes intelectuales de 
un niño; cultivaba su juicio, mas bien que su memoria; le acos- 
tumbraba a pensar; le' obligaba a reflexionar, en vez de ha- 
bituarle a retener lo que oia sin entenderlo, i a repetirlo como 
papagayo. 

Me parece que la provechosa influencia de tal método sobre 
don Andrés Bello no puede ponerse en duda. 



DE DON ANDRÉS BELLO 1 1 



¿Cómo negar que ese estudio concienzudo de los clásicos, 
efectuado tan anticipadamente, no haya contribuido sobre ma- 
nera a formar la severidad de gusto que manifestó ese niño, 
cuando pasó a ser uno de los escritores mas castizos í sensa- 
tos de la América Española? 

¿Cómo negar que esa enseñanza demostrada con raciocinios 
i ejemplos, en la cual no se suministraba al alumno una sola 
noción sin esplicar su fundamento, haya entrado por mucho 
en la adquisición del criterio poderoso que salvó a Bello mas 
tarde de dar cabida en su cabeza a conocimientos mal dijeridos, 
a ideas paradojales, a absurdos cuyo único apoyo fuese la 
rutina? 

A la verdad, si Bello no hubiese tenido la intelijencia con que 
Dios le dotó, el padre Quesada no se la habría reemplazado. 

Quod natura, nondat, Salamanca non prestat, decían los 
escolásticos españoles. 

Pero lo que yo sostengo es que las lecciones del padre Que- 
sada anticiparon con toda probabilidad el perfeccionamiento de 
las potencias intelectuales de Bello, les dieron la dirección 
conveniente, i fortalecieron con la educación la obra de la na- 
turaleza. 



Admiración «ue causa a Bello la lectura del Don Quijote. 

Bello aprendió en el convento de la Merced, en Caracas, no 
solo el latin, sino también el castellano. 

El padre Quesada, que era el bibliotecario de la comunidad, 
imui aficionado a la lectura, todo su consuelo, había procurado 
enriquecer la biblioteca con cuantos libros había podido pro- 
porcionarse. 

Por jestiones suyas, se habían traído de Europa varias obras, 
que vinieron entonces por primera vez a Venezuela. 

Aprovechándose de esta oportunidad, Bello estudiaba mucho, 
pero leía mas aún. 

Eecorria uno por uno los libros sobre materias literarias que 



12 VIDA 

había en la biblioteca, sin dejar que durmieran olvidados en 
los estantes. 

En ese tiempo, leyó el Don Quijote de Cervantes. 

El encanto que esta lectura produjo en su espíritu fué por lo 
menos igual al que le había causado la de las comedias de 
Calderón de la Barca. 

Quizá fué mayor. 

Don Andrés Bello, en los últimos años de su larga existencia, 
cuando ya había cumplido ochenta i tantos años, referia com- 
placientemente todas las circunstancias de ese acontecimiento 
de su carrera literaria, como si se hubiera verilicado solo dos 
o tres dias antes. 

Bello estudió así el castellano i el latín en los clásicos do 
uno i otro idioma. 



III 



El presbítero don José Antonio Montenegro, segundo maestro 
de don Andrés Bello. 



Bello se encontraba con fuerzas para estudiar la filosofía junto 
con el latín. 

En consecuencia, pretendió incorporarse en la universidad 
de Caracas para seguir el curso del primero de los ramos men- 
cionados; pero el padre Quesada, que conocía la importancia 
de dar por cimiento a la educación de un joven un estudio cual- 
quiera, hecho con detención i profundidad, se opuso a la impa- 
ciencia de su alumno, i exijió que continuara dedicándose 
esclusivamente al latín i a sus lecturas por dieziocho meses 
mas, esto es, hasta la apertura del curso siguiente de filosofía. 

A pesar de sus ardientes deseos de adelantar, Bello tuvo que 
someterse a la voluntad de su respetado maestro, i que ajustar- 
se al método prescrito por éste. 

Sin embargo, a principios de 1796, ocurrió un incidente des- 
graciado, el cual hizo hasta cierto punto inútil la sumisión de 
don Andrés. 

Estaban traduciendo precisamente el quinto libro de la Exkí- 
da, cuando asaltó al docto fraile la enfermedad de que falleció. 

Tal infortunio obligó a Bello a entrar en el eolejio o semi- 
nario de Santa Rosa. 

Como no habia rendido las pruebas que se habían menester 
para acreditar su suficiencia en la latinidad, se agregó en cali- 
dad de alumno ala cuarta clase de dicho ramo. 

El profesor era el presbítero don José Antonio Montenegro, 



1 4 VIDA 

Don Rafael María Baralt, en el Resumen de la Historia An- 
tigua de Venezuela, se espresa como sigue acerca de este 
personaje: 

«El bueno, el afectuoso, el sabio doctor José Antonio Mon- 
tenegro, vico-rector del colejio de Santa Rosa, fomentó las re- 
formas literarias con sus propios trabajos; alentó a la juventud 
estudiosa con su ejemplo, sus consejos i sus escasos bienes de 
fortuna, teniendo la gloria de contar entre sus alumnos i favo- 
recidos a los hombres que hoi dia se distinguen mas en Vene- 
zuela por su virtud i por su ciencia.» 

Según lo que don Andrés Bello me refirió varias veces, 
Montenegro era un hombre de bastante mérito, que componía 
versos, no solo en la lengua de Garcilaso, sino también en la do 
Virjilio, que tenia nociones do literatura francesa, i que, en 
los años juveniles, había leído hasta libros prohibidos; pero 
que, con la edad, había vuelto a las añejas ideas, de las cuales 
era uno de los mas tercos sostenedores. 

A fin de completar el retrato de Montenegro tal como Bello 
lo trazaba, voi a anticipar una anécdota que el segundo contaba. 

Entre los condiscípulos con quienes Bello trabó amistad en el 
colejio de Santa Rosa, había uno llamado José Ignacio Ustáriz, 
que pertenecía a una de las familias de Caracas mas conspi- 
cuas por el linaje i el caudal. 

Don Luis i don Javier Ustáriz, hermanos mayores de clon 
José Ignacio, en especial el primero, tenían el cetro literario del 
país. 

Ambos eran poetas, grandes favorecedores de los devotos do 
las Musas, oficiosos Aristarcos de los injenios noveles que 
empezaban a despertarse. 

La casa de estos caballeros se había convertido en una espe- 
cie de academia, adonde concurrían cuantos, en la capital de 
Venezuela, figuraban por las dotes del espíritu. 

Don José Ignacio Ustáriz puso a su camarada en relación 
con sus hermanos, de quienes fué perfectamente recibido. 

Don Luis, viendo a Bello tan dedicado al estudio, i tan 
anheloso do instruirse, le cobró un particular afecto. 

Interesándose en los adelantamientos de su joven amigo, le 



DE DON ANDRÉS BELLO 15 



estimuló a que aprendiera el francés, i a que se pusiera en 
aptitud de leer las obras portentosas en todo jénero que se ha- 
bían redactado en este idioma. 

Con este objeto, le regaló una gramática de aquella lengua, 
i se le ofreció para oírle traducir de cuando en cuando, a fin de 
correjirle los defectos en que incurriera. 

Don Andrés, sin pérdida de tiempo, practicó el consej.o con 
el tesón que le caracterizaba. 

Se posesionó por sí solo de las reglas de la gramática; con- 
sultó sobre la pronunciación a un francés residente en Caracas; 
i por lo que respecta a la traducción, so aprovechó del ofreci- 
miento cíe don Luis Ustáriz. 

Gracias a los arbitrios indicados, Bello aprendió un idioma 
tan indispensable, pero que no se enseñaba en ningún estable- 
cimiento público, i que a la fecha solo era sabido por un limi- 
tado número de sus compatriotas. 

Apenas pudo medio entenderlo, se entregó a la lectura de los 
libros franceses con tanto entusiasmo, como se habia dedicado 
anteriormente a la de los clásicos latinos i españoles. 

Empleaba todos sus ocios i recreos en aquella ocupación 
amena, que le descubría a cada paso un mundo de ideas en- 
teramente nuevo para él. 

Cierto dia, el presbítero don José Antonio Montenegro le 
sorprendió paseándose por uno de los corredores del colejio, i 
embebido en la lectura de una trajedia de Racine. 

El grave catedrático, sintiendo picada su curiosidad por la 
contracción con que su alumno recorría las pajinas de aquel 
volumen, le preguntó acercándose cuál era el título de la obra 
que tanto parecía entretenerle. 

Bello, por contestación, le entregó el libro que llevaba en 
la mano; i Montenegro pudo leer el nombre de Hacine escrito 
sobre el lomo. 

El presbítero, que, aunque convertido entonces al sistema 
rancio, conocía por esperiencia propia, como lo he dicho, el 
irresistible ascendiente de las ideas francesas, temia seriamen- 
te que fuera demasiado dificultoso contener el curso de ellas, 
i aun su dominación en el mundo. 



1G VIDA 

Estaba sobre iodo persuadido de que, en el misterio da 
las bibliotecas, las obras de los enciclopedistas operaban, entre 
ciertos criollos de la primera clase, una propaganda que con- 
sideraba funesta para el réjimen establecido, por cuya conser- 
vación bacía votos. 

De esta convicción, nacia que estimara peligroso el conoci- 
miento de la lengua que habia servido de órgano a Rousseau 
i a Raynal. 

— ¡Es mueba lástima, amigo mió, que Usted haya aprendi- 
do el francés! dijo a don Andrés por única observación devol- 
viéndole el volumen de Racine. 

Probablemente, el catedrático titulado de la enseñanza colo- 
nial habría deseado que, como él, su aventajado discípulo 
ejercitara sus facultades solo en la composición de temas i 
versos latinos; pero Montenegro no percibía que las épocas es- 
taban muí variadas, i que la escena doméstica bajo los corredo- 
res del colejio de Santa Rosa que acabo de referir simbolizaba 
en sus actores lo que habia sido en América la ciencia del pasa- 
do, i lo que debia ser la del porvenir. 

El profesor de tendencias conservadoras continuó, pues, se- 
pultando su alma en estudios fútiles i vanos, mientras el joven 
Bello prosiguió poniéndose al cabo, como podia, de los pro- 
gresos que habia alcanzado la intelijencia humana. 



Triunfos escolares de don Andrés Bello. 

El discípulo del padre Quesada ocupó de una manera bri- 
llante su asiento en la clase de latín rejentada por el doctor 
Montenegro. 

Bello venía precedido por la fama de ser un estudiante en 
estremo aventajado. 

Sus nuevos compañeros, con la curiosidad propia de los 
adolescentes, ardían en deseos de observarle en la prueba, para 
mofarse de él, si no hábia aprovechado las lecciones del padre 



Í>E DON ANDRÉS BELLO 17 



Quesada, o para proclamar su habilidad, si con hechos cerraba 
a la envidia toda puerta. 

El libro que estaban traduciendo en la clase eran las Se- 
lectas DE AUTORES PROFANOS. 

Los alumnos consideraban mui trabajosa la versión de cier= 
to pasaje bastante oscuro a causa de una construcción algo 
complicada. 

Así era punto admitido entre ellos, que solo un sabio podía 
traducirlo. 

El primer dia que Bello asistió a la clase, los muchachos 
suplicaron al profesor que el recien llegado ensayase poner en 
castellano aquellas frases que habían sido para ellos tan indes- 
cifrables, como si fueran hebreas o siriacas. 

Mientras Bello buscaba en el libro la pajina fatal, la mas 
maliciosa sonrisa animaba las fisonomías de los asistentes. 

Todos ellos creían en sus adentros ser imposible que acerta- 
se con el sentido. 

¡A ellos les habia costado tanto; i todavía no lo habían des- 
cubierto por sí mismos, i el profesor habia tenido que decír- 
selo! 

Pero la dulce esperanza de probar al forastero de reputación 
cacareada, que habia cosas que él ignoraba, i ellos sabían, so 
disipó tan lueg*o como éste hubo hallado el trozo intraduci~ 
ble, pues, sin titubear, lo tradujo a medida que lo iba leyendo. 

El despejo i la prontitud con que Bello habia sabido dar 
una prueba que habían juzgado imposible de superar, consoli- 
daron la opinión deque era el digno sucesor del erudito Quesa- 
da, i de que nadie podía competir con él en conocimientos 
latinos. 

Al desden, sucedió la admiración; i a esa especie de repulsión 
natural con que habían acojido a uno que traia la fama de 
serles superior, el afecto, natural también, que se concede a 
un mérito indisputable. 

No trascurrió mucho tiempo sin que sus condiscípulos pre- 
gonaran a los cuatro vientos que Bello era mas latino, que el 
mismo don José Antonio Montenegro. 

A fin de año, recibió una sanción solemne el concepto, del 

X. DE 13. 3 



1.8 VíDA 

saber de Bollo en latinidad que los alumnos habían formado.- 

Los exámenes se tomaron con aparato en la capilla del esta- 
blecimiento, asistiendo los catedráticos del colejio, i varios doc- 
tores de la universidad, entre quienes concurría en aquella 
ocasión el señor Lindo, anciano respetable por la edad i por 
la ciencia. 

Acacia examinando, se le concedían unos cuantos minutos 
para que, antes de responder, meditase el trozo que le habia 
tocado; mas Bello, con la conciencia de su fuerza T tradujo» in- 
mediatamente, i con la mayor maestría, el autor que se le de- 
signó. 

Entusiasmado el doctor Lindo con aquel injenio tan precoz, 
quiso hacer una manifestación pública de su complacencia; i 
para ello, escojiócon gran cuidado, a la vista de los circuns- 
tantes, un medio real de caritai, que regaló al distinguido es- 
tudiante como muestra de la satisfacción que su aprovecha- 
miento le habia causado. 

Aquel que después mereció tantos elojios tributados a su 
talento i a su ciencia recordaba siempre gustoso' i enternecido 
la espontánea i paternal demostración con que aquel anciano 
le estimuló en el comienzo de su carrera. 

Según el señor don Aristídes Rojas, Bello obtuvo aquel año 
otros dos triunfos escolares. 

Don Luis López Méndez, administrador de las rentas uni- 
versitarias, habia instituido dos premios para los alumnos que 
escribiesen las mejores composiciones oratorias sobre un tema 
dado. 

Bello, en concurrencia con otro de sus compañeros, alcanzó 
el primero de estos premios. 

Habiendo el rector do la universidad ofrecido un premio al 
alumno que tradujese con mas propiedad i elegancia un trozo 
del latín al castellano, i un trozo del castellano al latín, Bello 
lo obtuvo <'ii competencia con doce alumnos que se lo dispu- 
taron. 



DE DON ANDRÉS BELLO Í9 



El presbítero don Rafael Escalona, tercer maestro de Bello. 



El curioso documento, inédita hasta ahora, que paso a co- 
piar, puede hacer presumir cuál fué la fecha de la incorpora- 
ción de don Andrés Bello en la universidad real i pontificia de 
Caracas. 

«Nos, el doctor don Pedro Martínez, maestrescuela dignidad 
de la santa iglesia catedral, cancelario, juez eclesiástico, con- 
servador i ejecutor de las constituciones de esta real i pontifi- 
cia universidad, etc. 

«Por cuanto, por haber don Andrés Bello, natural de esta 
ciudad, héchonos constar con la partida de su bautismo ser 
hijo de padres blancos a efecto de impetrar licencia para vestir 
hábitos talares de estudiante, hemos venido en concedérsela, 
con tal que haya de asistir a los estudios con la modestia i ho- 
nestidad que le tenemos encargada observe en su traje, i 
arreglo de costumbres, en que principalmente deben aventa- 
jarse los jóvenes que se aplican al estudio de las ciencias. 

«Dada en Caracas a 15 de setiembre de 1797. Firmada de 
nuestra mano. Sellada i refrendada por el infrascrito secre- 
tario. — Doctor Pedro Martínez, Cancelario. — Doctor Agus~> 
Un Ama, Secretario.» 

La oposición del padre Quesada a que Bello se incorporase 
en la clase de filosofía cuando quiso hacerlo, sirvió a éste, por 
una feliz casualidad, ya que no para adelantar en su carrera, 
siquiera para no desperdiciar sin provecho una parte de esa 
edad preciosa que se llama la juventud. 

La circunstancia referida salvó a Bello de ser condenado a 
estudiar la jerigonza bárbara que so denominaba filosofía en 
las aulas coloniales, permitiéndole seguir un curso de este ra- 
mo profesado con un método racional, que, precisamente aquel 
año, se abria por primera vez en Caracas. 

El presbítero don Rafael Escalona era uno de los profesores 
que se habían formado por sí solos, no obstante la falta de ele- 



20 VIRA 

mentos de instrucción que hubo en América durante la época 
colonial. 

Aunque educado en las teorías del peripato, se había puesto 
al corriente de los últimos progresos científicos de la Europa, 
sin mas maestros que libros llegados a sus manos por acaso. 

Este ilustrado sujeto, a la sazón profesor de filosofía en la 
universidad de Caracas, habia resuelto, aconsejado por el buen 
sentido, abandonar el sistema vetusto, i conformar su ense- 
ñanza a los adelantamientos de la ciencia. 

Tocó a Bello la fortuna de contarse entre sus discípulos, i de 
no perder, por lo tanto, miserablemente el tiempo, arguyendo 
en inútiles cuestiones, i gastando los pulmones en vanas dis- 
putas. 

Según la añeja práctica, el primer año del curso se dedicaba 
esclusivamente a la lójica; mas Escalona empleó en este ramo 
solo los tres primeros meses, i ocupó los restantes en la arit- 
mética, el áljebrai la jeometría, como una preparación para el 
estudio de la física esperimentah 

Cuando vino la oportunidad de profosar el último de estos 
ramos, lo esplicó, tomando en cuenta los muchos e importan- 
tes descubrimientos operados en el siglo XVIII. 

Bello siguió con asiduidad este curso, que duraba tres años; 
supo aprovechar las lecciones del hábil Escalona; i continuó 
distinguiéndose como anteriormente. 

El señor don Aristídes Rojas ha encontrado, en los archivos 
de la universidad de Caracas, constancia de que don Andrés 
Bello alcanzó el primer premio en la clase de física; de que, en 
un concurso que se celebró, los profesores le asignaron el pues- 
to de honor con beneplácito do sus condiscípulos; i de que, 
previas las pruebas necesarias, recibió el 9 de mayo de 1800 
el grado de bachiller en artes, como se decía entonces, o sea de 
bachiller en humanidades, como se dice ahora. 

Don Andrés Bello conservó siempre el mas grato recuerdo 
de los servicios que debía al presbítero don Rafael Escalona. 

Cuando su hijo Carlos fué a Venezuela en 1846, llevó espe- 
cial encargo do visitar al viejo profesor. 

«Aun no lie podido ver al doctor Escalona, a pesar de haber 



DE DON ANDRÉS BRLLO 21 

estado dos veces en su casa, escribía don Carlos a su padre el 
6 de junio; pero no dejaré de dar a Usted en mi próxima, no- 
ticias de es te -respetable anciano.» 

«El doctor Escalona aun se conserva robusto i chistoso, le 
escribía el 15 de agosto. Después de hablarme largo tiempo de 
Usted, recayó la conversación en el estado del país, que no es 
lisonjero; i con mucha' gracia, me dijo: — Hai aquí un secreto 
político, que no todos conocen, en el agua del Catuche: el que 
la bebe, habla i charla, pero hace mal.» 



IV 

Afición de Bello a pasearse por el campo de Venezuela. 



Hubo otro libro que Bello deletreó i decoró desde la infancia, 
con tanta solicitud, como los de Cervantes i de Calderón. 

Ese fué el gran libro de la espléndida naturaleza de su país. 

Ya solo, ya en unión de amigos, recorrió los valles, reposó 
en las márjenes de los rios, trepó las montañas. 

El año de 1846, don Andrés sintió renovarse todas esas im- 
presiones conmovedoras de su juventud, con las cartas en que 
su hijo Carlos le trasmitía las emociones que éi mismo había 
esperi mentado. 

«Manifesté a Usted cuánto me agradaba la naturaleza lujo- 
sa de Venezuela. Entonces no tenia idea de ella, i hablaba del 
libro por el prólogo. Mas tarde, animado por algunos amigos, 
entre ellos por Escarihuela (sobrino de quien fué amigo de 
Usted, i de una señora que los recuerda), fui hasta Valencia, 
Conocí aquel saman de Huéres, jigante entre árboles colosales; 
vi ceibas i bucares, manzanos i jabas, i las cien hermosas 
parásitas que siembran de flores su follaje. Visité plantaciones 
de café i de cacao, sobre las cuales estienden benéfica sombra 
los brazos abiertos del bucare. Los paisajes soberbios de Ma- 
racai i del morro de Valencia, i las claras aguas de la laguna, 
que engastan cien islas de variada forma, nidos de la tribu de 
pintada pluma, me encantaron. Los sitios históricos de San 
Mateo, i de la Cabrera, i los llanos de Carabobo, obtuvieron 
también una visita mui merecida. Pasé también a Curia; i en 
la portada de una de las hermosas estancias que bordan el ca- 
mino, leí aquellos versos; 



DE DON ANfXRES BELLO 



¡Oh jóvenes naciones que, ceñida, 
Alzáis sobre el atónito occidente. 
De tempranos laureles la cabeza! 
Honrad el campo, honrad la simple vida 
Del labrador, i su frugal llaneza. 

bien que antes había visto en las goteras de Caracas: 

¿Amáis la libertad? El campo habita.» 

Léase lo que clon Andrés Bello escribía, en 2£ de setiembre 
de 1864, en los últimos meses de su existencia., al señor don 
Antonio Leocadio Guzman. 

«La noticia que Usted me da de su llegada a Lima después 
de diez años de ausencia, me lia sido de sumo gusto, i me lle- 
na de gratitud por las cariñosas espresiones que la acompañan. 
Recuerdo con este motivo la anterior de Usted, que me trae 
también a la memoria las curiosas muestras que vinieron con 
•ella, i de que hice oportunamente el mejor uso posible, repar- 
tiéndolas entre varias personas i corporaciones, como se lo dije 
a Usted en mi contestación. 

«A lo que dije entonces, me es grato añadir ahora que, en- 
tre aquellas muestras, vino una que me fué particularmente 
agradable: un saco de café de la hacienda de Helechal, que, 
durante algunos años, fué propiedad mia i de mis hermanos, i 
en la guerra de la independencia, pasó a otros dueños. Siempre 
que tomaba una taza de aquel esquisito café, me parecía que 
se renovaban en mí las impresiones, i la perfumada atmósfera 
en que se produce, enlazadas con las pequeñas aventuras de 
la época mas feliz de mi vida.» 

Diré, en forma de digresión oportuna, que don Andrés gus- 
taba estremadamente del café, i que usaba de esta bebida, 
como de un estimulante para el trabajo. 

El señor don Aristídes Rojas ha publicado un párrafo de 
carta familiar en que Bello espresa la admiración indeleble 
que la contemplación de la fecunda i magnífica tierra venezo- 
lana habia despertado en su alma. 

«En mi vejez, repaso con un placer indecible todas las me- 
morias de mi patria. Recuerdo los ríos, las quebradas, i hasta 



21 VIDA 

los árboles que solia ver en aquella época feliz de mi vida. 
Cuantas veces fijo mi vista en el plano de Caracas, creo pa- 
searme otra vez por sus calles, buscando en ellas los edificios 
conocidos, i preguntándoles por los amigos, los compañeros 

que ya no existen! Daria la mitad de lo que me resta de 

vida por abrazaros, por ver de nuevo el Catuche, el Guaire, 
por arrodillarme sobro las losas que cubren los restos de tan- 
tas personas queridas! Tengo todavía presente la última mira- 
da que di a Caracas, desde el camino de la Guaira. ¿Quién me 
hubiera dicho que era en efecto la última?» 

Aparece que Bello se hallaba perfectamente dotado para ser 
el poeta, tanto de la familia, como de la naturaleza. 

I con efecto, lo fué de la una i de la otra. 

La agricultura de su fecunda patria debía inspirarlo una de 
sus mas aplaudidas composiciones. 

Ese saman de Huéres, o Güere, nombre de un fundo perte- 
neciente a Simón Bolívar, ese saman a que alude don Carlos 
Bello, era, según se lo oí decir a don Andrés, una planta mui 
corpulenta, contemporánea de la conquista, en cuya elevada 
copa, se observaban a veces luces eléctricas, que el vulgo su- 
ponía ser el alma en pena del tirano Lope de Aguirre, aquel 
que mató a su hija para libertarla de ser llamada hija de trai- 
dor, i que, según Ercilla, es comparable, por lo inclemente, con 
Nerón i Heredes. 

Don Andrés Bello celebró en sus versos, así ese saman, «ji- 
gante entre árboles colosales», como igualmente el Anauco, uno 
de los ríos que riegan la campiña do Caracas. 



Conocimiento que hace don Andrea Bello con el barón Alejandro 
de Humboldt. 

A fines de 1799, arribó a Caracas el barón prusiano Alejan- 
dro do Humboldt, autorizado por la corte de España para lle- 
var a cabo una esploracion científica en los dominios de Amé- 
rica. 



BE DON ANDRÉS BELLO 25 



Aunque el sabio viajero contaba cerca de treinta años, i 
Bello solo poco mas de diez i ocho, se trabó entre ambos una 
relación bastante amistosa. 

Como debe comprenderse, el joven caraqueño aprovechó 
mucho en el trato de un personaje tan instruido como Hura- 
boldt, el cual le manifestó grande estimación, a causa del des- 
pejo de su intelijencia, i de la variedad de sus conocimientos 
superiores a su edad. 

Sin embargo, considerando la debilidad de su constitución 
física, i habiendo notado el ansia de saber que le devoraba, 
aconsejó a su familia el que procurase moderar la excesiva 
aplicación del joven, si deseaba conservarle. 

La observación era digna de ser atendida, pero difícil de ser 
ejecutada, porque el estudio es una necesidad tan imperiosa 
para los que experimentan el anhelo de instruirse, como la 
gula para los que son esclavos del vientre. 

Bello no obedeció la indicación de Humboldt, i vivió cerca 
de ochenta i cuatro años, en los cuales dio sin interrupción 
pruebas de la mas incansable laboriosidad. 

Tenia el hábito de continuar leyendo aun acabado de co- 
mer, i solia decir chanceándose a los que le manifestaban te- 
mor de que pudiera dañar a su salud el estudio a semejante 
hora, sobre todo de materias serias i pesadas, como el derecho: 

— Las Partidas es el mejor dijestivo que he encontrado 
hasta la fecha. 

Don Andrés Bello acompañó a Humboldt en varias de las 
escursiones que éste hizo por las inmediaciones de Caracas, i 
entre otras, en la ascensión que emprendió a la Silla del 
Avila el 2 de enero de 1800. 

El célebre viajero refiere que, por mas que lo buscó, no pudo 
encontrar un solo hombre que hubiera trepado hasta la cum- 
bre de aquella altura. 

Habiendo manifestado la firme resolución de subir a ella 
con su amigo A. Bonpland, i obtenido del presidente Vascon- 
celos, el que le proporcionase guias, varios vecinos de Caracas 
solicitaron acompañarle. 

Entre estos, se contaban un peninsular, fraile capuchino, 



26 VIDA 

profesor de matemáticas, i el joven Bello, cuya contestura, eomo 
queda dicho, era mui débil. 

El capuchino principió la jornada disertando sobre la supe- 
rioridad en fuerza física i en atrevimiento que los españoles 
europeos tenian sobre los españoles americanos. 

Antes de salir de la ciudad, se había comprometido a indicar 
por medio de voladores luminosos la presencia de los esplorar 
dores en la cima del empinado monte. 

El 2 de enero de 1800, todos los anteojos de larga vista que 
había en Caracas habían estado dirijidos hacia la Silla del 
Avila. 

A eso de las tres de la tarde, los que manejaban estos instru- 
mentos habían podido distinguir en lo alto del pico oriental, solo 
a Humboldt i a Bonpland con los negros de la comitiva. 

El capuchino habia sido el primero que, perdiendo valor, 
habia abandonado la partida, i se habia contentado con con- 
templar desde mui lejos la ascensión. 

Manifestando mayor persistencia, los caraqueños principia- 
ron a subir por la cuesta del monte, mas molesta, que peligrosa; 
pero habiendo llegado a cierta altura, desanduvieron camino. 

Bello procedió como los demás. 

Así, los únicos que llevaron a cabo el propósito concebido 
fueron Humboldt i Bonpland. 



Lecciones privadas que Bello dio en Caracas. 

Junto con seguir el curso de filosofía, Bello habia empezado 
a ejercitarse en la enseñanza. 

La reputación de su saber habia salvado las paredes del 
colejio, i se habia estendido por la ciudad. 

Un gran número de padres de familia le solicitaron con ins- 
tancias para que hiciera pasos a sus hijos. 

Entre ios varios discípulos que se le confiaron en esta tem- 
porada, se contó Simón Bolívar, que era solo año i meses me- 
nor que Bello, i al cual éste enseñó jeografía. 



DE DON ANDRÉS. BELLO 27 



Como todo lo que se refiere a los grandes hombres interesa, 
airé aquí que Bolívar, dotado de talento estraordinario, pero 
de mui escasa aplicación, aprendió bajo la dirección de Bello 
mui pocos conocimientos jeográficos. 

Don Andrés no reportó por lo jeneral otro lucro de sus fun- 
ciones de pasante, que la pérdida de un tiempo precioso para 
él, i las gracias, las simples gracias, con que los padres o tu- 
tores, algunos de ellos mui pudientes, recompensaban los 
servicios del joven. 

Uno de los mui raros que dio a Bello por honorario algo 
mas que buenas palabras fué Bolívar, quien le obsequió un 
traje completo., esto es, un pantalón i una casaca de paño. 

El escasísimo fruto que sacaba de dar lecciones decidió a 
Bello a contraerse solo a las tareas de estudiante. 

Se incorporó desde luego en el curso de derecho; i antes de 
que trascurriera mucho tiempo, abarcó simultáneamente el 
de medicina, que seguía con mas afición, que el primero. 



V 



Nombramiento de Bello para oficial de la secretaría en la 
gobernación de Venezuela. 



No obstante que clon Bartolomé Bello, a la sazón fiscal de la 
real hacienda en Cumaná, gozaba de una decente medianía, 
don Andrés habia llegado a una edad en que, queriendo no 
serle gravoso, deseaba ganar por sí mismo la subsistencia. 

La continuación de los estudios le ofrecía espectativas pecu- 
niarias mni remotas. 

Aquella de las dos carreras cuyo aprendizaje habia em- 
prendido en que se hallaba mas adelantado era la del derecho; 
pero su padre, aunque abogado de mérito, esperimentaba, por 
un motivo que ignoro, cierta repugnancia a la profesión. 

■ — Elije la carrera que quieras, decia frecuentemente a su 
hijo; pero no seas abogado. 

Don Andrés, por su parte, habia heredado la aversión del 
autor de sus dias a las contiendas poco atractivas de los liti- 
gantes, i así no se sentía con vocación para gastar la vida en- 
trometiéndose en ellas. 

Respecto a la carrera de médico, la principiaba apenas, pues, 
a la fecha de que vgí hablando, habia estudiado únicamente la 
parte de anatomía que se refiere a la osteolojía. 

Si proseguía como iba, habría menester mucho tiempo aun 
para asegurarse los medios de vivir. 

En tal situación, su protector don Luis Ustáriz le prometió 
obtener para él un empleo en la administración pública. 

Don Andrés, seducido por el aliciente de un acomodo bas- 
tante halagüeño, i tal cual pocos se presentaban para un indi- 
viduo de su condición, resolvió, aceptando la oferta, no des- 



DE DON ANDRÉS BELLO 29 



pcrdiciar una ocasión tan propicia, como aquella, de proveer a 
su subsistencia, i quizá a la de su familia. 

Rejia entonces la presidencia de Venezuela don Manuel de 
Guevara Vasconcelos. 

Este funcionario habia hallado la oficina de la secretaría con 
una organización defectuosa. 

No habia en ella mas empleado civil, que el secretario. 

Los otros eran militares tomados de los cuerpos de la guar- 
nición, que, si talvez conocían los preceptos de la táctica, igno- 
raban los de los manejos administrativos. 

Vasconcelos, a fin de poner termino a un orden de cosas 
tan irregular, habia recabado i obtenido del monarca la com- 
petente autorización para crear tres plazas de oficiales de 
número. 

Lo que clon Luis Ustáriz habia ofrecido a Bello era utilizar 
su valimiento con el presidente- gobernador para colocarle en 
uno de estos nuevos empleos. 

Efectivamente, luego que don Andrés Bello hubo aceptado 
la proposición, Ustáriz cumplió su palabra, apadrinándole con 
la mayor eficacia, i manifestando los méritos de su ahijado. 

Vasconcelos prometió tenerle presente; pero como fueran 
varios los solicitantes, determinó que hubiera entre ellos una 
especie de certamen para apreciar su capacidad respectiva; i con 
tal propósito, designó como tema sobre el cual debían trabajar 
todos los pretendientes, la redacción de un oficio» 

Habiéndose ejecutado así, Bello dejó muí atrás a sus compe- 
tidores. 

El presidente Vasconcelos quedó tan complacido del trabajo 
de Bello, i tenia a éste tantas simpatías por lo que la voz pú- 
blica pregonaba de su capacidad, que no trepidó en nombrarle 
oficial segundo de la secretaría, aun cuando tuvo que postergar 
a un don Joaquín de Muguruza, estremeño,en cuyo favor habia 
recibido una recomendación especial del príncipe de la Paz, i 
a quien solo concedió la tercera plaza. 

De palabra, se mostró todavía mas gracioso con su subal- 
terno. 

Cuando Bello se le presentó, aquel magnate no tuvo repara 



30 VIDA 

para decirle que le creía mui digno de ocupar el primer pues- 
to; i que si no se lo habla dado, era únicamente porque había 
tenido que preferir a un militar inválido, antiguo servidor que 
lo había estado desempeñando, i a quien, en conciencia, no se 
habia atrevido a desairar, echándole a la calle. 

— Usted empieza a vivir, i puede esperar, agrego a Bello eí 
presidente. Me parece que Usted puedo considerar segura su 
promoción tan pronto como haya oportunidad. 

El título de segundo oficial de la secretaría en la goberna^ 
cion de Venezuela, cuyo sueldo era el de seiscientos pesos anua- 
les, fué espedido a Bello el 6 de noviembre de 1802.* 



* «Don Manuel de Guevara Vasconcelos, jentilhombre de cámara 
de Su Majestad, con entrada, caballero de la orden de Santiago, alfé- 
rez mayor de la fidelísima ciudad de Cana, mariscal de campo de los 
reales ejércitos, gobernador i capitán jeneral de la provincia de Ve- 
nezuela i sus anexas, subinspector jeneral de las tropas fijas que las 
guarnecen, presidente de su real audiencia, i superintendente jeneral 
subdelegado de la renta de correos, etc. 

«Por cuanto, Su Majestad tiene resuelta, en real orden de 22 de se- 
tiembre de 1801, la creación i aumento de varias plazas, entre ellas, la 
de segundo oficial de la secretaría de este gobierno i capitanía jeneral, 
con la dotación de seiscientos pesos anuales, para atender al despacho, 
réjimen i servicio de dicha oficina con la intelijencia, honor i secreto 
que corresponde a la gravedad, número e importancia de los negocios 
de su cargo; i siendo indispensable i consiguiente elejir persona en 
quien concurran estas circustancias de idoneidad para un servicio en 
que tanto se interesa el del rei i del público; 

«Por tanto, i concurriendo estas cualidades, según noticias e infor- 
mes fidedignos, en don Andrés Bello, he venido, usando de las facul- 
tades que Su Majestad me tiene concedidas para estos casos, en nom- 
brarlo, como por el presente lo nombro, para el referido empleo do 
oficial segundo de la espresada secretaría, en cuya posesión, uso i ejer- 
cicio entrará desde el día de la fecha, guardándole i haciéndole guar- 
dar por el jefe inmediato, sus dependientes i demás personas a quie- 
nes toque, la consideración, honras i distinciones que le corresponden, 
i deben ser guardadas. En consecuencia, i para el debido cumplimiento 
de todo lo referido, se pasará este nombramiento al señor intendente 
de ejército i real hacienda para que, tomándose razón en las oficinas 
que corresponda, se le abonen los seiscientos pesos de su dotación por 
las cajas reales de esta capital, en la forma acostumbrada con los de- 



DE DON ANDRÉS BELLO 31 



Vasconcelos procedió bien al estimular a Bello con la espe- 
ranza de futuros ascensos, porque el empleo que le había con- 
ferido estaba mití distante de ser una canonjía. 

B.'llo no tardó en conocer que toda la secretaría estaba re- 
ducida, podía decirse, a él solo. 

El secretario era un hombre enfermo, que se entrometía po- 
co en el despacho. 

Sus funciones casi se limitaban a entregar a don Andrés- Ios- 
datos que remitían la audiencia i otras autoridades, i a hacer, 
de vez en cuando, a los oficios que el joven redactaba, algunas 
correcciones exijidas por la ignorancia en que éste se hallaba 
de ciertos misterios políticos. 

La ciencia del oficial primero, individuo inepto, solo llegaba 
hasta adaptar a los casos particulares las fórmulas de los acu- 
ses de recibo. 

Bello tenia, pues, que sobrellevar todo el peso de la oficina. 

Para que pueda apreciarse la gravedad de la tarea, convie- 
ne suministrar alguna noticia del* 1 gran número de negocios a 
que él debia atender. 

La secretaría de la gobernación tenia a su cargo^ todos los 
asuntos administrativos, menos los fiscales, que estaban espe- 
cialmente encomendados a un intendente de hacienda i a un 
administrador de tabacos, empleados que obraban con inde- 
pendencia bajo su responsabilidad. 

Todo lo demás era de la atribución del presidente- goberna- 
dor. 

De esta manera, la secretaría abrazábalo que r ahora en Chi- 
le, pertenece a los ministerios del interior i de la guerra. 

Ademas, comprendía las relaciones esteriores de la presi- 
dencia de Venezuela con las autoridades de las Antillas Inorle- 



rnas empleados, sin deducción de cosa alguna por el derecho de me- 
dia anata, mediante a ser empleo de primera creación. 

«Dado en Caracas, firmado de mi mano, sellado con el de mis ar- 
mas, i refrendado del infrascrito secretario del gobierno i capitanía 
jeneral por Su Majestad, a 6 de noviembre dé 1802. — Manuel de Gue- 
vara Vasconcelos. — Pedro González Ortega,-» 



32 VIDA 

sas i Francesas, relaciones que, en la época señalada, eran bas- 
tante activas i frecuentes. 

El despacho de este cúmulo de asuntos cargaba todo sobre 
Bello. 

Siendo el trabajo abrumador, no le bastaba, en- muchas oca- 
siones, el dia, i se encontraba obligado a trasnochar. 

No solo redactaba i escribía, sino que también traducía lag 
comunicaciones de los vecinos establecimientos ingleses i fran- 
ceses, las cuales, como ya he dicho, eran numerosas, a causa 
de importantes i multiplicadas ocurrencias que sobrevinieron. 

En los colejios caraqueños, no se enseñaba el francés, i por 
supuesto, mucho menos, el ingles. 

Sin embargo, don Andrés habia aprendido el segundo de 
estos idiomas con menos elementos todavía de los que le ha- 
bían servido para aprender el francés. 

Una gramática, un diccionario i la paciencia habían sido sus 
imicos maestros de esta lengua; i así era que sabía traducirla, 
pero no leerla. 

La afición que, desde mui joven, tuvo al estudio de la filo- 
sofía, le hizo escojer por primer testo de traducción inglesa 
el Ensayo sobre el Entendimiento Humano, escrito por Loc- 
he; i esa misma afición, estimulando en él la curiosidad de co- 
nocer hasta el fin la serie de raciocinios del célebre pensador, le 
sostuvo para ir superando las dificultades de la Tersion. 

A pesar de tanto recargo de ocupaciones, Bello supo desem- ■ 
peñarlas todas, i se granjeó de este modo el afecto del presí- 
dante Vasconcelos, que recomendó a la corte los servicios de 
su oficial segundo tan de veras, que el monarca, por real cédu- 
la espedida en San Lorenzo a 1 1 de octubre de 1807, le concedió 
el título i honores de comisario de guerra.* 



* tDon Carlos, por la gracia do Dios, rci de Castilla, de León, de Ara- 
gón, de las dos Sicilias, de Jerusalen, do Navarra, de Granada, do 
Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, 
de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algárbes, de Al- 
jooira, de Jibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias Orientales i 
Occidentales, islas i tierra firme del Mar Océano; archiduque de Aus- 



DE DON ANDHES BELLO 33 



Para que se estime la importancia de semejante distinción, 
conviene saber que los empleados de la administración pública 
tenían entonces en España, como ahora enPrusia, cierto orden 
jerárquico análogo al de la milicia: el título de comisario de 
guerra equivalía al de teniente coronel. 

Aquella distinción era puramente honorífica, una especie de 
condecoración; mas era tan nuevo el que se concediese a un 
criollo, que la merced otorgada a don Andrés excitó en Ca- 
racas una verdadera conmoción. 

Muchos peninsulares lo tuvieron a mal, i aun se dieron por 
ofendidos. 

Vasconcelos habia tomado a Bello tal amistad, que continua- 
mente le prometía llevarle a España consigo, i empujarle en 
su carrera. 

Sin embargo, el fallecimiento del presidente, ocurrido en oc- 
tubre de 1807, impidió la realización del proyecto, arrebatando 
a Bello el apoyo de un protector jeneroso, i las esperanzas que 
había concebido de prosperar bajo el patrocinio de tan influen- 
te magnate. 



tría; duque cíe Borgoña, de Brabante i Milán; conde de Abspurg, 
Flándes, Tirol i Barcelona; señor de Vizcaya i de Molina, etc. 

«Por euanto, atendiendo a íos servicios i méritos de vos, don Andrés 
Bello, oficial segundo de la secretaría de la capitanía jeneral de Caracas, 
he venido en concederos los honores de comisario ele guerra de mis 
ejércitos; 

«Por tanto, mando al capitán jeneral,. o comandan te jeneral, a quien 
tocare,, a los demás oficiales jenerales, gobernadores, intendentes, mi- 
nistros i demás personas, os hayan i reconozcan por tal comisario do 
gtterra honorario, i os guarden i hagan guardar los honores, gracias 
i preeminencias que os corresponden, i deben ser guardadas, sin que se 
os falte en cosa alguna, para cuyo efecto, he mandado despachar eí 
presente título firmado de mi real mano, sellado con el sello secreto 
i refrendado del infrascrito mi secretario de estado i del despacho 
universal de la guerra de España c Indias, del cual se ha de tomar 
razón en la contaduría del ejército donde fuereis a servir. 

«Dado en San Lorenzo-, a 11 de octubre de 1807. — Yo el Reí. — José' 
Caballero.» 

V, DE B, & 



34 VIDA 



Esta desgracia fué tanto mas sensible para Bello, cuanto que 
la muerte de su padre, la cual tuvo lugar en 1805 o 1806, ha- 
bía colocado a su familia en situación apurada. 



VI 



Nombramiento de don Andrés Bello para secretario de la junta 
central de vacuna en Caracas, 



Don Juan de Casas, a consecuencia cíe la muerte de don 
Manuel de Guevara Vasconcelos, tomó a su cargo el gobierno 
interino de Venezuela. 

Aquel personaje era, a juicio de Bello, un militar de inteli- 
gencia apocada, de carácter débil, sin prestijio, ni apoyo de 
ninguna especie, que solo debia el mando a la casualidad de 
hallarse ejerciendo el empleo de teniente de rei, o segundo 
jefe de la guarnición de Caracas. 

Conforme a una real cédula, el teniente de rei desempeñaba 
en Venezuela las funciones de presidente-gobernador, mien- 
tras el soberano proveía,, en los casos estraordinarios de va- 
cante. 

Aunque don Juan de Casas no dispensó a Bello la misma 
amistad que su antecesor, sin embargo, estimó en lo que valían 
la intelijencia i la laboriosidad del joven. 

Así fué que, a los mui pocos meses de estar a la cabeza de 
la gobernación, espidió en favor de Bello el despacho que va a 
leerse, inédito hasta ahora: 

«Don Juan de Casas, coronel de los reales ejércitos, caba- 
llero de la orden de Santiago, teniente de rei i segundo coman- 
dante jeneral de estas provincias, i en la actualidad capitán 
jeneral de ellas, gobernador de la de Caracas, presidente de su 
real audiencia, i de la junta central de vacuna, vicepatrono 
real, i superintendente jeneral subdelegado déla real renta 
do correos. 



30 TI DA 

«Por cuanto, a virtud de las lejítimas escusas que don Ga- 
briel de Ponte, teniente de milicias regladas de caballería de 
esta capital, ha hecho- presentes , i se le han admitido, resulta? 
vacante el empleo de secretario político de la junta central de- 
vacuna; i siendo necesario proveerlo en persona de acreditada 
intelijencia, integridad i patriotismo; 

«Por tanto, reuniéndose estas buenas circunstancias en ef 
comisario áfe guerra honorario de- los reales ejércitos don An- 
drés Bello, que ha servido interinamente, i a satisfacción del 
gobierno i de la junta, la espresada, secretaría,, he venido ere 
nombrarle, como por el presente le nombro, tal secretario de la 
referida junta central en la parte política, gubernativa i eco- 
nómica, mandando se cié cuenta de este nombramiento en la 
primera de sus sesiones, i se le guarden t en consecuencia, los 
honores i distinciones que, como a tal, le corresponden, i se 
hayan guardado a su antecesor, tanto en la junta,. como fuera de 
ella. Serán de su cargo los gastos de escritorio, portes de co- 
rreos, i demás anexos a dicha secretaría, satisfaciéndosele a su 
tiempo íntegramente por los medios que arbitrare la junta, o 
por los que Su Majestad se sirva aprobar, i no percibirá ningu- 
na otra especie de gratificación, ni emolumento r en atención a 
no haber fondos de que deducirlos, i a que se ofrece volunta- 
riamente a servir en estos términos a Su Majestad i al públieo. 

«Dada en Caracas, sellada con mis armas,, i refrendada por el 
infrascrito secretario del gobierno i capitanía jencral r a 22 de 
marzo de 1808. — Juan de Casas. — Pedro- González Ortega.» 



Lo que don Andrés Bello presenció en el gobierno del presidente- 
gobernador don Juan de Casas. 

Aunque Bello fuera un empleado sulmltemo en la secretaría 
de la gobernación,, i por lo tanto, un simple ejecutor de órde- 
nes superiores, sin que tuviera ninguna parte en la dirección 
de los negocios do estado, no obstante, tal posición le permi- 
tió presenciar mui de cerca los sucesos que precedieron a la 
revolución de Venezuela.. 



Í)E DON ANDRÉS BELLO 37 



Don Andrés había compuesto aun una memoria sobre ellos, 
la cual iba a imprimirse en Valparaíso, pero que, por des- 
gracia, se consumió en el incendio que, en marzo de 1843, 
devoró la imprenta de El Mercurio.. 

El autor, que no había dejado copia, no tuvo tiempo o vo- 
luntad de rehacer aquel trabajo. 

Muchas veces oí referir a Bello esos sucesos; i como me pa- 
reciesen curiosos, consigné por escrito un estracto de su na- 
rración, el cual yo sometí a su examen, i él declaró exacto. 

Hé aquí ese estracto, 

Los primeros meses del gobierno de Casas pasaron sin ocu- 
rrencia notable. 

Lo único que atraía la atención, i suministraba materia de 
discusión, eran los graves acontecimientos que estaban veri- 
ficándose en la Península. 

Sin embargo, las últimas noticias recibidas comprendían 
solo los tumultos de Aranjuez, acaecidos en marzo de 1808. 

Trascurrió casualmente bastante tiempo sin que ningún, 
buque arribara de España a Venezuela. 

Así, aunque hubiera llegado ya el mes de julio, los venezo- 
lanos ignoraban por completo el inesperado trastorno que, en 
la metrópoli, habia seguido a la caída del príncipe de la Paz, 
don Manuel Godoi. 

Entre tanto, cierto dia, un espreso, despachado a toda prisa 
por el gobernador de Cumaná don Juan Manuel de Cajigal, 
trajo al presidente Casas un oficio a que venían anexos dos 
números del Times. 

El oficio estaba escrito con mucha concisión a causa del 
apresuramiento que se habia tenido para enviarlo; pero, en la 
secretaría de la gobernación, se la juzgó como nacida de la 
pequeña importancia de su asunto. 

En efecto, Cajigal se limitaba a decir que el gobernador in- 
gles de Trinidad acababa de remitirle aquellos dos números 
del Times, en los cuales se contenían noticias mui" dignas de 
ser. consideradas. 

Casas leyó aquella comunicación que, por sí sola, significa- 
ba poco; miró los diarios adjuntos; i como ignoraba el ingles, 



38 



llamó, según costumbre; a Bello; i le entregó los impresos, a 
fin de que tradujera los artículos que aparecían marcados. 

Don Andrés examinó los números del Times a la lijera, sin 
fijarse absolutamente en lo que anunciaban. 

Los artículos cuya versión se le encomendaba eran do di- 
mensiones tan descomunales, que llenaban varias columnas. 

Esta estraordinaria largura le infundió, como vulgarmente 
se dice, miedo de acometer la tarea. 

Por esto, después de haberles echado un vistazo, mas bien 
para medir la ostensión del trabajo, que para buscar el sentido 
de lo escrito, volvió a doblar los diarios, i aplazó la traducción 
para después. 

A lo espuesto, se redujo la importancia que aquellos papeles 
merecieron desde luego al presidente i a su intérprete o sccre- 
tario. 

Al dia siguiente, don Juan de Casas preguntó a Bello, pero 
siempre con indiferencia, por la traducción que le habia en- 
cargado. 

Don Andrés se vio obligado a confesarle que aun no la ha- 
bia principiado. 

A fin de evitar que el superior pudiera reconvenirle, se de- 
dicó sin tardanza a ejecutar lo que le habia ordenado. 

Tan pronto como recorrió los primeros períodos, quedó es- 
tupefacto con lo que iba leyendo. 

A la verdad, las noticias eran de una magnitud i trascenden- 
cia imponderables. 

Aquellos artículos comunicaban nada menos que la ruina de 
la antigua i lejítima dinastía de los Borbones, i su reemplazo 
en el trono de las Españas i de las Indias por la familia adve- 
nediza de los Bonapartes. 

Relataban con prolijos pormenores los sucesos de Bayona, 
la abdicación de Carlos IV i do sus hijos, la exaltación do José, 
hermano del emperador de los franceses, la confinación del ex- 
fcí i de los infantes al interior de la Francia; i para no dejar 
asidero a la mas leve duda, copiaban íntegras todas las piezas 
í documentos oficiales. 

Bello participó apresuradamente a Casas lo que acababa de 



DE DON ANDRÉS BELLO '39 



saber; i en seguida, para satisfacer la impaciencia de la curio- 
sidad que éste sentía, iba entregando por trozos, a medida que 
los traducía, en pliegos i medios pliegos de papel, los artícu- 
los del Times, en que se daba cuenta de tan portentosos acon- 
tecimientos. 

Don Juan de Gasas se sumerjio en la mayor perplejidad. 

No atinaba con lo que había de hacer. 

Para tomar algún partido, hizo venir inmediatamente a va- 
rios personajes que gozaban de su confianza, entre otros, al 
visitador i rejente de la real audiencia de Caracas, don Joaquín 
Mosquera i Figueroa, i al contador mayor, don Ignacio Cani- 
vell. 

Aquellos señores escucharon la lectura de los artículos del 
Times, i entraron después en deliberación. 

Como no les agradaba prestar crédito a lo que se anunciaba, 
los mas de ellos hallaron bien pronto a la noticia una esplica- 
cion que juzgaron sumamente satisfactoria. 

Los artículos del Times contenían, en su concepto, un hatajo 
de embustes destinados a estimular la rebelión entre los ame- 
ricanos. 

Aquello que referían no podía haber sucedido. 

Era solo una invención de los pérfidos ingleses, imajinada 
i puesta en circulación con depravado intento. 

En vano, don Ignacio Canivell, caballero úe buen sentido, 
que, habiéndose educado en Londres, poseía el ingles, i tenia 
una idea clara de lo que eran el ministerio británico i el Ti- 
mes, se esforzó en persuadirles la absurdidad de tal suposi- 
ción, demostrándoles que aquel ministerio era demasiado serio., 
i se respetaba mucho, para maquinar tramoyas indignas, como 
la que antojadizamente lo atribuían, i que aquel diario era de- 
masiado circunspecto i acreditado en el mundo para prestar 
sus columnas a la difusión de un cuento fabuloso, apoyado en 
documentos apócrifos. 

Todas sus razones fueron palabras arrojadas al viento. 

Los individuos de la reunión permanecieron firmes i obsti*- 
nados en que los sucesos de Bayona que el Times publicaba 
eran una patraña, fraguada por el gobierno ingles, para insu- 



40 VIDA 

rreccionar los dominios españoles en América, i se separaron 
con esta convicción, acordando que, en cuanto fuera posible, 
se guardaría silencio acerca de lo ocurrido, para no alborotar 
al pueblo. 

Pasaron como unos quince cuas, sin que se confirmaran o 
desmintieran las noticias venidas de Cumaná. 

Al fin, el 15 de julio de 1808, se esparció por la mañana en 
Caracas la voz de que habia entrado en el puerto de la Guaira 
el Serpent, bergantín francés, que traia comisionados del em- 
perador Napoleón (así se susurraba testualmente), con pliegos 
para el presidente de Venezuela, 

Efectivamente, a eso de la una del clia, Bello recibió un re- 
cado de Casas para que fuese a servirle de intérprete en una 
conferencia con uno de los estranjeros que desde temprano esta- 
ban suministrando materia a las conversaciones del vecindario. 

Habiéndose trasladado Bello, en cumplimiento de la orden, 
al gabinete del presidente, lo encontró con un militar francés, 
vestido de gran parada, cuyo nombre no recordaba. 

Tan pronto como la presencia del intérprete permitió a los 
dos personajes ponerse en comunicación, el francés dijo al jefe 
español: 

— Doi a Vuestra Excelencia mis felicitaciones, i a la vez las 
recibo, por el advenimiento al trono de las Españas i de las In- 
dias de Su Majestad el rei José Bonaparte, hermano del empe- 
rador de los franceses. Estos pliegos (i le entregó al mismo 
tiempo un paquete) impondrán a Vuestra Excelencia de todas 
las circunstancias do tan fausto acontecimiento. 

Casas, al oír tales espresiones, quedó tan anonadado, como 
si un rayo hubiera caído a sus pies. 

Tomó los pliegos; i volviéndose a Bello, le dijo: 

— Responda Usted que me instruiré de estos oficios, i trasmi- 
tiré al señor la determinación que yo adoptare en vista de su 
contenido. 

El militar francés se despidió, i Bello permaneció en el ga- 
binete. 

Apenas so hubo retirado el mensajero, Casas se derritió en 
lágrimas como un niño. 



DE DON ANDRÉS BELLO 41 



Tenia miedo de tomar una determinación, porque reconocía 
que la solución ele las gravísimas dificultades en que se hallaba 
comprometido era superior a sus fuerzas. 

Sentíase materialmente agobiado bajo la inmensa respon- 
sabilidad que gravitaba sobre él. 

Habiendo acudido las personas de su familia al ruido de sus 
sollozos, consiguieron consolarle a medias, i tranquilizarle al- 
gún tanto. 

Luego que don Juan de Casas hubo recobrado en parte la 
serenidad, convocó en su palacio una junta jeneral a que asis- 
tieron los majistrados demás alta categoría, los representantes 
de todas las corporaciones civiles, militares i eclesiásticas, i 
algunos de los propietarios i comerciantes mas acaudalados. 

Don Andrés Bello, que hacía en esta asamblea las veces de 
secretario provisional, abrió la sesión con la lectura de las di- 
versas piezas que el enviado francés había traído. 
Ya no habia lugar para la duda. 

Ya no habia medio de buscar un calmante a la inquietud, 
en la hipótesis de intrigas británicas. 

El testimonio de documentos autorizados con firmas autén- 
ticas de altos funcionarios de la corte no podia ser tachado de 
mentiroso con tanta facilidad, como el del Times, periódico 
desconocido en Venezuela. 

En efecto, Bello leyó a los proceres de Caracas oficios de 
Champagny, ministro de Napoleón, datados en Bayona, en los 
cuales comunicaba la abdicación de los Borbones, a la par que 
la exaltación de los Bonapartes, i otros del consejo de Castilla 
i del real i supremo consejo de Indias qij$ daban a reconocer 
a Murat por lugar- teniente del reino. 

La opinión unánime de los magnates que componían la jun- 
ta jeneral, incluso el presidente Casas, fué que convenía 
aguardar los acontecimientos, i no tomar, entre tanto, resolu- 
ción alguna. 

Todos ellos creían sin remedio la desgracia de los Borbones. 
Si el prestijio de Napoleón I era grande en Europa, era to- 
davía mucho mayor a la distancia. 

La perspectiva prestaba a sus hazañas dimensiones colosales. 



42 VIDA 

Ese capitán cstraordinario, que parecía el jenio de la guerra, 
i del cual, cada batalla era una victoria, i cada victoria la con- 
quista de un reino, se representaba a aquellos señores como 
la encarnación de esas figuras do reyes que los artistas suelen 
pintar en sus cuadros, llevando el mundo en la mano. 

Esc mortal osado, que había despojado impunemente de al- 
gunas de sus posesiones hasta al papa, era para ellos capaz 
de todo, i reputado casi como omnipotente en la tierra. 

Estimaban punto menos que imposible el que la España 
resistiera jamas a la voluntad de semejante hombre. 

Así, deseando conservar sus empleos, i acomodarse con el 
gobierno peninsular, cualquiera que fuese, juzgaron lo mas 
prudente mantenerse a la espectativa, i aguardar para decidir- 
se, a que el triunfo definitivo hubiera lejitimado la domina- 
ción, o do Fernando, o de José. 

Por supuesto, parece escusado advertir que si apoyaban en 
alta voz la opinión de permanecer quietos, i de aplazar cual- 
quiera resolución, tenían buen cuidado de callar los motivos 
que les hacian proponer la adopción de una conducta ambigua 
i poco franca, aunque también es cierto que, por mas que pro- 
curaban disimularlos, no podían menos de dejarlos traslucir 
mui a las claras. 

Junto con esta vacilación, inspirada por la creencia de que 
el poder de Napoleón era casi irresistible, aquellos magnates 
esperimentaron un gran temor de que los criollos convirtieran 
su fidelidad a Fernando VII, si éste era apartado del trono, en 
conatos de independencia; i sostuvieron que, sucediera lo que 
sucediera, la América debia continuar ligada a la metrópoli. 

Los franceses Antes que la, emancipación, pretendían ellos 
que fuese el programa de los venezolanos. 

Gomo lo he dicho, don Andrés Bello desempeñaba provisio- 
nalmente en esta reunión las funciones de secretario. 

A causa de la colocación que este destino le daba en la sala, 
pudo observar una incidencia que revela la desconfianza, abri- 
gada por los concurrentes, de que los hispano-americanos, 
primero que someterse a los Bonapartes, levantaran bandera 
de insurrección contra España". 



DE DON ANDRÉS BELLO 43 



Habiéndose acordado que, en los dias sucesivos, continuarían 
celebrándose sesiones, don Juan de Casas se acercó al oído del 
rejente Mosquera para consultarle si convendría nombrar a 
Bello secretario de la junta. 

El interrogado contestó, sin vacilar, a la pregunta, que de 
ningún modo, pues era de absoluta necesidad que el secretario 
fuera español europeo. 

Aunque los interlocutores cambiaron estas palabras por lo 
bajo, Bello, que estaba sentado próximo, las percibió sin per- 
der una sílaba. 

Se procedió a designar un secretario; i con arreglo al dicta- 
men de Mosquera, que, sin embargo, habia nacido en América, 
se clijió para el cargo a un oficial peninsular. 

Mientras esto sucedía en el palacio del presidente, una aso- 
nada alborotaba las calles de Caracas. 

El francés, ájente o mensajero de José Bonaparte, habia ido 
a alojarse en una de las fondas de la ciudad. 

Como había traído gacetas i publicaciones de Europa, en las 
cuales se relataban i discutían los acontecimientos que habían 
motivado su misión, las dio a leer a varias personas, con quie- 
nes entró en relaciones. 

De este modo, la noticia de lo que habia pasado a la familia 
real en Bayona, se propagó con rapidez suma por todo el ámbi- 
to de la ciudad. 

Aquello fué una campanada de alarma para los habitantes. 

Muchos de ellos, inflamados por la indignación que la perfi- 
dia del emperador habia producido en sus pechos, abandona- 
ron sus casas, i se agruparon en las calles principales. 

En menos de una hora, unas diez mil personas se hallaban 
al frente del palacio, gritando furiosas: 

— ¡Viva Fernando VII! ¡Muera Napoleón! 

Así (¡cosa por cierto bien estraña!) lo que debía trocarse en 
una insurrección de independencia empezaba por una esplosion 
de fidelidad al monarca. 

El cabildo, ajitado por sentimientos iguales a los que conmo- 
vían al pueblo, se congregó al mismo tiempo en la sala capi- 
tular. 



VIDA 



Después de algún debate sobre el gran negocio del día, re- 
solvió enviar una comisión de su gremio al presidente-gober- 
nador para pedirle que, sin tardanza, se reconociera a Fernando 
VII como rei í señor natural, i se le jurara la obediencia debida. 

La comisión municipal fué introducida a la sala donde don 
Juan de Casas presidia la junta de notables. 

El mensaje de que era portadora estuvo mui distante de agra- 
dar a Casas i a los demás señores que le acompañaban. 

Ya sabemos que la mayoría ele ellos, si no todos, en vez de 
querer gritar ¡Viva, Fernando VIH como el pueblo, se halla- 
ban dispuestos a gritar ¡Viva, el que venza!, fuese Borbon, o 
Bonaparte; pero, en las circunstancias, habría sido harto peli- 
groso que sus bocas espresaran con franqueza el pensamiento 
que encerraban sus cerebros. 

Las vociferaciones de la multitud que llegaban hasta sus 
oídos oran demasiado frenéticas para que se hubieran atrevido 
a proferir alguna palabra que olióse siquiera a traición. 

Desecharon la indicación del cabildo; pero buscaron, para 
justificar la negativa, protestos plausibles que pudieran alegar- 
se sin despertar sospechas. 

Respondieron, pues, que, no siendo decoroso proclamar al 
monarca lejítimo tumultuariamente, í en medio de una asona? 
<la., convenia aguardar a quo esto pudiera practicarse con el 
despacio necesario i las solemnidades de estilo. 

El cabildo no admitió la disculpa, i envió de nuevo a sus di- 
putados para que insistieran en la solicitud. 

El presidente-gobernador i los individuos de la junta jene- 
ral reiteraron la contestación. 

El cabildo tornó a instar por tercera vez. 

Durante este cambio do mensajes, la conmoción popular se 
había aumentado considerablemente, i había llegado a ser un 
•considerando riesgoso de desatender en favor de las pretensio- 
nes del ayuntamiento. 

Los señores do la junta jcncral no osaron resistir por mas 
tiempo. 

A consecuencia de esto, el presidente ordenó que se levantara 
él acta de la proclamación de Fernando VIL 



DE DON ANDRÉS BELLO 45 



En seguida, salió en persona con todas las autoridades a 
pregonarla en los lugares de costumbre, a los cuales le acom- 
pañó un numeroso pueblo, que espresaba con estrepitosos- 
aplausos el entusiasmo de que se sentía animado. 

El acta a que aludo se ha perdido; pero don Andrés Bello r 
que tuvo ocasión de leerla, i de oírla varias veces, conservaba 
frescas las ideas de lo que ella contenia. 

Esa pieza curiosa, i mui significativa, mas bien que del re- 
conocimiento de Fernando Vil, trataba de la vindicación de 
los funcionarios que se habían visto- forzados a firmarla. 

Así r los interesados no se olvidaron ele consignar en ella, ni 
la desencadenada insurrección de los caraqueños, ni los tres 
requerimientos del cabildo. 

El acta era, en una palabra, la defensa bien hecha de los 
gobernantes venezolanos para sincerarse, en caso necesario,, 
ante su majestad el reí José. 

De todos modos,, la providencia referida calmó ! la ajitaciora 
del vecindario , i restituyó las cosas al estado normal. 

A la una del dia, el emisario de Napoleón se había presen- 
tado en palacio para entregar los pliegos que anunciaban el 
advenimiento del hermano de su emperador; i a las cinco de 
la tarde, había sido ya jurado Femado VII por los majistra- 
dos í los ciudadanos, habiendo estallado entre esas dos- hora» 
una asonada inusitada i formidable. 

Poco antes que se verificara la fiesta do la proclamación T 
don Juan de Casas r cuidadoso por la suerte del ájente francés,, 
sobre quien era de temerse se ensañara la furia del populacho,- 
encargó a Bello que corriera a prevenirle del peligro que 1er 
amenazaba, i a insinuarle que procurara ponerse en salvo.- 

Don Andrés, en cumplimiento de la orden, se trasladó a Im 
fonda, donde el estranjero se había hospedado. 

No le encontró en ella; pero averiguó que, mientras se lan- 
zaban furibundos gritos de muerte r no solo contra el emisario.,, 
sino contra el emperador mismo, el francés estaba comiendo 
tranquilamente en casa de don Joaquín García Jove, comer- 
ciante español, para quien había traído- cartas de recomenda,- 
cion. 



48 VIDA 

Dirijiéndose entonces al lugar Señalado, Bello trasmitió el 
recado que llevaba de parte del presidente. 

El enviado bonapartista respondió con serenidad: 

— Sírvase Usted decir a Su Excelencia que ponga a mi dis- 
posición una media docena de hombres; i no tenga cuidado por 
lo que pueda hacerme la turba que está vociferando en la 
calle. 

A pesar de esta bravata, con mas prudente acuerdo, i mejor 
aconsejado, determinó salir de Caracas aquella misma noche. 

Por fortuna, pudo saberse con anticipación haberse organi- 
zado para asesinarle una pandilla de realistas fanáticos, en la 
cual se habia alistado un joven perteneciente a una de las 
principales familias de Venezuela. 

Habiendo proporcionado Casas al francés una escolta a fin 
de evitar cualquiera tentativa criminal, se encaminó, pro- 
tejido por la oscuridad, al puerto de la Guaira. 

En el viaje, por dicha suya, no tuvo que habérselas con nin- 
guna banda de sicarios; pero, a eso de las dos de la mañana, 
tropezó con Mr. Beaver, capitán de la fragata inglesa Acasta, 
el cual iba precisamente a anunciar a los gobernantes de Ve- 
nezuela la resistencia que los pueblos de la Península estaban 
oponiendo a los invasores, i la alianza que la Gran Bretaña 
habia ajustado con los primeros. 

El emisario ingles i el francés no se conocieron, i prosiguie- 
ron la jornada cada uno en opuesta dirección. 

La fragata Acasta habia venido siguiendo de cerca al ber- 
gantín francés de que he hablado, el cual, por casualidad, 
habia burlado la vijilancia de los cruceros ingleses, aunque no 
habia logrado ocultarles su rumbo. 

Mas velero que la nave contraria, el bergantín habia ganado 
algunas horas para entrar con anticipación en el puerto, alen- 
tándose sin duda con la esperanza de que si obtenía el objeto 
de su misión, sería protejido por la autoridad del país. 

He manifestado cómo semejante ilusión fué desvanecida por 
la realidad. 

El capitán Beaver habia hallado anclado al bergantín fran- 
cés, habia ordenado a su segundo que lo dejara salir, i le diera 



DE DON ANDRÉS BELLO 47 



caza tan luego como trascurriera el plazo fijado por el derecho 
internacional, i había corrido a Caracas, .sin pérdida de tiem- 
po-, a fin de desbaratar los planes del ájente enemigo. 

El bergantín i el desairado negociador de Bonaparte cayeron 
en poder de los marinos ingleses. 

El capitán Beaver esperi mentó una acojida enteramente dis- 
tinta de parte del gobierno i de parte del pueblo. 

Casas í su círculo le recibieron con frialdad. 

Los habitantes, con el mayor entusiasmo, en palmas de ma- 
no, como vulgarmente se dice. 

Mientras el presidente-gobernador usaba con el ingles la mas 
estricta etiqueta diplomática, los caraqueños le festejaban de 
mil maneras, obsequiándole a porfía con numerosos convites 
preparados en su honor.* 



* Ningún historiador que yo conozca, ba referido este episodio con 
las particularidades instructivas i novelescas con que don Andrés 
Bello, testigo de vista, i hasta cierto punto actor en él, lo daba a co- 
nocer. 

Los escritores don Rafael María Báralt, i don José Manuel Restrepo, 
el primero, en el Resumen de la Historia Moderna de Venezuela, i 
el segundo, en la Historia de la Revolución de la República de 
Colombia, edición de 1858, narran estos interesantes sucesos con por- 
menores escasos, i Restrepo ademas con inexactitudes notables. 

La consideración de esto me ha movido a insertar aquí, en forma de 
documento ilustrativo, un oficio del capitán Beaver a sir Alexandre 
Cochrane, el cual ratifica i completa la relación de Bello. 

«De la Guaira, julio 19 de 1808. 

«Sir. Ocurren actualmente en la provincia ele Venezuela aconteci- 
mientos de mui grande importancia. He juzgado necesario despachar 
a Usted sin pérdida de tiempo el Serpent, corbeta tomada última- 
mente a los franceses, a fin de que conozca tan prontamente, como sea 
posible, los acontecimientos que han sucedido ya, i de que pueda for- 
marse una opinión sobre los que probablemente seguirán. 

«Entré el 15 al puerto de la Guaira; i en el momento en que me dis- 
ponía para ir a tierra, noté que llegaba un bergantín (brick) con pabe- 
llón francés al fondeadero. Este habia venido» la tarde anterior de Ca- 
yena con despachos de Bayona, i echado el ancla a cosa de dos millas 
de la ciudad de la Guaira. Separado de ese buque por una distancia 
de cinco millas, no pude acercarme a él lo bastante para tirarle una. 



48 VIDA 

La presencia de Beavcr ejerció grande influjo en la conduc- 
ta de los gobernantes i de los gobernados. 

El respeto mui fundado que la Gran Bretaña inspiraba, ve- 
nía en ausilio de la fidelidad mostrada por la porción mas con- 
siderable del vecindario para comprometer en pro del rei cau- 
tivo a los funcionarios irresolutos de Venezuela, quienes, aun- 



descarga, i el haberse refujiado bajo las baterías españolas rae impi- 
dió perseguirlo. 

«Ea el momento en que me preparaba para partir a Caracas, d 
capitán del bergantín francés se retiraba de esa ciudad muí descon- 
tento de la recepción que se le había hecho en ella. 

«Llegué a las tres a Caracas, i presentó los despachos de Usted al 
capitán jeneral, quien rae recibió mui fríamente, o por mejor decir, 
eon mucha descortesía, haciéndome la observación de que yo llegaba 
a una hora mui incómoda, i de que haria mui bien en ir a buscar 
dónde comer, i volver dentro de dos horas. 

a Al entrar en la ciudad, noté grande efervescencia en el pueblo. Creí 
ver aquella ajitacion que precede o sigue a una conmoción popular; i 
cuando llegué a la gran casa municipal, fui rodeado por habitantes 
de casi todas las clases. 

«Supe que el capitán francés, llegado la víspera, habia referido la 
noticia de todo lo que habia pasado en España de una manera favora- 
ble a la Francia; que había anunciado el advenimiento de José Bona- 
parte al trono de España; i que habia traído órdenes para los ajen tos 
del gobierno francés. 

«Púsose en armas inmediatamente la ciudad. Diez mil habitantes 
rodearon la morada del capitán jeneral, i pidieron se proclamase a 
Fernando VII rei do España. Se les prometió ceder a su voto al si- 
guiente dia; pero, poco satisfechos cea esta promesa, hicieron ellos 
proclamar a Fernando VII desde la misma tarde por medio de heral- 
dos de armas, i colocaron su retrato iluminado en la galería do la 
casa de cabildo. 

«Los franceses fueron públicamente insultados en los caféci?, do 
donde se les obligó a retirarse; i e5 capitán del bergantín se retiró de 
Caracas secretamente, a las ocho de la noche, escoltado por un desta- 
camento de soldados. Mas tarde, habría perecido, porque, a las diez r 
el populacho pidió su cabeza al gobernador; i cuando aquel supo quo 
habia partido, le siguieron trescientos hombres para darlo muerte. 

«Aunque fríamente recibido por el gobernador, fui perfectamente 
acojidopor los principales habitantes de la ciudad, la cual me miraba 
eomo un libertador. Las noticias que les di de Cádiz fueron devora- 



DE DON ANDRÉS BELLO 49 



que pocos, podían, sin embargo, mucho por el gran poder de 
que disponían. 

La alianza de Inglaterra con España contrabalanceaba las 
probabilidades de la lucha. 

Aun sin tomar en cuenta la decisión de los hispano-ameri- 
canos por Fernando, era un motivo poderoso para preferir las 
banderas del monarca lejítimo a las del intruso. 

Los gobernantes de las vecinas colonias inglesas hicieron, 
por lo que a ellos tocaba, cuanto estuvo a sus alcances para es- 
torbar cualquier pronunciamiento bonapartista en Venezuela. 

Al poco tiempo del viaje de Beaver, sir George Bickwith, 
jefe de tierra, i sir Alexander Cochrane, jefe de mar, en los 
establecimientos ingleses de las Antillas, dirijieron separada- 
mente a don Juan de Casas sendos oficios en que le invitaban 
a que coadyuvase a la emancipación de la Península con toda 
especie de socorros, en especial pecuniarios; i le aseguraban 

das con avidez, i excitaron gritos de entusiasmo, i reconocimiento por 
la Inglaterra. 

«Al volver a la casa del gobernador, pedí qtie la corbeta francesa 
me fuese entregada, o al menos que me fuese permitido tomar pose- 
sión do ella en la rada, en razón de los motivos que la habían hecho 
entrar en ella. El gobernador me rechazó positivamente ambas cosas; 
i tampoco quiso apoderarse él de la corbeta. Díjome, por el contrario, 
que habia dado órdenes para que ese buque se hiciese a la vela inme- 
diatamente. Hícele conocer entonces las que yo habia dado para que 
lo capturasen, a fin de que las aprobara; i al mismo tiempo, le dije que, 
si la corbeta no estaba en el poder de los españoles a mi regreso, yo 
mismo iria a apresarla. Contestó que él enviaría al comandante de 
la Guaira la orden de hacerme fuego, si me tomaba la libertad de eje- 
cutar semejante acción. Repliqué entonces que las consecuencias de 
tal orden recaerían sobre él, añadiendo que la recepción que me 
hacía parecía mas bien la de un enemigo, que la de un amigo, i que 
tenia motivo para sorprenderme de -su conducta hacia mí, al traerse la 
noticia de haber cesado las hostilidades entre la Gran Bretaña i la Es- 
paña, mientras él trataba a los franceses como amigos, sabiendo que 
la España estaba en guerra con la Francia. Sostuvo él que la España 
no estaba en guerra con la Francia; i le preguntó cómo consideraba 
él la cautividad de la familia real i la toma de Madrid. Respondió so- 
lamente que el gobierno español no le hablaba de eso, i que mis des- 
pachos no eran oficiales.» 

V, DE B, 7 



50 VIDA 

que, si sobrevenía un descalabro, el gobierno de su nación no 
estaría distante de favorecer la independencia de los dominios 
hispano-americanos, antes que tolerar la sumisión de ellos al 
rei José. 

Concluían pidiéndole que trascribiera aquellas comunicacio- 
nes al virrei de Nueva Granada. 

Don Juan de Casas leyó estos oficios, que fueron también 
traducidos por Bello, i los mandó archivar, sin ejecutar la úl- 
tima cláusula. 

Sin embargo, a pesar de la vacilación que mostraba el pre- 
sidente, la actitud del pueblo i el respeto a los ingleses le obli- 
garon a permanecer fiel a los Borbones. 

Le fortificó en esta lealtad forzada la venida, en los primeros 
dias de agosto de 1808, de un ájente de la junta de Sevilla, el 
cual traia pliegos en que esta corporación, denominándose au- 
toridad suprema de las Españas i délas Indias, confirmaba en 
sus cargos a todos los empleados, i les exijia la reconociesen en 
el carácter que ella se atribuía. 

No obstante la resistencia del cabildo, que osó emitir dudas 
acerca de la lejitimidad de la tal junta, el presidente-goberna- 
dor, halagado con la confirmación de su destino, obligó a sus 
subordinados a prestar el juramento que se les mandaba. 

Era el caso que, desde el 15 de julio de 1808, dia de la lle- 
gada del comisionado bonapartista, como recordarán ios lecto- 
res, se habia propagado por todas las clases de la sociedad la 
idea de establecer en Caracas, a imitación de los pueblos pe- 
ninsulares, una junta gubernativa. 

Tal proyecto, en vez de ocultar en la mayoría de los que lo 
sostenian miras encubiertas de independencia, espresaba por 
lo contrario la mas acendrada fidelidad a Fernando VIL 

Los procedimientos ambiguos i poco francos de los gober- 
nantes venezolanos, i el deseo ardiente de conservar íntegros 
sus dominios al infortunado lejítimo soberano, eran los moti- 
vos principales que lo inspiraban. 

La idea de emancipación no era desconocida en Venezuela. 

A la época a que se refiere lo que voi narrando, esa idea ha- 
bia ya contado sus apóstoles, sus caudillos, sus mártires. 



DE DON ANDRÉS BELLO 51 



Un grupo de revolucionarios la había aun inscrito en su ban- 
dera, i la habia defendido a mano armada. 

Pero si todo esto es mui cierto, también lo es mucho que esa 
idea de la independencia era apoyada en aquella fecha por una 
minoría poco considerable, i aun pudiera decirse, insignifi- 
cante. 

Si los caraqueños en jeneral deseaban la creación de una 
junta gubernativa, era precisamente para evitar que alguna 
traición agravase la desventura del monarca prisionero. 

El cabildo de Caracas, desde las primeras noticias sobre el 
estado deplorable en que la metrópoli se encontraba, se cons- 
tituyó en promotor de la formación de un gobierno local i pro- 
visional, semejante a los que se habían formado en la madre 
patria; pero don Juan de Casas, a quien, bajo ningún aspecto, 
convenia que esto se llevara a cabo, lo resistió siempre, aparen- 
tando en ocasiones que se inclinaba a ello, i oponiéndose en 
otras sin disfraz a su planteacion. 

Con pretesto del reconocimiento de la junta de Sevilla, vol- 
vió a sostenerse con mucha fuerza e insistencia el proyecto de 
crear un gobierno nacional; pero clon Juan de Casas, aconseja- 
do por el re j ente de la audiencia don Joaquín Mosquera i Fi- 
gueroa, a quien asustaba cualquiera innovación en el réjimen 
colonial, persiguió a los autores del plan, i por entonces les 
impuso silencio. 



VII 



Progreso intelectual de Venezuela en los primeros años 
del siglo XIX. 



El gobierno de la metrópoli i las autoridades provinciales i 
coloniales desatendieron completamente, puede decirse, por 
mas de dos siglos i medio la ilustración pública en las posesio- 
nes hispano-ameri canas. 

Pensaron aun, i con fundamento, que ella contrariaría el 
orden de cosas establecido; i en consecuencia, la hostilizaron 
de propósito deliberado. 

Carlos III, aquel de sus antiguos soberanos a quien la Amé- 
rica Española debe mas, suavizó un tanto este sistema anti- 
progresista, dictando, aunque con excesiva precaución, algu- 
nas providencias en favor de la instrucción, i relajando del 
mismo modo algunas restricciones. 

No obstante, todo lo que quiso o pudo realizar en esta ma- 
teria fué todavía mui poco. 

Cuando tocó a Bello empezar a vivir,' una' ignorancia mas o 
menos absoluta era jeneral. 

Las escuelas, loscolejios, las universidades, sobre ser insu- 
ficientes en cuanto al número, dejaban mucho que desear en 
cuanto a la enseñanza. 

Los profesores de la calidad do frai Cristóbal de Quesada, de 
don José Antonio Montenegro i de don Rafael Escalona, fue- 
ron escepcionales. 

La introducción de libros se hallaba sujeta a muchas difi- 
cultades industriales, i a muchas trabas administrativas. 



DE DON ANDRÉS BELLO 53 



Las contadas bibliotecas que se habían reunido, mui pobres 
en toda clase de obras, lo eran particularmente mas en aque- 
llas que no trataban de jurisprudencia, o de teolojía. 

La imprenta era una máquina rara, que solo existia en las 
capitales de los virreinatos, i en unas cuantas ciudades princi- 
pales, i de que se hacía un uso nada provechoso, empleándose 
solo en dar a luz las publicaciones mas insustanciales. 

A la fecha de que voi hablando, no la había, ni en Caracas, ni 
en Santiago de Chile. 

Estos datos bastan para figurarse cuál sería el atraso de los 
americanos a fines del siglo XVII í. 

Mas como un estado semejante fuese opuesto a la naturale- 
za, solo subsistía artificialmente, mediante el aislamiento en 
que el nuevo mundo era mantenido respecto a los europeos. 

La vecindad de Venezuela a los Estados Unidos i a las 
Antillas facilitaba, a despecho de las prohibiciones legales, la 
comunicación con los estranjeros. 

Este trato mas o menos clandestino llevó a la sociedad ve- 
nezolana, i sobro todo a la caraqueña, un jérmen fecundo do 
civilización, que se arraigó pronto, i fructificó vigoroso i lo- 
zano. 

Así, no tardó en operarse en este país, ventajosamente situa- 
do, un movimiento intelectual notable, i una afición decidida 
al cultivo de las bellas letras i artes. 

Hé aquí lo que el barón de Humboldt dice sobre este parti- 
cular en el Viaje a las Rejiones Equinocciales del Nuevo 
Continente: 

«La multiplicación de comunicaciones con el comercio déla 
Europa, i aquel mar de las Antillas que hemos descrito como 
un mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamen- 
te en los progresos de la sociedad en la isla de Cuba, i en las 
hermosas provincias de Venezuela. En ninguna otra parte de 
la América Española, ha tomado la civilización un aspecto mas 
europeo. El crecido número de indios cultivadores que habitan 
a Méjico, i el interior de Nueva Granada, dan a estos vastos 
países un carácter particular, acaso mas exótico; pero, en la 
Habana, i en Caracas, a pesar de la población negra, cree 



54 VIDA 

uno estar mas cerca de Cádiz i de los Estados Unidos, que en 
ninguna otra parte del nuevo mundo.» 

El mismo autor agrega mas adelante: 

«En muchas familias de Caracas, he hallado gusto por la 
instrucción, conocimiento de los modelos de literatura france- 
sa e italiana, i una predilección decidida por la música, que 
cultivan con éxito, i que sirve para unir las diferentes clases de 
la sociedad, como lo hace siempre la cultura de las bellas artes. » 

El gobierno central, i aun el colonial, se vieron forzados a 
autorizar en ciertas temporadas ese comercio que habia dado 
tan poderoso impulso a la ilustración venezolana. 

Lóase lo que Baralt dice acerca de este punto en el Resu- 
men de la Historia Antigua be Venezuela: 

«La libre contratación con estranjerosfué permitida a las na- 
ciones neutrales en 1797, cuando la primera guerra de Carlos 
IV con la Gran Bretaña interrumpió el comercio colonial. Re- 
vocóse la licencia en 1800 por el clamor indiscreto i constante 
délos comerciantes españoles, a quienes la competencia arrui- 
naba; pero la miseria pública i el contrabando obligaron al 
capitán jeneral de Venezuela don Manuel de Guevara Vas- 
concelos, i al superintendente de real hacienda don Juan Vi- 
cente do Arce a restablecerla con algunas restricciones en 1801 , 
juzgando con razón que al colono le convenia dar salida a 
sus frutos, i al gobierno hacer entrar en arcas sus derechos. Pero 
la franqueza mercantil, limitada a la época de la paz, cesó 
cuando se tuvo noticia de la de Amiens; i renovada en 1805, 
con motivo de la segunda guerra inglesa, duró lo que ésta, o 
poco menos, siendo luego suspendida.» 

En los períodos de tiempo que el comercio mencionado es- 
tuvo prohibido, el contrabando hizo sus veces. 

Fué admirable, me contaba don Andrés Bello, el fomento 
que este contacto con los estranjeros dio en breve tiempo a la 
civilización en Venezuela. 

Junto con sus artefactos, los franceses i norte-americanos 
llevaron una gran cantidad de libros que, vendidos a precios 
ínfimos, despertaron la afición a la lectura, i popularizaron 
muchas ideas antes ignoradas. 



DE DON AÑORES BELLO 55 



Los ingleses de las Antillas ejercieron el mismo benéfico 
influjo, primero burlando las prohibiciones legales, i después 
de 1808, francamente, merced a su alianza con la España. 

Don Andrés Bello, siempre ansioso de saber, sacó gran pro- 
vecho de estas facilidades para instruirse. 

El empleado no mató en él al hombre estudioso. 

En medio de la multiplicidad de negocios que tenia a su 
cargo, supo proporcionarse ocios que dedicar a la lectura. 

Utilizando la amistad de un ingles llamado don Juan Ro- 
bertson, que, segun-parece, desempeñaba entonces algún em- 
pleo público en la colonia británica de Curazao, i que mas 
tarde prestó algunos servicios a la revolución de Colombia, 
don Andrés Bello se proporcionaba periódicos i libros euro- 
peos, en los cuales perfeccionaba los conocimientos ya adqui- 
ridos, i alcanzaba otros nuevos. 

Las comunicaciones de Robertson a Bello que paso a copiar 
comprueban la aserción precedente. 

«Curazao, 10 de enero de 1809. 

«Mi Querido Señor. 

«Aunque no he sido favorecido con una respuesta a las cartas 
que he escrito a Usted últimamente, sin embargo, no puedo 
perder ninguna oportunidad de remitirle diarios, etc. 

«A los que le he enviado hasta aquí, agrego ahora los últimos 
números del Political Register de Cobbett, el escritor mas 
hábil i atrevido de Inglaterra desde el tiempo de Junius. 

«Deseo con ansia que Usted me haga saber los detalles i la 
resolución final sobre todo lo que atañe a mi última misión; 
i lo deseo tanto mas, cuanto que aquí prevalece la voz de que el 
capitán jeneral está tan peligrosísimamente enfermo, que se 
desespera de su vida. Yo espero mui sinceramente que tal no 
ha de ser el resultado del caso; i confío en que así suceda.» 

Robertson continúa hablando a Bello, a quien titula secre- 
tario privado de Su Excelencia, el capitán jeneral de Cara- 
cas, de otros asuntos referentes a las numerosas relaciones 
que, como antes lo he advertido, habia entonces entre Vene- 
zuela i las vecinas colonias inglesas. 



56 VIDA 

«Curazao, 2 de febrero de 1809. 

«Mi Querido Señor. 

«Dudoso do si Usted habrá recibido mi última carta, 
puesto que, aunque no he sido favorecido con una respuesta, 
sé bien cuan frecuentemente so estravían las cartas enviadas 
de la ciudad que Usted habita, i las dirijidas a ella, lo cual 
puede esplicarse con dificultad, aprovecho la presente oportu- 
nidad para escribir a Usted de nuevo, i enviarle unos pocos 
periódicos mas, que considero dignos de aceptación. 

«Creo que Usted no tendrá dificultad alguna para perfeccio- 
narse en nuestro idioma con el ausilio de la gramática que ha 
recibido, tanto mas cuanto que Usted ha realizado ya en su 
conocimiento graneles progresos. Ella es, a la verdad, una de 
las mejores gramáticas que existen, sobre todo por su método i 
sistema. 

«He escrito a Inglaterra pidiendo varios ejemplares del Via- 
je de Depons, tanto en ingles como en francés, de la Gramática 
de Palinquais, i del Diccionario Ingles-Español. No necesito 
declarar que cualquiera de los amigos do Usted será preferido 
cuando yo reciba estos libros. He pedido también algunas de 
las traducciones que lord Holland ha hecho del célebre autor 
español, do las cuales hai en la gramática estractos. 

«Nuestro gobernador nos deja mañana. Se dirije a Caracas 
en la fragata Hebe, capitán Juan Fiffe, acompañado del tenien- 
te coronel Christie, del edecán teniente coronel Fairman, de 
Gordon, mayor del Tejimiento 18 de infantería, i de Mr. Ricar- 
do, que va como intérprete. 

«Creo que ahora dependerá enteramente del capitán jcneral 
el que se le permita o nó al desgraciado Obediente volver a vi- 
sitar su país natal. 

«Si aquí puedo ser a Usted útil en algo, permítame ofrecerle 
mis esfuerzos mas decididos; i esté seguro de que pocos, queri- 
do señor, pueden desearle mayor felicidad, que el mui sincera- 
mente suyo — Juan Robertson.» 

Don Andrés Bello habia aprendido por sí solo, así el ingles, 
como el francés. 

Poseía el primero de estos idiomas bastante bien para tradu- 



DE DON ANDRÉS BELLO 57 



cir los periódicos, i las cartas de Robertson, que usaba en ellas 
de su lengua materna, pues los trozos antes insertados son 
traducciones. 

Sin embargo, como aspiraba en todo a la perfección, apare- 
ce que, no obstante sus variadas i multiplicadas ocupaciones, 
i los pasatiempos naturales de la juventud, hacía cuanto de él 
dependía para adquirir un conocimiento cabal del ingles. 

Me parece oportuno consignar en este lugar algo que Bello 
decía con referencia a la obra de Depons, de que habla don 
Juan Robertson. 

En los primeros años de este siglo, visitaron a Venezuela 
varios estranjeros, los cuales, aunque no eran sobresalientes 
por el injenio, ola instrucción, escepto dos, tenían ese barniz de 
cultura, i esos conocimientos jenerales propios de los pueblos 
adelantados. 

Así fueron para los venezolanos especie de libros vivos, que, 
por medio de la conversación, los iniciaron en rudimentos de 
ciencia vulgares en el viejo mundo, pero peregrinos en el 
nuevo. 

Entre esos viajeros, hubo dos que, desiguales entre sí, pues 
el uno era mui superior al otro, se distinguieron mucho de los 
demás. 

Ya he tenido ocasión de mencionar al ilustre i preclaro sabio 
Alejandro de Humholdt. 

Casi inmediatamente después de él, en 1 801 , vino a Venezuela 
Mr. Francisco Depons, quien permaneció allí cuatro años 
hasta 1804 con el carácter de ájente del gobierno francés. 

A su regreso a Europa, Depons dio a la estampa en 1806 
una obra interesante en tres volúmenes, la cual lleva por tí- 
tulo: VOYAGE A LA PARTIE ORIÉNTALE DE LA TeRRE FeRME 
DANS LA AMÉRIQUE MÉRIDIONALE. 

Era esta la obra a que Robertson aludía. 

Hai en ella un capítulo, que es el undécimo del tercer volu- 
men, donde se trata de la Guayana Española i del rio Orinoco. 

En ese capítulo, se dan noticias mui curiosas acerca de una 
comarca poco esplorada hasta entonces, i se propone un plan 
de colonización. 



58 VIDA 

Es el caso que Depons, durante su residencia en Venezuela, 
según contaba Bello, no se movió de Caracas, sino para hacer 
una corta escursion a Puerto Cabello. 

¿Cómo se proporcionó, "pues, esos datos relativos a la citada 
provincia, tan nuevos i exactos, los cuales presenta como fruto 
de investigaciones personales? 

Don Andrés Bello recordaba que, en el archivo de la secre- 
taría de Caracas, habia una memoria pasada por un goberna- 
dor de la Guayana, cuyo nombre no tenia presente si era 
Inciarte, o Marmion; recordaba que este gobernador habia 
redactado en esa memoria el resultado de una esploracion pro- 
lija que habia practicado en el Orinoco, i habia espuesto en 
ella un plan de colonización para la Guayana; i en fin, recor- 
daba también que, por orden del presidente Vasconcelos, en- 
tregó a Depons el escrito espresado. 

El capítulo undécimo, tercer volumen, del Voyage a la 
Partie Oriéntale de la Terre Ferme es, según esto, un 
verdadero plajio. 

Publiqué esta anécdota en vida misma de don Andrés Bollo 
para satisfacer el deseo de que así se hiciera, manifestado por 
él en diversas ocasiones, a fin de que la autenticidad del hecho 
fuera indubitable, i se diera el honor de la esploracion i del 
plan anexo a quien correspondía. 

Antes de pasar a otra cosa, advertiré que Depons, observa- 
dor excelente, notó la solicitud de muchos venezolanos para 
procurarse en los libros estranjeros los conocimientos de que 
carecían. 

Reproduzco sus palabras. 

«Toda la juventud española (venezolana), penetrada de la in- 
suficiencia de su educación, procura remediarla, buscando con 
avidez en libros estranjeros lo que falta a su instrucción.» 

Para terminar este asunto, citaré un tercer párrafo de carta, 
en el cual Robertson anuncia a Bello la remisión de los perió- 
dicos ingleses de que le proveía. 

«Curazao, 23 de febrero de 1809. 

«Mi Querido Señor. 

«Lo envío, por la goleta Ambigú, un paquete que contiene 



DE DON ANDRÉS BELLO 59 



los seis últimos números del Ambigú, i un periódico ingles. 

«Por un buque recien llegado ahora de Puerto Cabello, he- 
mos sabido que nuestro gobernador se habia dado a la vela 
ayer en la tarde, i que se dirijia a Bonaire, donde permanece- 
rá un par de dias. Así le aguardamos aquí, por el sábado, o 
domingo, a mas tardar. 

«Envié ayer a Puerto Cabello para el gobernador algunos 
de los últimos diarios, bajo cubierta dirijida al capitán Mur- 
phy, de la marina real, pidiendo a éste que, en el caso de que 
el gobernador hubiese dejado a Puerto Cabello, antes de la 
llegada de estos papeles, abriese el paquete, i los enviase a 
Usted. Deseo que estos periódicos vayan a manos de Usted, 
porque contienen noticias nuevas e interesantes.» 

Se ve que Bello no era, entre sus compatriotas, el menos 
empeñoso por proporcionarse publicaciones estranjeras. 



Primeras producciones literarias de don Andrés Bello. 

El progreso operado en la sociedad de Caracas por las cau- 
sas mencionadas, trajo consigo una manifiesta dedicación al 
cultivo de las letras. 

Muchos jóvenes ensayaron escribir en prosa o verso. 

Don Luis Ustáriz se constituyó en Mecenas de ellos. 

Su casa llegó a ser el templo de las musas caraqueñas. 

Allí se leian i comentaban las obras de los escritores penin- 
sulares; se juzgaban, i guardaban, como en un archivo nacio- 
nal, las composiciones indíjenas. 

Habia, según Bello, una colección completa de estas últimas, 
que habría sido curioso conservar, pero que los realistas con- 
denaron a las llamas, cuando recobraron a Caracas después 
del fracaso del jeneral don Francisco Miranda en 1812, aun- 
que ellas no contenían ni una sola palabra de política, ni una 
sola alusión ofensiva a los conquistadores. 

Por lo que pueda interesar, advertiré que, en esa colección, 
habia muchas églogas, lo que pro venia de ser uno de los li- 



60 VIDA 

] ros mas leídos el Parnaso Español de don Juan López Seda- 
no, donde abundan las piezas de este jónero. 

Don Andrés Bello, admitido desdo temprano en esta tertulia 
de literatos, no tardó en granjearse, como ya lo he dicho, toda 
la estimación de don Luis Ustáriz, protector i presidente de ella. 

Esta asociación con los individuos mas ilustrados de su país, 
aprovechó a Bello infinito, pues, junto con fomentar su afición 
al estudio, contribuyó a formar i depurar su gusto literario. 

Así, don Andrés Bello, aunque obligado a ocupar varias ho- 
ras cada dia en las tareas de una oficina, mostró pronto que las 
lisonjeras esperanzas inspiradas por su talento i aplicación ha- 
bían sido bien fundadas. 

Don Andrés tomó puesto, el año de 1804, entre los literatos 
de Caracas, por una oda que, como la justamente famosa de don 
Manuel José Quintana, celebraba la introducción de la vacuna 
en América. 

Se acostumbraba entonces en Caracas amenizar los placeres 
de la mesa con lecturas literarias, por medio de las cuales, los 
poetas suplían la publicidad que la imprenta, si hubiera exis- 
tido, les habría proporcionado. 

Bello leyó la oda a la introducción de la vacuna, con marca- 
da aprobación de los concurrentes, en uno do los convites que 
don Manuel de Guevara Vasconcelos daba todos los domingos. 

Esta composición no ha sido nunca, hasta ahora, publicada 
por la prensa. 

El autor no conservó tampoco copia de ella. 

El señor don Aristídes Rojas asevera aunque Bello so había 
olvidado de haberla escrito. % 

Con este motivo, refiere que, «respondiendo Bello a cartas 
de su familia, en las cuales se le decía que su maestro el obispo 
Talavera recitaba do coro aquella oda, contostó: — Debo ser mui 
mala, cuando no la recuerdo.» 

Sin embargo, puedo asegurar, por mi parte, que oí al mismo 
Bello haber sido ésta su primera producción en verso, como lo 
espresé en su biografía dada a luz en 1854. 

Probablemente, lo que Bello había olvidado era, no la exis- 
tencia de esa oda, sino su tenor. 



DE DON ANDRÉS BELLO 61 



El señor Rojas anuncia que esta pieza, aunque inédita, no 
se ha perdido. 

Don Andrés Bello leyó también dos traducciones de largo 
aliento en verso, a saber: el quinto libro de la Eneida, i la Zu- 
ltma, trajedia de Voltaire, en dos de las suntuosas comidas con 
que Simón Bolívar, vuelto a Venezuela en 1808, después de dos 
viajes a Europa, solia obsequiar a sus amigos. 

La primera agradó mucho, particularmente a Bolívar, cuyo 
voto era mui digno de ser considerado en materia de gusto; 
pero no así la segunda, que fué mal recibida, no porque la 
traducción estuviera defectuosa, sino por el escaso mérito in- 
trínseco de la obra misma. 

Habiéndole Bolívar criticado que, entre las demás del mis- 
mo poeta, hubiera escojido esta pieza, Bello, conviniendo en 
la inferioridad de la Zulima, declaró que el motivo de seme- 
jante preferencia habia sido el hallarse traducidas al castellano 
las otras trajedias de Voltaire, i el no haber osado competir 
con los injenios que las habían trasladado a nuestro idioma. 

Pero si la traducción de la Zulima tuvo acojida desfavorable, 
no sucedió otro tanto con una imitación en octavas de la se- 
gunda égloga de Virjilio. 

Bello convirtió ese joven Alexis, tan ardientemente idolatra- 
do por el pastor Coridon, en la joven Clori, a quien «Tírsis, 
habitador del Tajo umbrío, amaba con el mas vivo fuego» a 
pesar de ser «pagado con rústico desvío.» 

De esta manera, quitó a la composición todo lo que, en el 
orijinal latino, tiene de repugnante para las costumbres mo- 
dernas. 

La versificación que habia empleado era tan fluida i armo- 
niosa, que uno de los literatos caraqueños no vaciló en decir a 
Bello que estimaba sus octavas superiores a las de Arriaza y 
comparación que, atendiendo a la reputación do que entonces 
gozaba este último poeta, equivalía al colmo del elojio. 

Don Andrés Bello componía versos, no solo tomándose eí 
tiempo necesario para meditarlos i correjirlos, sino también de 
oportunidad, i sin preparación alguna. 

«No habia fiesta, banquete o paseo en que no se le hiciera 



62 VIDA 

improvisar», escribe su compatriota el señor clon Aristídes 
Rojas. 

I cita como uno de muchos ejemplos un soneto, que Bello 
recitó en el teatro la noche de una ovación a la cantatriz fran- 
cesa Juana Faoompré. 

Cuando llegó a Caracas la noticia de la victoria obtenida por 
los españoles en el campo de Bailen el 19 de julio de 1808, 
hubo una natural i justificada esplosion de entusiasmo. 

Mientras se repicaban las campanas en celebración de tan 
fausto acontecimiento, Bello improvisó el magnífico soneto que 
inserté el año de 1861, en el Juicio de Algunos Poetas His- 
pano-Americanós, i que, aunque impreso no sé en qué perió- 
dico español, ni en qué año, probablemente habría quedado 
desconocido, si su autor 3 que lo retenia en la memoria, no me 
lo hubiera dictado. 

El año de 1827, un venezolano, que se firmaba Th. Far- 
mer, continuó con Bello desde Madrid una correspondencia 
que habia entablado anteriormente con otros de los represen- 
tantes de Colombia en Londres. 

El objeto principal de ella era trasmitir datos i noticias cuyo 
conocimiento importaba al gobierno de la nueva república. 

Como el procedimiento podia atraer peligros mui serios so- 
bre el que lo practicaba, aparece que tomaba cuidadosas pre- 
cauciones para no ser descubierto. 

Esta circunstancia me ha inducido a presumir que el nom- 
bre de Til. F&vmer fuese quizá un seudónimo convenido entre 
los corresponsales. 

Hai en una de sus cartas un dato para suponer con funda- 
mento que era sacerdote, pues cuenta que, desde 1812, desem- 
peñó por varios años, supliendo al profesor titular presbítero 
don Juan Nepomuceno Quintana, en la universidad de Cara- 
cas, la cátedra de moral práctica, de lugares teolójicos, i de 
historia eclesiástica. 

Sea lo que se quiera acerca de esto, aquel sujeto que usaba 
la firma verdadera o falsa de Th. Farmcr suministra algunas 
noticias curiosas e inéditas sobro las primeras producciones 
de don Andrés Bello. 



DE DON ANDRÉS BELLO G3 

Inserto a continuación los párrafos referentes a esas noticias, 
«26 de marzo de 1827. 
«Mui Estimado Compatriota í Señor Mió. 
«Mucho tiempo há, que deseaba escribir a Usted, manifes- 
tándole la vehemente inclinación, mejor diré, el entusiasmo 
que siempre he tenido por su persona; pero el temor de inte- 
rrumpirle en sus interesantes tareas, i una especie de corte- 
dad, me lo hablan impedido hasta ahora que recibo carta del 
señor ministro en que me anuncia su viaje a Colombia, i me 
ordena continuar con Usted la correspondencia que he tenido 
la honra de llevar con dicho señor. He dicho cortedad, porque 
nunca tuve el honor de tratar a Usted, como bastante poste- 
rior en mis estudios, aunque compañero e íntimo i constantí- 
simo amigo de su hermano Carlos, que, en las desgracias de 
nuestra patria (Caracas), fué siempre mi consuelo, i en parte, 
mi guia. También fui pasante de otro hermano de Usted, En- 
sebio, que, al concluir filosofía, dejó los estudios, sin que haya 
después podido saber su suerte. Para que vea Usted que no 
es exaj erada la palabra entusiasmo que he usado, incluyo a 
Usted dos sonetos suyos que imprimí aquí en un periódico que 
publicaba durante el réjimen abolido, sonetos cuyos orijinales 
me dio el amigo de Usted i mió, Dionisio Caballero, que se 
suicidó en el cerro del Calvario, un viernes de cuaresma del 
año 1806, si mal no me acuerdo. ¡Cuánto me alegraría tener 
también las églogas de Usted, i mas todavía la hermosísima 
traducción de la Eneida, traducción de la que decia nuestro 
fdólogo i mi maestro el doctor Juan Nepomuceno Quintana, 
que, en muchos pasajes, era superior al orijinal.» 
«1.° de mayo de 1827. 

«Mi Mui Estimado i Respetado Amigo i Paisano. 
«El placer i la satisfacción que me ha causado la mui apre- 
ciable de Usted de 12 último, solo pueden compararse al que, 
mui de tiempo en tiempo, me producen las cartas de mi ma- 
dre i hermanos, cerciorándome de la constancia de su cariño, 
que parece crecer en razón inversa del tiempo i la distancia. 
Mi jenial sensibilidad se ha conmovido al leer las espresiones 
de benovolencia i amistad con que Usted me honra, i corres- 



64 VIDA 

ponde a la admiración respetuosa, i al sincero i desinteresado 
afecto que siempre he profesado a Usted, i con el cual ho se- 
guido mentalmente sus pasos, a pesar de la diversidad de suer- 
te i circunstancias; i digo desinteresado, porque Usted conoce 
mui bien que, después de mas de diez i siete años que falta 
Usted de Caracas, jamas podría ocurrírseme, ni en sueños, 
que algún dia pudiésemos comunicarnos, i mucho menos que 
mi suerte futura llegase a depender de Usted, como de hoi 
mas dependerá, según lo que diré mas adelante, i, sin embar- 
go, hasta mi salida de nuestra patria, no cesó de indagar 
constantemente el paradero, suerte i ocupaciones de Usted, ya 
por Carlos, i otros sujetos particulares, ya por mi maestro el 
doctor Roscio, por Muñoz Tobar, por el señor Cea, el señor 
Revenga, i cuantos me parecia que podían tener relaciones es- 
tranjeras; i llegado a este país, no he dejado de adquirir noti- 
cias desde que regresó por Cádiz el doctor José María Vargas, 
hasta que vinieron por esa los oficiales realistas Narciso López, 
i Ramón Llamósas, hijo de don José i de una hermana del 
doctor Juan Nepomuceno Quintana, que pasaron aquí todo el 
año de 1824. Vargas me dijo que era Usted preceptor de los 
hijos de lord Castlereagh; que estaba enteramente consagrado 
a la literatura, trabajando en una gramática universal, que 
haria a su autor una reputación europea. I por López i Llamó- 
sas, supe que había Usted enviudado, quedándole dos mui her- 
mosos rubios; i como me añadieron que era Usted secretario de 
la legación de Buenos Aires en esa corte, hablé de ello en mi 
primera carta al señor Revenga, ponderándole la pérdida que 
hacía Colombia. 

« La modestia con que Usted habla do sus obras realza mas 
su mérito; i si se atiende a la terrible severidad con que, escep- 
to cuatro composiciones, querría Usted condenarlas al olvido, 
podrían aplicarse a Usted los sentidos versos de Augusto a Vir- 
jilio, quejándose de que hubiese mandado quemar la Eneida. 
Como yo vine a España por ocho meses, tampoco traje papeles 
de ninguna clase, i por una rara casualidad, me encontró con 
copia de aquellos dos sonetos, así como la tengo también del 
drama alegórico: El Certamen de los Patriotas, compuesto 



DE DON ANDRÉS BELLO 



a mediados del año de 1808, i cuyos interlocutores son: Espa- 
ña, el Castellano, el Andaluz, el Asturiano, el Gallego, el 
Catalán, i el Aragonés. Yo he hecho ver esta pieza a los dos 
mejores, o mejor únicos poetas españoles: don Manuel José 
Quintana, i don Juan Nicasio Gallego, i la encontraron admira- 
ble. También ha olvidado Usted el poema de la Vacuna; i por 
lo que toca a églogas, yo sé dos casi enteras de memoria: la 
de Tírsis i Clori, que comienza: 

« Tírsis, habitador del Tajo umbrío, 
Con el mas vivo fuego a Clori amaba, 
A Clori, que, con rústico desvío, 
Las tiernas ansias del pastor pagaba.» 

í la de Palemón i Alexis, que principia: 

«Hace el Anaucoun corto abrigo en donde.» 

Según lo que dejo espuesto en este párrafo, don Andrés Bello 
hizo numerosas composiciones en verso; pero su facilidad para 
rimarlas era únicamente comparable a su severidad para juz- 
garlas. 

Así, no tuvo nunca interés por conservarlas, i mucho menos 
por publicarlas. 

A fuerza de instancias, conseguí que me dictara, o me diera 
copias déla Imitación de la Oda 14, libro 1 de Horacio, del 
Diálogo entre Tírsis i Clori, i de la anacreóntica El Vino 
I el Amor, que, quizá por la fecha, i de seguro por el estilo, 
pertenecen a esa época, i que di a la estampa por primera vez 
el año de 1861 en el capítulo correspondiente del Juicio Crítico 
de Algunos poetas Hispano- Americanos. 

Entiendo que algunos venezolanos, i entre ellos, el señor 
don Aristídes Rojas, han prestado a la literatura hispano-ame- 
ricana el buen servicio de recojer, con el designio de impri- 
mirlas, las poesías de don Andrés Bello que corrían manuscri- 
tas por Venezuela. 

Don Carlos Bello escribía a su padre, en 15 de agosto de 
1846, lo que sigue: 

«Hai en Caracas un hombre mui orijinal, de treinta i tantos 
anos de edad, a quien llaman el literato monstruo. Nómbrase 



GG 



González; i en medio de un esteno? brusco i poco pulido, tiene 
talento, i un entusiasmo inaudito por Usted, i sus obras poéti- 
cas. A pesar de hallarse hoi engolfado en la política, no pierde 
oportunidad de recojer de Usted hasta aquellos versos que ha- 
cía Usted para los nacimientos. Tiene una colección mui pro- 
lija; i ha seguido los pasos de Usted, i visita todas las perso- 
nas con quienes Usted tuvo alguna relación. Fáltale, no obs- 
tante, el soneto Al Saman de IIuéres; i verdaderamente se 
enfadó conmigo, porque no lo sabía yo de memoria. Piensa pu- 
blicar mas tarde una historia de Venezuela, i desea refutar 
la calumnia de haber Usted vendido esa intentona de revolu- 
ción.» 

No obstante el laudable empeño de los admiradores de don An- 
drés Bello en Venezuela, me temo mucho que se hayan perdido 
definitivamente gran número de esas piezas que su autor dejó 
sin razón abandonadas. 

Mientras tanto, las muestras salvadas por acaso de esas pro- 
ducciones hacen lamentar con razón la pérdida de las otras. 

Yo, verbigracia, me he proporcionado las dos primeras es- 
trofas de una excelente traducción de la oda 16, libro 2.° de 
Horacio: 

Ticle la dulce paz del alma al cielo 
El navegante, si preñada nube 
En el Ejeo le escondió la luna, 
I busca en vano entre la negra noche 
A los amigos astros. 

Pide la paz entre la lid el fiero 
Tracio; la paz el modo belicoso, 
Que adorna el hombro de dorada aljaba; 
La paz, que, ni la púrpura, ni el oro, 
Ni los diamantes, compran. 

¿Dónde se encuentran las restantes estrofas? 
¿Existen aún? 

Otro tanto sucede con la siguiente pieza, de que, por des- 
gracia, solo he hallado también las dos primeras estrofas: 

Allá el rico se goce 
En su tesoro, que de paz le priva, 



DE DON ANDRÉS BELLO 67 



I heredades allegue, 
Para que inquieto i temeroso viva, 
I al eco se conmueva de la guerra, 
Que el sueño de sus párpados destierra. 

Contigo en ocio blando, 
Me abrace yo, segura medianía, 
I no falte al humilde 
Hogar, el fuego; i la esperanza mia 
No engañe la cosecha; i de la uva 
Con el purpúreo humor, hierva la cuba. 

La primer manera poética de don Andrés Bello fué, como 
se ve, una imitación mas o menos feliz de Virjilio i de Ho- 
racio. 

Aunque hubiese observado de cerca los primores de la na- 
turaleza, i los hubiese admirado sinceramente, no encontró 
desde luego, para cantarla, espresiones orij inales; i apeló a los 
arbitrios ya empleados por los clásicos latinos, que constituían 
su embeleso, i de quienes no se atrevía a apartarse. 

En lugar de esclamar, como un poeta moderno: aunque mi 
vaso es pequeño, bebo en él, se servia de la copa antigua, mag- 
níficamente cincelada, pero ya mui gastada por el uso excesivo 
i demasiado largo. 

Todavía no comprendía que sus ideas i afectos habían me- 
nester, para ostentarse con el debido realce, un molde nuevo, 
aunque fuera menos acabado. 

Sin embargo, Bello, sensato i sólido en todo, estaba distante 
de hallarse destinado a ser un hombre estacionario en nada. 

Iba siempre en camino de la perfección, porque no cesaba 
de estudiar sin otro norte que el de llegar a la verdad. 

No dejándose dominar por la arrogancia que habría sido 
propia en un joven tan encomiado, era el primero en recono- 
cer que su estilo necesitaba mejorarse. 

Así leía i reflexionaba sin descanso. 

Junto con la poesía, cultivaba esmeradamente el idioma, ór- 
gano indispensable de sus pensamientos. 

Ya entonces, se ocupaba en investigaciones gramaticales. 

Habiendo conocido, en un ejemplar del tomo 1.° del Cetras 
des Etudes de Cóndillac, llegado casualmente a sus manos, 



G3 VIDA 

la teoría del verbo por este filósofo, procuró aplicarla al verbo 
castellano, lo que le hizo descubrir su insuficiencia i falsedad. 

Desde esa lejana fecha, datan las meditaciones sobro esta 
importante cuestión de filolojía, que le condujeron a la solu- 
ción enteramente satisfactoria, a mi juicio, que le dio en algu- 
nos de sus escritos posteriores. 

Un joven rico de Caracas, mui aficionado al cultivo de la 
lengua, propuso también por esos años un premio al que acer- 
tase a esplicar la diferencia de uso de las conjunciones conse- 
cuenciales: que, porque, i pues. 

Bello, respondiendo a la invitación, como varias otros, re- 
dactó una disertación referente al asunto ; pero ninguno de los 
trabajos presentados satisfizo al promotor del certamen, quien 
dio la esplicacion en su concepto justa. 



VIII 



Conducta de don Andrés Bello en la revolución de 1810. 

El 19 do mayo de 1809, el brigadier don Vicente de Empa- 
pan, nombrado en propiedad para el empleo por la junta cen- 
tral de Sevilla, tomó a su cargo la presidencia de Venezuela. 

Este nuevo gobernante, que anteriormente habia rcjido la 
provincia de Cumaná, habia dejado en el país gratos recuerdos 
de su administración. 

Mas, por desgracia suya, su carácter arbitrario, lijero, i des- 
pótico le enemistó pronto con las tres autoridades principales: 
el cabildo secular, la curia eclesiástica, i la audiencia. 

A la odiosidad que, tanto estas desavenencias, como algunas 
medidas violentas i vejatorias, le atrajeron, se agregó la sospe- 
cha, sin duda injustificada, pero acojida por la suspicacia po- 
pular, de ser adicto a los franceses, «con motivo, dice Baralt, 
de haber debido en gran parto sus ascensos a Napoleón por 
influjo del célebre marino español Mazarredo.» 

Las causas enumeradas hicieron que los españoles europeos, 
i los criollos, juntamente, so mostraran inseguros acerca do la 
lealtad del presidente, o por lo menos que no tuvieran en ella 
la plena confianza que lo crítico de la situación requería. 

Don Andrés Bello pensaba que tales aprensiones fueron del 
todo infundadas. 

Según lo que éste contaba, el presidente Emparan,i sus ami- 
gos i consejeros, alentados por la victoria de Bailen, alcanzada 
el 19 de julio de 1808, en vez de considerar imposible la resis- 
tencia contra el formidable invasor, como el presidente Casas 
i sus allegados lo juzgaron en el primer tiempo, estaban deci- 
didos con entusiasmo por Fernando VII, i esperaban triunfar. 



VIDA 



Sin embargo, los españoles europeos i los españoles ame- 
ricanos, en gran mayoría, por los motivos ya espuestos, se re- 
sistían a reconocer por intachable la fidelidad del presidente. 

Los españoles americanos, ya porque buscaran protesto para 
ensayar un gobierno nacional en que se les diera entrada, o ya 
porque así lo creyeran realmente, manifestaban un gran te- 
mor de que la lucha trabada en la Península fuera desespera- 
da para los sostenedores del rei lejítimo; pero, al mismo tiempo, 
se afirmaban cada dia mas en el propósito de rechazar con in- 
domable enerjía al intruso Josó, i de permanecer fieles al ido- 
latrado Fernando. 

La conclusión que deducían de tales antecedentes era que 
no debia tolerarse el que un peninsular ejerciera el mando 
superior del país. 

Como la España, probablemente, quizá sin remedio, va a 
caer, decían, bajo la dominación de los Bonapartes, los espa- 
ñoles europeos, con tal de impedir que la América se separe 
de la metrópoli, son capaces de empeñarse por que las posesio- 
nes ultramarinas rindan homenaje a los usurpadores. 

El único arbitrio conveniente i eficaz que podia tocarse para 
satisfacer las necesidades do la apurada situación en que se 
hallaban era, según ellos, el establecimiento de una junta gu- 
bernativa provisional semejante a las que se habían instalado 
en la Península. 

Muchos españoles europeos aceptaban la idea. 

Otros, considerándola ocasionada a peligros, no apoyaban, 
sin embargo, a Emparan. 

La ajitacion llegó, pues, a ser grande i jeneral. 

El historiador don Rafael María Baralt va, no solo a con- 
firmar lo sustancial del resumen precedente, sino también a 
narrar cuál fue el primer resultado a que condujo aquella 
disposición do los ánimos. 

«Tanta violencia (del presidente Emparan) cansó al fin el su- 
frimiento de todos; i así criollos, como españoles, se dieron 
prisa a derribarle del mando, no porque entrase en su plan la 
mira de separar la colonia de la madre patria, sino únicamen-» 
£e por formar un gobierno análogo al de ella. La revolución 



DE DON ANDRÉS BELLO 71 



de Gual i España manifiesta que la independencia no era una 
idea desconocida ea el país; mas solo pocos la tenían, si bien 
los mas nobles, ricos e ilustrados. Porque, a decir verdad, las 
clases mas numerosas del pueblo, miserables e ignorantes, ni 
siquiera concebían el sentido de la palabra, mucho menos la 
conveniencia de variar un orden de cosas a que las apegaban 
varias i fuertes simpatías. Guardáronse, pues, los principales 
conspiradores de dejar traslucir en su proyecto un pensamien- 
to que lo habría hecho impopular; i desde luego, aseguraron 
que su único fin era conservar los derechos de Fernando VII, 
impidiendo que Emparan vendiese el país a los franceses, 
después de haberlo disgustado, con su despotismo, del gobier- 
no español. 

«Diversos planes se propusieron i meditaron con aquel obje- 
to, desde el enero de 1810, todos arriesgados e inciertos. Des- 
pués de muchas conferencias i discusiones, en que mas se ha- 
blaba, que se prevenía, se convino al fin en emplear el bata- 
llón de milicias de los valles de Aragua, cuyo coronel era el 
marques del Toro, i seducido este cuerpo, destituir por su medio 
a Emparan, sorprendiéndole en la noche del 1.° al 2 de abril, 

«Cuando todo estaba preparado, listos los hombres, i las 
armas, designado a cada uno su puesto, i convenidas las seña- 
les, se vieron presos por orden del eapitan j enera!, a quien el 
caso había sido denunciado. Con cuyo motivo, observaremos 
que Emparan, desdiciéndose del carácter que se le atribuía, 
usó en esta coyuntura de una clemencia verdaderamente in- 
tempestiva, pues, sin profundizar mucho en el negocio, i apa- 
rentando no ver en él mas que un acaloramiento pasajero de 
cuatro jóvenes militares, se limitó a confinar los principa- 
les en Maracaibo, Margarita i otros puntos de la provincia.» 

Entre ellos, se contó Simón Bolívar, que fué enviado a un 
fundo de campo. 

Baralt, sabiendo que no existe documento de ninguna espe- 
cie para determinar la persona o personas que pudieron revelar 
al presidente Emparan la conspiración del 2 de abril de 1810, 
se reduce, con una discreción digna de un historiador concien- 
zudo, a espresar únicamente que hubo denuncio. 



VIDA 



I, en realidad, tal fue el rumor que prevaleció. 

Sin embargo, ocurre una cuestión previa que importarla 
dilucidar. 

¿Hubo ciertamente un denuncio? 

El señor don Aristídes Rojas dio a luz en Caracas, en febre- 
ro do 1876, una mui prolija i documentada memoria, la cual 
lleva por título Recuerdos de 1810, i tiene por objeto defender 
a Bello i a otros ilustres patriotas injustamente calumniados. 

El señor Rojas ha insinuado, en ose escrito, la idea de que no 
hubo el denuncio que se ha supuesto de la conspiración del 2 
do abril, la cual, como se sabe, triunfó el 19 del mismo mes i 
año. 

«La revolución do 1810, dice, no necesitaba de ser traspa- 
rentada, porque llegó a tener un carácter de verdadera conmo- 
ción popular. En la revolución de 1810, no podia haber dela- 
tores, porque todos fueron cómplices: militares i civiles, em- 
pleados i comerciantes, ricos i pobres. Un solo pensamiento 
animó a los revolucionarios: echar por tierra la docena de 
mandatarios, tan nulos, como tiranos, que, sin consideración 
a la suerte de España, agobiada por el estranjero, quisieron 
patrocinar las miras de éste, i se opusieron al sentimiento do 
hidalguía i de familia, que no podia ser indiferente al destino 
de la madre patria. Por esto, en esta revolución, se unieron 
venezolanos i españoles, i todos cooperaron con sus esfuerzos 
a derrocar la pandilla imbécil de Emparan i sus secuaces.» 

El señor Rojas invoca, en apoyo de su opinión, la conduc- 
ta débil e indecisa del presidente Emparan durante el mes do 
abril. 

«Conocedor do la revolución, la cual es delatada hasta en la 
víspera, según los historiadores españoles, agrega, permaneco 
estafermo i magnetizado; i en lugar do ponerse, en la mañana 
del 19, al frente de la fuerza armada i encarcelar a los cómpli- 
ces i sospechosos, sale al contrario mui satisfecho para asistir 
a la ceremonia relíjiosa del jueves santo. Si tenia todos los hi- 
los, i había tomado todas las medidas, conforme a la confe- 
sión que hizo al canónigo Echeverría, según Diaz, ¿cómo no 
conjuró la tormenta? La actitud pasiva de Emparan, i la falta 



DE DON ANDRÉS BELLO 73 



tle medidas tomadas en la víspera del 19, contradicen cuanto 
se refiere a secretos revelados, i prueban que el capitán jeneral 
no sabía lo que pasaba a su lado.» 

El señor Rojas cita, por último, la variedad del rumor po- 
pular, que designó como denunciantes ya a unos, ya a otros. 

Creo que las consideraciones apuntadas merecen mucho ser 
•atendidas. 

Todo indica que aquello fué un verdadero secreto a voces. 

Baralt escribe que los conjurados hablaban mas de lo que 
obraban. 

Es de presumirse que aquellos hombres arrebatados, i aun 
"inespertos en las maquinaciones políticas, hablaran, no solo en 
■sus conciliábulos, sino también afuera. 

De este modo, debieron ser, sin advertirlo, delatores de sí 
mismos. 

Por esto, el presidente Emparan, instruido solo a medias de 
lo que se proyectaba, no pudo proceder con la seguridad i fir- 
meza con que lo hubiera ejecutado, si hubiera habido un de- 
nuncio en forma. 

Pero hubiera habido, o nó denuncio, ello fué que, al prin- 
cipio, según el señor Rojas lo prueba satisfactoriamente, el 
nombre de don Andrés Bello no sonó entre los de los individuos 
a quienes se imputó el haberlo dado. 

I en efecto, basta haberle tratado para poder afirmar que no 
••estaba constituido, ni para entrometerse en conjuraciones, ni 
mucho menos para revelarlas. 

Era naturalmente tranquilo, i sobre manera circunspecto i 
reservado. 

Pecaba por callar, mas bien que por hablar. 

Lo espuesto sería suficiente, aun prescindiendo de la nobleza 
de sus sentimientos manifestada en todas las acciones i en 
todas las producciones de una larga existencia, para rechazar 
por inverosímil la calumnia que algunos malévolos forjaron 
mas tarde contra él, i cuyo orí jen i propósito haré oportuna- 
mente conocer. 

Por lo demás, don Andrés me declaró, en repetidas ocasio- 
nes, que a pesar de ser amigo, i pudiera decirse, camarada de 



74 VIDA 

casi todos los autores do la revolución del 2 de abril, que fué 
sofocada antes de estallar, i de la del 19, que fué continuación 
de la precedente, i que triunfó, no tuvo parte en ninguna de 
ellas. 

Dejando por ahora esta materia, vuelvo al interrumpido re- 
sumen de los sucesos políticos que se hallan ligados con la 
vida de nuestro protagonista. 

A principios de abril de 1810, la sociedad caraqueña experi- 
mentaba una molesta inquietud, tanto por los rumores de pre- 
parativos para trastornos, i por los confinamientos de vecinos 
conspicuos a diversos lugares fuera de la población, como por 
la completa ignorancia de lo que sucedía en España. 

En medio de tal incertidumbre, i de tal malestar, el 13 de 
abril de 1810, según contaba don Andrés, arribó a Puerto Cabe- 
llo un buque mercante, que había zarpado de Cádiz a principios 
de marzo. 

Aquel buque traia noticias alarmantes i funestas. 

Los ejércitos franceses habían ocupado ambas Andalucías; 
la junta central había sido disuelta; sus miembros se habían 
dispersado. 

Todo esto, que, por cierto, era bien poco lisonjero, se supo 
en Caracas el martes santo, 17 de abril, por la tarde. 

La impresión penosa que causó en el pueblo no ha menester 
ser descrita. 

Al dia siguiente, 18 de abril, se recibieron pormenores que 
eran todavía mas tristes. 

En la mitad del dia, entraron en la ciudad dos comisio- 
nados españoles, que habían venido en un buque, fondeado el 
17 en el puerto de la Guaira. 

Estos confirmaban las desagradables noticias ya conocidas, 
agregando que, a escepcion de Cádiz, i de la isla de León, 
todo el resto de la Península quedaba en poder de los franceses. 

Llegaban con la misión de hacer reconocer la autoridad de 
un consejo de rejencia, el cual había tomado a su cargo la de- 
fensa casi desesperada de la España ya próxima a sucumbir. 

A consecuencia de tales sucesos, los partidarios del estable- 
cimiento de una junta gubernativa provisional, entre quienes 



DE DON ANDRÉS ERLLO 75 



había españoles europeos, redoblaron sus esfuerzos para rea- 
lizar el plan que, pocos dias antes, se había aplazado por la 
contrariedad del 2 de abril. 

La tentativa salió esta vez mas feliz, cpue las anteriores. 

El jueves santo, 19 de abril de 1810, hubo en Caracas, no 
oficios divinos, sino una revolución. 

El presidente-gobernador clon Vicente do Emparan se vio 
forzado a ceder el mando a la denominada Junta Suprema, 
Conservadora de los derechos de Fernando VII¡ la cual se 
componía de los cabildantes i de otros ciudadanos. 

Ese dia, aconteció en Venezuela, para decirlo todo con una 
palabra, lo que, el '18 de setiembre del mismo año, había de 
acontecer en Chile. 

El nuevo gobierno revolucionario empezó a ejercer sus fun- 
ciones con la vigorosa enerjía que las circunstancias recla- 
maban. 

Entre las medidas severas que llevó a cabo, conviene a mi 
propósito mencionar la separación de todos los empleados ci- 
viles i militares sospechosos de adhesión al réjimen derribado. 

Es claro que si don Andrés Bello hubiera sido denunciante 
de la conspiración desbaratada el 2 de abril, o sí hubiera 
habido simples sospechas en su contra, aquellos a quienes 
habría agraviado quince dias antes, i eran ahora dueños ab- 
solutos del gobierno, se habrían apresurado, no solo a destituir- 
le, sino ademas a aplicarle alguna otra pena. 

Mientras tanto, los vocales de la junta, cuyo número ascen- 
día a diez i ocho, aunque don Andrés Bello no había tenido 
ninguna intervención en los preparativos del movimiento, le 
llamaron sin tardanza a servir en su secretaría, i le encargaron 
que redactase la contestación a la circular en que el consejo 
de rej encía comunicaba haberse instalado. 

«La junta, escribe el historiador don Rafael María Baralt, 
estractando esta contestación, quiso poner cíe su parte la razón 
i las apariencias. Para ello, escribió a la rejencia diciéndole 
que los americanos, iguales en un todo por las leyes a los otros 
españoles, habían debido proceder como ellos en iguales cir- 
cunstancias, estableciendo un gobierno provisional, hasta que 



Tli 



se formase otro sobro bases lejítimas para todas las provincias 
del reino; que, careciendo el de la rejencia de tan esenciales 
requisitos, lo desconocia, si bien protestando que proporciona- 
ría a sus hermanos de Europa los ausilios que pudiese para 
sostener la santa lucha en que so hallaban empeñados, i que, 
en Venezuela, hallarían patria i amigos, los que desesperasen 
de la salud i libertad de España.» 

Don José Manuel Restrepo, que tilda a Bello de tener «un 
ánimo apocado», considera, algunas pajinas después, esta 
contestación como «medida acaso no muí acertada», «porque 
debía irritar en estremo a los rej entes por la pintura enérjica 
que contiene de las vejaciones que habían sufrido las provin- 
cias de la Costa Firme.» 



Legación de don Simón Bolívar, don Luís López Méndez i don 

Andrés Bello, 

enviada a Londres por la junta de Caracas. 

Desconocida la autoridad del consejo de rejencia, los revo- 
lucionarios do Caracas podían temer las agresiones de dos 
enemigos esterior.es diversos. 

Por una parte, la fidelidad a Fernando VII los esponia a las 
hostilidades de la Francia. 

Por otra, la desobediencia al gobierno nacional creado en la 
Península les hacia correr el riesgo de que éste, si las circuns- 
tancias lo permitían, los tratara como rebeldes. 

Toda su esperanza de conjurar este doble peligro se cifró en 
la protección de la Inglaterra. 

Por esto, buscaron desdo luego, con toda especie do fran- 
quicias o insinuaciones, cómo asegurarse un amparo tan pode- 
roso. 

Para ello, odiaron por tierra las barreras fiscales levantadas 
por España, i decretaron la libertad de comercio con todas las 
naciones del globo. 

Otorgaron en especial a Inglaterra esenciones mayores, 



DE DON ANDRÉS UELLO 77 



concediéndole la rebaja de una cuarta parte de los derechos de 
esportacion . 

Todo lo que recibieron en retribución se redujo a las felici- 
taciones de los gobernadores de las Antillas inglesas, i al per- 
miso de comprar en éstas algunas armas. 

Tales resultados, por pequeños que fueran, alentaron a la 
junta de Caracas; pero el estado de los negocios públicos era 
demasiado apurado para que ella pudiera contentarse con las 
buenas palabras i los pobres favores de funcionarios subal- 
ternos. 

Necesitando una protección mas garantida i formal, deter- 
minó enviar a Londres una comisión diplomática para estipu- 
lar con el gabinete de San James una alianza, caso de una 
invasión francesa en Venezuela, i la mediación con el consejo 
de rejencia para evitar los desastres de una guerra fraticida i 
sangrienta. 

Se designó para el desempeño de tan importante comisión a 
don Simón Bolívar, don Luis López Méndez, i don Andrés 
Bello. 

Según lo que el último referia, los tres llevaban iguales po- 
deres; pero, por un convenio privado, i a propuesta de Bello, 
acordaron entre sí que éste desempeñara las funciones de secre- 
tario, las cuales tocaban a él mas bien, que a sus colegas: en 
primer lugar, porque era mas joven, que López Méndez, i de 
menos categoría, que el coronel Bolívar; i en segundo, porque 
era mas entendido en las operaciones de redacción i de oficina, 
i tenia mas práctica en ellas. 

El escritor venezolano señor don Ramón Azpurúa ha tenido 
a bien insertar, en la obra titulada: Documentos para la Vida 
Pública del Libertador de Colombia, Perú i Solivia, tomo 
2, pajinas 526 i siguientes, una gran parte de la Biografía de 
Don Andrés Bello que di a luz el año de 1854, i de encabezarla 
con un juicio suyo. 

En esta advertencia preliminar, sostiene que la legación a 

Inglaterra se compuso únicamente de Bolívar i López Méndez. 

«Es verdad que les acompañó en el viaje i permanencia en 

Londres don Andrés Bello, escribe; pero éste no llevaba encar- 



78 VIDA 

go oficial público, o ele la junta suprema. El se encontraba mal 
hallado en Caracas, para aquellas circunstancias, pues habla 
perdido su puesto en el servicio de la capitanía jeneral con la 
deposición de Emparan, i deseaba salir de Venezuela, lo que 
coincidió con la necesidad que los dos comisionados tenían do un 
sujeto de la probidad, aptitudes i seriedad en que rebosaba Bello, 
i principalmente por poseer con perfección, como acaso ningún 
otro en Caracas, la lengua del país para donde se dirijia la mi- 
sión, por lo que convinieron los dos comisionados en que les 
acompañara.» 

El párrafo antes copiado contiene dos equivocaciones histó- 
ricas. 

Don Andrés Bello, lejos de haber perdido su puesto en la, 
secretaría, de la capitanía jeneral con la deposición de Em- 
paran, fué conservado en él por la junta revolucionaria creada 
el 19 de abril. 

Tampoco puede pretenderse que Bello no tenia en aquella 
legación un carácter oficial, desde que iba retribuido por el 
erario público. 

Pero el señor don Aristídes Rojas ha rectificado de una ma- 
nera incontestable las dos equivocaciones mencionadas del se- 
ñor Azpurúa, con la cita del siguiente artículo, que se rejistra 
en la Gaceta de Caracas, fecha 8 de junio de 1810: 

«También ha llegado, con escala en Cumaná, la corbeta de 
Su Majestad Británica General Wellington; i su capitán Geor- 
ge ha presentado a la suprema junta el siguiente pliego del 
excelentísimo señor almirante Cochrane, comandante en jefe 
de las fuerzas navales británicas de Barlovento, con copia in- 
clusa de lo que contestó Su Excelencia a la junta provincial de 
Cumaná, cuando tuvo noticia de su instalación. Este buque 
saldrá de un momento a otro para cumplir el amistoso destino 
con que lo envió Su Excelencia ele conducir pliegos o comisio- 
nes a Inglaterra; i en él deben ir los comisionados de este go- 
bierno cerca de Su Majestad Británica, que lo son los se- 
ñores don Simón de Bolívar, coronel graduado de milicias, 
don Luis López Méndez, comisario ordenador graduado, i en 
calidad de agregado don Andrés Bello, comisario de gue- 



DE DON ANDRÉS BELLO 79 



rra honorario i oficial de la, secretaría de estado de la su- 
'previa junta., y 

Como so ve, la Gaceta de Caracas, órgano oficial del go- 
bierno, confirma testualmente lo que Bello referia acerca de la 
condición con que habia ido a Inglaterra. 

El señor don Ramón Azpurúa ha reproducido en el tomo 3 , 
pajinas 423 i siguientes de su colección, la mui bien elaborada 
memoria del señor Rojas, de la cual he intercalado en este pá- 
rrafo algunos es tractos. 

Al hacerlo, el señor Azpurúa se espresa como sigue: 

«Vemos con placer que ha dado resultado nuestro intento de 
excitar a la discusión i esclarecimientos de pasajes históricos 
de la patria, lo que fué principal objeto al reproducir, en la 
nota número 471, pajinas 526 i siguientes, del tomo 2 de este 
libro, algunos datos interesantes que se refieren al personaje 
cuyo respetable i simpático nombre encabeza la presente nota 
(don Andrés Bello). 

«Los estudios Recuerdos de 1810, que, por nuestra excita- 
ción, publicó el doctor Aristídes Rojas en la Opinión Nacional 
de Caracas, i que se insertarán en seguida, contienen una her- 
mosa, noble i mui patriótica defensa de nombres respetables, 
como son los de los ilustres proceres de la independencia: An- 
drés Bello, Mauricio Ayala i Pedro Arévalo. 

«Ha correspondido el doctor Rojas tan bien, tan brillante- 
mente a nuestras esperanzas de venezolanos, de americanos, 
de admiradores del eminente compatriota Bello, que cumpli- 
mos con sumo placer la promesa espontánea i anticipada de 
rejistrar en esta colección los preciosos escritos que, a mas de 
contener una justa defensa, abarcan otros sucesos históricos, 
cuya narración enriquece los anales sud-americanos. » 

Los tres aj entes de Venezuela: Bolívar, López Méndez i 
Bello, salieron de la Guaira para su destino en la primera 
mitad del mes de junio de 1810. 

La junta suprema conservadora de los derechos de Fernan- 
do VII habia encargado la dirección de las relaciones estertores 
al vocal de ella don Juan Jerman Roscio. 



80 VIDA 

Me parece escusado recordar que este fué uño de los patrio- 
tas mas puros i egrejios de Venezuela. 

Baralt, aunque le moteja de poco enérjico en la acción, pro- 
clama que era «varón de gran virtud i doctrina, para el con- 
sejo excelente». 

Don Andrés Bello profesó también a su amigo Roscio el ma- 
yor aprecio, como aparece por los siguientes versos que consa~ 
gró a la memoria de éste: 

«Ni menos estimada la de Roscio 
Será en la mas remota edad futura. 
Sabio lejislador le vio el senado; 
El pueblo, incorruptible fítajlstrado, 
Honesto ciudadano, amante esposo, 
Amigo fiel, i de las prendas todas 
Que honran la humanidad, cabal dechado. 
Entre las olas de civil borrasca, 
El alma supo mantener serena; 
Con rostro igual, vio la sonrisa aleve 
De la fortuna, i arrastró cadena; 
I cuando del baldón la copa amarga 
El canario* soez pérfidamente 
Le hizo agotar, la dignidad modesta 
De la virtud no abandonó su frente. 
Si de aquel ramo que Gradivo empapa 
De sangre i llanto, está su sien desnuda, 
¿Cuál otro honor habrá que no le cuadre? 
De la naciente libertad, no solo 
Fué defensor, sino maestro i padre.»' 

Apenas alejado Bello de las costas venezolanas, Roscio le? 
dirijia, en la primera oportunidad, con fecha 29 de junio de 
1810, una carta en que le manifiesta la mayor amistad i 
confianza, i en que le revela sin reserva su pensamiento po- 
lítico. 

Esa carta principia así: 

«Nada hemos sabido de Usted i compañía, desde que zarpa- 
ron de la Guaira. Ahora que salo para Londres la corbeta 
Guadalupe, su capitán llead, aprovecho la ocasión de maní*- 



* Monteverde. 



DE DON ANDRÉS BELLO 81 



festarle el deseo de la felicidad de su viaje i de la comi~ 
sion.y» 

En otro pasaje de la misma carta, le escribe: 

«Procure Usted que se imprima sin solecismos, ni barbaris- 
mos el informe jurídico que Ribas le encargó; i traiga, aunque 
sea un compendio de la actual lejislacion inglesa, i alguna 
gramática o diccionario anglo-hispano; ítem, otros libritos de 
importancia.» 

Se ve que el secretario de relaciones esteriores Roscio con- 
sideraba a Bello miembro de la legación; i que estaba en la 
creencia de que clon Andrés habia de regresar pronto a su 
país. 

Con fechas 10 i 24 de setiembre do 1810, don Juan Jerman 
Roscio envió a Bello otras dos cartas, cuyos orijinales, como 
el de la primera, tengo a la vista. 

En ellas, le demuestra la misma confianza, que en la de 29 
de junio, i le descubre sin disimulo sus opiniones políticas. 

La del 24 de setiembre empieza así: 

«Anoche recibimos los oficios de 3 i 4 de agosto, números 2 
i 3, con la mayor efusión de alegría. Por la Martinica, supi- 
mos que Ustedes habían llegado el 10 de julio; pero 3 hasta 
anoche, habíamos carecido de sus letras.» 

Lo que precede manifiesta que Roscio no hacía distinción 
entre los tres miembros de la legación. 

Esa misma carta de 24 de setiembre tiene la siguiente pos- 
data: 

«Memorias a los compañeros. No se olviden de los que 
yacen en la mazmorra arjelina del tirano Meléndez de Puer- 
to Rico, ni de la fragata Fernando vii, que ha robado a usanza 
de pirata. » 

El tenor de esta cláusula hace presumir que el secretario 
de relaciones esteriores de la junta de Caracas escribió, el 24 
de setiembre, solo a Bello, i no a sus compañeros Bolívar i 
López Méndez. 

Esto ratifica lo que don Andrés aseveraba acerca de la 
igualdad de las facultades que se habían conferido a los tres 
ajenies, aunque él ejerciese aparentemente las funciones de 

V, DE B, i l 



82 VIDA 

secretario, i en consecuencia, no pudiera firmar los actos ofi- 
ciales. 

Ahora cabe preguntar: si don Andrés Bello hubiera denun- 
ciado la conspiración de 2 de abril, i hubiera sido reo de dela- 
ción, ¿la junta le habría nombrado para una comisión tan 
delicada? ¿Roscio le habría concedido tanta confianza i tanta 
distinción? 



NOTA 

Creo conveniente insertar aquí como documentos ilustrativos las 
tres cartas de don Juan Jerman Roscio a que he aludido en el tostó. 

«Caracas, 29 do junio de 1810. 

«Amigo i Compañero Bello. 

«Nada hemos sabido do Usted i compañía desde que zarparon de la 
Guaira. Ahora que salo para Londres la corbeta Guadalupe, su capi- 
tán Head, aprovecho la ocasión de manifestarle el deseo de la felici- 
dad de su viaje i de la comisión. 

«Tenemos fatales noticias de la Península; pero muchos, empeñados 
todavía en que Lázaro ha de resucitar hasta tercera o quinta vez, fin- 
jen victorias i triunfos menos probables, que las Batuecas. El primer 
autor de estas fábulas es aquel duende bien conocido en dimana, Ca- 
racas, etc. Son monstruosas las que finjo cualquiera por sus proyec- 
tos personales. Cuanto mas adversas son para la España las que lle- 
gan a estos puertos, tanto mas favorables son las que finjo aquel 
zángano inmoral; i con ellas procura que su provincia so inclino al si- 
mulacro do la rejencia, i quo Barcelona i Guayana tengan la misma 
inclinación. Otras veces las tienta con la independencia do Caracas, 
como si cada una de ellas por sí sola pudiese hacer figura potencial en 
el mundo, i ser reconocida como estado absolutamente independiente. 

«Coro i Maracaibo permanecen en su ilusión a fuerza de absurdos i de- 
satinos. Son 103 dos cardinales los quo Usted sabe: 1.° que, aunque la 
Península sea toda subyugada, i su gobierno acabado, la América no 
tiene derecho para variar el suyo, ni para quitar i ponor comandantes, 
gobernadores, etc., aunque sean todos hijos adoptivos de Godoi, o de su 
sucesor, la central de Sevilla; 2.° quo han jurado no reconocer otra 
autoridad, sino la que emanare de la Península, como si el poder le- 
gislativo o el ejecutivo de las naciónos estuviese radicado en el suelo 
de cada una, así como el rico i voluptuoso que protesta no tomar otro, 
vino, sino el de la isla do Madera, otro cacao que el do Caracas, otro 
cafi que el de Moka, desdo luego que, según el concepto del coman- 



DE DON ANDRÉS BELLO 



tíanfce intcrjno do Coro i su ayuntamiento, el influjo del clima es el 
manantial de la autoridad, o el que inspira i da valor al poder de las 
naciones. 

«Ya Usted sabe cuánto vale la bula de Alejandro VI, en que este buen 
valenciano donó a los reyes católicos todas estas tierras; pero ahora 
nos vale para impugnar algunos errores del ignorante español euro- 
peo; i nos vale para lo mismo la lei 1. a , título 1. a , libro 3 de la Reco- 
pilación de Indias, concordante con la bula. Pues su concesión es li- 
mitada a los reyes don Fernando i doña Isabel, a sus descendientes i 
sucesores lejítimos, no comprende el donativo a los peninsulares, ni a 
la Península, ni a los de la isla de León, ni a los franceses. Está re- 
ducida a esos coronados. Por consiguiente, faltando ellos i sus lejíti- 
mos herederos i sucesores, queda emancipada i restituida a su pri- 
mitiva independencia; i si la citada lei añade otros favores, no los 
estiende a los de la Península, sino a los descubridores i pobladores 
representados ahora en nosotros. 

«En Londres, no faltará la bula alejandrina, ni ía Recopilación dk 
Indias. Tampoco faltará el manifiesto que dieron a luz los fabricantes 
de larejencia en el mismo dia en que abortaron a los cuatro o cinco 
rejentes. Con fecha 29 de enero, se quejan de la jeneralidad con quo 
se les atribuían los males de la nación, o do la sinrazón con que eran 
ellos considerados autores de las últimas desgracias do la España, 
Atribuían a los pueblos la nota do calumniadores; i se quejaban -mas 
de aquellos individuos que ajitabau a los pueblos por la impostura, 
sufriéndoles especies falsas i sediciosas. Concluyen su manifiesto, 
protestando usar de su derecho cuando la nación so junte en cortes. 
Para entonces, reservan sus acciones. I de aquí se infiere que el con- 
sejo de rejencia no tiene representación nacional, ni jurisdicción 
competente para conocer de una demanda de injurias. Por consiguien- 
te, mas autoridad tiene un alcalde do monterilla, quo los rejentes do 
la isla de León. En la siguiente Gaceta, se insertará este manifiesto, 
como una confesión de la nulidad de aquel gobierno tan macuquino, 
producida por sus mismos autores en el dia do la instalación de la 
rejencia. 

«Medranda vino en esta corbeta, i niui contento por la buena aco- 
jida que le dieron todos los jefes ingleses del departamento de Barlo- 
vento, señaladamente el almirante, que le concedió dormitorio en su 
cámara, donde también conservaba, en lugar distinguido, o como 
adorno, entre otros retratos de jenerales, el de Miranda* 

«Pasta hoi no acabará de imprimirse el reglamento páralos diputa- 
dos, sin embargo de estar aprobado desde el 11 del corriente,- i envia- 
do a la prensa el dia siguiente. Procure Usted que se imprima sin so- 
lecismos, ni barbarismos el informe jurídico que Ribas le encargó. 
Traiga aunque sea un compendio de la actual lejislacion inglesa, i al- 



84 VIDA 

guna gramática i diccionario anglo-hispano; ítem, otros libritos de 
importancia. Acuérdese Usted de que Londres fué el lugar donde es- 
cribió el padre Viscardo su Legado, i donde obtuvo la mejor apolojía 
el Contrato Social de Rousseau. 

«En su casa, no hai novedad, según me informó su hermano, a 
quien avisé de esta ocasión para que escribiese, i aun no ha venido la 
carta. Memorias a los compañeros. Consérvese Usted. Ilústrese mas 
para que ilustre a su patria; i mande a su afectísimo. B. S. M. — J. G. 
RosciO.» 



«Caracas, 10 de setiembre do 1810. 

«Mi Amado Bello. 

«Acabo de leer el Ambigú, que da la primera noticia del 19 do abril, 
sin otra equivocación, que la del presidente, de la junta. Ho leído 
también los dos primeros números del periódico titulado El Español, 
que está escribiéndose en esa corte de Londres por el mismo autor 
del Semanario Patriótico de Sevilla. Me parece digno de la sus- 
cripción. Esperamos que, propagado ya el golpe eléctrico de Cara- 
cas al nuevo reino de Granada, etc., acaben su carrera Miyáres i 
domas opresores de los venezolanos, que, adictos a nuestra causa, es- 
peran el momento favorable que, haciéndoles superiores a sus tiranos, 
les haga recobrar su libertad i demás derechos usurpados. El perió- 
dico trae mui buenas cosas en favor de nuestra causa. Su invectiva 
contra los centrales tiene mas acrimonia, que los domas. El número 
segundo empieza con el dictamen de la universidad de Sevilla sobre 
cortes; i en él miro reproducida una proposición escrita en el mani- 
fiesto con que la junta central desde Aranjuez anunció a los pueblos 
su instalación i beneficiosas ideas, talos como la del medio millón do 
combatientes de infantería española i ochenta mil caballos de la mis- 
ma nación, La proposición afirma que, reconquistado por sí mismo 
i para sí mismo, el pueblo español estaba en libertad para establecer 
el sistema de gobierno que mas le conviniese, pues, abandonado de 
las autoridades que debian sostenerle contra la tiranía de la Francia, 
í rendido al común enemigo, so rompieron todos los vínculos políti- 
cos de la constitución anterior; i que, si insistieron en el reconoci- 
miento en favor de Fernando VII, fué efecto de jenerosidad i libre 
albedrío de los españoles, i no obligación. Caracas estuvo en el mis- 
mo caso, cuando se aparecieron las cédulas i órdenes del consejo de 
Indias i del ministro Piñuelas, intimándonos el reconocimiento i obe- 
diencia al intruso gobierno francos; i no debo fiarse de los sucesores 
de Godoi i déla central. Quizá no se habrían cscusado con el miodo 
de las bayonetas francesas, si nosotros hubiésemos condescendido. 
Parece semejante el caso al del amigo que, con ánimo doloso, se intro- 
duce en la casa de su amigo para robarle; pero, sorprendido en el 



DE DON ANDRÉS BELLO 



robo, lo atribuye a jocosidad para que fuese mas cauto en la seguri- 
dad de sus bienes. 

«Yo rae acuerdo del torrente de injurias con que venían los papeles 
de España en la guerra con la república francesa. Yo me acuerdo de 
los triunfos i victorias que nos referían nuestras gacetas i mercurios. 
Yo me acuerdo del lastimoso estado en que pintábanla Francia, como 
agonizante i moribunda. Pero, de repente, nos viene la noticia de la 
toma de Figuéras, San Sebastian, etc., i la paz de Basilea, con una 
amistad i alianza estrecha. Entonces, contra la lei 1. a , título 1.°, libro 3 
de la Recopilación Indiana, fué cedida la Isla Española en Santo Do- 
mingo en lugar de las plazas conquistadas en la Península; i nadie 
reclamó la trasgresion de esta leí. 

«Yo temo que se haga otra paz o capitulación, envolviendo a la 
América en la francesa servidumbre; i que, si hai actitud i denuedo 
para rechazarla, se disculparán otra vez los capitulantes españoles 
con el miedo, con la violencia i la fuerza, para tornar a nuestra amis- 
tad. Captan la benevolencia i confianza de los americanos, i conti- 
núan el pescante; pero si es otorgada la capitulación, no habrá alega- 
ciones de miedo i fuerza. Temo que, habituados los pueblos españoles 
americanos a la antigua servidumbre, a ceder por la fuerza al capri- 
cho i antojo de sus gobernantes, se rindan violentamente al intruso 
gobierno francés. Ya Usted sabe que, desde los primeros pasos de la 
santa revolución de España, nos predicaron los papeles públicos que 
era necesario que sigilásemos la suerte de la Península para que no 
se interrumpiese la esclavitud i su aprovechamiento. En tal caso, 
serian mas esclavos los españoles americanos, porque tendrían dos se- 
ñores a quienes servir: señores franceses i señores españoles. Los eu- 
ropeos que viven entre nosotros, en la mayor parte, aspiran al mismo 
fin para seguir su comunicación con los países donde tuvieron su 
nacimiento, con sus amigos i parientes, con las casas de comercio de 
Cádiz i demás puertos i lugares de mercado, ocupados ya por Na- 
poleón. 

«En los periódicos de la Europa, habrán leído Ustedes unas veces 
que Bonaparte ofrece recompensa a la casa de los Borbones de Es- 
paña en territorios que no tengan contacto con el imperio francés; 
otras, que Fernando contraerá matrimonio con otra hija del empera- 
dor Francisco, í volverá a] reinar en España; otras, que este reino i 
sus Españas Americanas será^cedido al archiduque Carlos, tio político 
de Napoleón, rebajando en ambos casos todo lo que hai de la orilla 
del Ebro a la izquierda, como incorporado al imperio francés. 

«En cualquiera de estos casos, serán frustrados los designios del tira- 
no; i aunque vuelva Fernando, no será admitido, siempre que venga 
bajo el influjo, alianza o dependencia de Napoleón. Así respondí en la 
entrevista con Robortson al despacho ele Liverpool en el párrafo que 



VIDA 



habla sobro la conservación de los restos de la monarquía española en 
estos países para su lejítimo soberano, si algún acontecimiento le res- 
tituye a su libertad. I así lo vi posteriormente escrito en el periódico 
titulado El Español. 

«No puede ser eterna la guerra con la Francia en la Inglaterra; es 
preciso que se acabe algún dia; i entonces es menester que nosotros 
memos del derecho correspondiente. 

«Diré a Usted de qué provino la suspensión do Llamósas i Key, man- 
comunados con Anzola i Sosa. Muchos militares europeos, i no euro- 
peos de los do primer orden, estimulados del rencor i odio con que 
miran el gobierno de rejencia, soñaron que los cuatro individuos no- 
minados eran inclinados a ella, i que tratarían de su reconocimiento. 
Esta sola idea bastó para conmoverlos, i proponer una terrible acusa- 
ción contra esos cuatro. So retiraron a sus haciendas, mientras se 
averiguaba si habia algo de verdad en el denuncio i acusación; pero, 
lejos de haber, resultan justificados en este punto, i son tan enemigos 
de rejencia, i do cuanto huela a rejencia, como el que mas. 

«El. último correo de España llegó a Cumaná el 7 de agosto, ber- 
gartin Cazador, capitán don José María Chacón, con alguna corres- 
pondencia; i dio las noticias cuya copia incluyo para no escribir mas 
largo. Salud, pues. Memorias a los compañeros, i mandar a su afec- 
tísimo— RosciO. » 



«Caracas, 24 de setiembre de 1810. 

«Mi Estimado Bello i Compañero. 

«Anoche recibimos los oficios de 3 i i do agosto, números 2 i 3, con la 
mayor efusión de alegría. Por la Martinica, supimos que Ustedes habían 
llegado el 10 de julio; pero hasta anoche habíamos carecido de sus le- 
tras. Por Curazao, han ido dos correspondencias mas. Es mui impor- 
tante la de Santa Fe i Buenos Aires, nuestros imitadores; i es necesa- 
rio que toda la América siga el mismo partido, si no quiere ser presa 
de la Francia, o de otra nueva tiranía gaditana. Tenga Usted mui pre- 
sente lo que contestó la junta central, o su primer presidente, al con- 
sejo de Castilla, cuando ésto trató de que, en lugar de juntas, se hi- 
ciese rejencia: lo mismo que declaró en su primer manifiesto; i lo 
mismo que dictó la universidad do Sevilla, con fecha de 7 de diciem- 
bre de 1809, a consulta de los centrales, declarando que los españoles, 
abandonados de sus autoridades en favor del gobierno francés, se res- 
cataron, i reconquistaron por sí mismos; por consiguiente, quedaron 
libres e independientes de todos los lazos políticos que los ataban a su 
anterior sistema; i de tal suerte quedaron libres o independientes, quo 
solo conservaron, porque quisieron, sus relaciones con el desgraciado 
roi Fernando. Así lo habrá Usted visto en el número 2.° de El Español, 
periódico quo está escribiéndose en esa corte. Caracas se halló en el 



DE DON ANDRÉS BELLO 87 



mismo caso; i sabe Usted cuáles i cuántas son las consecuencias que 
nacen ele este principio. 

«En su casa, no hai novedad. Hoi he dado parte a su hermano de 
la salud de Usted, a quien ama su afectísimo — Roscio.» 

«Memorias a los compañeros. No se olviden de los que yacen en la 
mazmorra arjelina del tirano Meléndez de Puerto Rico, ni de la fra- 
gata Fernando VII, que ha robado a usanza de pirata. » 



IX 



Negociación con el gobierno británico, 

Don Andrés Bello, al hacer los preparativos de viaje para 
Inglaterra, recordó aquellos oficios de sir George Beckwith i 
de sir Alexandre Cochrane, en los cuales se estimulaba la re- 
sistencia de Venezuela a la dominación francesa, i so le asegu- 
raba que la Gran Bretaña le suministraría ausilios aun para 
una completa emancipación, si los Bonapartes llegaban a triun- 
far en España. 

Estimando que tales piezas podían servir de antecedentes en 
la negociación, las buscó con cuidado en el archivo donde las 
habia visto depositar; mas todas sus diligencias fueron vanas. 

Los dos oficios habían desaparecido, gracias probablemente 
al celo de algún español europeo, a quien no lo sonaba bien la 
palabra independe7icia, aun cuando fuera lanzada contra los 
a la sazón aborrecidos franceses. 

Llegados los tres aj entes venezolanos a Londres, e informa- 
do el gobierno del objeto de su viaje, el marques sir Ricardo 
Wellcsley, ministro de relaciones estoriores, los recibió, no en el 
ministerio, como lo habría hecho con los enviados de una nación 
reconocida, sino en su casa particular de Apslcy-House. 

A la primera conferencia, según referia don Andrés, de quien 
tengo todos estos pormenores, asistieron juntos Bolívar, López 
Méndez i Bello. 

El primero llevaba la palabra. 

Tan luego como estuvieron en presencia del ministro britá- 
nico, Bolívar, poco esperto en los usos de la diplomacia, cometió 



DE DON ANDRÉS BELLO 89 



la lijerezado entregar al marques, tanto las credenciales, como 
el pliego que contenia las instrucciones. 

Valiéndose en seguida de la lengua francesa, que hablaba 
con la mayor perfección, le dirijió un elocuente discurso, des- 
ahogo sincero de las pasiones fogosas que animaban al ora- 
dor, discurso en el cual hizo muchas alusiones ofensivas a la 
metrópoli, i espresó deseos i esperanzas de una independencia 
absoluta. 

Wellesley escuchó a Bolívar con esa atención fria i ceremo- 
niosa de los diplomáticos; pero cuando el impetuoso criollo hu- 
bo concluido, le observó en contestación que las ideas espues- 
tas por él se hallaban en abierta contradicción con las de los 
documentos que acababa de entregarle. 

En efecto, las. credenciales aparecian conferidas por una jun- 
ta que rejia a Venezuela en nombre de Fernando VII, i para 
conservar los derechos de éste: i las instrucciones, que Bolívar 
habia pasado atolondradamente al ministro ingles, ordenaban 
del modo mas categórico a los negociadores, no que trataran de 
independencia, sino que solicitaran la mediación de la Gran 
Bretaña para impedir cualquier rompimiento con el gobierno 
peninsular. 

Simón Bolívar no halló nada que responder a tan contun- 
dente objeción. 

El contenido de los documentos que acreditaban su misión 
era realmente tal cual su interlocutor se lo relataba. 

Sin embargo, i por mas estraño que parezca, Bolívar lo sa- 
bía entonces por primera vez, pues, hasta aquel momento, no 
se habia tomado el trabajo de recorrer, ni aun a la lijera, los 
dichos papeles. 

La verdad del caso era que el ardiente joven, guiándose so- 
lo por las ideas propias, habia ido a la conferencia sin haber 
leído las instrucciones. 

Después de la observación de Wellesley, Bolívar tuvo que 
abandonar, a lo menos con carácter oficial, la pretensión de 
que el gobierno ingles ausiliase la independencia de Venezue- 
la; i que continuar la discusión con arreglo a las instrucciones. 

Cuando los comisionados venezolanos se hubieron despedido 



00 VIDA 

del marques de Wellesley, Bolívar declaró a Bello que lamen- 
taba no haber leído previamente las instrucciones de la junta, 
pues, por el juicio que había formado después de lo que habia 
oído al ministro, las consideraba redactadas con la mayor 
perspicacia i sabiduría. 

Bolívar concluyó manifestando a Bello haberse convencido de 
que la Inglaterra, en el estado de los negocios europeos, i empe- 
ñada como se hallaba en la lucha con Napoleón, no consentiría 
en cooperar a que la América se separase de la metrópoli. 

Habiéndose seguido unas conferencias a otras, los enviados 
de Venezuela presentaron, el 21 de julio de 1810, sus propo- 
siciones al ministro ingles de relaciones esteriores. 

Sir Ricardo Wellesley contestó, el 8 de agosto entrante, 
aceptándolas con algunas modificaciones de redacción. 

Quedó, pues, estipulada la siguiente convención: 

«1.° Se dará la protección marítima de Inglaterra a Vene- 
zuela contra la Francia, a fin de que aquella provincia pueda 
defender los derechos de su lejítimo soberano, i asegurarse 
contra el enemigo común. 

«2.° Se recomienda con ahinco que la provincia de Vene- 
zuela intente inmediatamente una reconciliación con el gobier- 
no central, i trate en primer lugar de establecer una acomo- 
dación amistosa de todas sus diferencias con aquella autoridad. 
Se ofrecen cordialmente los buenos oficios de Inglaterra para 
aquel propósito útil. Entre tanto, se emplearán todos los es- 
fuerzos de una interposición amigable con el objeto de prevo- 
nir la guerra entre la provincia i la madre patria, i de conser- 
var la paz i amistad entre Venezuela i sus hermanos de ambos 
hemisferios. 

«3.° Con los mismos objetos amigables, se recomienda con 
ahinco que la provincia de Venezuela mantenga las relaciones 
de comercio, amistad i comunicación con la madre patria. Se 
emplearán los buenos oficios de Inglaterra para conseguir un 
ajustamiento de tal modo que so asegure a la metrópoli la 
ayuda de la provincia durante la lucha con la Francia, bajo 
las condiciones que parezcan justas i equitativas, conformes a 
los intereses de la provincia, i provechosas a la causa común.» 



BE DON ANDRÉS BELLO 91 



Los enviados venezolanos habían incluido entre sus proposi- 
ciones la de que se espidieran instrucciones a los jefes de las 
escuadras i colonias de las Antillas para que favorecieran del 
modo posible los objetos insinuados, mui especialmente las 
relaciones comerciales entre los habitantes de Venezuela i los 
subditos de Su Majestad Británica, a quienes prometían que 
serian tratados como la nación mas favorecida. 

Esta proposición dio oríjen al último artículo de la conven- 
ción, el cual era a la letra como sigue: 

«4.° Las instrucciones que so piden en este artículo se han 
recomendado ya a los oficiales de Su Majestad con la plena 
confianza de que Venezuela continuará manteniendo su fideli- 
dad a Fernando VII, i cooperando con la España a Su Majes- 
tad contra el enemigo común.» 

El ajuste precedente se halla firmado solo por Bolívar i 
López Méndez, i no por Bello, porque, desde que éste volun- 
tariamente, como lo he espresado, había asumido el carácter 
de secretario, no podia presentarse ante el gobierno británico 
en igual categoría a la de sus dos colegas. 

La convención del 8 de agosto de 1810 fué tan satisfactoria, 
como, en las circunstancias, podia esperarse, pues se encami- 
naba a asegurar a Venezuela la protección material de la 
Gran Bretaña contra las hostilidades de la Francia, i la moral, 
contra las de España. 



El jeneral don Francisco Miranda. 

Bolívar, López Méndez i Bello trabaron pronto en Londres 
amistosas i estrechas relaciones con su ilustre paisano el ca- 
raqueño clon Francisco Miranda. 

Este insigne procer fué, como nadie lo ignora, el personaje 
histórico mas sobresaliente de la América Española en los pri- 
meros años del siglo XIX. 

Su ajitada vida es un conjunto de aventuras novelescas o 
heroicas. 



\)¿ 



Alistado joven en el ejército español, marchó como capitán 
en las tropas que Carlos III envió al ausilio de los insurrectos 
de la América Inglesa. 

Habiendo contribuido de este modo a la emancipación de los 
Estados Unidos, aspiró desde entonces a que las posesiones 
del monarca castellano en el nuevo mundo, imitando el ejem- 
plo, llevaran a cabo igual empresa. 

Este fué su pensamiento fijo i dominante. 

Hai constancia fehaciente de que trabajó para realizarlo, 
desde 1783 hasta 1785, en unión con el italiano don Luis Vi- 
dalle. 

Perseguido con motivo de tales designios, i obligado por ello 
a alejarse de la América Española, visitó la Prusia, el Austria, 
la Italia, la Turquía, la Rusia, la Inglaterra, la Francia. 

En todas partes, se puso en contacto con personas emi- 
nentes. 

Se hizo amigo con Price, Presley, Fox, Sheridan, Brissot, 
Vergniaud, Rolland. 

Entró en tratos con el príncipe Potemkin, con el ministro 
ingles Pitt, con el ministro francés Servan. 

Mereció cartas de recomendación del emperador José II. 

Tuvo intimidad con la emperatriz Catalina. 

Sirvió a las órdenes del jeneral Dumouriez. 

Contó entre sus subalternos al que mas tarde dobia ser el rei 
Luis Felipe. 

Defendió con las armas en la mano a la Francia contra la 
Prusia. 

Contribuyó a la conquista de la Béljica. 

Ascendió por recompensa al puesto de tenicnte-jeneral de 
los ejércitos franceses. 

Esperimcntó reveses militares, sin que esto pudiera acha- 
cársele a impericia o cobardía, porque, según su espresion, 
los romanos de César, i los prusianos de Federico el Grande, 
también habían sido derrotados, los primeros por losjermanos, 
i los segundos por los rusos, unos i otros bárbaros en compara- 
ción de los vencidos. 

Fué arrastrado ante el tribunal revolucionario de París por 



DE DON ANDRÉS BELLO 93 

el crimen del mal éxito sufrido en el bloqueo de Maestricht, i 
de la pérdida de la batalla de Nerwinde, i por acusación de 
complicidad en la traición de Dumouriez; pero después de una 
defensa brillantísima, fué absuelto por los jueces, i conducido 
en triunfo por el pueblo. 

En 1806, ejecutó dos tentativas de invasión a Venezuela para 
separarla de una metrópoli, a la cual reprochaba testualmente 
el que tolerase el despotismo de un valido que manchaba la 
frente de la nación que le aguantaba, mas bien que la del rei 
a quien deshonraba. 

En la del mes de marzo, fracasó a la vista de la costa de Ocu- 
mare; pero en la del mes de agosto, desembarcó en la Vela de 
Coro, derrotando con solo quinientos hombres a mil doscien- 
tos protejidos por un fortin i mas de veinte cañones. 

Sin embargo, a causa de la frialdad con que fué recibido por 
la población, determinó retirarse, aplazando la realización del 
proyecto para mas propicia coyuntura. 

El retrato i las proclamas de Miranda se quemaron por 
el verdugo en la plaza de Caracas. 

Se ofrecieron treinta mil pesos por su cabeza. 
La inquisición de Cartajena lo declaró solemnemente enemi- 
go de Dios i del rei, e indigno de pan i asilo. 

Don Francisco Miranda, refujiado en Londres el año de 1810, 
había cumplido sesenta años. 

No obstante, como si estuviera en la flor de la edad i de las 
ilusiones, persistía en los propósitos de promover la indepen- 
dencia de la América Española, i en las esperanzas de ver sa- 
tisfecho este anhelo. 

Napoleón Bonaparte tenia, pues, razón, cuando decía de Mi- 
randa: 

— Ese criollo ardoroso e inquebrantable es un don Quijote, 
que corre tras la quimera de la libertad universal, i en cuya 
alma, arde inestinguiblemente un fuego sagrado. 

Aquel proscrito formidable personificaba en sí la revolución 
hispano-americana . 

Queriendo la junta de Caracas conservar por lo menos las 
apariencias de fidelidad al soberano lejítimo, estimaba com- 



94 VIDA 

promitente cualquiera relación oficial con tan declarado adalid 
de la emancipación. 

Así, recomendó con especialidad a sus emisarios el que no 
recibiesen las inspiraciones de Miranda, ni tomasen en cuenta 
sus planes. 

A despecho de estas instrucciones, los tres individuos de la 
legación no tardaron en esperi mentar el natural ascendiente 
de aquel apóstol i mártir do la libertad, i en profesarle una 
gran veneración. 

La duquesa de Abrántes, que conoció a Miranda, testifica 
que, cuando hacía uso de la palabra, su fisonomía se ilumi- 
naba. 

Un personaje de estas condiciones no podia menos de influir 
poderosamente en el ánimo de sus tres compatriotas, los cua- 
les le escuchaban con el entusiasmo propio do las circunstan- 
cias. 

Don Andrés Bello manifestó todo el resto de su vida una 
grande admiración a Miranda, la cual supo espresar en sentidos 
versos. 

¡Miranda! de tu nombre se gloría 
También Colombia: defensor constante 
De sus derechos; de las santas leyes, 
De la severa disciplina amante. 
Con reverencia, ofrezco a tu ceniza 
Este humilde tributo; i la sagrada 
Rama a tu efijie venerable, ciño, 
Patriota ilustre, que, proscrito, errante, 
No olvidaste el cariño 
Del dulce hogar que vio mecer tu cuna, 
I ora blanco a las iras de fortuna, 
Ora de sus favores halagado, 
La libertad americana hiciste 
Tu primer voto i tu primer cuidado. 
Osaste, solo, declarar la guerra 
A los tiranos de tu tierra amada; 
I desde las orillas de Inglaterra, 
Diste aliento al clarín, que el largo sueño 
Disipó de la América, arrullada 
Por la superstición. Al noble empeño 
De sus patricios, no faltó tu espada; 



DE DON ANDRÉS BELLO 



I si, de contratiempos asaltado, 

Que a humanos medios resistir no es dado, 

Te fué el ceder forzoso, i en cadenas 

A manos perecer de una perfidia, 

Tu espíritu no ha muerto, nó; resuena, 

Resuena aun el eco de aquel grito 

Con que a lidiar llamaste. La gran lidia 

De que desarrollaste el estandarte, 

Triunfa ya, i en su triunfo tienes parte. 

Pero aquel de los tres aj entes venezolanos sobre quien el 
esclarecido caudillo hizo mayor impresión fué Bolívar, 

Concluida la negociación con el gobierno británico, Bolívar so 
persuadió de que, por entonces, no podia sacarse mas provecho 
de la Inglaterra para los futuros progresos de la revolución 
americana; i determinó regresar a Caracas lo mas pronto po- 
sible. 

No habia abandonado, ni por un instante, la grandiosa idea 
que, con tamaña elocuencia, aunque con atrevimiento, si bq 
quiere, habia desenvuelto al marques de Wellesley en su pri- 
mera entrevista. 

Creyendo que nada podría tanto para impulsar esa idea, 
como la presencia de Miranda en Venezuela, indujo a éste a 
que se volviera en su compañía a este país, sin dársele un ar- 
dite la flagrante desobediencia a las órdenes claras i categóricas 
de la junta que aquello importaba. 

Don Andrés Bello participó de la opinión de Bolívar acerca 
de la conveniencia i significación de la ida de don Francisco 
Miranda a Venezuela, como lo demuestra el siguiente docu- 
mento. 

«Curazao, 10 de diciembre de 1810. 

«Mi Querido Señor. 

«Con mucha razón, se lisonjea Usted de la continuidad del 
afecto e interés que Usted me ha inspirado. Siendo la estima- 
ción i la amistad la base esencial de ese afecto i de ese ínteres, 
puede Usted estar convencido de que ellos serán inalterables. 

«En cuanto a la parte que he tomado en el desarrollo del 
nuevo sistema que debe, según parece, procurar a la América 
del Sur un destino desconocido hasta el presente, he satisfecho 



90 VIDA 

en esto dos propósitos mui queridos: el de mi país i el voto 
mas ardiente de mi corazón. 

«Yo debo a Usted mucha gratitud, porque me ha proporcio- 
nado el conocimiento del señor Miranda; i le doi por ello las 
gracias mas sinceras. M¿ opinión es mui conforme a la de 
Usted respecto de este hombre ilustre; i no he necesitado 
mucho tiempo para reconocer en él al estadista, al guerre- 
ro i al lejislador consumado. Yo he sentido pronta i fuer' 
teniente toda laimportancia de su llegada a Venezuela; i 
espero haber sobrepujado sus esperanzas por el medio que le 
he procurado para lograrlo. 

a Si la causa de Usted tiene partidarios, Usted no debe disi- 
mularse de que ella tiene también detractores. Temo mucho 
que. las represalias a que se ha visto forzado el gobierno de 
Venezuela contra el de Puerto Rico, que capturó muchos bu- 
ques suyos, poniendo en vigor el bloqueo decretado por la re- 
jencia, suministre materia a los enemigos de Venezuela para 
avanzar aserciones dañosas, desnaturalizando los hechos. Us- 
txl conoce toda la influencia del comercio en Inglaterra, i pue- 
de juzgar fácilmente de la mala impresión que en ella harían 
versiones tendentes a probar que en jeneral se ha dado a éste 
el golpe mas pequeño. 

«Toca a Ustedes rechazar esas insinuaciones pérfidas; i para 
conseguirlo mas fácilmente, pueden avanzar con toda seguri- 
dad que el gobierno venezolano se ha armado únicamente por 
motivo de su conservación; que, de ningún modo, ha sido el 
agresor en la contienda empeñada; i que, en fin, (lo que no 
deja de ser de grandísimo peso) el gobierno do Venezuela ha 
respetado siempre las propiedades inglesas encontradas en las 
naves apresadas por buques de guerra, mientras que los de 
Puerto Rico proceden do una manera mui diversa, puesto que 
toman igualmente todo lo que encuentran. 

«El señor Miranda llegó a Curazao el 30 del mes pasado. 
Esto no se supo aquí, sino dos dias después cuando el paquete 
salió para la Jamaica. Se hospedó en mi casa. Partió para la 
Guaira el i de esto mes en el buque de guerra el Avon, capi- 
tán Fraser. So lo esperaba en la Guaira i en Caracas con mu- 



DE DON ANDRÉS BELLO 97 



cha impaciencia. El coronel Bolívar lia llegado a la Guaira el 
6 de este mes. Los diputados venezolanos que han estado tan 
largo tiempo presos en Puerto Rico han llegado también a 
Caracas. 

«La goletaJSAN Francisco de Paula del señor Padrón ha sido 
apresada al salir de aquí, mui cerca de la Guaira. Ella comer- 
ciaba constantemente con ese puerto. Yo espero que Mr. We- 
llesley, el amigo de la buena causa, comunicará a Usted des- 
pachos enviados desde aquí sobre este asunto grave e intere- 
sante. 

«Yo ruego a Usted que haga una visita a la señora Robertson. 
Yo deseo mucho que Usted -conozca a mi familia, que consta 
de tres niñas. Las señas de su casa son: MicfeaeZs PZace, 
Brompton, número 33. Será para Usted un pasco mui agra- 
dable. La situación es encantadora. Mi señora está advertida. 
Así, no deje Usted de ir, porque ella le aguarda; i lo ruego que 
lleve consigo al señor López Méndez, aunque no tengo el pla- 
cer de conocerle personalmente. Mi señora habla el francés; 
pero creo que el ingles debe ser ahora familiar a Usted. 

«Si yo hubiera pensado que Usted se hubiera detenido tan- 
to en Inglaterra, hace mucho tiempo que hubiera comenzado 
una correspondencia con Usted; pero se anunciaba siempre el 
pronto regreso de Usted. 

«Adiós, i créame siempre *su sincero amigo — Juan Robert- 
son.» 

Desgraciadamente, como suele suceder en tiempos revueltos, 
la presencia de Miranda en Venezuela, si trajo bienes, también 
produjo sus inconvenientes. 

Copio a continuación dos cartas inéditas de don Juan Jerman 
Roscio a Bello. 

Ellas, junto con probarla ilimitada confianza que su autor 
depositaba en el amigo i correlijionario a quien las clirijia, 
hacen conocer las disensiones intestinas i las emulaciones que 
habían nacido entre los patriotas venezolanos, i contienen me- 
nudencias i apreciaciones que permiten trasladarnos por la 
imajinacion al país i a la época a que se refieren. 

Me parece cscusado advertir que me abstengo de espresar 

V. DE B, 13 



98 VIDA 

concepto sobre la exactitud i justicia de las observaciones de 
Roscio. 

«Caracas, 9 de junio de 1811. 

«Mi Amado Bello, Compatriota i Amigo. 

«Aun no habia contestado dos cartas que Usted. me escribió 
con fecha 11 de setiembre i 7 de marzo últimos, porque, aun- 
que el asunto principal de ellas era el mas placentero para 
nosotros, le faltaba esta circunstancia al que hacía de segun- 
do en la persona- de nuestro paisano Miranda. Yo esperaba 
que su regreso al país natalicio nos traería los mismos bienes 
que Usted me anunciaba en la pimera carta. Fué recibido 
con las aclamaciones i obsequios que ya Usted habrá leído 
en nuestras Gacetas. Fué condecorado con el grado i sueldo 
de teniente-jeneral; i recibió otros obsequios que no exijian 
especificarse en los periódicos. Se quemaron todos los papeles 
actuados por el anterior gobierno español contra su conducta 
pública i privada; i en su lugar, se sustituyeron las providen- 
cias honoríficas que condenaban al olvido i esterminio seme- 
jantes documentos. 

«Pero, en ninguno de nuestros periódicos, habrá Usted 
leído, ni leerá siquiera una acción de gracias por estos bene- 
ficios, porque el beneficiado no ha producido ningún rasgo 
de la gratitud que inspira el derecho natural. El habia protes- 
tado, en su primera instancia, que dirijió desde esa corte, i en 
la segunda, que hizo en la Guaira, solicitando permiso para 
venir a esta ciudad, que su ánimo era el de colocarse en la 
clase de simple ciudadano, i pasar entre los suyos el último 
resto de su vida. Poro, cuando recibió el grado i sueldo refe- 
ridos, no estaba todavía contento, porque aspiraba al de jcne- 
ral de primera clase, i al sueldo que los tenientes-jeneralcs 
debían tener en América con arreglo a las ordenanzas de 
España. 

«La junta le dio comisión para que, acompañado do Ustá- 
riz, de Ponte, de Sanz, de Paul i de Roscio, formase un plan de 
constitución, o bases do federación que ofrecer al congreso el 
dia de su instalación. Quiso entonces que prevaleciese un plan 
que trajo de allá, en el cual el ramo ejecutivo debia conferir- 



DE DON. ANDRÉS BELLO 90 

se a dos Incas, i su duración debía ser la de diez años. No era 
posible condescender con semejante pretensión, ni reducirlo 
a convenir con el plan que ya Usted habrá visto impreso. 

«De aquí nació su primer resentimiento. Se propuso la idea 
de ridiculizar nuestro plan; i a este fin, hizo sacar de él va- 
rias copias. Con el mismo objeto, se formó una tertulia de 
siete personas, que, sin ser censores, tomaron a su cargo la 
censura del papel. Cotejado con el de los Incas, mereció la 
aprobación que Usted habrá observado. Miranda jamas exhi- 
bió el suyo al gobierno, ni otro alguno, que a lo menos pu- 
diese recomendar su trabajo material. 

«Instalado el congreso de Venezuela, se nombraron aj entes 
de los demás poderes; i en ninguno de ellos, tuvo colocación 
nuestro paisano. Pero es muí digno de saberse otro motivo 
especial que influyó en su preterición. El autor de los discur- 
sos sobre la América del Sur, por el orden que se habia pro- 
puesto, pretendió dar el de la tolerancia política de estranjeros 
anticatólicos. Aun no era llegada la oportunidad; pero sobre- 
vino cierta efervescencia por el sistema de igualdad o demo- 
cracia, orijinada de la tertulia patriótica. Aparecieron una 
mañana innumerables inscripciones aclamando el sistema de- 
mocrático adoptado en el reglamento de diputados. Anuncia- 
ban varios meticulosos malas resultas ele esta fermentación; 
i fué menester que, en tales circunstancias, saliese a luz el 
discurso de Burke en la Gaceta de 19 de febrero para que, do- 
blegando la opinión hacia otro objeto estraño para este país, 
cesasen los movimientos democráticos, e indiscretas murmu- 
raciones de igualdad.* 

«Apenas leyó Miranda la Gaceta, cuando se propuso la idea 
de negociar por el camino de la relijion, o mas bien, de la 
hipocresía refinada. Creyó hallar, o haber hallado un medio 
mui proporcionado para reparar ventajosamente las quiebras 
que habia padecido su opinión en los sucesos anteriores. 



* Guillermo Burke era un irlandés católico que insertó en la Gace- 
ta de Caracas unos artículos titulados Derechos de la América del 
Sur i de Méjico: 



100 VIDA 

Marchó a la casa arzobispal; i revestido do un tono mui reli- 
gioso, graduó el discurso de irrclijioso i ofensivo a la pureza 
del cristianismo; i excitaba al prelado metropolitano a tomar 
parto en la censura de la Gaceta, i en la condenación del dis- 
curso. El arzobispo supo eludir esta tentativa con mucha 
discreción; i traslujo desde luego el espíritu del nuevo defen- 
sor del catolicismo. 

«Frustrado este primer paso, dio el segundo, trasladándose 
a la casa del doctor Lindo para alarmarle contra el tolerantismo 
político. No dejaría el buen anciano eclesiástico do manifestar 
el sano concepto de relijioso que había ganado Burke desde 
que vino a esta ciudad. Entonces Miranda disculpó a este es- 
critor, afirmando que Ustáriz, Tovar i Roscio eran los autores 
del discurso. Con este arbitrio, excitó a otros eclesiásticos i 
doctores; i celebraron claustro para impugnarlo; pero todos 
quedaron convencidos de la hipocresía del promotor i de las 
miras que llevaba para acreditarse entre los miembros del 
congreso, que estaba ya para instalarse, i se componía de 
algunos eclesiásticos i seculares mui celosos por la relijion. 

a A este convencimiento, contribuyó mucho el hallarse en el 
plan de los Incas un artículo espreso de constitución para es- 
tablecer en Venezuela, i en toda la América, la tolerancia de 
relijiones; i esto mismo desacreditó mas a su autor en las elec- 
ciones del nuevo gobierno. Antes de este acto, procuró que 
Burke fuese espelido de la tertulia patriótica, donde estaba in- 
corporado; i también se desopinó mucho con esta pretensión. 

«El dia que se trataba el nombramiento do los que habían 
do componer el poder ejecutivo, esperaba Miranda en su casa 
las resultas. Ocho votos tuvo en la elección de los treinta i 
uno que formaban el congreso. Recibió en su casa esta noticia; 
i esplicó su dolor diciendo: — Me alegro de que haya en mi 
tierra personas mas aptas que yo para el ejercicio del supremo 
poder. 

«Poco antes de la organización del congreso, incurrió en la 
puerilidad de presentarse en la junta a la hora de corte; i de- 
lante do todos los que la componían, se quejó de dos o tres in- 
dividuos que, en Petare, decían que él aspiraba al mando su- 



DE DON ANDRÉS BELLO 101 



premo i único de Venezuela por diez años; i añadió el chisme 
de habérsele informado que la junta habia celebrado un acuer- 
do secreto para su espulsion de esta provincia. 

«También incurrió en otra puerilidad, con que procuró ven- 
garse de algunos individuos que no sufragaron por él. Tres de 
éstos habían recibido de Miranda algunos libros curiosos luego 
que vino a Caracas; pero fueron despojados de ellos; i fué re- 
vocada la donación, porque se abstuvieron de sufragar por él. 

«El mismo dia en que se instaló el poder ejecutivo, fueron 
sorprendidos i arrestados algunos pardos en una junta privada 
que tenían acaudillada de Fernando Galindo, con el objeto de 
tratar de materias de gobierno i de la igualdad i libertad ilimi- 
tadas. El caudillo tenia una proclama incendiaria sobre este 
punto; i en ella, tenia Miranda un apostrofe mui lisonjero, en 
tanto grado que parecía hechura suya; i esta presunción venía 
a cualquiera que la leyese, aunque ignorase el trato i comuni- 
cación frecuente de los dos. Los cinco o seis pardos que le 
acompañaban convinieron en que, hallándose reunidos para tra- 
tar de otros asuntos, Galindo se apareció con su proclama, i la 
leyó. Este confesó el hecho; pero negó que él fuese el autor; i 
sostuvo que la habia hallado arrojada en el zaguán de su casa. 

«Miranda, después de este suceso, se retiró a Catia en la ca- 
sa de Padrón, donde ya antes habia vivido algunos dias, i re- 
cibido un banquete político del mismo propietario de la casa, 
que parece tenia con él alguna relación de parentesco. Volvió 
de este retiro, cuando se aproximaba el regreso de los Ribas 
Herreras, que de Jamaica vinieron a Curazao, i de Curazao a 
Caracas, conforme a la providencia de su espulsion momentá- 
nea, que dejó a la discreción del congreso el término de ella. 

«Al mismo tiempo que regresaban los Ribas, Miranda por 
cierta simpatía se acercaba a ellos, i se les unía amistosamen- 
te. En tales circunstancias, recobraba alguna opinión por me- 
dio del trato i comunicación democrática con los pardos i demás 
jente de color, i por medio de otra coyuntura que exije alguna 
esplicacion. El canónigo de Chile don José Cortes Madariaga, 
que, desde la primera solicitud de Miranda para regresar a su 
país, la contradijo con tanto ahinco, que protestó ausentarse 



102 VIDA 

a su tierra luego que se le concediese el permiso qne solicita- 
ba desde esa corte, varió de tono, cuando aquel fué recibido 
en la Guaira; i fué el único miembro del gobierno que salió 
de la ciudad a recibirle en la bajada de la cumbre. Con este 
motivo, í el de su posterior comunicación, estrechó con él su 
amistad; i por el camino de su comisión a Santa Fe, fué reco- 
mendando i aplaudiendo la persona i conducta de Miranda en 
los términos que Usted habrá leído en nuestra Gaceta. 

«Mucho mas lo aplaudió i recomendó en aquella capital, don- 
de logró que sus aplausos i recomendaciones se insertasen en 
el periódico ministerial, i que en él mismo se publicasen las 
alabanzas que Miranda habia hecho imprimir en Londres bajo 
el título de emancipación de la América. 

«Estos elojios escritos e impresos con arte í maña hicieron 
alguna impresión favorable en la jente vulgar, i en algunos 
medio vulgares; con lo cual logró Miranda hacerse presidente do 
la tertulia patriótica, que es su ocupación actual; i como de 
mes en mes, se elijo este empleado, cesarán sus funciones el dia 
30 del presente mes. 

«Malcontento con los vocales que no le dieron su sufrajio en 
la elección de empleos de primer orden, i con otros innumera- 
bles, no ha dejado desde entonces de sembrar la discordia i el 
chisme en este vecindario. Jamas trata de conciliación entre 
los malavenidos. Por el contrario, fomenta las desavenen- 
cias, i ahora aspira a sacar de ellas, i de la jente do color, su 
partido. Cesaron los rumores de los españoles europeos des- 
contentos con nuestro gobierno. Cesaron las fábulas con que 
frecuentemente procuraban turbar nuestro nuevo orden de 
cosas, i recuperar el mando i preponderancia antigua. Pero 
sucedieron en su lugar los chismes, cuentecillos i pasos indis- 
cretos de nuestro paisano con respecto a la jente de color, de- 
masiado lisonjeada con sus visitas, conversaciones i palabras 
significativas de ideas liberalísimas. 

«La táctica política do este anciano es muí desgraciada. No su- 
po disimular su jenio, ni aprovecharse de las favorables impre- 
siones que esparcimos para zanjarle el camino. Un isleño que 
le recibió en la Guaira, i lo acompañó hasta Caracas, le notó 



DE DON ANDRÉS BELLO 103 



luego que hablaba mal del gobierno cíe los Estados Unidos de 
Norte América, i que, en el tránsito de la Venta, i de otros pun- 
tos, que exijian mejoras i reparos, se jactaba de que él todo lo 
compondría, como si ya tuviese en su mano el timón de la 
nueva república de Venezuela. 

«Muchos también lo notaron que, en ninguno délos brindis 
que recibía en los banquetes con espresiones demasiado hono- 
ríficas, hiperbólicas i excesivas, jamas contestó una palabra, ni 
correspondió con la copa. Oia, i pasaba todos los brindis con 
mucha satisfacción, como si todos fuesen inferiores a su méri- 
to. Aquellas espresiones que, en semejantes casos, dictan la 
buena educación, la modestia i decencia, nunca salieron de su 
boca. 

«Tolerada por el gobierno la tertulia patriótica con el deseo 
de que trabajase algunos planes de constitución, de confedera- 
ción, o de otro objeto importante a Caracas i Venezuela, tomó 
algún cuerpo, i dej eneró en un mimo del gobierno, o censor de 
sus operaciones. Pero este exceso nació de algunos miembros 
del congreso, que lo eran también de la tertulia, i que, resen- 
tidos de no haber prevalecido su opinión en el cuerpo legislati- 
vo, la reproducían en aquella sociedad, hallaban apoyadores, i 
censuraban las resoluciones de la diputación jenoral de Vene- 
zuela. Algo se ha moderado este exceso. Su número pasa de 
doscientos; i nada ha hecho en utilidad de Venezuela, ni do 
ningnna de sus provincias. Todavía no ha presentado un pro- 
yecto de lei, ni de confederación, ni de constitución. En una 
palabra, en nada ha correspondido a las miras del gobierno. 
Algunos diputados hicieron ayer moción para que se estinguie- 
se; pero prevaleció el dictamen de que secorrijiesen sus vicios 
para que con buenas reglas pudiese ser útil. 

«Miranda fué miembro de esta corporación desde sus prin- 
cipas; pero, propuesto para presidente de ella en el mes de 
mayo, no tuvo votos ni para vicepresidente. Mas los periódi- 
cos de Santa Fe, i la venida de los Ribas, i el hallarse cultivan- 
do la opinión de los pardos, ha reparado algo sus quiebras; i le 
trajeron la presidencia ele aquel velorio patriótico, o jugadores 
de gobierno, semejantes a los muchachos que remedan las 



404 VIDA 

juras, los avances, los ensayos militares, las maromas i vola- 
tines, los diabli tos i jigantes, las tarascas i otras funciones 
relijiosas i profanas. 

«Trabajan, como aprendices, los del congreso, porque son 
rarísimos los que pudieron adquirir alguna ilustración sobre 
los derechos de los hombres i de los pueblos antes del 19 de 
abril. Otros quieren ser ya sabios i consumados en esta arte, i 
enmendar la plana a todos los sabios do las mejores repúblicas. 
A pesar de nuestros errores i de nuestra ignorancia, yo admi- 
ro los progresos del sistema, i los comparo con los de otras 
naciones que ya eran ilustradas cuando formaron sus revolu- 
ciones, cuando reformaron su gobierno; i cuando se hicieron 
independientes, eran ricas i pobladas. Pero nosotros, sin po- 
blación, sin riquezas, sin armas i sin ilustración, hemos lle- 
gado milagrosamente al estado en que nos hallamos; i pro- 
gresamos porque nuestra independencia i libertad es obra 
divina, i una de aquellas con que, desde que son conocidas en 
el mundo las sociedades de hombres i sus gobiernos, se ha 
manifestado la necesidad de sus alternativas i vicisitudes. 

«Este es el plan que la eterna sabiduría tuvo a bien trazar 
en beneficio de las jeneraciones de Adán. Unas serán oprimi- 
das, i mañana sus opresores abatidos sufrirán la suerte que ellos 
habían descargado sobre las otras. Esta es la escena que so 
mira representada en todos los siglos; i no hai poder sobre la 
tierra que sea capaz de contener la serie de estos acontecimien- 
tos. Dios es justo; i todos quedarán igualados al nivel de su 
justicia. Los individuos, las comunidades, las grandes nacio- 
nes, las principales partes del universo, todo, todo corre su 
turno, esperirnenta las amarguras i dulzuras de la fortuna, i 
halla la igualdad de las suertes en el centro de la justicia eter- 
na del Criador. 

«Sobre la redondez do la tierra, han figurado ya las tres 
partes que componían el antiguo mundo. El Asia, África i 
Europa hicieron su papel i figura correspondiente. Las artes 
i ciencias, el poder i la grandeza las recomendaron sucesiva- 
mente a la posteridad; i la diuturna posesión de estos bienes 
de fortuna prestó a los historiadores suficiente materia para 



DE DON ANDRÉS BELLO 105 



eternizar la memoria de lo que fueron, i de lo que todavía es 
la Europa. Si, en este estado, cortase Dios el hilo al largo teji- 
do de las jeneraciones humanas, i llamase a juicio a todos los 
mortales, la América con razón se quejaría de injusticia noto- 
ria; esclamaria contraía desigualdad de su suerte cotejada con 
la que han llevado las demás partes del mundo; i sus pade- 
cimientos de mas de trescientos años quedarían sin recom- 
pensa. 

«Ella, pues, la tendría tanto mas ventajosamente, cuanto 
mas graves i dilatados han sido sus sufrimientos, sus privacio- 
nes i sacrificios. I si está escrito que cada uno será medido 
con la vara con que midiere, la América quizá hará con la 
Europa lo mismo que la Europa ha hecho con la América. 
Esta empezó ya su carrerra de desagravios; i habrá de seguir- 
la sin que todos los europeos españoles sean capaces de cor- 
tarla, i estorbarla, aunque todos fuesen enemigos de la eman- 
cipación de este continente. Los mismos pasos que ellos dan 
para deshacer esta grande obra, se convierten en provecho de 
ella, ruina i desesperación de sus rivales; i los lazos i trampas 
que urdieron para sorprendernos, esos mismos serán para ellos 
funestos. 

«La maldita rejencia de Cádiz, en junio o julio del año pasa- 
do, libró una orden reservada para que el virrei de Santa Fe, en 
el caso de pasar por allí el canónigo don José Cortes Madaria- 
ga de tránsito para Chile, a virtud del pasaporte que habia pe- 
dido para regresar a su país, le arrestase i remitiese a Cádiz 
con su comitiva, equipaje i papeles, bajo partida de rejistro, i 
con la mayor seguridad. Llegó tan inicua orden, cuando ya 
estaba roto el cetro de aquel bajá; i el canónigo recibió los ho- 
nores de embajador en el mismo lugar donde los bárbaros re- 
jentes le tendían lazos i trampas para su ruina i perdición. I 
¿quién se atrevería a negar que esta sea una de las señales que 
demuestran la justicia de nuestra causa i la iniquidad de los 
rejentes de Cádiz? 

«Ya Usted habrá visto la orden con que estos infames ma- 
quiavelistas autorizaron a Meléndez, el califa de Puerto Rico, 
para que obrase a su antojo sin ceñirse a ninguna leí. Con fe- 



106 VIDA 

cha de 4 de setiembre del año próximo pasado, obtuvo este pri- 
vilegio, en recompensa o premio de su tiránico procedimiento 
contra Caracas. Esto fué el galardón que obtuvo por el robo o 
piratería que cometió en el rico cargamento de la fragata Fer- 
nando VII, que navegaba para Londres con el fin de comprar 
ropa i armas para nuestras tropas. Esta fué la correspondencia 
que mereció la declaratoria de guerra que nos hizo para coho- 
nestar su escandalosa depredación, tratándonos en ella dein- 
■surjéiites i rebeldes, solo porque usábamos de nuestro derecho, 
cuidando de nuestra seguridad, defensa i prosperidad. 

«La orden de Mcléndez es mas ilimitada i tiránica, que la de 
Cortavarría. Yo creo que, ni en Constantinopla, ni en el Indos- 
tan, se ha dictado otra igual, i tan bárbara i absurda, como la 
presente. Las farsantes cortos la revocaron a instancia del di- 
putado de aquella isla; pero dejaron subsistente la de Corta- 
varría, como una prueba nueva de su falacia con respecto a los 
americanos. 

«Por los papeles públicos, verá Usted el favorable curso 
que lleva la trasformacion de la América; i que, a escepcion 
de Coro, todo lo demás que ha sido objeto de las armas de 
nuestra libertad, ha sucumbido a su fuerza ausiliar en favor 
de nuestros hermanos i contra sus opresores. Por todas partes, 
triunfan las tropas de la independencia i libertad. No esceptúe 
Usted las de los mejicanos. No crea los informes de los gober- 
nantes españoles, ni de los individuos que siguen el falaz 
espíritu do su gobierno. Todos mienten; i yo saco la verdad 
de los sucesos, interpretando al revés todas sus relaciones. 
Cuando ellos refieren derrotas de patriotas, señal es que éstos 
son los vencedores. En la guerra con la república francesa, 
i en la orden de 30 de abril do 1810, aprendí yo a conocer la 
profundidad que tenia el océano de su mentir. Nada les creo 
desde que sus periódicos precedentes a la paz de Basilea me 
engañaron con tantos triunfos i victorias imajinarias obteni- 
das sobre los ejércitos republicanos. Nada les creo desdo que 
leí la orden con que la maldita rejencia prevenía a sus man- 
dones en estos países, i a sus alcahuetes, los inquisidores, que 
no permitiesen que la América leyese otros papeles, ni oyese 



DE DON ANDRÉS BELLO 107 



otras noticias, que las comunicadas por semejante corpora- 
ción. Estas eran las línieas que debíamos creer. ¡Qué iniqui- 
dad! ] Qué opresión i despotismo! 

«En Méjico, empezaron sus movimientos rejeneradores en 
julio del año próximo pasado por consecuencia de la noticia 
de Caracas. Los contrarios pidieron armamentos a Onis, ajen- 
te español en el Norte de América. Este despachaba la goleta 
Ramona en setiembre; pero fué detenida por aquel gobierno. 
A fuerza de las intrigas do Onis i su arlequin Sarmiento, hubo 
do salir en el mes siguiente con destino a introducir en Coro 
i Maracaibo parte de su cargamento, i llevar todo lo demás a 
Yeracruz. Esta fué detenida en Curazao i sujeta a un largo 
juicio de contrabando por falta de requisitos, como Usted mui 
bien lo sabe, i sabe igualmente que su arribada a esta isla no 
tuvo otro objeto, que el de averiguar el estado de Coro i Ma- 
racaibo, antes de meterse en ellos. 

«Ahí, en esa corte, se hallará el proceso por apelación; i 
entre tanto, continúan retenidos los efectos en Curazao. In- 
fiera Usted, pues, cómo podrían los tiranos derrotar en di- 
ciembre i enero a los patriotas mejicanos que habían tomado 
tanta fuerza, cuando no pudieron cortar, ni contener la revo- 
lución en sus principios. Si el primer impulso de Guanajuato, 
i su inmortal cura, no pudo ser reprimido cuando sus fuerzas 
eran nacientes i menguadas, ¿cómo serian derrotados, cuando 
pasaba de setenta mil el número de combatientes, i cuando ya 
tenían en sus manos las mejores armas, í en su partido, la ma- 
yor parte de la población de aquel reino? 

«No han pedido aun a sus vecinos anglo-americanos el au- 
silio que pronosticó nuestro amigo el señor Blanco en el discur- 
so de la cadena. Esta omisión es para mí otro comprobante de 
la superioridad que obtienen sobre sus enemigos. De otra suer- 
te, ellos habrían implorado el socorro de los primeros autores 
de la libertad e independencia americana. 

«Después del engrandecimiento de la revolución mejicana, 
faltan los situados de Puerto Rico i las fuerzas de Cartajena. 
Faltan, por consiguiente, los apoyos de Maracaibo, Coro i 
Guayana; i todos estos enemigos se hallan en deplorable si- 



108 VIDA 

tuacion. A pesar de las ilimitadas facultades del monarca Cor- 
tavarría, no pudo conseguir que Venégas, ni Vcracruz le 
enviasen siquiera una peseta en el bergantín destinado con 
esta comisión. Nada mas consecuente a la derrota de aquellos 
patriotas, que el tener ya muchos millones de minas i de bie- 
nes confiscados, i despojos de los derrotados. 

«Su majestad gaditana, por mantener la ilusión de las de- 
rrotas, quizá finje diputados i millones procedentes de Méjico, 
Veracruz i Habana. Yo no lo duelo de su mendacidad. 

«Refrenadas las conjuraciones suscitadas por Cortavarría 
en los valles de Aragua i Cumaná en febrero i marzo últimos, 
i conocida la impotencia de su corona, no ha ocurrido otra no- 
vedad de este j enero, ni me parece ocurrirá. Hai mucho en- 
tusiasmo por la causa; i subió demasiado en las fiestas del 
aniversario do nuestra rejeneracion. Yo quisiera que todos los 
enemigos do nuestra libertad e independencia hubiesen sido 
testigos de estas funciones. Ellos habrían quedado convenci- 
dos de la estension e intención que ha adquirido el sistema, i 
confesarían ser ya imposibles el trastorno, el engaño i la nueva 
subyugación. Yo no puedo esplicar a Usted el pormenor de 
los efectos del júbilo i de la alegría exaltada al mas alto grado, 
i su jeneralidad entro todas las clases, edades i sexos. 

«Todavía he admirado mas el aniversario hecho en la villa 
de San Fernando de Apure, porque aquellos pechos helados 
con la ignorancia i la esclavitud de tantos años, no parecian 
inflamables dentro de poco tiempo, ni que el fuego divino de la 
libertad haliia de levantar tantas llamas, como las que ardieron 
en las orillas del caudaloso Apure, celebrando el cabo de año 
de nuestra rejeneracion. 

«A vista do esto, se disminuyen algo la ceguera i obstinación 
do nuestros hermanos los españoles europeos; i para disponer- 
los mas a la independencia absoluta, i a que abracen mas es- 
trechamente nuestro santo sistema, les traigo a la memoria las 
cesiones i abdicaciones deBayon i la a, independencia i libertad 
que por ellas alcanzamos. El contrato celebrado entre los pue- 
blos i el monarca exijia quo Fernando i toda la casa de Borbon 
reunida en las cortes de Bayona hubiesen antes perdido la vida, 



DE DON ANDRÉS BELLO 100 



que otorgar semejantes actos enteramente contrarios al dere- 
cho do los hombres i de los pueblos, i a las relaciones contraí- 
das entre ellos, i el jefe supremo que debe cuidar de su defen- 
sa, beneficio i seguridad. I así como estos mismos pueblos de- 
rramaron su sangre i sacrificaron su vida para que la casa 
de Borbon se colocase en el trono de España con esclusion de 
la casa de Austria en la larga guerra de sucesión, así también 
debia ella hacer igual sacrificio en Bayona para no contribuir 
de ningún modo a cedernos i adjudicarnos al imperio de 
Francia, como si nosotros fuésemos ganados i bestias vendi- 
bles i comerciables a discreción i voluntad del propietario que 
las posee. 

«Fuera de la guerra de sucesión, los mismos pueblos, los 
mismos españoles americanos i europeos, han dado su vida i 
derramado su sangre por defender los derechos de la casa de 
Borbon, i por sostener sus caprichos. Lo mismo, pues, debió 
ella practicar, en lugar de firmar o condescender con las ab- 
dicaciones i cesiones de Bayona. Así lo exijia la igualdad i jus- 
ticia del contrato. Así lo pedia la justa retribución de los con- 
tratantes. Así estaba en el orden de la satisfacción i condigna 
correspondencia. Faltaron, pues, a este deber los Borbones, 
Claudicó por culpa, debilidad o ineptitud suya el contrato so- 
cial. Perdieron todo el derecho que habían adquirido; i noso- 
tros, absueltos del juramento i obligaciones que habíamos con- 
traído, quedamos libres e independientes para formar el gobier- 
no que mas importase a nuestra felicidad. 

«Inicuo i nulo sería el contrato en que yo prometiese sacrifi- 
car mi vida, i derramar mi sangre, por el otro contratante, sin 
que éste otorgase igual promesa. I mas inicua sería la duración 
i permanencia de este contrato, si, habiéndose ya derramado la 
sangre, i espuesto su vida el mismo contrayente, el otro rehu- 
sase ejecutar otro tanto, cuando se le presentó la ocasión, i en 
vez déla recíproca correspondencia, firmase i otorgase la venta 
i adjudicación de la otra parte o de sus herederos en favor de 
un usurpador estranjero. 

«Vuelvo a Miranda para decir a Usted que su actual conduc- 
ta trae la desconfianza de la mayor i mas sana parte del vecin- 



1 10 VIDA 

clario. Sus amigos mas notables son los Toros, los Ribas He- 
rreras i los Bolívares. Discminador de la discordia i chismes, 
no da un paso de conciliación. Trabaja incesantemente por ca- 
lumniar i desacreditar a los que no sufragaron por él, i por los 
Incas con los diez años de su duración. Procura escribir, i es- 
cribe sus cartas a los vecinos notables de la tierra adentro, re- 
comendando su persona, sus méritos i servicios. 

«Considero que ya Usted sabrá la conducta de Bolívar con 
Onis. Este tunante engañó a aquel joven en Filadelfia, i le 
comprometió a ser mediador para que Caracas reconociese las 
cortes, i enviase sus diputados, por lo cual ha ido don Telésforo 
Ojea a relevarlo. 

«Por los papeles públicos, habrá sabido Usted que don Miguel 
Sanz me sucedió en la secretaría de estado, pues, siendo yo 
miembro del congreso, como diputado del partido de la villa 
de Calabo, no podia ejercer una i otra función. A mi sucesor, 
he recomendado su instancia de ausilio pecuniario; i no dudo 
que sea atendida con buen suceso. 

«Basta ya de cartas, i mande Usted a su afectísimo conciu- 
dadano i amigo — Roscio. 

«Posdata.— En su casa, no hai novedad. Según me comunicó 
uno de sus hermanos, deben estar ya en Maríchcs su madre i 
familia. Su madre recibió de la junta una gratificación de tres- 
cientos pesos por contemplación a Usted. Na me acuerdo si ya 
le habia comunicado esta ocurrencia. La espedicion de Coro ha 
debilitado mucho las cajas. Está gastando algo la de la Guai- 
ra. Mas de sesenta mil pesos en frutos i pieles se han dirijido 
a Bolívar el de Norte América para comprar fusiles; i apenas 
nos ha suministrado los necesarios para un batallón, por mas 
que se le ha instado para que vengan. Yo sospecho que la ma- 
lignidad del ájente español será el oríjen de esta falta, pues, 
sabiendo el estado de Coro, Maracaibo, Guayana i Puerto Rico, 
me dice que vanamente deseamos armas, cuando no necesita- 
mos sino do máquinas do otro jénero. I efectivamente, ha en- 
viado una do hilar, otra de papel, otra de moneda, barajas i 
clavos, que importan once mil pesos, i tres fabricantes de pa- 
pel i do los filamentos. 



DE DON ANDRÉS BELLO 111 



«La Gaceta número 357, tiene la noticia de una fábrica do 
fusiles o máquina para fabricarlos, descubierta en Petare, que 
nos evitará el trabajo de buscarlos fuera de casa. » 

«Caracas, 31 de 1811. 

«Mi Amado Bello. 

«Cuando ésta llegue a sus manos, estará Usted instruido de 
mi larga contestación a sus antecedentes, i del estado político 
de Venezuela. Después de mi prolija carta, entró Miranda en 
el congreso como diputado de uno de los territorios capitulares 
de Barcelona; i su conducta en este encargo le granjeó mejor 
concepto. Se portaba bien; i discurría sabiamente. Proclama- 
mos nuestra independencia; i a pocos dias, apareció otra nueva 
conjuración aquí i en Valencia, donde se derramó mas sangre 
que en esta capital, porque los conjurados prevalecieron, i fué 
necesario destacar tropas para reducirlos. Quedaron reducidos 
a costa de la vida de cuarenta de los nuestros, í de mas de 
trescientos de los amotinados. En Caracas, se contuvo en el 
momento de su esplosion por la enerjía del pueblo; i luego, 
por sentencia del majistrado, fueron ajusticiados diez i siete. 

«Miranda salió a tomar el mando del ejército contra Valen- 
cia; i manifestó el vigor de la disciplina militar. Por esto, le 
resultaron algunos malcontentos que lo vituperaban i acusaban 
de ambición desmesurada. Otros le colmaban de elojios por 
su pericia militar. Otros le atribuían a impericia i falta de 
economía en la efusión de sangTe el haber atacado sangrienta- 
mente a Valencia el dia de su rendición i su víspera, cuando 
ya la carencia de agua tenia a los sitiados en la última necesi- 
dad de rendirse sin disparar un fusil. En fin, quedamos ya 
libres del cisma valenciano, orijinado de la malignidad de los 
españoles europeos; i conocemos el bien que nos ha traído esta 
conspiración para entrar en el castigo severo de los delincuen-> 
tes i de nuestros enemigos. Sin esta sangre derramada, nues- 
tro sistema sería vacilante, i nuestra independencia no quedaría 
bien establecida. 

«En América, todo va bien; i aunque estamos pobres por la 
falta de comercio, cobramos enerjía, i tratamos de fabricar 
moneda de papel. Antenoche regresó de Santa Fe,, el canónigo 



112 VIDA 

Cortes Madariaga. Aunque los empleados de cuatrocientos 
pesos para arriba están a medio sueldo, Usted esta esceptuado. 
El congreso se ocupa en la constitución; i se disolverá luego 
que ésta se termine. En su casa, no hai novedad, según la 
noticia adquirida en los primeros dias de este mes. 

«Salud, memorias al compañero, i mandar a su afectísimo 
compatriota — Rosero . 

«De la nueva conjuración, resultaron empleados algunos 
diputados, i yo encargado de las secretarías de gobierno, jus- 
ticia i hacienda por ahora.» 

La cosmografía enseña que si pudiéramos mirar a la dis- 
tancia la superficie de la tierra, aparecería enteramente lisa, sin 
asperezas, ni desigualdades. 

Las mas empinadas montañas se confundiarian con los mas 
profundos valles. 

Tal es precisamente lo que ocurre con los grandes hombres. 

Cuando los contemplamos de cerca i en detalle, percibimos 
todas sus flaquezas, como sucedió a Roscio con Miranda; pero 
cuando los estudiamos con la serenidad de espíritu producida 
por el trascurso de los años, i apreciamos sus hechos en con- 
junto, prescindimos de sus pequeneces i vanidades, i notamos 
solo sus proezas i méritos, como Bello lo hizo con el bene- 
mérito caraqueño patriarca de la revolución hispano-amcri- 
cana. 

Según don Juan Jerman Roscio lo indica en la segunda de 
las cartas precedentes, los patriotas de Venezuela, dejándose 
de disimulaciones, declararon, el 5 de julio de 1811, que, en 
lo sucesivo, su país sería independiente de la metrópoli. 

Esta cnérjica decisión causó un natural i violento despecho 
entre los realistas, los cuales apelaron a las armas para de- 
fender el antiguo réjimen. 

Don Francisco Miranda, nombrado jcncral en jefe del ejér- 
cito de la república, obtuvo entonces el puesto elevado a que 
aspiraba. 

Habiendo sofocado el 13 de agosto do 1811, una insurrección 
realista cuyo centro era la ciudad de Valencia, ganó mucho en 
la opinión, como Roscio lo reconocía en una de las cartas antes 



DE DON ANDRÉS BELLO 113 



copiadas, i como don Juan Robertson lo confirmaba en otra 
dirijida a Bello en 28 de setiembre de 1811. 

«Sé que el jeneral Miranda es ahora mui popular en todas 
las clases desde el asunto de Valencia, i su conducta posterior 
en Puerto Cabello.» 



l i ir^-» c 



V, DE B, 15 






X 



Algunas noticias referentes a la vida de don Andrés Bello 
en los años de 1811 i de 1812. 



Después de la partida de Miranda i de Bolívar, a fines de 
1810, López Méndez i Bello permanecieron en Londres para 
velar en aquella corte por los intereses de su patria, i desem- 
peñar las muchas e importantes comisiones que el gobierno de 
Venezuela, en medio de sus apuros de armas, pertrechos i au- 
silios, tenia que encomendarles. 

Los dos continuaron con unas mismas facultades, como 
siempre las habían tenido, aunque Bello fuera aparentemente, 
por un arreglo privado, solo secretario. 

Aquí puedo suministrar una nueva prueba para manifestar 
la exactitud de esta aseveración. 

Don José María Blanco White, ex-canónígo de la catedral 
de Sevilla, fundó el año de 1810, en Londres, una revista 
mensual titulada El Español para atacar la política peninsu- 
lar, i sostener, si no la independencia de las posesiones hispa- 
no-americanas, que entonces juzgaba prematura, una amplia 
i liberal reforma del sistema que la metrópoli habia creado en 
ellas. 

Debe recordarse que don Juan Jerman Roscio, en las cartas 
a Bello, insertadas anteriormente, aplaude las doctrinas de 
este periódico. 

Blanco, desde el principio, se mostró muí favorable a la 
junta de Caracas, i aun parece que le ofreció servirla en las 
columnas de El Español. 



DE DON ANDRÉS BELLO 115 



Con este motivo, el secretario de relaciones esteriores Ros- 
cio dirijió a Blanco, con fecha 28 de enero de 1811, un oficio 
de agradecimiento. 

Al reproducirlo Blanco, con su contestación, en el número 
16 de su revista, se espresa de este modo: 

«Oficio del secretario de relaciones esteriores del gobierno 
de Caracas al editor de El Español, recibido por mano de los 
diputados del mismo gobierno en Londres.» 

No es esto solo. 

El señor don Ramón Azpurúa, en los Documentos para la 
Vida Pública del Libertador de Colombia, Perú i Bolivia, 
tomo 3, pajina 12, da a conocer el siguiente aviso mui signi- 
ficativo de la Gaceta de Caracas. 

«El 25 de julio de 1811, don Luis López Méndez, i don An- 
drés Bello, diputados del gobierno de Caracas en Londres, 
pusieron en manos del redactor de El Español, un oficio de 
28 de enero de 1811 del señor Roscio.» 

Para servir a su gobierno i a sus compatriotas, Bello con- 
trajo relaciones, no solo con Blanco White, sino también con 
varios otros personajes de distinción, entre quienes merecen 
especial mención Jeremías Bentham i James Mili. 

Las dos cartas de Mili a Bello, que paso acopiar, hacen ver 
el celo que éste desplegaba para desempeñar su cargo con acier- 
to, i, entre otras cosas, para rectificar las noticias exajeradas 
o falsas que los enemigos de la revolución de Caracas hacían 
correr con el designio de desacreditarla en la Gran Bretaña. 

«Mi Querido Señor. 

«Ayer referí a Mr. Bentham i a Mr. Kol las circunstancias- 
que Usted me ha dado a conocer sobre el caso del caballero 
que ha sido tan vergonzosamente tratado por el indigno ciru- 
jano que viajó con él para Inglaterra. Ellos, manifestando 
grande indignación por el tratamiento que ese caballero ha 
esperimentado, aconsejan que no haga nada mas, porque, ha- 
biendo rendido fianza, no ha menester tomarse ninguna otra 
molestia, desde que no hai probabilidades de que ese villano siga 
adelante. Agregan que, como no dispone de dinero-, no conse- 
guirá abogado que le acompañe en una mala causa, sin espe*» 



116 VIDA 

ranza de remuneración; i que el objeto de eso villano ha sido 
solo atemorizar al caballero, presumiendo que, por ser estran- 
jero, temería naturalmente verse envuelto en un pleito, sin 
que le fuesen conocidas las leyes del pais, i pagaría el dinero, 
antes que oponerse a la demanda. Dicen también que el costo 
de la defensa subiría a lo sumo a veinte i cinco o treinta libras 
esterlinas, escepfco si fuera preciso traer del buque testigos, cu- 
yos gastos de trasporte hubieran de satisfacerse, pero piensan 
que esto no sucederá. 

«Tuvimos ademas una larga conversación sobre las relacio- 
nes de ciertas matanzas en Caracas, que han aparecido en los 
diarios. Como esas relaciones parecen haber producido aquí en 
el pueblo una profunda impresión, desfavorable a la causa de 
Caracas, fuimos de parecer que una refutación de ellas en el 
Morning Cíironicle, por lo menos, i en todos los demás diarios 
que la admitan, sería un servicio no pequeño para esa causa. 
La carta de Molini que menciona diez ejecuciones como el 
único sacrificio de vidas hecho a la revolución fuera del campo 
de batalla, suministra, entre otras pruebas, un fundamento 
para contradecir las aserciones de los españoles i otros enemi- 
gos de la independencia sucl-americana. 

«He considerado importante someter esta opinión nuestra al 
juicio de Usted i del señor Méndez; i si Ustedes piensan como 
nosotros, yo les recomendaría que diesen los pasos acostum- 
brados para publicar la refutación, tan pronto como Ustedes lo 
estimen conveniente. 

«Espero que hoi estará Usted mejor de su resfrío. 

«Con el mayor respeto para Usted i el señor Méndez, soi, 
querido señor, fielmente suyo — J. Mill. 

«Newington Green, diciembre 11 do 1811.» 

La matanza de Caracas a que alude la precedente carta fué la 
ejecución de unos cuantos individuos a quienes se tuvo por los 
mas culpables en una intentona de insurrección realista verifi- 
cada el 11 de julio de 1811, i denominada la revolución de los 
canarios, por haber sido oriundos do las islas de Canaria los 
que quisieron llevarla a cabo. 



DE DON ANDRÉS BELLO 117 



«Mi Querido Señor. 

«Acabo de recibir una carta de Mr. Brougham, el miembro 
del parlamento, a quien yo habia escrito para averiguar las 
particularidades de esa invención referente a nuestro amigo el 
jeneral (Miranda). Me felicito de comunicar a Usted que, como 
Usted ya lo sabrá, Mr. Vausittard se halla persuadido de que 
esa invención es una impostura española. Mr. Brougham me 
dice ademas, no solo que el doctor Wellesley es de la misma 
opinión, sino que, según cree, Mr. Yorke piensa igual cosa. 
No hai, por lo que parece, ninguna carta interceptada. Todo 
esto me ha causado gran satisfacción. 

«Considero que Usted no debe perder tiempo para informar, 
tanto a Mr. Vausittard, como a Mr. R. Wellesley, sobre los 
hechos relativos a Andriani: la noticia referente a él publicada 
en la Gaceta de Caracas; i las dos cartas, una que Usted vio 
dirijida al jeneral en que le prodigaba las mayores alabanzas, 
o mas bien, le invitaba a ira Caracas a fin de que dirijiese los 
negocios, i la otra que yo vi dirijida a un alto personaje de 
Londres, recibida pocos meses há, en la que pintaba al jeneral 
como un impostor peligroso, a quien habia conocido como tal 
veinte i cinco años. Esta segunda carta puede ser suficiente- 
mente certificada, i probablemente hasta exhibida, si fuera 
preciso. 

«Le recomiendo con todo encarecimiento el que refute de 
una manera eficaz esta historia. No dudo que Mr. Perry se ha- 
llará dispuesto a hacer amplia reparación en elMoRNraG Chro- 
nicle. I Usted puede mostrarle esta carta, si fuese necesario, 
como una prueba de que Mr. Brougham, autoridad superior a 
cuanto él pudiera desear, me ha escrito. 

«Mr. Bentham arreglará las cosas para la mayor comodidad 
de Usted en el jardín botánico de Salisbury, en Sloan Street. 

«Soi siempre, mi querido señor, mui fielmente suyo — J. 
Mill.» 

Es por cierto sensible que la concisión de la carta preceden- 
te no esplique con claridad cuál era la difamación lanzada con- 
tra el jeneral Miranda por Andriani. 

Por lo que toca a este personaje, aparece en una carta diri- 



118 VIDA 

| ida a Bello desde Caracas en 17 de diciembre de 1810, por 
don J. Isnardi, ser un conde italiano, el cual había ido a Ve- 
nezuela en calidad de viajero con recomendaciones del gobier- 
no de Curazao i del secretario coronel don Juan Robertson. 

Pero, sea cual fuere la difamación, resulta que, tanto Mr. 
James Mili, como don Andrés Bello, se esforzaron por des- 
mentirla, lo que prueba que el uno i el otro eran sinceramen- 
te amigos i admiradores del ilustre patriarca do la indepen- 
dencia hispano-americana, i, por lo tanto, que el uno i el otro 
participaban de sus doctrinas i propósitos sobre el particular. 

Don Andrés Bello, que había trabado conocimiento con Mr. 
James Mili en una biblioteca, mantuvo por bastante tiempo 
relaciones con este sabio, solo unos ocho años mayor que él, 
hallando en su conversación amplia materia para instruirse. 

Oyéndole discurrir, Bello se impuso en las teorías de la es- 
cuela utilitaria, las cuales aceptó en parte, i cuya influencia 
se trasluce en sus obras. 

Don Andrés Bello referia haber visto en casa de Mr. James 
Mili al hijo de éste, Juan Sfcuart Mili, niño aun, i vestido como 
tal, i haber oído al padre esclamar señalándoselo: 

— Ese chicuelo posee ya perfectamente el latín i el griego. 

Don Andrés Bello no aprendió el segundo de estos idiomas, 
en edad tan temprana; pero el haber llegado a los treinta 
años sin saberlo, no fué para él motivo que lo apartase de em- 
prender su estudio. 

López Méndez i Bello habían quedado en la casa del jeneral 
Miranda, que esteles habia cedido sin ninguna retribución. 

Ilabia en ella una biblioteca selecta, de que formaban parte 
los principales clásicos griegos. 

Bello, según su costumbre, se posesionó de este santuario 
do las letras, i pasó en él entregado a su culto todas las horas 
de que las ocupaciones del empleo, i las distracciones propias 
de la juventud, lo permitieron disponer. 

Los libros griegos que no comprendía, i cuyas bellezas co- 
nocia do fama, le llamaron particularmente la atención. 

Las dificultades del estudio no le arredraron jamas. 

Bu ansia de saber no era contenida por nada. 



DE DON ANDRÉS BELLO 119 



Había un idioma que ignoraba; ese idioma era el órgano de 
una gran literatura; tomó, pues., el partido de aprenderlo, eos- 
tárale lo que le costara, solo, como habia aprendido el ingles, 
recurriendo a los dos mejores maestros que .pueden tenerse: el 
talento i la aplicación. 

En Londres, su constancia fué coronada de resultados tan 
felices, como en Caracas. 

Al cabo de algún tiempo, Bello, gracias a sus esfuerzos, pu- 
do leer en el orijinal a Homero i a Sófocles, como habia con- 
seguido leer a Shakespeare i a Milton. 

Algunos consideraban mas útil la presencia de Bello en Ca- 
racas que en Londres, a causa de sus conocimientos, que eran 
mui raros en otros de sus compatriotas. 

Tal es lo que se infiere de las cartas escritas a Bello por 
Robertson, quien, aunque residente en Curazao, sostenía una 
constante correspondencia con los directores de los negocios 
públicos en Venezuela. 

Con fecha 1.° de mayo de 1811, le escribía: 

«Mui sinceramente desearía que Usted se encontrara ahora en 
Caracas, porque, en estas circunstancias, la presencia de Usted 
traería grandes beneficios para su país después de la práctica 
que Usted ha adquirido en Londres. Algún otro podría reem- 
plazar a Usted en la misma escuela superior, pues los jóvenes, 
sus compatriotas, necesitan urjentemente proporcionarse venta- 
jas iguales a las que, por fortuna, Usted ya ha alcanzado.» 

Con fecha 28 de setiembre de 1811, le anadia: 

«Si al fin yo sucediera al señor Méndez en Londres, desearía 
mucho que Usted se quedara, aunque he deseado amenudo 
que Usted se vuelva a Caracas. » 

La carta que sigue contiene algunos datos referentes a la 
legación venezolana en Inglaterra. 

«Caracas, 10 de marzo de 1812. 

«Mi Amado Bello. 

«Por las casas de relaciones mercantiles de Whason, hemos 
dirijido cuanto Ustedes necesitan para pagar lo que deben, i 
para sostenerse en esa corte hasta su retirada, que se aproxima. 

«Por la malicia del nuevo gobernador de Curazao, o admi- 



120 VIDA 

nistrador de correos, nada sabemos de Ustedes desde la última 
correspondencia: su fecha 4 de setiembre. Han retenido allí 
las demás de octubre, noviembre, diciembre i enero; i no han 
querido entregarlas. Primeramente se denegó a darlas el ad- 
ministrador, con motivo de no tener ninguno de los demandan- 
tes suficiente facultad para recibir nuestras letras. Dímosla a 
los señores Robertson and Belt. Entonces les dijo el adminis- 
trador que el gobernador tenia la correspondencia. Ocurren a 
él, i niega. Protestan, i da una contestación paliativa i ofen- 
siva. 

«Por la comunicación de estos nuevos aj entes, estará Usted 
instruido de esta ocurrencia; i tendrá copias de toda ella para 
proponer la queja al ministro i al director de postas i correos. 

«Otro tanto ha hecho el tal gobernador con el pailebot Prín" 
cipe, que aun permanece retenido; i niega su salida el bárbaro 
gobernador con el pretesto de esperar órdenes de su corte, i de 
no haber ésta reconocido la nueva bandera de independencia 
con que debe salir. Ya esto quizas estaría allanado, si se hu- 
biese representado al almirante de Jamaica. 

«El congreso se trasladó a Valencia; i yo estaré allá en el 
mes de abril. Guayana estará ya en poder de nuestras tropas. 
Nos faltan armas; pero estamos ya fabricando fusiles. También 
estamos próximos a la fabricación de moneda de cobre. Por las 
Gacetas, sabrá Usted lo demás que sea digno de saberse. 

«Salud i mandar a su afectísimo, que no tiene lugar de con- 
versar con los amigos, porque ha estado i está tan ocupado, que 
casi lleva el despacho de todas las secretarías del gobierno por 
varios acontecimientos domésticos; i por lo mismo, no está en 
Valencia con los demás miembros del congreso. Suyo — Ros- 
cío.» 

La carta que acaba de leerse suministra nuevos e irrecusa- 
bles testimonios para hacer ver que don Andrés Bello desem- 
peñó en Londres un cargo público enteramente análogo al de 
López Méndez, i por supuesto al de Bolívar. 



DE DON ANDRÉS BELLO 121 



Oríjen de la calumnia de infidencia levantada centra 
don Andrés Bello. 



La instalación de la junta de Caracas fué el resultado de una 
conmoción jeneral, i de dos conspiraciones, de las cuales, la 
una fracasó el 2 de abril, i la otra triunfó el 19 de abril de 
1810. 

En los quince dias que hubo de intermedio entre las dos, se 
aseguró por muchos que la primera habia sido desbaratada 
por un denuncio. 

El señor clon Aristídes Rojas ha observado que, cuando se 
hubo acertado la conspiración del 19 de abril, los escritores 
patriotas no imprimieron, en los años sucesivos, nada sobre la 
delación que, según se pretendió, habia estorbado la ejecución 
de la conspiración del 2. 

«La delación, dice, tiene su oríjen en los primeros dias de abril. 
Para el 20, principia la prensa patriótica sus trabajos revolucio- 
narios; i es de notarse cómo, ni en 1810, ni en 1811 , ni en 1812, 
ni en 1813, ni finalmente en 1814, nadie hubiera hablado de esta 
cuestión que, durante tantos dias, habia preocupado los ánimos, 
antes del 19 de abril. Ni una palabra en la Gaceta i periódicos 
de la capital, ni una palabra en los diversos folletos que se pu- 
blicaron en estos dias de intereses encontrados. 

«Este silencio de la prensa, en una época de efervescencia i 
de pasiones, habla mui alto en pro de los calumniados, i prue- 
ba que cuanto se dijo sobre el particular, en los primeros dias 
de abril, se limitó a conjeturas i sospechas, hijas de mas o 
menos desconfianzas entre los autores de la revolución.» 

El nombre de don Andrés Bello, como ya lo he advertido, 
no fué desde luego pronunciado entre los de los delatores. 

Trascurrieron los meses, i los odios se enconaron. 

Los realistas tuvieron mui a mal el que Bello hubiera for- 
mado parte de la legación a Londres, i el que hubiera trabajado 
con tanto empeño i eficacia, no solo por el sostenimiento de la 
suprema junta conservadora de los derechos de Fernando VII, 
sino por la declaración de la independencia. 



122 VIDA 

Inspirados por la furia política, aprovecharon la circunstan- 
cia de haber sido Bello simultáneamente empleado en la secre- 
taría de gobierno, i amigo de muchos do los revolucionarios, 
para lanzar la calumnia de que él había sido quien habia de- 
nunciado al presidente Emparan la intentona del 2 de abril de 
1810. 

Bello, aunque hijo de sus propias obras, i a pesar de grandes 
obstáculos, se habia granjeado ya una posición harto notable. 

Era esta una razón poderosa para que tuviese malquerientes. 

La envidia es la sombra necesaria de todo mérito. 

La calumnia inventada por los realistas encontró, si no asen- 
so, por lo menos complacencia en muchos que debieron recha- 
zarla indignados. 

No se contó entre esos, según el señor Rojas, «el venerable 
patricio i miembro de la revolución don Francisco Javier Us- 
táriz, íntimo amigo i conocedor de Bello, quien, escuchando 
que se imputaba a este empleado la delación, esclamó con 
noble carácter i erguida dignidad, en medio de una numerosa 
concurrencia: 

— Bello es incapaz de traicionar a sus amigos.» 

Don Andrés levantó una especie de información privada 
acerca de la verdad de los hechos que dejo espuestos. 

El señor Rojas, que ha tenido ocasión de examinarla, la 
estracta como sigue: 

«En cartas de Bello, de 1826, a su amigo íntimo el respeta- 
ble doctor J. A. de Álamo, i en la contestación de éste, halla- 
mos descrifrado el enigma de la calumnia. 

«Bello pregunta a Álamo si le constaba que la calumnia no 
tuvo su oríjen en 1810, sino mucho mas tarde, cuando las pa- 
siones puestas en fermento despertaron un odio encarnizado 
entre venezolanos i peninsulares. Excita Bello al doctor Álamo 
para que recoja de sus compañeros i amigos de 1810: Cristóbal 
Mendoza, Pedro P. Díaz, Sata i Bussi i otros, todo lo concer- 
niente a las diversas preguntas que hacía sobre el particular. 

«Sabedor Bello de que, para aquella fecha (1826), habia 
muerto su amigo Sata i Bussi, pedia a Álamo, Mendoza i de- 
mas compañeros si en alguna ocasión, después de 1810, habían 



DE DON ANDRÉS BELLO 123 



oído hablar a Sata i Bussi algo que contuviera conexión con 
semejante impostura. Recordaba Bello a Álamo, el aviso que 
le envió, al amanecer del dia 19, i en el cual le decia que tra- 
tara de esconderse, i de salvar a los amigos de la revolución, 
pues que, por Ledesma,* liabia sabido que la reunión que se 
habia efectuado en su casa (la de Álamo) frente a la Benefi- 
cencia, estaba delatada al jeneral Emparan. 

«Este aviso oportuno fué la causa de que el doctor Álamo 
se ocultara en la mañana del 19, hasta que fué sacado de su 
escondite por el padre José Félix Blanco, quien le dio el aviso 
de la prisión de Emparan. 

«La contestación de Álamo, así como la de Mendoza, Diaz i 
otros, fueron todas ellas mui satisfactorias para Bello. En éstas, 
manifestaban los consultados que todo aquello era una grosera 
impostura, nacida de la emulación que él habia despertado 
por haberle llevado a Londres Bolívar i Méndez, i por sus 
buenos oficios en pro de la independencia i buen nombre de 
Venezuela. 

« — Estas son tretas de los españoles, escribió Álamo, para 
dividirnos, desprestijiarnos, i sembrar los odios en nuestras 
filas. No te preocupes, querido Bello; abandona ese carácter 
vidrioso que tienes. Esa defensa es inoficiosa. Mas o menos 
todos los hombres mas notables de la revolución han sido ca- 
lumniados. La calumnia es el arma favorita de los españoles 
para desunirnos, i deshonrarnos ante el mundo. — » 

Los hechos que llevo referidos confirman el resultado de 
esta investigación privada de 1826. 

Si Bello hubiera sido adicto a la causa de la metrópoli has- 
ta el punto de denunciar a sus amigos i camaradas, ni la junta 
revolucionaria le habría confiado el cargo tan delicado de ajen- 
te en Londres, ni él se habría comprometido tan abiertamente 
en favor de la independencia. 

Por lo demás, la imputación se funda, no en documentos de 
cualquiera especie que sean, sino en simples rumores puestos en 

* Según el señor Rojas, este Ledesma era quizá oficial o portero de 
Emparan. 



124 



VIDA 



circulación por personas que tenían un interés de partido para 
propagarlos, i que emplearon un arma semejante contra otros 
patriotas esclarecidos. 

Lo cierto es que el asunto no merecería discutirse; i que si 
se dilucida, es solo por tratarse de un hombre tan prominente 
como don Andrés Bello, a quien la envidia de los unos se 
complace en lastimar con encarnizamiento, i la justicia de los 
otros, en defender con la enerjía inspirada por el mérito i la 
inocencia. 



XI 



Restablecimiento del réjimen colonial en Venezuela el ano de 1812, 



El año ele 1812, fué funestísimo para la revoluion de Vene- 
zuela. 

El jueves santo de ese año, 26 de marzo, sobrevino un es- 
pantoso terremoto, que redujo a escombros la ciudad de Cara- 
cas, i varias otras, i sepultó entre las ruinas mas de diez mil 
personas. 

Los habitantes, aterrados, huyeron a los campos i a los mon- 
tes, a fin de no verse espuestos a que nuevos sacudimientos de 
la tierra, que aguardaban por horas, los aplastasen bajo los 
edificios. 

Pero si tal determinación era una buena garantía contra el 
riesgo de los trastornos de la naturaleza, los sujetaba al de la 
intemperie, al del calor, al de las privaciones, al de las consi- 
guientes enfermedades. 

La consternación fué jeneral, i mui justificada. 

Muchos consideraron aquel cataclismo como un indicio ma- 
nifiesto de la cólera divina por la rebelión que habia empezado 
dos años antes, en otro jueves santo, 19 de abril de 1810. 

En tan críticas circunstancias, i utilizándolas, el caudillo 
realista don Domingo Monteverde, avanzó contra los republi- 
canos a la cabeza de un cuerpo de tropas levantado en Coro. 

Para conjurar el peligro, el gobierno independiente delegó 
todas sus facultades en Miranda, a quien nombró jeneralísimo; 
pero no obstante haber obtenido algunas ventajas, este jefe 
se encontró pronto en una situación que estimó irremediable. 



12G VIDA 

La desgracia había fomentado entre los revolucionarios las 
disensiones intestinas. 

La ciudad de Caracas i el puerto de la Guaira carecían de 
víveres. 

La población blanca estaba amenazada por los horrores de 
un alzamiento de esclavos negros, los cuales habían princi- 
piado ya a saquear las propiedades, i a perpetrar espantosos 
asesinatos. 

Miranda no se atrevió a prolongar por su parte semejante 
estado de cosas. 

Lo espuesto le indujo a aceptar, el 26 de julio de 1811, el 
convenio de San Mateo, por el cual se obligó a entregar las 
provincias sujetas aun al gobierno republicano, el armamento, 
los pertrechos de guerra, i los demás artículos de pertenencia 
nacional, mientras que Monteverde se comprometía a respetar 
la libertad, la seguridad i la propiedad de las personas, cuales- 
quiera que hubiesen sido sus opiniones i procedimientos en la 
revolución. 

Los realistas impulsados por el odio que tenían a Miranda, 
se apresuraron a atribuir la conducta de éste al motivo mas 
infame. 

Un escritor venezolano do triste memoria, cuyo nombro era 
don José María Diaz, en un libro impreso el año de 1829 con 
el título de Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas, ase- 
vera que fué él quien, por medio del marques de Casa León, 
excitó a Miranda a que entrara en arreglos con Monteverde. 

Léase ahora cual fué, según Diaz, el motivo indecoroso que 
el infortunado jeneral tuvo para acceder a la proposición. 

«El aventurero Miranda, dice, era el menos malo de todos 
los sediciosos. Meditó en la materia, i convino con el marques 
de Casa León en la necesidad del convenio. Pero le hizo presen- 
te que, encontrándose sin medios algunos para volverá Ingla- 
terra, estaban sus deseos en contraposición con su situación 
actual. El marques se aprovechó del momento; le ofreció mil 
onzas de oro; i con su aceptación, me avisó al punto para que 
le remitiese una parte de ellas a la Victoria, i estuviesen pron- 
tas las demás en Caracas i la Guaira. En su consecuencia, se 



DE DON ANDRÉS BELLO 127 



dio principio a la capitulación. Esta se firmó el 2G de julio, 

ratificándose por ambas partes 

«Yo remití doscientas cincuenta onzas a la Victoria, i se 
aprontaron las setecientas cincuenta restantes en Caracas i la 
Guaira; pero habiendo sido preso Miranda en aquel puerto por 
el mismo comandante que él habia nombrado, antes de re- 
cibirlas, no tuvo el marques que hacer el desembolso de las 
últimas.» 

Lo peor del caso fué que esta calumnia se propagó en los 

dias mismos del suceso; i algunos jefes i oficiales patriotas, 

que desaprobaban el convenio de San Mateo, creyeron en ella. 

Obcecados por este error, pusieron preso en la Guaira al 

jeneral Miranda. 

Es de lamentarse que el coronel Simón Bolívar tuviera una 
participación mui considerable en aquella tropelía contra su 
ilustre compatriota. 

A consecuencia de esto, Miranda cayó en poder de Monte- 
verde, quien, violando desvergonzadamente las leyes del honor, 
i las estipulaciones del pacto, le retuvo desde luego en las 
bóvedas de dicho puerto, desde donde fué trasladado sucesi- 
vamente de calabozo en calabozo, hasta ir a parar al arsenal 
de la Carrara en España. 

Fueron sin cuento las vejaciones i los tormentos que hubo 
de soportar. 

La persona que asistía a Miranda en su enfermedad, des- 
cribe como sigue las circunstancias de su muerte i entierro, 
en una carta publicada por Bello. 
«14 de julio de 1816. 

«En esta fecha, a la una i cinco minutos de la mañana, en- 
tregó su espíritu al Criador mi amado señor don Francisco de 
Miranda. No se me ha permitido por los curas i frailes le haga 
exequias ningunas, de manera que, en los términos que espi- 
ró, con colchón, sábanas i demás ropa de cama, lo agarraron 
i se lo llevaron para enterrarlo; de seguida, vinieron, i se lle- 
varon todas sus ropas, i cuanto era suyo para quemarlo.» 

Esos cuatro años de martirio, i esa muerte desastrosa, des- 
mienten mui alto la calumnia de las mil onzas. 



128 VIDA 

Los compradores de conciencias no tratan así a los que 
venden las suyas. 

El señor don José Manuel Restrepo, en la Historia de la 
Revolución de la República de Colombia, edición de 1858, 
protesta contra la malévola invención de Diaz. 

«Lejos de nosotros, dice, la menor idea de que un interés 
pecuniario hubiera influido en el animo del jeneralísimo para 
capitular. Esta patraña inventada por algunos escritores rea- 
listas, que aun dicen haber recibido a cuenta setecientas cin- 
cuenta onzas de oro,* es una verdadera calumnia, que recha- 
zamos con indignación, i para la cual no hubo fundamento 
razonable.» 

Para ser consecuente el señor Restrepo, debió contradecir con 
igual enerjía otras calumnias de la misma especie, que Diaz no 
osó asegurar de ciencia propia, como la que lanzó contra el be- 
nemérito don Francisco Miranda. 

Lo sucedido, tanto con el insigne patriarca de la indepen- 
dencia hispano-americana, como con el bajo otros aspectos no 
menos esclarecido don Andrés Bello, demuestra que los realis- 
tas de Venezuela emplearon para combatir a sus enemigos, no 
solo las balas, los destierros, las prisiones, i los cadalsos, sino 
también ademas las falsas imputaciones contra la honra. 

Fué aquel un plan infernal de difamación, a cuyo triunfo es 
sensible que algunos patriotas, sea por lijereza, sea por moti- 
vos menos disculpables, hayan cooperado. 



Angustiada situación en que la reconquista española de Venezuela 
colocó a don Andrés Bello. 

El restablecimiento del réjimen colonial en Venezuela el 
año de 1812, fué un desastre tan abrumador, que, por lo pron- 
to, arrebató aun a los mas visionarios hasta el consuelo de la 
esperanza. 



* Esta es una equivocación, pues Diaz asevera que Miranda recibió 
solo doscientas cincuenta onzas. 



DE DON ANDRÉS BELLO 129 



Este enorme infortunio afectaba a López Méndez i a Bello, 
no solo en sus sentimientos de ciudadanos, sino también en sus 
intereses de individuos privados. 

Las vicisitudes de la guerra de Venezuela habían sido causa 
de que sus sueldos se les remitieran tarde, mal, i en ocasiones 
nunca. 

En vez de ahorros, tenían deudas; i tener deudas entonces 
en Inglaterra importaba la cárcel, porque el que no pagaba iba 
a ella. 

López Méndez lo supo por esperiencia. 

Este ardiente patriota, para desempeñar los encargos de su 
gobierno, contrajo créditos bajo su responsabilidad personal; i 
como no recibió de Venezuela fondos para satisfacer esos cré- 
ditos, corrió la suerte de los deudores ordinarios insolventes, 
i sufrió como ellos la pena de prisión. 

Según clon Andrés Bello, no bajaron de siete las ocasiones 
en que López Méndez fué a la cárcel con motivo de esas deudas. 

Hé aquí lo que el señor don José Manuel Restrepo refiere 
sobre este punto en la nota 39 del tomo 2 de su obra. 

«Varias veces, oímos decir al jeneral Bolívar que el verda- 
dero libertador de Colombia era López Méndez. Aseguraba 
que él nada hubiera podido hacer en la célebre campaña de 
1819, sin los oportunos i eficaces ausilios de toda clase que 
aquel le proporcionó en Londres, empeñando su propia res- 
ponsabilidad, i la del naciente i aun mal afirmado gobierno de 
Venezuela, comprometimiento peligroso, que sujetó a López 
Méndez a ser llevado a la cárcel, donde estuvo largo tiempo, 
por no haber podido cumplir las obligaciones contraídas a 
nombre del gobierno de Venezuela. » 

Por esto, don Andrés Bello, que hacía a su antiguo colega 
la debida justicia, lamentaba que un historiador tan discreto 
como don José María Baralt, no hubiera hallado otro califica- 
tivo para caracterizarle, que el de «hombre turbulento i de 
trastienda». 

Entre tanto, ese~ ciudadano dilijente, que sirvió a su país 
con tamaño desprendimiento, vino a morir, ignorado i redu- 
cido a la miseria, en nuestra villa de Casa Blanca. 

V, DE B. - 17 



130 VIDA 

Tornemos ahora a los apuros pecuniarios de los dos ex- 
ajentes de un gobierno que había dejado de existir. 

La jenerosidad del ministerio británico salvó por lo pronto a 
López Méndez i a Bello de las molestias de la miseria, asig- 
nando al primero una pensión de mil doscientas libras ester- 
linas, de que éste participó al segundo. 

Habiendo durado solo un año el ausilio mencionado, los dos 
venezolanos tuvieron que separarse para buscar la vida cada 
uno por su lado. 

Bello se encontró casi perdido en la populosa Londres, peor 
que estranjero, pues estaba proscrito, sin protección, sin fami- 
lia, sin hogar. 

La penuria de su situación era agravada por la circunstan- 
cia de que tenia encima dos acreedores, a quienes adeudaba 
cantidades que para él eran fortísimas. 

Esos acreedores eran el zapatero i el sastre que habían pro- 
visto a su vestido. 

Bello no podia absolutamente pagar las cuentas, ni de uno, 
ni de otro. 

En tal aflicción, satisfizo al zapatero con lo poco que tenia, 
i se presentó al sastre, confesándole su insolvencia. 

Ese artesano, llamado Newport, no solo concedió a don An- 
drés cuantas esperas éste habia menester, sino que llevó la je- 
nerosidad hasta ofrecerle que continuara vistiéndose en su 
tienda. 

Libertado, como queda dicho, del riesgo de ir a habitar la 
cárcel, Bello tenia que resolver el difícil problema de propor- 
cionarse recursos para ganar la vida. 

No podia pensar en volver a Venezuela. 

La campaña emprendida por Bolívar el año de 1813, i los 
triunfos que obtuvo en ella, hicieron concebir a Bello algunas 
esperanzas; pero los reveses de 1814, i la sumisión del país al 
réjimen español, que fué su consecuencia, no tardaron en arre- 
batárselas. 

Don Luis López Méndez dirijió entonces a Bello la descon- 
soladora carta que va a leerse. 



DE DON ANDRÉS BELLO 131 



«Noviembre 14 de 1814, 
«Estimado Amigo. 

«Reciba Usted muchas espresiones, i la inclusa de don José 
Vicente Galguera, que, junto con su mujer, don Francisco 
Martínez j hijo de don Félix Martínez, i don Pedro Pablo Diaz 
Flores, hijo de don Antonio Diaz Flores, emigra de Caracas 
el 7 de julio, a la entrada allí de Bóves, i pasó a San Tomas, 
de donde ha venido a Liverpool, donde se halla con ánimo de 
venir a esta capital, a fines de este mes, o principios del en- 
trante. La pintura que me hace de Caracas es sumamente ho- 
rrorosa, i la idea que ha dejado en mi espíritu me hace estre- 
mecer incesantemente. Aquel país desapareció ya, i salo le 
habitan hombres convertidos en fieras. 

«Por un buque ingles de guerra, que llegó la semana pasada 
de Jamaica con la noticia del almirante de aquel apostadero, 
han venido cartas de Santa Fe hasta el 9, i de Caracas hasta 
el 21 de setiembre, en que se anunciaba la llegada a aquel 
puerto, i marcha para el congreso federal de la Nueva Grana- 
da, existente en Tunja, de Bolívar con Marino i cincuenta ofi- 
ciales de todos grados, los que evacuaron a Cumaná, pasándose 
en varias lanchas a Margarita; después, en un bergantín ingles 
de guerra, a San Tomas; i desde aquí, en una fragata de igual 
condición, a Cartajena. 

«Bóves tomó a Cumaná después de ttna acción muí san- 
grienta, en que él perdió quinientos hombres; ninguna otra 
circunstancia se menciona. 

«La familia de mi hermano Isidoro (el cual murió de enfer- 
medad en febrero anterior) emigró a Curazao, de donde, con 
fecha de 24 de agosto, he recibido una carta de mi sobrino Vi- 
cente, hijo de aquel, que confirma la muerte de su hermano 
José Lorenzo en las bóvedas de la Guaira, cuando la domina- 
ción de Monteverde. Mi hijo Manuel murió en la acción del 
Mosquitero, cerca de Puerto Cabello, con la bandera en la 
mano. Los otros dos, Francisco i José Miguel, estaban en el 
ejército de Urdaneta, compuesto de dos mil i quinientos hom- 
bres, que se ha retirado a los confines de Santa Fe, de donde 



132 VIDA 

se asegura volvería con fuerza considerable a reconquistar la 
provincia. 

«Todo lo que antes era virreinato de Santa Fe son ahora las 
provincias unidas de la Nueva Granada, con gobierno entera- 
mente independiente de España, de Fernando VII i do toda 
estraña dominación. El congreso federal, i poder ejecutivo, so 
han fijado en la ciudad de Tunja, por mas central. Cartajena 
es una de las provincias confederadas, junto con las demás 
que están fuera del yugo español, con inclusión de Popayan, 
tomada últimamente por los independientes. Faltan Quito i 
Guayaquil por el sur, i Santa Marta por este otro lado, para 
cuya ocupación, se hacen grandes preparativos por todas las 
provincias confederadas. 

«Páselo Usted bien, i mande a su atento amigo i servidor 
Q. B. S. M. — Luis López Méndez.» 

Si hubiera sido fundada la calumnia realista de haber de- 
nunciado Bello la conspiración del 2 de abril de 1810, era na- 
tural que, en aquella angustiosa situación de su vida, hubiera 
representado al gobierno de la metrópoli el mencionado servi- 
cio, e implorado su protección, la cual aquel gobierno le habría 
concedido, como lo hizo con otros de los americanos que de- 
fendieron el rejimen colonial. 

Pero en lugar de acudir al de España, Bello recurrió al 
gobierno do Nueva Granada. 

Hé aquí lo que el señor don Aristídes Rojas nos hace saber 
acerca de este punto. 

«Cuando Bello supo en Londres el desastre de Venezuela, i 
la salida precipitada de Bolívar, sus esperanzas de regresar al 
suelo patrio se sepultaron; i sabiendo por las noticias que toda- 
vía se conservaba en Nueva Granada el gobierno republicano, 
ofició a éste, a principios de 1815. Manifestó Bello en su re- 
presentación al gobierno jeneral que, habiendo sucumbido 
Venezuela, su empleo en Londres quedaba de hecho termi- 
nado; i que, no pudiendo regresar a su país natal, en poder 
de los ejércitos españoles, participaba al gobierno de Colombia 
su deseo de establecerse en la única sección de América que se 
hallaba todavía independiente. Esta comunicación, que acom- 



DE DON ANDRÉS BELLO 133 



paño el señor José M. del Real, ájente diplomático de Nueva 
Granada en Londres, con su correspondencia dirijida al go- 
bierno, fué interceptada por las tropas del jeneral Morillo, i 
remitida a España.» 

No habiendo surtido efecto esta jestion ante el gobierno do 
Nueva Granada por el motivo que el señor Rojas espresa, don 
Andrés Bello se dirijió al de Buenos Aires. 

El siguiente oficio, inédito hasta ahora, cuyo testo orijinal 
tengo a la vista, da a conocer el resultado de la solicitud a 
que aludo. 

«Ayer recibió el supremo director de estas Provincias del 
Rio de la Plata una comunicación de Usted, fecha de 3 de 
agosto pasado, en que, manifestando la triste situación a que 
ha quedado reducido por las desgracias que ha sufrido el país 
de su oríjen, concluye implorando de Su Excelencia los ausi- 
lios necesarios para trasportarse a estas provincias, donde le 
será satisfactorio poner en ejercicio sus luces i sentimientos 
patrióticos. En su consecuencia, me ha ordenado contestar a 
Usted, como lo verifico, que, con esta misma fecha, previene 
al señor don Manuel de Sarratea, diputado (representante) de 
esta corte en ese reino, que le proporcione a Usted dichos ausi- 
lios para su trasporte a estos países, donde hallará Usted la 
hospitalidad digna de los distinguidos servicios que Usted ha 
prestado a la mas justa de las causas, i que hacen mas reco- 
mendables los padecimientos de nuestros desgraciados herma- 
nos de Caracas. Con esta ocasión, aprovecho la de ofrecer a 
Usted las consideraciones de aprecio i sincera estimación que 
tendría el placer de acreditar a Usted en persona, verificado el 
caso de trasladarse a estas rejiones. 

«Dios guarde a Usted muchos años. — Buenos Aires, noviem- 
bre 15 de 1815. — Gregorio Tagle. 

«Señor Don Andrés Bello, diputado de Caracas.» 

La continuación de este relato hará saber cuál fué el motivo 
probable que don Andrés Bello tuvo para no venir a Buenos 
Aires, después haber pensado trasladarse a esta ciudad, i de 
haberlo solicitado. 

Para ello, es menester que yo empiece por manifestar lo» 



J34 VIDA 

medios de que Bello se valió para atender a su subsistencia, 
cuando el ministerio ingles suspendió a López Méndez la pen- 
sión que el primero aprovechaba en parte. 

En aquella congojosa situación, Bello resolvió pedir consejo 
a la amistad, i fué a consultarse con Blanco White, el reputa- 
do redactor ele El Español, con quien le habia unido la comu- 
nidad de gustos literarios. 

El sabio periodista, impuesto de la escasez que molestaba al 
joven, le persuadió que buscara en la enseñanza del latin, del 
francés i del castellano una áncora contra los embates de la 
mala suerte. 

El último de los idiomas mencionados estaba entonces muí 
a la moda en Londres. 

Hasta las mujeres querían aprenderlo. 

Era imposible que, en tales circunstancias, le faltaran dis- 
cípulos. 

Sucediendo al pió de la letra como Blanco lo habia previsto, 
Bello encontró un número de alumnos suficiente para que sus 
retribuciones le permitieran, no solo subsistir modestamente, 
.sino aun hacer pequeños ahorros. 

Si hubiera permanecido solo, su suerte, aunque a costa 
de una labor ardua, habría sido asegurada; pero esa necesidad 
de alimentar en el alma afectos tiernos, le impulsó a formar 
una familia en el país estranjero que habitaba, haciéndole 
-contraer matrimonio con una dama inglesa, doña María Ana 
Boyland. 

Al principio, Bello solo tuvo motivos de felicitarse por la 
resolución de tomar una esposa digna de llevar su nombre. 

Los goces domésticos le compensaron ampliamente las 
amarguras pasadas i presentes. 

Aunque los escasos honorarios que ganaba, no habrían bas- 
tado para proveer con desahogo a la subsistencia de dos'pcrso- 
nas, sin embargo, esto no le inspiró desde luego cuidado, 
porque tenia economías de que echar mano para llenar el 
déficit. 

Su situación podía considerarse, si no próspera, por lo me- 
óos tolerable. 



DE DON ANDRÉS BELLO 135 



Lo que había de inquietante era el porvenir; mas la felici- 
dad del presente hace casi siempre no fijar la vista en las nubes 
que encapotan el horizonte. 

En aquel tiempo, Bello trabó amistad con el patriota chileno 
don Francisco Antonio Pinto, a quien una misión diplomática 
había conducido a Europa, i que prestó a don Andrés servicios 
recordados siempre por éste con gratitud. 

Apunto el hecho porque sus relaciones con Pinto habían de 
ser útiles a Bello no solo en aquella ocasión. 

Entre tanto, una escasez alarmante de recursos empezó a 
aflijir a Bello. 

Su familia se habia aumentado con el nacimiento de su hijo 
Carlos, el cual ocurrió el 30 de mayo de 1815. 

Sus ahorros se habían agotado. 

Sus entradas, por naturaleza bastante eventuales, se habían 
disminuido. 

Por mas que se afanaba en buscarlos, no hallaba arbitrios 
para sostener la vida, que jeneralmente es tan cara en las po- 
blaciones europeas. 

A las angustias de la pobreza, que le invadía aprisa, se 
agregaban las ansiedades que hubo de soportar para conseguir 
que sus apuros fuesen ignorados por su esposa, a quien quería 
ocultarlos a toda costa, i que, viendo sus necesidades satisfe- 
chas, solia interrogar admirada a su marido sobre los arbi- 
trios que empleaba para que su bolsillo no estuviera nunca 
vacío. 

Estas chanzas de la señora causaban a Bello un profundo 
dolor. 

¿Cómo impedir que la desgraciada mujer perdiera tan risue- 
ña ilusión? 

¿Qué hacer? 

¿Cómo i dónde hallar trabajo? 



136 VIDA 



Relaciones de don Andrés Bello con don José María Elanco White. 



Don José María Blanco White era, como pocos hispano- 
americanos lo ignorarán, un eclesiástico español, que, después 
de haber representado cierto papel en la Península, i de haber 
redactado en Sevilla, junto con don Juan Alvárez Guerra, don 
Alberto Lista i don Juan Nicasio Gallego, el Semanario Pa- 
triótico, renunció a su relijion i a su patria para ir a residir 
en Inglaterra, donde supo adquirirse gran nombradla con sus 
escritos en castellano i en ingles, dos idiomas que poseía per- 
fectamente, i donde el ex-canónigo de la catedral católica de 
Sevilla llegó a ser canónigo de la catedral anglicana de San 
Pablo. 

Blanco White dio a la estampa en Londres, desde 1810 has- 
ta 1814, El EsPxVñol, revista mensual, en que sostuvo con ta- 
lento i constancia las doctrinas liberales, i mui pronto también 
los intereses i derechos de la América Española en contra de 
la metrópoli. 

Don Antonio Alcalá Galiano dice que El Español, «vino a 
ser como periódico de oficio» de los americanos ya en guerra 
con la España. 

Esta adhesión de Blanco White a los revolucionarios del 
nuevo continente le atrajo, como es de presumirse, la malevo- 
lencia apasionada de la jeneralidad desús compatriotas. 

Habiendo querido don Alberto Lista dedicarle en 1822 la co- 
lección de sus poesías, no creyó conveniente designarle, sino 
bajo un nombre supuesto, porque, a pesar de ser uno de sus 
mejores amigos i hombre del mérito mas sobresaliente, los su- 
cesos políticos lo habían separado para siempre de España. 

Como era natural, el mismo motivo que los españoles euro- 
peos tuvieron para malquerer a Blanco White, impulsó a los 
españoles americanos para apreciarle i admirarle. 

Ya he tenido oportunidad do referir cómo empezaron sus 
relaciones con Bello, i cómo fué él quien le aconsejó que bus- 
cara en la enseñanza el medio de ganar la vida. 



DE DON ANDRÉS BELLO 137 



Los gustos literarios concluyeron de estrechar una amistad 
que había principiado por la analojía de los propósitos polí- 
ticos. 

He tenido ocasión de examinar documentos en los*"cuales 
consta que uno i otro se facilitaban libros i periódicos, i se di- 
rijian recíprocas consultas sobre materias de estudio. 

La carta de Blanco White, que reproduzco a continuación, 
suministra una idea de la cordialidad que se había establecido 
entre él i Bello. 

«Holywell Oxford, diciembre 15 de 1814. 

«Amigo Mió. 

«Un pliego de los estractos de Azara, valiéndome de la li- 
bertad que Usted me dio respecto de estos papeles, fué a la 
imprenta; i aunque creo que lo recojí otra vez, no lo encuen- 
tro. Me consuelo con que lo hallará Usted, casi a la letra, en 
El Español, de venerable memoria; i pido a Usted que perdo- 
ne esta falta mia en el cuidado de sus papeles. 

«Yo había pensado ir a esa después de pascua, pero he 
tenido un fuerte ataque de mi tos invernal, del cual estoi 
sufriendo todavía; i no creo prudente ir a esponerme a una 
recaída. 

«¿Cómo están los griegos i tróvanos de por esos mundos? 
Yo estoi tan escaso de noticias, que ni aun los papeles de esa 
ciudad veo. ¿Ha sabido Usted algo de su tierra? 

«Supongo que, de cuando en cuando, se encontrará Usted 
en esa con la flor i nata de la política española, es decir, con 
los perseguidos i perseguidores liberales. Tiemblo al tomar el 
asunto en pluma, por no decir en boca. 

«Páselo Usted bien, amigo mió; i esté seguro del constan- 
te deseo que tiene de su felicidad de Usted ; su afectísimo, Q. 
S. M. B.— J. B. White.» 

El redactor de El Español, que era bastante estimado en 
Inglaterra, puso a Bello en relación con algunos personajes, 
de lo cual ofrece un ejemplo la siguiente carta: 

«Enero 17 de 1818. 

«Amigo i Señor Mió. 

«Habiendo mentado a Usted delante de Mr. Wilberforce, 



133 VIDA 

mostró mui vivo deseo de tener una conversación con Usted 
sobre asuntos americanos. Yo le prometí que haria lo posible 
por conseguir de Usted le hiciese una visita, cualquiera maña- 
na, escepto domingo, a la hora de su almuerzo, que es a eso 
de las diez i media. Si Usted puede hacerme este favor, no 
tiene Usted mas que decir que va de parte]mia. Vive en Ken- 
sington Gore, casi enfrente de la Piedra de 1 Milla desde Hyde 
Park Córner. 

«Perdone Usted, i mande a su afectísimo amigo — J. B. 
White.» 

Don José María Blanco White «tenia alma jenerosa», dice 
don Bartolomé José Gallardo, que fué su contemporáneo i ami- 
go, i que le trató mui de cerca. 

I asilo manifestó con Bello, cuya angustiosa situación se es- 
forzó por aliviar en cuanto estuvo a sus alcances. 

Voi a copiar dos cartas de Blanco White, que confirman la 
aserción precedente: 

«Holland House, diciembre 30 de 1815. 

«Estimado Amigo. 

«La historia de los socorros del gobierno a Usted i a Mier 
es esta. Sabiendo yo sus apuros de Usted, busqué ocasión de 
hablar a lady Holland sobre el asunto, introduciéndolo como 
mera narración. Esta señora, sin decirme nada por el pronto, 
se interesó con el almirante Fleming para que espusiese su 
caso do Usted al gobierno, pidiéndome para el efecto una pe- 
queña nota en español, en que yo lo espuse, añadiendo que la 
petición se hacía sin saberlo el interesado. Lady Holland aña- 
dió las circunstancias de Mier de palabra; i dentro de pocos 
dias, Fleming dijo que la petición estaba concedida. La ines- 
perada ausencia de este sujeto puso a Usted en dificultades, no 
porque las hubiera en realidad, sino porque Usted no podia 
fácilmente llegar a donde se hallaban los papeles gracias a la 
intolerable petulancia de los criados i jentes de escalera abajo 
en las oficinas. Sabiendo yo esto, dirijí a Usted a Murphy, cu- 
ya activa benevolencia me es mui conocida; i este habló a sir 
Henry Wellesley, en cuyo poder se hallaban los papeles i el 
dinero. Murphy cree que logró que sir I Icnry enviase los me- 



DE DON ANDRÉS BELLO 139 



moríales con un buen informe para en caso de que, de aquí a 
algún tiempo, sea necesario" repetir la petición. 

«Doi esta relación por hacer justicia al buen corazón de lady 
Holland, que, con tanto empeño, tomó una mera narración del 
apuro de dos hombres a quienes no conoce. 

«Deseo a Usted muchas felicidades; í soi su afectísimo ami- 
go — J. B. White.» 

«Holland House, enero 5 de 1816. 

«Estimado Amigo. 

«Yo he espresado bastante vivamente el agradecimiento de 
Usted en jeneral a lady Holland; i como ya ha pasado tiempo, 
parecería cosa concertada cualquier otro medio que Usted to- 
mara de darle gracias. Así es que, en mi opinión, será mejor 
dejar la cosa como está. 

«Mis sensaciones desagradables respecto de España no se es- 
tienden a Usted mas, ni de otro modo, que a mí mismo. Yo 
siempre tendré placer en ver a Usted. Cualquiera otra impre- 
sión que Usted tenga sobre esta materia es imajinaria. 

«¡Pobre botánica! Se acabó para mí al presente. Mi situa- 
ción, aunque excelente en todo, están confinada, que solo ten- 
go dos o tres horas, antes de irme a acostar, verdaderamente 
robadas al sueño, en que puedo leer para mi aprovechamiento; 
i en éstas, ¿qué le parece a Usted que hago? Medir a Horacio 
de pies a cabeza, i revolver palillos de gramática. Con todo, 
no puedo quejarme, sino de mi mala educación cuando mu- 
chacho, í de mi torpeza cuando viejo. Si no fuera por esto, 
podría emplear mi tiempo en gozar las bellezas de los autores 
griegos, en vez de romperme la cabeza con las majaderías de 
los gramáticos. 

«Páselo Usted bien, i mande a su afectísimo amigo — J. B. 
White.» 

El gobierno ingles ha ausiliado siempre a los hombres de 
mérito, desprovistos de recursos, a quienes las vicisitudes de 
la política han obligado a buscar un asilo en la Gran Bre- 
taña. 

El ministro Canning, por ejemplo, señaló a este mismo don 
José María Blanco White, cuando la cesación de El Español 



140 VIDA 

agotó la fuente de sus entradas, o por lo menos las disminuyó 
mucho, una pensión de doscientas libras esterlinas anuales. 

Sin embargo, esos socorros no eran siempre constantes, 
como ya lo hemos podido observar por lo que respecta a Ló- 
pez Méndez i a Bello en una ocasión anterior. 

El ausilio pecuniario que la noble hospitalidad del gobierno 
ingles proporcionó a Bello en 1816 no tardó en consumirse. 

Trascurridos algunos meses, don Andrés tornó - a encontrar- 
se en iguales angustias. 

Por mas que hubiese buscado una ocupación cualquiera, no 
había podido hallarla. 

Notando con espanto que sus medios de subsistencia iban a 
concluirse, Bello acudió otra vez a Blanco White. 

La carta siguiente da a conocer el empeño que, tanto éste, 
como el coronel Murphy, tomaron para servir al amigo que 
estaba en tamaña aflicción. 

«Lunes por la mañana. 

«Amigo Mió. 

«Hablé a Murphy ayer, i estoi seguro de que, si él se halla- 
ra en la situación que antes, tendría Usted al momento un 
medio de sosegar su inquietud, i vivir decentemente hasta 
mejores tiempos. Pero a falta de esto, me manifestó el mayor 
interés por Usted; pensó en una porción de j entes que acaso 
pudiesen darle a Usted empleo; i me sujirió una persona, 
a quien acabo de escribir sobre el asunto con cuanto empeño 
soi capaz. Es un comerciante correspondiente do mi padre. 
Si éste no puede, se acudirá a otro que Murphy ha pensado. 
En fin, se hará cuanto el mas vivo deseo de sacar a Usted de su 
apuro puede dictarnos. ¡Ojalá los medios fuesen iguales al deseo! 

«Do Usted afectísimo — J. B. White.» 

Las dilij encías de Blanco White i de Murphy no surtie- 
ron el pronto resultado que Bello habia menester. 

Llegó una noche en la cual Bello se vio sin el dinero preci- 
so para alimentarse, i sin saber de dónde sacarlo. 

Desde el dia siguiente, iba a principiar para él la miseria, 
una miseria que le espantaba, porque parecía caerlo encima 
sin remedio posible. 



DS DON ANDRÉS BELLO 141 



Pero en ese dia, que él tenia como tan funesto, recibió el 
billete que va a leerse: 

«Holland House, octubre 23 de 1816. 

«Amigo Mió. 

«El lunes escribí a Usted por el Perony Post a Norton 
Street, Portland Place, i me han devuelto la carta. Me valgo 
ahora de Mr. Moore para no perder tiempo en decir a Usted 
que Mr. Hamilton, el India Secretary of State, quiere hablar 
con Usted el sábado próximo, a la dos do la tarde, en el Fo- 
reign Office, Douning Street. Acaso podrá proporcionarle a 
Usted alguna lección; i deseo no falte Usted. Su afectísimo — ■ 
Blanco White.» 

Don Andrés Bello, como debe presumirse, fué mui exacto 
para ir al llamamiento que se le hacía. 

Hamilton le necesitaba para que se encargara de poner a 
sus hijos en estado de incorporarse en la universidad. 

En retribución de sus servicios, le ofreció ciento i tantas li- 
bras de renta, casa i comida. 

Le prometió ademas que le obtendría del gobierno una 
pensión de cien libras. 

Bello, que, en vez de la miseria, se hallaba con un bienestar 
inesperado, se apresuró a admitir tan ventajosas condiciones, 
i se dedicó desde ese dia a la educación de los hijos de Hamil- 
ton. 

La ocupación proporcionada por Hamilton a Bello fué lo que 
debió impedir a ésto aceptar el ofrecimiento que el gobierno de 
las Provincias del Rio de la Plata le hizo en 15 de noviembre 
de 1815, según antes lo he referido. 

La feliz medianía de Bello no permaneció sin nubes por 
muchos años. 

Las enfermedades invadieron su hogar. 

Su esposa, de una constitución delicada, estaba sujeta a do- 
lencias que al fin le causaron la muerte. 

Los dos hijos de este matrimonio que sobrevivieron a la ma- 
dre, Carlos i Francisco, eran de frájil salud. 

El mismo don Andrés sintió quebrantada la suya. 

Paso a insertar una carta de Blanco White, la cual revela 



142 VIDA 

la impresión que, hacia aquel tiempo, las contrariedades i des- 
gracias de distintas especies que don Andrés Bello habia espe- 
rimentado produjeron en su ánimo. 

«Little Gaddesden Herts, julio 8 de 1821. 

«Amigo Mió. 

«No quisiera que se molestase Usted en mandarme la colec- 
ción de gacetas americanas. El Quarterly ha informado al 
público de los acontecimientos principales contenidos en el li- 
bro del difunto Palacios; i si yo escribiese otro artículo, no 
pienso entrar en pormenores. Las noticias que quisiera ir re- 
cojiendo solo intento que sirvan para conducir el hilo de la 
historia hasta la conclusión de la contienda; i nada que no sea 
un paso verdadero i sensible hacia el término final, me es de 
ninguna importancia. Si en las gacetas, se hallare el orijinal 
del armisticio de Bolívar, mándemelo Usted; i si el diputado 
(representante) de Chile recibiere papeles de esta clase, estima- 
ré me los preste. Pero la verdad es que nada se puede añadir 
a lo dicho sobre la América Española por manera de especula- 
ción o conjetura; i por lo que respecta a mero hecho, un artí- 
culo compuesto de estos materiales solos seria muí cansado. Así 
es que no intento tomar la pluma por ahora. 

«Supongo que sabrá Usted la buena dicha de Mr. Moore. 
Un pariente lejano le ha dejado ciento cincuenta mil libras. 
Casi toda la familia está ya en Escocia, donde se hallan las 
posesiones que hereda. 

«Mucho siento no haber tenido proporción do hablar con 
Usted sobre el asunto que me dice en su carta. Pero la amis- 
tad que le profeso me mueve a decirle dos palabras, fruto de 
una larga i penosa csperiencia. Los sentimientos relijiosos que 
dan consuelo no se adquieren sino por un hábito no interrum- 
pido. Los que, como Usted i yo, se han acostumbrado a du- 
dar sobre puntos relijiosos, rara vez pueden reducir su imaji- 
nacion al estado en que la devoción contrarresta los efectos de 
la adversidad. La creencia firme que Usted tiene en un Dios 
bondadoso, i el poder do la razón que dicta que es nuestro de- 
ber e interés el presentar un pecho firme a la adversidad, son, 
a mi parecer, los recursos mas efectivos que Usted tiene en su 



DE DON ANDRÉS BELLO 143 



situación presente. No dé Usted lugar a impresiones supersti- 
ciosas, ni fuerce su entendimiento a examinar cuestiones intrin- 
cadas e interminables. Las pruebas de que la relijion cristia- 
na no se orijinó en mera impostura, son mui fuertes; pero 
nada es mas difícil que el averiguar sus doctrinas abstractas. 
La moral del evanjelio es clara, i adonde admite duda, la es- 
periencia de la sociedad humana sirve de intérprete. Pero ¿a 
dónde hallaremos una regla infalible para interpretar los pa- 
sajes que conciernen a lo que llaman fe? Quien lea la histo- 
ria de Jesucristo, e infiera de ella su carácter, no puede menos 
que amarlo; i quien considere sus preceptos prácticos no puede 
dejar de seguirlos, como la mejor regla de vida. Por lo de- 
mas, nuestra suerte futura está en las manos de nuestro Cria- 
dor, quien no puede llamarnos a cuenta por no entender lo 
inintelijible, o no someternos a explicaciones que añaden oscu- 
ridad a lo oscuro. Doce años de mi vida, en mui diversas cir- 
cunstancias, he dedicado al estudio de la teolojía i las escritu- 
ras. Por un poco de tiempo, me pareció que veia luz; pero al 
fin me hallo en tinieblas. Cristiano soi, i procuro seguir los 
pasos que prescribe el evanjelio en cuanto a la moral práctica. 
En cuanto a misterios, no solo no los entiendo, (como era de 
esperar); pero ni aun puedo descubrir cuáles sean de facto los 
revelados. Lo que he sacado de mis penosos estudios es el 
hábito de no asegurar nada ni en pro, ni en contra, i no con- 
vertir mi ignorancia en saber por otros. El recurso a Dios en 
las aflicciones es el único remedio que puedo aconsejar a Us- 
ted. Pero no se meta Usted en controversia. ¡Dios alivie a 
Usted en sus pesares!, como lo desea su afectísimo — J. B. 
White.» 



XII 



Encargo de descifrar los manuscritos de Bentham encomendado 
a Bello por Mr. James Mili. 



Cuando Bello estuvo reducido a la estremada pobreza que he 
mencionado, Mr. James Mili le empleó en descifrar los manus- 
critos de Bentham, el maestro de la escuela utilitaria inglesa, 
los cuales eran realmente ilejibles. 

Los griegos habrían podido mui bien incluir esta tarea entre 
los trabajos de Hércules. 

Así, la tal ocupación causo a Bello molestias infinitas, i ejer- 
citó su paciencia. 

Hablando de las penalidades de su vida en el período de que 
voi tratando, solía exhibir, a título de comprobación, uno de 
aquellos terribles cuadernos que habia conservado, i que al fin 
obsequió como recuerdo a don Diego Barros Arana. 

Con este motivo, Bello predicaba la necesidad, de hacer letra 
clara. 

Repetía chanceándose que era asunto de cortesía, i aun de 
humanidad. 

No podía ser lícito imponer a los domas la penitencia de adi- 
vinar, en vez do leer seguidamente, lo que estaba escrito. 

Sin embargo, Bello efectuaba esta predicación con la pala- 
bra, pero no con el ejemplo. 

Se hallaba mui distante de ser un pendolista. 

Aunque, según aseguraba, habia tenido en la juventud una 
forma de letra corriente i hermosa, la fué trazando de año en 



DE DON ANDRÉS BELLO 145 



año peor i peor, hasta haber llegado al estremo de que él mismo 
no la entendía a veces, ni aun con vidrio de aumento. 

A causa de esto, ha costado una labor imponderable el co- 
piar en limpio varios de sus manuscritos. 

Ha habido aun algunos que han quedado mas indescifrables, 
que los jeroglíficos de Babilonia o de Ménfis, i por lo tanto, se 
han perdido, como verbi gracia, una traducción en verso de la 
comedia de Plauto denominada Rudens. 

Me ha sucedido últimamente haber encontrado un pliego de 
papel con unos borrones que parecían versos. 

Concebí la esperanza de haber descubierto alguna poesía iné- 
dita de nuestro autor. 

Después de grandes afanes i de muchas consultas, pude ver 
que, en lugar de versos, eran artículos del Código Civil. 

Sería de figurarse que el estudio de los manuscritos de Bon- 
tham pegó a Bello el contajio de la mala letra. 



Juicio de don Andrea Bello sobre el modo de traducir la Biblia, i en 
particular sobre las traducciones de Scio i de Amat. 

Otro de los individuos notables con quienes Bello trabó rela- 
ciones en este período de su vida, fué don José María Fagoaga. 

Hé aquí como don Lúeas Alaman retrata a este personaje en 
su Historia de Méjico: 

«Don José María Fagoaga era hombre mui considerado por 
su nacimiento, instrucción i riqueza, i no menos por sus pa- 
decimientos, pues, aunque nacido en España, se habia mani- 
festado siempre afecto a la independencia, por cuya causa ha- 
bia sido preso i espatriado en marzo de 1815; mui tenaz en sus 
opiniones; decidido por la forma de gobierno monárquico con 
príncipe de familia real, pero con todas las limitaciones esta- 
blecidas por la constitución española; i mui adicto a las refor- 
mas introducidas por las cortes en materias relijiosas.» 

La carta que paso a insertar manifiesta que Fagoaga procu- 
ró aliviar a Bello en su apurada situación pecuniaria, propor- 
cionándole una pequeña entrada. 

V, DE B, 19 



Hu VIDA 

«Martes, 31 de julio de 1816. 

«Mi Estimado Amigo. 

«Esta mañana, en el Museo, me preguntó Mr. Blair, de nú- 
mero 69, Great Russell Street, si conocía algún español capaz 
de correjir una traducción española de la Biblia; i acordándo- 
me de Usted, le dije que conocía uno que, por el perfecto co- 
nocimiento de su lengua, i su buen gusto en literatura, me pa- 
recía mui a propósito; pero que ignoraba si sus ocupaciones le 
permitirían emprender este trabajo. 

«Si una de estas mañanas tiene Usted lugar de pasar a su 
casa, diciendo que va de mi parte, o solo dando su nombre, pue- 
de informarse del asunto mejor de lo que yo lo puedo hacer. 
Después de las diez, no es seguro encontrarlo en casa. 

«Yo no voi a la de Usted, porque tengo mucho que hacer, a 
pesar de que mi viaje no se verificará hasta el sábado o do- 
mingo. 

«De Usted, afectísimo amigo — J. Fagoaga.» 

La pobreza obligó a Bello a aceptar una tarea, que, por 
cierto, era bien pesada, pero que le hizo adquirir un conoci- 
miento bastante cabal de los libros sagrados. 

Este estudio detenido de la Biblia lo llevó a fijar sus ideas 
sobre el modo de verterla a los idiomas modernos. 

Me parece oportuno insertar aquí un escrito suyo, en el 
cual, no solo espresa en un sentido teórico i jencral esas ideas, 
sino que las aplica a las traducciones del padre Scio, i del obis- 
po Amat, dando la preferencia a la primera sobre la segunda 
en cuanto a fidelidad i elegancia. 

«Los teólogos eruditos calificarán bajo otros respectos el 
valor de estas dos traducciones de la Vulgata; nosotros nos 
ceñiremos a considerarlas como producciones literarias. 

«Reconoceremos desde luego que, en esta clase de obras, el 
mérito puramente literario debe sacrificarse sin la menor va- 
cilación a las exijencias de la enseñanza cristiana; i que, si la 
palabra divina se presenta en ellas pura, sencilla, venerable, 
el escritor ha desempeñado su objeto, aunque se echen menos 
aquellos arreos de esmerada elegancia, que solemos buscar en 
las composiciones profanas. Pero, en realidad, no hai di ver- 



DE DON ANDRÉS BELLO 147 



jeiicia entre estos dos puntos de vista. Cada jénero de compo- 
sición tiene su estilo i tono peculiar, i acerca del estilo i tono 
que corresponden a una traducción de las sagradas escrituras, 
lo que dictan los intereses de la relijion, es lo mismo que su- 
jiere el buen gusto; 

«Una fidelidad escrupulosa es el primero de los deberes del 
traductor; i su observancia es mas necesaria en una traducción 
de la Biblia, que en otra cualquiera. El que se propone ver- 
terla, no solo está obligado a trasladar los pensamientos del 
orijinal, sino a presentarlos vestidos de las mismas imájenes, 
i a conservar, en cuanto fuere posible, la encantadora naturali- 
dad, la injenua sencillez, que dan una fisonomía tan caracte- 
rística a nuestros libros sagrados. Lo que en otras obras pasa- 
ría por desaliño, puede ser la verdadera elegancia en una 
versión de la Biblia. En la construcción délas frases, deben 
preferirse los jiros antiguos, en cuanto no se opongan a la cla- 
ridad, o no pugnen con las reglas que ha sancionado el buen 
uso en nuestro idioma. Dando a los períodos las formas mo- 
dernas, enlazándolos con las frases conjuntivas que estamos 
acostumbrados a oír en el lenguaje familiar, desaparece aquel 
aire de venerable antigüedad, que trasporta la imajinacion a 
edades remotas, i armoniza tan suavemente con las escenas i 
hechos que la Escritura nos representa, con las costumbres i 
la naciente civilización do aquellos tiempos primitivos. ¿Qué 
será de la fisonomía patriarcal del Pentateuco, de la exaltación 
de los libros proíeticos, de la amable unción del Evanjelio, si 
a la estructura sencilla de los períodos, al diálogo familiar, a 
los tropos orientales, sustituimos los jiros modernos, exactos, 
precisos, lójica i gramaticalmente correctos, si sometemos al 
compás i la regla el desorden aparente de una alma inspirada, 
i convertimos la mas alta poesía en pura prosa? ¿No sería esto 
un verdadero anacronismo? La paráfrasis es de suyo infiel. Ella 
añade al pensamiento orijinal ideas accesorias que lo deslíen 
i lo enervan. 

«Para justificar la preferencia que damos bajo este punto de 
vista a la Biblia de Scio, sobre la del obispo Amat, las com- 
pararemos en unos pocos pasajes. 



148 VIDA 

«Jénesis, I, 3, Scio: — I dijo Dios: sea hecha la luz, i fuá 
hecha la luz. — Amat: — Dijo, pues, Dios: sea hecha la luz, i la 
luz quedó hecha. — El conectivo pues, el quedó, i el orden gra- 
matical de las palabras en la última cláusula, hacen desapa- 
recer la poesía sublime de la Vulgata: Fiat lux et facta est 
lux. El hebreo nos parece todavía mejor: «Sea la luz; i fué la 
luz.» El hacerse la luz nos parece como que asemeja el efecto 
instantáneo de la voz creadora a las lentas producciones de las 
artes humanas. 

«Jeremías, XV, 18, Scio: — Ha sido para "mí como mentira 
de aguas desleales. — Amat: — Se ha hecho para mí como unas 
aguas engañosas en cuyo vado no hai que fiarse. — La Vul- 
gata: Facta est mihi quasi mendacium aquarum infide- 
lium. 

«Jeremías, XVI, 8 i 9, Scio: — Esto dice el Señor do los 
ejércitos, el Dios de Israel: Mirad que yo a vuestros ojos i en 
vuestros dias quitaré de este lugar voz do gozo, i voz de ale- 
gría, voz de esposo i voz de esposa. — Amat: — Esto dice. . . Sábe- 
te que yo a vuestros ojos i en vuestros dias desterraré de este 
lugar la voz del gozo i la voz de alegría, la voz del esposo i la 
voz o cantares de la esposa. — ¡Dios interpretándose i sustitu- 
yendo una palabra a otra, como si desde luego no hubiese 
acertado a elejir la mejor! 

«Jeremías, XXXI, 26, Scio: — Despertó como de un sueño; i 
vi; i mi sueño, dulce para mí. — Amat: — Despertó yo como de 
un sueño; i volví los ojos; i me saboreó con mi sueño proféti- 
co. — Esta paráfrasis es bastante buena; pero es paráfrasis. 

«Jeremías, XV, 10, Scio: — ¡Ai de mí, madre mia! ¿por qué 
me enjendrasto varón de contienda, varón de discordia en to- 
da la tierra? — Amat: — ¡Ai madre mia! ¡cuan infeliz soi yo! ¿Por 
qué me diste a luz para ser, como soi, un hombre de contradic- 
ción, un hombre de discordia en toda esta tierra? 

«Isaías, I, 20, Scio: — Si me provocareis a enojo, la espada 
os devorará. — Amat: — Si provocareis mi indignación, la espa- 
da de los enemigos traspasará vuestra garganta. 

«Mateo, II, 18, Scio: — Voz fué oída en Rama; lloro i mu- 
cho lamento; Raquel llorando sus hijos; i no quiso ser con- 



DE DON ANDRÉS BELLO 149 



solada, porque no son. — Amat: — Hasta en Rama se oyeron la» 
voces, muchos lloros i alaridos: es ^Raquel, que llora a sus 
hijos, sin querer consolarse, porque ya no existen. — 

«Al que no sienta la superioridad de Scio en estos dos últi- 
mos pasajes, no tenemos nada que decirle.» 



El Poema del Cid. 

Don Andrés Bello aprovechó cuanto tiempo pudo para de- 
dicarse en el Museo Británico a los mas pacientes i prolijos 
trabajos de erudición. 

Son, por ejemplo, sumamente numerosos, entre otros, los 
apuntes que hizo para componer una memoria histórica sobre 
el oríjen de la sífilis, i sobre la debatida cuestión de si los in- 
díjenas de América fueron los que contaminaron a los euro- 
peos con tan desastrosa enfermedad, como éstos trasmitieron 
a aquellos la viruela. 

Don Andrés Bello pensaba i sostenía que la sífilis es una 
enfermedad conocida de los antiguos, i esperimentada por 
ellos. 

Pero los trabajos de esta especie mas importantes que Bello 
llevó a cabo durante su larga permanencia en Londres, fue- 
ron los referentes a los monumentos primitivos de la literatu- 
ra castellana. 

Entre éstos, merecen especial mención sus estudios sobre 
el Poema del Cid, o sea La Jesta de Mío Cid, que, principia- 
dos en ese lejano período de su vida, i continuados i rectifica- 
dos constantemente, solo han venido a imprimirse diez i seis 
años después de su fallecimiento. 

Don Tomas Antonio Sánchez habia publicado en Madrid, 
el año de 1779, una primera edición de esta por tantos aspec- 
tos interesante producción de la edad media española. 

Habiendo llamado el Poema del Cid la atención de Bello, 
se puso a examinarlo en todos sus detalles i circunstancias, 
coi>el esmero i sagacidad que le eran habituales. 



150 vid.v 

Para ello, se consultó acerca de algunos puntos con don 
Bartolomé José Gallardo. 

Fué éste, como debe saberse, un distinguido literato i esta- 
dista español, que, nacido en 1776, falleció en 1852. 

Gallardo figuró particularmente, tanto en las letras, como 
cu la política, durante los primeros años del presente siglo. 

Se hizo famoso sobre todo por la obra titulada Diccionario 
Critico Burlesco, la cual tuvo once ediciones, trajo para su 
autor una prisión, i suministró a las cortes de Cádiz, en 1812, 
abundante tema de acaloradas discusiones. 

Gallardo era mu i entendido en materias de erudición i do 
gramática. 

k Rayaba en pasión la afición que tenia a las investigaciones 
literarias, dice el señor don Leopoldo Augusto de Cueto; i lle- 
gó a ser uno de los bibliógrafos mas sabios de su tiempo.» 

Habiéndose visto obligado en 1814, con motivo del restable- 
cimiento de Fernando VII en el trono, a emigrar a Londres, 
trabó amistad con don Andrés Bello, cuyo mérito supo apre- 
ciar, i con quien entabló una correspondencia literaria, de que, 
por desgracia, solo se han salvado tres cartas del primero al 
segundo, que voi a tener el gusto de dar a conocer. 

La que sigue nos hace saber cómo principiaron entre Ga- 
llardo i Bello los tratos literarios de palabra i por escrito. 
«3 Chapel Street Pentonville, 1 de octubre de 1S1G. 
«Amigo i Dueño. 

«Pienso no salir de noche en toda esta semana. Si Usted, 
pues, gusta favorecerme, siempre me hallará a su disposición, 
deseoso de dar pasto al alma en dulce i provechosa plática. 

«De ésta, podemos también disfrutar, aun sin sacar el pié 
do nuestros respectivos tugurios, ni atrabancar páramos, ni 
calles perdurables, en haciendo mensajera de nuestras pala- 
bras, en vez del aire, de silla a silla, la estafeta de Pentonville 
a Somcrstown. Esta correspondencia puede sernos muí cómodn 
i agradable, llevada gala ñamen te. De otra manera, tampoco po- 
dría yo entablarla sin peligro de distraerme de mis tareas de 
biblioteca i diccionario, que son al presente mi principal ocu- 
pación. Tiempo vendrá en que pueda volverme de todo en lo- 



DE DON ANDRÉS CELLO lül 

do a mis investigaciones filosófico-gramaticales, j enero de es- 
tudio que embebece i deleita mi espíritu, cual ninguno. En 
este concepto, abro la correspondencia, pronto empero a lla- 
marme afuera, siempre que vea que me va empeñando dema- 
siado. 

«I por cuanto no sería bien, ni yo lo pretendo, que Usted 
me adelantase sus opiniones sobre materia ninguna, no haré 
asunto de nuestro carteo, sino aquellas que haya Usted decla- 
rado ya, máxime si fueren diversas u opuestas a las mias, co- 
mo verbi gracia: leyendo a Usted la noche pasada los borro- 
nes de mi cuestión académica al malogrado Alvarez Cienfuégos 
sobre la naturaleza i oficio gramatical del lo castellano, signi- 
ficó Usted no reconocer en nuestra lengua mas de un solo i 
único lo. Ya sabe Usted que tengo la desgracia do no estar 
de acuerdo con Usted en este punto; mas, como tengo la mas 
aventajada idea del juicio de Usted, no me puedo persuadir a 
que le haya fijado en este, ni en otro punto alguno, sin previo 
examen i bien ponderadas razones. Estas desearía yo saber a 
fin de carearlas detenidamente con las que motivaron mi opi- 
nión en contrario por, si viere que voi errado, torcer el paso, 
i convertirme a la de Usted, caso que ella, i no otra, sea la 
que haya de llevarme al reino de la verdad. Hoc opus! Pero 
el chasco para entrambos sería que uno i otro nos quedásemos 
enmarañados 

Entre los laberintos 4 e los ramos, 
i 

sin encontrar senda ni camino que allá nos condujere. Entro 
tanto, andar i ver, que adelante es mayo. 

«Quedo de Usted afecto amigo i S. S. — B. J. Gallardo.» 

La segunda de las cartas a que he aludido es la que paso a 
insertar. 

«11 Coburg Place, G de octubre de 1817. 

«Amigo i Dueño. 

«Tengo a Usted insinuadas do palabra mis presuntas deque 
haya dos distintas crónicas del Cid impresas. Pues ahora, los 
motivos que me inducen a esta que no pasa aun de mera pre- 
sunción, tengo aquí de apuntárselos a Usted por escrito para 
mejor fijar las especies. 



4j2 



«La mas conocida historia del Cid, si historia la quiere Us- 
ted llamar por cortesía, es la que por mandado del infante don 
Fernando, hijo de doña Juana la Loca, hizo imprimir el abad 
de Cárdena por un códice antiguo que existia en aquel monas? 
terio. Pero es de advertir que esta no era la primera vez que 
la crónica de nuestro héroe se veia en estampa. Ya en el siglo 
anterior, se habia impreso en Sevilla, el año de 1498, por los 
Tres Alemanes, una Crónica del Cid Rui Díaz, 

«El hecho de estamparse después la de Cárdena por tan es-r 
pecial encargo, en el siglo XVI, supone: o que no se tenia no- 
ticia de la impresa &i\ el siglo XV, o que la crónica que el in- 
fante mandaba imprimir era diferente, en todo o en parte, de 
la impresa anteriormente. 

«Esta es una incógnita de bibliografía que no he podido aun 
despejar, porque no he alcanzado a ver ejemplar ninguno del 
primer orijinal. Ni aun del segundo, he logrado la edición pri- 
mitiva. La que yo manejó en tiempos, era una reimpresión 
de Burgos de 1593 por Felipe de Yunta; i verdaderamente no 
sé decir si en sus preliminares se da alguna luz para despejo 
de mi incógnita, pues, cuando la leí, no prestaba tanta atención 
a los accidentes bibliográficos de las obras que manejaba, co- 
mo al presente, por los empeños literarios en que me he cons- 
tituido, 

«Tampoco parece que vio, ni aun alcanzó noticia de la Cró- 
nica del Cid impresa en el siglo XV, el erudito e injcnioso 
don Tomas Antonio Sánchez. Antes dejándose llevar del pa- 
dre Sarmiento, que no siempre os guia segura, hubo de seña- 
lar como primera la edición do 1552, si bien luego, descon- 
fiando sin duda de la atropellada erudición de este docto bene- 
dictino, adelantó masía especie, i quiso dar por lamas antigua, 
si no he apuntado mal, una impresión de 151?. Mas no debió 
de considerar que esta edición no pudo ser la mandada ejecu- 
tar por el infante, el cual era a la sazón tan rapaz, que no 
podia tener alcance para tales mandamientos. Por lo mismo, 
presumo que esa edición ha de ser reimpresión de la de Se- 
villa. 

«Presumo mas: sí de las dos quo se conservan en el Museo 



DE DON ANDRÉS BELLO 153 



Británico, i todavía no he visto, alguna por dicha será reim- 
presión de la primitiva. I pues Usted las trae ahora ambas 
entre manos, he de merecerle que se sirva verlas con esta pre- 
vención, i en su vista, me diga si son en realidad obras dis- 
tintas. 

«He sindicado arriba de fábula a la historia del Cid; pero no 
creo haber hablado con toda propiedad, porque no la tengo 
por fábula así como quiera, sino por fábula de fábulas. En las 
pinturas de palacios, ¿no ha reparado Usted tal vez que, figu- 
rando el interior de un salón rejio, el pintor, con estudiado arte, 
no solo pinta el salón, sino que pinta sus pinturas, tocando 
éstas a sola media tinta, i en lo demás del cuadro, avivando el 
colorido i esforzando el claroscuro, para mejor lograr la ilu- 
sión óptica, i hacernos ver en un mismo lienzo como distinto 
lo vivo i lo pintado? Pues así imajino yo que pintándonos con 
color de historia las fábulas del Cid, con solo trocar las tintas 
nos han querido dar separados un poema i un cronicón del 
buen Rui Diaz, a distinción, como de lo vivo a lo pintado, de 
lo real a lo fantástico, siendo lo uno i lo otro todo un puro 
trampantojo. 

«En efecto, amigo mió, la crónica de nuestro Campeador 
apenas se distingue de la de los paladines. Es ella por ella 
pintiparada a la historia de Cario Magno i los Doce Pares, es- 
tupenda i peregrina 

Historia a la que dio principio i fin 
La pluma arzobispal de don Turpin. 

«Es un libro de caballería que merecía estar, i estaría sin duda, 
en la biblioteca del incomparable caballero de la Mancha, sino 
que los inquisidores de la errática pravedad que en el famoso 
escrutinio de marras estendieron el índice espurgatorio de sus 
libros mal-andantes, debieron de pasarle por alto por reveren- 
cia a las venerandas cenizas del honrado caballero de Vivar. 

«No quiero yo, sin embargo, decir que toda la historia de 
Rui Díaz sea un tejido de patrañas. El fondo de ella es verdad 
indisputable; pero son tantas i tales las puntas que tiene de 
conseja, que a las veces el mas discreto lector, hallando tan 
barajada la verdad con el embeleco, no sabe ciertamente a qué 



VIDA 



carta quedarse. Esto era lo que confimdia a nuestro buen 
compatriota don Quijote; i esta circunstancia es la que con 
incomparable bizarría de pincel nos trazó Cervantes en su 
fabulosa historia, donde, como el Velásquez de arriba, tan há- 
bilmente pinta lo vivo, como pinta lo pintado. 

«La historia del Cid es el tránsito, es el término medio en- 
tre el mundo real i los espacios imaginarios, entre la realidad 
de las verdaderas crónicas i las fantasías de las fábulas de los 
Amadiscs. Al contemplar yo cómo de una tan estraña mezcla 
de error i de verdad, como hai en tales libros, han acertado 
los hombres a aderezar un pasto tan regalado para los espíri- 
tus, un cebo tan llamativo para la humana curiosidad, i que 
tantos años ha sido la delicia de tantas naciones, aseguro a 
Usted que, por una parte, miro al jénero humano, como con- 
denado a una perdurable infancia, entretenerse, como un niño, 
con cualquiera baratija, i por otra, veo como inagotable la 
fuente de las invenciones humanas. 

«Verdaderamente tal es nuestra naturaleza. Todo lo que 
puede sernos objeto de placer, puede ser objeto de apetito; i 
otro tanto consiguientemente puede contribuir al recreo inte- 
lectual del hombre. Concluyamos, pues, (con salva paz de los 
cejijuntos preceptistas) que el secreto de regalar a los injenios 
es tan rico i tan vario, como son innumerables los medios de 
regalar a los paladares, desde los gustos sencillos con que nos 
brindan los frutos i demás manjares que la naturaleza ha pre- 
parado en su inmensa oíicina, como los esquisitos que nos 
confecciona el arte de Como. A este respecto, pues, imajino 
yo que son infinitos los jeneros do literatura. 

«Pero, amigo, aquí advierto que me iba dejando llevar por 
esos aires, como Sancho en el Clavileño. Volvamos a nuestro 
héroe; i hablemos ahora de su poema, o llamémosle romance, 
o romancero. 

«Llamóle así, porque, en mi opinión, nuestros romances no 
han tenido otro orijen, que ritmos de esa especie. Estos son 
de su naturaleza intercisos; i cortándolos por la cesura, re- 
sultan versos al aire do los de nuestros romances, así como 
ligando de dos en dos los pies de nuestros romances, máxime 



DE DON ANDRÉS BELLO í! 



los antiguos, tendremos versos largos al tono de los alejan- 
drinos. 

«Favorece a esta idea la observación que Usted habrá hecho 
en nuestros mas antiguos poemas, donde se sigue una fuente 
de rimas hasta agotarla, hasta mudar asunto, o hasta imajinar 
al lector cansado ya de la repetición de un mismo son, en cuyo 
caso mudaban luego rejistro. Taraceado así el Poema del Cid 
Campeador, resultará como naturalmente dividido en una co- 
lección de romances. 

«Pero ¿en qué tiempo se escribió este poema? me ha pre- 
guntado Usted varias veces. Si" hemos de creer al arcipreste 
don Julián, o a lo que escriben que escribió éste (porque yo, 
en habiendo al medio lo que llaman los italianos ca.rta~pécora 
rancia de monasterio o cosa tal, siempre me temo trocatinta), 
si hemos de creer, digo, lo que nos cuentan barbas honradas, 
el Poema del Cid se escribió cuando la mojama de esto infa- 
tigable vence-guerras casi andaba todavía por selvas i montes, 
acaballada sobre Babieca, ganando victorias contra los moros 
de aquende. 

«Con efecto, don Julián, según los cronistas, fué arcipreste 
de Santa Justa de Toledo; i habiéndose hallado en la famosa 
batalla de Almería (donde, según relatan viejas leyendas, se 
ganó el santo Grial) escribió después en celebridad de tan se- 
ñalada victoria, obtenida en 1147, un poema conocido con el 
título del Prefacio de Almería. En este poema, celebra el 
arcipreste las proezas de su compatriota Alvar Fáñez de Tole- 
do, apellidado el segundo Cid Campeador; i a este propósito, 
dice lo siguiente: 

Tempore Roldani, si ter Litis Alvarus esset, 
Post Oliverura fateor sine crimine rerum 
Sub juga francorum fuerat gens agarenorum, 
Nec socii chari jacuisent morte perempti. 
Nullaque sub coelo riíelior fúit basta sereno. 
Ipse Rodericús, mió Cid, sempér vocatus, 
De quo cantat-ur quocl ab hostibus haud superaLus, 
Qui domuifc mauros, comités domuit quoquo nos tros, 
ílunc exLollebat 

«La referencia que en estos versos se hace al poema del Cid, 



15G VIDA 

está saltando a los ojos. Ahora bien, mió Cid sabe Usted que 
murió en 1099, o circum-eirca; luego la cuenta no falla, si las 
partidas son ciertas. Esto es lo mas terminante que puedo decir 
a Usted por ahora acerca de la antigüedad del Poema del Cid. 

«Pero ¿qué albricias me dará Usted, amigo mió, si le doi 
noticia de otro poema del Cid, que yo he visto, i que he leído, 
diverso del que Usted está leyendo? Con las mismas que yo le 
adelanto para cuando me proporcione un ejemplar, me doi por 
satisfecho; i gracias! para entonces. El libro es rarísimo, i 
tanto que, a no haberlo yo mismo tenido en mi mano, dudaría 
de su existencia. Ninguno de los amigos i curiosos a quienes 
he hablado de él, han alcanzado a verle. Su autor es Jiménez 
Aillon. Las señas del libro, un tomo en cuarto, impreso a me- 
diados del siglo XVI. 

«I héteme, amigo, que, burla-burlando, me encuentro con 
que son las once de la noche. Esta, pues, quede para mañana; 
i yo de Usted siempre afecto amigo, i S. S. — B. J. Gallardo. 

«Posdaía. — De la nota que Usted me ha encargado de libros 
de manejo que se hallen en el Museo, por el pronto, Aguilar, 
Tratado de la Jineta, que por ahora basta, porque del pri- 
mer brinco no creo que pretenda Usted hacerse caballero de 
ambas sillas, gala i flor de galanes de otros tiempos.» 

La carta precedente fija de un modo fidedigno una fecha 
segura en que don Andrés Bello habia empezado ya sus largos 
i pacientes estudios sobre el Poema del Cid. 

Aparece que Gallardo, aunque pensaba ser el fondo de la 
historia de Rui Diaz verdad indisputable, creia también que 
son tantas i tales las puntas que tiene de conseja, que a las 
veces el mas discreto lector, hallando tan barajada la verdad 
con el embeleco, no sabe a qué cartas quedarse. 

Gallardo exaj eraba esta opinión hasta el estremo de tener la 
historia del Cid por fábula de fábulas. 

Don Andrés Bello, después de detenidas i esmeradas inves- 
tigaciones sobre el particular, arribó a una conclusión muí 
diferente a la de su amigo. 

Admitiendo que la historia del Cid está escrita sin discerni- 
miento, i atestada de las hablillas con que, en todo tiempo, ha 



DE DON ANDRÉS BELLO 157 

desfigurado el vulgo los hechos de los hombres ilustres, i mu- 
cho mas en épocas de jen eral rudeza, sostiene que puede se- 
pararse lo histórico de lo fabuloso en las tradiciones populares 
relativas al héroe español, i refutarse los argumentos de aque- 
llos que no encuentran nada que merezca confianza en cuanto 
se ha escrito sobre él, i hasta dudan que haya existido jamas. 

La tercera de las cartas de Gallardo a Bello que tengo a la 
vista sé refiere a uno de los detalles del Poema del Cid, ha- 
ciendo palpar, por decirlo así, la prolijidad minuciosa con que 
dos eruditos tan eminentes examinaban las particularidades 
de este antiguo monumento de la literatura castellana. 

«Amigo i Dueño. 

«Usted desea saber quién es El Cfesjpo de Granon, o di- 
gamos el caballero del retorcido bigote, que, en un lance de 
honra, non cató mesura a Mió Cid Campeador; i cuando me lo 
preguntó Usted, yo contestó que al golpe no podia satisfacer 
su curiosidad, porque no tenia la memoria a la mano, la cual 
en verdad no es la mas fuerte de mis potencias. Pero no vaya 
Usted por Dios a creer que, tirando así contra mi pobre memo- 
ria, por carambola tiro a hacer el elojio de mi entendimiento, 
vulgaridad mui común entre los hombres: decir muchos de sí 
propios que tienen mui mala memoria, pero no haber apenas 
uno que paladinamente confiese que tiene mal entendimiento 
o pésima voluntad. 

«Nó, señor: sino que verdaderamente yo me suelo dejar la 
memoria en casa debajo de llave; que mi memoria llamo a mis 
apuntaciones, porque, sea ello indolencia, o sea mas no poder, 
el almacén de especies que habia de cargar a mi pobre chola, 
se lo doi a guardar a mi gaveta. I así perder mis apuntes es 
perder parte de mi alma i de mis potencias: chasco que me ha 
sucedido mas de una vez, i de que Dios le librea Usted (amen!), 
porque es amarga cosa. 

«Mas, volviendo a los bigotes de nuestro caballero, dígole 
a Usted que he trasteado mis mamotretos; i en las acotaciones 
para ilustración de nuestros romances antiguos, tengo la sa- 
tisfacción de encontrar lo que basta para satisfacer los deseos 
de Usted, como lo hago sin esperar a mañana, porque sé por 



138 VIDA 

espcricncia cuan ejecutivos suelen ser en tales materias los 
antojos de la curiosidad, que mal año para los de la embara- 
zada primeriza mas linda, mimosa i denguera. 

«Digo, pues, que el pasaje del Poema del Cid sobre que re- 
cae la duda de Usted, debe descreí siguiente, que escrito a 
mi modo, suena de éste: 

Quanclo lo* vieron entrar al que en buen ora nació, 
Levantóse en pió el buen rej' don Alfons, 
E el conde don Anric, e el conde don Remond, 
E desí adelant, sabet, todos los otros. 
A grant ondra lo reciben al que en buen ora nació. 
No s' quiso levantar el Crespo de Granon, 
Niñ todos los del bando de Infantes de Carrion. 

«Este Crespo de mostacho es sin duda don García Ordóñcz, 
tio de los condes de Carrion, conde de Nájera, etc., a quien 
llaman también las crónicas don García do Cabra, por lo que 
mas adelante diré. 

«Era éste un rico-hombre de sangre real, que, envidioso de 
las glorias de Rui Diaz, siempre le mostró talante desaguisa- 
do; i siendo ademas hombre artero i malsín, trató en varias 
ocasiones de malquistarle con los suyos; i aun despechado, 
atentó contra los dias preciosos de nuestro Campeador. 

«El motivo particular de esta malquerencia no le hallo de- 
clarado en nuestros coronistas. El jeneral es bien manifiesto. 
Rui Diaz era la gala de los caballeros de su tiempo; i a vuel- 
tas del aura popular que habia granjeado con su bizarría, de- 
bió de ganarse también la gracia de las damas. La mas cele- 
brada de su tiempo en. hermosura i distinción, la infanta doña 
Urraca de Castilla, si hemos de creer a los romances viejos, 
estuvo loca de amores por el Cid; i ¿quién sabe si talvez por 
despecho amoroso murió la infanta en cabelló, porque, no pu- 
diendo ser de él, no quiso ser do otro? Esta i otras tales cir- 
cunstancias, al parecer insignificantes, en la lozanía de la edad, 
significan mucho; i do estas competencias i rivalidades de la 
juventud, suelen enjendrarsc odios i rencores de por vida. Esto 
con respecto a lo galán. 

* Al Cid. 



LE DON ANCHES BELLO 159 

«En cuanto a lo valiente, es muí bizarro el rasgo con que 
Rodrigo do Vivar se anunció al orne ^de Marte. Un papa de 
Roma, instigado por su avaricia i la ambición de un príncipe 
de Alemania, celoso del título de emperador con que se dicta- 
ba Fernando el Magno, cuanto el papa codicioso de engrosar 
el pegujar de San Pedro, conminaba a los castellanos con que 
les fulminaría los rayos del Vaticano, si el reí i el reino de 
Castilla i de León no pagaban feudo al vicario de Cristo i al 
emperador de romanos. Un concilio estaba convocado en Flo- 
rencia, e iba a fallar contra España. Fernando, escrupuloso i 
atemorizado con los sacros anatemas, reunió a sus hombres 
de consejo; i el de Rui Diaz, entonces mancebo (copióle casi 
con las propias palabras de un historiador español) fué el si- 
guiente: — Envíese persona al pontífice que, con valor i entereza, 
defienda nuestra libertad; i en presencia del papa i padres del 
concilio, declare cuan fuera de razón va la pretensión de los 
alemanes. — Esto dijo; i echando mano a la espada, prosiguió: 
• — Con esta espada, defenderé la honra i libertad que mis ma- 
yores me dejaron; i haré bueno que cometen traición todos 
aquellos que, por escrúpulo de conciencia, no desechan la vana 
arrogancia de los que pretenden la sujeción i servidumbre de 
España. — Lo demás, i aun esto i todo, Usted lo sabe, i los ro- 
mances lo cantan. 

«El motivo mas individual de encono, que no hallo tocado 
por los historiadores, a mi parecer es este. El conde Garcí Or- 
dóñez obtenía en la corte de don Fernando el mas alto gra- 
do de la milicia que entonces se conocía en los reinos de 
Castilla i de León: era alférez de rei, i ademas su paje do lan- 
za. Pero muerto Fernando, sus sucesores no tuvieron a bien 
continuar al conde en el mismo empleo, el cual fué dado al 
Cid. Esta causa i la poderosísima del mérito relevante que re- 
conocía en su competidor concitaron tan encendidamente con- 
tra él su resentimiento, que por último maquinó su muerte. 
Al efecto, armó con otros caballeros, émulos también de Rui 
Diaz, una conjura, para, empeñando batalla contra los moros, 
en lo mas trabado de ésta, que se hiciesen ellos a la banda de 
los mahometanos, i juntos se revolviesen contra Rodrigo, ce- 



ICO VIDA 

rrando con él hasta quitarle la vida. Pero los moros mismos, 
admiradores del Cid, le descubrieron esta horrenda trama, el 
cual, manifestando al rei sus cartas, recibió luego las del rei, 
autorizándole a estrañar del reino a los atentadores contra su 
vida, como, en efecto, fueron estrañados. Mas Rui Diaz, siem- 
pre jeneroso i grande, vencido de los ruegos de la condesa, a 
quien algunos historiadores hacen prima suya, dio a su mari- 
do i colegas cartas de favor para un rei moro de sus tributa- 
rios, que les concedió para su morada la villa de Cabra, de 
donde es el llamar algunos al conde don García de Cabra. 

«Pero, amigo mió, ahora echo de ver que Usted me dirá: — 
Mui bien, señor. Todo eso está de molde; i ya yo me lo sabía. 
Pero ¿qué hai de los bigotes? ¿qué tenemos del Crespo de Gra- 
non? — Allá voi, señor, si Usted me deja llegar. 

«Pues ha de saber Usted que ese mismo clon Garcí Ordóñez, 
conde de Nájera, ítem, tío de los condes de Carrion (que es 
otro ítem mas), i antípoda sempiterno del Cid Campeador, es 
apellidado por algunos cronistas: El Crespo. Así le llama 
Garibai, i así también Sandoval en la crónica de los cinco 
reyes. 

«¡Los magos nos envíen una estrella que nos lleve, aunque 
sea al portal de Belén, con tal que allí encontremos libros i li- 
bertad! 

«De Usted, entre tanto su invariable — B. J. Gallardo. 

«Hoi domingo tantos de tal. Esto va escrito a vuelapluma. 

«Perdonad las faltas della, como decían nuestras comedias 
famosas.» 

Ya que se ha tocado el punto de sabor qué debe entenderse 
por El Crespo de Grañon, voi a insertar la nota que don 
Andrés Bello pone al verso 3162 del Poema del Cid. 

Este ejemplo servirá para dar a conocer la naturaleza i mé- 
todo de las notas con que nuestro autor ha esplicado i comen- 
tado los pasajes que a su juicio merecían serlo. 

«3102 El Crespo de Grañon. 

«Este era el conde Garcí Ordóñcz, que, con tal apellido, o 
mas bien apodo, se le designa en la Crónica Jeneral. 



DE DON ANDRÉS BELLO 161 



«La inteligencia de la voz granon o grañon puede ofrecer 
alguna duda. Grañon es un pueblo a poca distancia deNájera, 
el cual figuraba como cabeza de señorío bajo los reyes de Na- 
varra, hacia el año 1071 , según se ve en un privilejio del 
rei don Sancho García, citado por Garibai.* Este señorío fué 
reunido al de Nájera en la persona de Gareí Ordóñez, bajo el 
rei don Alonso el VI de Castilla.** Poseíalos ambos don Diego 
López deHaro, hacia el año 1117; i se hicieron hereditarios por 
algún tiempo en su familia/** 

«En virtud de estos antecedentes, se pudiera pensar que el 
poeta aludió aquí al señorío de Grañon, que disfrutaba Garcí 
Ordóñez; mas no es así. El Crespo de Grañon significaba el 
crespo de mostacho. Grano, en los escritores de la media la- 
tinidad, era, mostacho, como se echa de ver en este pasaje de 
Gofredo de Viterbo: — Dum tenet O thonem, barbara, trahit atque 
granonem.— -I también le llamaban granas, greno i greno- 
nea. Los franceses grenon i guernon. Berceo i el autor del 
Alejandro usan la voz griñón en el mismo sentido; pero la 
forma mas antigua del vocablo castellano, como la mas pareci- 
da a su raíz latina, es regular que fuese grañon. 

«En efecto, si grañon fuese nombre de lugar, en el epíteto 
que daban los romances i crónicas al célebre competidor del 
Cid, se hubiera dicho también el Crespo de Cabra, o el Crespo 
de Nájera, i con mayor motivo que el Crespo de Grañon, su- 
puesto que, en las crónicas, se le apellida comunmente don 
García de Cabra, i que Nájera fué la ciudad principal i cabece- 
ra de su condado. Por otra parte, no vemos que se diga jamas 
García de Grañon, o el conde de Grañon, como hubiese sido 
natural, si esta palabra significase solar o señorío. Solo cuan- 
do se le llamaba el Crespo, se anadia de Grañon. Pero la pro- 
piedad del uso antiguo no ha sido después constantemente ob- 
servada. Faltó a ella, entre otros, Luis del Mármol, en la pri- 



* Compilación Histórica, XI, 12. 

** Ibid, XI, 15. 

*** Sandoval, Descendencia de la Casa de IIaro. 

V- DE B. 2t 



1G2 VIDA 

mera parte de la Descripción Jeneral de África, libro II, 
capítulo 31. 

«No, por esto, debe creerse que semejante apodo fuese cono- 
ciclo de los contemporáneos de Garcí Ordóñez. Lo que he dicho 
solo se dirije a manifestar el sentido que le daban los antiguos 
trovadores. I no carece de verosimilitud que la circunstancia 
de haber tenido Garcí Ordóñez el señorío de la villa de Gra- 
ñon, i el significar esta voz mostacho, hubiese sido todo el fun- 
damento que hubo para que se le diese este sobrenombre por 
copleros ignorantes, que alteraban i corrompían de mil mane- 
ras las noticias antiguas.» 

La muestra que acaba de leerse manifiesta que los comenta- 
rios puestos por don Andrés Bello al Poema del Cid, están 
mui distantes de ser inferiores a los mui merecidamente aplau- 
didos con que don Diego Clemencin ilustró el Don Quijote de 
la Mancha. 

Nuestro autor no alcanzó a ver, antes de morir, el códi- 
ce de los Cantares o Poema del Cid, de que el señor don 
Florencio Janer dio a la estampa una edición paleográfica, i 
estrictamente fiel, solo el año de 1864 en la Biblioteca de 
Autores Españoles, tomo 57. 

Sin duda alguna, Bello habría podido sacar gran provecho 
del excelente trabajo del señor Janer; pero éste no lo habría 
encontrado menor en las doctas i sensatas oberservaciones de 
aquel. 

Don Andrés Bello ha discutido, con concisión, pero con co- 
nocimiento de causa, i profundidad, i mucha lucidez, todas las 
cuestiones suscitadas por el estudio de este poema, i ha indi- 
cado las soluciones que a su juicio deben tener. 

Ha principiado por la del nombre mismo de la composición, 
la cual se denomina, en su concepto, La Jesta de Mío Cid, 
fundándose para ello en el tenor del verso 1 103, el cual es co- 
mo sigue: 

Aquí s r compieza la Jesta do Mió Cid el de Vivar. 

Considero oportuno que sea el mismo Bello quien esponga 
el plan i propósitos de un trabajo como el suyo, que tanto hon- 
ra a la naciente literatura hispano-amerieana. 



DE DON ANDRÉS BELLO 163 



« Sensible es que de lina obra tan curiosa no se haya conser- 
vado otro antiguo códice, que el de Vivar, manco de algunas 
hojas, i en otras retocado, según dice Sánchez, por una mano 
poco diestra, a la cual se deberán tal vez algunas de las erratas 
que lo desfiguran. Reducidos, pues, a aquel códice, o por me- 
jor decir, a la edición de Sánchez que lo representa, i deseando 
publicar este Poema tan completo i correcto como fuese posi- 
ble, tuvimos que suplir de algún modo la falta de otros ma- 
nuscritos o impresos, apelando a la Crónica de Rui Díaz, que 
sacó de los archivos del monasterio de Cárdena, i publicó en 
1512 el abad frai Juan de Velorado. Esta Crónica es una com- 
pilación de otras anteriores, entre ellas, el presente Poema, 
con el cual va paso a paso por muchos capítulos, tomando por 
lo común solo el sentido, i a veces apropiándose con leves al- 
teraciones la frase, i aun series enteras de versos. Otros pasa- 
jes hai en ella versificados a la manera del Poema, i que, por 
el lugar que ocupan, parecen pertenecer a las hojas perdidas, 
si ya no se tomaron de otras antiguas composiciones en honor 
del mismo héroe, pues parece haber habido varias, i aun ante- 
riores a la que conocemos. Como quiera que sea, la Crónica 
suministra una glosa no despreciable de aquella parte del Poe- 
ma que ha llegado a nosotros, i materiales abundantes para 
suplir de alguna manera lo que no ha llegado. Con esta idea, 
i persuadidos también de que el Poema, en su integridad pri- 
mitiva, abrazaba toda la vida del héroe, conforme a las tradi- 
ciones que corrían (pues la epopeya de aquel siglo, era osten- 
siblemente histórica, i en la unidad i compartimiento de la fá- 
bula épica, nadie pensaba), discurrimos sería bien poner al 
principio, por via de suplemento a lo que allí falta, i para 
facilitar la intelíjencía de lo que sigue, una breve relación 
de los principales hechos de Rui Díaz, que precedieron a su 
destierro, sacada de la Crónica al pié de la letra. El cotejo 
de ambas obras, el estudio del lenguaje en ellas i en otras 
antiguas, i la atención al contesto, me han llevado, como 
por la mano, a la verdadera lección e interpretación de 
muchos pasajes. Pero solo se han introducido en el testo aque- 
llas correcciones que parecieron suficientemente probables, 



164 VIDA 

avisando siempre al lector, i reservando para las notas las que 
tenían algo de conjetural o de aventurado. 

«En orden a la ortografía, me he conformado a la del códice 
de Vivar (tal como aparece en la edición de Sánchez), siempre 
que no era manifiestamente viciosa, o no habia peligro de que 
se equivocase por ella la pronunciación lejítima de las pala- 
bras. Red tícense estas enmiendas a escribir c por ch, j por i, 
11 por l, ñ por n o nn, etc., cuando lo exijen los sonidos co- 
rrespondientes, como arca, ojos, lleno, que sustituyo a archa, 
oíos, leño. En efecto, estas dicciones no han sonado nunca de 
este segundo modo; i el haberse deletreado de esta manera, 
proviene de que, cuando se escribió el códice, estaban menos 
fijos que hoi día los valores de las letras de nuestro alfabeto. 
Acaso hubiéramos representado con mas exactitud la pronun- 
ciación del autor escribiendo pleno, i asimismo plegar, plo- 
rar, etc., como se lee frecuentemente en Berceo, i aun a veces 
en el mismo Cid; pero no hai motivo para suponer que cada 
palabra se acostumbrase proferir de una sola manera, pues aun 
tenemos algunas que varían, según el capricho o la conve- 
niencia de los que hablan o escriben; i cuanto mas remontemos 
a la primera edad do una lengua, menos fijas las hallaremos, 
i mayor libertad para elejir ya una forma, ya otra. 

«Comprenden las notas, fuera de lo relativo a las variantes, 
todo lo que creí sería de alguna utilidad para aclarar los pa- 
sajes oscuros, separar de lo auténtico lo fabuloso i poético, 
esplicar brevemente las costumbres de la edad media , i los 
puntos de historia o jeografía que se tocan con el testo; para 
poner a la vista la semejanza do lenguaje, estilo i conceptos 
entre el Poema del Cid i las jestas de los antiguos poetas fran- 
ceses; i en fin, para dar a conocer el verdadero espíritu i ca- 
rácter do la composición, i esparcir alguna luz sobre los orí- 
jenes de nuestra lengua i poesía. Pero este último objeto he 
procurado desempeñarlo mas do propósito en los apéndices 
sobre el romance o epopeya do la edad media, i sobre la histo- 
ria del lenguaje i versificación castellana. Talvcz se me acu- 
sará de haber dado demasiada libertad a la pluma, dejándola 
correr a materias que no tienen conexión inmediata con la 



DE DON ANDRÉS BELLO ÍG5 



obra de que soi editor; pero todas la tienen con el nacimiento 
i progreso de una bella porción de la literatura moderna, entre 
cuyos primeros ensayos figura el Poema del Cid. 

«Todo termina con un glosario, en que se ha procurado su- 
plir algunas faltas, i correjir también algunas inadvertencias 
del primer editor. Cuanto mayor es la autoridad de don Tomas 
Antonio Sánchez, tanto mas necesario era refutar algunas 
opiniones i esplicaciones suyas que no me parecieron funda- 
das; lo que de ningún modo menoscaba el concepto de que tan 
justamente goza, ni se opone a la gratitud que le debe todo 
amante de nuestras letras por sus apreciables trabajos.» 

Como Bello lo advierte en el trozo precedente, su obra em- 
pieza con una Relación de los hechos del Cid anteriores a 
sü destierro, sacada de la Crónica del Cid. 

Esta relación va seguida de doce notas o disertaciones en 
que se dilucidan los siguientes temas: Materiales de la Cró- 
nica del Cid — Jenealojía del Cid — Casamiento del Cid 
con doña Jimena Gómez — El conde clon García de Cabra 
— Dictado de Mió Cid — Comienzo de la historia del Cam- 
peador — Guerras del rei don Sancho con sus hermanos 
Alonso i García — Cerco de Zamora — Dictado de Campea- 
dor — Victoria alcanzada por el Cid contra el rei de Gra- 
nada en defensa del rei de Sevilla — Destierro de Rui 
Díaz — Demostración de que la Crónica del Cid contiene 
trozos no cortos de antiguos cantares. 

El último capítulo de la Crónica que Bello copia como in- 
troducción al Poema es el 91, en el cual se refiere la partida 
de Rui Diaz para el destierro con los suyos, abandonando su 
morada. 

La frase final citada por Bello, dice así: 

«E el Cid movió con sus amigos de Vivar; e vio los sus pa- 
lacios desheredados e sin jentes.» 

Bello hace notar que los primeros versos del Poema, sin 
duda alguna mutilado en el principio, se ajustan perfectamen- 
te a la frase que termina la relación sacada de la Crónica. 

De los sos ojos tan fuertcmientre llorando, 
Tornaba la cabeza., e estábalos catando. 



1GG VIDA 

Don Andrés Bello lia esclarecido con mucha sagacidad este 
punto en una interesante carta que dirijió al secretario de la 
Real Academia Española don Manuel Bretón délos Herreros, i 
que estimo oportuno insertar aquí. 

a Santiago de Chile, 18 de junio de 1863. 

«Excelentísimo Señor. 

«Muí Señor Mió. 

«Por los papeles públicos, acabo de saber que la Real Aca- 
demia Española se ocupa en varios trabajos importantes, re- 
lativos a la lengua i literatura nacional; i dos de ellos me han 
llamado particularmente la atención, es a saber, un Diccio- 
nario de Voces i Frases Anticuadas, i una nueva edición del 
Poema del Cjd, con notas i glosario. 

«Habiendo pasado una gran parte de mi larga vida en estu- 
dios de la misma naturaleza, me ha ocurrido la idea, talvez 
presuntuosa, de poder ofrecerá la Real Academia indicaciones 
que pudieran ser de alguna utilidad para los objetos que, con 
tanto celo, i tan seguro beneficio de las letras castellanas, se ha 
propuesto esc sabio cuerpo. 

«Por lo que toca al Diccionario, creo que uno do los medios 
mas a propósito para facilitar su formación es el que propor- 
cionan ciertas versiones literales de la Vulgata al castellano 
de los siglos XII o XIII citadas por el padre Scio en las notas 
a su traducción de la Biblia. Estos manuscritos, según el mismo 
padre Scio, existen en la biblioteca del Escorial; i da noticia de 
ellos en una Advertencia, con que termina su Introducción. 
Los que hacen al caso son los que señala con la letra A i con 
los números 6 i 8. Yo no conozco de estos manuscritos sino los 
breves fragmentos intercalados en las notas, i ellos me han su~ 
ministrado no pequeño ausilio para la intelijencia de las mas 
antiguas obras castellanas, porque los glosarios de don Tomas 
Antonio Sánchez dejan no poco que desear; i es creíble que, si 
este erudito filólogo hubiese tenido a la vista las antiguas ver- 
siones de que acabo de hablar, hubiera llenado algunos va- 
cíos, particularmente en su diminuto glosario del Poema del 
Cid, i habría tenido mejor suceso en la esplicacion de ciertos 
vocablos. Pondré un ejemplo. El verso 13 del Poema dice así: 



DE DON ANDRÉS BELLO 167 



Mczió Mió Cid los ombros, e engrameó la tiesta. 

«Sánchez conjetura que el verbo engr&me&r, de que parece 
no tenia noticia, significa levantar o erguir; pero no es así: sig- 
nifica sacudir, conmover, menear, como lo manifiestan repe- 
tidas veces los citados manuscritos del Escorial; así, traduciendo 
Commotione commovebitur térra de Isaías, XXIV, 19, se 
dice en el manuscrito 6: — Engrameada será la tierra con engra- 
meamiento; — i Fluctuóte et v&cillate de Isaías, XXIX, 6, se 
traduce en el mismo manuscrito: — Ondeat vos eengrameat; — 
i Concussüi sunt de Ezequiel, XXXI, 15, se espresa en dicho 
manuscrito por — Se engramearon. — • 

«Yo no tengo noticia de una mina mas rica de materiales 
para la elaboración del DiccionARio; i aunque es probable que 
no sea desconocida de los eruditos académicos a quienes se ha 
confiado este trabajo, he creído que nada se perdía con indi- 
carla, aun corriendo el peligro de que la Real Academia lo des- 
estimase como superíluo. 

«Un Diccionario en que las definiciones estuviesen acompa- 
ñadas de oportunos i bien escojidos ejemplos ofrecería una lec- 
tura hasta cierto punto variada i amena, como no pueden serlo 
los desnudos i áridos glosarios que conozco de la misma es- 
pecie. 

«Por lo que toca al antiguo Poema del Cid, o sea Jesta de 
Mío Cid, que es el título con que su autor o autores lo desig- 
naron, me tomo la libertad de hacer presente a Vuestra Exce- 
lencia, valga lo que valiere, que tengo un cúmulo no pequeño 
de anotaciones i disertaciones destinadas a esplicar e ilustrar 
aquella interesante composición, que tanto ha llamado la aten- 
ción de los eruditos en Inglaterra, Francia i Alemania, i que 
tanta importancia tiene sin duda, como Vuestra Excelencia 
no ignora, para la historia de las letras, i especialmente do 
la epopeya medieval. Mi designio habia sido sujerir las correc- 
ciones necesarias o probables que necesita el testo, que son 
muchas; manifestar el verdadero carácter de su versificación, 
que, a mi juicio, no ha sido suficientemente determinado, 
exajerándose por eso la rudeza i barbarie de la obra; i aun 



168 VIDA 

suplir algunos de los versos que le faltan con no poco detri- 
mento do su mérito. Me ha servido para esto último, como pa- 
ra otros objetos, el cotejo prolijo del Poema con la llamada 
Crónica del Cid, publicada por frai Juan de Velorado, i que 
hubiera deseado también hacer con la Crónica Jeneral atri- 
buida al rei don Alonso el Sabio, que desgraciadamente no 
he podido haber a las manos. 

«Una de las mas importantes adiciones que tenia meditadas 
es la que paso a noticiar a Vuestra Excelencia. 

«Faltaban al manuscrito de Vivar, que sirvió a don Tomas 
Antonio Sánchez, algunas hojas, i no tan pocas como aquel 
erudito imajinó, pues, habiendo sido el Poema, como yo creo, 
una relación completa de la vida del Campeador, según las 
tradiciones populares, no es creíble que le faltasen algunos do 
sus hechos mas memorables, anteriores a su destierro, i que 
dieron asunto a infinitos romances antiguos. Tales son, entre 
otros, el célebre duelo del joven Rodrigo, de que resultó su ca- 
samiento con la fabulosa doña Jimena Gómez, el cerco de Za- 
mora i todo lo a él concerniente, i el juramento de Santa Ga- 
dea. Pero ¿cómo llenar estos malhadados vacíos? Las crónicas, 
en que aparecen de trecho en trecho fragmentos del Poema, 
apenas desleído (disjecta membra ipoetee) no nos suministran 
lo bastante, aunque a veces nos dan largos trozos en que salta 
a la vista la versificación alejandrina de la Jesta. La mues- 
tra que voi a dar pertenece a este último tema, en que, si lo 
tuviésemos íntegro, hallaríamos sin duda un pasaje bellísimo 
i verdaderamente homérico. 

«Rodrigo do Vivar es, entre los magnates de Castilla, el 
que se atreve a tomar al rei Alonso VI, asistido de doce caba* 
lloros compurgadores, el juramento de no haber intervenido 
en la muerte de su antecesor el rei don Sancho, juramento que, 
según fuero de Castilla, debia repetirse fasta la tercera verja- 
da. Rodrigo lo hace en estos términos: 

— ¿Vos venides jurar por la muerte de vuestro hermano, 
Que non lo matastes, nin fucstes en consejarlo? 
Decid: — SI juro, vos c esos íljosdalgo. 
V) ol rei e todos ellos dijicron; — Si juramos. 



DE. DON ANDRÉS BELLO 1G9 



«Rodrigo tomó otra vez la palabra: 

— «Rei Alfonso, si vos ende sopistes parte o mandado, 

Tal muerte murades, como morió el rei don Sancho. 

Villano vos mate, que non sea fijodalgo. 

De otra tierra venga, que non sea castellano. 

— Amen, respondió el rei, e los que con él juraro . 

«Es feliz el artificio de variar el asonante para la repetición 
del juramento, i hace recordar las dos versiones del mensaje 
del Eterno Padre en las octavas 11 i 15 del canto primero de 
la Jerusalen del Tasso: 

Es ora Mió Cid, el que en buen ora nasció, 

Preguntó al rei don Alfonso e a los doce buenos ornes: 

— ¿Vos venides jurar por la muerte de mi señor, 

Que non lo matastes, nin fuestes end consejador? * 

Repuso el rei e los doce: — Ansí juramos nos. 

Hí responde Mió Cid; oiredes lo que fabló: 

— Si parte o mandado ende sopistes vos, 

Tal muerte murades, como morió mi señor. 

Villano vos mate, ca fijodalgo non. 

De otra tierra venga, que non sea de León. 

Respondió el rei: — Amen; e mudósele la color. 

— Varón Rui Diez, ¿por qué me afincades tanto? 

Ca hoi me juramentastes, e eras besaredes mi mano. 

Repuso Mió Cid: — Como me fizier'des el algo; 

Ca en otra tierra sueldo dan al fijodalgo, 

E ansí farán a mí, quien me quisiere por vasallo. 

«El que cotejare estos versos con la prosa de los capítulos 
correspondientes de la Crónica, echará de ver lo pequeñas i 
naturales que son las alteraciones con que los presento, que 
todavía sin duda no reproducen todo el color arcaico del ori- 
jinal. En todo lo que sigue hasta el lugar que en la Crónica 
corresponde al verso primero del Poema, hai frecuentes vesti- 
gios de versificación. Lo que, según la Crónica, pasó en el colo- 
quio de Rui Diaz con sus parciales cuando se le intimó su des- 
tierro, merece notarse particularmente: 

^ 

* End consejador fué como leyó Berganza en la Crónica manuscrita que se 
guardaba en San Pedro de Cárdena, en lugar de en consejarlo, como se lee 
en las crónicas impresas, quebrantando la asonancia, 



170 VIDA 

E los que acá fíncáredes, quiéreme ir vuestro pagado. 

Es ora dijo Alvar Fáñez, su primo cormano: 

— Convusco iremos, Cid, por yermos o por poblados; 

Ca nunca vos fallcscerémos en quanto vivos seamos. 

Convusco despenderemos las muías e los cavallos, 

E los averes e los paños, 

E siempre vos serviremos como amigos e vasallos. 

Quanto dijicra Alvar Fáñez todos allí lo otorgaron. 

Mió Cid con los suyos a Vivar ha cavalgado; 

E cuando los sus palacios vio yermos e desheredados 

«A estas palabras, siguen manifiestamente los primeros ver- 
sos de la Jesta de Mío Cid, mutilada cual la tenemos: 

De los sos ojos tan fuertemientre llorando, 
Tornaba la cabeza e estábalos catando. 
Vio puertas abiertas 

«El asonante es el mismo, i el los del segundo verso de la 
Jesta se refiere claramente a los 'palacios de la frase anterior 
de la Crónica , la cual sigue todavía mano a mano con la Jesta 
por varios capítulos. 

«En vista de lo que precede, no creo se me dispute que to- 
dos estos trozos de versos pertenecieron a una misma obra, la 
Jesta de Mío Cid. Yo no pretendo que el testo de la Crónica, 
i mis conjeturales enmiendas, restablezcan exactamente el de 
la Jesta, aunque no es imposible que hayan acertado alguna 
vez a reproducirlo. Mi objeto ha sido poner a la vista por qué 
especie de medios se ha operado la trasformacion de la forma 
poética en la prosaica, i dar al mismo tiempo una muestra del 
ausilio que prestan las Crónicas para completar, enmendar e 
interpretar el Poema. 

«No debo disimular que no soi del dictamen de aquellos eru- 
ditos que miran el romance octosílabo como la forma primiti- 
va del antiguo alejandrino, que, según opinan, no es otra 
cosa, que la unión de dos octosílabos. A mí, por el contrario, 
me ha parecido que el romance octosílabo ha nacido de los 
alejandrinos o versos largos que fueron do tanto uso en la pri- 
mera época de la versificación castellana: primero, porque, 
según se ha reconocido, no existe ningún códice antiguo en 
que la epopeya caballeresca española aparezca en romance oc- 



DE DON ANDRÉS BELLO J 71 



tosílabo antes del siglo XV, al paso que son tan antiguas i co- 
nocidas en obras de los siglos XIII i XIV las muestras de ver- 
sos largos divididos en dos hemistiquios como característicos de 
la poesía narrativa; segundo, porque en los poemas asonan- 
tados de los tro veres franceses, que a mi juicio dieron la norma 
a los españoles, la asonancia, al revés de lo que sucede en el 
romance octosílabo-, nunca es alternativa, sino continua, aun 
cuando aquellos empleaban el verso octosílabo, como puedo 
verse en el lindo cuento de Aucasin i Nicolete, que se halla en 
el tomo III de la colección de Barbazan. 

«La Real Academia hará el uso que guste de estas indicacio- 
nes. Me bastaría que su comisión me hiciese el honor de te- 
nerlas presentes, aunque fuese para desestimarlas, si las cre- 
yere infundadas. Al mismo tiempo, me sería sumamente lison- 
jero que se dignase pasar la vista por algunos de los principales 
escritos que habia trabajado con el objeto de dar a luz una 
nueva edición de la Jesta de Mío Cid, empresa iniciada cua- 
renta años há, pero que ya me es imposible llevar a cabo. Si 
la Real Academia aceptase este humilde tributo, lo pondría in- 
mediatamente a su disposición, sometiéndolo en todas sus par- 
tes a su ilustrado juicio. 

«Espero que Vuestra Excelencia me haga el honor de con- 
testar a esta carta, si sus muchas e importantes ocupaciones se 
lo permiten. 

«Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. 

«Su mas A. S. S. — Andrés Bello.» 

Restaurada, en cuanto es posible con los datos que se po- 
seen al presente, la parte perdida, don Andrés Bello da una 
edición correcta i esmerada del testo conocido. 

Nuestro autor presumía por muí buenas razones que el có- 
dice de Vivar se halla en un estado lastimoso de mutilación i 
degradación. 

Así, ha introducido en él desde luego enmiendas a su juicio 
de una necesidad patente, i ha indicado en notas otras que, 
si no tan justificadas, por lo menos son mui dignas de ser con- 
sideradas. 

La edición pacientemente ajustada al códice ejecutada por 



172 VIDA 

el señor clon Florencio Janer es incuestionablemente útilísima 
para conocer el manuscrito primitivo tal cual existe; pero la 
edición razonada i crítica arreglada por don Andrés Bello no 
lo es menos para conocer el orijinal tal como debió ser sin los 
descuidos i la ignorancia de los copistas. 

Las dos ediciones se completan la una por la otra. 

Voi a llamar la atención sobre un ejemplo notable de la 
agudeza que Bello ha mostrado en sus correcciones. 

El Poema cuenta que nadie en Burgos osó dar hospedaje al 
Cid, por miedo al rei Alonso, que le había desterrado, i prohi- 
bido albergarle. 

Rui Díaz encuentra cerrada la puerta de su propia casa. 

Los do Mió Cid a altas voces llaman. 

Los de dentro non les querien tornar palabra. 

Aguijó Mió Cid; a la puerta se llegaba; 

Sacó el pie de 1' estribera; una fericla Y daba. 

Non se abre la puerta, ca bien era cerrada. 

Una ñaña de sesenta años a ojo se paraba. 

— Hia Campeador! en buen ora cinxiestes espada. 

El rei lo ha vedado; a noch' delibró su carta 

Con grant recabdo e fuertemientre sellada. 

Non vos osaríemos abrir, nin cojer, por nada. 

Si non, perderíemos los averes e las casas, 

E demás los ojos de las caras. 

Cid, en el nuestro mal, vos non ganados nada. 

Mas el Criador vos vala con todas sus virtudes sanctas. 

Esto la ñaña dijo, e tornos' para su casa. 

Don Andrés Bello hace sobre estos versos el comentario que 
paso a copiar. 

«En la edición de Sánchez, se lee una niña de nuef años; 
pero el razonamiento que sigue se atribuye a una vieja en la 
Crónica, capítulo 91, lo cual es infinitamente mas natural i 
propio, no habiendo nada en él que no desdiga de una niña, a 
menos que se la supusiese sobrenaturalmente inspirada, cir- 
cunstancia de que no hai el menor indicio en la narración. 
Atendiendo a que la Crónica va aquí paso a paso con el Poe- 
ma, tongo por seguro que está viciado el testo del códice de 
Vivar, o de la edición de Madrid, i que debemos leer una 



DE DON ANDRÉS BELLO 17! 



ñaña de sesenta años. Ñaña significaba mujer casada, ma- 
trona;* i suponiendo que los números se hubiesen escrito a la 
romana como amenudo se hacía, era un lij erísimo rasgo lo que 
diferenciaba a nueve de sesenta. Facilísimo era que la pluma 
májica de un copiante trasformase a la ñaña de LX añas en 
una niña de IX. 

«El Diccionario de la Academia Española, trae nana, en 
lugar de ñaña; pero que, en el siglo XIII, se pronunciaba 
ñaña, lo prueban irrefragablemente los pasajes citados de 
Berceo i del Alejandro, en que consuena con saña, estraña,- 
compaña, montaña, faciaña (fazaña, hazaña).» 

Aunque el códice de Vivar publicado por el señor Janer 
dice ninna, i no ñaña, i nuef, i no IX, esto no basta a des- 
virtuar los razonamientos de Bello, puesto que el copiante de 
este manuscrito pudo ser el que entendió mal el que le servio 
de modelo u orijinal. 

Después del testo anotado, vienen en la obra de Bello los- 
apéndices, i por último el glosario. 

Lo espuesto manifiesta la importancia de un trabajo, que' 
habría sido suficiente para cimentar la merecida fama de in-- 
telijencia i de laboriosidad alcanzada por quien lo llevó a 
cabo. 

Don Andrés Bello, no solo en Inglaterra, sino también en 
Chile, continuó retocando i perfeccionando esta obra que hono- 
raria a un benedictino. 

Al fin, esperimentó el deseo muí natural de publicarla, i de 
lucir el resultado de sus largas i penosas investigaciones. 

Se dirijió con este objeto al conocido humanista i editor 
don Vicente Salva, de quien era amigo. 

Léase lo que éste le respondió sobre el particular desdo Paris ; 
en 18 de octubre de 1846. 

«Mucho me alegraría de ver ese trabajo de Usted sobre eí 
Poema del Cid, del que ya me hizo Usted alguna indicación" 
en Londres; pero nunca aconsejaré a Usted que lo publique, a* 
no estar decidido a sacrificar los gastos de la impresión, por- 

* Berceo, Duelos, copla 174; Alejandro, copla 1017. 



174 VIDA 

que son mili contados los (fue compran obras de esta clase, i 
así estoi seguro de que no se despacharán cincuenta ejempla- 
res en diez años. Ademas sería necesario que hiciera Usted en 
esa la impresión, por no haber aquí nadie que la cuide con la 
debida escrupulosidad. Yo estoi abrumado de atenciones, i mi 
cabeza necesita descansar por algún tiempo, separándose de 
todo trabajo que la fatigue. Por eso, pienso retirarme a Va- 
lencia el año próximo para acabar allí mis dias, rodeado de 
toda mi familia, pues mi hijo saldrá también do acá conmigo. 
Tiempo es ya que descansemos de la estraordmaria tarea que 
sobre nosotros pesa muchos años fía. Aquí, en España, o en 
cualquiera parte donde me halle, tendré singular complacen- 
cia en acreditar a Usted que le estimo muí de veras, porque 
soi un admirador de sus conocimientos, de su buen juicio, 
prenda mui rara entre los hombres, i de su probidad, virtud 
que todavía escasea mas en este picaro mundo. Bajo esta in- 
telijencía, debe Usted tratarme como su sincero amigo, i se- 
guro servidor Q. S. M. B, — Vicente Salva.» 

A consecuencia de lo que acaba de leerse, Bello consideró 
mui dificultoso, ya que no imposible, el que alguna vez pudie- 
ra imprimir el fruto de tantas investigaciones, i de tantas 
reflexiones. 

Una presunción, tan desalentadora, como fundada, fué causa 
de que esta obra monumental corriera inminente riesgo de per- 
derse para siempre. 

He hablado ya de lo inintelijible que era la letra de Bello, 

Si su manuscrito sobre el Poema del Cid no hubiera sido 
sacado en limpio a su vista i bajo su dirección, habría sido 
empresa de romanos el descifrarlo. 

Ademas, había correcciones i adiciones, su j cridas al autor 
por estudios sucesivos, que habia consignado en papeles suel- 
tos, i cuyo lugar correspondiente solo él pod'ia indicar con 
acierto. 

Mientras tanto, desesperanzado de dar a la estampa su tra- 
bajo, Bello lo habia dejado en borrón, sin cuidarse, ni de re- 
matarlo, ni mucho menos de hacerlo copiar con letra lejible. 

Por fortuna para la literatura española, don José Victorino 



DE DON ANDRÉS BELLO 173 



Lastarria, uno de los discípulos mas sobresalientes i estima- 
dos de Bello, a la sazón decano de la facultad do filosofía i 
humanidades, tuvo la feliz idea de buscar arbitrio de que no 
quedara por mas tiempo inédita una obra semejaste. 

Contal designio, propuso, en 22 de julio de 1862', a la cor- 
poración que presidia, el que impetrase del gobierno, previo el 
permiso del autor, i per conducto del consejo universitario, la 
publicación a costa del estado, í bajo la protección de la uni- 
versidad, de la importante obra de don Andrés Bello sobre el 
Poema del Cid. 

Tanto la facultad,, como el consejo, aceptaron por unanimi- 
dad la indicación del señor Lastarria. 

El gobierno del presidente Pérez acojió, por su parte, la idea 
con igual complacencia, tanto porque gustaba de contribuir a 
la impresión de un trabajo de tamaño mérito, como porque esto 
le proporcionaba el medio de corresponder convenientemente a 
un obsequio de la reina doña Isabel II. 

Esta soberana habia enviado a Chile un retrato de Pedro de 
Valdivia. 

Se juzgó propio i galante el corresponder a la reina su pre- 
sente con un ejemplar del Poema del Cid, sabiamente restau- 
rado i comentado por un insigne literato hispano-americano, 
que habia escojido a Chile por segunda patria. 

He aquí el oficio que Bello pasó con esto motivo a Las- 
tarria. 

«Santiago, 20 de agosto de 1862. 

«Señor Decano. 

«Con fecha de ayer, me dice el señor ministro de instrucción 
pública lo que sigue: 

« — Pongo en conocimiento de Usted que el gobierno accede 
gustoso a la solicitud de la facultad de filosofía i humanidades 
relativa a impetrar su apoyo para hacer la publicación de la 
obra del señor Bello titulada Poema del Cid. — 

«Al hacer a Usía esta comunicación, creo de mi deberes- 
presarle el íntimo reconocimiento de que estoi penetrado por 
la parte que Usía tan espontánea i jenerosamente ha tomado 
en este asunto, sin la menor indicación mía, i cuando casi mi- 



176 VIDA 

faba yo como desesperada la publicación de una obra que me 
ha costado no poco trabajo i desvelos. Yo trataré de ponerla 
en estado de pasar a la imprenta lo mejor i lo mas pronto po- 
sible. 

«Dios guarde a Usía — Andrés Bello.» 

Nuestro autor empleó, después de esto, algunos años en re- 
visar, i sobre todo, en hacer poner en limpio los numerosos e 
intrincados materiales de la obra, escritos con pésima letra, i 
atestados de enmiendas i subenmiendas. 

Las frecuentes intercadencias de su salud, i por fin su falle- 
cimiento, ocurrido el 15 de octubre de 1865, le impidieron dar 
complemento a esta penosa tarea. 

Así, el ilustrado profesor del Instituto Nacional don Bal- 
domcro Pizarro, a quien el consejo de instrucción pública 
encomendó la edición de esta importante obra, solo ha podido 
desempeñar acertadamente el encargo, desplegando la mayor 
laboriosidad, i superando grandes dificultades. 

Don Andrés Bello dio a luz en los años de 1834 i 184 i 
cuatro interesantes artículos en que se tratan varias de las 
cuestiones sujeridas por el estudio del Poema del Cid. 

Esos artículos, publicados primitivamente en El Araucano, 
fueron reproducidos el año de 1850 en los Opúsculos Litera- 
rios i Críticos. 



La Crónica de Turpilí. 

Sus prolijos estudios sobre el Poema del Cid llevaron 
desde luego a Bello a emprender otros no menos esmerados 
sobre la literatura caballeresca en jcncral. 

Entre las obras pertenecientes a ella que examinó son sil 
sagacidad i constancia características, se encuentra la Cróni- 
ca de Turpin. 

Bello cotejó cuidadosamente las varias ediciones de este 
libro. 

El resultado de sus investigaciones fué que todas son in- 



DE DON" AN'Dl'.ES BELLO 



completas, i que la mas moderna, la ejecutada el año de 18 L 2"2 
en Florencia por el canónigo ¡Sebastian Giampi es acaso la mas 
incorrecta de todas. 

Ni el mérito histórico, ni el mérito literario hacen a este 
libro digno de atención. 

Considerada como historia, la Crónica de Turpin es un 
tejido de patrañas tan absurdas, que no es menester refutarlas. 

Considerada como producto de arte, su estilo es tan malo, 
que da pruebas efectivas de coraje el que acomete su lectura. 

Sin embargo, hai una circunstancia que la ha salvado del 
olvido en que debía haber sido sepultada. 

La Crónica de Turpin, mentirosa i mal escrita como es, ha 
sido el almacén donde los versificadores de la edad media han 
ido a buscar material para sus ficciones, o autoridad para sus 
aseveraciones. 

Ariosto, Boyardo, Berni la invocan amenudo para prestar a 
sus fábulas visos de verdad, habiendo llegado a ser esta cita, 
a fuerza de tanto repetirse, una especie de fórmula que acabó 
por alegarse irónicamente en la epopeya italiana. 

Turpin vino a ser de este modo el Cide llámete Benenjeli 
de las caballerías de Carlomagno, i de los Doce Pares. 

En consideración ala influencia que la obra mencionada 
tuvo en la literatura caballeresca, Bello la estudió con la aten- 
ción que ponia en sus trabajos; i después del mas maduro 
examen, acopió los datos suficientes para dilucidar distintas 
cuestiones a que ella da oríjen, las cuales no han sido trata- 
das satisfactoriamente por otros. 

Durante su permanencia en Londres, Bello escribió en in- 
gles para una revista una memoria denominada: La Historia 
de Carlomagno i de Rolando, atribuida a Turpin, Arzobispo 
de Reims. 

Creo conveniente reproducir aquí traducida la introducción 
de esa memoria, porque nuestro autor espresa en ella con 
claridad i concisión el concepto jeneral que se había formado 
de este antiguo i desaliñado libro. 

«La presente disertación tendría pocos títulos a la atención 
del lector, si el mérito intrínseco de la obra a que se refiere 



178 VIDA 

fuera lo único que debiera ser considerado. La historia de 
Turpin, que pertenece a tino de los siglos mas oscuros de la 
literatura, no ocupa siquiera un lugar elevado entre las pro- 
ducciones de ese siglo*. Es una miserable compilación de tra- 
diciones populares i de cuentos románticos, a que se mezclan 
leyendas monásticas, las cuales constituyen tal vez la única 
porción de la obra a que las facultades inventivas del autor 
pueden tener algún derecho. El modo como estos diversos 
materiales so hallan ligados no es tampoco superior al asunto. 
La obra da una pobre idea de las aptitudes literarias del arzo- 
bispo, i justiíica el olvido a que ella ha sido entregada en los 
ultimes tiempos. 

«La disertación en que voi a entrar, ofrece, sin embargo, 
algún interés a causa del crédito i de la popularidad que esta 
crónica alcanzó en los dos o tres siglos inmediatamente ante- 
riores al renacimiento de la literatura. Las fábulas del seudo 
Turpin fueron casi umversalmente recibidas como historias 
auténticas, i se enlazaron tan inrrincadamente con los sucesos 
reales del reinado de Carlomagno, que, mas tarde, impusieron 
a la crítica una ardua tarea para desenredar es'te complicado 
tejido. Aun en nuestra propia época, los mas severos historia- 
dores manifiestan cierta repugnancia para prescindir de esos 
espléndidos cuentos de caballería, de que nuestro Turpin pue- 
de tenerse por el mas antiguo compilador. 

«Sin embargo, la circunstancia mencionada no es la única 
que debe excitar nuestra curiosidad por lo que toca a la His- 
toria de la Vida de Carlomagno i de Rolando. Muchos de 
los antiguos escritores de romances sacaron de este libro sus 
materiales. Sea que el pretendido arzobispo de Reims hubiera 
sido el primitivo inventor de tales ficciones, sea que fuese solo 
un simple compilador do romances aun mas antiguos, como 
jeneralmentc se cree, su narración llegó a ser la obra funda- 
mental de muchos tic los cuentos cantados por los troveros en 
Francia i en Inglaterra, i que constituyeron la poesía épica, i, 
en gran parte, la historia de la edad media. Los troveros, que 
apelaron a la autoridad de este cronista mientras tuvieron la 
pretensión de decir la verdad, siguieron invocando a guisa de 



£)E DON ANDRÉS BELLO 179 



procedimiento romántico el testimonio del historiador de Car- 
iomagftOj cuando sus composiciones llegaron a tener por es- 
clusivo objeto esa diversión resultante de una fábula injenio- 
sa. Al fin, esta imitación del estilo ele las edades precedentes 
dejeneró en burla, usándose en la jeneralidad de los casos en la 
invención de asuntos esfraordin ariamente absurdos o extrava- 
gantes. Sin embargo, un nombre, como el de Turpin, trasmi- 
tido a la posteridad en las pajinas de un Ariostd, de un Ber- 
ni, de un Cervantes, no puede menos de merecer alguna 
atención, sobre todo si so considera que se halla relacionado 
con un j enero de poesía en que el injenio moderno ha alcan- 
zado tan brillante éxito. 

«Ademas, la falsedad que voi a poner de manifiesto, estuvo 
acompañada de circunstancias agravantes. Aparecerá fuera de 
duda que Turpin (como en vista de la brevedad, llamaré al 
scudo cronista de Carlomagno), intentando engañar a sus 
contemporáneos, fué guiado por un propósito harto mas sus- 
tancial, que el de procurar un efímero entretenimiento, o 
complacer una vanidad nacional. Esta impostura se tramó 
para apoyar los ambiciosos designios de un prelado español. 
Fué uno de aquellos fraudes piadosos, a los cuales, los ecle- 
siásticos, en un período de ignorancia i superstición, recurrie- 
ron demasiado amenudo. 

«Este libro lleva por título en el mayor número de los anti- 
guos manuscritos que he consultado: De Vita Caroli Magni, 
et Rollandi Historia, denominándose el autor a sí mismo 
Johánnes Túrpinus, Arcliiepiscopus Rhemerisis. Parece 
haber sido impreso por primera vez en la Colección de Escri- 
tores Jer.máxicos de P. PítJiou, Francfort, 1563.* Apareció 
luego después en los Quatuor Ciiroxographi de S. Schard, 
Francfort, 1566, i Basilea, 1574; así como también en la obra 
de J. Reübe'r Veteres Scriptores Rerum GerMánicartjm, 
Francfort, 1584, i Hanau, 1G19. Parece que ademas fué inserta- 
da en una obra de uno de los Spanbeims, de donde se tradujo 
al ingles por Mr. Rodd, quien da una idea muí vaga del -oriji- 



* Struvius, Historia Jeris Romaxi Justiniax-ei, pajina SiO. 



ISO VIDA 

nal.* La última edición de esta obra, i la única que yo sepa en 
que ha aparecido sola, es la de Florencia, 1822, ejecutada por 
el canónigo Sebastian Ciampi en vista de un curioso manus- 
crito que encontró por casualidad en una miserable tienda de 
aquella ciudad. 

«Debe darse por sentado que es una obra apócrifa. Sería 
perder tiempo repetir todos los argumentos aducidos por los 
críticos para probar que no puede haber sido compuesta por 
un contemporáneo de Carlomagno. Invocaré solo el testimo- 
nio de los escritores que puedan servir para determinar la an- 
tigüedad positiva de la obra. No juzgo necesario hacer otro 
tanto a Un de refutar las opiniones de otros escritores prece- 
dentes en cuanto a la cuestión bibliográfica que voi a ensayar 
resolver, pues ninguno de ellos se ha apoyado jamas sen algo 
que sea decisivo. 

«Dividiré el tema en varias proposiciones distintas que con- 
ducirán paso a paso al lugar especial donde la crónica fué fa- 
bricada. Podremos entonces fijar su fecha con mas exactitud de 
lo que hasta ahora so ha hecho, i descubrir al falsificador.» 

Don Andrés Bello refundió i completó la memoria cuya in- 
troducción acaba do leersc,cn otras dos, escritas en > castellano, 
([lio insería en los Anales de la Universidad de Chile, años 
de 1854 i 1858. 

Las observaciones contenidas en estos dos últimos trabajos 
so refieren a los puntos indicados por los epígrafes de los pá- 
rrafos en que está dividida la de 1854. 

La Crónica de Turpjn se escribió pocos años antes o des- 
pués ele 1109. — El autor fué español, o residí® en España. 
— El autor fué algún eclesiástico personalmeie interesado 
en la exaltación de la silla de Santiago. — El autor no fué 
español. — Parece que el autor fué Dalmacio, obispo de 
Iria,, i que la escribió en Compostela el año 1095. — Rela- 
ción de la Crónica de Tukbdj con los poemas caballerescos 
anteriores i posteriores. 



SrANisH Ballass, tomo I, folio VIII. 



DE DON ANDRÉS BELLO 131 



El Orlando Enamorado. 

El estudio de la literatura caballeresca inspiró a Bello una 
composición incomparablemente *mas amena ¡ que sus diserta- 
ciones sobre la Crónica de Tur pin. 

El conde Mateo María Boyardo, poeta italiano, dio a luz en. 
la segunda mitad del siglo XV hasta sesenta i nueve cantos de 
un poema titulado Orlando Innamorato, que dejó inconcluso. 

Esta obra contiene un conjunto de aventuras caballerescas 
subordinadas a una acción principal., que es la historia de los 
amores i proezas de Orlando durante el sitio fabuloso de Paria 
por los sarracenos. 

Boyardo» supo presentar su argumento i sus personajes con. 
una animación sorprendente,, la cual granjeó al poema tanta . 
popularidad, que Ariosto* juzgó digno de su talento el conti- 
nuarlo en el mui aplaudido Orlando Furioso. 

No obstante, el estilo de Boyardo, a juicio de los conocedores ^ 
es bastante imperfecto, sobre todo en cuanto a la grandiosidad 
i a la gracia. 

La desigualdad de mérito que se notaba entre 4a concepción* 
i la ejecución sujirió al canónigo Francisco Berni, poeta ita- 
liano del siglo XVI, la idea de rehacer la producción de Bo- 
yardo cantopor canto, i casi octava por octava.. 

Berni remató mui acertadamente la empresa, reemplazando < 
las locuciones prosaicas o^ "vulgares de Boyardo por otras en¿ 
que lozaneaban la viveza. i la: brillantez. . 

El Orlando Innamorato conservó así lo que primitivamen- 
te habia tenido de bueno r i adquirió lo que- desdé luego le ha- 
bía faltado. 

Sin embargo, la obra' imitada,.o mas propiamente rehecha, 
tuvo un carácter distinto del que aparece en el modelo. 

Berni, talento orijinal hasta frisar a veces en la estra vagan- 
cia, e inclinado a la burla i a la sátira, convirtió el poema he- 
roico-serio de Boyardo en otro heroico-cómico. 

A causa de esto, algunos críticos han considerado a Berni 
como un precursor de Cervantes. 



182 VIDA 

Encantado Bollo con la loca fantasía, i con la chispa de 
Berni, ensayó espresar en octavas castellanas la obra de éste. 

En efecto, alcanzó a traducir catorce cantos, en los cuales 
realizó atinadas correcciones, i a que puso injeniosas introduc- 
ciones de su invención . ♦ 

Para que pueda apreciarse lo que vale esta obra de Bello, 
sirva do muestra el encabezamiento del canto 1 ." 

Yo siento a par del alma que no hubiera 
El gran cabalgador de Rocinante 
Resucitado la dichosa era 
De la caballeresca orden andante; 
Que a ser él venturoso, no se viera, 
Como se ve, la iniquidad triunfante, 
Ni viciara la sórdida codicia 
La humana sociedad, como la vicia. 

Porque hoi al interés todo se postra. 
¿Dó se ve ahora aquel heroico aliento 
Que los peligros i la muerte arrostra 
Para dar cima a un j eneros» intento/ 
Nuestra ufana cultura es una costra 
Que esconde pestilente, hondo fermento; 
Espléndido sepulcro, por defuera 
Pulido jaspe, adentro gusanera. 

¿Qué es de aquellos valientes paladines 
Que en el campo, en el yermo, en rejia corte, 
Daban contra alevosos malandrines 
Al débil sexo i la orfandad conorto, 
Llevando hasta los últimos confines 
Del mundo en su tizona el pasaporte, 
I una dama jentil talvez al auca, 
I todo sin costarles una blanca? 

¡Feliz edad! Mil veces te bendigo. 
No a la presante, en que si alguno piensa 
(I al buen mancliego, apelo por tesligoj 
Salir de la justicia a la defensa, 
Sepa que ha do tener por enemigo 
Al mundo, que le guarda en recompensa 
La Peña Pobre de Amadis de diaula, 
El hospital, la cárcel o una ¡aula. 



DE DOXANDR.ES BELLO 1SÍ 

Un bravo capitán con eficacia 
Por una buena causa se apersona, 
I os demanda después con mucha gracia, 
I con mucha modestia, una corona; 
I si orejea la nación rehacía 
I el monarca novel la desazona, 
¡Pobre de a:juel que un poco recio chista! 
¡Viva Su Majestad! i penca lista. 

Esotro, demagogo vocinglero, 
¡fíloriá, dice, a la sania democracia 1 / 
I añade en baja voz: un cargo quiero; 
De ministro de estado, verbigracia. 
Así vivieras tú, noble Rujero, 
I tú, Roldan, i Cironjil de Tracia; 
Que ya ajustar sabríades la cuenta 
A tanto perillán que nos revienta. 

Mas aunque en el sepulcro te has hundido,. 
Jeneracion poética dichosa, 
lestá el jénero humano reducido 
Por sus pecados a vivir en prosa, 
No por eso tu fama en el olvido 
S.a hunda también bajo la. misma losa; 
Antes perennemente clara, i bella 
Luzca, i el alma se solace en ella. 

Ya a los Reinaldos i Ricartes veo 
Salir armados de la huesa oscura, . 
I disputarse en justa o en torneo 
El prez de la destreza o la bravura; 
En cada campo, algún. marcial trofeo; 
En cada encrucijada, una aventura. 
¡Qué de castillos, torres, hadas, magos, 
Jayanes i vestiglos i endriagos! 

Pues banquetes i zambras no.se diga,. 
I alegre danza i música- gozosa, 
Donde el valor depone la loriga, 
I se enguirnalda de jazmín i rosa; 
I la infanta heredera, que en la liga 
De amor cayó, discreta a par que hermosa, 
La fe recibe de su caro andante, 
I se le rinde a todo su talante. 



I 8 i VIDA 

Como el cautivo su dolor serena, 
Cuando la desvelada fantasía 
Le finje en torno la campiña amena 
En que s\ielto i feliz vagaba un dia, 
I en tanto ni le escuece la cadena, 
Ni ve el horror de su mazmorra umbría; 
Con el ausente amigo, tiene fiesta, 
I la voz de su amada oye i contesta; 

Tal se calma mi espíritu doliente, 
Cuando de lo que fué la sombra evoco, 
I corro la cortina alo presente, 
I otro mundo mas bello miro i toco. 
¿A quién de cuando en cuando este inocente, 
Este dulce soñar, no agrada un poco? 
Respira en tanto el alma i hurta al ceño 
De la fortuna lo que dura el sueño. 

Las estrofas que acaban de leerse, i las otras en qué Helio 
ha traducido el Orlando, habrían podido ser firmadas por los 
mejores versificadores de nuestra lengua. 

Ellas aseguran a quien las combinó i rimó una prez indis- 
putable. 

Aunque, como era justo, Bello quedó contento de su traba- 
jo, lo dejó guardado, según su costumbre, por mucho mas 
tiempo del que exijia el rigoroso Horacio, i cosa todavía harto 
peor, escrito con su inintelijible letra. 

En los últimos años de su vida, algunos de sus amigos i ad- 
miradores lograron a fuerza do instancias el que lo dictara 
para sacarlo en limpio. 

Al fin, don Diego Barros Arana, en 1862, consiguió que 
Bello le permitiera imprimirlo, primero en El Correo del 
Domingo, i después, en una edición separada, que ha llegado 
a ser escasa. 

Don Andrés Bello lamentaba no haber empleado en la tra- 
ducción de otra obra el trabajo i el tiempo que gastó en verter 
al castellano el poema de B'erni. 

Varias veces le oí decir: 

— ¿Cómo no se me ocurrió traducir, en vez del Orlando 
Enamorado, la Jerusalen Libertada, que es mas corta, i de 
mayor mérito? 



Nombramiento de Bello para secretario de la legación chilena 
en Londres, 



Por una feliz casualidad, cuando terminaron sus funciones 
de maestro de los hijos de Hamilton, don Andrés Bello fué 
llamado a servir de secretario en la legación chilena por don 
Antonio José de Irisarri, que estaba encargado de ella, i con 
quien la afición a las letras, común a ambos, le habia hecho 
contraer amistad. 

Me parece oportuno dar a conocer el testo del título en cu- 
ya virtud Bello principió a prestar a Chile servicios que debían 
ser tan largos, tan variados, i tan sumamente importantes. 

«Don Antonio José de Irisarri, enviado extraordinario i mi- 
nistro plenipotenciario del supremo gobierno de Chile. 

«Por cuanto, se halla vacante el empleo de secretario de 
esta legación por dimisión de don Francisco Rívas; i debiendo 
proveerlo interinamente en una persona cuya aptitud i demás 
circunstancias aseguren el exacto desempeño de las funcio- 
nes de este cargo, nombro por el presente por tal secretario 
interino de esta legación de Chile a don Andrés Bello, comisa- 
rio de guerra i secretario de la primera legación de Venezuela 
en Londres, declarándole el fuero que gozaba en su anterior 
destino, i asignándole el sueldo anual de dos mil pesos. 

«Dado en Londres, a 1.° de junio de 1822,5.° de la inde- 
pendencia. — Antonio José dé Irisarri. » 

El oficio .eon que Irisarri remitió a Bello el precedente título 
es el que sigue: 



1SG VIDA 

«Londres, 1.° de junio de 1822. 

«Acompaño a Usted el nombramiento interino de secretario 
de la legación de Chile, de que cstoi encargado; i con esta 
fecha, daré cuenta de él al excelentísimo señor director supre- 
mo del estado, pidiéndole su aprobación i la propiedad del 
empleo, mientras durare la legación. Aunque, en dicho nom- 
bramiento, hago a Usted la asignación de dos mil pesos anua- 
les, se entenderá que, mientras este sueldo se pagare en Lon- 
dres, debe hacerse el pago en moneda esterlina a razón de 
cinco pesos por libra; i si por algún acaso, se h?eiese en Paris, 
o en otra corte de Europa, que no sea la de España, será en 
la moneda del país en que se pague, i al cambio corriente del 
peso de Chile, que es actualmente del mismo valor, que el 
español. 

«Dios guarde a Usted muchos años. — xVxtonio José dé Iri- 
sar ri. 

«Señor Don Andrés Bello». 

Irisarri comunico al gobierno de Chile en la forma que si- 
gue el nombramiento de don Andrés Bello para secretario 
interino de la legación en Londres. 

«Londres, 5 de junio de L822. 

«Habiendo recibido una carta de don Francisco Rívas, escri- 
ta de Caracas, en que me avisa que no puede volver a Euro- 
pa, ni a Chile, por haberse casado en aquella ciudad, be 
nombrado con fecha de 1.° del presente por secretario interi- 
no de esta legación a don Andrés Bello, secretario que fué 
de la primera legación de Venezuela que vino a esta corte el 
año de 1810. Le he concedido el fuero i honores de comisario 
de guerra que tenia en Venezuela, porque no era regular que, 
solicitándole yo para el servicio de Chile, le ofreciese menos, 
que lo que antes tenia. Por la misma razón, le he hecho la 
asignación de cuatrocientas libras esterlinas anuales, o dos 
mil pesos, porque me consta que él deja de ganar igual can- 
tidad, admitiendo este empleo. 

«Yo he creído hacer una adquisición mui ventajosa para" 
Chile en la persona del señor Bello, cuyos talentos, erudición 
i moralidad le hacen apreciable entre cuantos le conocen; i 



DE DON ANDRÉS BELLO 1S7 



recomendándole a Usía para que se sirva alcanzar del excelentí- 
simo señor director supremo la confirmación de este nombra- 
miento, aspiro menos a ver aprobada mi elección interina, que 
a asegurar a Chile los servicios de una persona que no puede 
menos de servirle bien, i de hacerle honor. 

«Dios guarde a Usía muchos años. — Antonio Jostí de Ibi- 
sarri. 

a Señor Ministro Secretario de Estado de Relaciones Este- 
riores.» 

Las conmociones intestinas que ajitaron a Chile a fines de 
1822, i a principios de 1823, fueron causa de que el gobierno 
del jeneral O'IIiggins dejara a Bello en la legación solo como 
interino. 

Al fin, en abril de 1824, don Antonio José de Irisarri fué 
reemplazado en el cargo de plenipotenciario por don Mariano 
de Egaña; i don Andrés Bello, en el de secretario, por don Mi- 
guel de la Barra, 

No obstante esta determinación suprema, Bello supo desde 
luego inspirar a Egaña tanta estimación, que éste juzgó indis- 
pensable conservarle a su lado para aprovechar su esperiencia 
en los negocios. 

Así, Bello continuó sirviendo a Chile hasta que, disgustado 
por una de las jenialidades de Egaña, renunció el empleo; pe- 
ro es de advertir que la desavenencia entre el superior i el 
subalterno no fué tan acalorada, que cortaran sus relaciones 
de amistad. 

En el período de su vicia a que se refiere el presente párra- 
fo, don Andrés Bello recibió de los ajentes diplomáticos del 
Perú en Inglaterra, una honrosa manifestación de aprecio, que 
no debe pasarse en silencio. 

Léase el siguiente documento que se da a luz por la prime- 
ra vez. 

«Londres, í abril 16 de 1823. 

«El supremo gobierno del. Perú ha tenido a bien remitirnos 
unas cuantas medallas de las que se acuñaron en Lima para 
conmemorar el dia en que aquella capital juró su independen- 
cia., ordenándonos que las distribuyamos entre las personas 



188 VIDA 

que se hubiesen señalado por sus servicios i por su adhesión a 
la causa de América; 

.«í siendo Usted, en nuestro concepto, tan acreedor por mu- 
chos títulos a esta distinción, tenemos la satisfacción de pre- 
sentarle las dos medallas, una do oro i otra de plata (que son 
adjuntas), que no dudamos se servirá Usted aceptar como una 
prueba del aprecio con que el gobierno del Perú mira en Us- 
ted uno de los ilustres defensores i abogados de la libertad del 
nuevo mundo. 

«Tenemos la honra de asegurar a Usted que somos, con los 
sentimientos de nuestra mas alta consideración i aprecio, sus 
mui obedientes servidores — J. García, del Rio. — Diego Pa- 
roissiex. 

«Señor Don Andrés Bello, Secretario de la Legación Chi- 
lena. » 



La Biblioteca Americana. 

Hasta la fecha a que esta narración ha llegado, don Andrés 
Bello había llevado a cabo sus importantes trabajos, sin otro 
estímulo, que el deseo do aprender, i la afición mas desintere- 
sada al cultivo de las letras. 

No había buscado con ellos el lucro. 

No había sido impulsado siquiera en su penosa preparación 
i ejecución por el aliciente de la publicidad i de la fama. 

Rara composición suya había salido impresa. 

Su tarea, puede decirse, había sido silenciosa. 

Solo unos cuantos de sus amigos habían conocido el objeto 
de las investigaciones a que so había entregado con laudable 
constancia, i abundante provecho. 

Como, el año de 1823, el aspecto político de la América Es- 
pañola, después de grandes peripecias, empezara ya a ser bas- 
tante lisonjero, concibió con su amigo el neo-granadino don 
Juan García del Rio el proyecto de fundar una revista even- 
tual, que contribuyera a la ilustración de las nuevas repúbli- 
cas, en las cuales la instrucción era en estremo escasa. 



DE DON ANDRÉS BELLO 3S9 



Para realizar este designio , formaron una sociedad de hispa- 
no-amcricanos, a que pertenecieron ademas de los dos promo- 
tores, don Luis López Méndez, don P. Cortes, i otro que se 
firmaba con las iniciales A. G. M. 

Tal fué el orí jen de la Biblioteca Americana, o Miscelánea 
de Literatura, Artes i Ciencias, cuyo prospecto apareció en 
Londres el 16 de abril de 1823. 

Cada número de esta revista debia componer un libro bas- 
tante voluminoso, adornado con láminas de color, i dividido 
en tres secciones destinadas: la primera, alas humanidades i 
artes liberales; la segunda, a las ciencias matemáticas i físi- 
cas con sus aplicaciones; i la tercera, a la ideolojía, moral 
e historia. 

Aquella empresa era obra de puro patriotismo. 
Los redactores no pretendían otra ganancia, que la de servir 
a sus conciudadanos. 

Solo alcanzaron a salir las tres secciones del primer tomo T 
el cual comprende 470 pajinas en 4.°; i la primera sección del 
segundo, la cual comprende G0. 

Don Andrés Bello fué uno de los que proporcionaron mayor 
número de artículos, ya traducidos, ya orijinales. 

Basta recorrer las materias de esos artículos para apreciar 
cuánta era la variedad de conocimientos que liabia adquirido. 
Principiaré por presentar un catálogo de los que insertó en 
las dos secciones de bumanidades. 

Juicio sobre las Orras Postumas de don Nicasio Alvarez 
de Cienfuégos. 

Qué diferencia liai entre las lenguas griega i latina por 
una parle, i las lenguas romances por otra, en cuanto a 
los acentos i cantidades de las sílabas, i qué plan debe 
abrazar un tratado de prosodia para la lengua caste- 
llana. 

Noticia de la obra de Sismondi sobre la Literatura del 
Mediodía de Europa; re fútanse algunas opiniones del autor 
en lo concerniente a la de España; averiguase la antigüe- 
dad del Poema del Cid; si el autor ele este Poema es el que 
pretende don R. Floráncs; juicio de Sismondi demasiado 



tOO VIDA 

nevero respecto de los chísicos castellanos; estrado de su 
obra relativo al Qi'ijote. 

Pero aunque los artículos literarios sean, sobre orij ¡nales, 
bastante notables, llaman mas particularmente la atención los 
varios, traducidos o cstraetados, referentes a temas científicos, 
que suministró, pues manifiestan que Bello cultivaba simul- 
táneamente las letras i las ciencias. 

lié aquí la lista de los artículos de esta segunda clase. 

Consideraciones sobre la naturaleza por Virey. 

Magnetismo terrestre. 

Palmas americanas. 

Cordillera de Himalaya. 

Lista de algunos de los montes mas elevados de la tie- 
rra^ con sus respectivas alturas en varas castellanas. 

Teoría de las ¡proporciones definidas, i tabla de los 
equivalentes químicos. 

Nueva especie de papa en Colombia. 

Avestruz de América. 

Vacuna. 

Sobre la diferencia jenérica entre las varicelas i las vi- 
ruelas. 

Cultivo i beneficio del cáñamo. 

Dos de los trabajos publicados por Bello en la Birliotec.v 
Americana merecen una especial recomendación. 

Es el primero el que dio a luz en unión de García del Rio 
con el título do 

Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar i 
uniformar la ortografía en América. 

Los autores de este interesante artículo anhelaban facilitar 
el arte de la lectura, desgraciadamente a la sazón mui poco 
difundido en la América Española. 

Para esto, proponían que la pronunciación fuera el único 
fundamento de las reglas ortográficas. 

Obsérvese la solidez de raciocinio con que apoyaban esta 
opinión. 

a El mayor grado de perfección de que la escritura es sus- 
ceptible, i el punto a que, por consiguiente, deben conspirar 



DE DON AXDUES BELLO 191 



todas las reformas, se cifra en una cabal correspondencia en- 
tre los sonidos elementales do la lengua, i los signos o letras 
que han de representarlos, por manera que a cada sonido ele- 
mental, corresponda invariablemente una letra, i a cada letra, 
corresponda con la misma in variabilidad un sonido. 

«Ilai lenguas a quiénes talvez no es dado aspirar a este 
grado último de perfección en su ortografía; porque, admitien- 
do en sus sonidos transiciones, i, si es lícito decirlo así, medias 
tintes (que, en sustancia, es componerse de un gran número 
de sonidos elementales), sería necesario, para que perfecciona- 
sen su ortografía, que adoptaran un gran número de letras 
nuevas, i se formaran otro alfabeto diferentísimo del que hoi 
tienen, empresa que debe mirarse como imposible. A falta de 
este arbitrio, se han multiplicado en ellas los valores de las 
letras, i sé han formado lo que suelen llamarse diptongos im- 
propios, esto es, signos complejos que representan sonidos 
simples. Tal es el caso en que se hallan las lenguas inglesa i 
francesa. 

«Afortunadamente una de las dotes que recomiendan al cas- 
tellano es el constar de un corto número de sonidos elemen- 
tales, bien separados i distintos. El es quizá el único idioma 
de Europa que no tiene mas sonidos elementales que letras. 
Así, el camino que deben seguir sus reformas ortográficas es 
obvio i claro: si un sonido es representado por dos o mas 
letras, clejir entre ellas la que represente aquel sonido 
solo, i sustituirla en él a las otras. » 

García del Rio i Bello hacen notar con mucha razón que la 
Real Academia Española ha practicado en varios casos para 
mejorar la ortografía castellana esta regla incontrovertible. 

«En 1803, dicen, dio lugar en el alfabeto a las letras 11 i ch 
como representantes de los sonidos con que so pronuncian en 
llama, chopo; i suprimió la ch, cuando tenia el valor de k, 
como en christiano, cliimera, sustituyéndole, según los ca- 
sos, c o q, i escusando la capucha o acento circunflejo que, 
por via de distinción, solia ponerse sobre la vocal siguiente. 
Desterró también la ph i la k; i para hacer mas dulce la pro- 
nunciación, omitió algunas letras en ciertas voces en que el 



19:2 viij.v 

uso indicaba está novedad, como la b en substancia, obscuro, 
la ñ en transponer, etc., sustituyendo en otras la s a la a - , 
como en extraño, extranjero. 

«La edición do 1815 (igual en todo a la de '18 c 20; añadió 
otras importantes reformas, como la de emplear exclusiva- 
mente la c en las combinaciones que suenan ca, co, cu, dc- 
jándoec a la <[ únicamente las combinaciones que, qni, en 
que es muda la u, i resultando, por tanto, superfina la crema, 
que se usaba, porvia de distinción, en cloqueada, qilestion, 
i otros vocablos semejantes. » 

García del Rio i Bello, junto con reconocer que estas inno- 
vaciones i otras análogas, eran un gran paso, esponian que 
la docta corporación habia sido tímida i poco consecuente, no 
yendo en este punto hasta donde debiera. 

Entre los diversos ejemplos de anomalía que citan, se enu- 
mera el do haber sustituido la i a la y en jjcync, ayre, 
coyma, i no en ley, convoy, muy, donde es también vocal. 

Con este motivo, don Andrés Bello solía referir mas tarde 
una anécdota que creia haber oído al académico don Joaquín 
Lorenzo de Villanueva. 

Contaba éste que estaba ya para promulgarse la regla jcneral 
de la sustitución de la i a la y en todo diptongo grave termi- 
nado por y, cuando uno de los miembros de la Real Acade- 
mia Española hizo presente que, adoptándose jeneralmente la 
regla, sería preciso correjir la ortografía de la estampilla con 
que se firmaban los despachos i provisiones reales: Yo el Rey, 
dificultad que a los señores académicos pareció insuperable. 
Se propuso, pues, i se adoptó la escepcion de los diptangos 
finales. 

Lo que, según García del Rio i Bello, habia impedido a la 
Academia ser completamente lójica habia sido el adoptar co- 
rno principios fundamentales para la formación de las reglas 
ortográficas, no solo la pronunciación, que es el único lejíti- 
mo, sino también el oríjen, i el uso, que son inoportunos i 
perjudiciales. 

«La etimolojía, dicen, es la gran fuente de la confusión de 
los alfabetos de Europa. Uno de los mayores absurdos que han 



DE DON ANDRÉS BELLO 193 



podido introducirse en el arte de pintar las palabras, es la re- 
gla que nos prescribe deslindar su oríjen para saber de qué 
modo se han de. trasladar al papel, como si la escritura tratase 
de representar los sonidos que fueron, i no únicamente los 
sonidos que son, o si debiésemos escribir como hablaron 
nuestros abuelos, dejando probablemente a nuestros nietos la 
obligación de escribir como hablamos nosotros. 

«Por ejemplo, la j es el signo mas natural del sonido con que 
empiezan las dicciones jarro, genio, giro, joya, justicia, 
como que esta letra no tiene otro valor en castellano, circuns- 
tancia que no puede alegarse en favor de la g o la x. ¿Por 
qué, pues, no hemos de pintar siempre este sonido con j? Pa- 
ra los ignorantes, lo mismo es escribir genio, que jenio. Los 
doctos solos estrañarán la novedad; pero será para aprobarla, 
si reflexionan lo que contribuye a simplificar el arte de leer, i 
a fijar la escritura. Ellos saben que los romanos escribieron 
genio, porque pronunciaban guenio, i confesarán que noso- 
tros, habiendo variado el sonido, debiéramos haber variado 
también el signo que lo representa.» 

«En cuanto al uso, observan, cuando éste se opone a la ra- 
zón i a la conveniencia de los que leen i escriben, lo llamamos 
abuso. y> 

En confirmación de su tesis, García del Rio i Bello agregan 
que el uso ortográfico ha estado mui lejos de ser tan constan- 
te, como algunos lo imajinan. 

Los antiguos ejecutaron algunas de las reformas que ahora 
se proponen nuevamente. 

Los modernos han abandonado algunas de las prácticas 
ortográficas de los antiguos. 

García del Rio i Bello citan comprobantes curiosos de lo uno 
i de lo otro. 

«Los antiguos (con cuyo ejemplo queremos defender lo que 
ellos condenaban, en vez de llevar adelante las juiciosas re- 
formas que habian comenzado), dicen, casi habían desterrado 
el h de las dicciones donde no se pronuncia, escribiendo om~ 
bre, ora, onor. Así, el rei don Alonso el Sabio, que empezó 
cada una de las Siete Partidas con una de las letras que 

V, DE B. 25 



194 VIDA 

componían su nombre (Alfonso) principia la cuarta con la pa- 
labra orne (que, por inadvertencia de los editores, según obser- 
vó don Tomas Antonio Sánchez, se escribió después home). 
Pero vino luego la pedantería de las escuelas, peor que la 
ignorancia; i en vez de imitar a los antiguos acabando de 
desterrar un signo superfluo, en vez de consultarse como ellos 
con la recta razón, i no con la vanidad de lucir su latín, resta- 
blecieron el h aun en voces donde ya estaba de todo punto 
olvidada. 

«Nosotros hemos hecho de la y una especie de i breve, em- 
pleándola como vocal subjuntiva de los diptongos (ayre, pey- 
ne), i en la conjunción y. Los antiguos, al contrario, em- 
piezan con ella frecuentemente las dicciones, escribiendo Yba, 
Yra, de donde talvez viene la práctica do usarla como i mayús- 
cula en lo manuscrito. Es preciso confesar que esta práctica 
de los antiguos era bárbara; pero en nada, es mejor la que 
los modernos sustituyeron.» 

Ajustándose a las ideas espuestas, García del Rio i Bello 
someten un proyecto de reformas ortográficas a la parte ilus- 
trada del publico americano, presentándolas en el orden suce- 
sivo con que creían sería conveniente adoptarlas. 

ÉPOCA PRIMERA 

1.° Sustituir la j a la x i a la g en todos los casos en que 
estas últimas tengan el sonido gutural árabe. 

2.° Sustituir la i a la y en todos los casos en que ésta haga 
las veces de simple vocal. 

3.° Suprimir el h. 

4.° Escribir con rr todas las sílabas en que haya el sonido 
fuerte que corresponde a esta letra. 

5.° Sustituir la z a la c suave. 

G.° Desterrar la u muda que acompaña a la q, 

ÉPOCA SEGUNDA 

7.° Sustituir la q a la c fuerte. V 

8.° Suprimir la u muda que, en algunas dicciones, acom- 
paña a la (j. 



DE DON ANDRÉS BELLO 195 



Por este medio, García del Rio i Bello reducen las letras de 
nuestro alfabeto, de veinte i siete que señalaba la Real Aca- 
demia Española, a veinte i seis, variando sus nombres del mo- 
do siguiente: 

A. B. Ch. D. E. F. G, I. J. L. Ll. M. N. Ñ. O. P. 

a. be. che. de. e. fe. gue. i. je. le. lie. me. ne. ñe. o. pe. 

Q. R. RR. S. T. U. V. X. Y. Z. 

qe. ere. rre. se. le. u. ve. exe. ye. ze. 

García del Rio i Bello esplican como sigue los fundamentos 
de este arreglo del alfabeto castellano. 

«Quedarían así desterradas las letras c i h 1 la primera por 
ambigua, i la segunda, porque no tiene significado alguno; so 
escusarian la u muda, i el uso de la crema; se representarían 
los sonidos r i rr con la distinción i claridad conveniente; i en 
fin, las consonantes g, x, y tendrían constantemente un mismo 
valor. No quedaría, pues, mas campo a la observancia de la 
etimolojía i del uso, que la elección de la b i de la v, la cual 
no es propiamente ele la jurisdicción de la ortografía, sino de 
la ortoepía, porque a ésta toca esclusivamente señalar la bue- 
na pronunciación, que es el oficio de aquella representar. 

«Para que esta simplificación de la escritura, facilitase, 
cuanto es posible, el arte de leer, se haría necesario variar loa 
nombres de las letras, como lo hemos hecho; porque, dirijicn- 
dose por ellos los que empiezan a silabar, es de suma impor- 
tancia que el nombre mismo de cada letra recuerde el valor 
que debe dársele en las combinaciones silábicas. Ademas, 
hemos desatendido en estos nombres la usual diferencia de 
mudas i semi- vocales, que para nada sirve, ni tiene funda- 
mento alguno en la naturaleza de los sonidos, ni en nuestros 
hábitos. Nosotros llamamos be, cae, fe, lie, etc., (sin e ini- 
cial) las consonantes que pueden estar en principio de dicción, 
i solo ere i exe (con e inicial) las que nunca pueden empezar 
dicción, ni por consiguiente sílaba; de que se deduce que, 
cuando ee hallan en medio de dos vocales, forman sílaba con 
la vocal precedente, i no con la que sigue.» 



496 vida 

Se ve que don Andrés Bello empezó por ocuparse en el 
arreglo del alfabeto para ir a parar a las materias mas eleva- 
das i abstrusas de la lójica. 

García del Rio i Bello atribuían tanta importancia a la re- 
forma ortográfica, que reprodujeron sus indicaciones sobre 
ellas en El Repertorio Americano, tomo 1. 

Bello escribió, en el tomo 2, un nuevo artículo para apoyar 
el precedente. 

Entre otras ideas, sostiene, en este artículo, la de que el 
progreso en la ortografía solo puedo ser realizado por la acción 
individual, mas bien que por la autoridad de las corporaciones 
literarias. 

«Un instituto filolójico, dice, debe ceñirse a esponer senci- 
llamente cuál es el uso establecido en la lengua, i a sujerir las 
mejoras de que le juzgue susceptible, quedando el público, es 
decir, cada individuo, en plena libertad para discutir las opi- 
niones del instituto, i para acomodar su práctica a las reglas 
que mas acertadas le parecieren. La utilidad de estos cuerpos 
consiste principalmente en la facilidad que proporcionan de 
repartir entre muchas personas los trabajos, a veces vastos i 
prolijos, que demanda el estudio i cultivo do una lengua. La 
libertad es en lo literario, no menos que en lo político, la pro- 
movedora de todos los adelantamientos. Como ella sola puedo 
difundir la convicción, a ella sola es dado conducir, no deci- 
mos a una absoluta uniformidad de práctica, sino a la decidida 
preponderancia de lo mejor éntrelos hombres que piensan.» 

Las cuiniones do Bello en el asunto de la refojma ortográfi- 
ca manifiestan que habia sabido aprovecharse de las lecciones 
de esa escuela filosófica inglesa que cimenta sus teorías en la 
esperioncia, i que encamina sus investigaciones a un objeto 
positivo i bien determinado. 

Nuestro autor persistió inquebrantable durante toda su vida 
en el propósito de jeneralizar la reíprma ortográfica que habia 
propuesto el año de 1823 en unión con don Juan García del 
Rio. 

El 17 de octubre de 1843, el escritor arjentino don Domingo 
Faustino Sarmiento, residente a la sazón en Chile, leyó ante la 



DE DON ANDRÉS BELLO 197 



facultad de humanidades una memoria en la cual sostenía que 
debían introducirse en la ortografía usada en las repúblicas 
españolas del nuevo mundo innovaciones mucho mas radica- 
les, que las indicadas en La Biblioteca Americana a que se 
referia. 

A consecuencia de esto, i mediante su prestijio, Bello obtuvo 
que este cuerpo aprobase en la mayor parte, i con variaciones 
no sustanciales, la reforma ortográfica que él mismo habia 
propuesto en Londres. 

Queriendo desbaratar la resitencia que la rutina oponía a la 
innovación, publicó, en apoyo del acuerdo de la facultad de 
humanidades, dos artículos mui dignos de ser consultados: el 
uno en El Araucano, mayo de 1844, i el otro en la Revista 
dé Santiago, enero de 1848. 

Por algunos años, se usó en Chile generalmente la ortogra- 
fía reformada. 

Después, aun cuando no se ha perseverado en muchas de las 
innovaciones, se ha persistido por el mayor número en el em- 
pleo de la i, siempre que hace el oficio de vocal, i en el de la 
y, siempre que se trata de representar el sonido gutural árabe. 

Es de presumirse que la ortografía de la Biblioteca Ame- 
ricana será aproximativamente la ortografía del porvenir en 
las naciones de orí jen español. 

La segunda de las composiciones insertadas por Bello en esa 
revista que merecen ser señaladas en especial es la Alocución 
a la Poesía, la cual consta de dos fragmentos de un poema 
titulado América, en que el autor introducía las alabanzas de 
los pueblos e individuos americanos que mas se habían distin- 
guido en la revolución de la independencia. 

Este canto hizo popular el nombre de Bello en las nacientes 
repúblicas, pues cada una de ellas encontró en la Alocución 
a la Poesía alguna alusión a sus sufrimientos i a sus victorias. 

Bello fué uno de los primeros americanos que bebió en esa 
fuente de la poesía histórica i heroica, donde tantos otros de- 
bían posteriormente ir a buscar inspiración. 

Las composiciones de esta especie eran mui propias para 
despertar el entusiasmo de pueblos llenos de juventud i de es- 



193 VIDA 

peraiiza, ansiosos de gloria, que, para marchar impávidos hacia 
adelante, necesitaban ser aplaudidos por lo que habian sopor- 
tado sin doblegarse, i por lo que habian llevado a cabo supe- 
rando todo linaje de obstáculos. 

La Alocución a la Poesía vino a satisfacer con grande opor- 
tunidad esa exijencia pública tan natural i tan noble. 

Los españoles americanos acojieron la revista de Bello i de 
sus socios con marcada aceptación i con merecidos encomios. 

«El favor con que el primer tomo de La Biblioteca se reci- 
bió en América, dijeron algunos años mas tarde los redactores, 
excedió en mucho nuestra esperanza. El número de ejemplares 
impresos, aunque considerable, no bastó a satisfacer la deman- 
da; i de todas partes, se recibieron comunicaciones lisonjeras, 
que alentaban a continuar la empresa, i ofrecían ausilios para 
llevarla adelante. » 

Sin embargo, La Biblioteca se suspendió en la primera en- 
trega del segundo tomo. 

Los costos de la edición, lujosa, c ilustrada con finas es- 
tampas, eran en estremo subidos; i mientras tanto, las dificul- 
tades de comunicación con las nuevas repúblicas impedían por 
lo jeneral que pudiera recojerse el precio de las suscripciones. 

Este incoveniente, que no habian previsto, obligó a los re- 
dactores a interrumpir mui a su pesar la publicación. 



XIV 



Nombramiento de don Andrés Bello para secretario de la legación 
de Colombia en Londres. 



Su retiro do la legación chilena colocaba otra vez en angus- 
tiosa situación pecuniaria a Bello, que, al volver a la carrera 
diplomática, habia perdido naturalmente su clientela de profe- 
sor. 

Tal contrariedad le era tanto mas dolorosa, cuanto que, el 24 
de febrero de 1824, habia contraído segundas nupcias con una 
joven inglesa llamada doña Isabel Antonia Dunn, la cual de- 
bía amarle i cuidarle en los muchos años que él aun habia de 
vivir. 

Sin embargo, una feliz casualidad salvó a Bello de la miseria 
en que estuvo espuesto a caer de nuevo. 

El plenipotenciario de Colombia don Manuel José Hurtado 
se encontró en aquellas circunstancias sin secretario, por ha- 
ber regresado a América don Luis Pombo, que le habia acom- 
pañado en calidad de tal. 

Sabedor Hurtado de que Bello se hallaba sin ocupación, se 
apresuró a llamarle para que desempeñase accidentalmente el 
cargo. 

Al mismo tiempo, propuso a Bello para la propiedad. 

Parece que don Andrés escribió también por su parte al mi- 
nistro de relaciones esteriores de Colombia en solicitud de este 
empleo, o de otro, según se colije de la carta que paso a co- 
piar. 



200 



«Bogotá, noviembre 9 de 1824. 

«Mi Estimado Señor. 

«El dia antes de recibir la apreciable carta de Usted, de 14 
de agosto último, habia yo hablado al gobierno sobre la conve- 
niencia de emplear a Usted útilmente en Europa. Mucho me 
ha complacido, por tanto, el ver en la recomendación del se- 
ñor Hurtado, i en el contenido de la de Usted, una perfecta 
coincidencia con mis deseos i sentimientos. Va, pues, hoi el 
título do secretario de esa legación, que estoi cierto desempe- 
ñará Usted a satisfacción de nuestro gobierno. 

«Trabaje Usted con asiduidad en disipar los errores que 
prevalecen en Europa, particularmente en el continente, sobre 
la actual condición de los estados americanos. Nada hai mas 
ridículo en esa parte, que los diarios de Paris de 1823 i 24. 
Ni nuestros amigos, ni nuestros enemigos dicen la verdad. 
Ambos necesitan de ideas exactas. 

«Saluda a Usted mui afectuosamente su amigo i compatrio- 
ta — P. Gual. 

«Posdata. — Mucho deseo que Usted acabe de publicar su 
poema titulado América. Son excelentes los fragmentos quo 
he visto. 

«Señor Andrés Bello, etc.» 

El título de secretario espedido a favor de Bello es el que 
sigue: 

«República de Colombia. 

«Francisco de Paula Santander, jeneral de división de los 
ejércitos de Colombia, délos libertadores de Venezuela i Cun- 
dinamarca, condecorado con la cruz de Boyacá, vice-presiden- 
te de la república encargado del poder ejecutivo, etc., etc. 

«Atendiendo a la aptitud i mérito de Andrés Bello, natural 
de Caracas, ciudadano de la república de Colombia, he venido 
en nombrarle secretario de la legación de Colombia en la 
corte de Londres, con la asignación que le corresponde por el 
decreto de 7 de agosto del año 13. 

«En esta virtud, ordeno i mando al jefe de la legación es- 
presada le ponga en posesión del referido empleo, guardándole 
i haciéndole guardar todos los fueros, honores i privilejios que 



DE DON ANDRÉS BELLO 201 



le competen; i que se tome razón de este despacho en la ofi- 
cina del consulado jeneral de la república en dicha corte, para 
que se le haga el abono del sueldo conforme a lo prevenido en 
el citado decreto. 

«Dado, firmado de mi mano, sellado con el sollo de la re- 
pública, i refrendado por el secretario de estado i relaciones 
esteriores, en el palacio de gobierno, en la ciudad de Bogotá, 
capital de la república, a 8 de noviembre de 1824 — 16. — 
Francisco de P. Santander. — Por Su Excelencia el vicepre- 
sidente encargado del ejecutivo, — Pedro Gual.»* 

Voi a hacer conocer el oficio con que el ministro Gual re- 
mitió a Bello el título de secretario. 

«.República, de Colombia. 

«Palacio del gobierno en la capital de Bogotá, a 9 de no- 
viembre de 1824. 

«Secretaría de estado de relaciones esteriores. 

«Tengo el placer de haber incluido con esta fecha al señor 
Hurtado el despacho para Usted de secretario de esa legación, 
con el sueldo de la lei. El jefe de esa legación está encargado 
de poner a Usted en posesión de su destino, tomándole pre- 
viamente el juramento conforme al artículo 185 de la consti- 
tución. 

«Como Usted tiene la práctica de un empleo semejante al 
servicio de Chile, me escuso de entrar en detalles sobre sus 
obligaciones de mantener arreglado el archivo, llevar la co- 
rrespondencia, poner en cifra i descifrar las comunicaciones, 
etc.', como sobre el sijilo i exactitud en todas las materias de 
su encargo. Su Excelencia el vice-presidente está tan satisfecho 



* Al respaldo del título inserto en el testo, vienen estas dilijencias. 

«Cúmplase i ejecútese en todas sus partes, participándose al intere- 
sado para que tome posesión, i preste el juramento de fidelidad a la 
república, i omitiéndose la toma de razón por no haber oficina de 
consulado jeneral en esta corte. Londres, 5 de febrero de 1825. — 
Manuel José Hurtado. » 

«Nota. — El interesado tomó posesión, i prestó el juramento preve- 
nido por el artículo 185 de la constitución en la casa de mi residencia 
en Portland Place el dia 7 de febrero de 1825.— Hurtado.» 



202 VIDA 

de la espedicion, conocimientos i patriotismo de Usted, que 
me lisonjeo llenará Usted todas sus esperanzas en el servicio 
de la república, i me proporcionará felicitarle después por su 
buen desempeño con la satisfacción con que ahora lo hago 
por su destino. 

«Dios guarde a Usted. — P. Gual. 

«Al Señor Andrés Bello, Secretario de la Legación de Co- 
lombia en Londres. » 

Los testimonios en favor de la ilustración, i sobre todo de la 
honradez política i del patriotismo de Bello, que se contienen 
en las piezas copiadas, son, como puede notarse, en alto grado 
espresivos. 

El empleo de confianza que se encomendaba a Bello, i las 
consideraciones en que los gobernantes de Colombia apoyaban 
su nombramiento, eran el mejor i mas elocuente desmentido 
que podia darse a la calumnia de infidencia levantada contra 
él por los realistas de Venezuela, que no le perdonaban su ad- 
hesión a la causa de la independencia. 

Ha de saberse que, en 1824, esa desautorizada i pérfida 
acriminación habia salido ya en letras de molde. 

Se habían establecido en Caracas desde fines del siglo XVIII 
dos hermanos, naturales de la Península, cuyos nombres eran 
don Antonio i don Estévan Fernández de León. 

El primero compró en 1809 el título de marques de Casa 
León. 

Los dos tuvieron i merecieron la peor de las reputaciones, 
tanto en lo público, como en lo privado. 

Don Antonio Fernández de León el marques fué aquel que 
intervino en el convenio de San Mateo, i que, con otros, echó 
a correr la infamia de que el jeneral Miranda habia recibido 
dinero por firmarlo. 

Con advertir que era amigo íntimo del tristemente célebre 
don José Domingo Diaz, el autor de los Recuerdos sobre la 
Rebelión de Caracas, está dicho todo. 

El señor don José Aristídes Rojas ha publicado un estracto 
de un oficio reservado que el presidente de Venezuela don Pe- 
dro Carbonell elevó al rei Carlos IV, en 15 de julio do 1798, 



DE DON ANDRÉS BELLO 203 



para pedir la destitución de don Esté van Fernández de León. 

Ese estracto es el que va a leerse. 

« — Don Esté van Fernández de León se crió i educó en estas 
provincias, sirviendo un tenientazgo, ocupación común de los 
que no tienen otro arbitrio de subsistir. Hizo caudales por 
medios reparables; i con ellos, se proporcionó un mérito que, 
agregado a su astucia i tintura de leyes, le adquirió la última 
dignidad que podia esperar (intendente) sin salir de esta pro- 
vincia; i es el principal oríjen de la emulación de los que ob- 
servan los pasos primeros de su carrera, del sentimiento de los 
que tenían mas servicios, i de la abominación de los que le 
ven endiosarse con la autoridad, i fomentar partidos, disputas 
i altercaciones acaloradas con todos los cuerpos i demás mi- 
nistros públicos. — En seguida, le denuncia como traidor a la 
patria por sus planes de favorecer a los ingleses, después que 
se habían apoderado de la isla de Trinidad; le acusa, como 
también a su colega Antonio López Quintana, rejente, por 
tener entorpecidos los tribunales en términos que, en ninguno 
de ellos, se administraba mas justicia, que la que estos dos 
caudillos concillaban con sus intereses, i los de una que otra 
familia agregada a sus servicios para instrumentos de sus de- 
signios; le acusa de pasar dos mil pesos de sueldo anual a uno 
de los oficiales de la secretaría de estado en Madrid para que 
se ocupase con preferencia en el despacho de sus asuntos; le 
acusa, i apela el gobernador a la opinión pública, de la mane- 
ra como aquel, i su hermano Antonio mas después, marques 
de Casa León, se enriquecían inmoderadamente con el au- 
silio i patrocinio de la autoridad, a la cual entorpecían en 
sus manejos; le acusa como intrigante, i esencialmente inclina- 
do a enredos, disputas, i a comprometer a los demás, porque 
su ambición nunca miraba con indiferencia i sin envidia 
laprojiiedad, o fortuna de los otros; le acusa como felón i trai- 
dor, como ajiotista de mala lei, como única causa que motivó 
la revolución de Gual i España; le pinta, en fin, como un 
hombre odiado por los pueblos de Venezuela, indigno del 
puesto que tenia por su conducta bochornosa i criminal; i con- 
cluye pidiendo formalmente al soberano la destitución de un 



204 VIDA 

empleado, causa de turbulencias, e indigno de figurar como 
intendente de Venezuela.» 

Tal fué el individuo que primero acusó a don Andrés Bello 
por la prensa de haber delatado la conjuración del 2 de abril 
de 1810. 

La conducta de don Antonio Fernández de León en los tras- 
tornos civiles de Venezuela había sido mui versátil, pues, en 
ocasiones, habia estado con los patriotas, i en ocasiones con 
los realistas. 

Esto hizo necesario que don Estvéan publicara en Madrid el 
año de 1815 una defensa de los procedimientos políticos de su 
hermano. 

En este folleto, se encuentra el trozo siguiente: 

«El gobernador Enmaran fué advertido por avisos formales 
que se le dieron, a principios de abril, por su secretario don 
Bernardo de Muro, por el oficial de secretaría don Andrés Be- 
llo, don Mauricio Ayala del batallón veterano i don Pedro 
Arévalo, capitán de milicias, de que se disponía una revolu- 
ción para prenderle i a todas las autoridades.» 

De las cuatro personas nombradas por don Estovan Fernán- 
dez de León, solo Muro perteneció al bando realista. 

Ayala i Arévalo tuvieron una parte mui activa i notable en 
la revolución del 19 de abril de 1810, i sirvieron con las ar- 
mas en la mano a la causa de la independencia hasta que mu- 
rieron. 

Don Mauricio Ayala falleció en noviembre de 1813 a conse- 
cuencia de heridas que habia recibido en la batalla de Barqui- 
s i meto. 

Don Pedro Arévalo fué fusilado por los españoles en marzo 
de 1816. 

Habia trabajado enéticamente desdo 1808 por la indepen- 
dencia de su país. 

Siendo esto así, como lo es, es de todo punto inverosímil e 
inaceptable que hombres de tal especie hubieran podido de- 
nunciar la conjuración del 2 de abril. 

La misma observación se aplica a Bello. 

Lo que hizo en Londres para cooperar a la emancipación 



DE DON ANDRÉS BELLO 205 



de Venezuela i de toda la América Española refuta sobrada- 
mente las imputaciones arbitrarias, i desprovistas de una prue- 
ba cualquiera, lanzadas contra él por enemigos implacables, 
que habían erijido en sistema el uso de la calumnia como me- 
dio de ataque. 

El español don Pedro Urquinaona imprimió el año de 1820 
una obra titulada: Relación Documentada del Oríjen i Pro- 
greso del Trastorno de las Provincias de Venezuela. 

En ella, trata del denuncio que hizo fracasar la conspiración 
del 2 de Abril de 1810. 

Hé aquí lo que dice sobre el particular. 

«Don Andrés Bello, cómplice en el proyecto de la casa de 
Misericordia, lo delató al capitán jeneral don Vicente Enma- 
ran.» 

El pasaje citado contiene dos inxactitudes, pues Bello, ni 
tuvo parte en la maquinación a que se alude, ni mucho menos 
la delató. 

Llama la atención que Urquinaona no nombre ni a Muro, ni 
a Ayala, ni a Arévalo, como don Estovan Fernández de León 
lo habia hecho en 1815, i culpe solo a Bello. 

Esta variedad en la designación de los pretendidos denun- 
ciantes está manifestando que aquella falsa imputación no tuvo 
otro fundamento, que un rumor vago, maliciosamente esplota- 
do por las pasiones venenosas do partido. 

El nombramiento de don Andrés Bello para secretario de la 
legación colombiana en Londres, espedido en 8 de noviembre 
de 1824, i las espresiones harto lisonjeras con que le fué comu- 
nicado, patentizan, por otra parte, que los jefes de los patriotas 
desdeñaron, como era justo, la desautorizada i malévola acri- 
minación apadrinada por los escritores peninsulares Fernández 
de León, i Urquinaona. 

Las que quedan mencionadas en este párrafo no fueron las 
únicas manifestaciones de aprecio que Bello recibió por enton- 
ces de los individuos que formaban el gobierno de Colombia. 

Cuando el venezolano don José Rafael Revenga, que habia 
tratado con intimidad a Bello en Londres, fué nombrado mi- 
nistro de relaciones esteriorcs, le envió la carta que va a leerse. 



20G VIDA 

«Bogotá, octubre 29 de 1825. 

«Mió Caro Amico. 

«Sin embargo de todo lo que tengo que hacer para el despa- 
cho del correo, quiero no perder esta oportunidad de escribir a 
Usted, renovándole mis protestas de perfecta amistad. Ya ésta 
deja comprender cuáles deben ser mis sentimientos i mis de- 
seos hacia su señora de Usted, i hacia sus niños, que supongo 
que se han multiplicado. 

«Me he encargado de la secretaría de relaciones esteriores, i 
en verdad, con bastante pena i bastante temor. Necesitaba de 
mas largo descanso; i la tarea en que constantemente había 
estado en los últimos quince años, me movió a prescindir de 
política, i de todo negocio público, desde mi llegada aquí. lia 
sucedido, pues, que yo, que estoi bien persuadido de mi inca- 
pacidad de desempeñar bien este encargo, lo he tomado sobre 
mí precisamente cuando aquella era mayor. Confío en que mis 
amigos me ausilien: ninguno entre ellos puede hacerlo con ma- 
yor eficacia, que Usted; ni de ningún otro, espero yo tanto co- 
mo de Usted. Consagre Usted a esto una hora al mes; pero 
conságrela Usted, como si fuera en beneficio de Carlos. ¿Es 
esto exijir demasiado? Nó: Usted es mi amigo. 

«Menos de priesa de lo que estoi, escribiría hoi a García. He 
encontrado en el archivo una proposición de banco que hacen 
él e Irisarri, i cuyos pormenores quisiera recibir, porque la 
hacen ellos, i porque, existiendo otras, convendría la compara- 
ción. Ofrecieron ellos que enviarían un ájente, que no sé que 
haya llegado. Instruyalos Usted de esto; i propenda Usted a que 
García se venga a Colombia, si no se lo impiden miras distin- 
tas. Yo le escribí sobre su vuelta en abril o mayo último, di- 
ciéndole que el vice-presidente contaba con ella. 

«Recuérdeme Usted mui respetuosamente a su señora de 
Usted, i muí amistosamente a sus niños. Supongo que conti- 
núa entre éstos i mis sobrinos la correspondencia fraternal a 
que yo propendí antes de salir de ahí, i que tanto contribuirá a 
la educación de mis chicos. llágame Usted el favor de saludar 
a García Toledo; i créame que soi ex córelo su amigo i obedien- 
te servidor. — J. R. Revenga. 



DE DON ANDRÉS BELLO 207 



«Señor Andrés Bello.» 

Algunos meses mas tarde, Bello obtuvo una distinción lite- 
raria, la cual da a conocer cuánto el gobierno de Colombia 
estimaba su talento i su instrucción. 

«República, de Colombia:. 

«Palacio del gobierno en Bogotá, í.° de noviembre de 
1826—16. 

«Secretaría de estado del despacho del interior. 

«El poder ejecutivo, en virtud de la facultad que le confiere 
el artículo 15 de la lei orgánica de estudios, ha nombrado a 
Usted miembro de número déla academia nacional, que se ins- 
talará el 2 de diciembre próximo en la biblioteca pública de 
esta ciudad. Mientras que remito a Usted el correspondiente 
diploma, tengo el honor de comunicárselo para su satisfacción i 
demás fines consiguientes. 

«Dios guarde a Usted. — J. Manuel Restrepo. 

«Señor Don Andrés Bello. — Londres.» 



Molestias que esperimentó Bello en la legación colombiana. 

La existencia de don Andrés Bello, mientras desempeñó el 
cargo de secretario en la legación colombiana de Londres, es- 
tuvo distante de hallarse libre de graves incomodidades e in- 
quietudes. 

El gobierno de Colombia no se distinguió por la regularidad 
i exactitud en proporcionar a sus aj entes en Europa los fondos 
que necesitaban para atender a los gastos mas indispensables 
de la subsistencia. 

Ya he mencionado anteriormente el caso memorable de don 
Luis López Méndez, que hubo de soportar en varias ocasiones 
el apremio personal, siendo arrastrado a la prisión de los deu- 
dores morosos o insolventes por no haber podido pagar el pre- 
cio de los pertrechos de guerra que habia remitido a los revo- 
lucionarios de su país. 



208 VIDA 

El señor don Simón B. O'Leary está publicando en Caracas 
las Memorias del Jeneral O'Leary, su padre, obra capital para 
la historia moderna de la América Española. 

Estracto de ella los siguientes trozos de cartas que son mui 
instructivos acerca del punto que voi tratando. 

Hé aquí lo que don Fernando de Penal ver, entre otras cosas, 
escribía, en julio de 1820, al libertador, presidente de Colombia 
Simón Bolívar. 

«Don Luis López Méndez quedó todavía en la cárcel; pero 
dejé transado el negocio con su acreedor, que se conformó con 
los vales que se le ofrecieron desde el principio, desengañado 
de que no podia conseguir otra cosa; i solo estaba detenida su 
libertad, esperando que el acreedor, que también estaba preso 
en la misma cárcel, consiguiese el dinero para pagar a su abo- 
gado. Por las últimas cartas de Vergara, sabemos que (López 
Méndez) estaba ya en su casa. 

«Mucho temo que el señor Cea lo desaire, como pretendió 
hacerlo Vergara. Este hombre (López Méndez), aunque es erra- 
do en sus cálculos, merece consideración por los sacrificios 
que ha hecho; i a ellos, puede decirse, debemos los elemen- 
tos con que se ha salvado la patria. Mui caro han costado, 
si consideramos nuestra deuda; i mui barato, si vemos lo que 
se ha ganado con ellos. El ha perdido su crédito, i una pen- 
sión de quinientas libras que le pasaba el gobierno ingles; i 
está empeñado con los carniceros, panaderos i domas provee- 
dores de su casa, los que tomo vuelvan a llevarlo a la cárcel, 
si el señor Cea no lo saca de sus apuros. El tiempo que estuvo 
en la cárcel fué sostenido en ella por mí, a pesar de los po- 
quísimos medios que yo tenia, i de la repugnancia de Verga- 
ra. Se gastaba en él todos los meses mas de cien duros, lo 
que me obligó a vivir con cstremada economía, i a privarme 
de muchas cosas. Si no se hubiese hecho así, creo que se ha- 
bría faltado a la justicia, al honor del gobierno i al nuestro, 
porque, destituido do recursos por la falta de crédito, habría 
perecido en la cárcel, en que fué mantenido con decencia.» 

ílé aquí ahora lo que don Juan Jerman Roscio escribía, en« 
tre otras cosas, al mismo Bolívar, en 27 de setiembre de 1820. 



DE DON ANDRÉS BELLO 209 



«Porío respectivo a Méndez, contesto a Cea que tiene razón 
para su retiro; pero que es necesario que salga con honor, pa- 
gando lo adeudado en sus alimentos. Yo creo que si él le hu- 
biese propuesto su retiro con esta condición honrosa, i la nece- 
sidad de dejar un país en donde ya está desopinado, no habría 
rehusado este partido. Por servir a su patria, le ha sobreveni- 
do este mal, i es preciso que ésta lo reconozca.» 

Se ve que los empleados de Venezuela i de Colombia en 
Europa estaban espuestos al riesgo no remoto de ir a la cárcel 
por carecer de medios para satisfacer, tanto sus gastos perso- 
nales, como las deudas contraídas en nombre de su gobierno. 

Precisamente, uno de los motivos principales que hubo pa- 
ra confiar a don Manuel José Hurtado la legación de Londres 
fué el de que, siendo rico, podía no ser exijente en materia de 
retribuciones. 

Léase lo que el ministro clon Pedro Gual escribía sobre esto 
particular al presidente Bolívar en una carta fecha 2 de agosto 
de 1823, inserta en las Memorias de O' Lear y. 

«Por el correo de 19 de abril último, se impondrá Usted del 
estado favorable de los negocios de Europa para poner un tér- 
mino a esta guerra. Pero, tan consoladora como es aquella 
perspectiva, tanto mas desesperada es nuestra condición actual 
por los innumerables obstáculos que se nos presentan para 
dar impulso a la política que, en el dia, conviene adoptar. Nos 
faltan sobre todo hombres capaces i dinero. ¿Podré yo dar 
un paso adelante sin estas muletas? Es imposible, mi estima- 
do presidente. Anuncio a Usted que nada se hará, a pesar de 
que la marcha que debemos seguir en el dia es tan clara, como 
la luz. 

«Revenga debe volver aquí, porque los ingleses no lo quie- 
ren, según dicen algunos, i porque el senado no ha querido 
prestar su acuerdo para su continuación. En tales circunstan- 
cias, se ha echado mano clel señor Hurtado, senador, para 
que vaya a reemplazarlo. Hurtado es de lo mas decente que 
ha venido a este congreso; ha estado en Europa, i lo que es 
mejor que tocio, es rico, i quizá no necesitará un cuarto 
para su ¡partida, 

Y. DE B, 2? 



TI DA 



«Mui críticas son las circunstancias en que el señor Hurtado 
va a encargarse de nuestra legación en Londres. Ellas de- 
mandan mucha sagacidad para tornarlo todo a nuestro prove- 
cho. Ignoro si Hurtado la tiene; pero al menos todo el mundo 
dice que es hombre de bien, i esta es mucha recomendación 
en los tiempos en que vivimos.» 

En efecto, Hurtado, por algún tiempo, suministró de sus 
fondos personales lo que era preciso para pagar a los emplea- 
dos de la legación; pero al fin tuvo por conveniente suspender 
estas anticipaciones o préstamos. 

A consecuencia de esto, el secretario Bello se consideró obli- 
gada a sacar del banco sus economías para pagar con ellas los 
sueldos de los empleados subalternos. 

El gobierno de Colombia devolvió oportunamente a Bello el 
capital del desembolso, pero no tomó en cuenta los intereses 
que ese capital habría podido ganar, lo que impuso a éste im 
perjuicio pecuniario no despreciable en su situación. 

Como puede presumirse, la -inseguridad do sus entradas hi- 
zo sufrir grandes i justificadas inquietudes a Bello, que tenia 
familia, ora pobre, i vivia entre estranjeros. 

A la desazón mencionada, se agregó la de que, por motivos 
que ignoro, se interrumpió la cordialidad entre 61 i Hurtado. 

La relación que acabo de hacer se halla confirmada por el 
siguiente oficio. 

a-Rejoública de Colombia. 

« Secretaría de estado en el despacho d© relaciones esteriores. 

«Bogotá, 7 de mayo de 1827 — 17. 

«Señor. 

«He tenido el honor de recibir las comunicaciones de Usted 
números 1 a 3, en que daba cuenta al gobierno de que la le- 
gación carecía de fondos, que no había querido- continuar su- 
pliendo el señor Hurtado; i que éste trataba a Usted con poca 
confianza, espresando los pormenores, i acompañando copia 
del oficio que Usted le pasó sobre la materia. Han sido Sensi- 
bles al vice-presidente estos sucesos, que se hallan terminados 
por haberse exonerado de la legación al señor Hurtado. En 
obsequio de la verdad, i para que Usted se tranquilice, debo 



DE DON ANDRÉS BELLO 211 



decirlo que el señor Hurtado no ha escrito una palabra contra 
Usted, ni indicado siquiera a la secretaría de mi cargo los mo- 
tivos que tuviera para discordar con Usted. 

«El vicepresidente ha apreciado sobre manera el servicio que 
Usted hizo a esa legación, proporcionándole fondos para satis- 
facer los sueldos de sus empleados. Se han remitido ya algunos; 
i continuaré haciendo las remisiones necesarias para que se pa- 
gue cualquiera crédito contraído con el interés estipulado por 
Usted. 

«Soi de Usted con perfecto respeto, i distinguida considera- 
ción, obediente servidor. — J. Manuel Restrepo. 

«Al Señor Andrés Bello, Secretario de la Legación de Co- 
lombia en la Gran Bretaña.» 

Mientras llegaba el sucesor de Hurtado, Bello tomó a su car- 
go la legación de Colombia en Londres. 

La carta del plenipotenciario de esta república en Roma, que 
paso a copiar, alude a esta circunstancia, i ratifica la escasez de 
recursos pecuniarios a que estuvieron reducidos los ajentcs co- 
lombianos en Europa. 

«Roma, 1.° de mayo de 1827. 

aEstimado Amigo. 

«¡Sea en hora buena por las nuevas funciones de encargado 
de negocios, que, aunque inherentes al secretario, siempre le 
conducen a la plenipotencia! Ignorando si el señor Hurtado ha 
salido ya para America, no le escribo particularmente; pero 
si aun estuviese ahí, ruego a Usted le salude en mi nombre. 

«Supongo a Usted informado por mis últimos oficios a esa 
legación del buen estado de nuestros negocios con el santo 
padre. Luego que se tenga el consistorio, que dicen será dentro 
de diezdias, daré a Usted de oficio noticias mui satisfactorias, 
si cumplen todo lo que me han ofrecido. 

«En medio de esto, creo que el gobierno so ha olvidado 
de esta legación, pues nos tiene sin sueldo hace mas de un 



ano 



H'i.i 



«Cada novedad de las que ocurren en Colombia produce 
aquí efectos consiguientes. Así sucede ahora con la noticia de 
las renuncias de Bolívar i Santander, de las que deseo me dé 



212 VIDA 

Usted alguna esplicaclon, que me sera mui útil en el interés del 
gobierno, 

«Estoi medio ciego», i me abstengo de escribir por economi- 
zar la vista. Goce Usted de buena salud } no me prive de sus 
noticias i avisos; i créame su afectísimo amigo i paisano. — I. 
Tejada. 

«¿Qué es de Gutiérrez, García del Rio, Irisarri, ete? 

«. Señor Andrés Bello, » 



Relaciones de don Andrés Bello con el libertador Simón Bolívar. 

Bolívar i Bello, naturales los dos de Caracas T eran aproxi- 
mativamente hombres de la misma edad. 

Bello había nacido en 1781 ,. i Bolívar en 1783. 

El primero, como lo he referido en otro lugar, habia dado al 
segundo lecciones privadas. 

Desde 180& hasta 1810, las dos se habían tratado con alguna 
intimidad. 

Bolívar hacía a Bello observaciones críticas sobre sus pro- 
ducciones literarias. 

En 1810, los dos habían formado parte de la legación envia- 
da por la junta do Caracas al gobierno británico. 

Desde esa fecha hasta 18*26, sus comunicaciones estuvieron 
interrumpidas. 

Bello, como se sabe, quedó en Londres. 

Bolívar fué absorbido por la ocupaciones i peligros de una 
guerra larga i tremenda, en que las disensiones intestinas se 
mezclaron con las operaciones militares, i los triunfos alter- 
naron con los desastres. 

Mientras tanto, Bello se habia confirmado en el alto concep- 
to que siempre habia tenido de las prendas personales i de los 
méritos que adornaban al Libertador, en quien juzgaba reuni- 
das las calidades de un gran tribuno i de un gran jeneral. 

Habia, según Bello,, en Bolívar la tela de un verdadero fun- 
dador de naciones. 



SE D3N ANDRÉS BELLO 213 



Don Andrés Bello destino en 1823 el final del segundo frag- 
mento del poema titulado América a cantar las glorias de Si- 
món Bolívar. 

Después de celebrar algunas de las principales hazañas que 
el guerrero hahia realizado hasta entonces, el poeta agregaba: 

Mas no a mi débil voz la larga suma 
De sus victorias memorar compete» 
A injení© mas feliz, mas docta pluma, 
Su grata patria encargo tal comete. 
Pero como aquel saman que siglos cuenta, 
De las vecinas jentes venerado, 
Que vio en torno a su basa corpulenta 
El bosque muchas veces renovado, 
í vasto espacio cubre con la hojosa 
Copa, de mil inviernos victoriosa; 
Asé tu gloria al cielo se sublima, 
Libertador del pueblo colombiano, 
Digna de que la lleve dulce rima, 
I culta historia, al tiempo mas lejano. 

En la mitad del año de 1825, un jefe de la marina española, 
cuyo nombre era don Anjel Laborde, salió de Cuba con un 
navio, cuatro fragatas i una goleta. 

Se presentó delante de Santa Marta i de Cartajena s i reco- 
rrió una porción de las costas colombianas. 

Su objeto debió ser solo hacer un reconocimiento, pues, 
trascurrido corto tiempo, regresó a Cuba, sin haber intentado 
ninguna hostilidad. 

Sin embargo, aquella aparición del enemigo por el lado del 
mar produjo en Colombia una natural alarma, habiéndose pre- 
sumido que se trataba de una invasión seria. 

Con este motivo, don Andrés Bello compuso El Himno diü 
Colombia, que principia: 

Otra vez con cadenas i muerte, 
Amenaza el tirano español; 
Colombianos, volad a las armas, 
Repeled, repeled la opresión. 

Suene ya la trompeta guerrera, 
I responda tronando el cañón; 



214 VIDA 

De la patria seguid la divisa, 
Que os señala el camino de honor. 

Era esta una canción militar de circunstancias, que Bello 
dedicó A Su Excelencia el presidente libertador Simón Bo- 
lívar. 

No obstante, la conservó inédita, pues fui yo quien la hice 
conocer por primera vez en 1861. 

Habiendo entrado Bello al servicio de Colombia, escribió a 
su antiguo amigo i contemporáneo Bolívar, presidente actual 
de la república, aunque, a causa de estar encargado do la 
dirección de la guerra, el poder ejecutivo fuera ejercido por 
el vico-presidente jeneral don Francisco de Paula Santander. 
En carta de Revenga a Bello, fecha en Bogotá a 9 de noviem- 
bre de 1826, se lee lo que sigue: 

«Acompaño a Usted una carta del presidente. Ha de ser mui 
atrasada, porque la trajo del Istmo el jeneral Briceño, por no 
haber tenido allí ocasión de mandármela.» 

Puede colejirse que esta carta de Bolívar a Bello era bas- 
tante amistosa, por lo qne el segundo dice en la que va a leer- 
se, publicada en las Memorias de O'Leary. 
«Londres, diciembre 21 de 1826. 
«Mi Amado Libertador. 

«He recibido recientemente la contestación que Vuestra Ex- 
celencia se ha servido dar a una de mis cartas, i en que veo 
con una viva satisfacción que no he perdido la favorable 
opinión de Vuestra Excelencia. 

«En todas mis anteriores, me he abstenido do hablar a 
Vuestra Excelencia de cosas personales. Pero mi situación es 
tal, que no puedo diferirlo mas tiempo. 

«Mi destino presente no me proporciona, sino lo mui preci- 
so para mi subsistencia i la de mi familia, que es ya algo cre- 
cida. Carezco de los medios necesarios, aun para dar una edu- 
cación decente a mis hijos; mi constitución, por otra parte, se 
debilita; me lleno de arrugas i canas; i veo delante de mí, no 
digo la pobreza, que ni a mí, ni a mi familia, nos espantaría, 
pues ya estamos hechos a tolerarla, sino la mendicidad. 
«Dígnese Vuestra Excelencia interponer su poderoso influjo 



DE DON ANDHES BELLO 21! 



a favor de un honrado i fiel servidor de la causa de América, 
para que se rae conceda algo de mas importancia en mi carre- 
ra actual. Soi el decano de todos los secretarios de legación 
de Londres, i aunque no el mas inútil, el que de todos ellos 
es tratado con menos consideración por su propio jefe. 

«Pero, como ni a mí me está bien pronunciar, ni talvez a 
Vuestra Excelencia agradará oír quejas de cierta especie, me 
limito a rogarle se compadezca de mi pobre i tierna familia, i 
a espresarle los sentimientos de admiración i respeto con que 
soi de Vuestra Excelencia, el mas obediente servidor i compa- 
triota — A. Bello. 

«5 de enero de 1827. 

«Mi Amado Jenerah 

«En este momento, anuncian aquí los diarios la llegada de 
Vuestra Excelencia a Colombia. Me congratulo con mi patria 
por tan alegre noticia. Reciba Vuestra Excelencia de mí i de 
mi familia, la mas cordial enhorabuena. El estado de mi salud 
me ha hecho valer de mano ajena para trazar el duplicado 
que precede; pero no puedo dejar de espresar en estos renglo- 
nes mis ardientes votos por la gloria, la felicidad, la salud de 
Vuestra Excelencia, i porque Colombia tenga el gusto de po- 
seer largo tiempo en su seno, al mas ilustre de los hijos de 
América. 

«Al Excelentísimo Señor Simón Bolívar, Presidente de Co- 
lombia, etc., etc.» 

Como puede advertirse, Bello aludía en la carta precedente 
a sus disgustos con don Manuel José Hurtado, los cuales le 
habían molestado en sumo grado. 

Sin embargo, el 21 de diciembre de, 1826, cuando la escri- 
bía, Hurtado habia sido reemplazado en la legación de Londres 
por el esclarecido patriota i simpático poeta clon José Fernán- 
dez Madrid, a quien el presidente Bolívar habia nombrado, por 
decreto de 23 de noviembre anterior, enviado estraordinario i 
ministro plenipotenciario. 

El secretario jeneral del Libertador, don José Rafael Reven- 
ga, aludía como sigue, a estos sucesos, en carta escrita a Bello 
desde Caracas en 30 de abril de 1827: 



VIDA 



«Ya nada hai que decir sobre lo que tanto molestaba a Us- 
ted ahí, ahí mismo. Compadecí a Usted, cuando tuve la noticia; 
pero me consolaba con que el remedio la había precedido. 

«Estará Usted muí contento con mi compadre i amigo el se- 
ñor Madrid. Uno i otro están calculados para amarse i esti- 
marse mucho; i no pudiendo yo escribir a éste ahora, ruego a 
Usted que le enseñe esta carta, i le repita que soi su amigo 
corde et veritale.» 

Después de haber empleado cinco años once meses en la 
gloriosa campaña que concluyó con las memorables batallas 
de Junin i Ayacucho, i que completó i aseguró la independen- 
cia de toda la América del Sur, Simón Bolívar entró en Bogo- 
tá el 14 de noviembre de 1826, i reasumió la presidencia. 

El 23 del mismo mes, Simón Bolívar dirijia a sus conciu- 
dadanos aquella proclama que principiaba así: 

«¡Colombianos! Cinco años hace que salí do esta capital para' 
marchar a la cabeza del ejército libertador, desde las riberas del 
Cauca, hasta las cumbres argentíferas del Potosí. Un millón de 
colombianos, dos repúblicas hermanas, han obtenido la inde- 
pendencia a la sombra de nuestras banderas, i el mundo de 
Colon ha dejado do ser español. Tal ha sido nuestra ausen- 
cia. » 

Inmediatamente, el 25 de noviembre, Bolívar dejó a Bogotá, 
a fin de ir a arreglar en Caracas los asuntos de Venezuela. 

Llevó consigo en calidad de secretario jeneral al ministro 
ele relaciones esteriores don José Rafael Revenga. 

La nombradía de Bolívar, sujeta en un principio a discusio- 
nes i contradicciones, habia ido creciendo sin interrupción 
desde su prodijioso paso de los Andes en 1819, i desde la im- 
portante victoria de Boyacá en 7 de agosto del mismo año. • 

Sus hazañas eran admiradas en el antiguo i en el nuevo 
continente. 

El 12 de junio do 1822, lord Byron escribía desde Liorna 
a Mr. Ellice, ingles amigo suyo, avecindado en Venezuela, 
pidiéndole informes acerca del «verdadero estado de la Amé- 
rica del Sur, quiero decir, la patria de Bolívar» (son palabras 
testuales del insigno poeta), porque quena «establecerse en ella 



DE DON ANDRÉS BELLO 217 



eon el solo objeto de disfrutar de su independencia, i de los 
derechos civiles comunes.» 

No muchos años mas tarde, el Libertador tuvo una demos- 
tración espléndida del inmenso prestijio que sus proezas i sus 
servicios le habían granjeado. 

El hijo adoptivo de Jorje Washington, Mr. Custis, quiso 
obsequiar a Simón Bolívar como prueba de admiración un re- 
trato de su padre, i una medalla de oro dada a éste por el pue- 
blo anglo-americano en uno de los aniversarios de la indepen- 
dencia. 

A fin de que el regalo fuera aun mas honroso, Mr. Custis 
rogó al jeneral Lafayette que consintiera en ser intermedia- 
rio. 

El ilustre jeneral francés, que profesaba grande aprecio i 
amistad a Bolívar, accedió gustoso a la petición de Mr. Custis. 

Voi a insertar una traducción de la esprcsiva carta que La- 
fayette dirijió a Bolívar. 

«Washington City, 1.° de setiembre do 1825. 

«Señor Presidente Libertador. 

«Mi culto relijioso i filial a la memoria del jeneral Washing- 
ton ha sido perfectamente interpretado por la familia de éste, 
confiándome la honrosa comisión de que me ha encargado. Al 
contemplarla exacta semejanza del retrato, me es grato pensar 
que, de todos los hombres existentes, i aun de todos los hom- 
bres de la historia, el jeneral Bolívar es aquel a quien mi pa- 
ternal amigo hubiera preferido ofrecerlo. ¿Quemas puedo decir 
al gran ciudadano a quien la América Meridional ha saludado 
con el nombre de libertador, nombre confirmado por los dos 
mundos, i que, dotado de una infkíencia igual a su desinterés, 
lleva en su corazón el amor de la libertad sin ninguna eseep- 
cion, i de la república sin ninguna mezcla? Sin embargo, los 
testimonios públicos de vuestra benevolencia i de vuestra esti~ 
macion me autorizan a ofreceros las felicitaciones personales 
de un veterano de la causa común, que, pronto a partir para el 
otro hemisferio, seguirá con todos sus votos la gloriosa conclu- 
sión de vuestros trabajos, i ese solemne congreso de Panamá, 
donde van a consolidarse i completarse todos los principios i 



218 



todos los intereses de la independencia, de la libertad i de la 
política americana. — Lafayette. » 

Cuando el 14 de noviembre de 1826, Bolívar entró en Bogotá, 
í reasumió la presidencia, había llegado al apojeo del prestijio. 

Iturbide, OTIiggins, San Martin habían desaparecido de la 
escena política. 

La de Simón Bolívar era a la sazón incomparablemente la 
figura mas conspicua de la América Española. 

En semejante ocasión, don Andrés Bello, como tantos otros, 
creyó de su deber enviarle sus felicitaciones. 

Su carta ha sido insertada en las Memorias de O'Leary. 

«Londres, marzo 21 de 1827. 

«Mi Amado i Respetado Libertador. 

«Después de felicitar a mi patria i a mí mismo por la serie 
de circunstancias que ha puesto do nuevo sus destinos en ma- 
nos de Vuestra Excelencia, llamado de un modo tan especial a 
salvarla, i destinado por la Providencia para echar las bases de 
una grande i gloriosa nación, considero como uno de mis pri- 
meros deberes asegurarle de la sincera adhesión de mis senti- 
mientos al voto de mis conciudadanos, no solo por haber recaí- 
do su confianza en quien tiene tantos títulos a ella, sino por 
haberse espresado a favor de un sistema que combina la liber- 
tad individual con el orden público, mejor que cuantos se han 
imajinado hasta ahora. 

«Grandes son las dificultades do Colombia; i mucho, por 
consiguiente, lo que se espera del mas ilustre de sus hijos. 
Entre los beneficios que él solo puede hacer a su patria, el mas 
esencial i urjente es el do un gobierno sólido i fuerte. La espe- 
riencia nos ha demostrado qiie la estabilidad de las institucio- 
nes, en circunstancias como las nuestras, no depende tanto do 
su bondad intrínseca, como de apoyos esteriores, cuales son 
los que dan las cualidades personales de los individuos que las 
administran. Las victorias do Vuestra Excelencia, sus talentos i 
virtudes, lo han granjeado aquel brillo, aquel, no digo influjo, 
sino imperio, sobro la opinión, que solo puede suplir al venera- 
ble barniz que los siglos suelen dar a las obras de los lejisla- 
dores . 



DE DON ANDRÉS BELLO 210 



«Siga, pues, Vuestra Excelencia con su acostumbrado acier- 
to la obra comenzada de establecer el orden público sobre ci- 
mientos que, inspirando confianza, harán reflorecer nuestros 
campos talados, nuestro comercio i rentas. Si no todos fueren 
capaces de apreciar las altas miras de Vuestra Excelencia, si 
algunos creyeren que lo que llaman libertad es inseparable de 
las formas consagradas por el siglo XVIII, i se figuraren que, 
en materias constitucionales, está cerrada la puerta a nuevas i 
grandes concepciones, la magnanimidad de Vuestra Excelencia 
perdonará este error, i el acierto de sus medidas lo desvane- 
cerá. 

«Un objeto, entro otros, pide con urjencia la atención de 
Vuestra Excelencia; i es el crédito público de Colombia. Talvez 
al otro lado del Atlántico, no se percibe tanto como aquí la 
absoluta imposibilidad de levantar otro empréstito en Londres. 
Digo imposibilidad, porque si alguno pudiera contratarse, el 
sacrificio sería enormísimo; i el gobierno se veria precisado a 
tratar con especuladores de un carácter equívoco. Pero dado 
que se cerrasen los ojos a todo, a trueque de lograr una anti- 
cipación., Vuestra Excelencia conoce mi bien que no se conse- 
guiría de este modo reponer el crédito, sino -deprimirlo mas i 
mas, porque éste se mide por los recursos de un país, crece 
con ellos, i se abate a proporción que se multiplican sus empe- 
ños. Créame Vuestra Excelencia; la proposición sola produciría 
en Londres la mas funesta impresión contra nuestro gobierno, 
así como, por el contrario, una de las medidas mas a propósito 
para concillarle la buena voluntad de este pueblo, que tanto 
influye en la del mundo, es el pago relijioso de las obligacio- 
nes contraídas. Si hubiese algún cambio en nuestro réjimen 
interior, éste sería uno de los mejores medios de recomendarlo 
a la Inglaterra i al universo. 

«Dícese que una casa de Londres ha propuesto a Vuestra 
Excelencia i al ejecutivo de Bogotá recibir frutos, o recojer el 
producto de ciertos ramos de rentas, haciéndose cargo del pago 
de los dividendos. No sé la verdad que haya en esto; lo que sé 
es que Vuestra Excelencia mirará esta proposición como inad- 
misible, pues, en sustancia, se reduciría a multiplicar el divi- 



220 



dendo. Una vez que esto ha de salir de nosotros, ¿para qué 
valemos de terceras manos, por entre las cuales se deslizaría 
sin fruto alguno gran parte de los caudales del estado, abrién- 
donos, a mayorabundamiento, otro campo inmenso de fraudes, 
malversaciones, inmoralidad, reclamos i litijios interminables? 

«Escuse Vuestra Excelencia que le hable de cosas tan claras. 
Me muve a ello mi celo por la felicidad de mi patria, i por la 
gloria de Vuestra Excelencia, que considero íntimamente uni- 
das. Mi larga residencia en Londres i mi conocimiento de la 
opinión de aquellos que pueden tenerla desinteresada en esta 
materia, darán quizá algún peso a la mia. No me tomo la li- 
bertad de dar consejo a Vuestra Excelencia. Esto sería el colmo 
de la presunción. Creo solo cumplir con una de mis obliga- 
ciones, esponiéndole sencillamente el estado de las cosas en 
esta gran metrópoli del mundo mercantil. 

«Permítame, Vuestra Excelencia, añadir de un modo parti- 
cular la oferta de mis servicios personales. Obtuve un tiempo 
la confianza de Vuestra Excelencia, i seguramente la conservo, 
porque no he hecho nada para perderla. Vuestra Excelencia 
puede contar con mi fidelidad al gobierno de mi país i a su 
persona. Cooperar en cualquiera cosa, por pequeña que fuese, 
al logro de las sabias i benéficas ideas de Vuestra Excelencia, 
bastaría a contentar mi ambición. 

«Reciba Vuestra Excelencia mis votos i los de mi familia 
por su felicidad i su gloria. 

«Do Vuestra Excelencia, humilde, obediente servidor — A. 
Bello. 

«Excelentísimo Señor Jeneral Simón Bolívar, Libertador 
Presidente de Colombia, etc., etc.» 

El secretario jeneral don José Ptafacl Revenga trasmitió a 
Bello en nombre de Bolívar la siguiente contestación, inédita 
hasta ahora. 

«Cuartel Jeneral en Caracas, a 30 de abril de 1827. 

«Secretaría de estado i jeneral del Libertador. 

«Señor. 

«El Libertador ha recibido con sumo aprecio la comunica- 
ción que Usted le dirijió en 21 de marzo último. 



BE DON ANDRÉS BELLO 



«La cuenta que Usted le da de los negocios fiscales i crédito 
de Colombia en Londres, ha detenido mucho su atención. Pre- 
sentía muí bien Su Excelencia este triste resultado; i su inne- 
gable influjo en la prosperidad i nombradla nacional hará que 
Su Excelencia dirija todos sus esfuerzos a remediar tan grave 
mal. 

«Se ha restablecido el orden legal en estos departamentos; í 
aunque esta empresa apenas ha dejado tiempo para ninguna 
otra, no ha descuidado de ningún modo el Libertador el fo- 
mento de aquellas rentas destinadas a mejorar i conservar el 
crédito público. Se han dictado cuantas reglas podían aumen- 
tar los ahorros; se está dando actualmente un grande impulso 
a las plantaciones de tabaco; í sin una notable equivocación, 
puede confiarse en que estas medidas, unidas a las que debe pro- 
ducir la lei de crédito público sancionada el año pasado, basten 
para hacerlo renacer. I puedo asegurara Usted que, así coma 
el último empréstito se hizo contra la voluntad de Su Excelen- 
cia, no se hará con ella ningún otro. 

«El encargado del despacho de relaciones esteriores me ha 
escrito últimamente que remitía algunos fondos a esa legación; 
i me encarga que, si es posible, remita también algunos do 
aquí. Es indecible las escaseces que esperi mentamos aquí a 
consecuencia del desorden i sucesos pasados; pero cuente Usted 
con que el Libertador se aprovechará de la primera oportuni- 
dad de hacer a esa legación algunas remesas. 

«Soi de Usted con perfecto respeto mui obediente servidor,- 
el secretario, — J. R. Revenga. 

«Al Señor Andrés Bello, Secretario de la legación en Lon- 
dres, Encargado de Negocios de Colombia.» 

Poco tiempo antes, Bolívar habia escrito directamente a don 
José Fernández Madrid una carta en que protestaba la amistad 
i el cariño que siempre habia profesado a don Andrés Bello, i 
encomendaba a los dos la jestion de un negocio particular. 

Voi a copiar esta pieza, que no he visto publicada en ninguna, 
parte. 

«Caracas, a 2í de febrero de 1827. 

«Querido Amigo. 



VIDA 



«Por la copia fehaciente que acompaño de una contrata con- 
cluida con el representante de la Sociedad de mineros de Bolí- 
var, verá Usted que he vendido a ésta mis minas de Aroa por 
la suma de cuarenta mil guineas de oro, pagaderas de este mo- 
do: veinte mil al contado en todo el resto de este año; diez mil 
al cumplirse un año después de la primera entrega; i las últi- 
mas diez mil, al cumplirse el segundo año después del primer 
pago. 

«Contando con la amistad i los buenos oficios de Usted, 
igualmente que con las de los amigos Bello i Michelena, he 
hecho estender un poder para que alguno de los tres por el 
orden sucesivo reciba todo el importe de las minas; i es mi de- 
seo que, a medida que se vaya recibiendo, se invierta en obli- 
gaciones del gobierno ingles, prefiriendo, entre las que ganan 
tres, tres i medio o cuatro por ciento, aquellas que puedan 
comprarse a mejor precio relativo; i que las inscripciones que, 
a virtud de esta compra, hayan de hacerse en los libros, se 
hagan a mi favor. 

«Con respecto a los réditos que produzca la suma de la ven- 
ta de las minas, mi intención es que sirvan al pago de una 
pensión de tres mil pesos al año que he ofrecido al abate De 
Pradt. La demasía que resulte de los réditos después de pa- 
gada la pensión al abate, deseo que entre en la masa del ca- 
pital. 

«Tenga Usted la bondad de participar esta circunstancia a 
este ilustre prelado, a fin de que se ponga de acuerdo con Us- 
ted, como que es mi apoderado, o con el que le suceda en 
este encargo, para que llegue a sus manos la dicha pensión. 

«Como no estoi cierto de que Ustedes hayan de permanecer 
en Londres una larga serio de años, comisionaré para después 
alguna casa inglesa, i desde ahora suplico a Usted me indique 
cuál puede servir a este efecto. 

«Existiendo Usted allí, nada tengo que decir a los que even- 
tualmcnte hayan de suceder a Usted en la representación. Sin 
embargo, ruego a Usted haga conocer el contenido de esta 
carta a mi amigo Bello, a quien saludo con la amistad i el 
cariño que siempre le he profesado. 



DE DON ANDRÉS BELLO 223 



«Al pasar por Bogotá, tuve la satisfacción de ver a su esposa, 
que dejó buena i ansiosa de verle. 

«Cuente Usted con la amistad i el corazón de su afectísima 
— Bolívar. 

«Al Señor José Fernández Madrid.» 

El encabezamiento del poder a que alude la precedente carta 
es el que sigue: 

«Poderes Especiales. — En la ciudad de Caracas, a 22 de 
enero de 1827, el exceletísimo señor libertador presidente de 
la república de Colombia Simón Bolívar, a quien, yo el escri- 
bano, doi fe conozco, por ante mí, i en las casas de su morada 
en esta capital, Su Excelencia dijo: que da su poder cumplido 
cuanto por derecho se requiera i sea necesario a los señores 
José Fernández Madrid, encargado de negocios de la república; 
Andrés Bello, secretario de la legación de la misma; i al cón- 
sul jencral Santos Michelena, todos residentes en Londres...» 

Con igual fecha, Bolívar dirijió a Fernández Madrid i a Bello 
una nueva carta del mismo tenor para los dos, la cual ha per- 
manecido inédita. 

«Caracas, a 21 de febrero de 1827. 

«Mi Querido Amigo. 

«Por separado escribo a Usted una carta cuyo objeto es en- 
teramente particular, i por lo mismo, no he querido mezclarla 
con ésta. 

«Yo supongo que los papeles públicos i correspondencia de 
Bogotá que deben haber llegado a sus manos, le habrán infor- 
mado del estado político de Colombia en aquella fecha, de mi 
venida a la capital, de las providencias i decretos que allí he 
dictado en bien de la patria; i últimamente mi marcha a es-tos 
departamentos de Venezuela ha apagado el fuego de la guerra 
civil que ya prendía en todos los ángulos de Venezuela, debido 
todo a la exaltación de los partidos i a la diverjencia de opi- 
niones que habían producido los gritos de reforma que se de- 
jaron oír desde el 30 de abril próximo pasado. 

«Sin embargo, en medio de estas temibles convulsiones, la 
jcneralidad clamaba por mi presencia, i aun los partidos me 
invocaban por su mediador. Así ha sucedido; apenas me pre» 



VIDA 



sentó en Venezuela cuando todos los partidos se reconcilian, 
reconocen el gobierno de la república, i se somenten al impe- 
rio de las leyes, como lo anuncié yo en mi proclama de Puerto 
Cabello,- i decreto de aquel mismo di a. 

«Yo creí que el primero i mas fuerte interés de la república 
era evitar una guerra fratricida, cuyos resultados llenarían de 
oprobio al mismo vencedor; así, pues, no perdoné ninguno ni 
ahorré ningún sacrificio para lograr el objeto que me proponia 
en honor de nuestro crédito í en gloria de nuestro nombre. 
Con cuánto gusto, puedo participar a Usted el feliz desenlace 
de los sucesos de Venezuela, i anunciarle que el reino benéfico 
del orden i la tranquilidad pública han sido reintegrados en 
toda la república. Sin embargo, no por esto podemos decir 
que hemos vuelto a nuestro antiguo esplendor i crédito, por- 
que apenas hemos tenido el tiempo necesario para ahogar el 
jérmeft del mal. Ahora, todo debemos esperarlo del sosiego i 
de la calma a que ha sido restituida la república. 

«Entre tanto, se reúnen en la capital los representantes de la 
legislatura de este año, que, por motivo de los últimos acon- 
tecimientos políticos, no habían podido congregarse en el dia 
señalado por la leí. Es de esperarse que la sabiduría i la pru- 
dencia de los lejisladores pongan el sello a la tranquilidad 
que actualmente goza la república, después de haber navegado 
en un piélago de dificultades i peligros, i después de haber es- 
capado del tremendo huracán que la combatía. También es de 
esperarse que el congreso dicte aquellas medidas que exije la 
presente posición de Colombia, i que piden con urjencia los de- 
partamentos, las provincias i los pueblos. 

«Por mi parte, yo he logrado un triunfo cual nunca he ob- 
tenido; i satisfecho de mi victoria, aniquilando la guerra civil, 
he dirijido al congreso la renuncia que acompaño. ¡Ojalá que 
me sea admitida! 

«Las repúblicas del Perú i Bolivía están tranquilas; í según 
las últimas noticias que he tenido de aquellos países, todo 
marcha allí en orden i hacia la estabilidad. Ambos pueblos 
han adoptado la constitución que se les ha presentado, aunque 
con muí li jeras modificaciones. 



DE DON ANCHES BELLO 



«Soi ele Usted afectísimo amigo — Bolívar. 

«Al Señor José Fernández Madrid i al Señor Andrés Bello.» 

El segundo dio a la precedente carta la respuesta que ya a 
leerse. 

«Legación de Colombia, cercd.de Su Majestad Británica. 

«9 — Egremont-Place. • 

«Londres, abril 18 de 1827. 

«Señor. 

«Por la carta que Vuestra Excelencia se sirve dirijir con fe- 
cha 21 de febrero último al honorable señor José Fernández 
Madrid i a mí, he tenido la satisfacción de saber que la venida 
de Vuestra Excelencia a Colombia ha realizado las esperanzas 
de todos los buenos, restableciendo la tranquilidad interior. 

«La Europa, que años há mira a Vuestra Excelencia como 
el carácter mas glorioso de nuestra época, i le creo destinado a 
ejercer una influencia que durará muchos siglos sobre la suerte 
de una numerosa familia de naciones, ha contemplado con in- 
tensa solicitud e interés la conducta conciliadora de Vuestra 
Excelencia en las alteraciones de Colombia. La elevación ins- 
tantánea que esperimentó en Londres el crédito de la repúbli- 
ca con la sola aparición del astro tutelar de la América sobre 
nuestro horizonte, es una prueba decisiva de la confianza que 
Vuestra Excelencia inspira, aun entre las graves dificultades 
que cercan i casi abruman al gobierno. 

«De aquí es que la publicación de la carta de Vuestra Exce- 
lencia al presidente de la honorable cámara del senado renun- 
ciando la presidencia, no ha podido menos de causar inquietud 
i desaliento a cuantos tienen algún interés en la prosperidad do 
Colombia. Admirando los nobles sentimientos que han dictado 
esta incomparable producción, querrían, sin embargo, que 
Vuestra Excelencia los violentase todavía, i que, a pesar de la 
grandeza de sus servicios, los mas eminentes que un ciudada- 
no hizo jamas a su patria, Vuestra Excelencia (imitando en esto 
a otro grande hombre) no creyese haber hecho nada, mientras 
le quedase algo por hacer. 

«La noticia de la renuncia de Vuestra Excelencia causó en 
nuestros vales una depresión súbita de tres i medio por ciento. 

V. DE B. 29 



22G vida 

Dudóse al principio de la autenticidad de ella. Su confirmación 
ha seguido produciendo un efecto desfavorable en el crédito de 
nuestra república* 

«Entro en estos pormenores para que Vuestra Excelencia 
palpe en ellos el grado do importancia que la opinión del mun- 
do da a la intervención de la mano poderosa de Vuestra Exce- 
lencia en la administración de nuestros negocios, i para que 
Vuestra Excelencia, a vista de ellos, tenga un medio mas de 
estimar con exactitud hasta qué punto se halla ligada la salud 
de Colombia con su permanencia a la cabeza del gobierno. 

«Pero este es un asunto decidido ya probablemente entre 
Vuestra Excelencia i los representantes do Colombia, i en que 
no corresponde a un individuo tan oscuro como yo mas que 
aguardar en silencio la resolución. 

«Mis votos son que sea lo que conviene a la felicidad de Co- 
lombia i a la gloria de Vuestra Excelencia. 

«Tengo la honra de testificar nuevamente a Vuestra Exce- 
lencia los sentimientos invariables de adhesión i respeto que le 
profesa su apasionado humilde servidor — A. Bello. 

«Excelentísimo Señor Jeneral Simón Bolívar, Libertador 
Presidente de Colombia, etc., etc., etc.» 

Cuando en 23 de noviembre de 1826, don José Fernández 
Madrid fué nombrado plenipotenciario de Colombia en Londres, 
estaba ejerciendo en Paris el cargo de ájente confidencial del 
gobierno colombiano, cargo que había desempeñado con habi- 
lidad i acierto. 

Fernández Madrid habla cultivado con Bello por escrito re- 
laciones mui cordiales, como lo manifiesta la siguiente carta, 
que tengo orijinal a la vista. 

«Paris, marzo 30 de 1827. 

«Mi Estimado i Respetado Señor Bello. 

«Me asombro de que nos tengan tan olvidados en Bogotá. 
¿Qué responderemos a las personas con quienes estamos en re- 
lación, i que nos piden informes sobre el estado do la repúbli- 
ca? Sospecho que la falta puedo estar en alguna de nuestras 
administraciones de correos. Tendremos paciencia, esperare- 
mos otro mes. 



BE DON ANDRÉS CELLO 227 



«Nada sé sobre la venida del señor Gutiérrez Moreno. En 
los diarios de los Estados Unidos, se anuncia su llegada a 
New York. 

«Ya habia yo leído, i con mucho gusto, El Repertorio Ame- 
ricano, que considero como útilísimo en América, i mui hon- 
roso para nosotros en Europa. Procuraré remitir a Usted los 
materiales que pueda yo adquirir. El señor Olmedo me dijo 
que iba a remitir a Usted unos versos mios. En caso de que lo 
haya hecho, i de que Usted resuelva insertarlos en El Reper- 
torio, le suplico que no me nombre, pues, hallándome nego- 
ciando en esta corte, talvez no sería prudencia. 

«Ruego a Usted dirija a los señores Rossange el adjunto 
billete. 

«No he escrito a Usted de mi letra, porque la esperiencia 
me ha enseñado que el escribir me aumenta siempre un dolor 
de que padezco. 

«El señor Ayala corresponde a la cspresion de Usted, i yo 
quedo de Usted, su mui sincero estimador, i humilde obediente 
servidor — J. F. Madrid. 

«PoscZaía. — He recorrido con sumo gusto el segundo volu- 
men de El Repertorio. Felicito a Usted por los excelentes ar- 
tículos con que lo ha enriquecido. 

«Señor A. Bello. 9 Egremont Place, New Road, Londres.» 

Cuando Fernández Madrid pasó a ocupar su empleo de ple- 
nipotenciario, dirijió a Bello, tan luego como estuvo en Lon- 
dres, la esquela siguiente: 

«Mi Estimadísimo Señor Relio. 

«Me tiene Usted en Londres en la casa u hotel Jauney. A 
no haber llegado tan cansado, me hubiera ido derecho a la 
casa de Usted para anticiparme el placer de conocer a Usted 
personalmente. 

«Póngame Usted a los pies de su señora esposa; i disponga 
de su afectísimo amigo — J. F. Madrid. 

«Ruego a Usted dirija la adjunta a Michelena; yo no lo ha- 
go, porque he olvidado la dirección. Hágame Usted favor ele 
ponérsela. 

«Lunes 30, abril de 1827.» 

É 



228 vida 

Bello, como lo presumía Revenga en una de las cartas que 
antes lie reproducido, quedó mui contento de tener por supe- 
rior a un hombre del mérito de Fernández Madrid, con quien 
habia trabado, de Londres a Paris, al través del mar, sincera 
amistad, aun antes de haberle conocido de cerca. 

Sin embargo, el nuevo arreglo de la legación le ocasionó una 
triste decepción. 

Para que pueda apreciarse el motivo do ella, es preciso que 
se tenga a la vista el artículo i.° del decreto fecha 23 de no- 
viembre de 1826 espedido por el libertador presidente durante 
su corta permanencia en Bogotá. 

«Artículo 1.° Continuará la legación de un plenipotenciario 
cerca de Su Majestad Británica; i nombro para servirla con el 
carácter de enviado estraordinario i ministro plenipotenciario 
de Colombia al honorable señor José Fernández Madrid. 

«Párrafo 1.° El honorable señor Madrid gozará en el ejerci- 
cio de esta plenipotencia el sueldo de doce mil pesos anuales; 
pero, hallándose en Europa, no se le abonarán otros gastos de 
viaje a Londres, que lo necesario para trasladarse allí desde 
Paris, donde reside. 

«Párrafo 2. Tampoco influirá aquella asignación en la que, 
sin el aumento de sueldo, tendría para gastos de vuelta, ni en 
la que haya, de tener el secretario de la legación, que con- 
tinuará lo mismo que hasta aquí.» 

Don Andrés Bello comentó esta disposición en una carta cli- 
rijida a Bolívar, la cual se publica ahora por la primera vez. 

«Londres, 21 de abril de 1827. 

«Señor. 

«Agrego estos pocos renglones, que no sé si alcanzarán al 
correo de barlovento, para anunciar a Vuestra Excelencia que 
el señor Madrid llegará a Londres (según noticias que acabo de 
recibir) dentro de mui pocos dias, o tal vez horas. 

«En la orden del gobierno relativa al nombramiento de este 
digno individuo, se previene que vuelva yo, en clase de secre- 
tario de legación, a gozar el sueldo que tenia antes de confiár- 
seme el encargo de negocios. Yo creo que, en el cúmulo de 
atenciones que rodeaban al ejecutivo, no se hizo reparo en la 



DE DON ANDRÉS BELLO 229 



ilegalidad de esta disposición. La lei de la materia previene 
que el secretario goce la tercera parte del sueldo del ministro; 
i aumentado éste a doce mil pesos (que no es un exceso, sino lo 
necesario para vivir con una moderada decencia en el rango 
correspondiente), parecía natural consecuencia concederme el 
pequeño beneficio de seiscientos sesenta i seis pesos mas al año. 
Me es sensible la disposición citada, no por el perjuicio pecu- 
niario que me irroga (aunque, en mis circunstancias, grave), 
sino por la especie de desaire que lo acompaña. 

«Vuestra Excelencia me conoce, i sabe que un sórdido in- 
terés no ha sido nunca móvil de mis operaciones. Si yo hubiera 
jamas puesto en balanza mis deberes con esa especie de consi- 
deraciones, estuviera hoi nadando en dinero, como lo están 
muchos de los que han tenido acceso a la legación de Colombia, 
desde mas de seis años a esta parte, i no me hallaría reducido 
a mi sueldo para alimentar mi familia. Estoi ya a las puertas 
de la vejez, i no veo otra perspectiva, que la de legar a mis 
hijos por herencia la mendicidad. 

«Si Vuestra Excelencia cree que esté en el orden de la jus- 
ticia interponer su alto influjo para que se me conceda la asig- 
nación que previene la lei, estoi seguró de que lo hará; i aun 
me lisonjeo de que me tendrá presente para nombrarme, o 
recomendarme a otra legación con un carácter superior al que 
ahora tengo, seguro de que, en todas partes, i en todas oca- 
siones, consagraré mis débiles fuerzas al servicio de la repú- 
blica i de Vuestra Excelencia, i a lo menos, mi celo suplirá por 
las cualidades que me faltan. 

«Créame Vuestra Excelencia su apasionado humilde servidor 
• — A. Bello. 

«Excelentísimo Señor Jeneral Simón Bolívar, Libertador 
Presidente de Colombia, etc., etc.» 

Bolívar dio a Bello la siguiente respuesta, también inédita 
hasta ahora. 

«Caracas, 16 de junio de 1827. 

«Mi Querido Amigo. 

«He tenido el gusto de recibir las cartas de Usted del 21 de 
abril; i a la verdad siento infinito la situación en que Usted se 



230 VIDA 

halla colocado con respecto a su destino i la renta. Yo no estoi 
encargado de las relaciones esteri ores, pues que el jeneral San- 
tander es el que ejerce el poder ejecutivo. Desdo luego, yo le 
recomendaría el reclamo de Usted; pero mi influjo para con él 
es mui débil, i nada obtendría. Sin embargo, le he dicho a Re- 
venga que escriba al secretario del esterior, interesándole en 
favor de Usted. 

«Siento mucho que Usted no haya concluido ningún negocio 
con los directores de las minas de Aroa, porque ellos van aho- 
ra a usar en su favor de una cláusula de la contrata, tomán- 
dose todo el resto de este año para su aprobación. Entretanto, 
ellos gozan de la propiedad, i yo quedo en una incertidumbre 
desagradable i perjudicial. Si esos señores hubiesen respon- 
dido categóricamente, ya hubiera yo entrado en posesión déla 
primer suma que deben pagar, o hubiera negociado con otra 
casa la venta de la propiedad. Yo espero que Usted i el amigo 
Madrid tendrán la bondad de ajitar este negocio cuanto les sea 
posible; i procuren el interés de su mejor amigo. 

«En cuanto a noticias, me refiero a lo que escribo a Madrid. 
El congreso se instaló el 2 del pasado en Tunja; el 12, se reu- 
nió en la capital; i según tengo entendido, no ha tomado en 
consideración mi renuncia, ni la del viee- presidente, sino que 
han querido que prestemos el juramento. Se asegura que San- 
tander lo ha prestado ya; pero yo insistiré en que se me acepte 
la renuncia, único medio que me queda para convencer al mun- 
do, i a mis enemigos, que no soi ambicioso. Esta es la acusa- 
ción que se me hace. 

«Créame siempre su afectísimo amigo — Bolívar. 

«Después de escrita esta carta, he transado el único obstáculo 
que se presenta con respecto a las minas, de manera que ahora 
están libres, absolutamente libres de toda dificultad. Yo espero 
que Usted ají tara la conclusión do este asunto. 

«Al Señor Andrés Bello.» 

La coducta de Bolívar i del gobierno colombiano respecto 
a Bello es tanto menos disculpable, cuanto que ellos se decla- 
raban satisfechos de sus procedimientos en el manejo de los 
asuntos que le habían encomendado. 



DE DON ANDRÉS BELLO 231 

Léase el siguiente documento. 

«República de Colombia. 

«Secretaría de estado en el despacho de relaciones csteriores. 

«Bogotá, a 7 de setiembre de 1827. — 17. 

«Señor. 

«He tenido el honor de recibir las comunicaciones de Usted 
desde que se hizo cargo de esa legación, hasta el número 141 
inclusive, en que Usted puso término a la ajencia ele negocios 
cerca de Su Majestad Británica, de que habia estado encargado. 
El gobierno de la república ha quedado satisfecho del modo 
con que Usted se ha conducido en tan importante encargo, i de 
sus oportunas observaciones i noticias. Tengo orden espresa 
del vice-presidente de hacer a Usted esta manifestación, i de 
asegurarle que el gobierno tendrá presente sus servicios, i el 
mérito que con ellos ha contraído, para premiarlo debidamente. 

«Es con mucho placer que hago a Usted esta comunicación; 
i tengo el honor de repetirme de Usted mui obediente servi- 
dor — J. Manuel Restkepo. 

«Al Señor Andrés Bello, Secretario de la Legación de Co- 
lombia en Londres.» 

Con la misma fecha del oficio anterior, el ministro don José 
Manuel Restrepo escribía privadamente a Bello, entre otras 
cosas, lo que sigue: 

«No tenga Usted cuidado alguno, porque yo haya visto sus 
cartas al señor Revenga. Sus sentimientos, cualesquiera que 
sean, los he tenido como efusiones de la amistad, i como tales, 
los reservo. Tengo mui presentes sus indicaciones al señor 
Revenga para obtener otra colocación; i siempre que se ha 
ofrecido, las he recordado al vice-presidente. No dudo que Us- 
ted tendrá un ascenso luego que, mejorando nuestros nogocios 
fiscales, podamos aumentar nuestro cuerpo diplomático. El 
primero es el grave inconveniente que se opone en la actuali- 
dad. Cuente Usted con que haré a su favor cuanto pueda, mien- 
tras sea miembro del consejo. 

«incluyo a Usted copia del decreto del Libertador nombran- 
do al señor Madrid, i disponiendo que Usted gozará del sueldo 
anterior. Como lo dio con facultades extraordinarias > pudo de- 



232 vida 

rogar la lei. Si continúo en el despacho de relaciones eteriores, 
le haré alguna indicación a favor de Usted, luego que se pose- 
sione del gobierno. Entre tanto, puedo asegurar a Usted que, 
en tal disposición, no influyó algún otro motivo, sino el de 
economizar gastos. 

«La carta de Usted fecha 7 de junio se refiero a la importan- 
cia de nuestras relaciones con el comercio del norte de Europa. 
Las indicaciones de Usted servirán para cuando tratemos de 
hacer un tratado de comercio con las ciudades hanseáticas, 
pues, sin éste, no creo que se les haga concesión alguna. 

«Me repito a las órdenes de Usted como su atento, S. S. Q. 
S. M. B. — J. Manuel Restrepo.» 

A pesar de la mezquindad que se observaba con él, Bello 
continuó sirviendo con celo ejemplar a su país. 

Hizo otro tanto en particular con Bolívar, según lo manifiesta 
la siguiente carta, que encuentro en las Memorias de O'Leary. 
«Londres, 3 de enero de 1828. 
«Mi Respetado Jeneral. 

«Ayer he tenido otra conversación con Mr. Routh, uno ele 
los directores de la Asociación Bolívar, sobre el cumplimien- 
to ele la contrata celebrada con Vuestra Excelencia por su 
ájente. 

«Le recordó que, vencido ya el primer plazo, i recibida una 
letra de Vuestra Excelencia en que disponía de una parte con- 
siderable de la cantidad devengada, deseaba me informase 
del estado en que se hallaba el asunto, i de si la sociedad pen- 
saba o nó verificar el pago de la suma correspondiente al año 
pasado, o por lo menos, de la parte necesaria para cumplir 
dicha letra. En respuesta, se remitió a sus anteriores esplica- 
ciones, i en particular, a su carta al señor Madrid, de que 
Vuestra Excelencia tiene ya copia. Aun está por ratificar la 
contrata, por no haberse podido reunir las dos juntas de accio- 
nistas que para tales actos previenen las ordenanzas de la aso- 
ciación; pero me dijo que ayer mismo debia concurrir a una 
junta de directores en que insistiría sobre la necesidad de dar 
este paso; que se tenia firme intención de llevar a efecto lo 
pactado, i que no dudaban verificarlo con la sola modificación 



DE DON ANDRÉS BELLO 233 



de atrasar los pagos un año; pero que los estatutos del cuerpo 
les ponían trabas embarazosas de que no podían dispensarse. 
Me habló luego del plan que se tenia concebido para la direc- 
ción i economía ele la empresa; i entre otras cosas, me indicó 
que, en lugar de emplear operarios ingleses, cuya salud es tan 
precaria en esa zona, como su manutención i salario son ex- 
orbitantes, se trataba de valerse de los del país i do comprar 
en él esclavos. 

«Entro en estos pormenores, para que Vuestra Excelencia 
pueda juzgar por ellos. Yo me temo mucho que la compañía, 
no obstante los buenos deseos de que se manifiesta animada, 
no tenga los medios de llenar sus obligaciones, si tales deben 
llamarse las que todavía no ha reconocido formalmente; i sien- 
to que no haya sido posible, por la naturaleza del asunto, He-- 
varíe al término que Vuestra Excelencia desea. 

«Me valgo' de esta ocasión para felicitar a Vuestra Excelen- 
cia por su feliz regreso a la capital, i testificarle el invariable 
afecto i respeto con que soi de Vuestra Excelencia, el mas 
obediente, humilde servidor — A. Bello. 

«Excelentísimo Señor Libertador, Simón Bolívar, etc., etc.» 



XV 



El Repertorio Americano. 

En lo escrito anteriormente, se ha nombrado El Repertorio 
Americano. 

Ha llegado la oportunidad de decir lo que fué esta revista, 
en cuya fundación i redacción cupo una parte principal a don 
Andrés Bello. 

Nuestro autor anhelaba contribuir en cuanto de él dependie- 
ra a la ilustración de los hispano-americanos, la cual dejaba 
entonces mucho que desear. 

Por esto, puso decidido empeño en crear un periódico cientí- 
fico-literario, mas o menos semejante a lo que había sido La 
Biblioteca Americana. 

La carta de su amigo ¿Ion Juan García del Rio que voi a co- 
piar manifiesta que don Andrés trabajó por la realización de 
esta idea desde los primeros meses de 1825, 

«Paris, febrero 14 de 1825. 

«Mi Querido Bello. 

«Ya me había escrito Gutiérrez que Usted había recibido los 
despachos de secretario de la legación de Colombia en Londres, 
i también que Usted se hallaba mas dispuesto que nunca a con- 
tinuar nuestra malograda empresa del periódico. Por consi- 
guiente, esperaba recibir de un momento a otro noticias directas 
de Usted; i como las he tenido ayer, me apresuro a darle la 
enhorabuena por la confianza que ha hecho de Usted nuestro 
gobierno. Se la doi tanto mas cordial, cuanto que la miro como 
un escalón, o primer paso, para emplear a Usted en adelante 
en'puestos mas honoríficos, mas productivos i mas dignos do 



DE DON ANBÍIES BELLO 23! 



Usted. Por esto es que le felicito, no por estar de secretario de 
legación, i contal legado. 

«No puedo dar orden para que se entreguen al señor Hurtado 
los trescientos ejemplares que se piden de La Biblioteca, por- 
que no hai en Londres arriba ele diez o doce. Todos los demás 
se remitieron a los diversos estados americanos. 

«En cuanto ala resurrección de La Biblioteca, soi de dicta- 
men que no debemos continuarla bajo el mismo plan, dema- 
siado estenso i costoso, sino que, en caso de decidirnos a con- 
sagrar nuestras tareas a semejante proyecto, empezásemos de 
nuevo, i para no descontinuar por algunos años. Estoi en trato 
sobre esto con algunas personas; obtendré contestación a la 
vuelta de ocho o quince dias; i entonces escribiré a Usted parti- 
cipándole el resultado. Si éste corresponde a mis esperanzas, 
me dedicaré a escribir durante cinco años, i tendré el gusto de 
poder ofrecer a Usted para ayuda de costa cuatrocientas o qui- 
nientas libras al año por su cooperación. Esto, por supuesto, 
quedará aquí para entre los dos solos. Si no obtengo lo que 
me he propuesto, i tengo que pasar a Londres dentro de un 
mes, como es probable, hablaremos a nuestras vistas do todo 
lo concerniente al periódico. De todos modos, luego que pueda 
comunicar a Usted algo de positivo, lo haré. Entre tanto, Usted 
me hará la justicia de creer que estoi mu i distante de ser indo- 
lente en tratándose de contribuir a la ilustración i al bien de 
nuestros compatriotas. 

«Tacha Usted de reprensible la indolencia epicúrea a que 
estoi entregado en Paris, cuando pudiera estar haciendo bien a 
la América. Dejando a un lado lo lisonjero de esta última es- 
presion, ¿qué quiere Usted que haga? Si no es redactando un 
periódico, ¿en qué puedo servir a la América? I no teniendo 
fondos sobrados, ¿cómo encargarme solo del periódico? Hasta 
recibir del gobierno del Perú una respuesta categórica i satis- 
factoria a mis muchas reclamaciones, hasta chancelar mis 
cuentas con él, i ser pagado de lo que me debe, no puedo rom- 
per mi conexión con él, i pertenecer a Colombia enteramente. 
No teniendo, pues, partido que elejir, i forzado por mi posición 
a permanecer en Europa hasta concluir con el Perú, ¿qué en- 



236 vida 

cuontra Usted de reprensible en mi residencia en Paris, en 
donde vivo mas a mi comodidad, que en Londres, por el 
mismo dinero? 

«Repito que no escusaré escribir a Usted luego que haya re- 
suelto algo. Saludo a la señora, i a los chicos; i me ofrezco 
como siempre a sus órdenes. 

«Suyo afectísimo de corazón — García del Rio. 

«Señor Don Andrés Bello.» 

Las espectativas de recursos que tenia García del Rio resul- 
taron quiméricas. 

Esto fué causa de que el prospecto de la nueva revista, que 
titularon El Repertorio Americano, no apareciera hasta el 1.° 
de julio, i el primer número o primera entrega hasta octubre 
de 1826. 

El Repertorio debia salir cada tres meses. 

Alcanzaron a publicarse cuatro entregas de 300 i tantas pa- 
jinas en 4.° 

La cuarta o última vio la luz en agosto de 1827. 

Bello puso especial empeño en buscar a El Repertorio co- 
laboradores i suscriptores en la América Española, a fin de 
asegurarle importancia i duración. 

Entre las personas a quienes Bello recurrió con este objeto, 
se contó don José Manuel Restrepo, entonces ministro de estado. 

Bello habia entrado en relaciones con Restrepo por haberle 
este caballero encargado la corrección de las pruebas de su 
Historia de la Revolución de la República de Colombia, edi- 
ción de 1827, la cual, como se sabe, es enteramente distinta 
de la que # , el mismo autor dio a la estampa mas tarde en 1858. 

Voi a insertar la carta en que Restrepo pidió a Bello este 
servicio, por tratarse de una do las primeras obras históricas 
relativas a la revolución hispano-americana que se publicaron. 

«Bogotá, setiembre 18 de 1825. 

«Mi Apreciado Señor. 

«Confiado en una carta de introducción, que incluyo a Us- 
ted, del señor Gual, me tomo la satisfacción de hablar a Usted 
sobro un negocio particular que me interesa. 

«He ocupado los momentos que me dejaban libres mis ocu- 



D3 DON ANDRÉS BELLO 237 



paciones oficiales en escribir el primer volumen de la Historia 
be la Revolución de Colombia. El manuscrito será remitido 
a Inglaterra en el paquete que debe hacerse a la vela en Carta- 
gena a fin de octubre. Va dirijido al señor C. W. Stokes de la 
casa de Goldschmidt, quien debe correr con tocios los pormeno- 
res de la edición o ediciones. Si el orijinal se imprime en Lon- 
dres, deseo que Usted se tome la molestia de correjir las pruebas 
déla imprenta, a fin de que salga bien correcta, i con buena or- 
tografía, pues aquí los amanuenses no son buenos, i la ortogra- 
fía no está exacta en el manuscrito. Usted podrá reformar todo 
lo que le parezca en ella, adaptado al sistema de ortografía que 
mejor le acomode, pues, en la actualidad, este ramo se halla 
en anarquía. 

«Como Usted debe conocer perfectamente los pasos que se 
dan para promover el mejor resultado de una obra que se pu- 
blica de nuevo, espero tenga la bondad de acercarse al señor 
Stokes, i de indicarle lo que a Usted le parezca, aunque, según 
me han informado, él también los conoce perfectamente. Le 
dará también la recomendación especial de correjir la edición 
española; i si so encarga, como no dudo de su bondad, de veri- 
ficarlo, quedaré mui reconocido a este favor. 

«Con la mayor consideración, me ofrezco a Usted para que 
me ocupe en cuanto guste; i siempre soi de Usted, su atento, 
seguro i obediente servidor — J. Manuel Restrepo. 
«Señor Andrés Bello.» 

Aprovechando Bello las relaciones que, por el motivo espre- 
sado, empezó a cultivar con Restrepo, solicitó el apoyo del 
ministro en favor de El Repertorio Americano, según resulta 
de la carta que va a leerse. 

«Bogotá, diciembre 7 de 1828. 
«Mi Apreciado Señor i Amigo. 

«He recibido la estimable carta de Usted fecha 6 de setiem- 
bre último; i por ella, veo que seguía con lentitud la traduc- 
ción inglesa de la Historia de Colombia. Usted es de opinión- 
que habría sido mejor haberla publicado en español; i que la 
tradujeran los que quisieran. Yo tomé consejo sobre si conve- 
nia hacerla o nó traducir; i me dijeron los inteligentes que de- 



2J.S VIDA 

bia hacer lo que instruí a mi hermanó. Juzgo que este, antes 
de venirse, habrá completado mis encargos, i dispuesto la pu- 
blicación. Si no lo hubiere hecho, autorizo a Usted para que 
la haga publicar, aunque no se traduzca al francés. Usted se 
entenderá al efecto con la persona a quien mi hermano haya 
dejado la recomendación. Esto no impedirá que Usted obre 
según las circunstancias, pues, a tanta distancia, no se pueden 
dar órdenes positivas. 

«Quedo impuesto que Usted ha dado en El Repertorio una 
noticia de mi Historia. Deseo verlo, i apruebo su publicación, 
suponiendo que, en nada, perjudicará a la obra la bondad de 
Usted. 

«Con mucho gusto, ausiliaré a Usted, en su empresa de El 
Repertorio. El gobierno toma diez ejemplares de cada núme- 
ro; i yo conseguiré a Ustedes la mayor circulación posible. Pa- 
ra La Biblioteca Americana, había aquí mas de cien suscrip- 
tores, que yo había reunido. Así, Usted me enviará a Cartajená, 
para venir a esta capital, el número de ejemplares que guste 
por conducto del señor Juan de Dios Amador, o de la persona 
que Ustedes quieran. Juzgo mucho mejor que vengan por to- 
mos encuadernados en pasta, i cargando el costo correspon- 
diente. Aunque los tomos carguen un poco, el común de los 
suscriptores se conformará con esto, i la obra tendrá mas apre- 
cio. Uno o dos ejemplares para el gobierno vendrán según 
vayan saliendo. Cuenten Ustedes con que haré a favor de la 
empresa cuanto esté do mi parto. 

«Me ofrezco a Usted como secretario interino de relaciones 
esteriores, destino con que me ha honrado el Libertador, 

«Soi de Usted con distinguida consideración, su atento, se- 
guro, obediente servidor i amigo — J. Manuel Restrepo. 

«Señor Andrés Bello.» 

La carta que paso a reproducir hace ver que Bollo, no con- 
tentándose solo con suscriptores, solicitaba ademas colabora- 
dores para su revista. 

«Bogotá, abril 8 de 1827. 

«Muí Señor Mió. 

«líe recibido oportunamente la estimable carta de Usted fe- 



DE DON ANDRÉS BELLO 239 



cha 16 do noviembre último; i quedo impuesto de que había 
salido el primer tomo de El Repertorio Americano, el que 
continuaría saliendo. He recibido el de octubre, que Usted tuvo 
la bondad de remitirme con mi hermano, que llegó después do 
un naufrajio en la costa de Sabanilla. 

«íle ofrecido a Usted que contribuiría a la empresa en cuan- 
to me sea posible; pero, en las actuales circunstancias, no puedo 
escribir nada por mis ocupaciones oficiales. Tengo amigos que 
podrían hacerlo; pero son tan fuertes los portes de correo para 
esa capital, que les asustan; i ninguno querrá satisfacerlos, 
pues, en lo jeneral, todos nuestros literatos son pobres. Que- 
daría el recurso de que el gobierno satisfaciese los portes; mas 
no lo permite el estado de nuestras rentas públicas. 

«He instruido al vice-presidente de la comunicación oficial 
de Usted, fecha 4 de enero último, sobre la falta de fondos, i 
acerca de la conducta observada por el señor Hurtado con Us- 
ted. Este salió ya de la legación; i de oficio, hablo sobre la 
remisión de fondos, por cuyo motivo no contesto a dicha co- 
municación. En cuanto a la traslación que Usted solicita do 
esa a otra legación, me dijo el vice-presidente que la recordara 
cuando se tratara de proveer algún destino diplomático supe- 
rior al que Usted desempeña. Por mi parte, ofrezco hacerlo 
con mucho gusto en obsequio de Usted. 

«Repito mis espresivas gracias por el ínteres que Usted to- 
mó en que se tradujera la Historia de Colombia. 

«Tengo la honra de ofrecerme de nuevo a las órdenes de 
Usted, como su atento i seguro servidor Q. S. M. B. — J. Ma- 
nuel Restrepo. 

«Señor Andrés Bello.» 

Parece que don Andrés insistió en pedir colaboración para 
El Repertorio Americano, pues Restrepo tornó a escribirle 
lo que puede leerse a continuación. 
«Bogotá, julio 14 do 1827. 
«Mi Apreciado Señor. 

«He recibido la estimable de Usted de 5 de abril último; i 
quedo impuesto de cuanto en ella me comunica. Hasta ahora, 
no ha llegado a mi poder ni a mi noticia otro número de El 



240 VIDA 

Repertorio, sino el primero que Usted me dirijió con mi her- 
mano. Usted supone que habré recibido otros números, c igno- 
ro por qué- conducto. Me parece que, por Kingston do Jamaica, 
podría Usted dirij irlos con prontitud a Cartajcna, a fin de que 
llegaran a este, i a otros puntos de Colombia, pues, si aguarda 
ocasiones directas, acaso no se presenten. 

«Yo desearía mucho enviar a Usted materiales para dicho 
periódico; pero es imposible, hallándome rodeado de tantas 
ocupaciones de oficio, i de los disgustos que hemos tenido 
desde abril de 1S2G todos los que componemos este gobierno. 
Por otra parte, los portes son muí pesados para la remisión a 
Londres; i este país se halla muí lejos de ser rico, i tampoco 
sus ciudadanos. Casi todos los hombres que pudieran ayudara 
Usted se hallan también ocupados en distintos empleos que no 
les permiten entregarse a otras tareas de literatura. Sin em- 
bargo, yo les excitare en los papeles públicos i privadamente 
para dirijir algunas cosas que puedan salir en El Repertorio. 

«En otra ocasión, hablaré a Usted sobre sus obligaciones en 
la academia nacional. Este establecimiento se halla naciente; i 
mientras la república no se reorganice, i recupere su antigua" 
tranquilidad, no podemos hacer progresos. 

«Al señor Madrid, hablo particularmente de nuestro estado; 
i la carta va apertoria para que, si no se halla en esa, pueda 
Usted imponerse de su contenido, que es importante, i al que 
nada mas hai que añadir. 

«Mi hermano llegó a Antioquia sin novedad, donde perma- 
nece con su familia. 

«Ofreciéndome a las órdenes de Usted, soi siempre su aten- 
to, seguro i obediente servidor — J. Manuel Restrepo. 

«Señor A. Bello.» 

Restrepo repetía iguales conceptos en la primera parte de la 
carta fecha 7 de setiembre de 1827, cuya segunda parto he co- 
piado antes en la pajina ... 

«He tenido el honor de recibir casi a un mismo tiempo tres 
cartas de Usted, fechas 1 i 3 de mayo, i 7 de junio último; i a 
su contenido, contesto que a mi poder, i a Bogotá, no ha lle- 
gado masque el primer número de El Repertorio Americano. 



DE DON ANDRÉS BELLO 241 



Ignoro el conducto por donde me habrá Usted dirijido los 
ejemplares que tardan demasiado. Prefiera Usted la via de Ja- 
maica, por la que vendrán con prontitud a Cartajena i Santa 
Marta. El primer número me pareció bien; pero, en medio de 
las vastas ocupaciones que he tenido, i tengo, me ha sido im- 
posible, i me será todavía, ayudar a Usted en nada. He visto 
a algunos amigos; pero, como me parece dije a Usted en carta 
de 14 de julio, poco se puede esperar de ellos por iguales moti- 
vos a los mios.» 

Es de presumirse que las dilijencias de Bello para conseguir 
colaboradores en otros lugares tuvieran el mismo resultado, 
que en Colombia. 

La verdad fué que la redacción de El Repertorio America- 
no corrió casi esclusivamente a cargo de Bello i de García del 
Rio. 

El literato español don Pablo Mendíbil contribuyó con algu- 
nos artículos. 

El de igual clase don Vicente Salva suministró una estensa 
memoria sobre bibliografía castellana antigua i moderna. 

El poeta ecuatoriano don José Joaquín Olmedo, ya ventajo- 
samente conocido por el canto a la Victoria de Junin, i dos 
o tres composiciones mas, insertó en el mencionado periódico 
una Traducción De la Oda 14, Libro 1 de Horacio, i una pie- 
za titulada A un Amigo en el Nacimiento de su Primojénito. 

Don José Fernández Madrid, la letrilla A Desval. 

El señor García Goyena, un Canto a la Independencia De 
Guatemala. 

Pero todos los demás materiales fueron elaborados por Bello 
i García del Rio. 

Como en La Biblioteca Americana, Bello proporcionó gran 
número de artículos científicos traducidos o estractados por él. 

Hé aquí los títulos de los principales. 

Descripción del Orinoco, fragmento del Viaje a las Re- 
jiones Equinocciales por Humboldt i Bonpland. 

Historia de la doctrina de los elementos de los cuerpos. 

Cuadro estadístico del comercio de la Francia en 182í. 

Descubrimiento de un nuevo remedio contra la papera. 

V. DE B, 31 



242 vida 

Cascadas principales del Paraná, dellguazú i del Agua- 
rai, estraeto del Viaje de Azara. 

Orografía, americana; descripción de las cordilleras de 
la América Meridional. 

Estrados del Viaje del capitán Head por las Pampas de 
Buenos Aires i la Cordillera de Chile. 

Descripción de la cochinilla misíeca i de su cria, i bene- 
ficio. 

Ensayo Político sobre la Isla de Cuba por Humboldt. 

Producciones de la provincia de Cochabamba. 

Hierro meteórico de Chaco. 

Introducción a los Elementos de Física del doctor N. 
Arnott. 

Vida i organización. 

Situación Progresiva de las Fuerzas de la Francia, por 
el barón Carlos Dupin. 

Don Andrés Bello redactó ademas una sección titulada Va- 
riedades, que comprendía artículos cortos sobre los telesco- 
pios, el vapor, la sangre, la aguja magnética, el mal de pie- 
dra, la navegación fluvial, la meteorolojía, la dijestion, la 
localidad nativa de la platina, la miel venenosa del Uruguai, 
el hombre salvaje, el orí jen de la yuca, el cultivo del café en 
Arabia, el árbol de leche, la culebra de cascabel, la cascada del 
rio Vinagre, el análisis químico de la leche del palo de vaca, 
la huitia de Cuba, la serpiente amarilla de la Martinica, la le- 
che venenosa del ajuapar, la lonjevidad de los árboles, el ár- 
bol de pan, la altura comparativa de los montes, las minas de 
oro i platina en los Montes Urales, la temperatura del hombre 
i de los animales de diversos jencros, la figura de la tierra, el 
aceite esencial que mana de un árbol de la América Meridio- 
nal, los estragos ocasionados por una tromba o manga de aire 
inflamado, los terremotos de 1826, las causas físicas de la lo- 
cura, el remedio contra la fiebre amarilla, la lluvia i las inun- 
daciones en las Canarias. 

He consignado la prolija enumeración precedente para que 
pueda apreciarse por ella el ansia insaciable do saber que do- 
minaba a Bello, i la diversidad do sus conocimientos. 



DE DON ANDRÉS BELLO 243 



El mismo hombre que hacía las mas minuciosas investiga- 
ciones para determinar la etimolojía o la significación ele un 
vocablo antiguo, cuidaba también de instruirse en las propie- 
dades raras de las plantas, en los remedios de las enfermeda- 
des, en las peculiaridades jeográficas, en otras materias do la 
física, de la química, de la mineralogía, de la astronomía. 

La afición a los estudios científicos, no le apartaba de los 
literarios. 

Hé aquí una lista de los artículos de este segundo j enero que 
tradujo o estractó para El Repertorio Americano. 

Estudios sobre Virjilio por P. F. Tissot, artículo de 
Pongerville. 

Planes de economía e instrucción para seminarios nu- 
merosos, estractó de la Revista de Edimburgo. 

Sociedad Parisiense de enseñanza elemental. 

Junto con éstos, que eran traducidos o estractados, aparecie- 
ron los siguientes, que eran orijinales. 

Noticia de La Victoria de Junin, canto a Bolívar por Jo- 
sé Joaquín Olmedo. 

Historia de la Revolución de Colombia por el señor José 
Manuel Restrepo. 

Juicio sobre las Poesías de J. M. Jléredia. 

Las Poesías dé Horacio traducidas en versos castellanos 
con notas i observaciones por don Javier de Burgos. 

Historia de la Conquista de Méjico por un indio meji- 
cana del siglo XVI. 

Etimolojía de los sustantivos Nava, Nadie'. 

Colección de los Viajes i Descubrimientos que los espa- 
ñoles hicieron por mar desde el siglo XV por don Martin 
Fernández de Navarrete. 

Relación de Hechos concernientes a las mudanzas políti- 
cas verificadas en el Paraguai. 

Ya he dicho anteriormente que García del Rio i Bello re- 
produjeron en El Repertorio Americano el plan de reforma 
ortográfica; i que Bello publicó separadamente un artículo en 
apoyo de la idea. 

El mismo Bello insertó en este periódico otro artículo deno- 



VIDA 



minado Bosquejo del oríjen i progresos del arte de escribir. 

La moraleja de este ensayo envuelve precisamente una amo- 
nestación en favor de la reforma ortográfica. 

«No tenemos por qué maravillarnos del apego de los ejipcios 
a su antigua escritura, dice Bello. No obran en nosotros los 
motivos, que en ellos. No tenemos pirámides, obeliscos, colum- 
nas, cubiertos de esculturas que un alfabeto simplificado haria 
ilejibles. Las reformas del nuestro no perjudicarían a la inteli- 
gencia de nada de cuanto se ha escrito desde las Siete Parti- 
das; i como nuestra escritura se perpetúa, no por la dureza del 
material, sino, a la manera de las especies animadas, por la 
fecundidad de la reproducción, cada lustro, cada año, veria 
multiplicar las ediciones de los libros elementales i populares, 
correspondiendo en ellos a los adelantamientos de los otros ra- 
mos de literatura los de la primera i mas esencial de las artes. 
I sin embargo de que estas ventajas se pueden realizar sin tra- 
bajo i sin inconveniente alguno, i del incalculable beneficio 
que acarrearían, diseminando la enseñanza i jeneralizando la 
educación en la masa del pueblo, no nos cuidamos de perfec- 
cionar nuestra escritura, dándole toda la simplicidad i facilidad 
que admite; i conservamos en ella con una veneración supers- 
ticiosa los resabios de barbarie que le pegaron aquellos siglos 
en que, del roce de los ásperos dialectos del norte con las puli- 
das lenguas del sur, nacieron nuevos idiomas de estructura di- 
ferentísima; en que, aplicado a todos ellos irregular i capri- 
chosamente el alfabeto latino, sonidos nuevos, desconocidos 
de los romanos i griegos, fueron representados con las letras 
antiguas; palabras que variaron de sonido, no variaron de 
letras; lo doble se significó por lo sencillo, lo sencillo por lo 
doble; i hubo también letras destinadas a no significar cosa 
alguna; en que finalmente no quedó irregularidad de que un 
sistema de signos pueda adolecer, que no plagase el alfabeto.» 

Pero el artículo mas notable en prosa que don Andrés Bello 
publicó en El Repertorio Americano es el titulado: Uso an- 
tiguo de la rima asonante en la poesía latina de la edad 
media i en la francesa; i observaciones sobre su uso mo- 
derno. 



DE DON ANDRÉS BELLO 



El autor, en este artículo o memoria, trata sobre el oríjen 
del asonante. 

Nadie pone en duda que el mencionado artificio métrico sea 
actualmente una propiedad esclusiva de la lengua castellana. 

Pero ¿siempre lo ha sido? 

I si no lo ha sido siempre, ¿quiénes fueron sus inventores? 

Hé aquí una doble cuestión que bien merecía discutirse. 

Casi todos los eruditos i críticos que han dilucidado esta ma- 
teria han pretendido que la asonancia es un adorno jenial de la 
poesía española, un fruto indíjena de la Península, una pecu- 
liaridad de nuestra métrica. 

La circunstancia de no encontrarse en otros idiomas, i de 
ser los estranjeros insensibles a su armonía, mientras en las 
naciones de nuestra raza se deleitan con ella hasta los aldea- 
nos mas incultos i groseros, daba mucha fuerza a esta pre- 
sunción. 

Solo unos pocos eruditos, como Conde, creían hallar entre los 
árabes la filiación del asonante. 

Don Andrés Bello, en el artículo que voi recordando, criticó 
las dos opiniones que acabo de esponer, i manifestó que las 
composiciones asonantadas mas antiguas que se conocen son 
latinas, i suben hasta fines del siglo VI. 

Para demostrarlo, no tuvo mas que indicar diversos opúscu- 
los en verso escritos en este idioma, que fué reuniendo con su 
paciencia acostumbrada, los cuales aparecen sujetos a este ar- 
tificio. 

En cuestiones de esta clase, los únicos argumentos posibles 
son las citas. 

Bello invocaba en su apoyo principalmente dos de los opús- 
culos referidos. 

El primero es el Rit:,io de San Columbario, poeta del siglo 
VI, que Bello encontró en las Epístolas Hibérnigas, recojidas 
por Jacobo Userio, i que marca la menor antigüedad que pue- 
de darse al asonante; i el segundo, la Vita Mathildis de Do- 
nizon, monje benedictino de Canosa, i poeta del siglo XII, 
la cual, por ser larguísima i de incontestable autenticidad, 
decide la cuestión. 



216 VIDA 

Prescindiendo de los vesiíicadores latinos de la edad media, 
Bello manifestó que los troveres de la Francia usaron igual- 
mente esta rima en las narraciones épicas de guerras, viajes i 
caballerías, a que, desde los reyes merovinjios, fué mui afecta 
la nación francesa. 

Como habría sido enfadoso ofrecer un catálogo de los román' 
ees franceses caballerescos que se conservan todavía íntegros, 
o en fragmentos de una estension tal, que permita juzgar de 
los accidentes métricos, Bello se contentó con presentar en El 
Repertorio una sola muestra, pero concluyente, sacada de un 
poema antiquísimo, compuesto, según lo patentizan el lengua- 
je i el carácter, en los primeros tiempos de la lengua francesa, 
en el cual se refiere un viaje fabuloso de Cari amagno acompa- 
ñado de los Doce Pares a Jerusalen i a Constantinopla. 

Examinando bien la estructura de los romances franceses, 
es fácil, según Bello, convencerse deque los castellanos apren- 
dieron en ellos las reglas de la asonancia a que sometieron los 
suyos. 

Un buen ejemplo de esta imitación es el Poesía del Cid, que, 
en cuanto al plan, artificio rítmico, carácter i aun estilo, es un 
fiel traslado de las jestas francesas, mal que pese a la vanidad 
nacional. 

Como algunas de las composiciones latinas citadas son an- 
teriores a la invasión de los musulmanes, es un anacronismo 
patente atribuir a los árabes la introducción del asonante, se- 
gún lo quieren algunos autores, suposición que, por otra parte, 
reposa sobre fundamentos harto débiles. 

La importancia del trabajo publicado en El Repertorio Ame- 
ricano, en que don Andrés espuso todas estas curiosas obser- 
vaciones, se colejirá fácilmente cuando se traiga a la memoria 
que don Eujenio de Ochoa le hizo el honor de plajiarlo descara- 
damente en un prólogo colocado al frente de su Tesoro de los 
Romanceros Españoles; Mr. Raynouard, uno de los eruditos 
modernos de la Francia mas acreditados, el do citarlo i seguir- 
lo en un artículo inserto en el Journal des Savans, febrero 
de 1833; i Mr. Ticknor, el do impugnarlo en su Historia de la. 
Literatura Española, tomo 1, capítulo G. 



DE DON ANDRÉS BELLO 247 



El sabio crítico norte-americano objetó a Bello que los ver- 
sos latinos invocados por éste son escepciones insignificantes, 
casos aislados, de que no puede derivarse ninguna inferencia 
j enera!. 

A su juicio, dos piezas sueltas, i perdidas en un período 
tan largo, no pueden, ni deben tomarse en consideración. 

Aunque Bello habría podido replicar que las composiciones 
descubiertas por él bastaban para el objeto, puesto que ellas 
manifestaban que sus autores habían buscado i solicitado el 
asonante, lo que resolvía la cuestión del orí jen de este acci- 
dente métrico, con todo, quiso responder directamente, sin 
huir el bulto al argumento. 

En el artículo de El Repertorio, Bello había advertido que 
le sería fácil dar muestras de varios opúsculos sujetos a la 
rima asonante, i elaborados en los siglos posteriores al de San 
Columbano hasta el XIII; pero se habia abstenido de trascri- 
birlos por el temor de hacerse pesado con aquel aparato de 
erudición. 

La necesidad de defenderse contra un adversario tan formi- 
dable como el que le atacaba, le obligó a turbar el reposo de 
escritores que yacían tiempo habia olvidados en la oscuridad 
de las bibliotecas. 

La enumeración i copia de varios de esos opúsculos, efec- 
tuadas por Bello, al paso que definieron la controversia, hicie- 
ron ver que las palabras de El Repertorio, en las cuales 
parece no haberse fijado Mr. Ticknor, no eran la vana osten- 
tación de una erudición que no se poseía. 

Mr. Ticknor dirijió a Bello una segunda crítica, la cual es 
todavía mas infundada, que la primera. 

La Vita Mathildis, dijo, fué absolutamente desconocida en 
España; i por consiguiente, no pudo ejercer ninguna influen- 
cia en el desenvolvimiento literario de este país. 

Mr. Ticknor no comprendió el propósito con que Bello habia 
citado esta obra. 

En efecto, don Andrés no pretendió jamas que la Vita Ma- 
thildis hubiera sido conocida en España, i servido de tipo a 
los versificadores de la Península, 



248 VIDA 

Al mencionarla, su único objeto fue probar la existencia del 
asonante en una época anterior al primer monumento de la 
poesía castellana que haya llegado hasta nosotros, i hacer 
palpar de este modo que el asonante no había, sido un artificio 
peculiar i esclusivo de la poesía española. 

Este, i no otro, fué su propósito. 

Los que Bello, en el artículo de El Repertorio Americano, 
consideraba como precursores i maestros de los poetas caste- 
llanos en cuanto al uso del asonante son los tro veres franceses. 

En contra de esta opinión, Ticknor pretendió que las compo- 
siciones de los troveres mencionadas por Bello no ofrecían el 
menor átomo de analojía con el asonante de los romances cas- 
tellanos; pero Bello no tuvo que tomarse mucho trabajo para 
demostrar que el erudito norte-americano estaba completamen- 
te engañado en este punto. 

Bello insertó también en El Repertorio Americano dos 
largas composiciones en verso, cuyo mérito es diferente. 

La inferior es un Fragmento de una Traducción del Poe- 
ma de los Jardines de Delille. 

La incomparablemente superior es La Agricultura de la 
Zona Tórrida. 

Bello, en esta segunda composición, si bien seguía practi- 
cando los procedimientos de la escuela clásica, había abando- 
nado, como en el poema titulado América, la imitación tímida 
de los modelos antiguos para entregarse a una inspiración 
propia i personal. 

Don Andrés Bello habia concebido el proyecto de escribir 
un poema titulado América, en el cual se proponía describir la 
naturaleza del nuevo mundo; i celebrar los sacrificios i hazañas 
de sus pobladores para alcanzar la independencia. 

Nuestro autor quería de este modo llenar una omisión, por 
cierto bien reparable, de los poetas españoles que tomaron por 
asunto de sus cantos el nuevo continente, omisión que ha sido 
criticada posteriormente con mucha justicia por los eruditos 
traductores i comentadores de la Historia de la Literatura 
Española de Ticknor. 

«Una cosa ha llamado nuestra atención, dicen los señores don 



DE DON ANDRÉS CELLO 



Pascual de Gayángos i don Enrique de Vedia, hablando de La 
Arjentina de Barco Centenera., en este i demás poemas escri- 
tos por los españoles sobre la conquista de América, i especial- 
mente por los que visitaron los países que describen; i es que 
no se halla en ellos una sola pintura de los sitios que reco- 
man, aunque los hai de los mas grandiosos i magníficos que 
presenta la naturaleza, debiendo, por lo tanto, haber llamado 
la atención de los que los contemplaban. Pero, al pintar 
montes, rios o bosques, las descripciones de estos autores se 
acomodan lo mismo a los Pirineos, o al Guadalquivir, que a 
Méjico, los Andes, olas Amazonas.» 

Bello se había propuesto realizar en un poema sobre la in- 
dependencia lo que los vates sus antecesores no habían inten- 
tado siquiera en los poemas sobre la conquista. 

Para evitar la monotonía inherente a un poema demasiado 
descriptivo, por espléndido que sea, Bello se lisonjeaba de dar 
variedad al suyo, intercalando, tanto episodios históricos cíe 
la revolución, i a veces también de las épocas anteriores, como 
reflexiones políticas i morales adecuadas a la situación do las 
nuevas repúblicas. 

El pensamiento de esta obra, sobre ser oportunísimo, estaba 
perfectamente ideado. 

Así, habría sido mui conveniente el que se hubiera llevado a 
cabo. 

Pero don Andrés Bello, que mostró una constancia estraor- 
dinaria, dedicándose a las mas minuciosas investigaciones filo- 
lójicas, i consumiendo veinte años consecutivos en la redacción 
del Código Civil Chileno, a cuya mayor parte dio hasta cin- 
co formas diferentes, no la tuvo jamas para rematar las com- 
posiciones poéticas de alguna estension que proyectó, i aun 
empezó. 

El poema de América quedó reducido a los dos fragmentos 
de la Alocución a la Poesía, de los cuales, el primero trata de 
la América en jeneral, i el segundo, de Colombia mas espe- 
cialmente, i a La Agricultura de la Zona Tórrida. 

Los dos trozos de la Alocución a la Poesía componen una 
,silva bastante larga, en la cual el poeta no ha sido favorecido 



por una inspiración igual desde el principio hasta el fin, pues 
contiene partes medianas junto a otras mui notables. 

Habría sido de desear que se hubieran correjido en ella 
algunas frases oscuras o embrolladas. 

Sin embargo, los que lean estos dos trozos deben lamentar, 
en nombre de la patria i de la buena literatura, como clon José 
Joaquin Olmedo, en una de las notas de su canto A la Vic- 
toria be Junin, que no haya sido concluida una composición 
que aquel juez tan competente calificaba de bellísima. 

La Agricultura de la Zona Tórrida, aunque parecida por 
el metro i por el estilo a las dos silvas sus hermanas mayores, 
como que estaban primitivamente destinadas a constituir un 
solo todo, es, sin embargo, mas acabada, que las dos. 

Don Rafael María Baralt llama a nuestro autor excelente 
poeta, al citar una de las espresiones de esta composición,* que 
don Antonio Ferrer del Rio ha calificado de soberbia ocla.** 

«Mui joven era todavía cuando leí en Granada por primera 
vez, dice el distinguido literato español don Manuel Cañete, la 
silva del insigne poeta venezolano don Andrés Bello La Agri- 
cultura de la Zona Tórrida. Tenia yo entendido entonces 
que los injenios hispano-americanos (comprendiendo en este 
número los de las repúblicas que fueron colonias españolas) 
estaban en lamentable atraso respecto de los nacidos en la Pe- 
nínsula. Pero cuando vi en la obra admirable de Bello tanta 
grandeza i enerjía, tanta variedad i tersura, pensamientos filo- 
sóficos tan elevados, versificación tan esmerada i rotunda, i 
tanta riqueza de espresion sabiamente pintoresca, nacieron en 
mi alma dos deseos, que no he podido realizar todavía, a pesar 
de los años que han pasado: uno, visitar el país que enjendra 
tales injenios; otro, conocer profundamente las obras de todos 
los poetas nacidos al amor de aquella espléndida naturaleza. »*** 

* Baralt, Resumen de la Historia Antigua de Venezuela, pajinas 
32'J i 415. 

** Ferrer del Rio, Galería de la Literatura Española, capitulo 
relativo a don Ventura de la Vega. 

*** Cañete, Roesías del poeta cubano don Rafael Mendive, pró- 
logo. 



DE DON ANDRÉS BELLO 251 



En 9 de octubre de 1847, don Manuel Rivadeneira, el editor 
do la Biblioteca de Autores Españoles, remitió a Bello el si- 
guiente recorte de un diario de Madrid. 

«Cartas recibidas de Chile, del Ecuador i de Venezuela nos 
comunican algunas noticias respecto de aquellos lejanos e in- 
teresantes países. 

«En el primero de ellos, se conservaban inalterables la paz i 
el orden, a cuya sombra prospera el país de una manera admi- 
rable. Como es natural en la marcha de la civilización humana 
promovida por la libertad, a la satisfacción de las necesidades 
materiales, se sigue siempre el prurito de satisfacer las del 
espíritu, hijas del bienestar i complemento suyo. Así es que, 
en Chile, el cultivo de las artes i de las letras hace rapidísimos 
progresos en términos de ser hoi aquel un país que poco o na- 
da tiene que envidiar a los mejor organizados i mas prósperos 
de Europa. Mui pronto llegará a nuestras manos una nueva 
gramática de la lengua española, escrita por el célebre filólogo 
americano don Andrés Bello, natural de Caracas, i ahora resi- 
dente en Chile, i empleado por su gobierno en los primeros 
cargos del estado. Ya Bello es ventajosamente conocido en la 
república literaria por su excelente Análisis Ideolójiga de los 
Tiempos de la Coujugacion Castellana, por su tratado de 
Métrica, por su precioso compendio de Derecho de Jentes, i 
en fin, por sus famosas Silvas Americanas en honor de la 
Agricultura de la Zona Tórrida.» 

El autor del precedente artículo era don Juan Eujenio de 
Hartzenbuch; i con decirlo, me parece escusado cualquier co- 
mentario. 

Don Guillermo Matea me ha contado que oyó a Hartzenbuch 
recitar de memoria esta poesía de Bello. 

I don Diego Barros Arana me ha asegurado haber oído otro 
tanto a don Aureliano Fernández Guerra i Orbe, quien, no solo 
hacía los mayores elojios de esta composición, sino que ade- 
mas se había tomado el trabajo de sustituir algunas de las pa- 
labras usadas en ella por otras que consideraba mas oportu- 
nas. 

Si alguien quisiera formar una colección selecta, i no mui 



numerosa, de las mejores poesías que la musa castellana ha 
producido en el presente siglo, tendría que incluir en ella 
La Agricultura de la Zona Tórrida. 

Esta magnífica pieza no desdice en nada de las mas esmera- 
das de don Manuel José Quintana, con las cuales tiene mas de 
una semejanza en cuanto a la factura solemne, i a la entona- 
ción grandielocuente i pomposa. 

A pesar de que El Repertorio Americano venía a satisfacer 
una verdadera necesidad, a pesar de su mérito incontestable, 
de la buena acojida con que el público lo habia recibido, i de 
los esfuerzos de Bello i de García del Rio, aquella interesante 
revista solo duró hasta agosto de 1827, fecha de la aparición 
de la cuarta entrega o número. 

La naciente literatura hispano-americana tropezó desde sus 
principios con los obstáculos materiales que desgraciadamente 
hasta ahora se oponen a su natural i rápido desenvolvimiento. 

El año de 1827, habia ya en Méjico, en Colombia, en el Pe- 
rú, en Chile, en la República Arjentina, en cada uno de los 
países españoles del nuevo mundo, un cierto número de lecto- 
res mas o menos considerable, cuyas cuotas reunidas habrían 
sido suficientes, no solo para costear la edición de una obra, 
sino para proporcionar a sus autores alguna retribución. 

Pero la dificultad que esas comarcas tienen para comunicar- 
se entre sí i con la Europa, i la falta do regularidad en el co- 
mercio de libros, impedían entonces, e impiden aun ahora, la 
percepción de los productos de las ventas. 

Esto hace que, a menos de que una publicación sea muí po- 
pular, o tenga condiciones especiales, los escritores hispano- 
americanos, por lo jeneral, no se reembolsen siquiera do los 
costos de impresión. 

Creo superfino detenerme a demostrar que el mencionado 
es un inconveniente gravísimo para la producción literaria i 
científica. 

Esa imposibilidad de cobrar los precios de las suscripciones 
fué lo que mató El Repertorio Americano, como anterior- 
mente habia muerto de igual modo La Biblioteca Americana. 

Si hubieran sacado los costos de impresión, Bello i García 



DE DON ANDRÉS BELLO 253 



del Rio, impulsados por la afición a las letras, i por el de- 
seo de contribuir a la ilustración de sus compatriotas, ha- 
brían perseverado en la empresa, a lo menos por algunos años 
mas; pero dispuestos como se hallaban a sacrificar su tiempo i 
su trabajo personal, no podían dar ademas un dinero que no 
tenían. 

I aun cuando el valor de las suscripciones hubiera cubierto 
los gastos, es de temerse que, como ha sucedido en tantos 
casos análogos, no habrían continuado. 

Las tareas no remuneradas son comunmente poco durade- 
ras. 

El hombro no vive solo de pan; pero ha menester de pan 
para vivir. 

Don José María Blanco Whito pronunció sobre este punto 
un juicio muí acertado. 

«Es lástima, escribía a Bello en 22 de octubre de 1824, 
que su excelente periódico de Usted (La Biblioteca America- 
na) no siguiese. Pero, en mi opinión, es mas difícil continuar 
una obra de esta clase, por una sociedad (de españoles espe- 
cialmente), que por un solo individuo. Lo que mantiene los 
periódicos ingleses es la ganancia inmediata que perciben los 
escritores. »* 

* Como la carta de Blanco Whifce de que he copiado el pasaje in- 
serto en el testo aludo a asuntos de Chile, me parece oportuno repro- 
ducirla aquí íntegra. 

«Octubre 22 de 1824. 

«Amigo Mió. 

«En mi silencio acerca del libro que Usted tuvo la bondad de en- 
viarme, he cometido una falta que espero que Usted perdonará, si se 
hace cargo de la confusión que mi eterna ocupación de borrajear es- 
pañol para Mr. Ackermann debe causar en una cabeza no mui fuerte. 
Es lástima que su excelente periódico de Usted no siguiese. Pero, en 
mi opinión,- es mas difícil continuar una obra de' esta clase por una 
sociedad (do españoles especialmente), que por un sólo individuo. Lo 
que mantiene los periódicos ingleses, es la ganancia inmediata que 
perciben los escritores. 

«¡Muchas gracias por los papeles chilenos! Seguramente los autores 
de la constitución son lejistas versados en Vinnio i Heineccio; pero 
algo pedantes en cuanto a' historia griega, i poco leídos en la de In- 



VIDA 



Don José Joaquín Olmedo. 

Don José Joaquín Olmedo, natural de Guayaquil, tenia apro- 
ximativamente la misma edad, que don Andrés Bello. 

Fué alumno aprovechado i lucido de la universidad de San 
Marcos en Lima, donde obtuvo los grados de maestro en filoso- 
fía, en matemáticas i en ambos derechos, i una justa nombra- 
día de talento i de ciencia. 

Sin embargo, el mismo Olmedo, en una carta dirijida al 
literato arj entino don Juan María Gutiérrez, declaraba que, «en 
la universidad de San Marcos, no habia encontrado ni maes- 
tros, ni enseñanza; i que, para aprender algo de humanidades, 
se habia visto compelido, como por la fuerza, a estudiar por sí 
mismo.» 

Dos composiciones patrióticas que circularon impresas en 
Lima, launa en 1807, i la otra en 1809, consolidaron la repu- 
tación de gran poeta que otras manuscritas tenían ya granjea- 
da a Olmedo. 

La primera fué una espléndida silva a la muerte de doña 
María Antonia de Borbon, princesa de Asturias, mujer del in- 
fante que debía ser mas tarde Fernando VII; i la segunda, 

glaterra. Digo esto con relación al Examen Instructivo, papel por 
otro lado que muestra mucha habilidad. Pero, lo que no le perdonaré 
es el modo en que trata de la tolerancia relijiosa. Sobro esto, le pro- 
meto una buena carda. 

«Estoi íntimamente persuadido de que, aunque el raciocinio prepa- 
ra el asenso en materias relijiosas, las impresiones fuertes de esta 
clase no son su efecto directo. El hombro que abre su corazón, te- 
niéndolo pronto a recibir la verdad donde quiera i como' quiera que 
se le presente, e implore para esto el ausilio de su Creador, os relijioso 
esencialmente; i probablemente tarde o temprano, cojera el fruto de 
esta humilde esperanza en la firme confianza do felicidad en otra vida 
por medio de la operación misteriosa que se llama Fe Cristiana. No 
crea Usted por este lenguaje que me he hecho metodista. 

«Tendré mucho gusto en ver a Usted, cuando pueda venir por 
estos barrios. 

«Siempre de Usted, afectísimo— J. Blanco White. 

«Señor Don Andrés Bello.» 



DE DON ANDRÉS BELLO 



otra de mérito notable, aunque inferior, en la cual execraba la 
perfidia de Napoleón I con la España i sus reyes. 

Don José Joaquín Olmedo perteneció como diputado de Amé- 
rica al partido liberal en las cortes de Cádiz. 

A la vuelta de Fernando VII, tuvo la buena fortuna de poder 
regresar a Guayaquil, donde se dedicó a la profesión de aboga- 
do, que lo procuraba los medios de subsistencia, i al cultivo 
de las letras, que constituía sus delicias. 

A consecuencia de la revolución de 9 de octubre de 1820, 
por la cual la provincia de Guayaquil quedó separada de la 
metrópoli, Olmedo, que era el personaje mas reputado del país, 
fue nombrado, a pesar de su mansedumbre, i pudiera decirse, 
de su timidez, i no obstante sus sinceras resistencias, presiden- 
te de la junta suprema a que se confió el gobierno. 

Entre las varias cuestiones harto graves que se promovieron 
entonces, hubo, sobre todo, una mas espinosa que las otras, en 
la cual Olmedo ostentó una cnerjía inflexible, i tanto mas lau- 
dable, cuanto que no correspondía a su carácter suave, i apar- 
tado de litijios. 

Se trataba de resolver sobro la suerte de la provincia de 
Guayaquil. 

Los unos querían que se anexara al Perú» 
Los otros, a Colombia. 

Olmedo sostuvo que debia permanecer independiente bajo el 
protectorado del Perú i de Colombia. 

Su aspiración era que ella formase con el resto de la provin- 
cia de Quito una república separada, cual fué después la del 
Ecuador. 

El libertador Simón Bolívar se trasladó' en persona a Gua- 
yaquil a fin de trabajar por la incorporación de esta comarca a 
la gran nación que habia organizado. 

Se hallaba apoyado por numerosa i aguerrida hueste, i por 
un fuerte partido popular. 

Sin embargo, Olmedo se opuso denodadamente a las preten- 
siones del prestijioso, i a la sazón omnipotente caudillo, i per- 
severó a despecho de todo en el plan que consideraba mas útil. 
Sus dos colegas en la junta opinaban por la anexión al Perú. 



2o6 VIDA 

Los tres solo cedieron, en julio de 1822, a una fuerza mayor, 
que no les fué posible contrarrestar. 

Olmedo tenia un afecto profundo a su terruño i a su hogar. 

Era el mas amante de los maridos, i el mas cariñoso de los 
padres. 

Esperimcntaba una repugnancia invencible a alejarse de 
Guayaquil. 

En 1830, prefirió ser prefecto de este departamento, antes 
que vice-presidente de la república del Ecuador. 

Sin embargo, no quiso autorizar con su presencia lo que él 
estimaba un atentado de Bolívar. 

En 29 de julio ele 1822, después de hacer un resumen de lo 
que habia ocurrido, escribía al libertador presidente lo que va 
a leerse. 

«Yo me separo atravesado de pesar de una familia honrada, 
que amo con la mayor ternura, i que quizá quedará espuesta 
al odio i a la persecución por mi causa. Pero así lo exije mi 
honor. Ademas, para vivir, necesito de reposo, mas que del 
aire; mi patria no me necesita; yo no hago mas que abando- 
narme a mi destino.» 

Uniendo los actos a las palabras, Olmedo, sin pérdida de 
tiempo, se encaminó a Lima, donde aceptó un puesto de dipu- 
tado en el congreso constituyente del Perú, lo que importaba 
declarar que no se tenia por colombiano, i envolvía una pro- 
testa significativa contra lo que acababa de suceder en Guaya- 
quil. 

Su disgusto con Bolívar no fué, sin embargo, de larga du- 
ración. 

A los pocos meses, en 1823, admitió una comisión del con- 
greso para ir, en compañía de don José Faustino Sánchez 
Carrion, a solicitar del Libertador el que acudiera pronto a sal- 
var de la guerra i de la anarquía un país que estaba aquejado 
por estas dos plagas. 

Con tal motivo, reanudó con Bolívar sus relaciones amis- 
tosas. 

Tenia un alma sumamente impresionable, un alma de ver- 
dadero poeta. 



DE DON ANDRÉS BELLO 257 



La victoria de Junin, alcanzada por Bolívar el 6 de agosto 
de 1824, i la de Ayacucho, obtenida por Sucre el 9 de diciem- 
bre del mismo año, le arrebataron de entusiasmo. 

Bolívar pasó a ser para él un semidiós. 

Su admiración tomó un tono tan hiperbólico, i tan rebusca- 
do, que dejeneró en un si es no es de exorbitante. 

El 31 de enero de 1825, escribió desde Guayaquil a Bolívar 
una carta, publicada por O'Leary, en la cual le daba el es- 
trambótico dictado de Simón Gótico. 

Léase como aquel artificioso i retórico vate esplicaba la in- 
vención de un calificativo tan pedantesco. 

«Usted sabe que los antiguos capitanes tomaban el nombre 
del país en que triunfaban; así, Publio Emilio fué llamado el 
Numantino, i uno de los Escipiones, Africano. Pero Usted 
dirá que no ha triunfado en Castilla para ser llamado Gaste- 
llano. No importa. Uno de los emperadores de Oriente fué 
llamado Wandálico i Gótico por haber vencido a los vánda- 
los i godos, i no los venció en Wandalia, ni en Gotia, sino en 
Italia i Alemania. 

«Usted escoja, pues; i dígame qué sobrenombre le gusta mas 
(hablo de los de esta clase): si bien Gótico, Wandálico, Cas- 
tellano, etc. Peruano, nó, porque Usted no ha triunfado de 
los peruanos, ni el país del triunfo es un país estraño, o ene- 
migo de América. » 

Según esa misma carta de 31 de enero de 1825, Bolívar ha- 
bía pedido a Olmedo el que celebrase las decisivas victorias 
que los independientes de la América Española acababan de 
conseguir en el Perú. 

«Siento que Usted me recomiende cantar nuestros últimos 
triunfos. Mucho tiempo há, mucho tiempo há, que revuelvo 
en la mente este pensamiento. Vino Junin, i empecé mi canto. 
Digo mal; empecé a formar planes i jardines; pero nada ade- 
lanté en un mes. Ocupacioncillas, que, sin ser de importan- 
cia, distraen; atencioncillas de subsistencia, cuidadillos do- 
mésticos, nudillos de ciudad, todo contribuyó a tener la musa 
estacionaria. 

Y. DE B. 33 



VIDA 



«Vino Ayacucho, i desperté lanzando un trueno.* Pero yo 
mismo me aturdí con él, i he avanzado poco. Necesitaba de 
necesidad quince dias de campo, i no puede ser por ahora. 
Por otra parte, aseguro a Usted que todo lo que voi producien- 
do me parece malo, i profundísimamente inferior al objeto. 
Borro, rompo, enmiendo; i siempre malo. He llegado a per- 
suadirme de que no puede mi musa medir sus fuerzas con 
este j i gante. Esta persuasión me desalienta i resfria. Antes 
de llegar el caso, estaba mui ufano, i creí hacer una composi- 
ción que me llevase con Usted a la inmortalidad; pero venido 
el tiempo, me confieso, no solo batido, sino abatido. ¡Qué fra- 
gosa es esta sierra del Parnaso ; i qué resbaladizo el monto de 
la gloria! 

«Apenas tengo compuestos cincuenta versos; el plan es mag- 
nífico. I por lo mismo, me hallo en una doble impotencia do 
realizarlo. El otro dia me pidieron una marcha que debia 
cantarse en una de las funciones con que aquí hemos celebra- 
do la victoria de Ayacucho. Esta marcha fué hecha a paso 
redoblado; se imprimió en El PATBiOTAde 22 de enero; i ahora 
me avergüenzo do ella. Usted dirá que yo soi sumamente 
ambicioso do gloria bajo la apariencia de despreciarla. Yo no 

sé si Usted se engaña ; pero mi actual desaliento proviene 

de que me ha llegado a dominar la idea de que nada vulgar, 
nada mediano., nada mortal es digno de este triunfo. Yo no 
amo tanto la gloria, como detesto la infamia. ¿I qué respon- 
deré yo si alguno me dice al leer mi oda: — Si te hallabas sin 
fuerzas para esta empresa, ¿para qué la acometiste? ¿para des- 
lustrar su resplandor? Mas ganarías callando. — Mi querido 
señor, dígame Usted: ¿qué respondería yo entonces? 

«Usted ve estas humildades; pues aguardo Usted un poco, i 
verá lo que son los poetas. ¿Que le ha parecido a Usted que 
porque ha sido dictador dos o tres veces de los pueblos, puede 
dictar leyes a las Musas? No, señor. Las Musas son unas mo- 
jzas voluntariosas, desobedientes, rebeldes, despóticas (como 
buenas hembras), libres hasta ser licenciosas, independientes 
hasta ser sediciosas. 

* Alusión al principio de la ocla comenzada. 



DE DON ANDRÉS BELLO 250 



«Yo no debo dar a Usted gusto por ahora; i no debo por 
muchas razones: la primera i capital es porque no puedo. Ya 
tengo hecho mi plan con un trabajo imponderable; ya tengo 
medio centenar de versos. Ya no puedo retroceder. Sucre es un 
héroe, es mi amigo, i merece un canto separado; por ahora, 
bastante dosis de inmortalidad le cabrá con ser nombrado en 
una oda consagrada a Bolívar. En fin, déjeme Usted, por Dios, 
i no venga a ponerme una traba que me impediría, no digo 
volar o correr, pero aun andar. Déjeme Usted. Si a Usted no 
le gusta que le alaben, ¿por qué no se ha estado durmiendo co- 
mo yo cuarenta años? Sin embargo, me atrevo a hacer a Usted 
una intimación tremenda; i es que si me llega el momento de 
la inspiración, i puedo llenar el magnífico i atrevido plan que 
he concebido, los dos, los dos hemos de estar juntos en la in- 
mortalidad. 

«Si, por desgracia, no llegare el cuarto de hora feliz , enton- 
ces me contentaré con el placer (porque los placeres suplen 
mni bien todas las cosas) dj ver la América libre i triunfante, 
con recordar el nombre de su libertador, i con hacer cariños a 
mi Virjinia en mi filosófica oscuridad.» 

Tal fué el oríjen del grandioso canto a Bolívar titulado La 
Victoria, de Junin, que dio a Olmedo un puesto en el primer 
rango de los poetas hispano-americanos, i aun de los españo- 
les. 

En recompensa de tan soberbios i bien forjados versos, i en 
atención también a sus indisputables méritos, i al buen servi- 
cio público, el Augusto de aquel Horacio le nombró plenipo- 
tenciario del Ferú en Londres, junto con don José Gregorio 
Paredes. 

lie dicho antes que Olmedo era mui apegado a su tierra natal. 

Sin embargó-, aceptó el empleo que se le conferia. 

«Yo había pensado que había echado mi ancla para siempre, 
escribía a Bolívar en 15 de abril de 1825; i ya me tiene Usted 
entregado al mar. Pero ¿acaso yo soi mió? ¿I qué mucho es que 
yo no sea mió, cuando ni Usted es suyo? Ni Usted, a quien la 
Patria yapodia darle la libertad, que bien merecida la tiene. 

«Yo me había dicho muchas veces: — ¿Qué le basta a una 



260 VIDA 



abeja? — Flores i una colmena. I empezaba a vivir tranquilo, 
aun cuando no me salían mui buenos los panales.» 

Don José Joaquín Olmedo partió de Guayaquil para Londres 



el 5 de agosto de 1855. 



Amistad entre Bello i Olmedo. 

Los dos poetas se estimaron desde que se trataron. 

No tardaron en esperi mentar el uno por el otro el mas cor- 
dial i recíproco afecto. 

A fines de 1820, Olmedotuvo que hacer un viaje a París en 
desempeño de las obligaciones de su cargo. 

Esta circunstancia hizo que los dos amigos entablaran una 
correspondencia. 

Aunque no he podido proporcionarme las cartas de Bello, las 
de Olmedo, cuyos orijinales he podido consultar, contienen no- 
ticias íntimas mui curiosas, i suministran un excelente comen- 
tario del período de la existencia de nuestro protagonista a que 
hemos llegado. 

Don José Joaquin Olmedo principia por anunciar a Bello su 
llegada a la capital de Francia en los términos que siguen: 

«París, diciembre 1.° de 1826 — Hotel desPrinces. 

«Mi Querido Amigo i Compadre. 

«Mi aparición aquí debo haber sido cosa mui raidosa. Palais 
Royal parece un hormiguero alborotado; todo Paris esta en 
movimiento; i hasta el sol ha querido celebrar mi venida con 
un eclipse. 

«lie escojido mal tiempo para hacer esta visita: eldia es cor- 
tísimo, i mas corto todavía el plazo de mi residencia en este 
pueblo, excelente para quien tenga negocios, o para quien bus- 
que placeres. Los teatros me han parecido bien; pero menos de lo 
que lo que me había imajinado, esceptuando la Academia Real 
de Música. El museo merece ser el museo de la Europa. lia 
sido una necedad haber devuelto a sus dueños las estatuas i 
los cuadros con que lo enriqueció Napoleón. Pero siempre hace 



DE DON ANDRÉS BELLO 2GI 



honor a los reyes, que disponían a su placer de provincias i de 
reinos ajenos, el escrúpulo de quedarse con piedras i con lienzos. 
«Finas memorias a mi amable comadre, i mil cariños a mi 
Andresito. Usted, como buen repartidor, resérvese la mejor 
parte de los afectos de su sincero amigo — Olmedo. 
«Memorias al amigo G. del Rio. 

«¡Qué bien merece este pueblo su antiguo nombre de Lutecia! 
«Vengan los encargos por escrito. Anuncióme Usted las obras 
que debo compar para Usted i para mí.» 

La carta que paso a copiar hace saber, entre otras cosas, la 
favorable impresión que el conocimiento del poeta don José 
Fernández Madrid causó al poeta Olmedo. 

Olmedo afirma haberle sucedido con Fernández Madrid lo 
mismo que con Bello. 

Aquellos tres nobles injenios estaban destinados a entenderse 
i apreciarse. 
Por muchos motivos, eran dignos de vivir asociados. 
«Paris, febrero 9 de 1827. 
«Querido Compadre i Queridísimo Amigo. 
«El necio soi yo, que, sabiendo que los carros no andan sino 
con dos ruedas, que los hombres no marchan sino con dos pies, 
i que las aves no vuelan sino con dos alas, lie esperado hasta 
ahora una contestación de Usted, no habiéndole escrito dos car- 
tas. Luego que he vuelto en mí, me apresuro a remediar el da- 
ño que me he ocasionado por mi distracción. ¡Qué hará Usted 
conmigo cuando esté mas distante! 

«Como este clima, estas costumbres, esta lengua me son 
menos desagradables, que cualesquiera otros que no sean los 
mios, me he dejado ir sin apresurar mi regreso; i para serenar 
la delicadeza de mi conciencia, doi algunos pasos que se dirijen 
al objeto de mis encargos públicos. 

«A las dos o tres veces de haber tratado a Usted, lo tuve por 
uno de mis mejores amigos; i creo que en el dia ya tiene algu- 
nos años nuestra amistad. Casi lo mismo me ha sucedido con 
el dulce i sincero trato del señor Madrid. ¡Yo no sé que tienen 
estos malditos poetas de pegajoso! Hablo de los que no son sa- 
tíricos, porque entonces los poetas pertenecen al gemís irrita* 



262 vida 

hile de mujeres i de sacerdotes, i no h.m nacido para hacerse 
muchos amigos. 

«Usted está lleno de tantas i buenas noticias de América: yo 
aquí solo só lo que dicen los papeles públicos, a los cuales es 
preciso creer por mitad de la mitad. 

«Sé que está Usted nombrado ministro de Colombia en esta 
corte. Me alegro que tenga Usted en su país personas que no 
lo olvidan; pero, para alegrarme de veras i por entero, quisiera 
saber antes cómo van allí las finanzas; porque la situación de 
Usted, mi querido amigo, habiéndole con toda la injenuidad de 
mi corazón, me es doblemente sensible, porque Usted la sufre, 
i porque yo no p. . . 

«Con el señor Diré, remití a Usted una encomiendita, que 
presentará Usted a mi Andresito con un beso de mi parte. 

«Mis afectuosas memorias a mi amable comadre, i mis cari- 
ños a los Bellitos. 
«I adiós, hasta luego. 
«Siempre suyo, siempre — J. J. Olmedo. 
«Al amigo García, memorias. 

«Al señor Biré, debo tantas atenciones i buenos servicios, 
que no puedo menos do recomendarlo a la amistad de Usted.» 
Cuando Fernández Madrid fué nombrado plenipotenciario 
en Londres, debió hablarse de encomendar a Bello el cargo 
que aquel ejercía en Paris; pero esto no se verificó hasta meses 
después. 

Así, lo que Olmedo decia sobre este particular en su carta era 
prematuro. 

La carta que ve a leerse espresa que no se habia confirmado 
aun la noticia de que Fernandez Madrid fuese a ser el sucesor 
de Hurtado. 

«Paris, marzo 7 de 1827. 
«Querido Compadre i Queridísimo Amigo. 
«Iba ya a fulminar contra Usted un anatema nefando, cuan- 
do una improvisa reflexión vino a arrancarme el rayo de las 
manos. No hai razón sin el ejercicio do tres potencias. No hai 
salud sin la práctica de tres virtudes teologales. No hai gracia 
sin el capitiluvio en nombre de tres personas. Ni la trina deidad 



DE DON ANDRÉS BELLO 263 



se adormece sino arrullada con el triple hosana entonado tres 
veces por tres coros, compuesto cada uno de tres celestes jerar- 
quías. ¿Con qué fundamento, pues, podré acusar nuevamente 
el silencio de Usted, no habiéndole escrito tres cartas? 

«Así, me apresuro a escribirle la tercera. Pero si ésta no tu- 
viese efecto, prevengo a Usted que montaré furioso en la mas 
tremenda trípode que haya en los tres antros de Trinacria; i em- 
puñando el tridente, heriré tres veces la tierra, descenderé al 
trianon del can de tres eabezas, i en su fatal trirreme, pasaré el 
Cocito con el intento de enfurecer contra Usted, las tres Furias, 
hasta el punto de que le infundan en su cuerpo, con una vio- 
lencia eficaz, los tres mortales enemigos del alma. 

«Pero entre tanto que llega la cnergumenizacion de Usted, 
podemos departir sobre otras materias. Todavía no sabemos si 
es cierto que Madrid suceda a Hurtado, como anuncian los pa- 
peles públicos. Eí no tiene sino vagas noticias. Es ya mui ami- 
go de Usted; i yo espero que si se verifica su nombramiento, 
Usted tendrá siempre motivo de satisfacción. 

«Esto está alborotado con la discusión de la lei de amor sobre 
la libertad de la prensa. Aquí hai un retroceso visible en todo 
sentido; pero es de esperar que todo se restablezca i prospere con 
la decidida protección que aquí se concede a nuestra santa reli- 
jion i a sus ministros. Todos los caminos están erizados de f f f, 
en lugar de árboles; dé capillas, en lugar de granjas i cabanas; de 
frailes que piden i saquean a los pasajeros, i que cantan por plata 
rosarios i responsorios, en lugar de pastores que regalen a sus 
huéspedes- con natas i frutas, i que después los aduerman con 
alegres canciones al son de su flauta melodiosa. De este modo 
los pueblos llegarán a la verdadera felicidad, que no consiste 
en la posesión de los bienes i placeres temporales, sino en la 
de los espirituales i eternos. Quos sibi, et tibi, et uxorí, et 
filiolis desiderat tuus ex corda amicisimus. — Olmedo.» 

La carta que sigue nos introduce agradablemente en la inti- 
midad de los tres poetas.. 
«París, marzo de 1827. 
«Mi Mui Querido Amigo. 

«Con un atraso inesplicable, he recibido la de 20 del pasado, i 



204 VIDA 

me apresuro a contestarla para neutralizar, si puede ser, el efec- 
to que debe causar el temor de la amenaza del anatema que 
lancé ayer contra Usted. 

«Iloi he visto a Madrid; i como siempre, hemos hablado de 
Usted. Agradece las espresiones de Usted, i me encarga decir- 
le que hace 'tiempo que le conoce i aprecia.... eíc, etc. 

«Para dar a Usted una idea del carácter de este amigo, basta- 
rá decir que tiene el candor i la bondad de darme sus versos 
para que se los corrija, i lo que es mas raro, la docilidad de 
ceder a mis observaciones Nosotros (aquí entre los dos) los que 
tenemos poco jenio, somos muí doctrineros; i haciendo de maes- 
tros (cosa mui fácil), pensamos adquirir una reputación que no 
podemos sostener con nuestras composiciones. 

«Las composiciones mas perfectas tienen sus talones vulne- 
rables, i toda nuestra manía está en acometerlas por la parte 
flaca. I nos va perfectamente, pues Usted sabe que, con seme- 
jante astucia aun el afeminado Páris derrocaba los Aquíles. 

«Es verdad que un amigo, a quien quiero mucho, i a quien 
Usted conoce, me hizo una o dos veces en Londres el mismo 
cumplimiento. Pero ya me guardaré yo de creerlo por esto tan 
bueno como Madrid. Este no tiene ninguna sospecha contra él, 
mientras que el otro picaron quién sabe si, entregándome sus 
versos, usaba conmigo un refinamiento de delicadeza (propia 
suya) como para cicatrizar las llaguitas que injustamente su- 
pondría abiertas con el cáustico saludablo de su crítica en el 
amor propio del cantor de Junin. 

«Madrid está imprimiendo sus poesías; (aquí entre nosotros) 
lo siento. Sus versos tienen mérito, pero les falta mucha lima. 
Corren como las aguas do un canal; no como las de un arroyo 
susurrando, dando vueltas, durmiéndose, precipitándose i siem- 
pre salpicando las flores do la ribera. Le daña su estrema fa- 
cilidad en componer. En una noche, de una sentada, traduce 
una Meseniana doLavignc, o hace todo entoro...., el quinto 
acto de una trajedia. 

«Ni me manda Usted, ni me habla del segundo número de 
El Repertorio. Deseo mucho verlo. Diga Usted al señor Bos- 
sangequo Latorrc satisfará las cuentas do mi abono. 



DE DON. ANDRÉS BELLO 26" 



«No crea Usted, mi querido, que yo no adivinase la causa do 
su silencio; i Usted ha debido conocerlo por alguna involunta- 
ria espresion de una de mis cartas. Pero quizas no está lejos 
la serenidad. 

«Mis finas memorias a mi amable comadre, cien cariños a los 
Bellitos, mil a mi ahijado, de quien nada me dice Usted, de- 
biendo presumir que en ello daría Usted mucho gusto a su 
tierno i constante amigo — Olmedo. 

«Memorias a García. Entregué la carta a la señora Cea.» 

Don José Joaquín Olmedo era un hombre para quien las dis- 
cusiones de asuntos poéticos ofrecían mas ínteres, que cuales- 
quiera otras. 

Prefería discurrir sobre versos antes que sobre las cuestiones 
políticas mas palpitantes. 

De buena gana, habría pasado la vida, disertando sobre los 
ajenos i los propios, i haciendo notar los defectos i las bellezas 
de los unos i de los otros. 

A pesar de su ostentación de modestia, no se cansaba de alu- 
dir a sus producciones. 

Para él, era este el asunto principal i absorbente. 

La carta que copio en seguida es un nuevo documento, des- 
pués de los ya citados, que comprueba la exactitud de esta ob- 
servación, 

«París, marzo 20 de 1827. 

«Queridísimo Amigo. 

«Si Usted me dijera que desea verme para darme un abrazo, 
me haria una espresion dulce i lisonjera para mí; pero dicién- 
dome que desea verme para pedirme consejos, me hace Usted un 
cumplimiento que debe ser risible, puesto que me ha hecho reír. 

«Yo pienso volver pronto; pero si se realiza el pensamiento 
de Usted de venir en la primavera, que ya por todas partes está 
preparando las rosas de su corona, me detendría gustoso por 
pasar con Usted siquiera un mes. 

«La carta para la señora Cea está entregada. Madrid me en- 
carga dar a Usted finas memorias, i de pedirle en su nombre 
las fechas de las últimas cartas oficiales que Usted ha recibido 
del gobierno, pues las suyas son de noviembre. 



20G vida 

«Ustedes el demonio. ¡Pensar que yo puedo hacer versos 
ahora, i aquí, i pronto, i para El Repertorio! — Usted ha visto 
los pocos que tengo conmigo; indignos, no digo de la prensa pú- 
blica, pero aun de la prensa de la carpeta en que duermen en paz. 
Si Usted hubiera seguido mi insinuación, habria dado en uno 
de los primeros números noticia de la traducción de la primera 
epístola popea, i de esc modo se habilitaba para poder impri- 
mir en los siguientes la segunda, por supuesto, después de ha- 
berla limado, castigado i correjido: cosa que a nadie podiaser 
tan fácil, como a Usted. Así Usted me habria procurado ese 
nuevo honor, i me habria estimulado a continuar una obra que 
cada dia estoi mas lejos de concluir. 

«Pero con el deseo de complacer a Usted de algún modo, le 
propongo darle una composición mui superior a todo lo que yo 
puedo dar ni aun esprimido. Es una oda A los pueblos- de Eü- 
iiopa. (1824), de ciento treinta versos en estrofas regulares. Es 
una buena composición de Madrid: la mejor de todas las suyas 
en mi humilde opinión. Me ha permitido que se la ofrezca a 
Usted, pero no debe llevar su nombre, porque, siendo un diplo- 
mático en Europa, sería mui mal visto que hablase de la San- 
ta Alianza, de los reyes i de los pueblos, como habla en sus 
versos. Deberá, pues, salir firmada por L r /i Colombiano. 1824. 

«Yo no debo ocultar a Usted nada: esta composición es i no 
es inédita. No lo es, porque se imprimió en un periódico do 
Colombia. I lo es, porque la impresión en los diarios no se 
cuenta. Tan cierto es esto, que yo que soi lector, i estaba en 
Colombia por aquel tiempo, no la he visto hasta aliom. 

«Hábleme Usted con franqueza; porque la permisión del 
autor es cu términos, que no habrá nada perdido en caso do 
que Usted tenga razones para no insertarla. 

«Deseo mucho ver el segundo Repertorio. En fin ya mis 
hijos no podrán escribir sobro mi losa: 

Yace aquí Olmedo, que no era 
Ni académico siquiera. 

«Adiós, suyo, suyo— Olmedo. 

«Pinísimas a mi comadre, ahijado, niños i García.)? 



DE DON AXDRES BELLO ÍG" 



Lo que ponía a Olmedo tan contento, lo que le hacía desear 
tanto ver el segundo tomo de El Repertorio era el haber 
aparecido en él una silva suya, compuesta el año de 1817, i 
titulada A lin Amigo en el Nacimiento de su Primojénito. 

La oda de Fernández Madrid, de que trata la carta preceden- 
te, es la dedicada A los Pueblos de Europa, 1824, que prin- 
cipia: 

¿Dónde los esforzados? 
¿Los libres dónele están? ¿Cómo pudieron 
Rehusar el combate intimidados? 

Era esta la composición que Fernández Madrid, en la carta 
fecha 30 de marzo do 1827, reproducida poco antes, pedia que, 
caso de darse a luz, no se pusiera con su firma. 

Bello no la publicó de ningún modo. 



Carta escrita de Londres a París por un Americano a otro. 

El señor don F. P. Icaza escribía últimamente en Guaya- 
quil lo que va a leerse. 

«Habiendo tenido Olmedo que hacer un viaje a París, en 
desempeño de la misión de que estaba encargado, Bello le di- 
rijió la carta de que poseo la pajina que se verá a continuación, 
sintiendo que esa carta no se encuentre íntegra. Esa pajina 
manifiesta ser la tercera del pliego. La cuarta contieno la di- 
rección, en la que se encuentra un sello de correo con la fecha 
3 de mayo de 1827. 

«Nada diré sobre esa carta, sino que fue gran lástima que 
la estrechez del papel le obligara a terminar con etcéteras esa 
preciosa improvisación, cuyos últimos cuatro versos tuvieron 
que buscar colocación en el márjen, i sin que pudiera sospe- 
char que cincuenta i cuatro años mas tardo la avidez del en- 
tusiasmo nos detuviera ante esa pájina ; tratando de leer con 
el espíritu lo que dejó de escribir.» 



208 VIDA 

El señor Icaza inserta a continuación esa 

PAJINA DE UNA CARTA DE BELLO A OLMEDO 

«Afecto. Ayer hemos celebrado el cumpleaños del ale/jado 
de Usted, que está muí guapo. Todos hicimos memoria de 
Usted, i yo mas que nadie, que, retirándome a fumar mi ha- 
banero, me divertí en improvisar a lotsir la siguiente efusión 
poética. Pero déjeme Usted cortar la pluma.» 

El señor Icaza reproduce en seguida treinta i siete versos 
endecasílabos que desfilaban en pos de la prosa, i las tres in- 
cómodas cicateras de que se queja. 

La carta termina con la formula de costumbre 

«Adiós, mi caro amigo. De Usted — A. Bello.» 

Mas feliz en esta parte que el señor Icaza, puedo presentar 
íntegra la respuesta de Olmedo, de cuyo orijinal he podido 
sacar la siguiente copia: 

«Paris, junio 12 do 1827. 

«Queridísimo Compadre i Amigo Mió. 

«Si no he contestado su bellísima carta del mes pasado, i si 
no he escrito a Usted con la frecuencia que solia, a nadie 
culpe Usted, sino a Usted mismo. Desde que nos separamos, 
empece a escribir a Usted siempre que podia; i con la mejor 
fe del mundo, dejaba correr mi pluma a salga lo que salie- 
re. Pero apenas me dijo Usted que se saboreaba con mis car- 
tas, i me descubrió el secreto de que mi pluma era delicada i 
graciosa, cuando ya me tiene Usted todo mudado, deseando 
por la primera vez escribir por agradar, i por sostener la re- 
putación de sabroso i delicado. I como la neglijencia ha sido 
siempre todo mi arte, apenas he tenido pretcnsiones, que me 
he encontrado fuera de mi elemento, embarazoso, irresoluto, 
difícil, lento, descontentadizo, en fin, buscando para mis car- 
tas otra cosa, que espresiones sencillas de amistad. Esta situa- 
ción no era agradable, i sin pensar la he ido difiriendo de dia 
en dia: lentitud que me lia sido provechosa, pues, si no me 
engaño, me parece que ya van disipándose los humos de la 
embriaguez en que me puso la májiea eufonía de su carta. — 



DE DON ANDRÉS BELLO 269 



(Note Usted que todavía no cstoi bien curado). . .. De todo esto re- 
sulta, por último análisis, que yo soi un necio, que, no habién- 
doseme ocurrido cosas agradables i sabrosas que decir, me be 
privado do la dulcísima correspondencia de Usted, por no per- 
der el concepto; i que Usted es tan dócil, que se ha conformado 
fácilmente con mi silencio. 

«A estas razones gravísimas, se allegaron otras causas que 
me impidieron tomar la pluma. Contestaciones odiosas i lar- 
gas con mi compañero; noticias de la próxima venida de Usted, 
(¡ojalá fuese pronto!); i una correspondencia oficial que he te- 
nido en estas últimas semanas; etc., etc., etc. 

«No he visto el número tercero de El Repertorio. Después 
de mes i medio de salido a luz, todavía no ha llegado a mis 
manos. Hasta el segundo vino tarde i por casualidad. Por esto 
no puedo decir nada sobre la crítica de Burgos. Usted se en- 
gaña diciéndome que no quiere poner a mi amistad en com- 
promiso con mi sinceridad. Nunca soi mas sincero, que cuando 
amo. Nadie como Usted tiene la prueba de este mi carácter; a 
la primer visita, antes de conocerle, antes de amarle, acuérdese 
Usted que fui sincero con Usted. 

«No puedo prometer versos para El Repertorio. Ya me 
parece que he perdido esta gracia. En uno de aquellos dias 
de la embriaguez consabida, i en que estaba templado de am- 
bición, nuestro buen amigo Madrid leyó unos pocos versos de 
mi segunda epístola de Pope; i como los alabase, me despertó 
el deseo de continuar la traducción. Pues, señor, empecé la 
tercera con calor, han pasado cerca de dos meses, i me da ver- 
güenza decir que apenas tengo veinte i nueve versos. Vaya! 
esto es perdido, i quizá para siempre! 

«Sea que los cuarenta versos improvisados como principio 
de una epístola tengan un mérito real; sea que yo vea con 
preocupación las cosas de Usted; sea que las palabras de patria , 
Guayas i Virjinia tengan una majía irresistible para mi oído 
i mi corazón; sea lo que fuero, lo cierto es que pocas cosas me 
han agradado tanto en ese j enero, como aquellos cuarenta ver- 
sos. Los prefiero, hablando con candor, los prefiero a los me- 
jores trozos de la mejor epístola del mejor de los Arjensolas, 



270 VIDA 

Nada hai comparable al elojio del cantor de Junin. Este es el 
verdadero modo de alabar ¿Quién puede sufrir una alaban- 
za directa i descarada? ¿I quién puede resistir a la que viene 
por un camino tortuoso, tímida, modesta como una vírjen que 
desea i no puede espresar su pasión, pero que quiere que se la 
adivinen? 

I suspirando entonces por las caras 
Ondas del Guayas... Gua3'uquil un dia, 
Antes que al héroe de Junin cantaras.... 

«Sí, amigo, nada hai comparable a esta delicadeza. Cien ve- 
ces leo estos versos, i cada vez me deleitan mas. ¿I qué decir 
de aquel amigo 

Que al verme sentirá mas alearía 
De la que me descubra en el semblante? 

«¿Por qué no acaba Usted esta epístola, mi Bello? Sepa Us- 
ted que sería una composición esquisita. 

«Adiós, su, su — Olmedo. 

«Afectuosas memorias a mi amable comadre, un beso a los 
Bellitos, tres a mi ahijado. Memorias al amigo García.» 

Don José Joaquín Olmedo no abandonaba fácilmente la dis- 
cusión de asuntos poéticos, particularmente si atañían en algo 
a su persona. 

No trascurrieron, pues, muchos días, sin que tornara a tra- 
tar de la traducción do Pope, i de la epístola en tercetos que 
Bello había empezado a componer en su honor. 

«París, julio 2 de 1827—42. Taitbout. 

«Mi Querido Compadre i Amigo. 

«Cuando ya se empezaban a abrir mis brazos por sí mismos 
para abrazar a Usted, creyendo que a esta hora estuviese Usted 
cuando menos en la barrera de Clichy, recibo con su carta del 
28 de junio la enfriada mas completa que puede recibir un ami- 
go o un amante impaciente en sus esperanzas. 

«Mucho celebro que esté Usted contento con Madrid. No po- 
día ser de otra suerte. 

«No he visto todavía el tercer Repertorio. Biré creyó que yo 
lo tenia aquí, i ni me lo envió, ni me lo trajo. Si yo no tuviera 



DE DON ANDRÉS BELLO 271 



a Usted tan conocido, habría tenido una pesadumbre con la de- 
testabilidad (como Usted la llama) de su artículo sobre el Ho- 
racio Burgosino... O yo estoi mui engañado sobre el carácter 
de Usted, o Usted tiene un amor propio mui esquisito. Deseo 
mucho ver esa censura; i aunque no tengo en torno mis ma- 
motretos, como era preciso, sin embargo, censuraré como pueda 
esa censura, (por acá ahora la censura es triunfo); i espere Us- 
ted verdades en camisa; — pero mas honestidad. — Yo, por apa- 
rentar que só algo,soi mui severo con las composiciones ajenas. 
«No es cierto que yo no quiero dar versos para el cuarto 
Repertorio; lo que es cierto es que no puedo dar, i que Usted 
quiero que yo no pueda. La gracia está perdida; i si Usted no 
me confiesa, no podré recuperarla. — Díceme Usted que ponga 
la última mano a lasegunda epístola de Pope. Hombre de Dios, 
¿cómo quiere Usted que yo remiende estos andrajos, cuando así 
como están me parecen primorosos i perfectos! Usted solo po- 
dría entrar en esta penosa tarea. Para el cuarto Repertorio, 
que salga a luz el fragmento de los Tres Reinos, i aseguro a 
Usted tres coronas. Dé Usted allí una idea de la traducción de 
la primera epístola de Pope, prometa para el número siguiente 
la segunda, i este será el modo de comprometerme o de com- 
prometerse. 

«No admite Usted mis disculpas que se fundan en el ya no 
puedo; pues sepa Usted amigo, que es la verdad purísima. El 
otro dia empecé la tercera de Pope, i me confirmo en la impo- 
tencia: aun permanece en sus veinte i nueve. Otro dia se me an- 
tojó traducir la primera oda de Horacio, en el mismo metro, 
por ejemplo: 

Cayo, de príncipes nieto magnánimo, 
Mi amparo i...., otros, cubriéndose 
De polvo olímpico, busquen la gloria. 
La meta.... 

«■VoilcL tout. I van cinco dias. I después dirá Usted que mien- 
to. No, amigo. La gracia (si merece ese nombre) es perdida. 
Solo al lado de Usted pudiera ir recuperándola. 

«Pido, suplico, insto oportuno, importune, que acabo Usted 
la epístola que empezó a dirijirme. Cada vez me agrada mas. 



vi n a 



Sígala Usted del punto en que está: la continuación es muí 
natural i fácil; pínteme en medio de escenas campestres, rodea- 
do de mis dos niñas de mis ojos; derrame Usted todas las gra- 
cias, todas las flores sobre las dos, i no tema quedar corto. 
Pínteme Usted embelesado, etc., etc., etc.... Nada podía serme 
mas agradable. 

«Noticias políticas, Usted las debe tener mas frescas, mas 
prolijas, mas ciertas que yo. Yo espero cartas de febrero de mi 
casa i de mis amigos para saber las cosas con exactitud i con 
imparcialidad. Entre tanto, estoi lleno de sombras i temores. 
El hombre no sabe retroceder: la oposición lo irrita; el desaire 
lo enfurece; la fortuna lo coronará. 

«Memorias i besos; aquellas a mi amable comadre, éstos a 
los Bellitos; siempre ración doble o triple al mió. Siempre to- 
do suyo — Olmedo. 

«Memorias de Latorre. De mi parte, a García.» 

Aparece que lo que obligó a Bello a suspender con tres eíce- 
leras los treinta i siete versos incluidos en la carta que envió 
a Olmedo el 3 de mayo de 1827, fué, no tanto el andar escaso 
el papel, sino el no tener concluida la composición. 

Accediendo a las reiteradas instancias de su amigo, don An- 
drés Bello continuó su trabajo. 

¿Lo terminó, i se ha ostraviado una parte? 

¿Lo dejó siempre inconcluso? 

Lo ignoro. 

Mientras tanto, una afortunada casualidad me ha permitido 
evitar la pérdida de las cincuenta i una primeras estrofas de la 



CARTA ESCRITA DESDE LONDRES A PARÍS POR UN AMERICANO 

A OTRO 

Es fuerza que te diga, caro Olmedo, 
Que del dulce solaz destituido 
De tu tierna amistad, vivir no puedo. 

¡Mal haya ese Páris tan divertido, 
I todas sus famosas fruslerías, 
Que a soledad me tienen reducido! 



DE DON ANDRÉS BELLO 



¡Mal rayo abrase, amen, sus Tullerías, 
I mala peste en sus teatros haga 
Sonar, en vez de amores, letanías! 

I, cual suele el palacio de una maga, 
A la virtud de superior conjuro, 
Toda esa pompa en humo se deshaga. 

I tú, al abrir los ojos, no en oscuro 
Aposento, entre sábanas fragantes, 
Te encuentres, blando alumno de Epicuro; 

Sino, cual paladin de los que errantes 
De yermo en yermo, abandonando el nido 
Patrio, iban a caza de jigantes, 

Te halles al raso, a tu sabor tendido, 
Rodeado de cardos i de jaras, 
Cantándote una rana a cada oído. 

I suspirando entonces por las caras 
Ondas del Guayas (Guayaquil un dia, 
Antes que al héroe do Junin cantaras), 

Digas:— Oh! venturosa patria mia, 
¿Quién me trajo a vivir do todo es hecho 
De antojos, de embeleco i de falsía? 

A Londres de esta vez, me voi derecho, 
Donde, aunque no me aguarda el beso amante 
De mi Yirjinia, ni el paterno techo, 

Me aguarda una alma fiel, veraz, constante, 
Que al verme sentirá mas alegría, 
De la que me descubra en el semblante. 

Con él esperaré que llegue el dia 
De dar la vuelta a mi nativo suelo, 
I a los abrazos de la esposa mia; 

I mientras tanto bien me otorga el cielo, 
Oh Musas! oh amistad! a mis pesares 
En vuestros goces hallaré consuelo. 

Ven, ven, ingrato Olmedo! Así los marca 
Favorables te allanen su ancha espalda. 
Cuando a tu bella patria retornares; 

V. DE B, ]-, 



VIDA 

I cuanta fresca rosa la esmeralda 
Matiza de sus campos florecidos, 
Guayaquil entreteja a tu guirnalda; 

I a recibirte salgan los queridos 
Amigos con cantares do alegría, 
Por cien bocas i ciento repetidos! 

Ven, i de nuestra dulce poesía 
Al apacible delicioso culto, 
Vuelva ya tu inspirada fantasía. 

Otro so goce en el -feroz tumulto 
De la batalla i la sangrienta gloria, 
A la llorosa humanidad insulto; 

Otro encomiende a la tenaz memoria 
De antiguos i modernos la doctrina, 
De absurdos i verdades pepitoria; 

Mientras otro que ciego se imajina 
En sólidos objetos ocupado, 
I también a su modo desatina, 

Intereses calculo desvelado, 
•í.por telas del Támesis o el Indo, 
Cambie el metal de nuestro suelo amado. 

Te manda el cielo que el laurel del rindo 
Trasplantes a los climas de occidente, 
Do crece el ananas i el tamarindo; 

Do en nieves rebosada alza la frente 
El jayán de los Ancles, i la via 
Abre ya a nuevos hados nueva, jentc. 

¡Feliz, oh Musa, al- que miraste pia 
Cuando a la nueva luz recién nacido 
Los tiernczuelos párpados abría! 

No llega nunca al pecho embebecido 
En la visión de la ideal belleza 
De insensatas contiendas el ruido. 

El Niño Amor la lira le adereza, 
I díctanlc cantares inocentes 
Virtud, humanidad, naturaleza. 



DE DON ANDRÉS BELLO 



Huye el vano bullicio de esa jente 
Desventurada, a quien la paz irrita; 
1 se aduerme al susurro de la fuente; 

O por mejor decir, un mundo habita 
S1130, donde mas bello el suelo i rico 
La edad feliz del oro resucita; 

Donde no se conoce esteva o pico, 
I vive mansa jente en leda holgura, 
Vistiendo aun el pastoral pellico; 

Ni halló jamas cabida la perjura 
Fe, la codicia o la ambición tirana, 
Que nacida al imperio se figura; 

Ni a la plebe deslumhra, insulsa i vana, 
De la estranjera seda el atavío, 
Con que talvez el crimen se engalana; 

Ni se obedece intruso poderío, 
Que, ora promulga leyes, i ora anula, 
Siendo la lei suprema su albedrío; 

Ni al patriotismo el interés simula, 
Que hoi a la libertad himnos entona, 
I mañana al poder, sumiso, adula; 

Ni victorioso capitán pregona 
Lides que por la patria ha sustentado, 
I en galardón le pide la corona. 

Oh! cuánto de este mundo afortunado 
El fango inmundo en que yacemos dista, 
Para destierro a la virtud criado! 

Huyamos del, huyamos do a la vista 
No ponga horror i asombro tanta escena 
Que al bien nacido corazón contrista. 

¿Ves cómo en nuestra patria desenfrena 
Sus furias la ambición, i al cuello escrito 
Forjando está otra vez servil cadena? 

¿No jimes de mirar cual lleva el viento 
Tantos ardientes votos, sangre tanta, 
Cuatro lustros de horror i asolamiento, 



2TG vida 



Campos de destrucción que al orbe espanta, 
Miseria i luto i orfandad llorosa, 
Que en vano al ciclo su clamor levanta? 

Como el niño inocente, que la hermosa 
Fábrica ve del iris, que a la esfera 
Sube, esmaltado de jacinto i rosa, 

I en su demanda va por la pradera, 
I cuando cree Ucear, i a la encantada 
Aparición poner la mano espera, 

Huye el prestijio aereo, i la burlad» 
Vista le busca por el aire puro, 
I su error reconoce avergonzada; 

Así yo a nuestra patria me figuro 
Que en pos del bien que imajinó se lanza, 
I cuando cree que aquel feliz futuro 

Do paz i gloria i libertad alcanza, 
La ilusión se deshace en un momento, 
I ve que es un delirio su esperanza; 

Finjido bien que ansioso el pensamiento 
Pensaba asir, i aéreo espectro apaña, 
Luz a los ojos i a las manos viento. 

Huyamos, pues, a do las auras baña 
De alma serenidad lumbre dichosa, 
Que, si ella engaña, dulcemente engaña; 

I esto triste velar por la sabrosa 
Ilusión permutemos, que so sueña 
En los floridos antros do tu diosa. 

Dame la mano; i sobre la ardua peña 
Donde el sagrado alcázar se sublima, 
Podrán dejar mis pies alguna seña; 

Mas ai! en vano mi flaqueza anima 
Tu vuelo audaz, que, al fatigado aliento, 
Pone pavor la levantada cima. 

Sigue con jeneroso atrevimiento 
A do te aguarda, en medio el alto coro 
De las alegres Musas, digno asiento. 



DE DON ANDRÉS BELLO 277 



Ya para recibirte su canoro 
Concepto se suspende, i la armonía 
De las acordes nueve liras de oro. 

Lo que acaba do leerse hace lamentar la falta de lo que se- 
lla perdido, o do lo que el autor no alcanzó a componer. 

Sin embargo, puede colejirse fácilmente que esta pieza poé- 
tica debía rematar en una apoteosis de Olmedo, esto es, en 
una de esas fantasmagorías mitológicas, que, a la sazón, esta- 
ban muí a la moda. 



La Luz, traducción de un fragmento del poema Les Trois Régnes 
de la Nature de Delille. 



En una de las cartas antes insertas, Olmedo aseguraba a Be- 
llo tres coronas, si publicaba una traducción de un fragmen- 
to de Les Trois Régnes de la Natüre que había llevado a 
cabo. 

Don Andrés Bello fué un poeta que procuró siempre dar a 
sus versos un fin filosófico. 

No se entretenía en fabricar hermosos vasos para dejarlos 
vacíos. 

Cuando empleaba el lenguaje injenioso i brillante de la poe- 
sía, era comunmente para espresar con él alguna verdad mo- 
ral o científica. 

Fué lo que practicó en la Alocución a la Poesía, i en La 
Agricultura de la Zona Tórrida. 

A causa de esta inclinación, gustaba de las producciones do 
Delille, que gozó de mucha nombradla en su tiempo, i que, 
aunque autor de segundo orden, supo cantar en versos no 
desnudos de todo mérito algunos de los descubrimientos que 
la observación de la naturaleza i el estudio han sujerido a los 
hombres. 

Bello tradujo la primera parte del primer canto del poema 
mencionado. 



278 vida 

En esc fragmento, que tiene por asunto la luz, Delille traía 
estos temas: — El jenio de la naturaleza ordena al poeta que la 
cante; el poeta obedece, i empieza por la luz. — Elojio del as- 
trónomo Delambre. — De la descomposición do los rayos sola- 
res en el prisma do Newton. — Los diferentes efectos de la luz 
que da a la naturaleza sus colores variados. — Fenómenos de 
la luz en los hielos del polo. — La Aurora Boreal se dirije a 
Júpiter para obtener los mismos honores que su hermana. — 
Júpiter accede a la súplica, i la Aurora Boreal, celebrada por 
el jenio do Mairan, recobra sus derechos. 

Este fragmento, como los demás de que consta el poema, 
puede constituir por sí solo una pieza separada, que no tiene 
con los otros, sino una conexión lejana. 

A pesar de la recomendación de Olmedo y Bello no insertó 
esta traducción titulada La Luz, ni en El Repertorio, ni en 
ninguna otra parte. 

Esa poesía había, pues, permanecido inédita hasta el dia, i 
ha corrido un riesgo inminente de perderse, como ha sucedido 
con otras del autor. 

Me es grato ponerla a los alcances de los aficionados, excusán- 
doles la larga i penosa tarea que me ha costado el descifrarla. 

LA LUZ 1 

La ciudad por el campo deje un dia; 
I recorriendo vagaroso el bello 
Distrito que a la vista se me ofrece, 
El prado cruzo, i la montaña trepo. 
Llevé por la espesura de la selva 
De mi libre vagar el rumbo incierto; 
Del arroyuclo el tortuoso jiro, 
Seguí; pasé el torrente; oí el estruendo 
De la cascada; contemplé la tierra; 
I osé curioso interrogar al ciclo. 
El sol se puso; i envolvió la noche 
La creación; mas por su triple imperio, 
Discurre aun la mente vagarosa. 
Descendió de los astros el silencio, 
Derramando en mi ser sabrosa calma; 



DE DON ANDRÉS BELLO 279 



I de mil formas peregrinas veo 

El májico prestijio todavía, 

I aun no da tregua a la memoria el sueño. 

Parecióme mirar al Jenio augusto 

De la naturaleza, entre severo 

I apacible el semblante, en luminosa 

Ropa velados los divinos miembros. 

De sus siete matices, Iris bella 

Bordóle el manto. Urania el rubio pelo 

Le coronó de estrellas. Doce signos 

El cinto le divisan. Arma el fuego 

De Júpiter su diestra; r su mirada 

Meteoros d'eduz esparce al viento. 

Bajo sus huellas, brota el campo rosas. 

Abrense a su mandado mil veneros 

De cristalinas ondas. Las fragantes 

Alas Favonio ajíta; o silba el Euro, 

Acaudillando procelosas nubes. 

Se inflama el aire; i ronco estalla el trueno. 

Puéblase el ancho suelo de vivientes-, 

I el hondo mar. En derredor, el' tiempo 

Con mano infatigable alza, derriba, 

Cria, destruye. Sus despojos yertos 

La tumba reanima; i da la Parca 

Eterna juventud al universo. 

Cuanto le miro mas, mayor parece-. 

— Mirad! me dice al fin. Si hasta aquí tierno 

Las formas esteriores que este globo 

Muestra a tu vista, a tu pincel someto, 

A empresa superior-, la fantasía 

Levanta ya. Sus íntimos cimientos 

Cala, i de su escondida arquitectura 

Revela a los humanos los misterios; 

Los primitivos elementos canta, 

Su mutua lid, sus treguas i conciertos; 

Mide con huella audaz la escala inmensa 

Que sube desde el polvo hasta el Eterno; 

Haz que en sus vetas el metal so cuaje: 

Desarrolla la flor; somete al carro 

Del hombre el bruto; eleva a Dios el hombre. 

Yo a tu pintura infundiré mi aliento; 

I durará cuanto yo dure. — Dijo; 

I a obedecerle voi; mas lejos, lejos 

De mí, sistemas vanos, parto espurio 



280 



De la razón, que demasiado tiempo 

Pusisteis en cadenas afrentosas, 

De sí mismo olvidado, el pensamiento. 

Sobre apoyos aéreos erijido, 
Obra de presuntuosa fantasía 
Que desprecia ei examen, un sistema 
Hasta los cielos la cabeza empina; 
I de los hombres usurpando el culto, 
Peina siglos talvez; mas no bien brilla 
La clara luz de un hecho inesperado, 
La hueca molo en humo se disipa. 
Los vórtices pasaron de Carlesio. 
Pasaron las esferas cristalinas 
De Ptolomco; i con flamantes alas 
En torno al sol la grave tierra jira. 
De sus frájiles basas derrocados. 
Así también vendrán abajo un dia 
Tantos sueños famosos, como aquella 
Estatua del monarca de la Asiría, 
Que, de oro, plata i bronce fabricada, 
Se sustentaba en flacos pies de arcilla; 
I desprendida de una cumbre, apenas 
El tosco barro hirió menuda guija, 
Se estremece el coloso, i desplomado 
Cubre en torno la tierra de ruinas. 
Sigamos, pues, de la esperiencia sola 
El seguro fanal. Ella me dicta. 
Yo escribo. A sus oráculos atento, 
Celebro ya la luz. A la luz rinda 
Su homenaje primero el canto mió, 
A la sutil esencia peregrina 
Que los cuerpos fomenta, alumbra, cala; 
Que el verde tallo de la planta anima; 
Su pureza vital conserva al aire; 
Llena el espacio inmenso en que caminan 
Los mundos; i en su rápida carrera, 
A la mirada del Eterno imita, 
A cuya voz rasgó su primer rayo 
El hondo seno de la noche antigua: 
Puente de la beldad, pincel del mundo, 
De la naturaleza espejo i vida. 

A la celeste bóveda, mi vuelo 
Dirijo tú, Pelambre, que combinas 



DE DON ANDRÉS BELLO 281 



Gusto i saber, i la elegancia amable 

Con el severo cálculo maridas. 

I pues Newton de su potente mano 

A la tuya pasó no menos digna 

Las riendas de los orbes luminosos, 

Tiende a tu admirador la diestra amiga. 

Subir me da sobre tu carro alado, 

I la hueste de esferas infinita 

Que en raudo curso surcan golfos de oro, 

equilibradas penden de sí mismas, 
Veré contigo, i su diurna vuelta, 

1 su anuo jiro, i de qué lei rejidas, 
Ora se buscan con amante ansia, 
Ora el consorcio apetecido esquivan. 
No te conduce allá la gloria solo 
De interpretar ocultas maravillas, 

Ni en la rejion te engolfas de la duda 

En que sistemas con sistemas lidian; 

Mas del Gran Ser la soberana idea 

I el parto eterno esploras que harmoniza 

Ese de luz imperio portentoso, 

Donde al orden común todo conspira; 

Donde el cometa mismo, que, la roja 

Melena desgreñando, pone grima, 

Guarda en su vasta fuga el señalado 

Rumbo, i el patrio hogar jamas olvida. 

Pura es allí de la verdad la fuente, 

Cuyo ideal modelo te cautiva; 

Mas ¡ah! que en esos rutilantes orbes 

Do el ánjel do la luz con ojos mira 

De piedad este cieno que habitamos, 

Do te ofrece un abismo cada línea, ■ 

Cada astro, un punto, i cada punto, un mundo, 

No es posible, Delambre, que. te siga 

En pos de objetos, que a Virjilio mismo 

Dieron pavor, no vuelo ya. Campiñas, 

I prados, i boscajes me enamoran. 

Ellos, como al mantuano, me convidan. 

A gozar voi su asilo venturoso; 

I mientras tú con alas atrevidas 

Corres tu reino etéreo, i pides cuenta 

De su prestado resplandor a Ointia, 

O del soberbio carro del Tonante 

Contemplas la lumbrosa comitiva, 



282 



Te veré 30, desde mi fuente amada, 
En los astros dejar tu fama escrita; 
I menos animoso, a cantar solo' 
La bella luz acordaré mi lira. 

A cada ser su colorida ropa 
Viste la luz. Si toda le penetra, 
Oscuro luto; si refleja toda, 
Pura le cubre i candida librea. 
Rompe también a veces i divide 
Su trama de oro en separadas hebras; 
I reflejada en parte, en parte al seno- 
Osando descender de la materia,. 
Visos le da i matices diferentes. 
Mas otras veces rápida atraviesa 
El interior tejido; i lo mas duro, 
Variamente doblada, trasparentar 
Ora a la superficie en que resurte, 
Con ángulos iguales busca i deja; 
Ora a diverso medio trasmitida, 
Según os denso, así los rayos quiebra. 

Antes que de Newton el alto injenio 
De la luz los prodijios descubriera, 
Mostróse siempre en haces concentrada. 
El descojió la espléndida madeja, 
I do la majia de su prisma armado, 
Del iris desplegó la cinta etérea. 
Mas, a las maravillas de tu prisma, 
Precedió, ingles profundo, la ampollucla 
De jabón, con que el niño, sin saberlo, 
Desenvolviendo los colores, juega. 
Lo que inocente pasatiempo al niño, 
Fué a tí lección: así naturaleza 
Fia al atento estudio sus arcanos, 

un acaso felice los revela. 

De los siete colores la familia, 
Si toda se reúne, el brillo enjendra 
De la radiante luz; i si con varia 
Asociación sus varios tintes mezcla, 
Ya del metal el esplendor produce, 
Ya el oro de la mies que el viento ondea. 
Ya los matices que a la flor adornan, 
Ya los celajes que la nube ostenta, 

1 de los campos el verdor alegre, 



DE DON ANDRÉS BELLO 283 



I el velo azul de la celeste esfera. 

Su púrpura el racimo, i su vistosa 

Cuna de nácar le debió la perla. 

I ¿quién los dones de la luz no sabe? 

Triste la planta i lánguida sin ella. 

Niega a la flor colores, niega al fruto 

Dulee sabor, i a donde alcanza a verla, 

Allá los ojos i los tiernos ramos 

Descolorida tiende i macilenta. 

¿Ves de enfermiza palidez cubrirse 

La endibia en honda estancia prisionera? 

¿Ves en la zona do a torrentes de oro 

Derrama el sol su luz, cuál hermosea 

Florida pompa el oloroso bosque? 

Empapadas allí de blanda esencia, 

Bate las alas céfiro lascivo; 

Dorada pluma el avecilla peina; 

Abril florece sin cultura eterno; 

I toda es vida i júbilo la selva; 

Mientras del norte la rejion sombría 

De funeral horror yace cubierta. 

Pero ¿qué digo? allá en el norte helado, 

Es do mejor sus maravillas muestra 

Ea bella luz. Brillantes meteoros 

El largo imperio de la noche alegran; 

I la atezada oscuridad en llamas 

Rompe de celestial magnificencia, 

Con quien el alba misma no compite 

En el clima feliz que la despierta. 

Ora la lumbre boreal el aire 

Cautiva tiene en tenebrosa niebla; 

Ora le da salida, i la derrama 

En fúljidas vislumbres; ora vuela 

En rayos dividida; ora se tiende 

En ancha zona. Aquí relampaguea 

Bruñida plata; allá con el zafiro. 

El amatiste i el topacio alternan, 

I del rubí la ensangrentada llama. 

Ya un alterado piélago semeja, 

Que, de furiosa ráfaga al embate, 

Montes lanza de fuego a las estrellas. 

Ya estandartes tremola luminosos; 

Bóvedas alza; en carros de oro rueda. 

Columnas finje; o risco sobre risco, 



2Si VIDA 



Fábrica de jigantes, aglomera, 

I hace el horror de la estación sombría 

De maravillas variada escena. 

Creyólas la ignoranca largo tiempo 
ígneas exhalaciones que en la densa 
Nievo del septentrión reverberadas, 
A las naciones presajiaban guerra, 
Iras, tumulto; i vacilar hacían 
Al tirano en la frente la diadema. 
Otros el polo helado imajinaron 
Ver envuelto en el limbo de la inmensa 
Atmósfera solar, cuyos reflejos 
Denso el aire o sutil, rechaza, alberga, 
Difunde en modos varios, o acumula, 
I su luz tifie, i formas mil le presta. 

Refieren los poetas (de natura 
Elegantes intérpretes) que Jove 
A dos bellas hermanas hizo reinas, 
Una del rico oriente, otra del norte. 
La Boreal Aurora cierto dia 
(Añaden), viendo que su hermana el goce 
De la divinidad obtiene sola, 
I el incienso lo usurpado los hombres, 
Al Sol, su padre, va a quejarse; i mit-ntras 
Que de sus ojos tierno llanto corre: 
— ¡Oh eterno rei del dia! ¡Oh padre! esclama, 
¿Hasta cuándo será que me deshonren 
Los que hija de la tierra me apellidan, 
I parto vil de fríjidos vapores? 
/Hasta cuándo querrás que oprobio tanto 
Infame tu linaje? El manto rompe 
De púrpura que visto; i de mis galas 
La inútil pompa en luto se trasforme. 
Arranca de mis sienes la corona, 
Si por hija ¡ai de mí! me desconoces. 
¡Oh cuánto es mas feliz la hermana mia! 
La hospeda el ciclo, i la bendice el orbe; 
Consagranle sus cánticos tus Musas; 
I en blando coro, la saluda el bosque. 
¿I a qué beldad honores tales debe? 
¿Por qué la adora el mundo, i de mi nombre 
Se acuerda apenas? ¿Vale tanto acaso 
El falso lustre de caducas flores 



DE DOX ANDRÉS BELLO 285 



Que a un leve soplo el ábrego deshoja? 
Siempre descoloridos arreboles 
La ven nacer; i de avalónos A-anos, 
Las trenzas orna que a tu luz descoje. 
Mas yo, de oro, i de púrpura i diamantes, 
Recamo el cielo. Yo, a la parda noche, 
llago dejar sus lúgubres capuces, 
I alas de luz vestir. Por mí, depone 
Su sobrecejo la arrugada bruma. 
Por mí, Naturaleza, en medio el torpe 
Letargo del invierno, abre los Jojos, 
I tu brillante imperio reconoce. 
Mi hermana, dicen, a servirte atenta, 
Madruga cada dia, i tus veloces 
Caballos unce, i a la tierra el velo 
De la tiniebla fúnebre descorre. 
Sí, sábelo el Olimpo, que, dejando 
La cama de Tritón, va con el joven 
Céfalo a solazarse, i no se cura 
De que a la tarda luz el mundo invoque. 
¿Por qué, pues, ha de ser la hermana mía 
Única en tu cariño i tus favores? 
¿Por qué, si hija soi tuya, no me es dado 
Beber contigo el néctar de los dioses? — ■ 
— Cese tu duelo, cese, ¡oh sangre mia! 
Tus lágrimas enjuga (el Sol responde). 
Yo vengaré tu largo vituperio. 
Un mortal he elejido que pregono 
La alteza de tu cuna, i a su cargo 
Con noble empeño tu defensa tome. 
El diga tu linaje; i las estrellas, 
Cual hija do su rei, de hoi mas te adoren. - 
Dice. Ella parto. El rei del cielo un rayo 
De su fronte inmortal desprende, entonces 
(De aquellos con que a espíritus felices 
De estro divino inflama, i lleva a donde 
Los haces de tus obras confidentes, 
Naturaleza, i tus arcanos oyen). 
El nombre en el grabó de su hija amada, 
I la estirpe, i las gracias; i lanzólo 
Al ilustre Mairan. El dardo vuela; 
Hiérele; i ya inspirado, los blasones 
De la hiperbórea diosa canta el sabio. 



28G 



La Aurora de los climas do Boótcs, 
Como la del oriento, es ensalzada, 
I adoradores tiene, imperio i corte. 

Así cantaron las divinas Musas. 
Otros la vasta atmósfera suponen 
De eléctricos principios ajitada, 
Que en intestina lid hierven discordes; 
I el cielo hinchiendo de tumulto i guerra, 
Alzan sobre el atónito horizonte 
Lúcidos meteoros; mas, en medio 
De encontradas hipótesis, esconde 
Su lumbre la verdad; i el juicio ignora 
Donde la planta mal segura apoye. 



Constancia en la amistad de Bello i Olmedo. 

Tratándose de dos americanos tan -preclaros como Bello i 
Olmedo, no quiero dejar desconocidas, i quizá espuestas a per- 
derse, otras cartas del segundo al primero, posteriores en fecha, 
las cuales acreditan el constante afecto que estos dos grandes 
hombres se profesaron. 

Poco tiempo antes de regresar de Paris a Londres, Olmedo 
dirijió a Bello la carta que va a leerse. 

«Paris, julio .16 de 1827. 

«Querido Compadro i Amigo: 

«Sepa Usted que yo soi mas difícil que Usted, i menos resig- 
nado con el silencio de mis amigos. 

«El gobierno me remitió en el Cambridge quince mil pesos 
para pensiones, gastos de legación etc., etc. Se necesitaban con 
urjencia diez i siete. Ha sido preciso dejar descubiertos los agu- 
jeros menos exijentes (Usted entenderá cómo un agujero puedo 
exijir mas o menos; yo no lo entiendo; pero ya lo escribí, i no hai 
tiempo para enmendar). Do ese modo, algo nos resta de la gran 
masa; i puedo decir que me sobra, porque me ha fallado. 

«Sea lo que fuere, puedo escribir a Usted con franqueza i 
sinceridad lo siguiente: 

«Amigo, Usted me dará una satisfacción, i una prueba de 
amistad, haciendo uso de la adjunta carta, i no habiéndome 
jamas de su contenido. Déme Usted estos dos placeres. 



DE DON ANDRÉS BELLO 287 



«Memorias afectuosas a mi comadre i a García. Un cariño a 
los Bellitos; tres al mió. I adiós. Su — Olmedo. 

«Al fin del mes, nos veremos. Sin embargo, escríbame Us- 
ted mucho, i noticias de nuestro mundo.» 

Cuando Olmedo hubo de volver de Europa a América, envió 
por escrito a Bello una cariñosa despedida, que revela la since- 
ridad i la viveza de su amistad. 

«Viernes, marzo 7 de 1828, — Mi Querido Amigo. 

«Llegó el momento. Cuando Usted lea esta cartita, ya estaré 
lejos de Londres: pero nunca están lejos los que se aman. Lle- 
vo a Usted, mi querido Andrés, en mi alma i en mi corazón, 
i muí adentro!.... ¡Oh, si nos viésemos en Colombia! o en el 
Perú!! ¡qué placer para mí, si nos volviésemos a ver! ¡qué pla- 
cer, si yo pudiera contribuir a esta reunión! qué placer, si yo 
viese a Usted en la situación que merece! Un presentimien- 
to.... ¡Quiera Dios que no me engañe! 

«El recuerdo de Usted i do su fina amistad será uno de los 
pocos recuerdos tristes que me deberá Londres. Una muí afec- 
tuosa espresion a mi amable comadre, i un cariño a los Bellitos: 
uno particular a mi ahijado. I adiós, mi Andrés. 

«Siempre, siempre de corazón — José Joaquín.» 

Apenas Olmedo tocó las costas americanas, recibió la mas 
funesta de las noticias. 

Durante su ausencia, su esposa había fallecido en Guayaquil. 

El poeta atribulado esperimentó la imperiosa necesidad de 
desahogarse con el amigo que había dejado en Londres. 

«Valparaíso, agosto 10 de 1828. 

«Mi Muí Querido Compadre i Amigo. 

«Mi navegación ha sido larga, desagradable i peligrosa: el 
término ha sido cruel. El placer de pisar esta tierra de mis de- 
seos se ha convertido en el pesar mas amargo de mi vida. Sé 
por sorpresa que he perdido la prenda mas querida de mi co- 
razón, la que estaba destinada a ser el consuelo de mi vejez, 
el único placer de mi vida i la única distracción en los males i 

desastres que amenazan a mi patria Yo soi el hombre mas 

insensible del mundo, cuando no me muero de este dolor. Desde 
Lima, escribiré a Usted. Adiós. Su aflijido amigo — Olmedo.» 



28S 



Los dos amigos suspendieron por algunos años su corres- 
pondencia, pero no su amistad. 

La siguiente carta así lo testifica. 

«Guayaquil, enero 9 de 1833. 

«Mí Querido Compadre i Mas Querido Amigo. 

o Mas vale tarde, que nunca. Al cabo de mil años, tenga Us- 
ted este recuerdo mió a cuenta de los frecuentísimos que hago 
de Usted. Usted se vino sin decirme nada; i después de mucho 
tiempo, vine a saber que no estábamos tan lejos; como cuando 
nos vimos la última vez. Quise escribir a Usted; pero no me 
resolvía a hacerlo lijeramente; i la ocasión de escribir largo 
nunca venía; i si espero a que venga, siempre viviremos en in- 
comunicación. Me contento, pues, con saludar a Usted, a mi 
amable comadre, a toda la familia, i separadamente a mi An- 
dresito. 

« El señor Viccndon entregará a Usted esta carta: es amigo mío 
i de mi casa; i aunque él se recomienda a sí mismo por sus 
modales, por sus prendas i mérito, no debo omitir esta reco- 
mendación como un grato oficio de amistad. Negocios de inte- 
rés le llevan a ese país; i Usted puedo tener ocasión do prestarle 
servicios de que me constituyo deudor. 

«¿Qué noticias me da Usted de las amigas Musas? Há tanto 
tiempo que ni las veo, ni me ven, que recelo me hayan olvida- 
do: desgracia que, por su sexo, es peor que si me aborrecieran. 
Habiéndose fijado, como me dicen, en Chile, i por consiguiente 
en casa de Usted, no le será molesto saludarlas en mi nombre, 
i hacerles un recuerdo de su antiguo i fiel votario. 

«Mil i mil cosas a nuestro carísimo don Mariano, bien se ha- 
lle sentado en sucurul, bien recostado en su tirio lecho con su 
descada Rosario. Nunca olvido las estaciones de Londres. Dí- 
galo Usted que me remita la edición completa de las obras de 
su recomendable i docto papá: sin falta. Mándeme Usted tam- 
bién algunas de sus nuevas composiciones, sin falta, sin falsa 
modestia, sin demora. 

«I adiós, mi querido amigo. Si Usted supiera la vida queme 
paso, me compadeciera. Adiós. 

«Su apasionado amigo de corazón — J. J. Olmedo.» 



DE DON ANDRÉS BELLO 283 



Los dos amigos continuaron escribiéndose de tiempo en 
tiempo. 

Cuando Olmedo dio a luz en 1835 la Oda al Jeneral Flo- 
res, Vencedor en Miñarrica, por cierto en nada inferior a la 
titulada La Victoria de Junin, don Andrés Bello se apresuró 
a tributarle los aplausos que merecía, insertando en El Arau- 
cano de 7 de agosto de dicho año el siguiente juicio. 

«Ansiábamos ya oír la voz de la Musa del Guayas, portante 
tiempo silenciosa. Despertando por fin al ruido de la victoria 
de Miñarrica (una de las mas notables que se han ganado en 
América, i que sería también de las mas gloriosas, si no trajera 
consigo el triste recuerdo de una guerra de hermanos) , se nos 
presenta ahora con todo el vigor de imajinacion que admirába- 
mos en las obras anteriores del señor Olmedo, i sobre todo en 
el Canto de Junin. Es escusado decir que campea en ésta la mis- 
ma belleza de estilo i versificación; porque todo lo que sale de 
la pluma del señor Olmedo lleva la estampa de una ejecución 
acabada i primorosa, que forma, por decirlo así, su manera.» 
Don José Joaquín Olmedo tuvo una existencia menos larga, 
que la de Bello. 

Una penosa enfermedad amargó cruelmente los últimos años 
de su vida. 

Hé aquí lo que don Carlos Bello escribía a su padre en 22 
de abril de 1846. 

«En Paita, único puerto en que tocó el vapor, i por dos ho- 
ras, tuve el gusto de conocer al señor Olmedo. Está mui ancia- 
no, i tiene un aire i unas maneras que demuestran una exce- 
siva cortedad, que, al leer el Canto a Bolívar, no era de pre- 
sumirse en su autor. Me habló con sumo afecto de Usted; i me 
dijo que habia pocos días que le escribió. Está para regresar a 
Guayaquil.» 

Una de las últimas cartas que este esclarecido vate escribió 
fué la siguiente, enviada a Bello. 
«Guayaquil; enero 31 de 1847.. 
«Mi Mui Querido Compadre i Mas Querido Amigo. 
«Después de una larga peregrinación, he vuelto del Perú, 
adonde fui a buscar salud, i no la encontré. 

"V, DE B, 37 



200 VIDA 

«Escribí a Usted de Paita; i después de Lima, buscando la 
satisfacción de ver letras de Usted, i no la encontré. 

«Pedí la Gramática Latina do Bello, i otros opúsculos del 
padre i del hijo, i todavía los deseo. 

«Con el ministro del Ecuador señor Millan (amigo mió parti- 
cular, i a quien recomiendo mucho), va en clase de adjunto mi 
sobrino Juan Icaza, joven apreciable, demui buena conducta, 
i que ha hecho gran parte de sus estudios en París. El tiene 
inclinación a esa carrera, i empieza con el mejor agüero, pues, 
deseando aprovechar, i necesitando luces i consejos, fácilmente 
todo lo encontrará en Usted, i ahí so lo entrego. Igualmente 
recomiendo al ministro principal, i espero que hallará en Us- 
ted todas las facilidades que necesita para llenar el laudable 
objeto que le lleva. De la maldita i fantástica espedicion de Fió- 
res, ya no hai que hablar. Si se realiza (que lo dudo), me pa- 
rece que la mayyor parte de nuestra libertad i de nuestra gloria 
está reservada para Chile. 

«Si, en las copiosas librerías de Chile, se encuentra la Divi- 
na Epopeya de Soumct, muí mucho agradeceré a Usted que 
me la mande. Empezaba a leerla en Lima, cuando me vine, i 
el dueño de ese único ejemplar me lo quitó al salir. Le aseguro 
a Usted que me ha llenado, mejor diré, rebosado el argumento 
de ese poema. ¿Qué es el incendio de Troya i la ruina de un 
imperio; qué es la fundación de otro venciendo pequeñas hor- 
das de salvajes; qué es la conquista de un sepulcro vacío, i la 
fundación de un reino pequeño i efímero?.... ¿qué es todo esta 
en comparación de la libertad do los infiernos, i la redención 
de los án joles precitos? Yo no sé si en otros hará esta idea tan- 
ta impresión como en mí. Puede ser que nó; porque en mí ha 
llovido sobre mojado... Hace muchos años que, con mucha fre- 
cuencia, me asalta el pensamiento de que (aquí entro nosotros) 
es incompleta, imperfecta la redención del j enero humano, i poco 
digna de un Dios infinitamente misericordioso. Nos libertó del 
pecado, pero no de la muerte. Nos redimió del pecado, i nos 
dejó todos los males que son efecto del pecado. Lo mismo hace 
cualquier libertador vulgar; por ejemplo, Bolívar: nos libró del 
yugo español, i nos dejó todos los desastres de las revoluciones. 



DE DON ANDRÉS BELLO . 291 



«No hai mas tiempo que para saludar a mi comadre i a toda 
la familia, haciendo una espresion particular a mi Andrés. 

«I adiós, mi querido amigo. Su — J. J. Olmedo.» 

a Se disipó la espedicion de Flores. El gobierno ingles man-» 
do embargar losados grandes vapores, i el gran trasporte, cuan- 
do iban a salir. Hasta el carbón que traían quedaba ya vendido 
públicamente.» 

El ilustre patriota e insigne poeta Olmedo, honor del Ecua- 
dor i de la América Española, falleció en Guayaquil el 17 d@ 
febrero de 1847. 



NOTA 

Me parece oportuno copiar aquí otras tres cartas de Olmedo a Be- 
llo, que, aunque menos importantes que las reproducidas en el testo, 
ofrecen la ventaja de hacernos conocer mejor la intimidad que hubo 
entre estos dos preclaros varones. 

«Guayaquil, diciembre 2G de 1833. 

«Mi Querido Compadre i Amigo. 

«Conociendo de cuántos placeres me privo por nuestra incomunica- 
ción, no por eso venzo las dificultades que se presentan aquí para es- 
cribir a Usted con la frecuencia que exijia nuestra amistad. Ahora 
mismo no"escribiera a Usted, si no tuviera el mayor interés en hacerle 
una recomendación en favor de unos jóvenes con quienes tengo mu- 
chas i mui estrechas relaciones. Teniéndome a la capa en la borrasca 
que sufre al presente este país, no hai ánimo ni humor de escribir, i 
mucho menos de escribir a un amigo como Usted, para lo cual es in- 
dispensable ocio i reposo. 

«Los jóvenes de que he hablado antes son Matías Alzúa, con süsher- 1 
manos menores Liberato i Domingo, i Teodoro Luzurriaga, que va 
a unirse con su hermano Manuel, que se halla en la pensión del señor Ze- 
gers: todos cuatro recomendados al señor Lecica de Valparaíso, por cu- 
yo conducto serán puestos en el mismo establecimiento. El primero de 
estos jóvenes, Matías A'zúr, ha estudiado los primeros elementos déla 
ilustración, es decir, lenguas i principios de matemáticas; se inclina 
a la profesión de abogado, i va a Chile con el objeto de estudiar el de- 
recho. Hará sus estudios en el Instituto; i dirijendo Usted ese estable- 
«imientD, nada nos deja que desear, i nada tengo que decirle. Las 
esperanzas del joven, las de sus padres i las mías serán cumplidas. 



29Í TIDA 

cPor lo que hace a los demás, serán colocados en la pensión del se- 
ñor Zegers; i espero de la amistad de Usted que tomará por ellos el 
mismo interés, como si fuesen mis hijos. El favor de Usted debe es- 
tenderse a examinar personalmente las ventajas o desventajas de esa 
casa de educación, i la bondad o vicios del sistema que allí se haya adop- 
tado. Con la mayor satisfacción, he sabido que Usted es uno de los indi- 
viduos de la comisión que se ha formado por los padres de familia para 
invijilar sobre los progresos de ese establecimiento i fomentarlo; i con 
este motivo, nadiecomo Usted está en actitud de llenar todos los obje- 
tos de esta recomendación. Para satisfacer los deseos de sus padres i 
los mios, quisiera que Usted se molestase en darnos una idea de esa 
casa, i en asegurarnos que admite este encargo con buena voluntad. 

«Si yo tuviese hijos en estado de ir allá, aprovecharía esta oportu- 
nidad; pero el único varón va a cumplir dos años, i no es posible 
separarnos de la Virjinia. 

«A mi amable comadre, mil afectuosas memorias, i mil cariños a los 
chicos. Uno mui especial a mi Andrés. 

«Si yo le dijera a Usted la vida que paso, ¡qué sermón me esperaba! 
pero ya no puedo vivir de otro modo, i la pereza se me ha hecho con- 
natural. Adiós, amigo i compadre, hasta otra ocasión. Su mas afectuo- 
so i sincero amigo — J. J. Olmedo. 

«Memorias al amigo Egaña. En mi anterior, encargué a Usted lo 
dijera me mandase la colección de las obras de su padre, que se im- 
primieron en Europa, especialmente las poéticas. I..., ni contestación.» 

«Guayaquil, enero 10 de 1810. 

«Mi Querido Compadre i Mas Querido Amigo, 

«Nos escribimos tan pocas veces, que nadie creerá que nos queremos 
tanto. Me parece que ahora años empecé otra carta con la misma intro- 
ducción; pero supuesto que es una verdad, i que ademas contiene un 
sentimiento de cariño, nada se pierde en repetirla. 

«Entre otras causas de mi silencio, no es la menos eficaz esta borras- 
ca perpetua en que estamos viviendo, de manera que no hai ni tiempo, 
ni ánimo, ni conciencia, ni humor para entregarse a these sweet un- 
bosomies de los amores i de las amistades. A mí no me ha ido mal 
poniendo en práctica aquel célebre símbolo de Pitágoras — cuando so- 
plan los vientos con violencia, adora los ecos. — 

«Lo diré en griego para mayor claridad; 

'AvcfJLWV JCVSOVTtÚV T] 7¡/¿> ~pO;"/.'JVE!. 

Du grec! o ciell du grec!... 

Du grec, quelle douceur! 

«Entre los varios comentos de esto símbolo, prefiero aquel que dice 
que aquí los vientos designan las revoluciones, las sediciones, laa gue- 



DE DON ANDRÉS BELLO 593 

rras; i que el eco es el emblema de los lugares desiertos; i que Pitá- 
goras ha querido exhortar a sus discípulos a dejar las ciudades donde 
se levantasen guerras i turbaciones civiles, i hundirse en las soledades. 

a ¡Vaya que no tiene Usted motivo para quejarse de falta de erudi- 
ción en esta epístola! 

«Tanto prólogo era indispensable en esta ocasión para presentar a 
Usted con algún aparato a mi amigo el jeneral Pallarez, que va a 
Chile de encargado de negocios por el Ecuador. El desea conocer a 
Usted, i ser su amigo; i Usted tendrá la complacencia de conocer i tra- 
tar un gallego de aquellos que vale por mil, cuando llega a despun- 
tar. Yo también tengo el interés de que Usted i él conozcan cuáles 
son los que yo llamo mis verdaderos amigos. 

«No sé si le será a Usted fácil buscar, hallar i remitirme un Mer- 
curio de Chile de marzo de 1829. También algún libro nuevo i curioso: 
todavía no tengo el quinto tomo de las obras de Martínez de la Rosa. 

«Después de saludar al amigo Egiiña mui afectuosamente, dígale 
Usted que se ha olvidado de la promesa de remitirme la colección de 
las obras de su padre, i que yo le conocí en Londres mas hombre de 
bien i mas amigo. 

«A mi mui amada comadre, afectuosísimas memorias, i a todos mi.3 
ahijados i sobrinos, especialmente a mi Andrés. 

«I adiós, su apasionado i cordial amigo — J. J. Olmedo.» 



«Santa Elena, mayo2i de 1842. 

«Mi Querido Compadre i Mas Querido Amigo Andrés. 

«En este punto de la costa, que bien merece su ominoso nombre, 
he venido a convalecer de una enfermedad inconvalecible; pues tiene 
su principio en mi constitución física, que solo podrá variar con la 
disolución. Mi estitiquez es imponderable; i cuando me olvido del 
clister, o de los purgantes, me estoi largos clias como cuerpo glo- 
rioso. Bajo ningún cielo, sobre ningún suelo, en ningún clima, he 
esperimentado variación..., Post equitem sedebat afra cura. 

«En este momento, me han dicho que ha llegado a este puerto, dis- 
tante de esta población cerca de una legua, un buque, a tomar un poco 
de carga, que está ya preparada; aprovecho, pues, estos instantes para 
saludar a Usted, a mi estimada comadre i a toda la familia, i a mi 
Andrés. 

«No se olvide Usted tanto de mí..., esto es, de escribirme, pues por 
lo que hace a otra^cosa, vivo mui persuadido de que estoi siempre en 
su memoria i en su corazón, como Usted en el mió. 

«En mi anterior, le pedí a Usted unos libritos, i no parecen. Pedí al 
amigo Egaña las obras de su padre, escepto El Chileno, que poseo, i 
no parecen; pero de este buen Egaña, ni libros ni memorias. 



294 



«No me dan tiempo para mas. Adiós, pues, mi mui querido i mui 
pensado amigo Andrés. Adiós — J. Joaquín Olmedo. 

«El ejemplar del Derecho Público que Usted me mandó me lo qui- 
taron; otro que adquirí casualmente; tuve que regalarlo; aquí no en- 
cuentro como reponerlo.» 



Resolución de dejar el servicio de Colombia i de aceptar un empleo 
eu Chile que tomó don Andrés Bello. 



Al poco tiempo de haber fijado su residencia en Londres, 
Fernández Madrid trabó con Bello relaciones tan afectuosas i 
cordiales, como las que existían entre éste i Olmedo. 

Los dos se entretenían en dirijirse con cualquier pretesto 
epístolas en verso, de que puede ser ejemplo la siguiente, que 
Fernández Madrid envió a Bello, junto con una botella de vino, 
para felicitarle por el nacimiento de su hija Ana. 

Si hoi, amigo, 
Purificas 
Con un poco 
De agua limpia 
Los pecados 
De tu Añila 
(¡Los pecados! 
¡Qué herejía!); 
Si hoi, mas claro, 
La bautizas, 
Es preciso 
Que me admitas 
Esa dosis 
De alegría.* 
lie de darte 
Las albricias, 

Caro amigo, 

Si adivinas 

* La botella de vino. 



296 



Dónde vive 
La alegría. 
Tú lo ignoras; 
I a fe mia, 
Es materia 
En que deliran 
Los mas, doctos 
Moralistas. 
Como el oro 
Entre la mina, 
Bajo tierra 
Está escondida. 
Cerca está 
De la cocina; 
I «na cueva 
Negra i fria 
Es la estancia 
Donde habita. 

«Ya Usted ve que no se puede hacer mas en cuatro pies; i 
por si Usted no entendiese mi algarabía, le diré que la cava es 
el templo de la alegría. Me parece que tuvo mucha razón 
Montesquieu, cuando dijo que es mejor remedio para la tristeza 
un buen vaso de vino, que las buenas máximas i los buenos 
consejos. 

«Reparo que mis versículos son a veces de cuatro, i a veces 
de cinco pies pero pasen. 

«Saludo afectuosamente a la señora; i quedo de Usted ex 
córele — F. Madrid.» 

He encontrado el borrador de una epístola del mismo j enero 
dirijida por Bello a Fernández Madrid con motivo de una sa- 
lutación do año nuevo. 

Por desgracia, solo he podido descifrar el principio. 

Hoi que comienza, Darmid, 
Nuevo jiro el astro bello, 
Que, a nuestro humilde planeta, 
Mide los pasos del tiempo, 
¿Qué te desea el amigo 
Que se cuenta poco menos 
Que primero en el cariño, 
Aunque, en la fecha, postrero? 



LE DON ANDRÉS BELLO 297 



Salud, de todos los bienes 
El necesario supuesto; 
I que goces a tu Amira, 
Por largos años, i buenos; 
I que, de vuestra existencia, 
Veáis los dulces renuevos, 
Como crecen en edad, 
Crecer en merecimientos. 

Bollo, Olmedo i Fernández Madrid se perfeccionaban mu- 
tuamente en sus conocimientos literarios, comunicándose el 
fruto de sus lecturas, i corrijiéndose sus propias obras. 

El año de 1828, don José Fernández Madrid imprimió en 
Londres sus Poesías. 

Los defectos de estos versos, dice en el prefacio, «serian 
mas numerosos, si no hubiese correjido muchos de ellos con 
arreglo a las indicaciones que tuvieron la bondad de hacerme 
mis amigos los señores Olmedo i Bello. No perderé, pues, es- 
ta ocasión de dar un público testimonio ele mi reconocimiento 
a estos dos distinguidos poetas colombianos, que tanto honor 
hacen a su patria.» 

Pero estas diversiones literarias eran para Bello simples 
treguas de desazones harto inquietantes. 

Mientras estuvo desempeñando la secretaría de la legación 
colombiana, se encontró en una situación pecuniaria suma- 
mente angustiosa. 

Es el respetable plenipotenciario clon José Fernández Ma- 
drid, quien, entre otros, lo testifica así en una carta escrita a 
Bolívar en 6 de noviembre de 18*28, la cual so halla inserta en 
las Memorias de O' Lear y. 

En esta pieza, se lee lo que sigue: 

«El señor Vergara* me avisa de oficio que el señor Bello 
está nombrado cónsul jcneral de Francia. No sé si aceptará, 
porque há tiempo que le oigo hablar ele la necesidad en que 
se encuentra de dejar la Europa, por estar apurados sus recur- 



* Don Estanislao Vergara, ministro de relaciones esteriores de Co- 
lombia. 



298 vida 

sos, i serle absolutamente imposible subsistir aquí por mas 
tiempo. Bien sabe Usted que tiene familia; i que, por el espa- 
cio de un año, no liemos recibido nuestros sueldos. Parece 
que algunos amigos del señor Bello le han escrito de Chile, 
ofreciéndole su protección en aquel país. En mi concepto, la 
pérdida del señor Bello debo ser mui sensible a Colombia, por- 
que tenemos mui pocos hombres que reúnan la integridad, ta- 
lentos e instrucción que distinguen a Bello. Yo siento mucho 
verlo separarse de mi lado, porque, en cualquier asunto grave 
que pueda ofrecerse, sus consejos i sus luces me serian mui 
útiles. Es por demás decir a Usted que mis recursos i mi casa 
han estado siempre a su disposición; pero Usted conoce su jenio 
demasiado reservado; así, nunca ha hecho uso de mis sinceras 
i reiteradas ofertas.» 

En efecto ; Bello, cuando se""convenció de que sus justas re- 
presentaciones no eran atendidas por el gobierno colombiano, 
i de que se le mantenía en una condición aflictiva, formó el 
propósito de buscar algún empleo, sea en la República Ar jen- 
tina, que, ya en otra ocasión, habia aceptado su ofrecimiento, 
sea en la de Chile, a la cual ya habia servido, i cuyo presiden- 
te era su antiguo amigo don Francisco Antonio Pinto. 

Habiendo el plenipotenciario don Mariano de Egaña conoci- 
do la disposición de ánimo en que estaba don Andrés, mani- 
festó al ministro de relaciones esteriores de su país lo prove- 
chosa que sería la contratación de un hombre tan sobresaliente 
por la variedad de los conocimientos, i por la práctica en los 
negocios diplomáticos. 

«Paris, i noviembre 10 de 1827. 

«En ninguna circunstancia, habría omitido dar a Usía cuen- 
ta de la oportunidad que hoi se ofrece a Chile de hacer una 
adquisición importante en la persona de un excelente empleado; 
pero en el dia que, según concibo, so halla vacante, por renun- 
cia de don Ventura Blanco, el destino de oficial mayor del 
ministerio de relaciones esteriores, recibo particular satisfac- 
ción en avisar a Usía que se puede llenar esta plaza con gran 
ventaja del servicio público. 

«Don Andrés Bello, ex-secretario de la legación ghileo* *« 



DE DON ANDRÉS BELLO 299 



Londres, i que lo es actualmente de la legación colombiana 
en la misma corte, se halla dispuesto a pasar a Chile, i a esta- 
blecerse allí con su familia, si se le confiere el destino insinua- 
do de oficial mayor, o algún otro equivalente, análogo a su 
carrera i a sus aventajados conocimientos. 

«La feliz circunstancia de que existan en Santiago mismo 
personas que han tratado a Bello en Europa, me releva en gran 
parte de la necesidad de hacer el elojio de este literato; báste- 
me decir que no se presentaría fácilmente una persona tan a 
propósito para llenar aquella plaza. Educación escojida i clá- 
sica, profundos conocimientos en literatura, posesión completa 
de las lenguas principales, antiguas i modernas, práctica en la 
diplomacia, i un buen carácter, a que da bastante realce la mo- 
destia, le constituyen, no solo capaz de desempeñar muí satis- 
factoriamente el cargo de oficial mayor ; sino que su mérito 
justificaría la preferencia que le diese el gobierno respecto do 
otros que solicitasen igual destino. 

«Usía me permitirá aquí una observación: tal es hacerle pre- 
sente la necesidad en que se halla el gobierno de atraer a las 
oficinas de su inmediato despacho personas que tengan cono- 
cimientos prácticos del modo con que jiran los negocios en las 
grandes naciones que nos han precedido, por tantos años, en 
el manejo de la administración pública. Esta esperiencia, que 
no es posible adquirir sin haber residido por algunos años en 
Europa en continua observación i estudio, i con regulares 
conocimientos anticipados, nos sería muí provechosa para 
espedir con decoro i acierto los negocios, i aparecer con digni- 
dad a los ojos de las naciones en nuestras transacciones políti- 
cas. 

«Bello obtendría en Chile el sueldo do su empleo; pero ne- 
cesitaría indispensablemente trescientas libras esterlinas antici- 
padas para trasportarse con su familia. El sueldo que disfruta 
en la legación colombiana es apenas el preciso para sostener- 
se; i en talos circunstancias, teme que, si le sobreviene la muer- 
te, quede su familia espuesta a los horrores de la miseria 
europea. Desea, por tanto, fijar su residencia en un país ame- 
ricano; i previendo que los desórdenes de Colombia amenazan 



300 VIDA 

durar por largo tiempo, prefiere a Chile por su clima, i espe- 
ranzas que ofrece de tranquilidad. 

«Usía so servirá poner esta nota en conocimiento del presi- 
dente de la república, i comunicarme su suprema resolución, 
para participarla yo al interesado, en caso de que se determine 
'su traslación. 

«Dios guarde a Usía muchos años — Mariano de Egaña. 

«Al Señor Ministro de Relaciones Esteriores.» 

El presidente Pinto, que, como lo indicaba Egaña en el oficio 
precedente, habia tratado personalmente a Bello, i apreciaba 
sus méritos en lo que valían, se apresuró a aceptar una idea 
que podía contribuir sobre manera a la ilustración de Chile. 

Tal es lo que nos hace saber el documento que paso a copiar. 

«Consulado Jeneral de Chile. 

«Londres, 15 de setiembre de 1828. 

«Con fecha 6 de mayo de 1828, el señor ministro de rela- 
ciones esteriores de Chile* me escribe lo siguiente: 

« — Se ha impuesto Su Excelencia el presidente de la repú- 
blica de la nota del ex-ministro plenipotenciario don Mariano 
de Egaña número 179, en que participa a este ministerio la 
disposición en que se halla don Andrés Bello, secretario actual 
de la legación colombiana en Londres, de pasar a emplearse 
en el servicio de Chile; i satisfecho el gobierno de las aptitudes 
de este sujeto, desea ver realizada su aspiración, para cuyo 
efecto se compromete a costearle su viaje a Chile, i a colocar- 
le, luego que llegue al país, en un destino análogo a sus co- 
nocimientos, i que su dotación no baje de mil quinientos pe- 
sos, que es la que disfrutan los oficiales mayores. Ademas, en 
caso que no hubiere alguna vacante en que colocar al señor 
Bello luego que llegue, i no le acomodare permanecer en el 
país, el gobierno se obliga igualmente a costearle en este even- 
to el viaje que guste emprender para trasladarse a cualquiera 
otro punto de América. — 

«Al trasladar, para el conocimiento de Usted, la nota ante- 
rior, me es altamente satisfactorio espresarle mi mejor dispo- 



Don Carlos Rodríguez. 



DE DON ANDRÉS CELLO 301 



sicion a cooperar, en cuanto penda ele mí, a la mas pronta 
realización de los deseos del gobierno de Chile espresados en 
ella; i al mismo tiempo, ofrecerme de Usted mui sinceramente 
como su mas atento i obediente servidor — M. de la Barra. 

«Señor Don Andrés Bello, Secretario de la Legación Colom- 
biana, etc., etc.» 

A pesar de la solicitud con que el gobierno de Chile le faci- 
litaba los medios de venirse a este país, Bello, cuando llegó el 
caso de adoptar una resolución definitiva, vaciló. 

No podia decidirse a dejar el servicio de su tierra natal. 
El amor de los suyos fué siempre en Bello un sentimiento 
mui arraigado. 

Era él quien muchos años mas tarde debía espresar con toda 
sinceridad ese tierno afecto en una estrofa que revela el fondo 
de su alma. 

Naturaleza da una madre sola, 

I da una sola patria En vano, en vano, 

Se adopta nueva tierra; no se enrola 
El corazón mas que una vez. La mano 

Ajenos estandartes enarbola 

Te llama estraña jente ciudadano 

¿Qué importa? ¡No prescriben los derechos 
Del patrio nido en los humanos pechos!! 

Las nubes tempestuosas que empezaban a divisarse en el 
horizonte político de Colombia inspiraban a Bello las mas se- 
rias inquietudes. 

El temor de que la gran república constituida por la mano 
victoriosa de Bolívar pudiera fraccionarse le hizo improbar la 
conducta de los promotores de tal proyecto en los enérjicos 
versos que tituló Canción a la Disolución de Colombia. 

La previsión de próximas desgracias para su país le hacia 
mas doloroso el verse obligado a alejarse de él en semejantes 
circunstancias. 

Se encontraba Bello en esta incertidumbre, cuando recibió el 
doble nombramiento de cónsul jeneral en París, i do ministro 
plenipotenciario en la corte de Portugal. 

«República, de Colombia. 

«Secretaría de estado en el despacho de relaciones esteriores, 



302 VIDA 

«Bogotá, 14 de setiembre de 1828.— 18. 

«Señor. 

«Tengo el honor de poner en conocimiento do Usted que, te- 
niendo plena confianza en su celo i aptitud, ha dispuesto el 
Libertador se confiera a Usted el destino de enviado estraordi- 
nario i ministro plenipotenciario de la república cerca de la 
corte de Su Majestad Fidelísima en la legación que debe en- 
viarse dentro de poco a aquel país. 

«Se promete el Libertador que Usted no tendrá dificultad en 
admitir este destino, i solo aguarda que las cosas de Portugal 
se aclaren un poco mas para darme las órdenes convenientes 
sobre estender las instrucciones i los plenos poderes acreditando 
a Usted de ministro cerca del gobierno que se estableciere en 
aquel país. Mientras tanto, continuará Usted desempeñando la 
ajencia confidencial de la república en París, i allanando las di- 
ficultades que aun puede oponer el ministerio francés a la con- 
clusión de un tratado con nosotros. Luego que Usted crea que 
ha llegado el momento favorable para comenzar las negocia- 
ciones, lo avisará Usted oportunamente al señor Madrid; i al 
señor Palacios, que debe hallarse en París, lo hará Usted ver- 
balmente, como de cuanto ocurra que tenga conexión con el 
adelanto de nuestras relaciones con la Francia. 

«Soi de Usted con perfecto respeto muí obediente servidor — 
Estanislao Vergara. 

«Señor Andrés Bello, etc.» 

Este doble nombramiento importaba para Bello, en vez do un 
ascenso, o de una ventaja, un notable perjuicio i una amarga 
decepción. 

La promesa del futuro empleo de ministro en Portugal era 
algo muí poco serio. 

Para apreciar lo que ese título valia, baste saber que enton- 
ces, el Portugal se hallaba gobernado por el famoso don Mi- 
guel, el cual lo habría tolerado todo, antes que la presencia de 
un representante de alguna de las nuevas repúblicas hispano- 
americanas. 

En cuanto a la ajencia confidencial de negocios en París, 
debe advertirse que había llegado a ser mucho menos impor-- 



DE DON ANDRÉS BELLO 



tanto, que cuando la había desempeñado don José Fernández 
Madrid, pues, en 1828, don Leandro Palacios residía en esa 
ciudad como ministro de Colombia. 

Fuera de esto, según lo oí al mismo Bello, esa aj encía o 
consulado jeneral tenia menos emolumentos, i mas trabajo, 
que la secretaría de la legación en Londres. 

Don José Rafael Revenga, íntimo amigo de Bolívar, en car- 
ta escrita desde Bogotá con fecha 14 de agosto de 1828, decla- 
raba con franqueza a Bello que el nuevo cargo que se le conferia 
no importaba un adelantamiento en su carrera. 

«De vuelta de Caracas, a donde no llegué ya sino para vi- 
sitar el sepulcro de mi hermano, le decia, he sabido la trasla- 
ción de Usted a Francia, en donde, aunque Usted no tendrá 
el título que corresponde al que ha tenido en Londres, 
tendrá Usted el que es posible todavía, i ademas la gloria de 
promover sus propios ascensos, promoviendo la causa de la 
patria. » 

A pesar de todo, Bello, deseoso de ser útil a sus conciudada- 
nos, pensó ir a Paris siquiera por algún tiempo, a fin de hacer 
esfuerzos para que el gobierno francés reconociera de algún 
modo la independencia de Colombia. 

Sin embargo, se vio obligado a desistir de este propósito, 
porque le fué absolutamente imposible proporcionarse recur- 
sos para costear el viaje. 

Todas estas contrariedades le decidieron a "abandonar la 
Europa, donde no tenia, ni como servir a su país, ni siquiera 
como mantener a su familia. 

Pero, aun en esta estremidad, estuvo dudoso entre ir a Co- 
lombia, o venir a Chile. 

«Bello, no pudiendo subsistir en Europa, escribía Fernández 
Madrid a Bolívar el 30 de noviembre de 1828, so va, no sé si 
a Chile, o a Colombia, porque no está enteramente decidido. 
Con el objeto de suministrarle lo que se le debe de sueldos 
atrasados, los mil pesos a cuenta de su asignación, i la canti- 
dad necesaria para el viaje a Paris, he hecho yo, i el señor 
Bello, por su parte, las mas activas dilijencias para conseguir 
algunos fondos a cambio de mis letras; pero hasta ahora han 



30 \ VIDA 

sido en vano. Bello tiene familia; la falta de sueldos por el 
espacio de un año ha puesto sus negocios en tal estado, que 
no puede menos, según me ha referido, que tomar el violento 
partido que le exije la necesidad. Yo he hecho cuanto ha esta- 
do en mi poder por impedir o evitar la resolución que al fin 
ha tomado el señor Bello de retirarse de Europa i del servicio 
de la república, resolución que me consta le ha sido en estre- 
mo dolorosa.» 

La carta de que estracto el significativo pasaje que acaba de 
leerse se encuentra en las Memorias de O'Leary. 

Toca ahora indagar cuál fué el motivo de las pocas consi- 
deraciones que el gobierno colombiano guardó a un empleado 
tan meritorio como don Andrés Bello. 

Aparece desde luego que se tenia la mas alta idea de su ido- 
neidad i de su honradez. 

Ya he citado anteriormente varios testimonios que lo com- 
prueban así. 

Voi a agregar uno nuevo que los ratifica i los corrobora. 

«Nada hemos tenido de Europa, ni de los Estados Unidos, 
escribía el ministro de relaciones estertores clon Estanislao 
Vergara a Bolívar en 15 de febrero de 1829; pero el señor 
Harrison me ha dicho que el jeneral Jackson es presidente de 
aquella república por nombramiento de los Estados. Tendre- 
mos, pues, un presidente militar en los Estados Uunidos, i 
talvez una administración mas amiga de Colombia, por la sim- 
patía que produce entre los hombres la profesión a que perte- 
necen. 

«Por esta razón, i porque debemos corresponder cuanto an- 
tes a la misión del señor Harrison, es necesario que se nombre 
al ministro de esta república cerca do aquella. El señor Bello 
es excelente, desempeñará mui bien sus funciones, i debe ser 
nombrado; mas, como actualmente le necesitamos en Francia f 
donde es de mucho provecho, yo no creo que debamos darle 
orden para que inmediatamente venga a los Estados Unidos. 
No tenemos con quien reemplazarle en Europa; i no sería ni 
útil, ni decente que, cuando apenas ha tomado posesión, ya lo 
relevemos, i nos quedemos sin ningún ájente en Francia, 



DE DON ANDRÉS CELLO 305 



Sería, por tanto, conveniente para conciliar todos los estre- 
ñios, que Bello, nombrado ministro para los Estados Unidos, 
permanezca, sin embargo, en Francia, hasta agosto o setiem- 
bre, para cuando ya habremos hecho algo con aquel gobierno; 
i que, entre tanto, vaya un encargado de negocios al norte. 
El señor García del Rio lo pretende; pero no cstoi por él, por- 
que ahora no mas ha venido a Colombia, i parecería una in- 
justicia emplearlo con preferencia a otros que han estado 
sirviendo. Estaría yo mas bien por Canahal, o por el doctor 
Aranda; cualquiera de ellos es a propósito, desempeñaría muí 
bien; i desde luego se los propongo a Vuestra Excelencia; i le 
ruego nombre a alguno de ellos, porque el nombramiento es 
importante i necesario.» 

Así, lo que hacía desatender, i aun desairar a Bello, i de- 
jarle sin recursos, no era ningún concepto desfavorable a su 
persona. 

Don Andrés Bello fué, no solo amigo, sino admirador since- 
ro del Libertador. 

Ya he espuesto que, el año de 1823, Bello se complació en ce- 
lebrar las proezas i los méritos de Bolívar en el segundo de 
los fragmentos del poema titulado América; que, el de 1825, le 
dedicó El Himno de Colombia; i que, el de 1828, compuso la 
ardorosa Canción a la Disolución de Colombia, en que invita- 
ba a sus conciudadanos a que defendieran la integridad de la 
gran nación fundada por Bolívar, i a que reconociesen un so- 
lo caudillo, lo que envolvía una alusión mui clara a la supre- 
macía de éste. 

Es cierto que Bello no había hecho ostentación de estos sen- 
timientos. 

La única de las tres piezas mencionadas que salió por en- 
tonces en letras de molde fué el fragmento del poema titulado 
América. 

Bello no imprimió las otras dos, pero solo por motivos lite- 
rarios. 

El Himno de Colombia ofrece la novedad de que el coro sea, 
no un mero estribillo siempre igual, sino una verdadera res- 
puesta a la estrofa. 

V, DE B. 39 



306 



La duda que asaltó al autor de si esta innovación dificulta- 
ría el canto del Himno de Colombia fué lo que le retrajo de 
darlo a luz, cuando seguramente habría sido aprendido de me- 
moria por los pueblos a que estaba destinado, i habría sido eje- 
cutado en las fiestas nacionales. 

Habiendo sometido Bello la canción u oda A la Disolución 
de Colombia a la crítica de Fernández Madrid, éste le contestó 
que estaba buena; pero lo hizo con un tono tan frió, que el 
autor interpretó la respueta de su ilustre colega por una repro- 
bación que se había endulzado con una forma cortes. 

Como Bello era el primero en dudar del mérito de lo que 
componía, guardó en la carpeta aquellos sonoros i valientes 
versos, hasta qu«, en 1881, me permitió hacerlos conocer. 

Estas poesías, por lo mismo que Bello no las publicó sino 
treinta años después de la muerte de Bolívar, suministran un 
testimonio intachable de la sinceridad de los sentimientos que 
espresaba en ellas. 

I efectivamente, Bello se manifestó bien dispuesto en favor 
de Bolívar, aun después do haber determinado renunciar la 
secretaría de la legación colombiana. 

Fernández Madrid, en esa misma carta de 30 de noviembre 
de 1828, en que comunicaba a Bolívar la determinación de de- 
jar la Europa i el servicio do Colombia que Bello habia tomado, 
le decía también lo siguiente: 

«No habiéndome permitido el mal estado de mi salud en 
estos cuatro dias, ir personalmente a reclamar de los directo- 
res de la compañía de minas el error que, en perjuicio do Usted, 
han cometido, abonando a Usted en sus cuentas como pesos 
macuquinos lo que debieran abonarle como pesos fuertes, con 
arreglo a la contrata do arrendamiento do las minas do Aroa, 
les he escrito sobre el particular; i ademas, el señor Bello ha 
ido por encargo mió a hablar con ellos. Han contestado que no 
pueden decidir por sí, i que necesitan consultara la sociedad. 
Así, no puedo decir a Usted nada definitivo, hasta el próximo 
paquete, ni me esliendo mas sobre este particular, porque ya 
lo hago en la carta que le dirijo en unión do Bello. » 

El mismo Fernández Madrid, en cartas de 21 de enero, i 16 



DE DON ANDRÉS BELLO 307 



de febrero ele 18*29, espoñe a Bolívar que está procediendo de 
acuerdo con Bello cu el negoció de las minas de Aroa. 

Se ve claramente que Bello tenia a Bolívar, no solo benevo- 
lencia, sino admiración. 

¿Como se esplica entonces que el libertador presidente no 
reconociese la importancia de los servicios i méritos de Bello, 
i que le mantuviese en una condición subalterna i miserable? 

Cuesta decirlo, pero es la verdad. 

Simón Bolívar se había envanecido con la gloria, el poder i 
la prosperidad. 

Gastaba de ser ensalzado, i se había habituado a las adula- 
ciones mas enormes. 

Se le comparaba con todos los grandes hombres antiguos i 
modernos, i aun con los dioses de la mitolojía. 

Las Memorias de O'Leary suministran datos muí instructi- 
vos sobre este punto. 

Don José Fernández Madrid le proclamaba en carta de 30 de 
setiembre de 1826 «el héroe del siglo.» 

«El poder de Usted, escribía el mismo Fernández Madrid en 
carta de 25 de abril de 1827, parecería fabuloso, si no se pal- 
pase, por decirlo así. Se cree ver a Neptuno apaciguando con 
una voz el furor de las tempestades. Yo he recordado con este 
motivo, i repetido muchas veces, los hermosos versos de Vir- 
jilio que comienzan: Ac veluti magno in populo, i conclu- 
yen: Me dictis movet ánimos, et pectora mulcet.» 

I he buscado ejemplos en las cartas de Fernández Madrid, 
no porque sea, ni con mucho, el mas hiperbólico, sino porque 
es un personaje que figura en esta narración. 

Don Andrés Bello, aunque, como se ha visto, no economiza- 
ba a Bolívar los encomios, era mas medido, que otros. 

Aquella templanza en los aplausos desagradó al triunfador 
ensoberbecido. 

Cierto cortesano, por congraciarse con Bolívar, contribuyó 
- a que este jérmen do malquerencia se desarrollase, refiriéndo- 
le falsamente haber tolerado Bello sin contradecirlos el que los 
enemigos del Libertador acusasen, e injuriasen a éste. 

Las pequeñas causas mencionadas fueron las que produje- 



308 



ron la frialdad con que el gobierno colombiano trató a Bello. 

Mientras tanto, conociendo éste que su situación habia lle- 
gado a ser insostenible, adoptó la determinación definitiva de 
venir a Chile. 

Fernández Madrid escribía a Bolívar con fecha 18 de febrero 
de 1829 lo que: sigue: 

«Entran los abogados que se ocupan de la venta de las minas 
con un mui grueso mamotreto de papelones; voi a lidiar con 
ellos. Obro por mí solo, jporque Bello se fué para Chile desde 14 
del corriente.» 

Luego que Bolívar supo la resolución de su antiguo cama- 
rada, a quien no habia considerado como debiera, se arrepintió 
de su proceder, i procuró reparar su falta, impidiendo que una 
república americana que no fuese Colombia, sacase proveeho 
de los talentos de don Andrés. 

Al efecto, escribió a Fernández Madrid para que retuviera a 
Bello, i le ofreciera una buena colocación; pero la carta llegó 
tarde a Londres, cuando éste habia ya partido. 

Bello solo tuvo noticia de la completa reparación que Bolívar 
ofrecía a sus agravios, por la siguiente comunicación de su 
amigo, que recibió en Chile. 

«13 Hammer Smith Terrace, setiembre 11 de 1829. 

«Mi tan Estimado, como Querido Amigo. 

«¡Ojalá que haya Usted recibido mi anterior dirijida por con- 
ducto del señor Barra; i ojalá que reciba ésta mui pronto! pues 
me lisonjeo de que, en su vista, Usted ha de animarse a ir a 
Colombia. A continuación de ésta, copio a Usted un artículo 
de carta do Bolívar, del 27 de abril; i verá Usted por ella que 
yo acertaba cuando decia a Usted que era imposible que aquel 
no hiciera justicia al mérito do Usted. 

«Esta no tiene otro objeto. Estoi con un fuerte dolor do es- 
paldas, que apenas me permito tomar la pluma. 

«Qué deseos tengo de saber do Usted, mi amado amigo! 
¡Cuánto me interesa su suerte i la de toda su familia! <- ... 

«Voi a remitir al señor Barra como unas sesenta libras que 
han cabido a Usted; ya habrá recibido antes otra partidita. 
«Mi salud así. así; nunca me pongo enteramente bueno. 



DE DON ANDRÉS BELLO 309 



«Pachita saluda a Usted i su señora, i Pedrito lo hace igual- 
mente, sin olvidarse de sus amigos Carlos i Francisco. 

«Adiós; i crea Usted que nunca lo olvidará su amigo de cora- 
zón — J. F. Madrid.» 

El siguiente es el Estrado de carta, del Libertador fecha 
en Quito a 21 de abril de 1829, a que Fernández Madrid aludía. 

«Últimamente se le han mandado tres mil pesos 1 '" a Bello 
para que pase a Francia; i yo ruego a Usted encarecidamente 
que no deje perder a ese ilustrado amigo en el país de la anar- 
quía. Persuada Usted a Bello que lo menos malo que tiene la 
América es Colombia; i que si quiere ser empleado en este 
país, que lo diga, i se lo dará un buen destino. Su patria debe ser 
preferida a todo, i él digno de ocupar un puesto mui impor- 
tante en ella. Yo conozco la superioridad de este caraqueño con- 
temporáneo mió. Fué mi maestro, cuando teníamos la misma 
edad, i yo le amaba con respeto. Su esquivez nos ha tenido 
separados en cierto modo; i por lo mismo, deseo reconciliarme, 
es decir, ganarlo para Colombia. — Es copia — Rúbrica de Fer- 
nández Madrid.» 

Al pié de este estracto, se encuentra la posdata que va a 
leerse. 

«Setiembre 14. 

«Mi Amigo. 

«Quedo encama con un fuerte ataque de pecho. ¡Sea por 
Dios! ¡Qué mundo, mi amigo Bello!» 

El editor de las Memorias de O'Leary ha publicado la res- 
puesta que Fernández Madrid dio en 28 de agosto de 1 829 a la 
carta de Bolívar fecha 27 de abril a que pertenece el pasaje an- 
tes copiado. 

En esa respuesta de Fernández Madrid, se encuentra el pá- 
rrafo siguiente, el cual confirma todo lo que dejo espuesto. 

«Ya sabrá Usted por mis anteriores que, a pesar do todos 
mis esfuerzos, se nos fué el señor Bello a Chile. Le escribiré 



* ílai una nota cío la misma letra del estracto que dice: 
«Solo se recibieron dos mil, que se repartieron con arreglo a las ór- 
denes del gobierno.» 



310 VIDA 

inmediatamente, i le trascribiré el capítulo de la carta de Usted 
que se refiere a él. Por bien que le vaya en Chile, estoi seguro 
de que, si está en su poder, pasará inmediatamente a Colom- 
bia. El recelaba que algún enemigo suyo hubiese informado a 
Usted contra él; yo mil veces me empeñé en despreocuparlo, i 
aun le ofrecí que escribiría a Usted sobre el asunto; pero él 
nunca se decidió a esto. Mucho me alegro que Usted conozca 
todo el mérito de este excelente sujeto; yo lo amo de corazón, 
i creo que, por sus conocimientos, igualmente que por su hon- 
radez, será útilísimo en Colombia. Lo será aun mas allí, que 
empleado en la carrera diplomática, pues él es demasiado tí- 
mido, i demasiado modesto para habérselas con los cortesanos 
de Europa, bien que, en lo sustancial, el señor Bello es, en mi 
concepto, bueno para todo. 

«Nunca se recibieron los tres mil pesos de que Usted me ha- 
bla. Solo recibí dos mil; i como ya el señor Bello so habia 
ido, los distribuí con arreglo a las órdenes del señor Vergara. 
De las pequeñas cantidades que se me han remitido, he con- 
tinuado siempre dando lo que a ésto corresponde en propor- 
ción de lo que le adeuda la república, i lo he entregado a su 
apoderado. 

«En efecto, hemos recibido de cuando en cuando algún au- 
silio; pero aun se debe a todos los empleados de esta legación 
mas de un año de sueldos. » 

El fallecimiento de Fernández Madrid, ocurrido en Londres 
el año de 1830, nos ha privado de las interesantes cartas que 
indudablemente habría continuado, como don José Joaquín 
Olmedo, escribiendo a su inolvidable amigo Bello. 

Don José Rafael Revenga, junto con dejar entender que en- 
contraba justos los motivos para que Bello obrase, como lo ba- 
cía, apelaba a su patriotismo i a su abnegación, a fin de que 
fuera a Colombia, en vez de venir a Chile. 

«Caracas, abril 25 de 1829. 

«Mi Amigo Querido. 

«Aquí recibí una de Usted, en que Usted me participa su re- 
solución de irse a Chile; i solicita que yo coopere a que se lo man- 
den pagar aquí i en Londres los sueldos que se le deben todavía. 



DE DON ANDRÉS BELLO 311 



«Haré lo último por medio de cartas, mientras que perma- 
nezca en esta ciudad, i personalmente, luego que llegue a 
Bogotá. No hablaré mas de ello, pues Usted debe disponer 
francamente de cuanto yo pueda a su favor. 

«Mas ¿por qué se va Usted a Chile? ¿por qué abandona Usted 
a nuestra Colombia? Los motivos que Usted me indica son de 
mucho peso a la verdad; pero no juzgo que deban decidir a 
Usted, porque son comunes a muchos, i porque, si tuviesen 
igual fuerza para con todos, ¿cuál sería el resultado? Hablo, 
sin embargo, cuando ya nada de lo que digo puede ser útil. Co- 
meto, pues, una imprudenea, i he de correjirme. 

«Nuestra Colombia está ya tranquila por todas partes, por- 
que cesó la guerrilla del Cauca; i supongo que ya los peruanos 
estén en sus casas. Se trabaja ahora por disminuir los gastos, 
i por crear fondos con que atender a la deuda esterior. 

«Aquí recibí también carta dé García del Rio, fecha en Car- 
tajena, i en la cual me dice que seguía para Bogotá. No he 
sabido si haya llegado. 

«Frecuentemente veo a Carlos, su hermano de Usted; goza 
de salud, i supongo que escribe a Usted por este correo. 

«Véngase Usted a nuestra Colombia, mi querido amigo; 
véngase Usted a participar de nuestros trabajos i de nuestros 
escasos goces. ¿Quiere Usted que sus niños sean estranjeros al 
lado de todos los suyos, i en la misma tierra de su padre? 

«Póngame Usted a los pies de su señora de Usted; baga Us- 
ted, en mi nombre, mil cariños a sus niños; i créame Usted 
siempre su amigo ex corde — J. R. Revenga. 
«Al Señor Andrés Bello.» 

Los documentos trascritos demuestran superabundantemente 
que. si don Andrés Bello dejó el servicio de Colombia fué, no 
porque el gobierno de este país tuviera alguna queja de cual- 
quier jénero contra su conducta pública o privada, sino solo 
porque él se ofendió por la frialdad i desconsideración persis- 
tente con que se lo trataba, a causa de lo que Bolívar deno- 
mina, en una carta antes copiada, su esqrticez. 



31 i VIDA 



Imputación de infidendía dirijida a Bello por los historiadores 
realistas Blas i Torrente. 

El año ele 1829, trajo para Bello dos poderosos motivos de 
amargo pesar. 

El primero fué haberse visto obligado a separarse del servi- 
cio de Colombia. 

El segundo, haber puesto dos escritores realistas en circula- 
ción por los pueblos de oríjeu español, la calumnia de infiden- 
cia inventada por sus enemigos políticos, en la cual ya me he 
ocupado. 

Don Andrés Bello había tenido por contemporáneo, a un 
médico caraqueño con pretensiones de literato, llamado don 
José Domingo Diaz. 

Este habia publicado una memoria sobre una fiebre epidémi- 
ca de los valles de Aragua, i un monólogo en verso puesto en 
boca de Luis XYÍ al salir para el cadalso. 

Bello habia cometido contra Diaz el crimen de criticar la 
pureza del lenguaje de la memoria, i de negar el mérito poé- 
tico del monólogo. 

Esto fué un primer motivo de malquerencia entre ellos. 

A las ofensas del amor propio, se añadió bien pronto, para 
agriar la enemistad, el encono do las pasiones de partido. 

Don José Domingo Diaz hizo, en 1803, un viaje a España, 
do donde no regresó a Venezuela hasta algún tiempo después 
del trastorno político operado el 10 de abril de 1810. 

Por lo pronto, se adhirió a la causa de la revolución. 

En octubre de 1810, empezó a dar a luz, junto con don Mi- 
guel José Sanz, El Semanapjo de Caíiácas, «papel que, según 
Restrepo, se distinguió por su mérito literario, i por los útiles 
conocimientos que difundió.» 

No trascurrió mucho tiempo sin que Diaz se pasara al ban- 
do realista, en el cual se hizo notable por la exajeracion de sus 
opiniones, i por la violencia de sus indicaciones. 

Don José Domingo Diaz mostró entonces ser hombre de ma- 
las entrañas. 



DE DON ANDRÉS BELLO 313 



Este ruin personaje fué, no solo «el enemigo mas encarni- 
zado del Libertador i de cuantos promovieron la independencia 
de Venezuela», como dice Resfcrepo, sino ademas un calumnia- 
dor de profesión. 

La Gaceta de Caracas, que redactó cuando esa ciudad jemia 
bajo la dominación realista, ha quedado famosa por los em- 
bustes descarados i las difamaciones venenosas. 

A fin de rectificar las falsedades i de refutar las malévolas i 
pérfidas apreciaciones de este periódico, Bolívar hizo aparecer 
en la Angostura El Correo del Orinoco, cuya dirección en- 
comendó a don Francisco Antonio Cea. 

Léase lo que el número 6 del Correo publicaba el año de 
1818 sobre la táctica que Diaz practicaba en la Gaceta. 

«El redactor de la Gaceta de Caracas es veterano, no solo 
en mentir, sino en falsificar. Si antes ha vivido de su lengua, 
ahora vive de su pluma. Nadie estraña que un personaje tan 
ridículo i despreciable se haya propuesto hacerse un nombre 
con su interminable charla de sandeces i chismes. Pero un 
gobierno, si es que hai gobierno bajo un sistema absurdo, 
bárbaro i tiránico, un gobierno que pretende parecerlo, no debe 
permitir por su propio decoro que su Gaceta Oficial sea una 
compilación indi j esta de imposturas groseras, de citas falsas, 
de discursos necios, i el libelo en fin mas despreciado de cuan- 
tos libelos despreciables han deshonrado las letras. 

«El redactor de la Gaceta de Caracas ha fastidiado tanto a 
sus mas interesados lectores, que ha logrado por último no ser 
leído, i menos aun persuadir las mas notorias verdades. Esta 
desgraciada Gaceta produce lo contrario de lo que pretende; i 
las noticias de Caracas merecerían algún crédito, si no las pu- 
blicase Diaz. Mas daño nos haría su silencio.» 

Después del triunfo de los independientes, Diaz, estimulado 
por el odio i el despecho, i anheloso de conseguir que el go- 
bierno español le favoreciera, imprimió, el año de 1829, una 
obra titulada Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas, la 
cual, según Restrepo, es estremadamente apasionada, contra- 
ria a la efectividad de los hechos, i calumniosa. 

I así es la verdad, como no puede menos de notarlo al punto 



314 VIDA 

todo el que tenga el mas lijero conocimiento de la historia. 

Don José Domingo Diaz, en este libro, declara sin pudor que 
empleaba la calumnia para desavenir a los patriotas unos con 
otros, i hacer que se persiguieran. 

Es instructiva bajo este aspecto la parte que, en las pajinas 
213 i 214 de los Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas, 
pretende haber tenido en el trájico fin del jeneral don Manuel 
Piar, mandado fusilar por Bolívar el 16 de octubre de 1817. 

Léase lo que Diaz cuenta sobre el particular. 

«En este tiempo (1817), don Simón Bolívar, escapado do Bar- 
celona, había penetrado hasta el Apure, i unídose a Paez, que, 
así como Piar, le reconocieron por jefe supremo do la república. 

«Piar era uno de nuestros mas terribles enemigos. Valiente, 
audaz, con talentos poco comunes, i con una grande influencia 
en todas las castas, por pertenecer a una de ellas, era uno de 
aquellos hombres de Venezuela que podía arrastrar a sí la ma- 
yor parte de su población i de su fuerza física. Era mas temi- 
ble, que el aturdido Bolívar; i si hubiese vivido, ya el tiempo 
lo habría confirmado. Una casual reunión de circunstancias fe- 
lices rae proporcionó pocos meses después el hacerlo desapa- 
recer. No era necesario para ello sino conocer el irreflexivo 
aturdimiento, la suma desconfianza, la irritabilidad excesiva de 
Simón Bolívar. Así, desde mi habitación, pude excitarlos 
por personas intermedias, i por un encadenamiento de pa- 
peles ^ i de sucesos verdaderos o aparentes. Cuando estaba 
ya lleno de terror, de sospechas i de desconfianzas hacia su co- 
lega, una Gaceta de Caracas, puesta en sus manos, le preci- 
pitó, voló a Guayana i le pasó por las armas. 

«Poco tiempo después, supo la realidad de las cosas; mas ya 
no había remedio: Piar no podía volver a la vida. Su orgullo 
estuvo completamente humillado. Buscaba i ansiaba por la 
venganza, i puso en ejecución la que era posible: la de ofrecer 
dos mil pesos fuertes por mi cabeza. La orden de este ofreci- 
miento, que fué circulada a todos sus jefes de mar i tierra, fué 
cojidaen un corsario por el Orinoco, i publicada por mí en la 
Gaceta de Caracas, a fines do aquel año. El sabe esto aconte- 
cimiento tan bien como yo. Ignoro si lo supieron algunos de 



DE DON ANDRÉS BELLO 315 



sus confidentes; pero yo lo publico porque no tengo para ocul- 
tarlo los motivos de humillación que él ha tenido, i porque me 
importaron, i me importan mui poco, sus amenazas, asechan- 
zas i proscripciones.» 

Los escritores patriotas han desmentido esta relación de Diaz. 

«Todo esto es una patraña de la invención de Diaz, dice Res- 
trepo, pues el Libertador no se hallaba ausente, ni tuvo que ir 
de otra parte a Angostura. Si este cuento hubiera tenido el orí- 
jen que se le atribuye, entonces el señor Diaz también excita- 
ría los horribles proyectos de Piar a fin de conmoverlas castas, 
proyectos que lo condujeron al patíbulo. Semejante excitación 
habría sido un crimen horrendo de parte de Diaz; i no es creí- 
ble que lo cometiera. Así, es probable que se jactara de un 
hecho en que no pudo tener la parte que se atribuye. De tal 
defecto, está plagada toda su obra, hija do pasiones exaltadas, 
i llena de exageraciones contrarias a la verdad do los hechos.» 

El señor don Ramón Aspurúa, en los Documentos para la 
Historia de la Vida Pública del Libertador de Colombia, 
Perú i Bolivia, advierte sobre este punto lo que sigue: 

«Jamas hubo tal cosa, ni podía haberla. ¿Como podían qui- 
tar a Diaz su cabeza, cuando la tenia mui distante délas selvas 
de Guayana, en donde estaban los que debían cortársela, i 
cuando el tal Diaz se hallaba mui resguardado en Caracas? 
Nada: fué que Diaz compuso su libro Recuerdos de la Revo- 
lución de Caracas por los años de 1828 i 1829, con mucho 
despacio, después que todo había pasado, i con la mira de ha- 
cer mas méritos de los que alcanzó bajo Morillo, Monteverde 
i Moxó para obtener del gobierno español un empleo allá en la 
Península, o acá en la isla de Puerto Rico.» 

Pero aun cuando sea una de las muchas patrañas de Diaz 
la intervención que se atribuye en el desgraciado fin del jeneral 
Piar, ello es que este mal hombre preconizaba el empleo de la 
calumnia i de la intriga para enemistar a los patriotas unos con 
otros, i lograr de ese modo que se despedazaran entre sí. 

Tal fué el arbitrio que estimó conveniente para perjudicar a 
don Andrés Bello, a quien aborrecía, no solo por las críticas 
de que antes he hablado, i por emulación literaria ; sino ademas 



316 VIDA 

porque se habia decidido por la causa de la independencia, i 
habia trabajado por el triunfo de ella. 

En los Recuerdos sobre la Revolución de Caracas, se en- 
cuentra el pasaje que voi a copiar. 

«Tal era el estado do las cosas, cuando, en mayo de 1809, lle- 
gó a Caracas el nuevo capitán jeneral propietario, el mariscal 
de campo don Vicente Emparan, llevando consigo colmado de 
favores i beneficios a clon Fernando del Toro, quien, de un sim- 
ple capitán de la guardia real, habia sido elevado al empleo de 
inspector de todas las milicias de la provincia de Caracas, em- 
pleo hasta entonces desconocido, i creado únicamente para él. 

«El capitán jeneral Emparan habia sido anteriormente go- 
bernador de la provincia de Cumaná, una de las de Venezuela; 
i su conducta en aquel gobierno le habia adquirido una elevada 
reputación de actividad, serenidad i firmeza. Así, su elección 
para todos los hombres buenos fué un motivo de esperanza, 
mientras que los conjurados temblaron por ellos. 

«El capitán jeneral Emparan llegó a Caracas; i a poco tiem- 
po, ya se vio que no era el mismo que habia sido en Cumaná. 
Fuese por la política que creyó necesario adoptar en las cir- 
cunstancias de los tiempos, fuese por las en que se encontra- 
ban estos reinos, desplegó un carácter de popularidad desco- 
nocido hasta entonces en los capitanes jenerales, quizás mui 
conveniente en otros tiempos i en otros pueblos i situaciones; 
pero entonces enteramente perjudicial. Los conjurados creyeron 
asegurado su triunfo; le rodearon; i con la influencia do Toro, 
formaron su cortejo, su sociedad i su confianza. Uno de los 
mas queridos por él fué don Simón Bolívar, entonces teniente 
de milicias del batallón de Blancos de Aragua, i do veinte i 
cuatro años de edad, joven ya conocido por un orgullo inso- 
portable, por una ambición sin término i por un aturdimiento 
inesplicable. 

«Los conjurados continuaron sus proyectos con mas ardor, 
libertad i confianza, viendo asegurada la parte mas difícil de 
sus operaciones, esto es, los batallones do milicias que forma- 
ban la fuerza de Venezuela, i a cuya cabeza se hallaba uno 
de sus principales colegas. Su audacia se aumentaba en pro- 



DE DON ANDRÉS BELLO 31.7 



porción de su confianza, en la inconcebible apatía de un go- 
bierno que no lo ignoraba. El teniente del batallón veterano 
clon Mauricio Ayala, i el oficial mayor de la secretaría de la 
capitanía jener al don Andrés Bello, que eran del número 
de los conjurados, se habían presentado al gobernador, 
delatádose como tales, i comunicádole hasta los mas es- 
condidos secretos. Muchas personas respetables le hicieron 
indicaciones de un asunto que se miraba corno público; i el go- 
bernador aplicó por todo remedio al mal el confinar algunos de 
aquellos jóvenes a varios pueblos do la provincia, pero en en- 
tera libertad i comunicación.» 

En seguida, Diaz continúa narrando como, a causa de la 
conducta para él apática e indolente do Em paran, estalló sin 
estorbo el 19 de abril de 1810 la insurrección que derribó en 
Venezuela las autoridades coloniales. 

La simple lectura del trozo precedente descubre toda la per- 
versidad de los propósitos do su autor. 

Diaz repetía las aseveraciones de don Estovan Fernández de 
León en 1815, i de don Pedro Urquinaona en 1820, sin apoyar- 
las en ningún testimonio, ni documento; pero las repetía con 
agregaciones agravantes, fundadas también en su simple dicho, 
que revelan el odio de que estaba impregnado. 

En vez de limitarse a decir, como sus dos antecesores, que 
Bello habia denunciado la conspiración del 2 de abril de 1810, 
añade que era del número de los conjurados; que se pre- 
sentó al gobernador Empavan para delatarse corno tal; i 
que le comunicó hasta los mas escondidos secretos. 

Don José Domingo Diaz no ofrece un comprobante cual- 
quiera de estas diversas acriminaciones, que no so hallan ni 
aun de acuerdo con lo que habían relatado Fernández de León 
i Urquinaona. 

Mientras tanto, la narración prolija i documentada de la 
vida de Bello que voi escribiendo, demuestra toda la inverosi- 
militud de esa calumnia do infidencia levantada contra él por 
los realistas. 

Al reiterar esa antigua acusación, autorizada solo por un 
rumor vago i malévolo, Diaz intentaba una aplicación del sis- 



318 VIDA 

toma que so vanaglariaba de haber practicado en la catástrofe 
del jcneral Piar. 

El mismo Diaz, descoso de atacara Bello por todos lados, le 
enumera entre los fautores de la revolución que triunfó el 19 
de abril de 1810 ; diez i siete dias después de haber fracasado 
la del 2. 

El pasaje acusador que he citado antes, principia en la paji- 
na 1 2 de los Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas. 

Consúltese ahora ese libro en la pajina 400, una de las últi- 
mas; i se hallará allí este trozo curioso, que parece haber sido 
escrito para que la mano que había estampado la calumnia 
fuera también la que contribuyese a borrarla. 

«Un centenar de jóvenes turbulentos trastornó la política de 
una parto del mundo, i cubrió la otra de luto, lágrimas, es- 
queletos i delitos. Un centenar do jóvenes concibió este gran 
crimen, i lo ejecutó a la vista de un gobierno que lo supo, i no 
lo contuvo, i de muchos millares de europeos i americanos 
honrados que lo vieron i quedaron inactivos. Justo es-que pa- 
sen a la posteridad con el horror que se merecen los nombres 
de aquellos que, el 19 de abril de 1810, ejecutaron su proyecto 
de clavar, en el corazón de mi patria, el puñal de la rebelión 
mas indecente e insensata. Designaré sus clases en aquel dia, 
i la suerte que les ha cabido hasta el 10 do agosto do 1828.» 

A este encabezamiento, inspirado por la rabia de la derrota, 
sigue un padrón do los patriotas venezolanos del año diez, que, 
en vez de ser para los comprendidos en él una picota de infamia, 
como Diaz lo deseaba, es un monumento do gloria que consa- 
gra sus nombres a la inmortalidad. 

Ese padrón contiene las siguientes clasificaciones: 

Vivientes el 10 de agosto de 18'28. 

Muertos de enfermedad. 

Muertos en campaña. 

Ejecutados a lanzazos. 

Fusilados. 

Ahorcados. 

Ahoyados navegando. 

Asesinado por sus esclacos. 



DE DON ANDRÉS BELLO 310 



Muerto de hambre. 
Muertos en el terremoto. 

La primera de estas estrañas matrículas empieza por varios 
de los capitulares que componían el ayuntamiento de Caracas; 
i contiene en el décimo lugar el nombre de Simón Bolívar, 
teniente de milicias de infantería, i en el vijósimo, el de 
don Andrés Bello, oficial primero de la secretaría de la 
capitanía j enera!. 

Según esto, Díaz pensaba que Bello había cooperado al me- 
morable movimiento del 19 de abril, puesto que, en castigo 
de semejante participación, le incluía en la nómina de los que 
este realista furioso tenia por reprobos de los hombres i de 
Dios. 

Si, al fin de su libro, Diaz ataca a Bello por revolucionario, 
por actor en la insurrección del 19 de abril, ¿cómo se esplica 
entonces que, al principio, le acuse de haber delatado los pre- 
parativos de esa misma insurrección, i de haber contribuido 
de este modo a que Emparan destérrase a algunos de los que 
la estaban promoviendo? 

El odio cegaba a Diaz, privándole de toda lójica en sus de- 
mostraciones. 

La maldad había sido esta vez bastante torpe para impedir 
que la inocencia brillara con todo su esplendor. 

Efectivamente, no puede haber una invención peor hilada 
que aquella de que nos ocupamos; pero Diaz debía confiar mu- 
cho en la teoría tan hábilmente desenvuelta por el don Basilio 
de Beau marcháis. 

Poco importaba que aquella fuese una fábula absurda. 

Lo que convenia era ponerla en circulación. 

A buen seguro que no habían de faltar ni envidiosos que se 
encargaran dé difundirla, ni j entes indolentes i malévolas que 
la acojieran sin examinar su oríjen i su fundamento. 

Fué precisamente lo que sucedió. 

Desde luego, don Mariano Torrente, escritor español, tan 
atrabiliario como don José Domingo Diaz, copió la acusación 
de éste contra Bello, en una Historia de la Revolución Híspa- 
no- Americana, que compuso teniendo a la vista, i reproducien- 



í-20 



do con frecuencia casi testualmente por lo que respecta a los 
sucesos de Venezuela, los Recuerdos sobre la Rebelión de 
Caracas, i que dio a la estampa en Madrid ese mismo año 
de 1829. 

Yoi a insertar el pasaje de esta obra relativo a la materia en 
discusión. 

«Llegó a esta sazón a Caracas, en el mes de mayo de 1809, 
el nuevo capitán jeneral don Vicente Emparan, llevando con- 
sigo a don Fernando del Toro en la clase de inspector de milicias 
La alta opinión que Emparan había adquirido en su anterior 
empleo de gobernador de la provincia de Cumaná dábalas mas 
sólidas garantías a los amantes del orden de que éste quedaría 
prontamente restablecido; pero ¡cuan sensible fué su desenga- 
ño al ver completamente convertida en estupor i débil condes- 
cendencia su antigua enerjía! Figurándose equivocadamente 
que el carácter de popularidad, desconocido hasta entonces en 
los capitanes jenerales, sería el mas a propósito para granjear- 
se la estimación pública, hizo perder a su autoridad aquel pres- 
tí jio que es la primera base del respeto i de la obediencia. Los 
astutos caraqueños se insinuaron fácilmente en su confianza, 
i con especialidad, ese mismo Bolívar, entonces teniente de mi- 
licias del batallón de Blancos de Aragua, joven bullicioso, tan 
distinguido por su riqueza i lustre de su cuna, como por su 
desmesurada ambición. 

«No faltaron sujetos que trataron de descorrer el velo fatal 
con que los finjidos confidentes de Emparan habían sabido 
encubrir sus artificiosos designios. El teniente del batallón 
veterano don Mauricio Áyala, i el oficial mayor de la se- 
cretaría jeneral don Andrés Bello se liabian delatado como 
cómplices de la conjuración; otras personas respetables con- 
firmaron la existencia de los proyectos revolucionarios; pero el 
gobernador se limitó a imponer leves castigos a algunos de los 
jóvenes denunciados, despreciando impolíticamente aquel mal, 
que, cortado en su oríjen, habría ahorrado la efusión de tanta 
sangre.» 

Se ve que TuiTOíitc reprodujo casi a la letra la versión de 
Díaz. 



SE DON ANDRÉS BELLO 3ÍI 



Iho linicó que hizo fue mitigarla algún tanto, quitándole 
aquello de que Ayala i Bello habían comunicado a Em-paraíi 
hasta los mas escondidos secretos. 

Torrente no agregó, pues, ninguna fuerza al testimonio jus- 
tamente inadmisible de Diaz, 

La docilidad del primero de los escritores mencionados para 
&cojef i apropiarse sin comprobación las aserciones aventura- 
das, i peores que esto, del segundo, le lia atraído las mas me- 
recidas •censuras-. 

fíe aquí lo que el historiador colombiano don José Manuel 
Restrepo escribe sobre este particular en la edición de 1858. 

«Lo que mas se debe estrañar es que el español don Mariano 
Torrente, en su Historia de la Revolución Hispano- America- 
na, haya seguido paso a paso, i sin discrepar, las apasionadas 
■exageraciones del doctor Diaz. Que éste so hubiera dejado arras- 
trar en tíus Recuerdos cíe las pasiones vengativas de la época 
en que vivió en Venezuela, tiene alguna disculpa, por los per- 
juicios i sufrimientos que tuviera; pero que Torrente, allá en 
la Península, hubiera participado de las mismas pasiones, 
-adulterando la verdad de los hechos, ennegrecido su morali- 
dad, i difamado de varios modos a los ilustres venezolanos que 
•combatían por dar libertad e independencia a su patria, es 
conducta que no se puede sufrir, i para la cual, no se halla 
suficiente motivo. Torrente, sin crítica, adopta cuanto asevera 
la calumniosa pluma de Diaz. Probablemente por adular a los 
españoles, sus compatriotas, vulneró la justicia i la verdad, 
denigrando a los patriotas de Venezuela, i acaso a los de toda 
la América antes Española. Decimos acaso, porque no pode- 
mos decidir con seguridad que así fuera.» 

Desgraciadamente, la obra de Torrente, por la actualidad do 
su asunto, tuvo mucha circulación. 

Los émulos de don Andrés, regocijándose de haber descu- 
bierto en ella una pajina con que poder consolarse de la supe- 
rioridad de éste, se pusieron a vociferar de palabra i por escrito 
un hecho cuya impostura eran quizá los primeros en recono- 
cer. 

¡Oh envidia! 

v, DE b. .. 41 



322 VIDA 

Bello, por lo mismo que era inocente, se sintió profunda- 
mente ofendido con semejante imputación. 

Si en realidad hubiera sido culpable, se habría escudado con 
el cinismo del crimen; i a fuerza de descaro, habria impuesto 
silencio a sus detractores. 

En tal caso, nadie le habria arrojado al rostro una injuria 
cuyo golpe habria ciado en falso. 

Pero la delicadeza de un corazón bien puesto, i el pudor de 
la virtud hicieron que Bello esperimentara un dolor punzante 
a la sola idea de que alguien, aun cuando fuera con la punta 
de los labios, pudiera suponerle capaz de haber faltado a su 
deber, de haberse deshonrado. 

Los que se constituían pregoneros de la calumnia de Diaz sa- 
bían esto; pero lo que ellos buscaban era únicamente algo que 
molestase a un hombre cuyo mérito i nombradla envidiaban. 

Así, propalaban con empeño una impostura que, si hubiera 
sido recibida por la víctima con la indiferencia del criminal, 
habrían despreciado como uno de tantos desahogos de la ma- 
levolencia, o del espíritu de partido. 

Don Andrés Bello habria podido confundir a sus gratuitos 
enemigos con una palabra; pero el orgullo de la inocencia 
ultrajada le impidió pronunciarla. 

No quiso sincerarse delante de individuos que trataban, no 
de investigar la efectividad de un hecho, sino de denigrarle, i 
que estaban dispuestos a rechazar todos sus descargos. 

Soportó, pues, en silencio el inmotivado vituperio. 

El agravio que se le infería era tan grande, tan doloroso, que, 
en lugar de quejarse ante los hombres, a quienes los malos 
sentimientos suelen privar de toda equidad, solo tuvo fuerzas 
para implorar de Dios, que lee en los corazones, el perdón de 
los mismos que procuraban infamarle con tamaña injusticia. 

En una de sus mas magníficas composiciones, La Oración 
por Todos, imitada de Víctor Hugo, enseña a una de sus hijas 
una larga i tierna plegaria, que, de rodillas, i con las manos 
juntas, debe elevar al Todopoderoso por amigos i enemigos. 

Bello, en esa plegaria, ha intercalado la siguiente estrofa,, 
que no se halla en el orijinal francés. 



DE DON ANDRÉS BELLO 323 



I por el que, en vil libelo, 
Destroza una fama pura, 
I en la aleve mordedura, 
Escupe asquerosa hiél. 

Me parece indudable que Bello, al escribir esa estrofa, debió 
tener mui presentes a Diaz, Torrente i los demás que le habían 
calumniado. 

Esa sentida oración, puesta en boca de su hija, fué la única 
venganza que Bello tomó contra ellos, la única contestación 
que dio a sus injurias. 



XVII 

Establecimiento de don Andrés Bello en Chile, 

Bello llegó a Valparaíso en los últimos (lias de junio cíe 
1829. 

Encontró que su antiguo amigo el jeneral don Francisco An- 
tonio Pinto estaba rijiendo la república desde mayo de 1827 
como vice-presi dente, por renuncia del presidente jeneral don 
Ramón Freiré. 

Pero casualmente, en ese mismo tiempo, Pinto, por causa 
ád salud, habia resuelto dejar el mando supremo. 

Sin embargo, el dia antes de hacerlo, firmó el decreto tras- 
crito en el siguiente oficio: 

«Santiago, julio 13 de 1829. 

«Con esta fecha, el vice-presidentc de la república ha acor- 
dado i decreta: 

« 1 .° A consecuencia de la autorización concedida por la co- 
misión nacional en 21 de enero de 1828 para crear un oficial 
mayor ausiliar en el ministerio de hacienda, se nombra para 
este empleo a don Andrés Bello, con el sueldo anual de dos- 
mil pesos. 

«2.° Dése cuenta al próximo congreso de este nombramien- 
to; i en el entretanto, abónesele mensualmente el sueldo, de 
la cantidad concedida al gobierno para gastos estraordinarios. 

«3.° Tómese razón en las oficinas cpic corresponda, i despá- 
chese el correspondiente título. 

«De suprema orden, lo comunico a Usted para su intelijeiv 
cia — Francisco Ruiz Tagle. 

«Señor Don Andrés Bello.» 



DE DON ANDRÉS BELLO 



Nuestro protagonista venía a Chile en una época pésima. 

Todos sabemos que este país atravesaba a la sazón por una 
de las convulsiones políticas mas violentas, que ka sufrido. 

La desorganización social era espantosa. 

Los distintos bandos mui exaltados estaban prontos a dispu- 
tarse la supremacía, no solo en las discusiones i en las elec- 
ciones, sino también en los campos de batalla. 

Por desgracia, lo último se realizó al pié de la letra. 

La anarquía mas desenfrenada conmovió la república des- 
de el norte hasta el sur. 

Bello comprendió perfectamente lo que íe tocaba practicar 
en medio de tan deshecha tempestad. 

Era estranjero i pobre. 

Aunque hispano-americano,- había nacido en tierra lejana. 

No tenia en Chile ni parientes, ni camaradas de juventud, 
ni viejos amigos. 

Ocupaba en la jerarquía administrativa un puesto relativa- 
mente subalterno, pues era solo simple oficial mayor de un 
ministerio. 

La prudencia mas vulgar le aconsejaba observar la absten- 
ción mas absoluta. 

Tal fué lo que ejecutó con ia mayor estrictez. 

I para proceder de este modo, no se hizo ninguna violen- 
cia. 

Don Andrés Bello no tenia afición ala política militante. 

Siempre esperimentó una repugnancia invencible para tomar 
parte activa en las disensiones civiles. 

Así, tanto por la circunspección que convenia a su posición 
precaria, i hasta cierto punto aislada, como principalmente por 
inclinación injénita, procuró, entonces i después, mantenerse 
ipartado, en cuanto le fué posible, de las contiendas políticas. 

Bello aspiraba a cumplir en otra forma sus deberes para 
con la sociedad. 



326 vida 



Rivalidad de don Andrés Bello i de don José Joaquín de Mora. 

A pesar de sus deseos i propósitos, Bello, a poco de haber 
llegado a Chile, corrió inminente riesgo de verse envuelto en 
la vorájine de las pasiones políticas. 

Me incumbe ahora referir este incidente de la vida de Bello. 
El acreditado escritor español don José Joaquín de Mora 
había venido de la República Arjentina a Chile, en principios 
de 1828, por llamamiento del presidente don Francisco Anto- 
nio Pinto. 

No había tardado en ocupar la buena posición que corres- 
pondía a su indisputable mérito. 

Había sido nombrado oficial mayor ausiliar del ministerio 
del interior; habia establecido dos colejios, uno de hombres 
rejentado por él mismo, i otro de mujeres, dirijido por su es- 
posa; habia fundado una revista, que tuvo por nombre El Mer- 
curio Chileno. 

Algún tiempo antes, i a propuesta del plenipotenciario don 
Mariano de Egaña, habían sido traídos por contrata otros dos 
españoles muí recomendables e ilustrados: el médico don José 
Passaman, i el matemático don Andrés Antonio de Gorbea. 

Mora se asoció con estos dos paisanos suyos para algunos de 
los variados trabajos de que se encargó. 

Gracias a esta importante cooperación, i a la decidida protec- 
ción del gobierno, adquirió pronto una marcada influencia en 
la sociedad chilena. 

La diversidad de sus conocimientos algo superficiales, pero 
jenerales, que sabia lucir, contribuyó mucho a fortalecer ese 
prestijio. 

Encantaba a sus oyentes en las tertulias, i a sus lectores en 
los periódicos, con un injenio i una agudeza realmente admi- 
rables. 

Don Domingo de Alcalá, que viajaba por Chile en 1828, es- 
cribía desde Valparaíso, con fecha 5 de agosto, a su primo el 
jcneral don Antonio José de Sucre, lo que va a leerse; 



DE DON ANDRÉS BELLO 327 



«La constitución corre por obra de Mora (editor de la ex- 
Cróniga de Buenos Aires). Este señor es ahora el niño bonito 
de aquí, mimado por todos, i especialmente por el gobierno, 
cuyo Mentor es. A la verdad, creo que sabe mas que todos los 
hombres de este país; o al menos, cuando sus talentos no sean 
mas distinguidos, tiene la ventaja de saber mas. El goza de 
un sueldo por la nación; i su señora ha establecido un colejio 
para niñas, que me han alabado mucho. El señor Mora es in- 
dudablemente una persona útil dondequiera que esté; él escribe 
en los papeles públicos sobro materias jenerales con bastante 
juicio i liberalmente; pero, si, por su desgracia, se injiriera en 
los asuntos particulares i políticos de los partidos, sería, como 
en Buenos Aires, víctima del primer movimiento popular. Su- 
pongo que habrá quedado escarmentado, i que se abstendrá de 
mojar su pluma en la bilis de los partidos.» 

Sin embargo, don José Joaquín de Mora no tardó en compro- 
meter su posición, porque, arrastrado por una vocación loca 
a los debates i disensiones civiles, i muí distinto en esto de Be- 
llo, se lanzó, contraía previsión de Alcalá, a lo mas reñido de 
la reyerta. 

Era un luchador incansable, que no guardaba consideracio- 
nes a sus adversarios ni con la lengua, ni con la pluma. 

Esta conducta le atrajo naturalmente en todas partes muchas 
enemistades. 

En Chile, no le escasearon. 

Don José Joaquín de Mora, que había tenido el honor de 
redactar la constitución de 1828, se hallaba mui ligado con los 
liberales, los cuales juzgaban consignado en ese código su 
programa político. 

Lo espuesto dio orí jen a que los conservadores malquisiesen 
sobre manera a Mora, quien, por su parte, se mostraba con 
ellos buen pagador. 

Entre las hostilidades que ensayaron contra Mora, se contó 
la de oponer al Liceo de Chile, nombre del establecimiento 
que dirijia, otro de igual clase denominado Colejio de Sari' 
tiago. 

Los trastornos de 1829 i de 1830 derribaron del poder a los 



3?í> VIDA 

amigos de Mora, i entregaron la dirección del estado a sus ad- 
versarios mas implacables, entre otros, al presbítero don Juan 
Francisco Menéscs, i a don Diego Portales, el caudillo mas 
influente del partido dominante. 

Sin embargo, Mora no cedió el campo sin resistencia. 
A pesar de los disturbios que ajitahan a Chile,, i a pesar de 
los rudos i constantes ataques de que era blanco, desplegó» par- 
ticular empeño en mejorar el Liceo. 

Para ello, abrió, el 20 de abril de 1830, una clase de orato^ 
ria, a que dio principio con una Oración Inaugural, que llama 
mucho la atención pública aun en medio de las conmociones 
intestinas de la época. 

Efectivamente, era aquella una producción literaria escrita 
con bastante elegancia, que daba a conocer la destreza de su 
autor en el manejo de la pluma, pero que sobre todo sacaba su 
importancia do la situación especialísima en que se encontraba 
Mora, al mismo tiempo objeto de admiración entusiasta para 
unos, i de animadversión profunda para otros. 

Casi todos los profesores del Colejio de Santiago eran fran^ 
ceses recientemente venidos de su país. 

Mora se aprovechó de esta circunstancia para dirijir en su 
discurso un formidable golpe contra el establecimiento rival. 
Principiaba por lamentar con insistencia la corrupción que 
se habia introducido en la lengua castellana. 

Proseguía haciendo una rápida esposicion de su decaden- 
cia. 
Por fin, agregaba: 

«Consideradla en su actual desaliño i prostitución, despoja- 
da de sus galas castizas, de su lozana desenvoltura, de su no-* 
ble gallardía; servil c imitadora de escritores estraños, i órgano 
venal de los libreros del Sena i del Carona. En esos impuros 
manantiales, bebe nuestra juventud los principios del saber; 
de este fango inmundo, debe lanzarse a la esfera de la vida 
pública; feliz cuando evita el yugo de algún pedante ultrama- 
rino que empieza a iniciarse en la lengua que va a servirle de 
intérprete el mismo dia en que abre su almacén de enseñanza 
rutinera, i que, semejante al sofista de que habla Cicerón, restb 



DE DON ANDRÉS BELLO 329 



tuye los alumnos al hogar paterno doblemente mas estúpidos, 
que cuando vinieron a sus manos.» 

I no contento Mora con asestar en castellano aquel dardo 
envenenado, copiaba al pié de la pajina la frase latina que apli- 
caba a sus adversarios los profesores franceses del Colejio do 
Santiago. 

El primer rector de este establecimiento, presbítero don Juan 
Francisco Menéses, habia ascendido al cargo de ministro de 
estado por consecuencia de los trastornos políticos de 1829. 

Deseando los sostenedores del Colejio de Santiago encomen- 
dar la dirección de él a una persona cuyo prestijio igualase al 
de Mora, la confiaron a don Andrés Bello, quien debia rejentar 
juntamente las clases de lengua i literatura castellana, i de 
lejislacion. 

A causa de esto, Bello se encontró colocado frente a frente 
de Mora. 

Como debe presumirse, los profesores del Colejio de Santia- 
go, casi en la totalidad franceses, se indignaron sobre manera 
por las alusiones agraviantes de la Oración Inaugural. 

Habiendo determinado responder al ataque, empezaron a 
insertar, desde el 13 de mayo de 1830, en El Popular, uno de 
los principales órganos del partido conservador, una serie de 
artículos mui virulentos contra el Liceo. 

Mora, i el público en jeneral, creyeron i propalaron que eran 
de Bello. 

Sin embargo, éste, en una carta dirijida al editor de dicho 
periódico, declaró que esos artículos eran suyos solo en parte. 

«Señor Editor. 

«La mención que se ha hecho de mí en El Mercurio de 
Valparaíso, atribuyéndome ciertos artículos de El Popular 
relativos al Liceo, me obliga a hacer algunas explicaciones, 
que ruego a Usted se sirva insertar en su periódico. 

«Lo que se llama excitación al gobierno no es mia, ni se 
ha hecho con mi participación. 

«En las discuciones puramente literarias^ he tenido parte, 
i solo en ellas. He dado apuntes, i muchos de éstos se han in- 
sertado a la letra; pero Usted sabe mejor que nadie que la re- 



330 VIDA 

daccion de los artículos no es mia. No por eso me descargo de 
los errores que pueda haber en ellos; al contrario, declaro 
francamente que lie concurrido en las opiniones espresadas so- 
bre todos los puntos de la controversia literaria. Santiago, 2 
de julio de 1830. — Andrés Bello.» 

En cuanto a mí, reflexionando en el asunto, me he conven- 
cido do que la participación de nuestro autor en esta polémica 
no fué otra, que la que él mismo especificó. 

Lo primero, porque Bello era un hombre que se respetaba 
demasiado a sí mismo para faltar a la verdad. 

Lo segundo, porque, durante toda su vida, empleó la mayor 
moderación en sus conversaciones i en sus escritos. 

I lo tercero, porque, habiendo tenido yo ocasión de exami- 
nar muchos de los borradores suyos, que se han conservado, 
he encontrado entre ellos solo los trozos de esos artículos refe- 
rentes a materias literarias. 

Preciso es confesar que las observaciones de Bello, sobre no 
ser siempre justas, se referían solo a detalles, que a veces eran 
poco importantes. 

El lector puede juzgarlo por sí mismo, pues voi a mencio- 
narlas . 

Las observaciones relativas a la Oración Inaugural se re- 
ducían a las siguientes: 

«Pajina 2. a i otras. Se halla la palabra jenio. Abrase el 
Diccionario de la Academia, i se verá que esta palabra no ha 
significado jamas la facultad de crear. Para espresar esta idea, 
los autores clásicos emplean constantemente la palabra inje- 
nio. Capmani, cuya autoridad en esta materia es conocida, ha 
dicho formalmente que el uso de jenio en el sentido de que se 
trata es un galicismo. 

«Pajina 3. a Concepción no es la palabra propia para esprimir 
la idea concebida por el entendimiento. Debió decirse concepto. 
«Id. i otras. Los buenos filólogos enseñan que lo como acu- 
sativo masculino de la tercera persona no es correcto, aunque 
el uso de los andaluces es diferente. 

«Pajina 6." Relrazar solo significa i'olver a trazar, i no 
ofrecer o presentar a la vista. 



DE DON ANDRÉS BELLO 331 



«Pajina 7. a Dédalo por laberinto es un purísimo gali- 
cismo. 

«Pajina 8. a El señor Mora cita el verbo embellecer como 
uno ele los neolojismos modernos. Consúltese el Diccionario 
dé la Academia, i se verá que es tan puro como hermosear. 

«Pajina 18. ¿Se servirá el señor Mora decirnos en qué con- 
sistía la moderación de Ciro? 

«Pajina 19. El 'prurito de los adelantos. Prurito en espa- 
ñol es una palabra de censura, i no de alabanza. Adelantos no 
es catellano; debió decirse adelantamientos. 

«Pajina 4. a ¿Qué quiere decirnos el señor Mora en aquello 
de que el hombre ha adivinado las esencias materiales? 
¿Ignora el director del Liceo que el hombre solo conoce los 
efectos de las cosas, i que los principios son inaccesibles a su 
razón, i permanecen ocultos entre los misterios de la creación? 

«Id. ¿Qué significa las cantidades metafísicas? ¿La canti- 
dad no es por sí misma un ente abstracto, i por consiguiente, 
metafísico? ¿Hai cantidades que sean mas metafísicas, que 
otras? 

«Pajina 9. a La topografía de la peregrinación mental es 
una frase e[ue junta la impropiedad a la afectación. No se dice 
topografía, sino itinerario, cuando se habla de viajes o pere- 
grinaciones; i por otra parte, no es hacer un gran beneficio a 
nuestra bella lengua querer naturalizar en ella el estilo ridícu- 
lo que la crítica juiciosa de Moliere desterró largo tiempo há 
de la suya. 

a Pero hé aquí la prueba mas decisiva de la ignorancia de un 
hombre que se precia de literato, i profesa públicamente la 
elocuencia. En la pajina 17, so dice: así disponían de Atenas 
i de la Grecia toda Isócrates i Demóstenes; del mundo ro- 
biñano, Calidio i Cicerón. No decimos nada de la comparación 
ejue se hace entre Isócrates i Demóstenes, aunque los princi- 
piantes de retórica saben c[ue Isócrates no pudo jamas disponer 
de la Grecia, porque la debilidad ele sus órganos no le permitía 
subir a la tribuna; que se contentó con abrir una escuela ele 
elocuencia, i no fué mas que un maestro de retórica, celebrado 
a la verdad por la pureza de su estilo i la suavidad i abun- 



332 VIDA. 

dancia de su elocución, pero destituido de aquella cualidad ca- 
racterística délos oradores populares, de aquella fuerza de pen- 
samientos i espresiones tan poderosa i tan terrible en la boca 
de Demostenes. ¿Pero qué diremos del que, en un discurso pú- 
blico, en un discurso inaugural de la clase de oratoria, pone en 
primer lugar, i al lado de Cicerón como orador i personaje ce- 
lebre, a un hombre tan desconocido como Calidio? ¿Dónde es- 
tán las arengas de ese orador que tuvo bastante poder para 
disponer del mundo romano? ¿Qué cargos importantes obtuvo 
en la república? ¿De qué precipicio la«salvó? ¿Qué medidas le 
dictó? ¿Qué leyes conservan su nombre? ¿Qué historiadores 
hablan de él? El único testimonio que se halla de él en toda 
la antigüedad se encuentra en Cicerón. ¿I qué idea nos da de 
él Cicerón? Que era un abogado que se distinguía bastante por 
una cierta elegancia i armonía de dicción; pero que carecia 
absolutamente de elevación i vehemencia. Hé aquí, pues, el 
hombre que nuestro profesor de elocuencia nos representa co- 
mo uno de los dos grandes motores i reguladores del imperio 
mas poderoso del mundo, igualándole nada menos que al padre 
de Roma i de la elocuencia romana. » 

La cita que acaba de leerse dará a conocer la clase de crítica 
que don Andrés Bello hizo en aquella ocasión a don José Joa- 
quín de Mora. 

Paso ahora a presentar un ejemplo de la manera como éste 
le contestaba en tono igualmente iracundo i zahiriente. 

Mora, en vez de defenderse desde las columnas de los perió- 
dicos establecidos, dio a luz sucesivamente tres papeles sueltos, 
que denominó Comentario a un Artículo del Popular, i que 
firmó: Los Alumnos de Oratoria, del Liceo. 

Yoi a reproducir la parte en que respondia a las críticas de 
Bello que antes he copiado. 

«Sobre la palabra jen io. Literato que no tiene mas criterio 
que el diccionario de la lengua es poca cosa. Ese mismo Cap- 
mani que se cita como testo en El Popular no hacía mucho 
caso de la tal compilación. Véase su introducción al Teatro 
de la Elocuencia. Jcnio, en el sentido en que se usa en la 
Oración Inaugural, se halla en las obras de Meléndez,dc Quin- 



DE DON AXDÍíKS BELLO 333 



tana, do otros muchos. Hasta el mismo Popular decia no há 
mucho: el jen ¿o creador de un ministro. 

«.Concepción no és palabra, propia, para (¡qué armonía!) 
esprimir la idea concebida por el entendimiento. El Po- 
pular no es palabra propia para esprimir una autoridad en 
materia de gusto. Cítese otra de mas peso, i entonces se res- 
ponderá. 

«Los buenos filólogos enseñan que lo como acusativo 
masculino de la tercera persona no es correcto. León, Gra- 
nada, Cervantes, casi todos los escritores clásicos del siglo XVI 
usaban indistintamente lo i le, como acusativo masculino. El 
mismo Hermosilla, citado por El Popular, dice: los escrito- 
res antiguos no siguieron en este punto una regla unifor- 
me. Los buenos filólogos se reducen a la Academia i a Her- 
mosilla. En cuanto a la Academia, muchas de sus reglas han 
sido abandonadas por la escuela de Jovellános. En cuanto a 
Hermosilla, es un escritor de los muchos cuya autoridad se 
admite o se rechaza, según el gusto de cada cual. ¿Se creerá 
que Hermosilla puede decidir cuando el autor del Quijote du- 
daba? 

«Retratar solo significa volver a trazar. La partícula re 
antepuesta a un verbo francés significa la repetición de la ac- 
ción espresada por el verbo; mas no sucede lo mismo en caste- 
llano, i todavía no estamos en el deplorable caso de someter 
nuestro idioma a semejantes gringadas. Reconvenir no signi- 
fica volver a convenir; recargar no significa volverá cargar; 
reunir no significa volver a unir. Re trazar es lo mismo que 
trazar con fuerza, i mas que se diga otra cosa en el Diccio- 
nario de la Academia, recurso ordinario de los que no tienen 
otro recurso. 

«Dédalo por laberinto es un purísimo galicismo, usado, 
sin embargo, por otros escritores de nota. El si volet usus lo 
ha bautizado. 

«Embellecer es tan puro, como hermosear; i dale con el 
diccionario, cuya autoridad rehusan todos los literatos de nota, 
Cítese un autor del siglo XVI que lo use, i lo creeremos. 

«Sírvase el señor Mora decirnos en qué consistía la mode> 



334 VIDA 

ración de Ciro. El señor Mora no- se sirve responder a tan cra- 
sa majadería, porque emplea mas útilmente el tiempo; nosotros 
lo haremos en su lugar. La moderación fué la virtud eminente 
de Ciro; resplandeció en su famosa respuesta a su abuelo As- 
tiájes, en la conducta que observó durante su residencia en Me- 
dia, en su conversación con Ciajáres sobre la modestia del 
vestido; en haberse negado a ver a su cautiva Pantea, temero- 
so de la impresión que podría hacerle su hermosura; en los 
admirables consejos que dio a sus huestes después de la toma 
de Babilonia; en fin, en cada una do las acciones que de aquel 
hombre célebre nos han conservado Jenofonte i otros historia- 
dores. Si hai en esta capital algún literato francés, digno de 
tal nombre (lo que absolutamente ignoramos), sabrá dar su 
verdadero valor a la autoridad siguiente: — Ciro fué el conquis- 
tador mas prudente, i el héroe mas cumplido de la historia 
profana. No le faltó ninguna de las cualidades que forman los 
grandes hombres: sabiduría, moderación, grandeza de alma, 
etc. — (Rollin, Cours d'Etudes, parte 3, capítulo 2.) 

«Prurito es una palabra de censura. Prurito es el nombro 
culto de comezón, i no significa otra cosa que deseo vehemente. 

«Adivinar las esencias materiales, en estilo figurado, es 
conocer las sustancias en toda la ostensión a que pueden al- 
canzar nuestros órganos. Mucho mas es todavía adivinar el 
secreto de la creación, i podrían citarse grandes hombres que 
lo han dicho. 

«Cantidades metafísicas son las cantidades que no son 
físicas, ya que es menester a veces hablar en necio, según la 
jente con quien se habla. Hai cantidades mas metafísicas que 
otras, como son las del áljebra con respecto a las de la aritmé- 
tica, el cálculo de los infinitos con respecto a la jcometría. No 
hai principiante de nuestra clase de matemáticas que ignore 
estas cosas. 

«Topografía de la peregrinación mental es el cuadro de 
los puntos mentales que han de recorrerse en un curso de es- 
tudios. Es una figura que nada tiene de afectado, porque en 
un sinnúmero de locuciones atribuimos el movimiento al alma; 
i que nada tiene do impropio, porque donde hai peregrinación, 



DE DON ANDRÉS BELLO 33í 



hai serie de lugares, i la representación de éstos se llama to- 
pografía. 

«I Sócrates no disponía, de la suerte de la Grecia, parque 
no fué mas que un maestro de retórica. Isócrates fué algo 
mas: fué el oráculo de la elocuencia, el maestro de los prime- 
ros oradores de aquel país; disponía de la suerte de la Grecia, 
porque suministraba las armas con que sus discípulos conmo- 
vían a la nación. 

«Calidio fué un personaje desconocido . ¡Qué arrogancia! 
¡Qué tono de oráculo! ¡Qué descansado quedaría el autor de 
semejante necedad! Copiamos a Cicerón, i sea en castellano, 
porque, en esto de latin, sabemos que hai sus trabajos: — Cali- 
dio no fué un orador común, sino que tuvo méritos singula- 
res. Sabe revestir con espresiones suaves i finas sus conceptos 
esquisitos i elevados. Nadie lo sobrepuja en el fácil manejo de 
la palabra. Ningún orador se ha servido con mas maestría de 
la locución. Su dicción es incomparablemente pura i fluida-, 
todas sus voces están en el lugar que les corresponde; no em- 
plea ninguna baja, dura, desusada, violenta. Es eminente, en 
el estilo figurado, del cual se vale con tanta naturalidad, que 
parece siempre colocado en el lugar que le corresponde. (Bru- 
to, 274 i siguientes.) — Suprimimos otros muchos elojios, por- 
que los citados bastan para acreditar el profundo saber del 
articulista; i solo preguntamos si no es lícito suponer que 
ejercería un grande influjo en el país de la elocuencia un ora- 
dor de quien Cicerón hace tan magnífico elojio.» 

Los trozos que acaban de leerse dan a conocer cuál fué la 
sustancia de la famosa polémica trabada entre Mora i Bello. 

Como puede presumirse, hubo réplicas i duplicas sobre los 
puntos mencionados, i sobre otros. 

En unos, la razón asistía a Mora; en otros, a Bello. 

Sin embargo, preciso es confesar que las materias contro- 
vertidas no merecían que aquellos insignes literatos se hubie- 
ran batido por ellas con tanto encarnizamiento en palenque 
cerrado. 

Pero era tal el prestí jio de que el uno i el otro gozaban en el 
país, que lograron interesar vivamente al público en la cues- 



336 VIDA 

tion, i esto al día siguiente, puede decirse, de la batalla de 
Lircai, i en medio de las apasionadas conmociones políticas 
de 1830. 

La excitación éil gobierno que Mora echaba en rostro a sus 
adversarios, i en la cual Bello, en la carta al edictor de El Po- 
pular, protestaba no haber tenido participación, aludía a la 
suspensión de los ausilios pecuniarios con que el gobierno con- 
tribuía al sostenimiento del Liceo, 

La medida mencionada obligó a Mora a cerrar el Liceo por 
falta cíe recursos ¡ 

La oposición de Mora al gobierno del presidente don José 
Tomas Ovalle, i del ministro don Diego Portales, se acrecentó 
desde entonces, i tomó, como es fácil concebir, un tono mas 
furibundo del que habia tenido anteriormente. 

Portales, que se preciaba de pertenecer a la categoría de los 
políticos titulados enérjicos, esto es, de los que no se contienen 
por consideración alguna, no soportó por largo tiempo la con- 
ducta de Mora, i mandó, en febrero de 1831, primero, que fue- 
ra preso, i en seguida, que saliera del país. 

Mientras tanto, Bello, dueño de sí mismo, i apreciador exacto 
de la delicada situación en que se hallaba, se alejó prudente- 
mente de la lucha encarnizada en la cual habia estado a punto 
de verse envuelto. 

Trascurridos los años, los dos émulos echaron jenerosamen- 
te al olvido sus antiguas desavenencias, i se hicieron recípro- 
ca justicia. 

Cuando Mora imprimió las Leyendas Españolas, Bello 
juzgó esta obra como sigue en El Araucano, fecha 27 de no- 
viembre de 1840. 

«Esta es una colección de poesías, digna de la fecunda i bien 
cortada pluma de su autor, que ha ensayado en ellas un jénero 
de composiciones narrativas que nos parece nuevo en castella- 
no, i cuyo tipo presenta bastante afinidad con el del Beppo i 
el Don Juan de Byron, por el estilo alternativamente vigoroso 
i festivo, por las largas digresiones que interrumpen a cada 
paso la narración (i no es la parte en que brilla menos la viva 
fantasía del poeta), i por el desenfado i soltura de la versifica- 



DE DON ANDRÉS BELLO 337 

cion, que parece jugar con las dificultades. En las Leyendas, 
fluye casi siempre^ como de una vena copiosa, una bella poe- 
sía, que se desliza mansa i trasparente, sin estruendo i sin 
tropiezo; sin aquellos, de puro artificiosos, violentos cortes del 
metro, que anuncian pretensión i esfuerzo; i al mismo tiempo, 
sin aquella perpetua simetría de ritmo, que empalaga por su 
monotonía: todo es gracia, facilidad i lijereza. I no se crea que 
es pequeño el caudal do galas poéticas que cabe en este modo 
de decir natural, sosegado i llano, que esquiva todo lo que hue- 
le a la elevación épica, i desciende sin degradarse hasta el tono 
de la conversación familiar. Sus bellezas son de otro orden, 
pero no menos a proposito que las de un j enero mas grave para 
poner en agradable movimiento la fantasía. Antes si hemos de 
juzgar por el efecto que en nosotros producen, tiene esto estilo 
un atractivo peculiar, que no hallamos en la majestad enfática 
que algunos han creído inseparable de la epopeya. » 

Por su parte, don José Joaquín de Mora dedicó al Código 
Civil Chileno un artículo en La América, número 19, tomo 
7, fecha 12 de diciembre de 1862. 

En ese artículo, se leen los siguientes conceptos favorables a 
la situación de Chile. 

«Son tan imperfectamente conocidas en Europa, i muí espe- 
cialmente en España, las condiciones sociales i políticas, i aun 
ias jeográficas i locales del continente americano, antiguo asien- 
to de nuestro vastísimo imperio colonial, que apenas hai entre 
nosotros quien sepa darse razón del singular espectáculo que 
presenta Chile, puesto en oposición al que aílije al hombre de- 
seoso del bien al echar una ojeada en la suerte de las repúbli- 
cas sur-americanas. Entre ellas, las que no entran en el nú- 
mero de las que apenas han gozado do un corto período de 
interrupción de la guerra civil que desde su emancipación las 
ha devorado, como ha sucedido en Méjico i en las provincias 
del Rio de la Plata, han sido teatro de incesantes conspiracio- 
nes, de frecuentes cambios de gobierno, de luchas sangrientas 
entre encarnizadas facciones, con largos intermedios de con- 
fusión i anarquía. Tal ha sido la suerte del Perú, de Bolivia, 
del Ecuador i délos estados de la América Central. Chile tam« 

v. DE B, 43 



33t> VIDA 

bien ha pasado por algunas de estas vicisitudes, aunque en 
mucho menor escala que sus compañeras, pero con asombro 
jeneral la hemos visto despertar repentinamente do aquella 
funesta pesadilla, ahogar con mano firme las sierpes de la dis- 
cordia, formar de toda su población un todo acorde i compacto, 
i lanzarse ardorosa, encrjica i animada del mas noble entusias- 
mo-i del mas ferviente patriotismo, en la carrera délos ade- 
lantos i de la civilización.» 

Mora atribuía estos benéficos resultados obtenidos por la re- 
pública chilena a la homojeneidad de la población; al aisla- 
miento del territorio; «al buen sentido i la índole templada i 
calculadora de sus habitantes»; a la libertad del tráfico; i auna 
acertada organización de la instrucción pública, en la cual se 
complacía en reconocer que so debia mucho a su antiguo com- 
petidor don Andrés Bello. 

Calificaba ademas al último «de gran jurista i de profundo 
literato». 

Declaraba también que el tratado del verbo, escrito por Be- 
llo (Análisis ideolójica de los tiempos de la conjugación cas- 
tellana), era «una de las mas preciosas joyas de la filolojía 
moderna». 



Majisterio.de don Andrea Bello en Chile. 

El reino de Chile era una de las comarcas de la América Es- 
pañola en que se había prestado ménos_atcncion al cultivo in- 
telectual. 

La ignorancia era casi jeneral. 

Sin embargo, por una feliz inspiración, varios de los esta- 
distas que promovieron la revolución de la independencia, des- 
plegaron el mas laudable empeño por fomentar la ilustración, 
i por proporcionar a sus descendientes aquello que lamenta- 
ban tanto no haber poseído. 

La realización paulatina, pero persistente, de tan bien conce- 
bido pensamiento, ha sido una de las causas principales de la 
prosperidad material i moral que nuestra república ha alcan- 
zado. 



DE DON. ANDRÉS BELLO 339 



Don Juan García del Rio dio a luz en El Repertorio Ame- 
ricano un interesante artículo titulado Revista, del estado 
anterior i actual de ¡a instrucción en la América antes 
Española, donde hace el siguiente resumen de los progresos 
en esta materia que los chilenos habían obtenido aun en me- 
dio de las inquietudes de la guerra con la metrópoli. 

«Desde el año de 1813, dice, decretó el gobierno de Chile 
se abriese escuela gratuita de primeras letras en todo lugar 
que tuviese cincuenta vecinos, costeada por los propios del 
pueblo; i también que se estableciese en cada villa una escuela 
de mujeres. En agosto del mismo año, sobre las ruinas de casi 
todos los establecimientos literarios que había, formó el ilus- 
trado don Juan Egaña un plan de estudios para el Instituto 
Nacional, o escuela normal, que se planteó inmediatamente en 
Santiago, i para los que mas tarde se abrieron en las capita- 
les de los departamentos de Coquimbo i Concepción. Sojuzga- 
do el país en 1814 por el jeneral español Ossorio, volvió a, 
sepultarse en las tinieblas el Instituto; mas resucitó después 
de la gloriosa acción de Chacabuco, que restauró al estado de 
Chile. Edúcanse allí actualmente mas de cuatrocientos jóvenes, 
a espensas del público. Entre otras, hai cátedras de derecho 
nacional, natural i de jentes, de economía política, elocuencia 
e historia literaria, matemáticas puras i mistas, física esperi- 
mental, i de idioma francés e ingles. Son dignos de elojio por 
su celo en difundir la ilustración en estos ramos los señores 
Lozier, Egaña, los dos hermanos Cobos, Amunátegui, Marín, 
Lira i Sepúlveda. A principios de 1822, so estableció en la 
capital una escuela lancasteriana; se mandó después abrir dos 
mas, una para cada sexo; i debe estenderse el sistema de ense- 
ñanza mutua a otras partes del país. Las escuelas particulares 
se han multiplicado considerablemente. Se ha establecido en 
Santiago una academia militar; otra de náutica en el departa- 
mento de marina de Valparaíso; i por último, el gobierno ha 
decretado se planteen gabinetes de mineraíojía, de historia na- 
tural i de física, i ademas un observatorio astronómico, i un 
laboratorio químico, mandando se adopten los mejores sistemas 
conocidos de enseñanza en los distintos ramos de la ciencia.» 



340 VIDA 

Aunque la falta de recursos i de elementos obligó a dejar en 
el papel algunas de estas mejoras, el haberlas decretado solo 
demuestra el anhelo que había de favorecer la instrucción pú- 
blica. 

El año de 1825, varios profesores i alumnos distinguidos del 
Instituto Nacional, entre los cuales, ademas de algunos de los 
ya mencionados por García del Rio, se contaban don Pedro 
Fernández Garfias i don José Miguel Varas, formaron bajo la 
dirección del rector don Garlos Ambrosio Lozier,. una sociedad 
para aprender i propagar los nuevos métodos elementales. 

Sus trabajos fueron dados a luz en El Redactor de la Edu- 
cación, periódico de que alcanzaron a salir seis números. 

Fernández Garfias tradujo, en los años de 1826 i de 1828, 
varias partes del Método de Ordinaire para la enseñanza del 
latin. 

Don José Miguel Varas publicó en 1828 sus Lecciones Ele- 
mentales de Moral. 

Como se ha visto, eso mismo año de 1828, se crearon el Li- 
eeo de Chile, i el establecimiento de niñas dirijido por la seño- 
ra de Mora; i en el siguiente de 1829, el Cólejio de Santiago, i 
poco después^ el establecimiento de niñas dirijido por la señora 
Versin . 

Habia, pues, en Chile, a la llegada de don Andrés Bello, un> 
vivo anhelo de fomentar la instrucción, i se hacían esfuerzos 
para mejorarla i difundirla. 

El presidente don Francisco' Antonio Pinto habia atendido 
particularmente, con solícito esmero,, a este importante ramo* 
del servicio público.. 

En medio de los múltiples negocios que debía resolver, i dé- 
las frecuentes conmociones civiles propias de un país aun no 
bien organizado, supo encontrar tiempo para asistir a los exá- 
menes del Instituto Nacional i de los- otros colej ios, suminis- 
trando una prueba del interés que le inspiraba el adelanta- 
miento de las letras i de las ciencias, i estimulando así el celo 1 
de los profesores, i la aplicación de los estudiantes. 

El presidente, jeneraldon Joaquín Prieto, practicó otro tan- 
to en los primeros años de su administración. 



DE DON ANDRÉS BELLO 34 í 



Pero a pesar de todo, el estado de la instrucción pública se 
hallaba mui distante de ser satisfactorio. 

Faltaban profesores, testos i elementos escolares. 

No se conocían los buenos métodos. 

La sociedad en jeneral era inculta. 

No habia afición a leer, ni a aprender. 

La inmensa mayoría se figuraba qne el único fin de loa 
estudios era el arte de defender un pleito, o de medir un te- 
rreno. 

La enseñanza de la medicina no se habia aun planteado. 

Eran mui contados los chilenos que, a la sazón, supiesen 
espresar pasablemente sus ideas, sea de viva voz, o por escrito. 

Sí eran mui raros los que podían manejar con mediano 
acierto la prosa, eran mas raros los que podían usar de este 
modo el verso. 

«En esta ciudad, escribía desde Valparaíso don Domingo de 
Alcalá, en 4 de julio de 1828, al jeneral Sucre, se halla reu- 
nido el congreso constituyente, i se ocupa en formar la consti- 
tución del estado. Por lo poco que he observado, sus miembros 
son de aquella jente que dicen naide i ftaires. ¡Pobre Améri- 
ca! ¡Infelices americanos, qué fáltanos hace el látigo!» 

«El congreso (que he visto reunido, i a cuyas discusiones he 
asistido), agregaba Alcalá, en carta de 5 de agosto de 1828, es 
formado por unos salvajes que apenas tienen ideas; es verdad 
que me han asegurado que el peor de todos los que ha habido 
en este país es éste. Aseguro a Usted que quedé avergonzado 
de que los estranjeros tuvieran a la vista este espejo de nuestra 
ignorancia, debilidad i desdicha. Si la representación escojida 
por el pueblo es formada de elementos tan toscos, ¿qué tal de- 
be suponerse al pueblo que confía sns destinos a semejantes 
bárbaros?» 

Indudablemente habia exajeracion en el cuadro trazado por 
la pluma de Alcalá; pero de todos modos, acompañado de otros 
datos que poseemos, sirve para patentizar que d grado de la 
ilustración en Chile era entonces demasiado poco lisonjero- 

Cuando comparamos lo que nuestro país era en 1830, i lo 
que ha llegado a ser en 1881, no podemos menos de esperi- 



312 VIDA 

mentar un lejítimo orgullo, i una gratitud inmensa para los 
que, a despecho do toda especie de dificultades, han operado 
una trasformacion tan prodigiosa, la cual nos promete ma- 
yores progresos futuros, si perseveramos por la misma sen- 
da. 

Don Andrés Bello comprendió desde luego perfectamente 
cuál era el problema social de Chile, i cuál su solución. 

Lo que este país habia menester era instrucción, mas ins- 
trucción, mucha instrucción. 

Era indispensable que el cultivo intelectual de sus habitan- 
tes correspondiese al vigor físico que ya poseían. 

Como Bello tenia aptitudes naturales i adquiridas para dedi- 
carse a la ejecución de tan elevado propósito, determinó servir 
a su patria adoptiva, contribuyendo, en cuanto de él dependie- 
ra, a la difusión de las luces. 

Efectivamente, trabajó con una constancia admirable treinta 
i cinco años para conseguirlo; i antes de morir, tuvo la satis- 
facción de contemplar a Chile enteramente trasformado. 

Yo no pretendo que Bello, por sí solo, haya logrado, supe- 
rando todo linaje de obstáculos, que los pobladores de esto 
suelo privilejiado por la naturaleza, pero mal gobernado por 
los hombres, se emancipasen de la ignorancia i de las preocu- 
paciones del antiguo réjimen, que los condenaban a la postra- 
ción intelectual i moral. 

Habría sido muí dificultoso, por no decir imposible, que un 
solo individuo, cualesquiera que fuesen las dotes superiores 
que le supongamos, hubiera bastado, sin el eficaz ausilio de 
otros, a tan laboriosa i estraordinaria tarca. 

Téngase presente que la ignorancia se ha defendido en todos 
los tiempos i -en todos los lugares con un denuedo formidable, 
como lo hace actualmente en Chile. 

Sin duda alguna, Bello llevó a cabo esa obra colosal en unión 
de otras personas mas o menos eminentes, que descollaron 
también por la ilustración, i por la enerjía. 

Pero, no puede desconocerse con razón que, en esta labor, 
cupo a Bello una parte muí principal, como lo demostraré in- 
vocando hechos i documentos. 



DE DON ANDHES BELLO 343 



Empozaré por manifestar desde luego los servicios que pres- 
tó como profesor. 

Causa estrañeza que el gobierno no aprovechara la habilidad 
de Bello para la enseñanza, i que no le confiara la dirección 
de alguna asignatura en el Instituto Nacional, o en otro esta- 
blecimiento público. 

Sin embargo, Bello, ya entrado en años, determinó, para 
procurarse medios de subsistencia, dar lecciones privadas, co- 
mo, cuando apenas joven, lo había practicado en Venezuela. 

Se ha visto que, en 1829, don Andrés Bello aceptó el recto- 
rado del Colejio de Santiago, i rejentó en él las clases de gra- 
mática castellana, de literatura, i de lejislacion; pero este es- 
tablecimiento, que sobrevivió al Liceo solo unos pocos meses, 
hubo de cerrarse en 1831. 

Bello hizo entonces en su propia casa cursos de ramos de hu- 
manidades i de derecho. 

El 10 de febrero de 1832, sus alumnos rindieron en el Ins- 
tituto Nacional exámenes de derecho natural i de j entes. 

«El 12 de febrero, de perpetuo recuerdo para Chile por las 
tres graneles épocas que señala su historia, dice El Araucano 
de 18 de ese mes i año, se ha celebrado en la forma acostum- 
brada. La descripción de esta fiesta, determinada por un cere- 
monial, ha sido publicada otras veces; i por no repetirla, solo 
nos contraeremos a dar noticia de lo que, en el año de 1832, 
ha contribuido a engrandecer la solemnidad del dia en que se 
fundó esta capital, en que la gloriosa batalla de Chacabuco 
hizo renacer la libertad, i en que se juró nuestra independen- 
cia. 

«En las vísperas, i dias posteriores al 12, los padres de fa- 
milia, i el vecindario de esta capital, han tenido la singular 
complacencia de conocer los progresos de la juventud de am- 
bos sexos, de que han hecho una honrosa ostentación los di- 
rectores i directoras de varios establecimientos de educación. 

«El dia 10, el señor Bello presentó a examen de derechos 
natural i de j entes a sus discípulos. Concurrió Su Excelencia 
el presidente de la república. Los alumnos se desempeñaron 
airosamente, i con aquella claridad i precisión que manifiestan 



344 



la posesión de los principios al desarrollar los conocimientos 
que se adquieren en el estudio bien dirijido de las ciencias.»* 

Los alumnos de Bsllo no dieron exámenes de gramática cas- 
tellana i de literatura, porque, en aquellos tiempos, esos exá- 
menes no eran obligatorios para obtenerlos títulos de abogado 
i de agrimensor, únicos que entonces se espedían. 

Escusado parece advertir que, a causa de esto, esos dos 
ramos, cuyo conocimiento es indispensable para todo hombre 
medianamente instruido, eran estudiados por muí pocos. 

Allá por el año de 1834, don Andrés Bello agregó el latín i 
el derecho romano a los ramos de que daba lecciones privadas 
en su casa.** 

Posteriormente, talvez desde 1840, incluyó en su curso la 
enseñanza de la filosofía.*** 

El método adoptado por Bello para instruir a sus alumnos 
era, sin duda alguna, el mejor concebido para hacerles com- 
prender bien las doctrinas que les trasmitía, i para habituarlos 
a pensar i discurrir. 

En vez de perderse en largas disertaciones, principiaba por 
esponer con precisión i de un modo conciso el punto de que so 
trataba. 

* Los alumnos cíe este curso cíe clon Andrés Bello fueron don Do- 
mingo Aguirre, don Vicente Bascuñan, don Enrique Latorre, don 
Juan Morando, clon Pedro José Barros, don José Ignacio Errázuriz, 
don Francisco Javier Ochagavía, don José Manuel Errázuriz, don San- 
tos Pérez, don José Rafael Echeverría i clon José Manuel Ipinza. 

** Entre los alumnos que, por aquellos años, recibieron lecciones 
de Bello, se contaron don José Victorino Lastarria, don Manuel Anto- 
nio Tocornal Grez, clon Salvador Sanfuéntcs Torres, don Juan Enrique 
Ramírez, don Domingo Tagle Irarrázaval, don Carlos i don Francisco 
Bello, don Calisto Cobian, don José María Núñez, don Rafael de la 
Barra, don Manuel Magallanes, don Marcos Mena, don Joaquín Lazo, 
don Francisco Javier Llombar, don José María Eizaguirre, don Pedro 
Ugarte, don Francisco Ortiz, don Miguel Portales i don Luis López. 

*•** Entre los alumnos de este curso, que duró varios años, estuvieron 
don Aníbal Pinto, don Manuel Antonio i don Felipe Santiago Matta, 
don Nicomédes Ossa, don Javier Renjifo, don Santiago Lindsay, clon 
Francisco Bilbao, don Manuel Vallcdor, i don Juan i don Andrés 
Bello Dunn. 



DE DOX ANDRÉS BELLO 



Efectuado esto, conversaba acerca de él con sus jóvenes 
oyentes. 

Cada cuestión era debatida mui prolijamente, entrando en 
detalles i en aplicaciones. 

Bello tenia aversión a todo lo vago i a todo lo nebuloso. 

Se esforzaba por formarse, en cuanto podia, ideas completas 
i claras. 

Lo discutía todo con suma seriedad, i no quedaba satisfecho 
hasta haber practicado prolijas investigaciones, i hasta haber- 
se entregado a largas meditaciones sobre cada uno de los 
asuntos de importancia que le tocaba tratar u oír. 

Cuando tomaba parte en alguna conversación sobre materia 
interesante, en vez de olvidarla, según sucede frecuentemente 
a otros, tan luego como se separaba de sus interlocutores, con- 
tinuaba haciendo indagaciones i reflexiones acerca de ella; i 
era tanta la complacencia que esperimentaba cuando creía ha- 
ber descubierto la verdad, que solia renovar la conversación 
acerca del mismo tema., con mucho desagrado de las personas 
presumidas de ilustración que no habían vuelto a pensar en el 
punto, i que se sentían en estremo mortificadas al notar la 
incontestable superioridad que un estudio perseverante habia 
dado a don Andrés. 

Como era natural, se empeñaba por conseguir que sus dis- 
cípulos siguieran ese sistema de observación i de esperimen- 
tacion que él practicaba con tan asombrosa constancia, 

Don Andrés Bello tenia por aula una sala decorada con es- 
tantes, donde se hallaban las obras selectas de las naciones 
mas civilizadas, antiguas i modernas, obras que eran frecuen- 
temente rejistradas i consultadas por el maestro i los alum- 
nos. 

No se cansaba de aconsejar a éstos el que leyesen las pro- 
ducciones de todos esos grandes jenios, i el que se inspirasen 
con su ejemplo. 

Según se ve, el método adoptado por Bello era excelente. 

Puede decirse que lo habia llevado a la perfección. 

Era el método que practicaba Sócrates en la antigüedad. 

Era el que recomiendan en la edad moderna los grandes 



3.1C VIDA 

maestros del réjimen escolar, i muí en especial aquellos que 
pertenecen a la escuela positivista. 

En vez de gastar tiempo en lucir discursos de aparato, que, 
por lo jeneral, molestan, mas bien que instruyen, entraba en 
discusión familiar con sus alumnos; les llamaba la atención 
sobre los distintos puntos i dificultades del ramo en estudio; 
les estimulaba a conocer antes que todo los hechos, sin impo- 
nerles dogmáticamente ninguna teoría; trabajaba junto con 
ellos; rejistraba en compañía suya los libros de una escojida 
biblioteca; i los ponia así en aptitud de llegar por sí mismos a 
las conclusiones jenerales; i, por lo tanto, les hacía contraer el 
provechoso hábito de la observación personal, i del raciocinio 
propio, mas que el de la memoria. 

El árbol se conoce por los frutos. 

Basta leer los nombres de algunos de los discípulos de Bello 
para comprender al momento la eficacia de tal enseñanza. 

Varios de ellos se cuentan entre los mejores oradores, entre 
los mejores escritores, entre los mejores profesores que han 
honrado a nuestro país. 

El método que contribuyó a formar tales hombres queda 
juzgado por este solo hecho. 

Don Andrés Bello incluía, ^como se ha visto, el derecho ro- 
mano entre los ramos de que se componía su curso privado; i 
puede agregarse que le daba suma importancia. 

A fin de que sus alumnos pudieran aprenderlo con mas fa- 
cilidad, les dictó las Instituciones dé Derecho Romano, o sea 
Principios del Derecho Romano según el orden de las 
Instituciones de Justiniano, que publicó Heineccio en 1727. 

No puedo asegurar si Bello tradujo libremente esta obra del 
latin; o si utilizó una traducción española, introduciendo en 
ella ciertas correcciones. 

Lo cierto es que nunca quiso ponerle su nombre. 

Habiéndose impreso, en 1843, una edición de ella, Bello, 
algún tiempo después, se decidió a hacer bajo su dirección 
otra nueva, que enriqueció con un proemio orijinal, i tan co- 
piosas enmiendas i adiciones; pero, aunque alcanzaron a tirarse 
algunas pajinas, el trabajo quedó al fin inconcluso. 



DK DON ANDRÉS BELLO 3 'i 7 



Posteriormente, se hicieron otras ediciones, siendo la últi- 
ma una de 1871. 

Hasta el presente, esta obra es la que sirve de testo en nues- 
tra universidad. 

Ya he dicho, i repito ahora que don Andrés Bello era mui 
inclinado a que sus alumnos profundizasen mucho las mate- 
rias, a semejanza de lo que él mismo ejecutaba; i como varios 
eran de talento aventajado, debia sentirse arrastrado, notando 
cuánto aprevechaban, a exij irles que le acompañasen en las 
detenidas i concienzudas investigaciones a que se iba entregan- 
do mientras daba sus lecciones. 

Lo que acabo de decir esplica que obligase a sus alumnos, 
no solo a estudiar el testo de Iieineccio, sino a leer ademas la 
voluminosa obra de Vinnio. 

Entonces, i después, se ha censurado a Bello el que, en su 
curso, se detuviera tanto en la enseñanza del derecho romano. 

Sin embargo, se concilio mui bien que, por aquellos años, 
.don Andrés diera grande importancia al estudio esmerado i 
prolijo de este ramo, si se considera que, siendo la lejislacion 
.española, vijente a la sazón en Chile, un inmenso i mal arre- 
glado conjunto de disposiciones heteroj éneas, era indispensable 
que los aspirantes a la profesión de abogado conocieran el sis- 
tema regular i bien coordinado de la lejislacion romana, la 
cual podia suministrarles luz para guiarse en el intrincado la- 
berinto de las leyes de nuestra antigua metrópoli. 

Lo que acabo de alegar fué la razón principal que, en una 
discusión trabada el año de 1834 con don José Miguel Infante, 
adujo Bello para justificar el estudio del derecho romano. 

Toda lejislacion, por clara i metódica que sea, escribió en- 
tonces Bello, necesita comentarios. «Ahora bien, el derecho 
romano, fuente de la lejislacion española que nos rije, es su 
mejor comentario; en él, han bebido todos nuestros comenta- 
dores i glosadores; a él recurren para elucidar lo oscuro, res- 
tringir esta disposición, ampliar aquella, i establecer entre todas 
la debida armonía. Los que la miran como una lejislacion 
estranjera son estranjeros ellos mismos en la muestra, o 

«Si alguna nación pudiera dispensarse de estudiar el derecho 



818 VIDA 

romano, i de consultar tratadistas, agregaba, sería talvez la 
Francia, que ha reducido poco há sus leyes a un cuadro com- 
pleto, metódico i proporcionado a la intelijencia de todos, cua- 
lidades en que no se le acerca, ni aun a gran distancia, el caos 
enmarañado i tenebroso de la lejislacion española; i sin embar- 
go, se cultiva en Francia con celo el derecho romano, se le 
ilustra con nuevos comentarios, i se glosan también, i se co- 
mentan los códigos nacionales.» 

Parece, pues, mui fundado el motivo que tenia Bello para 
suministrar un conocimiento detenido i cabal del derecho ro- 
mano en un tiempo en que ese conocimiento era útilísimo para 
comprender la embrollada lejislacion civil que nos rejia. 

Desde que esa lejislacion ha sido reformada radicalmente, 1 
desde que el mismo Bello tuvo la gloria de organizaría en un 
cuerpo admirablemente lójico i sistemático, la cuestión del es- 
tudio del derecho romano ha variado enteramente de aspec- 
to, i puede sostenerse con mui buenas razones que, habiendo 
ese ramo dejado de ser necesario, lo que era un gran beneficio 
social cuando Bello lo hacía aprender con tanta detención en el 
período de tiempo a que me voi refiriendo, ha cesado de serlo 
al presente. 

El majisterio de don Andrés Bello no quedó encerrado en 
las cuatro ¡paredes de la biblioteca que le servia de aula, ni se 
limitó a los discípulos afortunados cuyo cultivo intelectual to- 
mó directamente a su cargo. 

Bello se complacía en dar lecciones de crítica i de composi- 
ción literaria, no solo solemnemente a los alumnos de una 
clase, sino do la manera mas familiar, en las simples conver- 
saciones, a las personas aficionadas a las letras que se le acer- 
caban. 

Su conversación era frecuentemente una enseñanza amena, 
i provechosa, por lo común referente a materias literarias, las 
cuales constituían su tema favorito. 

Cuando después de muchos años de haber llegado Bello a 
Chile, tuve el honor de conocerle i de tratarle, pude observar 
de cerca i personalmente como aplicaba, aun en la charla ca- 
sera, su excelente método de instrucción. 



DE DON ANDRÉS BELLO 349 



Advertí que, en las convesaciones literarias, las cuales, se- 
gún ya lo he dicho, eran mui de su agrado, ohservaha con la 
mayor estrictez el procedimiento analítico i espérimental a que 
se habia habituado. 

En estas disertaciones familiares, fundaba siempre sus ob- 
servaciones i razonamientos en las obras conocidas, i mui espe- 
cialmente en las de los grandes injenios. 

Gustaba mucho de buscar puntos de comparación entre las 
distintas literaturas. 

Un sistema de esta especie ejercía la mas benéfica influencia 
en los jóvenes que se le aproximaban, estimulándolos a pensar 
por sí mismos, i sobre todo a leer mucho. 

Dispénseseme que, para hacer patente el método de conver- 
sación que* yo* mismo he visto emplear a Bello, consigne aquí 
algunos recuerdos personales. 

Don Andrés Bello me conoció en uno de los exámenes de 
latin que se tomaban en el Instituto Nacional. 

Con este motivo r la primera vez que hablé con él me mani- 
festó, bajándose liasta su interlocutor, como gustaba de ha- 
cerlo, el deseo de que yo le espresara mi opinión acerca de tales 
i cuales odas de Horacio, 

Felizmente, como yo habia traducido i estudiado estas com- 
posiciones bajo la hábil dirección del eminente profesor don 
Luis Antonio Vendel-Heyl, pude contestar con mas o menos 
acierto. 

Pero sucedió que don Andrés tenia mucha mayor predilec- 
ción a las epítolas i a la sátiras de Horacio, que a las odas. 

Así, después de haber hablado un rato sobre tal o cual oda, 
pasó a hacer observaciones sobre las sátiras i las epístolas. 

Por desgracia,. yo era en esta materia incomparablemente me- 
nos fuerte, que en las otras,, pues habia leído las sátiras i las 
epístolas solo a la lijera. 

Por esto, a pesar de lo mucho que me enorgullecía el estar 
conversando con un hombre, como Bello, me despedí lo mas 
pronto que me fué posible; i aunque el bondadoso maestro m© 
invitó con esquisita cortesía, i con evidente sinceridad, a que 
volviese a verle, me guardé mui bien de hacerlo hasta que 



3-7/0 VIDA 

hubo leído i repasado todas las epístolas i sátiras de Hora- 
cio. 

Yo me lisonjeaba con que Bello había de proseguir la con- 
versación desde donde la había dejado en la visita precedente; 
i para esto (lo cofieso con injenuidad) yo había formado el pro- 
pósito do procurar que así sucediera, a fin de no perder mi 
trabajo, i de merecer la aprobación de hombre tan ilustre. 

Todas mis previsiones i esperanzas salieron frustradas. 

A pesar de mis esfuerzos, Bello fijó por tema de la conver- 
sación, no las obras de Horacio, sino las comedias de Terencio, 
las cuales me preguntó si habia leído. 

Yo habia traducido detenidamente con Vendel-Heyl el Heau- 
tontimoroumenos, i la Andria; i pude, por lo tanto, sostener 
sin demasiado desdoro, la conversación sobre este punto. 

Pero clon Andrés gustaba mas del Rudens de Plauto, tradu- 
cido por él en verso castellano, que del Heautontimoroume- 
nos, a que él no habia concedido tanta atención. 

No obstante la complacencia natural que yo esperimentaba 
de conversar con Bello, me vi obligado a tocar retirada, como 
la primera vez, pues me repugnaba sobre manera el descubrir- 
le mi ignorancia. 

Esto que acabo de referir se repitió, no en dos, sino en va- 
rias ocasiones, i esto me obligó a leer las obras de autores co- 
mo Lucrecio, Propercio, Catulo, Persio, Marcial, que de otro 
modo probablemente jamas habría leído. 

Es claro que lo que a mí me pasó sucedió del mismo modo 
a la mayor parte de los jóvenes que se acercaban a Bello, quien 
se mostraba severísimo para condenar la falta de afición a la 
lectura. 

En las conversaciones a que aludo, Bello encontraba siem- 
pre medio de hacer las comparaciones mas injeniosas i opor- 
tunas, hasta elevarse a una teoría jeneral. 

Recuerdo, verbi gracia, que, con motivo do las obras de 
Horacio, hacía observaciones sobre las de frai Luis de León, 
las de Byron, las de Víctor Hugo, las de Espronceda; i que, 
con motivo de las comedias de Terencio, las hacía igualmente 
sobre los dramas de la escuela sentimental i lacrimosa. 



DE DON ANDRÉS BELLO 351 



Don Andrés Bello era grande admirador de la elejía 3, libro 
3 de los Tristes de Ovidio, que principia 

Ilac mea, si casa miraris, epístola guare 

i de la elejía 7 del mismo libro, que principia 

Vade salutatunr, súbito perarata, Perillam. 

Discurriendo Bello en cierta ocasión sobre estas dos piezas, 
que consideraba las mejores ele los Tristes, le he oído hacer 
la mas instructiva disertación acerca de los magníficos resul- 
tados que podrían obtener los poetas, si tomaran por argumen- 
to de sus producciones los afectos de familia, como Ovidio lo 
hizo en las dos composiciones citadas; i como mas tarde lo ha 
hecho Víctor Hugo en muchas de las suyas. 

Don Andrés Bello formuló entonces una teoría de los senti- 
mientos propios para ser espresados en las composiciones poé- 
ticas, deducida de los procedimientos del vate latino i del vate 
francés, que me ha pesado no haber redactado, cuando regresó 
a mi casa, como lo hice con otras improvisaciones del maestro. 

Lo espuesto manifiesta que Bello fué profesor, no solo en su 
aula, sino en su salón de tertulia. 

Puede afirmarse sin inexactitud que pasó la vida enseñando. 



El Araucano. 



El gobierno de Chile empezó a publicar cada semana, desde 
el 17 de setiembre de 1830, un periódico destinado a servirle 
de órgano oficial, i denominado El Araucano. 

Don Manuel José Gandaríllas tomó a su cargo la redacción 
de la parte política, [tarea en que varios otros escritores nacio- 
nales i estran joros le fueron reemplazando sucesivamente; 
pero desde la fecha referida hasta agosto de 1853, don Andrés 
Bello tuvo la dirección esclusiva de la sección de noticias es- 
tran jeras, i de la de letras i ciencias. 

Bello insertó también en este periódico, gran número de ar- 



332 vida 

tículos referentes a asuntos públicos, pero que no tenían atin- 
j encía con las disensiones civiles, en las cuales trató siempre de 
mezclarse lo menos posible. 

Tendré oportunidad de mencionar, en los lugares convenien- 
tes de este libro, algunas de las cuestiones trascendentales i 
variadas que Bello ventiló en El Araucano. 

Por ahora, me propongo solo hacer notar que el esclarecido 
maestro empleó este periódico para hacer llegar su enseñanza 
a mayor número de personas. 

Para esto, reprodujo en él, traducidos del ingles o del fran- 
cés, muchos artículos muí interesantes, que trataban de distin- 
tas materias. 

Se esforzaba de este modo por fomentar el gusto a las lec- 
turas instructivas. 

Publicó ademas muchos trabajos orijinales, sobre algunos 
de los cuales, hablaré mas adelante. 

Don Andrés Bello tuvo especial cuidado en alentar a las 
personas que escribían en Chile obras literarias, enviándoles 
desde las columnas de El Araucano, palabras benévolas de 
estímulo, que, en medio de la abrumadora indiferencia públi- 
ca, les infundiesen brios para perseverar en el noble propósito 
del cultivo intelectual. 

Puedo citar, entre otros, los artículos que dio a luz para 
aplaudir la traducción en verso castellano de la escena 1. a , 
acto 1.° do la Efijenia en Aulide, con que se ensayó don Sal- 
vador Sanfuéntes Torres; los Elementos de la Filosofía del 
Espíritu Humano, que escribió don Ventura Marín; Los Aspi- 
rantes, comedia que hizo representar en el teatro de Santiago 
don Gabriel Real de Azúa; la obra titulada: De la Proposición, 
sus complementos y ortourafía, que compuso el canónigo 
don Francisco Puente; i el Curso Elemental de Jeografía 
Moderna, que arregló don T. Godoi Cruz. 

Posteriormente, hizo otro tanto por lo que toca a la Arauca- 
nía i sus Habitantes por don Ignacio Domeyko, i al Curso 
de Filosofía Moderna por don Ramón Briscño. 

Las memorias históricas presentadas a la universidad por don 
José Victorino Lastarria, don Diego José Benavente, don Ma- 



DE DON ANDRÉS BELLO 



353 



miel Antonio Tocornal, don José Hipólito Salas, i don Ramón 
Briseño, fueron también analizadas por él. 

Así, Bello ejerció el majisterio en El Araucano con tanto 
acierto i eficacia, como en su casa. 



V, DE B, 



45 



XVIII 

Los Principios de Derecho de Jentes. 

Aunque don Andrés Bello tuviera el título de oficial mayor 
ausiliar del ministerio de hacienda, el carg*o que desempeñó en 
realidad desde su venida a Chile, fué, no éste, sino el de con- 
sultor i de secretario en el de relaciones esteriores. 

Esta ocupación, i la de profesor de derecho de jentes, lo hi- 
cieron conocer la falta de un libro que contuviera un resumen 
comprensivo de las doctrinas jenerales, i de las prácticas adop- 
tadas por las naciones civilizadas en sus relaciones mutuas. 

Tal fué lo que le indujo a componer los Principios de De- 
recho de Jentes. 

El señor don Carlos Calvo, en Le Droit International 
Tiiéorique et Pratique, se espresa como sigue respecto de 
esta obra. 

«Uno de los hombres mas notables que ha producido la Amé- 
rica Latina es sin contradicción Andrés Bello, nacido en Cara- 
cas (Venezuela) en 1780, i muerto en 1865. Bello adquirió una 
justa nombradla a la vez como estadista i como escritor. Cien- 
cias, filosofía, jurisprudencia, lejislacion, todo lo abarcó, todo 
lo trató con un talento superior; poro aquí solo tenemos que 
ocuparnos en sus trabajos concernientes al derecho de jentes. 

«En 1832, aprovechando la esperiencia de los negocios inter- 
nacionales que le habían dado sus funciones de secretario de 
diversas legaciones venezolanas en Europa, i el alto puesto 
que ocupaba en la dirección de las relaciones esteriores de Chi- 
le, publicó con el título de Principios de Derecho de Jentes, 
un tratado elemental, en el cual, aunque en un cuadro res- 



DE DON ANDRÉS BELLO 



trinjido, se hallan resueltas todas las cuestiones esenciales refe- 
rentes a esta materia. Bello es el primero que haya señalado 
la insuficiencia de los principios emitidos en la ohra de Vattel, 
i que haya ensayado completarlos. Puede considerárselo como 
el precursor de Wheaton, el publicista americano, quien le ha 
tomado numerosas citas. Por lo demás, los autores mas dis- 
tinguidos son unánimes en tributar elojios a la obra de Bello. 
Muchas ediciones de los Principios de Derecho de Jentes han 
sido impresas en América i en Europa: la última ha aparecido 
en Paris el año de 1860.» 

El señor Calvo indica con exactitud cuál es el objeto i el mé- 
rito del libro de Bello. 

Nuestro autor había notado que los tratados de esta especie 
dados a luz en castellano eran defectuosos, o por ser esclusi- 
vamente especulativos i abstractos, o por esponer pocas de las 
reglas i prácticas ya adoptadas por los gobiernos modernos. 

A fin de llenar este vacío, Bello resolvió incorporar metódi- 
camente en un resumen de las doctrinas primordiales de Vat- 
tel i otros autores, los fundamentos de las decisiones conteni- 
das en los voluminosos repertorios de Chitty i de Kent. 

Deseoso de reunir en un solo cuerpo todas las nociones ele- 
mentales indispensables, agregó un estracto del Manual Diplo- 
mático de Martens. 

Bello, en el prólogo, da estas esplicaciones sobre el sistema 
de composición a que se ajustó. 

«No he escrupulizado adoptar literalmente el testo de los 
autores que sigo, aunque siempre compendiándolos, i procu- 
rando la debida consonancia i uniformidad en las ideas i en el 
lenguaje. Cito los pasajes de que hago uso, ya como autorida- 
des i comprobantes, ya para indicar los lugares en que pueden 
consultarse, i estudiarse a fondo las materias que toco. Si 
alguna vez me suce le apartarme de las opiniones de aquéllos 
mismos que me sirven de guia, manifiesto las razones que me 
asisten para hacerlo así. Cuando trato de cosas que están su- 
ficientemente elucidadas en las obras de Vattel, Martens i 
otros, trasladadas ya al castellano, soi breve, i me limito a pre- 
sentar, como en una tabla sinóptica, todo aquello que he creído 



356 vida 

digno de encomendarse a la memoria; pero, en las materias que 
tenían algo de nuevo, he juzgado de mi deber estenderme algo 
mas, apuntando la historia de las instituciones o asuntos inter- 
nacionales que menciono, comprobando su existencia, i espo- 
niendo los fundamentos con que se ha tratado de sostenerlas, o 
impugnarlas. Según este plan, que me ha parecido el mas útil 
i cómodo para mis jóvenes lectores, lo mas o menos estenso 
de las esplicaciones, no tanto es en razón de la importancia de 
cada materia, como de la dificultad do estudiarlas en libros que 
no se hallan a mano, i en idioma cuya intelijencia apenas em- 
pieza a propagarse entre nosotros.» 

El libro de Bello vino a satisfacer una verdadera necesidad 
en los pueblos de oríjen español. 

El autor hizo otras dos ediciones de su obra: la una en 1814, 
i la otra en 1804, variándole el título primitivo por el de Prin- 
cipios de Derecho Internacional. 

Estas ediciones salieron aumentadas con ampliaciones, ilus- 
traciones i notas destinadas a la esposicion de las reglas posi- 
tivas sancionadas por la conducta de los pueblos cultos i de 
los gobiernos poderosos, i sobro todo, por las decisiones délos 
tribunales que juzgan bajo el derecho de jentcs, reglas que, 
según Bello, valían en las aplicaciones prácticas mucho mas, 
que las deducciones teóricas. 11 



*Bcllo, en carta que dirijió el 3 de diciembre de I8G3 a don Santos 
Tornero, proponiéndole el que imprimiese la tercera edición, le decia, 
entro otras cosas, lo que sigue: 

«Estoi al concluir la tercera edición de mi Derecho Internacional. 
Esta abrazará casi todo lo que se contiene en la segunda con esplica- 
ciones i anotaciones considerables, que dan a conocer las novedades 
que han ocurrido en esta ciencia importante, i aun bosquejan las que 
están todavía por consumarse, en una palabra, el estado de cosas has- 
ta el año do 1863. Urje publicar esta edición, porque están actualmen- 
te agotadas las anteriores, i porque, aunque existiese parte de ellas, 
ya no sería suficiente lo que éstas contienen para la enseñanza de esto 
ramo do estudio. 

a Yo celebraría que Usted se encargase de la ejecución sobre las ba- 
ses que voi a apuntar. 

«Papel i tipo, como los de las ediciones anteriores 



DE DON ANDRÉS BELLO 357 



Desdo su publicación basta la fecha, la obra de Bello ha ser- 
vido en Chile de testo para la enseñanza del ramo. 

Se ha reimpreso en Venezuela, i en otras repúblicas hispa- 
no- americanas, según creo, i también en España. 

Al anunciar la edición española El Eco del Comercio, dia- 
rio de Madrid, escribió lo que sigue: 

«Esta preciosa obrita, que acaba do salir a luz en la Amé- 
rica Meridional, i que ha sido allí recibida con aplauso, es 
quizá la obra mas completa en su clase de cuantas han apa- 
recido hasta ahora en el orbe literario. Ella tiene el mérito 
do abrazar todas las partes del derecho de jen tes; i no solo 
nos presenta sobro cada una de ellas las doctrinas jenerales 
antiguas i modernas, sino que nos enseña también las nove- 
dades que, de pocos años acá, se han introducido en la juris- 
prudencia, internacional con motivo de las pretensiones mutuas 
de las potencias de Europa i América. De suerte que podemos 
considerarla como un cuadro acabado, aunque redueido en 
sus dimensiones, del estado actual de la ciencia. Ha hecho, 
pues, el señor Bello un servicio importante a la estudiosa ju- 
ventud de su nueva i de su antigua patria, i tanto mas impor- 
tante, cuanto que, con su lenguaje castizo, con su estilo claro, 
limpio i enérjico, con sulójica irresistible, mueve i entretiene 
la cuoriosidad del lector, i le atrae poderosamente al estudio de 
una ciencia que jamas ha sido tan interesante a la humanidad, 
como en los tiempos presentes, en que tanto se han aumentado 
las relaciones de los pueblos. Nosotros también creemos hacer 
un servicio a la patria, i especialmente a los que se dedican a 
la carrera de las leyes, dándoles a conocer la producción del 
señor Bello, que, no dudamos, tendrá en España la favorable 
acojida, que ha tenido en ultramar.» 

Los Principios de Derecho Internacional de Bello han 
sido traducidos al francés i al alemán. 



«Ortografía, como la de los orijinales que se remitirán, que sustancial- 
menle es la misma de dichas ediciones. En algunas cosas, me aparto de 
las reglas ordinarias; i en este punto, espero que los cajistas i correc- 
tores toleren las mias, aunque les parezcan erróneas.» 



358 



Sus doctrinas i sus resoluciones son invocadas con frecuen- 
cia por los publicistas i los estadistas. 

El célebre J. L. Klüber, en su obra titulada Droit des Gens 
Moderne de l'Elírope, ha presentado un plan de biblioteca 
selecta de este ramo; i en la sección de obras elementales, in- 
cluye la de Bello. 

Por último, esta obra tuvo el honor de ser plajiada por un 
estadista que representó papel en España i en el Perú. 

Don José María Pando nació en Lima el año de 1787, i se 
educó en el seminario de nobles de Madrid hasta la edad de 
quince años. 

Al servicio de la metrópoli, fué sucesivamente oficial en las 
legaciones de Parma i de Roma, secretario en la de los Países 
Bajos, encargado de negocios i cónsul jeneral en Portugal, i ofi- 
cial de la primera secretaría de estado. 

En mayo de 1823, cuando la monarquía constitucional esta- 
ba ya en vísperas de sucumbir, fué nombrado ministro; pero, 
en octubre del mismo año, habiendo Fernando VII recobrado 
el poder absoluto, Pando se embarcó para el Perú, dundo Si- 
món Bolívar, de quien era amigo, le nombró primero ministro 
de hacienda, i después, plenipotenciario en el congreso de Pa- 
namá. 

En 1833, el presidente del Perú don Agustín Gamarra confió 
a Pando el cargo de ministro de estado. 

A consecuencia de disturbios que hubo en este país, Pando 
volvió a avecindarse en Madrid, donde falleció en 1840. 

El año de 1837, dio a la estampa en Cádiz unos Pensamien- 
tos i Apuntes sobre Moral i Política. 

La viuda hizo publicar en 1843 unos Elementos de Dere- 
cho Internacional, que su difunto marido habia dejado pre- 
parados para la prensa. 

Pando, para dar a conocer el objeto de su obra, se espresa 
como sigue en un prólogo fecha i.° de agosto de 1838, con que 
la encabezó. 

«El fin que el autor se ha propuesto, i que cree haber alcan- 
zado, es presentar a la juventud española un cuadro reducido, 
pero completo, del estado actual ele la ciencia del derecho ¿n- 



CE DON ANDRÉS BELLO 359 



ternacicmal. Los libros que sobre esta materia, cada día mas 
interesante, se han publicado en castellano, como versiones 
mas o menos estimables de idiomas estranjeros, no proporcio- 
nan suficientes nociones acerca de las alteraciones esencialí si- 
mas que se han introducido de un siglo a esta parte en la ju- 
risprudencia internacional. Por otra parte, esas traducciones 
de obras anticuadas e incompletas, tienen también el inconve- 
niente de que, presentando las mas veces esta jurisprudencia 
bajo un aspecto especulativo i abstracto, no han cuidado sus 
autores de esponer aquellas leyes positivas que, en la época 
actual, reconocen las potencias, ni las doctrinas, antes dudo- 
sas, que han sido fijadas, particularmente con respecto al co- 
mercio marítimo, a los derechos i jurisdicción de beligerantes 
i neutrales, i a las reglas de procedimiento i adjudicación en 
los tribunales de almirantazgo.» 

La simple lectura de lo que precede, advierte que la obra 
de Pando tenia el mismo plan i el mismo propósito, que la de 
Bello. 

La primera vez que Pando nombra la obra de Bello, la cual 
apareció en 1832 con solo las iniciales A. B., es en la nota 57, 
que dice así: 

«Principios de Derecho de Jentes por A. B. (Andrés Be- 
llo), obra de mucho mérito, a la cual me complazco en confesar 
que debo las mayores obligaciones. En mui pocos puntos, me 
he visto precisado a combatir las opiniones de este escritor 
libérale ilustrado.» 

Pando invoca después varias veces la autoridad de la obra 
de Bello, como si fuera diferente de la suya. 

Mientras tanto, se asemejan hasta ser casi iguales, pues 
Pando solo se limitó a poner a la obra de Bello una introduc- 
ción,, a hacer en el testo li jeras interpolaciones, i a ilustrar las 
doctrinas con algunas notas. 

Don Andrés Bello denunció, en El Araucano de 29 de agos- 
to de 1845,un plajio tan escandaloso, pero lo hizo con una mo- 
deración ejemplar, que le honra, i que pocos habrían tenido. 

«Comparando, dice, los Elementos de Derecho Interna- 
cional de don José María Pando, con los Principios de De- 



300 



recho pe Jentes publicados en esta ciudad de Santiago el 
año de 1832, casi pudiéramos dar a la publicación española el 
título de una nueva edición de la obra chilena, aunque con 
interesantes interpolaciones e instructivas notas. Don José 
María Pando no ha tenido reparo en copiarla casi toda al pie 
de la letra, o con li jeras modificaciones verbales, que muchas 
veces consisten solo en intercalar un epíteto apasionado, o en 
trasponer las palabras. Es verdad que hace al autor de los 
Principios el honor de citarle amenudo, i do cuando en cuan- 
do en términos mui lisonjeros, complaciéndose en confesar 
que le debe las mayores obligaciones. Pero el mayor elojio 
quo ha podido hacerle es el frecuente i fiel traslado de sus ideas 
i frases, aun cuando se olvida de darlo lugar entre sus nume- 
rosas referencias. Como quiera que sea, el autor de los Princi- 
pios tiene menos motivo para sentirse quejoso, que agradecido. 
Pando les ha dado ciertas galas de filosofía i erudición que no 
les vienen mal; i sacando partido do su vasta i variada lectura, 
en que talvez no ha tenido igual entre cuantos escritores con- 
temporáneos han enriquecido la lengua castellana, derrama 
curiosas i selectas noticias sobre la historia i la bibliografía 
del derecho público.» 

Pocos meses antes de su fallecimiento, Bello dirijió a don 
Gregorio Paz Soldán, escritor i publicista peruano de crédito, 
la siguiente carta sobro este particular. 

a Santiago, diciembre 24 de 18C4. 

«Señor de toda mi estimación i respeto. 

«En su mui apreciada del 2 del corriente, Usted no se limita 
a un simple recibo, que era apenas lo que yo tenia derecho a 
esperar, i se vale do esta ocasión para colmarme otra vez de 
espresiones honrosas. Es un deber mió reproducirle los senti- 
mientos de sincera gratitud que hace tiempo le tengo consa- 
grados. 

«Tampoco dejaré pasar esta oportunidad sin manifestar a 

Usted los motivos de mi silencio en orden al abuso que el señor 

don José María Pando se permitió hacer do la primera edición 

de mi Derecho Internacional. Esto caballero me trató con 

t singular distinción durante su residencia en Santiago, i yo cul- 



DE DON ANDRÉS BELLO 30 I 



tivé con mucho gusto una amistad que realmente me intere- 
saba por la amenidad de su conversación, i los conocimientos 
literarios i fino gusto con que la adornaba. Aunque murmu- 
rado por su misantropía, fué siempre conmigo un literato 
amable, que hasta me lisonjeaba realzando el pequeño mérito 
de mis producciones anteriores. Descubierto i vituperado el 
plajio, como lo fué, por la juventud estudiosa de Santiago a la 
primera aparición de su obra, guardé por mi parte un completo 
silencio; i puedo decir a Usted con verdad que me enorgullecí 
por el robo, viendo en él un voto espresivo de aprobación, por- 
que un escritor distinguido que se apropia las ideas, i hasta 
copia literalmente el estilo de otro_, deseando hacerlo parecer 
como suyo, no puede espresar de un modo mas claro su favora- 
ble apreciación. Pero lo mas curioso es que el libro de Pando 
ha sido aprobado por los publicistas ingleses, i elojiado preci- 
samente por lo que tiene do mas conforme con el mió, de ma- 
nera que me hallo en el caso de decir 

líos ego versículos feci; tulifc alter honores. 

«Usted no sabrá que no fué éste el único plajio con que el 
señor Pando se dignó honrarme. En sus Apuntes Filosóficos 
i Políticos (no recuerdo exactamente el título), hai también una 
o dos pajinas mias. 

«Tengo el honor de suscribirme nuevamente de Usted afec- 
tísimo i agradecido admirador — A. Bello. 

«Señor Don José Gregorio Paz Soldán.» 

Los irreparables ultrajes, i los achaques de la vejez habían 
hecho olvidar a Bello, como se ve, el artículo que publicó en 
El Araucano el 29 de agosto de 1845. 

Una de las flaquezas que Bello manifestaba al fin de su vida 
era la de no conformarse con que algunos tratadistas menciona- 
sen con encomio la obra de Pando, cuando no citaban la suya, 
o apenas la citaban. 

Hé aquí lo que, con fecha 25 de mayo de 1865, escribía al 
señor don Antonio Leocadio Guzman. 

«Sería largo dar a Usted una idea de los contratiempos que 
han sobrevenido a mis Principios de Derecho Internacional 



302 VIDA 

desdo el gran plajio do don José María Pando, que insertó en 
una obra suya casi toda mi primera edición, sirviéndose hasta 
de las mismas palabras, i consiguiendo ser citado como autor 
orijinal en Europa, i por algunos de los mas estimables críti- 
cos i colectores de Inglaterra i Alemania, a donde apenas llegó 
mi nombre, desnudo de toda calificación buena o mala. 
«Disimule Usted este desahogo de amor propio.» 



Nornbramien fco.de don Andrés Bello para oficial mayor del ministe- 
rio do relaciones estertores de Chile. 

El documento que paso a copiar da. a conocer cómo don An- 
drés Bello obtuvo la propiedad del empleo que ejerció en Chile 
por tantos años. 

«Santiago, 30 de junio de 1834. 

«Hallándose vacante el empleo de oficial mayor del departa- 
mento de relaciones esteriores, i concurriendo en don Andrés 
133llo, oficial mayor ausiliar del ministerio de hacienda, las apti- 
tudes i domas cualidades que se requieren para el mejor des- 
empeño de dicho empleo, vengo en conferírselo con el mismo 
sueldo de dos mil pesos anuales que actualmente goza. 

«Refréndese, i tómese razón de este decreto, que le servirá 
de suficiente título. — Prieto — Joaquín Tocornal.» 

Bello continuó desempeñando este cargo hasta el 26 do octu- 
bre de IS.o?, i dando en ese largo período de tiempo las prue- 
bas mas ejemplares de exactitud, de laboriosidad i de sabiduría. 

Fué considerado por los diversos ministros, no como un 
subalterno a quien trasmitiesen órdenes, sino como un conse- 
jero cuyas indicaciones escuchaban i seguían con respeto. 

Mientras Bello permaneció en el ministerio de relaciones 
esteriores, las numerosas i graves cuestiones que ocurrieron 
fueron dilucidadas con un tino admirable, que granjeó al nues- 
tro las consideraciones de los gobiernos cstranjeros. 

Apreciando perfectamente las condiciones i circunstancias de 
un pueblo principiante, el ministerio de relaciones esteriores 



DE DOX ANDRÉS BELLO 3G3 



no se manifestó núiiea y ni indecorosamente sumiso, ni ridicu- 
lamente altanero. 

Junto con exijir que se le reconociesen los derechos propios, 
supo atender a los ajenos. 

Nuestra república se mostró digna con los estados poderosos, 
moderada con los débiles, fiel en el cumplimiento do sus pac- 
tos, prescindento en las turbulencias que han ajitado a las na- 
ciones vecinas. 

Obligó a que se le guardase el acatamiento debido, princi- 
piando por guardarlo ella a los demás. 

Los estranjeros que vinieron a establecerse en nuestro suelo 
fueron tratados como chilenos, sin distinciones p >co equitativas. 

Los proscritos de los países inmediatos encontraron en Chi- 
le un asilo seguro para sus personas; pero no protección oficial 
para maquinar contra sus adversarios. 

Eu fin, la dirección de las relaciones esteriores fué tan acor- 
ta la, como podia desearse, i mereció la aprobación de los na- 
cionales; i los aplausos de los estraños. 

Sin duda, tan brillante resultado fué debido, en gran parte, 
a la cordura del carácter chileno, i a la intelijencia i circuns- 
pección do los estadistas que, en aquella época, dirijieron los 
negocios esteriores; pero- todos están acordes en que contribu- 
yó mucho para lograrlo la intervención constante del sabio i 
esperimentado diplomático que, en esa larga serie de años, 
sirvió de secretario a los diversos ministros, de Mentor a algu- 
nos de ellos, i que conservó en el despacho internacional la 
tradición de la conducta atinada que Chile observaba con los 
gobiernos estranjeros. 

Las numerosas piezas oficiales redactadas por Bello sobre^ 
salen, tanto por el vigor del razonamiento i la oportuna erudi- 
ción, como por la conveniencia del estilo, siempre elegante i 
templado, jamas altisonante, ni ampuloso. 

Algunas de ellas pueden presentarse como modelos de este 
dificultoso j enero literario. 

Don Andrés Bello se gloriaba de que, veinte i un año antes 
de las declaraciones del congreso de París en 30 de marzo de 
1856, se hubieran consignado por proposición suya en el tratado 



364 vida 

de amistad, comercio i navegación que las repúblicas de Chi- 
le i del Perú ajustaron en 28 de julio de 1835, las dos estipula- 
ciones que siguen: 

«Artículo 28. Habiendo convenido las dos repúblicas contra- 
tantes en regularizar entre sí la guerra marítima, i disminuir 
en cuanto les sea posible, los efectos destructores que ocasiona a 
los ciudadanos pacíficos de las naciones belijerantes el modo 
actual de hacerla, establecen para el caso de que (por una fatali- 
dad que Dios no permita) se interrumpa entre ellas la paz, la 
Obligación reciproca de no espedir patentes de corso a benefi- 
cio do armadores particulares que se propongan capturar a los 
buques indefensos de uno u otro estado, dejando, por consi- 
guiente, reducidos los medios de hostilizarse, a los que sumi- 
nistre la fuerza pública de ambas potencias. 

«Artículo 29. Adoptan también por la presente convención 
en sus relaciones mutuas los principios de que el pabellón neu- 
tral cubre la mercancía enemiga, i de que la bandera enemiga 
no comunica su carácter a la propiedad neutral; i estipulan 
que, si cualquiera de las dos repúblicas permaneciese neutral 
mientras la otra se halle en guerra con una tercera potencia, 
serán libres las mercaderías enemigas defendidas por el pabe- 
llón neutral, i quedará igualmente esenta la propiedad neutral 
encontrada a bordo de buque enemigo. De la misma inmuni- 
dad, gozarán las personas do los subditos de potencias enemi- 
gas que naveguen a bordo de buques neutrales, siempre que 
no sean oficiales o tropa en actual servicio de su gobierno. 
Declaran, por último, que ambos principios los observarán en 
toda su latitud entre sí, i con las naciones que los adopten, li- 
mitándose a guardar una estricta reciprocidad con las otras que 
solo admitan uno de ellos. » 

Consecuente con estas doctrinas, Bello interpuso su influjo 
para que, en el año de 1837, cuando la guerra con la Confede- 
ración Perú-Boliviana, el gobierno de Chile ajustase su con- 
ducta a los principios del tratado de 28 de julio de 1835, i a 
otros que favorecían del mismo modo a los neutrales. 

líe aquí lo que escribía sobre este asunto en El Akaucano 
correspondiente al 31 de marzo de 1837. 



DE DON 1 ANDRÉS BELLO 3Gi 



«Uno do los efectos mas deplorables de la guerra son los 
perjuicios que ella ocasiona a los pueblos neutrales en sus re- 
laciones con las naciones beligerantes; pero a esta dura condi- 
ción, tienen que someterse todas desde que esta calamidad 
aflijo a la especie humana. El derecho de ofender a nuestro 
enemigo nos autoriza para privarle de todos los medios de 
subsistencia i de comodidad, i para disminuirle o aniquilarlo 
sus recursos; i el comercio estranjero, que le proporciona los 
primeros, i que le mantiene los segundos, está condenado a 
ser en todas partes víctima inocente, pero necesaria, do las 
querellas internacionales. 

«Todo lo que se exije en estaparte de una potencia que está 
en guerra, es la fiel observancia ¿le los principios que ha fijado 
la práctica de las naciones cultas. Cuanto esté comprendido 
en la órbita que ellos abrazan, es un derecho de cuya ejecución 
no pueden quejarse con justicia los neutrales. Chile podia lí- 
citamente haber adoptado en su contienda con el jeneral Santa 
Cruz este axioma de derecho, sin que su conducta atrepellase 
ningún privilejio; pero la moderación de su gobierno, i el es- 
píritu de benevolencia que le anima hacia los pueblos que 
componen la Confederación, le han hecho disminuir conside- 
rablemente los males de la guerra respecto de los subditos 
del enemigo; i no ha querido manifestar menos desprendi- 
miento, ni filantropía, respecto de los de los gobiernos que vi- 
ven con él en relaciones de paz i de amistad. Las reglas que 
se ha propuesto seguir son las siguientes: 

« — 1. a Las propiedades neutrales serán respetadas bajo cual- 
quiera bandera; i sin embargo del derecho que el tratado de 
16 de mayo de 1832 con los Estados Unidos de América con- 
fiere a la república do Chile para condenar como buena presa 
las propiedades americanas bajo pabellón enemigo, el comer- 
cio de los Estados Unidos gozará en esto punto de aquellas 
inmunidades, que el de las naciones que siguen una regla con- 
traria. 

«2. a La bandera neutral cubrirá la propiedad enemiga; i se 
observará esta regla aun respecto de las naciones que, como 
la Gran Bretaña, no reconocen este principio. 



3G6 vida 

«3. a Todo buque neutral podrá comerciar libremente de cual- 
quier puerto de la costa enemiga a cualquier puerto nacional 
o amige;, de cualquier puerto nacional o amigo a cualquier 
puerto de la costa enemiga, i de cualquier puerto de la costa 
enemiga a cualquier puerto de la misma. Se entiende, salvo el 
caso de bloqueo, i el de contrabando de guerra. 

«4. a No se tendrán por contrabando de guerra otros efectos, 
que los comprendidos en la enumeración del artículo 14 del 
tratado entre esta república i los Estados Unidos do América. 
Las reglas prescritas por los artículos 15 i 16 del mismo se 
harán estensivas a todos los pabellones neutrales. 

«5 a Llegado el caso de declararse una plaza o puerto en es- 
tado de bloqueo, que deberá ser siempre efectivo, se dará noti- 
ficación especial a cada buque neutral de los que se presenten 
a la vista de dicha plaza o puerto, para que respeten el blo- 
queo; i solo en caso de no detenerse ala señal de llamada, i de 
seguir, a pesar de ella, dirijiéndose al puerto bloqueado, o en 
caso de intentar romper el bloqueo después do la notificación 
especial, se le aprenderá para la competente adjudicación por 
un tribunal de presas. Pero no será necesaria la notificación 
especial con respecto a los buques que la hayan recibido en for- 
ma en un puerto chileno, es decir, llevándola escrita en sus 
papeles de mar. Las reglas prescritas para los casos de bloqueo 
por el artículo 17 de nuestro tratado con los Estados Unidos 
de América, so harán estensivas a todos los pabellones neutra- 
les. — 

«No puede darse mayor liberalidad de conducta. Las mismas 
potencias que, con tanto tesón, han negado el principio deque 
el pabellón cubre la mercancía, tienen por esta declaración, 
que se hizo oficialmente a los ajentes extranjeros, libertad para 
protejer con su bandera las propiedades enemigas, sin que el 
uso de este derecho perjudique a los neutrales que se hallen a 
bordo de buques enemigos, ni aun perteneciendo a los Estados 
Unidos, con cuyo gobierno está espresamente estipulado lo 
contrario. 

«Pero nada mas honroso a la administración chilena, que 
la regla establecida con relación al bloqueo. La dificultad do 



DE DON ANDRÉS BELLO 3G7 



probar la ignorancia, o el conocimiento do 61, lia dado lugar a 
frecuentísimas disputas sobre la lojitimidad de las presas, i ha 
sido manantial perpetuo do abusos, tanto do las potencias bc- 
lij erantes, como de los neutrales, que, por el cebo del interés, 
han querido burlar los derechos de aquellas a interrumpir el 
comercio con los enemigos. Esta dificultad desaparece con la 
5. a regla establecida por el gobierno de no reconocer violación 
del bloqueo, sino en las naves que no se detengan a la señal de 
llamada, i sigan dirijiéndose al puerto bloqueado, o en las que 
quieran verificar su entrada después de haber recibido la noti- 
ficación de la fuerza bloqueadora, o llevándola escrita en sus 
papeles de mar. Esta benéfica declaración aleja délos neutra- 
les hasta la mas lijera sombra de rócelo de que sus propiedades 
padezcan perjuicios que no sean debidos eselusivamente a la 
imprudencia de los dueños; pues, establecida una regla funda- 
da, no en conjeturas, muchas veces dictadas arbitrariamente por 
el interés, sino en hechos que no están sujetos a cuestión, no 
puede haber lugar a ningún jencro de vejaciones contra el ne- 
gociante que trafique de buena fe, i respete escrupulosamente 
los derechos de las naciones con quienes tiene su tráfico.» 

Aunque el ministerio de relaciones esteriores absorbiera mu- 
cho tiempo a don Andrés Bello, era consultado ademas sobro 
otros asuntos de importancia, en los cuales, mui amenudo, se 
le pedían, no solo consejos, sino también trabajos. 

Es bastante crecido el número de leyes, reglamentos i otras 
piezas oficiales cuya composición i redacción le pertenecen. 



131 Congreso Americano. 

Por el tiempo de que voi escribiendo, don Andrés Bello tuvo 
que espresar su dictamen en una cuestión gravísima, sobre la 
cual hasta ahora andan discordes las opiniones. 

Aludo a la constitución de un congreso americano. 

Me parece interesante dejar consignado cuál fué el parecer 



3G8 



de Bello acerca de un asunto que aun se halla en discusión. 

Don Carlos Calvo ha intercalado, en la ohra titulada Le 
Duoit International Théorique et Puatique, un resumen 
compendioso, pero mui exacto e instructivo, do los oríjenes his- 
tóricos de este proyecto. 

Helo aquí. 

«En 1822, el presidente de Colombia invitó a los gobiernos 
de Méjico, Perú, Chile i Buenos Aires a enviar sus plenipo- 
tenciarios a un congreso, que debia reunirse en el istmo de Pa- 
namá, o en cualquiera otro lugar escojido por la mayoría. 

«El 6 de junio de 1822, se ajustó entro Colombia i el Perú 
un tratado por el cual las dos partes contrayentes se compro- 
metían a usar de sus buenos oficios para con los gobiernos de 
los otros estados de América a fin de inducirlos a firmar un 
pacto de unión i alianza perpetuas. 

«Se concluyó un tratado análogo entre Colombia i Méjico el 
3 de octubre de 1823. 

«En un tratado, que se ratificó el 10 de junio de 1823, Co- 
lombia i Buenos Aires, cimentando de una manera solemne, i 
para siempre, la amistad i la buena intelijencia que existían 
naturalmente entre las dos repúblicas en razón de la identidad 
de sus principios i de la comunidad de sus intereses, contraje- 
ron a perpetuidad una alianza defensiva con el propósito de 
sostener su independencia de la nación española, i de cualquie- 
ra otra dominación estranjera. 

«En el mes de noviembre del mismo año, el congreso perua- 
no aprobó un tratado de unión i de liga americanas para de- 
fender la independencia de estas repúblicas, la cual llegó a ser 
un hecho definitivo a causa de la victoria alcanzada por los pa- 
triotas en Ayacucho el 9 de diciembre de 1824. 

«El 7 de diciembre de 1824, Bolívar, a la cabeza entonces 
del gobierno republicano del Perú, renovó su invitación a las 
otras repúblicas americanas para formar un congreso jencral. 
Esta invitación fué aceptada con entusiasmo; i el 22 de junio 
do 1826, los plenipotenciarios de Colombia, de la América Cen- 
tral, del Perú, i de Méjico (dos por cada estado) se reunieron 
en Panamá. 



DE DON A.ÑDRES BELLO 3G0 

«El 15 de julio, el congreso terminó su sesión, después de 
haber firmado cuatro tratados, de los cuales el primero con- 
sistía en un pacto de unión, de liga i de confederación entre 
las repúblicas de Colombia, de la América Central, del Perú, i 
de los Estados Unidos de Méjico; el segundo estipulaba la tras- 
lación de la asamblea americana a la ciudad de Tacubaya en 
Méjico; el tercero fijaba los continj entes que debía suministrar 
a la lig'a cada una de las repúblicas confederadas; el cuarto re- 
glamentaba el envío i la marcha de estos continj entes. 

«A los trabajos del congreso, habían asistido por invitación 
espresa, un comisario de la Gran Bretaña, i un enviado del reí 
de los Países Bajos, pero sin tomar ninguna parte en las delibe- 
raciones. El comisario británico' se había limitado a aconsejar 
a los plenipotenciarios el que manifestasen respeto a las insti- 
tuciones de los otros pueblos; disipasen las sospechas jeneral- 
mente esparcidas de que la América republicana pretendía 
constituir un sistema político opuesto al de Europa; i consin- 
tiesen en un sacrificio pecuniario en favor de España. La mi- 
sión del enviado neerlandés tenia un carácter puramente pri- 
, vado: espresó a los plenipotenciarios los votos ardientes que su 
soberano hacía por la felicidad de las repúblicas aliadas, cuya 
independencia le habían impedido reconocer todavía las consi- 
deraciones que debía a las grandes potencias. 

«Los Estados Unidos habían tenido igualmente la intención 
de hacerse representar en el congreso de Panamá; pero uno de 
sus dos enviados, que era ministro en Bogotá, falleció cuando 
se dirijia al istmo, i el otro no llegó sino después de haberse 
acordado la traslación a Tacubaya. 

«Las instrucciones dadas a los plenipotenciarios de los Esta- 
dos Unidos ordenaban que ellos debían tomar parte en las 
conferencias a condición de que éstas serian enteramente diplo- 
máticas, i no legislativas; i de que ninguno de los gobiernos 
sería obligado por el voto de la mayoría, antes de que el trata- 
do se hubiera ratificado conforme a su constitución respectiva. 
Manteniéndose en los límites de neutralidad observada por los 
Estados Unidos respecto a España i sus colonias, sus plenipo- 
tenciarios no debían contraer ninguna alianza ofensiva; debían, 
v. de b. 47 



VIDA 



en fin, aconsejar a las nuevas repúblicas que no concediesen a 
ninguna nación privilejios esclusivos. 

«El congreso de Panamá no condujo en suma a ningún re- 
sultado práticó; únicamente Colombia ratificó las convenciones 
estipuladas en él; pero no pudo obtener el canje de las ratifi- 
caciones de los otros gobiernos.» 

Espuestos estos antecedentes, voi a manifestar la parte que 
Bello tuvo en esta perdurable cuestión. 

En un tratado que celebró con Méjico el 7 de marzo de 1831, 
Chile se había comprometido a promover una asamblea j ene- 
ral délas repúblicas hermanas, i a hacerse representar en ella 
por un plenipotenciario. 

Como se ve ; ese proyecto de una Santa Alianza Republi- 
cana opuesta a la Santa Alianza Monárquica, que Bolívar, 
el año de 1827, habia intentado realizar en Panamá, era re- 
novado cuatro años mas tarde, i debía serlo todavía mas ade- 
lante. 

Con fecha 18 de marzo de 1834, don Juan de Dios Cañedo, 
ministro plenipotenciario de los Estados Unidos Mejicanos en 
las repúblicas de Sur América, exijia el cumplimiento de este 
compromiso, i proponía los siguientes puntos como materia de 
las discusiones i resoluciones del futuro congreso. 

í.° Bases sobre las cuales debería tratarse con la España 
cuando se manifestase dispuesta a reconocer la independencia. 

2.° Bases para tratar con la Santa Sede en los concordatos 
que hubieran de hacerse con ella. 

3.° Bases sobre que deben fundarse los tratados que liguen 
a las nuevas repúblicas con las potencias cstranjeras. 

4.° Bases sobre las que deben formarse las relaciones de 
amistad i comercio entre las nuevas repúblicas. 

5.° Ausilios que deben prestarse estas mismas repúblicas en- 
tre sí en caso de guerra estranjera, i medios de hacerlos efec- 
tivos. 

6.° Medios para evitar las desavenencias entre ellas, i de cor- 
tarlas, cuando ocurran, por una intervención amistosa do las 
demás. 

7.° Medios de determinar el territorio que debe pertenecer a 



DE DON ANDRÉS BELLO 371 



cada república, i de asegurar su integridad, ya sea con respecto 
a las nuevas repúblicas entre sí, ya con las potencias estran je- 
ras confinantes con ellas. 

8.° Bases del derecho público, o código internacional, que 
debe rejir en las nuevas repúblicas. 

El gobierno mejicano estaba tan persuadido de la pronta i fá- 
cil reunión del congreso americano, que Cañedo habia sido 
encargado de ofrecer a las naciones hispano-americanas el pa- 
lacio de Tacubaya como un lugar cómodo i aparente, donde 
los plenipotenciarios podían tener sus sesiones. 

Bello, reflexionando acerca del proyecto, se formó la con- 
vicción de que la idea era tan hermosa, como ilusoria. 

Sin dada, convenia, i era urjentísi'mo, acordar reglas gene- 
rales de conducta que señalasen algún rumbo a la marcha in- 
cierta i vacilante de las repúblicas españolas; pero el arbitrio 
propuesto estaba mui lejos de ser el mas acertado. 

En concepto de Bello, la reunión de un congreso tal como el 
que se indicaba, importaba, no la decisión de puntos tan inte- 
resantes, sino su indeterminación indefinida. 

Dos eran las consideraciones mas poderosas en que Bello se 
fundaba para pensar así. 

La primera, la poca probabilidad de que, en medio de tantas 
conmociones intestinas, como ajitaban a la América, pudiera 
aprovecharse una temporada feliz, en la cual todas las repúbli- 
cas de oríjen español gozasen de una paz interior i esteriorque 
les permitiera prestar atención a esa especie de consejo anfio- 
tiónico; i la segunda, la multiplicidad de trámites que serian 
necesarios para llevar a cabo cualquier acuerdo, i darle todas 
las sanciones legales. 

«Sería menester desde luego para todo acuerdo, escribía don 
Andrés en la nota que redactó para que el ministerio chileno 
de relaciones esteriores contestara a la propuesta del ministro 
Cañedo, la unanimidad de los plenipotenciarios; punto difícil. 
En seguida, cada plenipotenciario tendría que remitir lo acor- 
dado a su gobierno, el cual procedería a discutirlo, i consecuti- 
vamente lo sometería a la deliberación de la lejislatura. Cual- 
quier punto, cualquiera modificación, por lijera que fuese, que 



372 vida 

pareciese necesaria al poder ejecutivo o legislativo de cada esta- 
do, exijiria que se remitiese de nuevo el acuerdo a la discusión 
de las otras partes contratantes en el congreso jeneral; i reuni- 
das allí las adiciones i enmiendas de todas, se entablarían nue- 
vas i prolongadas negociaciones para uniformarlas. Suponga- 
mos que se obtuviese por último un nuevo acuerdo, en que 
todos loa plenipotenciarios estuviesen conformes. Sería menes- 
ter someterlo de nuevo a los respectivos gobiernos i lejislaturas; 
i si, en alguno de ellos, se suscitase, como es probable, un nue- 
vo embarazo, habría que reproducir los mismos trámites, quién 
sabe cuántas veces, i con cuánto dispendio de tiempo. Tómense 
ahora en consideración los accidentes que pudieran interrum- 
pir las deliberaciones del congreso jeneral por falta de concu- 
rrencia de algunos estados, o por las vicisitudes de la guerra 
i de la política en pueblos nacientes, cuyas opiniones dominan- 
tes fluctúan i esperimentan a veces mut¿iciones rápidas. ¿Será 
posible calcular el tiempo necesario para que salga a luz, re- 
vestido de todas las formas i sanciones indispensables, el resul- 
tado de las deliberaciones de este congreso, representante de 
tantos otros congresos particulares, todos ellos sujetos a incal- 
culables vicisitudes i variaciones?» 

Don Andrés Bello creia que el procedimiento mas espedito 
de arribar a arreglos era, no las discusiones en un congreso 
americano, sino las negociaciones particulares de estado a es- 
tado. 

El segundo de estos sistemas salvaba los dos mayores incon- 
venientes que podían objetarse al primero: permitía aprove- 
charse de las oportunidades favorables que ofreciese la situa- 
ción interna i esterna de dos repúblicas; i evitaba muchos de 
los trámites i complicaciones que precisamente habían tic 
nacer, si todos los estados de este continente discutiesen el 
asunto en común. 

El gobierno de Chile, habiendo aceptado la opinión de Be- 
llo, le encomendó que la espusiera en una contestación a 
Cañedo, la cual declarase a éste que, aunque Chile no rehu- 
saba cumplir lo pactado en 31 de marzo de 1831, consideraba 
el pensamiento inconducente al fin que se deseaba alcanzar. 



DE DON ANDRÉS BELLO 373 



El proyecto durmió en seguida hasta 1840. 

Ese año, el gobierno mejicano renovó las instancias para 
que el de Chile, según las estipulaciones de 31 de marzo, con- 
curriera a la reunión de un congreso americano. 

Nuestro gobierno repitió que a su juicio aquel no era el 
mejor medio de que las repúblicas del nuevo mundo podían 
valerse para estrechar las relaciones políticas que ya las liga- 
ban; pero que, por su parte, no habría ni oposición, ni demo- 
ra; i, por débiles que fuesen sus esperanzas de un buen éxito, 
accedería gustoso a los deseos que so manifestaban. 

Sin embargo, a pesar de esta incredulidad en los resultados 
positivos de un congreso americano, la idea, que, realmente, 
considerada en abstracto, es harta seductora, fué entusiasman- 
do poco a poco a los hombres que, en aquella época, maneja- 
ban los negocios públicos de Chile. 

El mismo Bello dejó de juzgarla como una utopia estéril de 
consecuencias prácticas para la América. 

Aunque perseveraba en creer que subsistían en toda su fuer- 
za las objeciones que, en tiempo anterior, había levantado 
contra el proyecto, decía que su ejecución, si no había de pro- 
ducir todas las ventajas que algunos so imajinaban, podía a lo 
menos servir para que las repúblicas hispano-americanas, de- 
masiado separadas entre sí, se acercaran, i se conocieran, dis- 
cutiendo materias que les interesaban. 

Atraído por este aspecto de la cuestión, Bello, en noviembre 
de 1844, apoyó en dos números do El Araucano, la reunión 
de un congreso americano. 

Por último, después de repetidas comunicaciones cambiadas 
entre dichas repúblicas para entenderse sobre los arreglos pre- 
liminares, cinco de ellas: Chile, Bolivia, el Perú, Nueva Gra- 
nada i el Ecuador convinieron en enviar sus plenipotenciarios 
a la ciudad de Lima. 

Efectivamente, los representantes de esas cinco naciones 
abrieron sus conferencias el 11 de diciembre de 1847, i las ce- 
rraron el 1.° de marzo de 1848. 

Durante ese período, acordaron varios pactos solemnes, que 
fueron firmados el 8 de febrero del último año: uno de con fe- 



374 vida 

elevación, otro do comercio i navegación, i otros dos titula- 
dos convención de correos i convención consular. 

Esos cinco pactos, que tantas meditaciones i discusiones 
habían costado a los plenipotenciarios, sirvieron solo para ocu- 
par una casilla en los armarios de los ministerios de los esta- 
dos contratantes, escepto la Nueva Granada, que aprobó la 
convención consular. 

Los gobiernos a que esos proyectos fueron sometidos no los 
ratificaron por diversas razones, i los dejaron archivados para 
que los curiosos los consultasen como documentos históricos. 

«La esperiencia ha justificado, dijo al congreso en 1849 el 
ministro chileno de relaciones esteriores, tratando de este 
asunto, lo que se habia previsto por nuestra parte desde el año 
de 1834, como puede verse en la correspondencia de este mi- 
nisterio de relaciones esteriores con el señor ministro plenipo- 
tenciario mejicano don Juan de Dios Cañedo, comunicada al 
cuerpo legislativo chileno en la Memoria de aquel año.» 

El recelo de que algunos gobiernos poderosos intentaran 
intervenir por la fuerza en los negocios de las repúblicas de 
la Amé -ica Española hizo revivir el pensamiento de un con- 
greso americano. 

El señor Calvo refiere como sigue lo que ocurrió sobre este 
particular. 

«El 15 de setiembre de 1856, los plenipotenciarios de Chile, 
del Ecuador i del Perú firmaron en Santiago un tratado, co- 
nocido con el nombre do tratado continental, que fué some- 
tido a la aceptación de las otras repúblicas latino-americanas. 
Estas, sin suscribir esplícitamento a todas las estipulaciones 
del tratado, adhirieron a la idea esencial, que constituía su 
base: todas ellas se declararon dispuestas a entrar en una liga 
permanente. 

«En fin, a consecuencia do una circular del gobierno perua- 
no, fechada el 11 de enero de 1864, cerca de tres meses antes 
de la ocupación do las islas do Chincha por la escuadra espa- 
ñola, el 28 de octubre siguiente, aniversario del nacimiento de 
Bolívar, se reunió en Lima un congreso, en cuyo seno tenían 
representantes la República Arjentina, Bolivia, Chile, el Ecua- 



DE DON ANDRÉS BELLO 



dor, los Estados Unidos do Colombia, Guatemala, el Perú i 
Venezuela. Esta reunión de los plenipotenciarios de las repú- 
blicas hispano-americanas, escepto Méjico, el Paraguai i el 
Uruguai, a las cuales un estado de guerra impidió sin duda 
enviar los suyos, tuvo por resultado la estipulación de un tra- 
tado de alianza, que debe considerarse como la proclamación 
de un principio, mas bien que como la celebración de una liga 
efectiva. » 

Antes de que el resultado de este nuevo ensayo hubiera ve- 
nido a confirmar las predicciones de Bello sobre el poco prove- 
cho positivo que podría traer la reunión de un congreso ame- 
ricano, tuvo oportunidad de espresar, aunque de un modo pri- 
vado, las dificultades que, a su juicio, so oponían a la consecu- 
ción del objeto que se apetecía obtener por el medio indicado. 

El señor don Antonio Leocadio Guzman, plenipotenciario de 
Venezuela, escribió a Bello la carta que paso a copiar. 

«Lima, setiembre 5 de 1864. 

«Muí Apreciado Señor i Compatriota. 

A los diez años, me tiene Usted de nuevo en Lima, i como 
siempre, i en todas partes, deseoso de probar a Usted todo el 
aprecio, afecto i consideración que injenuamente le profeso. 

«El portador será el señor jeneral Francisco Iriarte, mi so.- 
brino, digno de ser introducido a la apreciable amistad de Us- 
ted, como espero que Usted lo vea, después de conocerle. 

«Los documentos que incluyo a Usted quizas pueda conve- 
nir que sean conocidos por Usted, en la posición elevada i 
respetable que Usted ocupa, porque ellos le harán ver por 
dentro el curso de unos meses, i el estado presente del impor- 
tante propósito del congreso americano. Si alguna utilidad 
pudiera resultar de que Usted haga cualquiera otro uso de 
ellos, puede Usted hacerlo libremente por mi parte. 

«Usted es parco en escribir; pero yo me atrevo a esperar que 
no olvide del todo que estamos mui cerca; que mis deberes 
como representante de nuestra querida patria son graves, ar- 
duos i delicados; que sus indicaciones pueden ser mui útiles; i 
que Usted debe a todos sus compatriotas una suma mui gran- 
de de cariño i consideración. 



37G vida 

«lio venido a saber el viaje de mi sobrino a última hora, i 
no tengo tiempo para estenderme. Lo que incluyo, como Usted 
lo notará, no estaba calculado para ser dirijido a Usted; pero, 
no teniendo tiempo para sacar otras copias, van así: con rú- 
bricas, las firmas, i la nota verbal, enmendada. 

«Espera sus órdenes este su mui afectísimo servidor i com- 
patriota — Antonio L. Guzman. 

«Señor Don Andrés Bello, etc., etc.» 

El último respondió, estro otras cosas, al señor Guzman, 
con fecha 24 de setiembre de 1884, lo que va a leerse. 

«He visto varias veces al señor jeneral Iriarte; i es escusado 
decir a Usted el valor que ha tenido conmigo la recomendación 
que Usted me hace de este caballero, no menos que sus apre- 
ciablcs prendas. 

«lie leído rápidamente, aunque con la posible atención, los 
importantes documentos que Usted so ha servido incluirme; 
i hasta la última de sus fechas, no he hallado mas que los pa- 
sos preliminares que la organización del congreso requería, i 
en que (permítame Usted decírselo) resplandece, con mucho 
honor de Usted, su celo patriótico i verdaderamente americano. 

«Por lo que toca al pensamiento i espíritu do la empresa, 
debo decir a Usted que no los hallo suficientemente claros i 
definidos. Talvez hubiera yo debido meditar mas detenida- 
mente los documentos antes de espresar este juicio; pero Us- 
ted tendrá la indulgencia de perdonar cualquiera inadvertencia 
o precipitación mía, porque hace solamente tres dias que se 
encuentran en mi poder, a que se agrega el limitado tiempo 
de que puedo disponer para asuntos serios, en fuerza de las 
mil privaciones a que me tiene reducido el estado de mi salud, 
i de que ha sido testigo el jeneral Iriarte. 

«He dicho que no veo con bastante claridad el pensamiento i 
espíritu del proyectado i ya iniciado congreso do plenipoten- 
ciarios. Esta espresion significa, a mi parecer, una reunión de 
ministros que se juntan para celebrar uno o mas tratados sobro 
materias dadas, i que, una vez discutidas i acordadas, produ- 
cen todos sus efectos para lo venidero, cesando desde entonces en 
sus funciones, i retirándose los vocales. Una reunión de tres, 



DE DON ANDRÉS BELLO 37" 



cuatro, cinco, o el número que se quiera, de plenipotenciarios, 
es, en sustancia, lo mismo que una reunión de solo dos que 
negocian un tratado cualquiera. En uno i otro caso, es necesa- 
ria la unanimidad délos negociadores, la lejitimidad i suficien- 
cia de sus poderes, i la ratificación de los respectivos gobier- 
nos. 

«Esta doctrina, que creo -fundada en principios incontrover- 
tibles de derecho público, admite, sin embargo, ciertas restric- 
ciones. Pudiera, por ejemplo, estipularse que no fuera nece- 
saria la ratificación, i que la firma de los contratantes surtiera 
desde luego todos los efectos de un tratado solemne. Pudiera 
estipularse también que los mismos plenipotenciarios tuviesen 
la facultad de reunirse de nuevo para ventilar i acordar otros 
puntos sobre los cuales recibiesen instrucciones. Pero todo es- 
to podría verificarse en un tratado cualquiera, que, no por eso, 
dejaría de constituir uno o mas pactos internacionales. 

«Otra cosa sería, si se quisiese constituir un congreso perma- 
nente para dar una verdadera unidad a diversas nacionalida- 
des, decidiéndose las cuestiones, no por unanimidad, sino por 
mayoría de sufrajios. Creo que Usted convendrá en que esto 
sería formar una federación, como la de los Estados Unidos de 
Norte América, i aun mas estrictamente tal que la de los Esta- 
dos Unidos de la Nueva Colombia. Cada uno de los estados 
concurrentes se despojaría de una parte mayor o menor de su 
soberanía propia para depositar esa parte en un centro común, 
que sería, por supuesto, una autoridad estraña, porque un 
cuerpo compuesto de representantes de diversas naciones sería 
para cada una de ellas una autoridad estraña, i sus decisiones 
obligarían igualmente a todas ellas, aun contra la voluntad de 
la que estuviese en minoría. 

«Ahora bien, ¿a qué gobierno sería permitido obrar contra 
la constitución que le ha dado el ser, i que ha jurado trasmitir 
ilesa i en toda su integridad al gobierno le jí timo que le suce- 
da? ¿No obraría contra sus mas esenciales deberes, conspiran- 
do con otros gobiernos a establecer un orden de cosas que es- 
taría en abierta oposición con las leyes fundamentales de su 
país? ¿Podría, por ejemplo, el gobierno do Chile conferir a un 



378 



plenipotenciario suyo la facultad do menoscabar la soberanía 
chilena, despojando a su país de una fracción mayor o menor 
de esa soberanía para colocarla en otra parte? Si él mismo ca- 
recería de semejante facultad, ¿cómo podría delegarla? Solo 
por alguno de los medios previstos de antemano para alterar 
la constitución del estado, verbi gracia, un congreso consti- 
tuyente, sería posible verificar una trasformacion semejante. I 
Usted observará que no se trata de un menoscabo insignifican- 
te de la soberanía nacional, pues parece que, en el plan de la 
proyectada obra, se trata de conferir al congreso de plenipo- 
tenciarios la decisión absoluta de cuestiones tan importantes, 
como las de paz i guerra, límites, mediaciones, i transacciones 
internacionales, etc. Un plan tan vasto i grandioso solo podría 
adquirir cierta solidez por la libre aquiescencia de los estados 
concurrentes, observada durante algunos años, i manifestada 
por hechos prácticos. Prescindo de los embarazos, división de 
intereses, influencias estrañas o tal vez corruptoras, i otras cau- 
sas que turbarían el juego de esta gran máquina, i la harían 
bambolear, i desplomarse, aun cuando tuviese algún viso de 
legitimidad.» 

El autor de la disertación precedente iba pronto a completar 
ochenta i cuatro años. 



Importancia social que clon Andrea Bello atribuía a la 
instrucción. 

Como se sabe, don Andrés Bello residió diez i ocho años en 
Londres, donde, casándose sucesivamente con señoras natura- 
les de dicha ciudad, formó dos veces una familia inglesa por 
sus idees i costumbres. 

En Inglaterra, Bello perfeccionó, rectificó i completó la ins- 
trucción que habia recibido en Venezuela. 

Desplegó una constancia verdaderamente estraordinaria i 
ejemplar a fin de adelantar la cultura de su espíritu, ya sea 
buscando por sí solo en los libros la ciencia que le faltaba, ya 
sea pidiendo enseñanza a los hombres distinguidos con quienes 
podia entrar en relaciones. 

Esos libros i esos hombres eran, como es fácil suponerlo, por 
lo jeneral ingleses. 

Uno de los sujetos mas eminentes con quienes entró en co- 
municaciones fué Mr. James Mili, el inflexible padre de Mr. John 
Stuart Mili, ese mismo severo personaje de quien este último 
ha trazado en su autobiografía con mano maestra un retrato 
tan lleno de vida, que causa a los que lo leen la ilusión de ha- 
berle efectivamente conocido con intimidad. 

Mr. James Mili, que se ocupaba a la sazón en coordinar los 
apuntes o notas sueltas en que el célebre Jeremías Bentham 
consignaba sus doctrinas, dio participación a Bello en una ta- 
rea cuyo desempeño obligó a éste a fijar detenida consideración 
en la teoría que da por fundamento a la moral la utilidad, i 
que no admite por científicas otras nociones que aquellas que 
pueden demostrarse por métodos esperimentales. 



330 VIDA 

Dados estos antecedentes, nadie estrañará que don Andrés 
Bello llegase a ser un adepto convencido i fervoroso de la filo- 
sofía inglesa, que han desenvuelto los Bacones, los Loches, 
los Bentham. 

Mr. Jolm Stuart Mili manifiesta, en su autobiografía, que su 
señor padre ejercía frecuentemente poderoso predominio sobre 
cuantos se le acercaban, i que les imprimía, por decirlo así, ca- 
rácter. 

Bello no constituyó una escepcion. 

Aunque, como todo individuo que no reputa el estudio ocu- 
pación peculiar solo de la juventud, i que procura aprender, 
mientras le dura la existencia, varió i progresó en sus ideas, 
debe, sin embargo, convenirse en que permaneció sustancial^ 
mente fiel a las doctrinas primordiales de la filosofía inglesa, 
como lo prueban todas sus obras, incluso el tratado majistral 
de sicolojía i lójica que dejó inédito. 

Tenia muí poca o ninguna inclinación a las teorías metafísi- 
cas i absolutas, cuya adquisición no pudiera esplicarse, i cuya 
verdad no pudiera demostrarse con hechos i esperiencias. 

Sin que fuera precisamente tal, se asemejaba, a lo menos 
bajo algunos aspectos, a lo que ahora suele llamarse a la fran- 
cesa un positivista. 

No se ignora la influencia provechosa i aun decisiva para el 
bien de los individuos i de las sociedades que los discípulos de 
la escuela mencionada atribuyen a la instrucción i al cultivo 
intelectual. 

Los filósofos a que aludo creen que sin esto no hai ni pros- 
peridad, ni moralidad. 

Don Andrés Bello proclamaba francamente, como sus demás 
correlijionarios, este dogma filosófico. 

Lóase lo que escribía en un largo artículo titulado Educa- 
ción, i publicado en los números de El Araucano correspon- 
dientes al 5 i 12 de agosto de 1836. 

«Nunca puede sor excesivo el desvelo de los gobiernos en un 
asunto do tanta trascendencia. Fomentar los establecimientos 
públicos destinados a una corta porción de su pueblo no es 
fomentar la educación; porque no basta formar hombres há- 



DE DON ANDRÉS BELLO 381 



Liles en las altas profesiones; es preciso formar ciudadanos 
útiles, es preciso mejorar la sociedad, i esto no se puede'con- 
seguir sin abrir el campo de los adelantamientos a la parte 
mas numerosa de ella. ¿Qué haremos con tener oradores, ju- 
risconsultos i estadistas, si la masa del pueblo vive sumerji- 
da en la noche de la ignorancia; i ni puede cooperar en la 
parte que le toca a la marcha do los negocios, ni a la riqueza, 
ni ganar aquel bienestar a que es acreedora la gran mayo- 
ría de un estado? No fijar la vista en los medios mas a propósito 
para educaría, sería no interesarse en la prosperidad nacional. 
En vano desearemos que las grandes empresas mercantiles, los 
adelantamientos do la industria, el cultivo de todos los ramos 
de producción, proporcionen copiosas fuentes de riqueza, si los 
hombres no se dedican desde sus primeros años a adquirir los 
conocimientos necesarios para la profesión que quieran abra- 
zar, o si por el hábito de ocuparse que contrajeron en la tierna 
edad, no se preparan para no ver después con tedio el trabajo. 
Las impresiones de la niñez ejercen sobre nosotros un poder 
irresistible, i deciden por lo común de nuestra felicidad. Difí- 
cil es que el que deja pasar este período hermoso de la vida 
sumerjidoen el abandono, el que no aprendió desde niño a so- 
juzgar la natural inclinación al ocio, el que no se ha creado 
la necesidad de emplear algunas horas del di a, pueda después 
mirar sin horror el trabajo, i no prefiera la miseria al logro de 
un desahogo i de unas comodidades que juzga demasiado ca- 
ras, si las compra con el sudor de su frente. Con seres de esta 
especie, ¿habrá moral, habrá riqueza, habrá prosperidad?» 

Don Andrés Bello dio a luz en los números de El Arauca- 
no correspondientes al 8 i 13 de mayo de 1836, un largo artí- 
culo, sumamente interesante por varios motivos, en el cual 
espresa su juicio acerca de la obra titulada Reflexiones sobre 

LAS CAUSAS MORALES DE LAS CONVULSIONES INTERIORES DE LOS 
NUEVOS ESTADOS AMERICANOS, I EXAMEN DE LOS MEDIOS EFICA- 
CES para reprimirlas, por el arcediano de la catedral de Salta 
don José Ignacio Gorriti. 

Entre otros temas dilucidados en ese notable artículo, don 
Andrés se esfuerza por defender, con mucho talento, que el 



382 vida 

principio o criterio de la utilidad, presentado por el filósofo 
ingles Jeremías Bentham como fundamento de la moral, es el 
verdadero; i se esfuerza, del mismo modo, por manifestar que 
todos los demás criterios, incluso el de la esperanza de los 
premios i del temor de los castigos de la otra vida, se reducen, 
en último análisis, al mencionado. 

Con este motivo, Bello dice, entre otras cosas, lo que sigue: 

«Es un error harto común figurarse que tenemos como es- 
critas i estampadas en el alma ciertas máximas de conducta, 
que han precedido a la reflexión, que son unas mismas en 
todos los hombres, i que nos guian con seguridad a lo bueno, 
es decir, a nuestra verdadera felicidad, que nunca puede estar 
en oposieion con la felicidad j enera}. Ilai casos sin duda en 
que las reglas de conducta son obvias i uniformes. El asesi- 
nato, por ejemplo, es un acto que comprometo tan abierta- 
mente la paz de la sociedad i nuestro interés propio; las con- 
secuencias funestas de este acto son tan palpables, que a 
primera vista, i como por un movimiento anterior a to la re- 
flexión, la conciencia levanta el grito vedándolo, i forceja 
contra el brazo del asesino, aun en el hervor de las pasiones 
maléficas que lo arman con el puñal homicida. Pero hai una 
infinidad de casos en que la regla parece oscura o equívoca. De 
aquí la necesidad de cultivar la conciencia; de aquí la impor- 
tancia del estudio de la filosofía moral, ramo de enseñanza que, 
como dice mili bien el señor Gorriti, debiera ocupar el primer 
lugar en la educación del pueblo.» 

Ya en enero de 1831, don Andrés Bello habia principiado, 
casi puede decirse, su parte en la redacción de El Araucano, 
con un artículo que podría denominarse memoria, a causa de 
la estension, titulado Influjo de la civilización en. la mora- 
lidad, el cual cstractó de la conocida obra Systéme peníten- 
tiaire por M. Charles Lucas. 

Ese artículo tiene por objeto la demostración de lo que es- 
presa su título. 

Aparece que Bello atribuía francamente a la instrucción una 
importancia decisiva para la moralidad i la prosperidad, esto 
es, para la civilización de las naciones. 



DE DON ANDRÉS BELLO 383 



I adviértase que Bello sostenía tal doctrina en un país, i en 
un tiempo, en que eran muchos los que profesaban la contra- 
ria, los que pensaban que la instrucción deprava, en vez de 
mejorar el alma, i alienta las pretensiones quiméricas i per- 
niciosas, en vez de impulsar hacia las tarcas tranquilas i 
honradas. 

Corresponde ahora determinar cuál era la instrucción cuyas 
ventajas Bello proclamaba con tanto entusiasmo. 

Voi a decirlo. 

Durante su larga mansión en Inglaterra, Bello se había pe-, 
netrado de que el hombre debe dedicarse al cultivo, no solo de 
las letras, sino también de las ciencias. 

Era esto igualmente lo que le enseñaban esos filósofos in- 
gleses que había tomado por sus maestros. 

Así, junto con perfeccionar sus conocimientos literarios, se 
esforzó por adquirir los referentes a las ciencias exactas i na- 
turales que le faltaban. 

Quien hojee a la lijera las revistas tituladas Biblioteca Ame- 
ricana i Repertorio Americano, a cuya redacción contribuyó 
Bello en Londres, encontrará muchos artículos firmados con 
su nombre relativos al estudio de la naturaleza, que él estrae- 
tó o tradujo. 

Apenas establecido en Chile, desplegó el mayor empeño 
para que los jóvenes se dedicaran al aprendizaje, no solo de los 
ramos literarios, sino también de los científicos i naturales. 

Desde la fundación de El Araucano, cuidó de insertar en 
este periódico, como lo había practicado en La Biblioteca 
Americana i en El Repertorio Americano, artículos muí in- 
teresantes i variados en que se tocaba algún punto de esas 
ciencias, a fin de despertar por este medio la afición a su es- 
tudio. 

Hizo mas todavía. 

No se cansó nunca de estimular al gobierno i al público 
para que fomentasen el cultivo de las ciencias exactas i na- 
turales. 

En el número de El Araucano correspondiente al 16 de ju- 
lio de 1831, publicó sobre esta materia un artículo verdadera- 



384 VFDA 

mente notable, tanto por la solidez del razonamiento, como 
por la belleza de la forma. 

No puedo resistir al deseo de reproducir uno de los trozos 
do ese artículo, que no se habría desdeñado de firmar el es- 
critor mas elocuente. 

«Felices aquellos que pueden dedicarse desde temprano al 
estudio de algunos ramos de los conocimientos humanos. To- 
dos tienen, sin duda, sus hechizos i sus ventajas, desde la poe- 
sía, que, por sus brillantes cuadros, conmueve i hiérela imaji- 
nacion, bástala metafísica, que nos hace conocerlos resortes 
secretos de nuestra inteligencia; desde la historia, que nos de- 
senrolla las revoluciones de los imperios, i los progresos de la 
civilización, hasta la filosofía, que perfecciona las facultades 
intelectuales, i nos hace amar la verdad. Todos estos estudios 
son mui dignos de cautivar el espíritu de todo ser racional; 
pero no son menos los que, elevándonos a la contemplación del 
universo, nos impulsan a estudiar la causa misma que le ani- 
ma: aquellos que nos descubren todo lo maravilloso de esos 
fenómenos numerosos, tan singulares como importantes, que 
nos esplican la teoría de los vientos i de las borrascas, la de 
esos relámpagos que nos alumbran con una luz tan particular, 
la do esos temblores que nos asombran con sus fuerzas, i nos 
intimidan con sus efectos, la de esos cometas, en fin, sobro los 
cuales absurdas supersticiones, trasmitidas por la credulidad en 
lo antiguo, subsisten aun en el vulgo. Todas estas maravi- 
llas, todos estos hechos tan singulares, ¿no son capaces de con- 
mover la atención mas indiferente, i entusiasmar la imajinacion 
mas fria? Sin intentar avanzarnos hacia ose grande horizonte, 
delante el cual el perezoso echa pié atrás, por el espanto que 
le causan su inmensidad i la dificultad de juzgarle, las cosas 
mas vulgares, aun aquellas que muchas personas desprecian, 
esos pequeños insectos, esos animalejos, esas plantas, i tantos 
otros objetos, aun mas viles i mas comunes, despreciados por 
unos i admirados por otros, ¿no son un mundo de ideas para el 
que quiera conocer sus costumbres, sus armas, sus astucias e 
inclinaciones? ¡Cuan admirable es el encadenamiento que exis- 
te entre ellos, i la armonía que preside sus acciones i los dife- 



DE DON ANDRÉS BELLO 385 



rentes períodos de su vida! Cuando el hombre, en sus profun- 
das meditaciones j puede darse razón de todas estas maravillas, 
contento con su suerte, tributa gracias al Todopoderoso por 
haberle hecho conocer lo que el vulgo no puede concebir, ni 
aun comprender. 

«Si estos placeres, si estos goces no fuesen reales, puros í 
dignos de desear, ¿cuál sería el hombre que se atreviera a dejar 
su país para ir a estudiar esas futilidades a naciones, por lo co- 
mún bárbaras, o entre los salvajes de la Oceanía, o a esos 
bosques i desiertos que solo habitan enemigos terribles de la 
especie humana? ¿Cuántas personas no han sido víctimas cié su 
gran celo? Sin embargo de estos tristes ejemplos, la vieja Eu- 
ropa, la joven América boreal i muchas otras naciones ilustres 
ven todos los dias a sus hijos espatriarse, i atravesar mares 
inmensos por ir a escalar montañas las mas altas, i a desafiar 
espantosos precipicios, con el solo olí jeto de consultar a la na- 
turaleza en toda su belleza, i en todo su horror. Tal es el 
prestí j lo de esta ciencia, que no hai casi país cuyas produccio- 
nes no tengan sus historiadores. Ya el centro de la formidable 
África ha sido pisado muchas veces por sabios europeos; i los 
ríjidos polos boreal i austral han visto sucumbir sus heladas 
barreras a la dilíjencia e intrepidez do los Parry, de los Wed- 
dell i de otros muchos hombros científicos, a quienes una pasión 
decidida por todo lo que podía aumentar sus conocimientos, 
trasportaba a estas frias i peligrosas rej iones. 

«Si semejantes ejemplos no bastasen para hacer que la juven- 
tud chilena se aficione a ciencias que tienen tantos atractivos, 
un objeto mas noble aun, i mas filantrópico, el de la utilidad, 
debería empeñar el gobierno a emplear toda clase de medios 
para introducir el gusto por ellas. La historia natural, la físi- 
ca i la química se han hecho ciencias casi populares, i la indus- 
tria ha llegado a ese grado de elevación i de perfección en que 
la vemos, cuando los gobiernos ilustrados, convencidos ele sus 
utilidades, hicieron abrir, casi en todas las ciudades, cursos 
públicos, a donde concurrían fabricantes, médicos, farmacéuti- 
cos, militares, manufactureros, agricultores, etc., a tomar co- 
nocimientos, que después iban a poner en uso en sus talleres, 

V. DE C, 49 



38G vida 

sus laboratorios, sus manufacturas, etc. El estudio de la na- 
turaleza corresponde a todas las clases i a todas las condicio- 
nes: antorcha de la sociedad en jeneral, alumbra con su bien- 
hechora luz a todos los ramos de la industria i de las ciencias, 
i desarrolla al mismo tiempo la imajinacion del poeta i el jui- 
cio del literato, sometiendo sus ideas a ese espíritu de lójica i 
de método, que constituye uno de los principales atributos de 
las ciencias naturales.» 

Consecuente con tales propósitos, Bello insertaba, en El 
Araucano correspondiente al 30 de julio de 1831, un artículo 
en el cual proponía la creación de un museo o gabinete de his- 
toria natural; i en el número correspondiente al 6 de agosto 
del mismo año, otro en que manifestaba la utilidad de un 
curso especial de química aplicado a la industria i a la agri- 
cultura. 

Habiéndose publicado, a principios de 1832, un proyecto de 
plan de estudios para la enseñanza media i profesional, 
don Andrés Bello hizo, en el número de El Araucano corres- 
pondiente al 21 de enero, diversas observaciones sobre las dis- 
posiciones del mencionado proyecto. 

Entre otras, es notable lo que dice acerca de la necesidad de 
jeneralizar el estudio de las ciencias naturales. 

«No es bastante al hombre el conocimiento de sí mismo, i el 
de las relaciones que lo unen con los de su especie. Es preciso, 
ademas, darle a conocer los seres estraños que le rodean, i sus 
propiedades, i desenvolverle las causas de los fenómenos de 
la naturaleza que asombran al vulgo; es preciso darle una idea 
jeneral del universo, i manifestarle cómo descienden los cuer- 
pos, de qué modo suben los líquidos, por qué medios los obje- 
tos materiales hieren sus sentidos, i cuáles son los recursos 
con que un habitante de la tierra recorre las inmensas órbitas 
que describen los astros, i demarca cada punto de su carrera. 
Sin esta parto de la educación, las ideas son mui volátiles. 
Hombres hai que admiran la heroicidad de Virjilio, i gustan 
de las dulzuras do Ovidio, sin saber formar un raciocinio, sin 
discernir lo justo i lo injusto, i sin conocer el punto que ocupan 
en el globo. La caída de una piedra es para ellos un misterio; 



DE DON ANDRÉS BELLO S37 



el ascenso del agua por medio de una bomba es un artículo 
de nigromancia; un movimiento de tierra, o escasez de lluvias, 
son los signos de las venganzas del Ser Supremo; i las gran- 
des adquisiciones de las matemáticas les parecen paradojas. 
Es indispensable un curso de física para completar la educa- 
ción preparatoria, porque, sin ideas de lo que es la naturaleza, 
los conocimientos anteriores tienen mui poco ensanche; i habrá 
ocasiones en que un hombre, por instruido que esté en el arte 
de hablar i de pensar, i en las ciencias morales, no pueda ha- 
cer aplicación ninguna de sus conocimientos, porque sus ideas 
no pasan del círculo de sus facultades mentales, i de el de las 
relaciones con sus semejantes. Si se dibujara un cuadro ma- 
terial de la educación preparatoria, se veria primeramente al 
hombre ocupado en ejercitar sus órganos; después, en arreglar 
las operaciones del entendimiento; mas adelante, observando 
los movimientos del corazón; i al fin, entregado con todas sus 
potencias i sentidos a contemplar, discurrir, combinar, admi- 
rar i obrar. » 

Ha habido necesidad de que trascurran muchos años antes 
de que se hayan puesto en planta las ideas indicadas por Bello 
relativamente al plan de instrucción pública. 

Esto nos hace ver la resistencia casi incontrastable que la 
ignorancia arraigada en nuestra sociedad oponía a todo lo que 
se encaminaba a minorar o destruir su imperio. 

Pero esto no puede asombrarnos. 

¿Ahora mismo no hai que sostener la mas porfiada lucha 
para impedir que se arruinen todas esas obras de civilización 
levantadas con tanto trabajo, i superando tantos obstáculos, 
por Bello i otros ilustres ciudadanos? 

De todos modos, la simple enumeración de las indicaciones 
hechas por don Andrés en favor de la instrucción pública de- 
muestra irrefutablemente que eso sabio insigne debe ser con- 
tado entre los campeones mas esforzados del progreso. 

Una de las calidades distintivas del sistema escolar seguido 
en la antigua España, i mui especialmente en sus estableci- 
mientos ultramarinos, era el predominio excesivo de las prác- 
ticas eclesiásticas en las casas de educación, que de este modo 



3S8 



so asemejaban a conventos o claustros frecuentados por aspi- 
rantes al sacerdocio, mas bien que por hombres destinados a 
vivir en el mundo. 

Para conseguirlo, se Labia introducido la costumbre casi in- 
variable de que los jefes i profesores de esas instituciones fue- 
ran hombres de iglesia. 

Los rezos i las prácticas de devoción ocupaban tanto tiempo, 
como las estudios, o quizá mas. 

Era esto lo que sucedía entre nosotros en la época de que 
voi hablando. 

Aunque don Andrés Bello manifestó siempre mucho respe! o 
a la relijion T no vaciló en pro-testar con la mayor enerjía, i de 
la manera mas categórica, contra semejante' rejimen. 

En el artículo referente a la obra del arcediano Gorriti, Be- 
llo, tratando de este punto T se espresa testualmente como 
sigue. Uno de los medios mas eficaces de reformar las cos- 
tumbres viciosas, dice, es la instrucción relijiosa; «pero una 
instrucción relijiosa en que se dé menos importancia a las prác- 
ticas estertores,, al culto meramente oral, a las espiaciones de 
pura fórmula, al misticismo, a las austeridades ascéticas; i en 
que ocupen el primer lugar, las grandes verdades morales, él 
homenaje del corazón, i el ejercicio habitual de la justicia i de 
la beneficencia.» 

La manifestación de talos- ideas, i de otras que daré a co- 
nocer pronto, desagradaron sobremanera a muchas personas 
timoratas. 

I en efecto, Bello no estuvo por entonces en olor de santidad. 

A pesar de su circunspección cstraordinaria, era clasificado 
entro los sospechosos de impiedad. 

Muí poco después de la fecha a que aludo, ocurrió la desgra- 
cia, jamas suficientemente lamentada, de que don Ventura 
Marín perdiese el juicio. 

Siempre habia habido entre Bello i Marín la mejor armonía, 
la armonía que debía existir entre dos individuos semejantes. 

Sin embargo, cuando el estravío déla razón impidió a Marín 
mantener secreto en el fondo del alma lo que pensaba do 
Bello, lo publicó a gritos por las calles i plazas; i fué aun en 



DE DON ANDRÉS BELLO 389 



persona a repetirlo al mismo don Andrés en su propia casa con 
palabras furibundas i ademanes descomedidos. 

— Este es el corruptor de la juventud, este es el propagador 
de la irrelijion, decía Marín, señalando a Bello. 

Puede conjeturarse sin temeridad que muchos de los con- 
temporáneos, allá en sus adentros, debían, como el infortunado 
i respetable Marín, en medio de sus desvarios, tener a Bello 
por el introductor de novedades perniciosas. 



Indicaciones de don Andrés Bello en favor de la instrucción 
primaria. 

Bello hizo los mas laudables esfuerzos para que se foménta- 
se i mejorase la instrucción primaria, i propuso con este obje- 
to arbitrios muí acertados. 

En un largo artículo, que puede leerse en los números de El 
Araucano correspondientes al 5 i al 12 de agosto de 1836, 
manifestó la urjencia que había do atender a la enseñanza de 
las clases mas numerosas do nuestro pueblo, hasta entonces 
sumamente descuidada. 

No recuerdo que otro antes que él haya abogado tanto por 
esta noble causa. 

Bello sostenía que debían enseñarse en las escuelas prima- 
rias precisamente la lectura, la escritura, el catecismo de la re- 
lijion, la gramática castellana i la aritmética. 

Pero lo que hai de notable es que no se contentaba con es- 
to solo. 

«Talvez sería demasiado exijir en la infancia do nuestros 
pueblos, decía; pero no podría menos de ser grato a los aman- 
tes de su prosperidad, no ceñirse a la adquisición de estos cono- 
cimientos necesarísimos (los antes mencionados), i enriquecer 
la educación popular con otras ideas, no talvez indispensables 
en el curso ordinario de la vida, pero que elevan el alma, pro- 
porcionan medios para ocupar con provecho los momentos que 
dejan sin empleo las tarcas que forman nuestra ocupación 



OÜO VIDA 

principal, i constituyen la felicidad de muchos instantes de la 
existencia. Entre estas ideas, se pueden contar como mas inte- 
resantes algunos principios de astronomía i de jcografía, no 
enseñados con la profundidad de que son susceptibles estos ra- 
mos, i que requieren la posesión de otros elementos científicos, 
sino en lijeros compendios i en forma de axiomas i noticias, 
i algunas cortas nociones de historia que den un conocimiento 
del mundo en los siglos pasados, i de los acontecimientos 
principales ocurridos desde la creación. Aun cuando estas re- 
ducidas nociones no hagan mas que excitar la curiosidad, e 
infundir para satisfacerla afición a la lectura, se habrá hecho 
un bien positivo a la población. ¡Cuántas horas perniciosamente 
sacrificadas a los vicios, o perdidas en el ocio, serian empica- 
das en un útil recreo! Tal vez podran parecer estas indicaciones 
sujéridas por un deseo exajerado e irrealizable de innovar; pero 
mui fácil será convencerse de que no hai en esto ni exajera- 
cion, ni quimeras, si se considera que, aun en muchos puntos 
de la India, se ha dado por los misioneros ingleses toda esta, i 
talvez mas latitud, a la educación de las clases mas misera- 
bles.» 

Este prospecto de instrucción primaria parecía a Bello toda- 
vía reducido. 

Así, continuaba diciendo: 

«Mas, si, por no ser de primera necesidad estos ramos do 
enseñanza, se pueden omitir en los primeros tiempos de nues- 
tra trasformacion social, no es posible que suceda otro tanto 
con el conocimiento de nuestros deberes i derechos políticos. 
Rejidos por un sistema popular representativo, forma cada uno 
parte de ese pueblo en quien reside la soberanía; i mui difícil 
o imposible es conducirse con acierto en esta posición social, 
si so ignora lo que podemos exijir, i lo que puede exijir de no- 
sotros la sociedad. El estudio de la constitución debe, por con- 
siguiente, formar una parte integrante déla educación j enera!, 
no con la profundidad necesaria para adquirir un conocimiento 
pleno del derecho constitucional, sino recomendando solo a la 
memoria sus artículos para ponerse al cabo de la organización 
del cuerpo político a que pertenecemos. Sin esto, ni podremos 



DE DON ANDRÉS BELLO 391 



cumplir jamas con nuestras funciones como miembros de él, 
ni tendremos por la conservación do nuestros derechos el celo 
que debo animarnos, ni veremos jamas encendido ese espíritu 
público, que es uno de los principios de la vitalidad de las na- 
ciones.» 

Después de cerca do medio siglo, todavía hai que variar muí 
poco en el programa trazado por Bello para la organización de 
la instrucción primaria. 

El hombre eminente sobre cuyos servicios a la ilustración 
de Chile voi haciendo estos apuntes, fijó también la atención 
en la clase de libros que debían ponerse en manos de los alum- 
nos de las escuelas. 

En el artículo relativo a la obra del arcediano Gorriti,cita 
el siguiente trozo escrito por aquel ilustrado eclesiástico, «cuya 
liberalidad de opiniones era, escribía Bello, harto rara por 
desgracia en el clero». « — Bajo el dominio español (estas son 
las palabras de Gorriti), no habia sistema de educación en las 
escuelas. Los maestros de primeras letras eran en lo jeneral 
ignorantes i viciosos; toda su educación era cual se debia 
esperar de ellos. Cada niño leia el libro que podia traer de su 
casa: historias profanas, cuya relación no entendían ellos ni 
sus maestros, libros de caballería o cosas parecidas. Los pa- 
dres mas piadosos daban a sus hijos, para leer, vidas de san- 
tos, escritas por autores sin criterio, i por consiguiente, sobre- 
cargadas de hechos apócrifos i de milagros fmjidos, u obras 
ascéticas, partos de una piedad indijesta. Los niños cierta- 
mente aprendían a leer, pero su razón habia recibido impre- 
siones siniestras, que producían efectos fatales en la vida so- 
cial. — » 

Don Andrés Bello, después de copiar. el trozo precedente, 
agregaba por su parte: «¡Ojalá que los defectos de que habla 
el autor, i sobre todo el do la mala elección de los primeros 
libros que se ponen en manos del niño, hubieran desaparecido 
con la dominación española! Este es uno de los puntos rela- 
tivos a la educación popular que demandan mas urjontemente 
la atención del gobierno.» 

Don Andrés Bello propone en el mismo artículo que se dis- 



VIDA 



tribuyeran gratuitamente los testos por lo menos a los niños 
pobres. 

Lo que hace mas honor a Bello en la materia de que voi 
tratando, es el haber recomendado, con fecha 12 de agosto de 
1836, el que se fundasen en Chile escuelas normales de pre- 
ceptores. 

Yo no sé que alguno otro antes que él haya propuesto esto 
mismo en nuestro país. Así, me parece oportuno citar sus pro- 
pias palabras. 

Helas aquí. 

«Para jeneralizar i uniformar aun mismo tiempo la instruc- 
ción, nada mas obvio i eficaz, que la creación de escuelas que 
formen a los profesores. Consultando en ellas la perfección i 
la sencillez de los métodos, i diseminando después a los alum- 
nos aptos por todo el territorio de la república, como otros 
tantos apóstoles de la civilización, hallaría la juventud en to- 
das partes los mismos medios de adquirir esta importantísima 
ventaja, i de habilitarse para dedicarse desde temprano al jé- 
nero de industria que deba proporcionarle recursos para su 
subsistencia. En varios puntos de Europa, i con mas escrupu- 
losidad en el norte de Alemania, so fomentan con un éxito 
felicísimo esta clase de establecimientos.» 

Con anticipación a la fecha referida, esto es, en 31 do di- 
ciembre do 1831, Bello había ya tenido el honor do dar a luz 
en El Araucano un artículo en que manifestaba la utilidad 
de abrir escuelas dominicales, o clases gratuitas para que los 
pobres aprendiesen a leer solamente en los domingos, sin que 
se les siguiera perjuicio en sus jornales por pérdida de tiempo 
i trabajo, i de publicar librifcos baratos sobre materias intere- 
santes i provechosas, los cuales se di tribuyeran entre los indi- 
viduos do las clases poco acomodadas. • 



DE DON ANDHES BELLO 39c 



Oposición de clon Andrés Bello a la censura para la internación 

de libros. 



Don Andrés Bello era hombre que tenia la pasión de la lec- 
tura. 

Leia a todas horas, i como podia. 

Recuerdo haber visto con estrañeza que se entregaba a la 
lectura apenas concluía de comer. 

Habiéndole yo manifestado que consideraba dañosa para su 
salud esta costumbre, me contesto: — Amigo, el hombre so ha- 
bitúa a todo; Usted sabe que Mitridátes se habituó al veneno; 
yo me he habituado a la lectura, i aun a una larga lectura, 
después de comer, i no me hace mal; lejos de esto, he descu- 
bierto que la lectura de las Partidas es un excelente diges- 
tivo. 

Don Andrés creía tan provechoso el hábito de la lectura, 
que, no solo lo practicaba personalmente, sino que no se can- 
saba de aconsejarlo a los demás. 

A pesar de que sus recursos pecuniarios eran escasos, so 
apresuraba a comprar por precios subidos los primeros ejem- 
plares de las obras interesantes que llegaban; i por esto suce- 
dió que las pastas de los diversos volúmenes de muchas de las 
que componían su abundante biblioteca eran de distintos colo- 
res, pues el deseo de leerlos le habia inducido a irlos compran- 
do uno por uno a medida que se ponían en venta. 

Pero Bello consideraba la adquisición de libros como un 
medio indispensable de satisfacer una imperiosa necesidad, 
no solo individual, sino social. 

En su concepto, la lectura era el arbitrio mas eficaz que 
podia tocarse para difundir la instrucción. 

Un hombre de tales gustos i de tales convicciones no podia 
conformarse con las trabas a que la introducción de libros es- 
taba a la sazón sujeta en Chile. 

Para apreciar la oposición de Bello a este sistema, debe sa- 
berse que, veinte años después de la revolución de 1810, no 
podia internarse lejítimamente ninguna obra sin permiso pre- 



394 



vio de censores designados por la autoridad ccleciástica, los 
cuales ajustaban sus procedimientos a las indicaciones del ín- 
dico espurgatorio. 

Yoi a trascribir un artículo de El Araucano, fecha 21 de 
abril de iSS?, en que Bollo, con tono tan comedido, como fir- 
me, reprueba los absurdos verdaderamente bochornosos que 
se cometían en esta materia. 

«El comunicado inserto en el último número de El Correo 
Mercantil sobre ciertos libros que dice haberse condenado en 
la aduana por prohibidos o peligrosos, nos anima a presentar 
algunas consideraciones que nos parecen dignas de la atención 
del público i del gobierno/ 

«I primeramente, contrayéndonos a los libros detenidos, no 
alcanzamos qué razón haya para la prohibición de la Delfín a, 
novela de Madama de Stacl, cuyas obras se distinguen todas 
por la pureza de los sentimientos morales. Si esta novela se 
prohibe, no se deben tratar con mas benignidad las de Richard- 
son, Walter Scott, i otros muchos. Es regular que el exami- 
nador se proponga cerrar la entrada a todas las producciones 
de esto jénero de literatura. El Diablo Cojuelo, compuesto 
orijinalmente por Luis Vélcz de Guevara, ha corrido en Espa- 
ña sin embarazo en los peores dias de la inquisición; i no hai 
mas motivo para prohibirlo, que a cualquiera de los innumera- 
bles cuentos jocosos que han salido a luz en castellano. Con 
que, para ser consecuentes, hemos de poner en el espurgatorio 



* El comunicado del Correo Mercantil correspondiente al 18 de 
abril de 183:2, a que Bollo aludía, era el que sigue: 

ataque a la propiedad i la ilustración 

«El revisador de los libros que se introducen en la aduana don Vi- 
cente Pustíllos, nombrado por el eclesiástico, se ha avanzado a abrir- 
me dos cajones de libros, sin mi presencia, i condenó tres ejemplares 
de la DELFINA de Madame Sta'él. En el mismo acto, condenó a otro 
comerciante el Vattel, por cuya obra se enseña en el colejio del 
instituto Nacional el derecho de jentcs. ¡O témpora; o mores! — 
J. M. M.» 



DE DON ANDRÉS BELLO 393 



chileno casi todo cuanto se lia escrito de festivo i satírico en 
nuestra lengua, incluyendo el Jil Blas, i el Quijote. 

«Está prohibido el Vattel; i no es difícil adivinar la razón. 
Hai en él dos capítulos en que se encuentran proposiciones 
erróneas. ¿Pero no hubiera bastado tildarlas? Por media doce- 
na de renglones, no es justo proscribir una obra clásica, que 
es de primera autoridad en cuestiones de derecho de jent.es, i 
se cita con respeto en los tribunales, i los cuerpos lejislativos do 
todas las naciones cultas. 

«Es sabido que se han colocado gran número de libros, en el 
espurgatorio por las opiniones políticas que contienen. No hai 
autor que haya impugnado el derecho divino de los reyes, que 
haya defendido los derechos del pueblo, los derechos mismos 
que la constitución chilena ha reconocido solemnemente, que 
nuestras autoridades han jurado sostener, i que miramos como 
nuestro mas precioso patrimonio, que no haya sido objeto de 
censura, i condenado sin otro motivo a las llamas. ¿Tolerare- 
mos que esta prohibición subsista? ¿No es ya tiempo do alzar 
un entredicho que nos priva de tantos libros útiles i necesa- 
rios, i que, por otra parte, es una tácita condenación de los 
principios que profesamos, i en cuya defensa, ha corrido la 
sangre chilena? 

«Otro gran número de libros están prohibidos, porque, en 
ellos, se han defendido las regalías de los soberanos contra las 
usurpaciones de la curia romana, usurpaciones que todos los 
católicos juiciosos confiesan i deploran, pero que pertenecen ya 
a la historia, i forman una de las lecciones mas importantes 
que ella puede dar a los gobiernos i a los pueblos. Esta es otra 
de las razones políticas que han contribuido a la prohibición 
de la incomparable obra de Vattel, i que nos priva de muchos 
otros libros preciosos. ¿No pudiera el gobierno, con acuerdo del 
digno prelado que está a la cabeza de nuestra iglesia, restituir 
al público el goce de todas esas riquezas literarias, injustamen- 
te sustraídas a la circulación? Bórrese en hora buena todo" lo 
que se juzgue herético, o peligroso; proscríbase con la mayor 
severidad lo inmoral i lo impío; pero no se confunda el interés 
de la relijion con el de los tronos despóticos, que tanto daño 



30G VIDA 

lo han hecho, abusando do ella para cegar i esclavizar a los 
pueblos.» 

La sola circunstancia de que pudieran perpetrarse, sin pro- 
vocar una indignación jeneral i abrumadora, hechos como los 
denunciados, es una revelación espresi va del apocamiento in- 
telectual en que se hallaba Chile. 

Como puedo percibirse fácilmente, los patrocinantes de la 
ignorancia i del atraso eran tan poderosos, casi iba a decir tan 
omnipotentes, que los que trataban de oponerse a sus excesos, 
tenían que recurrir a todo linaje de miramientos, a fin de no 
ser agobiados. 

Así, debemos estimar como corresponde los esfuerzos de los 
que arrostraron grandes desagrados, i se espusieron a grandes 
daños, por conseguir, en beneficio de todos, el que los libros 
pudieran internarse i circular libremente. 

Aquel que voi refiriendo es un interesante episodio de nues- 
tra historia literaria en que no so ha fijado la atención. 

En un artículo de colaboración inserto en el número de El 
Araucano correspondiente al 23 de noviembre de 1832, se la- 
mentaba amargamente el que estuviesen colocados en el índico 
do los libros prohibidos El Espíritu dé las Leyes de Montes- 
quien, el Antenor i el Euseqio do Monlegon, el Belisario 
de Marmontel, el Ensayo de las Costumbres do Voltairc, i 
lo que era mas, la Historia de la Inquisición Española de 
Llórente. 

El artículo a que me refiero es sumamente curioso por la 
valentía de las opiniones. 

¿Quién fue su autor? 

La redacción de El Araucano se limitó a declarar que aquel 
artículo había sido remitido por un amigo de los editores, los 
cuales se complacían en publicarlo bajo el epígrafe de sus es- 
critos, ya que la modestia del autor les había prohibido hasta 
la facultad do dar a conocer las iniciales de su nombre. 

El clero i lajentc devota perseguían con encarnizamiento 
implacable todos los libros en que se traslucía alguna libertad 
de pensamiento. 

Sin embargo, el réjimen vijente era tan insostenible i tan 



DE DON ANDRÉS CELLO -397 



bárbaro, que el gobierno se resolvió a secularizar tímidamente 
i a medias la censura, a fin de mitigar con disimulación algún 
tanto las restricciones que dificultaban la introducción do li- 
bros. 

«Santiago, diciembre G de 1832. 

«Su Excelencia el presidente se has servido decretar con fe- 
cha de ayer lo que sigue: 

« — Deseando el gobierno que el examen i revisión de los 
libros que se introducen en las aduanas se verifique con todo 
el acierto i circunspección debida a tan importante objeto, 
tiene a bien nombrar tres individuos, que lo son don Mariano 
Egaña, don Andrés Bello i don Ventura Marín, para que, aso- 
ciados a los que, por disposiciones anteriores vijentes, tenia 
comisionados el reverendo obispo gobernador de la diócesis, o 
ele nuevo elijiere, reconozcan i examinen todos los libros que 
vengan a las aduanas, antes de ser despachados, i entregados 
a sus dueños. Comuniqúese a quienes corresponda, e imprí- 
mase. — 

«Lo trascribo a Usted para su intelijenda. 

«Dios guarde a Usted — Joaquín Tocornal. 

«Señor Don Andrés Bello.» 

Según puede colejirse, la autoridad eclesiástica no ejercito 
la intervención que el supremo decreto de 6 de diciembre de 
1832 le reconocia en la censura de libros'. 

Los nombrados por parte del gobierno, según lo declara Be- 
llo en El Araucano de 3 de octubre de 1834, desempeñaron 
sus funciones con liberalidad e induljencia, i sin recurrir al 
índice de la inquisición para reglar por 61 sus fallos. 

El rójimen colonial i vetusto fué, pues, suavizado; pero la 
libertad limitada para la introducción de libros que resultó en 
la práctica a consecuencia del supremo decreto de 6 de diciem- 
bre de 1832 trajo nuevos inconvenientes tan molestos, como 
perjudiciales. 

Don Andrés Bello, en El Araucano de 10 de mayo de 1833,. 
denunció con entera franqueza esos inconvenientes; i para re- 
mediarlos, pidió atrevidamente la completa abolición de la 
censura. 



308 VIDA 

lié aquí lo quo escribió sobre el particular. 

«Al crear la junta de censura, se propuso el gobierno miti- 
gar las reglas establecidas para la introducción i circulación 
de libros, i levantar la proscripción de gran número de obras, 
a que se lia dado lugar en los índices espurgatorios, sin mas 
motivo, que el de sostenerse en ellas los principios mismos 
que legitimaron nuestra gloriosa revolución, i que forman la 
base'de nuestro actual gobierno, i de todo sistema político, en 
que se consultan los votos e intereses del pueblo. Mediante la 
creación de esta junta, se lian bocho accesibles a la juventud 
estudiosa Tal público muchas obras tildadas antes injustamente 
por la censura inquisitorial, i necesarias para el cultivo de las 
ciencias. Mas, a pesar de este beneficio, el público se queja, 
i no sin razón, de que el comercio de libros sufre ahora mas 
trabas i embarazos, que en las épocas precedentes. La censu- 
ra se hacía antes a ciegas, con absoluta sujeción a un espur- 
gatorio, en cuya formación, tuvo a lo menos tanta parto el 
espíritu suspicaz de los gobiernos enemigos de la libertad, como 
el celo por la relijion i las buenas costumbres. Los libros con- 
tenidos en él eran condenados, i sustraídos a la circulación, por 
inocentes i útiles que fuesen. Los que se habían escapado a la 
vijilancia de los espurgadores, o que, por demasiado recientes, 
no habían alcanzado a ponerse en las listas de proscripción, 
se dejaban pasar, sin el menor obstáculo, aunque rebosasen 
de inmoralidad i ateísmo. Este modo de proceder reunía casi 
todos los inconvenientes: cerraba la entrada a la multitud 
de obras útiles a cuya condenación no teníamos motivo de 
suscribir; i abría las puertas de par en par a las producciones 
mas impías i escandalosas de las prensas modernas. Pero a lo 
menos tenia la ventaja de ser espedito: el examen do cualquier 
factura de libros era una operación que no demandaba trabajo, 
ni tiempo. La junta nuevamente establecida debía proceder 
con mas conocimiento, discerniendo lo verdaderamente malo 
i pernicioso de lo quo solo estaba prohibido por consideracio- 
nes locales. Pero ¿cuánto cuidado i tiempo no eran menester 
para el desempeño de un encargo tan difícil, i de tan delicada 
responsabilidad? Para despachar una factura, le era indispon- 



DE DON ANDRÉS BELLO 309 



sable leer gran número de obras, o nuevas, o desconocidas, o 
cuya prohibición anterior pudiese haber sido infundada. Do 
aquí la inevitable lentitud do sus trabajos; i las ocupaciones de 
otras especies de que estaban sobrecargados sus miembros de- 
bían contribuir mucho a la demora. 

«Estamos convencidos de la insuficiencia de todo sistema de 
censura. Pocos ignoran que, bajo el rejimen español, tan 
celoso i suspicaz en este punto, circulaban clandestinamente 
en América, como en España, las obras de todos los corifeos 
de la incredulidad, i las producciones mas exaltadas de los pu- 
blicistas liberales i republicanos, perseguidas aun mas desa- 
piadadamente, que aquellas. Voltairc, Rousseau, Helvecio, 
Montesquicu, no aguardaron el grito de la independencia para 
salvar la triple valla de nuestros resguardos i aduanas. Sus 
escritos eran entonces mas buscados i leídos que ahora, a pe- 
sar délas delaciones, las visitas domiciliares i todos los terro- 
res de la policía inquisitorial. ¿Qué se conseguirá, pues, con 
las providencias que se tomasen al presento para someter la 
internación de libros a restricciones mas eficaces? Lamenta- 
mos el mal que no puede menos de producir la lectura do tan- 
tos escritos en que se hace descaradamente la guerra a la reli- 
jion i a los principios conservadores de las sociedades huriia- 
nas;pero este mal existe, ha existido siempre, i las medidas 
de precaución que se han puesto en práctica no han hecho mas 
que agravarlo, produciendo al mismo tiempo otros inconve- 
nientes gravísimos.» 

No habiendo el artículo mencionado provocado ninguna re- 
forma en la censura de libros, Bello, en el número de El 
Araucano correspondiente al 3 de octubre de 1834, tornó a 
insistir en la abolición completa de esta institución. 

«Aunque no fuesen tan onerosas al comercio, i tan perju- 
diciales al adelantamiento de la cultura intelectual las trabas 
puestas a la internación de libros por el presente rejimen do 
censura, escribía en dicho artículo, su completa ineficacia para 
impedir que circulen obras perniciosas nos parece suficiente 
motivo para abolirías. Porque, ¿sobre quién tiene efecto la 
censura? Sobre el comerciante de buena fe, i de sanos princi- 



400 VIDA 

pios, que no quiere hacerse ájente de la depravación relijiosa 
i moral. Este, que naturalmente solo trafica en obras útiles, i 
so somete gustoso a la lei, lleva sus facturas a los censores, 
que, por lo común, no hallan en ellas nada que reprobar; 
mientras el que a sabiendas trafica en malos libros, los intro- 
duce clandestinamente, para lo cual sobran medios, i los dis- 
tribuyo a los compradores, haciéndose pagar a un precio oxhor- 
bitante las dificultades i riesgos de la internación. La censura 
aumenta el precio de los buenos libros, porque tal es el efecto 
natural de toda traba; no impide la circulación de los malos; i 
ocasiona un tráfico do contrabando, que ofreco ganancias se- 
guras a los infractores de la lei. Así, lo que pierden el comer- 
cio lejítimo i la ilustración, no lo ganan la relijion, ni las cos- 
tumbres; i aun puede decirse que cede en daño de la primera, 
haciéndola gratuitamente odiosa, i de las segundas, propo- 
niendo alicientes a un lucro ilícito, que la inquisición misma 
no pudo precaver en los dias de su omnipotencia i de sus te- 
rrores.» 

Las observaciones precedentes no tenían respuesta satisfac- 
toria. 

Sin embargo, la censura de los libros so conservó. 

¿Por qué, cuando evidentemente, como Bello lo advertía, 
ella no estorbaba que se introdujeran libros de todas especies? 

Porque aquellos cuyas ideas halagaba la sostenían, no como 
medida eficaz, sino como signo de preponderancia, i protesta 
contra la libertad del pensamiento. 

La censura de libros no fué abolida sino años después del 
fallecimiento de Bello, por el decreto que se inserta a conti- 
nuación. 

«Santiago, julio 31 de 1878. 

«No exijiendo la leí de G do este mes la censura previa para 
la internación de libros impresos, 

«Decreto: 

«Suprímcnse las juntas de censura establecidas para la in- 
ternación de libros impresos. 

«Anótese i publíquese — Pinto. — Miguel Luis Arruínate* 
gui.* 



DE DON ANDRÉS BELLO 401 



Ya que Bello no obtuvo la abolición do la censura de libros, 
perseveró, junto con otras personas ilustradas, en el propósito 
de aumentar por todos los medios que estaban a sus alcances 
ia circulación de estos poderosos vehículos del pensamiento 
humano. 

Es interesante la esposicion de los progresos alcanzados en 
esta materia, i del estado en que se encontraba el comercio de 
libros, que hizo don Andrés en el número de El Araucano 
correspondiente al 8 de febrero de 1839. 

Creo oportuno reproducir aquí ese artículo, en el cual se han 
consignado datos mui curiosos, que, a mi juicio, deben tomar- 
se en cuenta para la formación de la historia literaria de Chile. 

«Una muestra de que los adelantamientos en el cultivo de 
las letras van a la par de los que el país esperimenta en su 
prosperidad industrial, es el incremento, mejor diremos, el 
vuelo rápido que ha tomado en estos últimos años el comercio 
de libros. Como no está gravada con ningún impuesto su in- 
troducción, no es posible dar una noticia exacta de las canti- 
dades que anualmente se importan; pero basta echar una oje- 
ada por las tiendas, para que se perciba que el surtido de li- 
bros de venta excede en el dia al de cualquiera de las épocas 
anteriores, en una proporción incalculable. 

«Si entrásemos a analizar este surtido, desearíamos talvcz 
mas gusto, o mejor elección, no en los que hacen el comercio 
de libros, sino en los lectores, a cuya demanda tienen aque- 
llos que acomodar necesariamente sus importaciones. Una 
parte considerable se compone de devocionarios anticuados, i 
de hajiografías escritas con poca crítica, obras mas a propósi- 
to para dar pábulo a una superstición añil, que para nutrir la 
verdadera piedad con el alimento sustancioso de la moral evan- 
jélica. Entre ellas, son raras las biblias, sin embargo do que 
el idioma castellano posee las admirables traducciones de Scio 
i de Amat, que, en la escrupulosa fidelidad, la grave sencillez 
i la pureza del lenguaje, compiten con lo mejor que, en la mis- 
ma línea, pueden presentar los demás pueblos de Europa. Pero 
la falta que, sin salir de este departamento, cstrañarán mas 
los que hayan visitado las congregaciones católicas de Ingia- 

V, DE 13, 51 



402 VIDA 

térra, Francia i Alemania, es la de aquella especie de devocio- 
narios en que están trasladados al idioma vulgar los rezos i 
cánticos eclesiásticos, do manera que pueden los fieles enten- 
derlos, i unir sus oraciones i votos a los de la iglesia, cuando 
asisten a las solemnidades relijiosas. Decimos que estrañarán 
mucho esta falta los que hayan visitado otras congregaciones 
católicas, i debemos añadir que no les hará formar un concep- 
to aventajado del espíritu que anima a la nuestra; porque, en 
verdad, ¿qué es la asistencia material, sin la comunión de pen- 
samientos i afectos, que es el alma del culto público? Los luga- 
res de la escritura que forman parte del oficio divino, se han 
escojido cuidadosamente para la instrucción i edificación del 
auditorio cristiano; i ¿no será una culpable presunción susti- 
tuir a ellos otra cosa, por buena que nos parezca? ¿O creere- 
mos cumplidas las intenciones de la iglesia, cuando la impre- 
sión que ella ha querido que se hiciese en el alma, no pasa 
mas allá de los oídos, i talvez ni aun a éstos alcanza? 

«Otra clase de libros de los que tienen mas consumo en el 
público de Chile es la de los de política i jurisprudencia. Con 
respecto a las obras de política, juzgamos que se ganaría bas- 
tante en que se prefiriesen sus orijinales, porque casi siempre 
pierden mucho en las traducciones, ejecutadas por hombres que 
conocen tan imperfectamente la lengua que traducen, como 
aquella en que escriben. No diremos lo mismo de la jurispru- 
dencia, pues vemos con satisfacción que han empezado a circu- 
lar entre nosotros las obras francesas mas célebres de este 
jénero. Aunque nada tengan que envidiar los jurisconsultos 
españoles a los de otras naciones en la ostensión i profundidad 
de conocimientos legales, es preciso confesar que son en jene- 
ral bastante inferiores a sus vecinos en la filosofía, en el uso 
de una lójica severa, en la claridad analítica de las esposicio- 
nes, i sobre todo, en la amenidad i buen gusto, cualidades que 
son como propias i características de la manera de los france- 
ses, i que éstos han sabido introducir hasta en lo mas recóndito 
i oscuro de las materias científicas. Ya no es necesario refutar 
a los pocos que creen que el rigor lójico i las elegancias didác- 
ticas son meros adornos que nada añaden al valor intrínseco 



DE DON ANDRÉS BELLO 403 



de un comentario, de un alegato, o de un informe en derecho. 
Negar las ventajas que resultan de una concepción luminosa, 
sea de los principios, o de" los hechos relativos a cada cuestión 
forense, de que ésta se fije con claridad, separándola de los 
accesorios que solo servirían para complicarla, i de que se in- 
troduzcan en las discusiones judiciales aquel orden, aquella 
metódica i progresiva ilación, que se miran como condiciones 
indispensables de todo razonamiento, de todo escrito destinado 
a convencer, sería lo mismo que sostener que, en las discusio- 
nes judiciales, se debe investigar la verdad de diverso modo, 
que en las otras, o que el objeto de aquellas no es buscar la 
verdad, sino envolverla en tinieblas. El estudio de las obras 
francesas de jurisprudencia nos parece particularmente prove- 
choso, porque, a la conveniencia de encontrar desenvueltos en 
ellas los principios mismos de la lejislacion española, se junta 
la de los buenos modelos que nos ofrecen de la perspicuidad 
elegante, de la vigorosa dialéctica, de la sobria i circunspecta 
interpretación i aplicación de las leyes, que tanto realzan el 
mérito de los escritos forenses. 

«Otro ramo principal en el surtido de libros, aunque sin du- 
da menos copioso do lo que debiera ser, es el de las obras 
elementales de literatura i de ciencias. Casi todas ellas son 
traducidas del francés; i aquí tenemos que deplorar otra vez el 
daño que hacen a los estudios i a la lengua los escritores que, 
sin consultar sus fuerzas, se dedican a esta clase de empresas 
literarias, aguijoneados por el estímulo de un sórdido lucro. 
Otra observación no puedo menos de hacerse en este departa- 
mento, i es la de la poca variedad de materias a que se estien- 
de todavía entre nosotros la instrucción literaria i científica. 
De los idiomas estranjeros, casi todo lo que se encuentra en las 
librerías está reducido a uno solo, el francés. Las ciencias físi- 
cas excitan poco la curiosidad; lo que se hace mas estraño a 
vista del gran número de jóvenes que cultivan las matemáti- 
cas puras, i que, con esteausilio, podrían internarse fácilmente 
en el estudio de la filosofía natural, cuyas aplicaciones son tan 
varias i tan interesantes. Aun las obras de pura imajinacion, 
que han sido en otras partes las que han empezado a desper- 



404 VIDA 

tar el gusto a la lectura, cuentan menos número de aficionados 
del que corresponde a la civilización del país. Pero los adelan- 
tamientos que se han hecho, i el ardor que se aumenta i se pro- 
paga cada dia mas en la juventud estudiosa, i de que nos han 
dado tan buenas muestras los exámenes del último año escolar, 
nos aseguran que desaparecerán mui pronto estos vacíos.» 



XX 



Estudio de la lengua castellana empeñosamente recomendado 
i promovido en Chile por don Andrés Bello. 

Cuando Bello llegó a Chile en 1829, la inmensa mayoría 
de los chilenos perteneciente a la clase educada, hablaba i es- 
cribía espantosamente mal la lengua nativa. 

La pronunciación era detestable, i la ortografía, peor. 

Las conjugaciones, las concordancias, las construcciones de 
toda especie, corrían parejas con la pronunciación i con la or- 
tografía. 

Podía decirse sin mucha exajeracion que aquella era una 
jerigonza de negros. 

Don Andrés Bello insertó, en los números de El Araucano 
correspondientes al 13 i al 20 de diciembre de 1833, i al 3 i 17 
de febrero, i 28 de marzo de 1834, una serie de artículos su- 
mamente curiosos, que llevan por título: Advertencias so- 
bre el uso de la lengua, castellana,, dirijidas a los padres 
de familia, profesores de los colejios, i maestros de es- 
cuelas. 

Esos artículos, interesantes por mas de un aspecto, sumi- 
nistran numerosísimas, i hasta cierto punto chistosas muestras 
de los despropósitos de lenguaje que se usaban en nuestro 
país. 

«En este artículo, i en otros, que publicaremos sucesivamen- 
te, decia Bello, nos proponemos hacer advertir algunas de las 
impropiedades i defectos que hemos notado en el uso de la len- 
gua castellana en Chile, i que consisten, o en dar a sus voca- 
blos una significación diferente de la que deben tener, o en 



406 VIDA 

formarlos o pronunciarlos viciosamente, o en construirlos de 
un modo irregular. Son muchos los vicios que, bajo todos es- 
tos aspectos, se han introducido en el lenguaje de los chilenos, 
i de los demás americanos, i aun de las provincias de la Pe- 
nínsula; i basta una mediana atención para correj irlos. Sobro 
todo, conviene estirpar estos hábitos viciosos en la primera 
edad mediante el cuidado de los padres de famila, i precepto- 
res, a quienes dirij irnos particularmente nuestras adverten- 
cias.» 

Bello cuida de declarar repetidas veces que aquellos resabios 
afeaban las conversaciones, los discursos, los escritos aun de 
las personas mejor educadas. 

I aunqne no lo hubiera advertido, el hecho se encuentra es- 
tampado con letras de molde en los documentos impresos de 
toda clase. 

Lo que sucedía, verbl gracia, en materia de conjugación 
era espantoso. 

Personas que se clasificaban entre las cultas decían copeo, 
agraceo, vaceo, voceo, en vez de copio, agracio, vacio, rocío. 
En lugar de haya, hayas, se empleaban haiga, haigas. 
Nada era mas común que alterar el acento de la segunda 
persona del imperativo, i aun introducir en la de ciertos ver- 
bos otras novedades, diciendo: mira, anda, levántate, sen- 
táte, sosegáte. 

Se usaban veniste i.venisleis, en vez de viniste i vinisteis; 
ponré, tenré, venré, en vez de pondré, tendré, vendré. 

Bello citaba muchas palabras en las cuales se habia introdu- 
cido la práctica de pronunciar una letra distinta de aquella 
que correspondía, como, por ejemplo, cárculo, por cálculo, 
gilevo por huevo, arbolera por arboleda, pca.no por piano, 
páder por pared, advitrio por arbitrio. 

En otras, se intercalaban letras que no debía haber, como 
en supliente, diferiencia, sandiya. 

En otras, so suprimían letras, como en Austin, vidro, es- 
pensa, estiladera. 

Era frecuentísimo pronunciar crcr, ere, eremos con una 
sola e. 



DE DON ANDRÉS BELLO 407 



Ilabia quienes decían trer por traer, i quer por caer. 

La palabra que hacía observar úii injenioso decidor, alu- 
diendo a la viciosa pronunciación del último de los verbos 
mencionados, es, entre las castellanas, la que puede desempe- 
ñar oficios gramaticales mas variados; pero únicamente a los 
chilenos se les ha ocurrido hacerla verbo; i referia en com- 
probación haber oído a un compatriota esclamar: — ¡Ese vola- 
tinero ya se que! 

Eran muchas las voces a las cuales se atribuían significados 
caprichosos, que no habrían sido adivinados fuera demuestro 
país, como pararse por ponerse en pié, i tantas otras que se- 
ría largo e inoportuno enumerar en esta ocasión. 

Los defectos de acentuación eran sumamente comunes. 

Entre muchos, recordaré un solo ejemplo. 

Se sabe que, en castellano, hai gran número de palabras en 
cuyas últimas sílabas concurren una vocal llena i otra débil, 
i en las cuales, el buen uso, la analojía de la conjugación, o 
la lei de la composición, obligan a cargar el acento sobre la 
débil, i no sobre la llena. Sin embargo, en Chile, se practica- 
ba enteramente lo contrario, diciéndose ó ido en vez do oído, 
país en vez de país, bául en vez de baúl, réir en vez de 
reír. 

I este vicio era peculiar, no solo de los chilenos, sino de los 
americanos. 

«En las composiciones de la mayor parte de los poetas ame- 
ricanos, escribía Bello en 1834, se halla violada la regla prosó- 
dica de que se está hablando, cuya observancia es mas esen- 
cial en los versos destinados al canto, donde es necesario que 
todo sea regular i exacto, i que nada sobre, ni falte. El himno 
patriótico de Buenos Aires principia por esta línea 

Oid, mortales, el grito sagrado, 

donde, para que haya verso, es necesario pronunciar ó id, mo- 
nosílabo con acento en la o, en lugar de oíd, disílabo con acen- 
to en la i, que es incontestablemente la verdadera cantidad i 
tono de esta palabra. Es lástima encontrar un defecto tan gra- 
ve en una composición de tanto mérito,» 



408 VIDA 

Según debe presumirse, los defectos que se cometían en las 
construcciones eran tan garrafales, como los que se cometían 
en el uso de las palabras. 

Los hechos enumerados, i muchos otros de la misma clase 
que podrían agregarse, manifiestan que, allá por el tiempo en 
que Bello vino a Chile, los habitantes de este país empleaban 
un idioma tan adulterado, que iban creando rápidamente un 
dialecto grosero, que nos habría separado de los pueblos de 
lengua española, i nos habría dejado aislados en el mundo. 

Me parece escusado detenerme a disertar sobre los funestos 
resultados que una calamidad semejante habría opuesto a nues- 
tros adelantamientos intelectuales, comerciales i políticos. 

La causa de esta corrupción del lenguaje era mui fácil de 
esplicar. 

Podían contarse las personas que creían entonces necesario, 
o aun siquiera útil, el estudio de la gramática castellana. 

¿Para que afanarse en estudiar lo que la naturaleza se había 
encargado de enseñar por sí sola? 

¿Con que propósito tomarse el trabajo de aprender la gra- 
mática castellana, cuando se aprendía la latina? 

Era tal la boga que habían alcanzado estas opiniones, real- 
mente estravagantes, que Bello se consideró obligado a refutar- 
las en un artículo publicado en El Araucano correspondiente 
al 4 de febrero de 1832. 

Léanse las palabras a que aludo. 

«La atención que el gobierno i el público de esta ciudad pres- 
tan actualmente al interesante objeto de la educación literaria, 
hace esperar que no parecerán inoportunas las observaciones 
siguientes sobre el primero de los estudios juveniles, que es al 
mismo tiempo uno de los mas necesarios, i de los mas aban- 
donados. Hablamos del estudio de la lengua patria 

«Ilai personas que miran como un trabajo inútil el que se 
emplea en adquirir el conocimiento de la gramática castella- 
na, cuyas reglas, según ellas dicen, se aprenden suficiente- 
mente con el uso diario. Si esto se dijese en Valladolid, o en 
Toledo, todavía se pudiera responder: que el caudal de voces i 
frases que andan en la circulación jeneral no es mas que una 



DE DON ANDRÉS BELLO 409 



pequeña parte de las riquezas de la lengua; que su cultivo la 
uniforma entre todos los pueblos que la hablan, i hace mucho 
mas lentas las alteraciones que produce el tiempo en esta, co- 
mo en todas las cosas humanas; que, a proporción de la fijeza 
i uniformidad que adquieren las lenguas, se disminuye una de 
las trabas mas incómodas a que está sujeto el comercio entre 
los diferentes pueblos, i se facilita asimismo el comercio entre 
las diferentes edades, tan interesantes para la cultura de la ra- 
zón, i para los goces del entendimiento i del gusto; que todas 
las naciones altamente civilizadas han cultivado con un esmero 
particular su propio idioma; que, en Roma, en la edad de César 
i Cicerón, se estudiaba el iatin; que, entre preciosas reliquias 
que nos han quedado de la literatura del Lacio, se conserva 
un buen número de obras gramaticales i filolójicas; que el gran 
César no tuvo a menos componer algunas, i hallaba en este 
agradable estudio una distracción a los afanes de la guerra i 
los tumultos de las facciones; que, en el mas bello siglo de la 
literatura francesa, el elegante i juicioso Rollin introdujo el 
cultivo de la lengua materna en la universidad de Paris; cita- 
ríamos el trillado líaec studia adolescentiam alunt, etc.; i en 
fin, nos apoyaríamos en la autoridad de cuanto se ha escrito 
sobre educación literaria. De este modo pudiera responderse, 
aun en los países donde se habla el idiona nacional con pureza, 
a los que condenan su estudio como innecesario i estéril. ¿Qué 
diremos, pues, a los que lo miran como una superfluidad en 
América? 

«Otros alegan que, para los jóvenes que aprenden el latín, 
no es necesario un aprendizaje particular del castellano, por- 
que, en conociendo la gramática de aquella lengua, se sabe ya 
también la del idioma patrio: error, que no puede provenir 
sino del equivocado concepto que tienen algunos do lo que 
constituye el conocimiento de la lengua materna. El que haya 
aprendido el latin mucho mejor de lo que jeneralmente se 
aprende entre nosotros, sabrá el latin, i ademas habrá formado 
una mediana idea de la estructura del lenguaje, i de lo que se 
llama gramática jeneral; pero no sabrá por eso la gramática 
clel castellano, porque cada lengua tiene sus reglas peculiares, 



410 VIDA 

su índole propia, sus jenialidadcs, por decirlo así, i frecuente- 
mente lo que pasa por solecismo en una es un idiotismo reci- 
bido, i tal vez una frase culta i elegante en otra. Las nociones 
jenerales de gramática son un medio analítico de grande utili- 
dad, sin duda, para proceder con método en la observación de 
las analojías que dirijcn al hombre en el uso del habla; pero 
pretender que, porque somos dueños de este instrumento, co- 
nocemos la lengua nativa, sin haberlo jamas aplicado a ella, 
es lo mismo que, si dijéramos que para conocer la estructura 
del cuerpo animal, basta tener un escalpelo en la mano.» 

Don Andrés Bello, que no se doblegó jamas a la rutina, 
habia contraído desde mui temprano el hábito de estudiar los 
hechos por sí mismo para sacar de ellos las convenientes indi- 
caciones jenerales. 

Jamas aceptaba una idea como verdadera, solo porque la 
autoridad, o el tiempo, la hubieran proclamado tal. 

Por el contrario, a todo aplicaba el método esperimental; 
i en todo, se guiaba por el propio criterio después de haber 
practicado prolijas investigaciones, i de haberse entregado a 
maduras reflexiones. 

En los múltiples i variados trabajos de su larga i benéfica 
existencia, Bello se mostró siempre fiel i rigoroso observante 
de los preceptos dados para los procedimientos intelectuales 
por la filosofía inglesa, o si se quiere, positiva. 

Ni Locke, ni Bentham, ni James Mili, ni John Stuart Mili, 
ni Spencer, ni Litré, ni Courcelle Seneuil habrían podido es- 
cusarse de reputarle bajo muchos aspectos como uno de los 
suyos. 

Don Andrés Bello fué, en materia de gramática, como en 
muchos otros ramos de estudio, no un retrógrado, ni siquiera 
un conservador, sino un verdadero revolucionario. 

Tráigase a la memoria que el año de 18*23, en La Bibliote- 
ca Americana, i el año de 1826, en El Repertorio America- 
no, empezó sus publicaciones relativas a la gramática, propo- 
niendo, en unión con García del Rio, la reforma radical del 
alfabeto i de la ortografía, a fin de simplificar i facilitar con sus 
innovaciones, tan audaces, como acertadas, el arte de leer, i a 



DE DON ANDRÉS BELLO 411 



fin do apresurar por este medio la difusión de las luces en las 
repúblicas recien emancipadas del nuevo mundo. 

Las personas poco perspicaces solían no darse cuenta clara 
de estas tendencias reformistas de Bello, porque él tenia el ta- 
lento admirable de presentar sus doctrinas, por nuevas que 
fuesen, apoyadas siempre en hechos concluyentes i mui bien 
examinados, i en razonamientos que imponían por lo sólidos i 
bien encadenados. 

Tratando don Andrés de esplicar la causa del segundo de los 
errores que hacía desdeñar en Chile el estudio de la gramáti- 
ca castellana, levantaba con toda osadía en el número de El 
Araucano a que acabo de referirme la bandera de la insurrec- 
ción contra los métodos adoptados para la enseñanza del idio- 
ma patrio. 

Como yo deseo seguir en esta obra el mismo método de su 
héroe, esto es, prescindir completamente de esposiciones abs- 
tractas, o antojadizas, i apoyar todas mis aserciones en hechos 
comprobados, o en documentos auténticos, voi a copiar las pa- 
labras testuales de nuestro autor sobre este punto. 

a Tal vez ha contribuido a este error (el de que el conocimien- 
to de la gramática latina hacía innecesario el de la gramática 
castellana), decía, la imperfección de las gramáticas nacionales. 
Los que se han dedicado a escribir gramáticas, o se han redu- 
cido a límites demasiado estrechos, creyendo, infundadamente 
según pensamos, que, para ponerse al alcance de la primera 
edad, era menester contentarse con darle una lijera idea de la 
composición del lenguaje; o si han aspirado a una gramática 
completa, han adherido con excesiva i supersticiosa servilidad 
a los principios vagos, la terminolojía insustancial, las clasifi- 
caciones añejas sobre que la filosofía ha pronunciado tiempo há 
la sentencia de proscripción. La gramática nacional es el pri- 
mer asunto que se presenta a laintelijencia del niño, el primer 
ensayo de sus facultades mentales, su primer curso práctico de 
raciocinio: es necesario, pues, que todo dé en ella una acerta- 
da dirección a sus hábitos; que nada sea vago, ni oscuro; que 
no se le acostumbre a dar un valor misterioso a palabras que 
no comprende; que una filosofía, tanto mas difícil i delicada. 



412 VIDA 

cuanto menos ha de mostrarse, esponga i clasifique de tal mo- 
do los hechos, esto es, las reglas del habla, que, jeneralizán- 
dose, queden reducidas a la espresion mas sencilla posible. 

«Para dar una idea de lo que falta bajo este respecto, aun en 
la gramática de la Academia, que es la mas jeneralmente usada, 
bastará limitarnos a unas pocas observaciones. Estamos mui 
distantes de pensar deprimir el mérito de los trabajos de la Aca- 
demia. Su diccionario i su ortografía la hacen acreedora a la 
gratitud de todos los pueblos que hablan el castellano; i aun- 
que la primera de estas obras pasa por incompleta, quizá 
puede presentarse sin desaire al lado de otras de la misma es- 
pecie que corren con aceptación en Inglaterra i Francia. Payne 
Knight, que es voto respetable en materia de filolojía, tiene el 
Diccionario de la Academia (el grande en seis tomos, que 
creemos habrá sido la primera obra que dio a luz este cuerpo) 
por superior a todo lo que existe en su línea. En la gramática 
misma, hai partes perfectamente desempeñadas, como son 
por lo regular aquellas en que la Academia se ciñe a la espo- 
sicion desnuda de los hechos. El vicio radical de esta obra 
consiste en haberse aplicado a la lengua castellana sin la me- 
nor modificación la teoría i las clasificaciones de la lengua 
latina, ideadas para la esposicion de un sistema de signos que, 
aunque tiene cierto aire de semejanza con el nuestro, se dife- 
rencia de él en muchos puntos esenciales.» 

Don Andrés Bello entra a continuación a especificar todas 
las peculiaridades del sistema orgánico de la lengua latina que 
la Academia Española ha aplicado sin el debido discernimien- 
to a las peculiaridades esencialmente diferentes del sistema 
orgánico de la lengua castellana. 

El artículo cuyo argumento acabo de cstractar contiene en 
jérmen las doctrinas mui orijinales que muchos años mas tar- 
de debían inspirar la Gramática de la Lengua Castellana, 
que, con el Código Civil Chileno, forman las dos bases prin- 
cipales en que descansa la gloria del sabio ilustre que concibió 
i llevó a cabo esas dos grandes obras. 

A pesar de todo, Bello hubo menester do tres años de in- 
cesantes predicaciones i esfuerzos para conseguir que, en el 



DE DON ANDRÉS BELLO 413 



Instituto Nacional, se separaran las clases de latin i de gramá- 
tica castellana, i se diera al segundo ele estos ramos la impor- 
tancia que le corresponde, según resulta del siguiente editorial 
de El Araucano fecha 2 de enero de 1835. 

«El martes último, a las seis de la tarde, asistió el presi- 
dente, acompañado de los ministros de estado, i de la junta de 
dirección del Instituto Nacional, al examen de la clase de de- 
recho civil de este cuerpo. Nos reservamos para mas adelante 
dar noticia de éste, i los domas exámenes que sucesivamente 
se rendirán por los alumnos del Instituto. 

«Su Excelencia ha dispuesto que, en el próximo año esco- 
lar, se abra una nueva cátedra para la enseñanza del idioma 
patrio, mezclada hasta el dia, según el reglamento del Institu- 
to, con los estudios de la primera clase de latinidad. El cultivo 
de nuestra lengua tendrá ahora en el primer establecimiento 
literario de la república todo el lugar que merece; i no se permi- 
tirá que pasen a las clases superiores los alumnos que no ha- 
yan aprendido a hablar i a escribir correctamente el castellano, 
ramo tan necesario a toda persona de regular educación, i tan 
indispensable en el ejercicio de los empleos políticos i profe- 
siones literarias.» 

Bello recomendaba espresamente el que se siguiera en la 
enseñanza de la gramática castellana el mismo método, a la 
vez esperi mental i filosófico, que aplicaba al estudio de todos 
los ramos. 

Léase lo que escribía sobre este particular en el número de 
El Araucano correspondiente al 6 de mayo de 183G. 

«Hai muchos que creen que el- estudio de la lengua nativa 
es propio de la primera edad, i debe limitarse a las escuelas 
de primeras letras. Los que así piensan no tienen una idea ca- 
bal de los objetos que abraza el conocimiento de una lengua i 
del fin que deben proponerse estudiándola. El estudio de la 
lengua se estiende a toda la vida del hombre, i se puede decir 
que no acaba nunca. En las escuelas primarias, no se puede 
hacer mas que principiarlo por medio de un libro elemental, 
que dé al niño ciertos rudimentos proporcionados a su com- 
prensión, libro que debe estar escrito con aquella filosofía de- 



VIDA 



licada que consiste toda en ocultarse, poniéndose al nivel de 
una inteligencia que apenas asoma, i libro que, por desgracia, 
no existe. Las definiciones de las gramáticas comunes distan 
mucho del rigor analítico que se mira como indispensable en 
todas las artes i ciencias, i que, en ninguna clase do obras, es 
tan necesario, como en aquellas que ofrecen el primer pábulo 
a las facultades intelectuales. Allí es donde debe evitarse con 
mas cuidado el acostumbrar al entendimiento a pagarse de 
ideas falsas o inexactas. Los hábitos vieiosos que se adquie- 
ren en esta edad temprana van a influir en toda la vida. 

Quo semel est imbuía recens servabtf odorem 
Tesla din 

«Nada se ganará, pues, con poner en manos del niño una 
gramática, i hacerle aprender de memoria frases que no en- 
tiende, ni puede entender, i que absolutamente no le sirven 
para distinguir lo bueno de lo malo en el lenguaje. ¿Qué pro- 
vecho le resulta de tener la cabeza moblada de definiciones, i 
de saber analizar una frase en la pizarra, diciendo que la es 
artículo, tierra sustantivo, es verbo, i estensa adjetivo, si 
realmente no sabe distinguir, sino a tientas i a bulto, al nom- 
bre del verbo, i al sustantivo del adjetivo; i si al salir de la 
escuela sigue diciendo, como antes de haber entrado en ella, 
yo tuezo, yo forzó, yo cuezo, yo copeo, yo vaceo, tú sois, 
vos eres, hubieron hombres, etc? En las escuelas primarias, 
nos parece que la enseñanza del idioma debe ser enteramente 
práctica, reducida a dar a conocer al niño, para que los evite, 
los vicios de que está plagada el habla del vulgo. Debe pri- 
meramente corregirse su pronunciación, haciéndole proferir 
cada letra con el sonido que le es propio. Deben hacérsele notar 
las malas concordancias, instruyéndole de lo que es el jénéro 
de los nombres, que solo tiene por objeto evitarlas, i manifes- 
tándole, por ejemplo, que la palabra vos, aunque dirijida a 
una sola persona, concuerda siempre con las terminaciones 
plurales del verbo. Debe hacérsele conjugar amenudo los ver- 
bos regulares c irregulares, tanto los familiares en quo el 
habla popular es viciosa, como aquellos en que, por serle es- 



DE DON ANDRÉS BELLO 415 



traños o desconocidos, puede vacilar el niño. Sobre todo, nada 
debe decírselo que no esté a su alcance; ninguna palabra debe 
citársele, cuyo significado no se le esplique. A estos i otros 
ejercicios prácticos semejantes, debe reducirse, si no nos equi- 
vocamos, la gramática del idioma patrio en las escuelas pri- 
marias. El estudio del mecanismo i jenio de la lengua, pueden 
hacerlo mas tarde, en clases destinadas a este solo objeto, 
las personas que cultiven las profesiones literarias, o que as- 
piren a una educación esmerada. La lengua será para ellas 
un ramo interesante de literatura i de filosofía.» 

Sería difícil proponer un método mas racional. 

Al fin, gracias a una constancia inquebrantable, i al presti- 
jio de su autoridad, Bello logró que se concediera la debida 
atención al estudio de la lengua nacional. 

El resultado fué que poco a poco desaparecieron muchos de 
los resabios que tanto afeaban los discursos i los escritos de 
los chilenos, los cuales, en la actualidad, están mui distantes 
de ser aquellos de los hispano-americanos que usan peor el 
castellano, como tal vez sucedía en otro tiempo. 

El empeño de don Andrés Bello por el estudio esmerado del 
idioma patrio fué causa de que algunos le tildasen de purista 
exaj erado. 

Entre ellos, se contó el señor don Domingo Faustino Sar- 
miento. 

Este apasionado escritor defendía en 1842 con la palabra i 
con el ejemplo ser inútil, i aun dañoso, estudiar el idioma 
patrio, i empeñarse por hablar i escribir conformo a las reglas 
gramaticales. 

«Por lo que a nosotros respecta, escribía en el número de 
El Mercurio correspondiente al 22 de mayo del año citado, si 
la lei del ostracismo estuviese en uso en nuestra democracia, 
habríamos pedido en tiempo el destierro de un gran literato 
que vive entre nosotros (don Andrés Bello), sin otro motivo 
que serlo demasiado, i haber profundizado mas allá de lo que 
nuestra naciente literatura exije los arcanos del idioma, i ha- 
ber hecho gustar a nuestra juventud del estudio do las esterio- 
ridades del pensamiento, i de las formas en que se desenvuelve 



416 VIDA 

nuestra lengua, con menoscabo de las ideas i de la verdadera 
ilustración. Se lo habríamos mandado a Sicilia, a Salva i a 
Hermosilla, que, con todos sus estudios no es mas que un re- 
trógrado absolutista, i lo habríamos aplaudido cuando lo vié- 
semos revolearlo en su propia calicha; allá está su puesto, 
aquí es un anacroinsmo perjudicial.» 

«Escusado es que digamos que, en cuanto a lenguaje i estilo, 
decia el mismo Sarmiento, hablando de la segunda edición do 
los Principios de Derecho Internacional por Bello, en el 
número de El Progreso correspondiente al 21 de octubre de 
1844, es un perfecto dechado de pureza de dicción, i de apro- 
piado i castizo uso de las voces del castellano. Si, por desgra- 
cia, un defecto notable do construcción, un galicismo o un 
solecismo pasase inapercibido en la corrección de sus escritos, 
i viese la luz pública, mucho temeríamos por la salud del 
autor, que apenas podría resistir a la impresión de contra- 
tiempo tan funesto.» 

Hai en todo esto una exajeracion de concepto completamen- 
te infundada. 

Don Andrés Bello no fué nunca un purista en la mala acep- 
ción del vocablo, ni aconsejó, por lo tanto, a nadie que lo 
fuera. 

ccNo es un purismo supersticioso lo que me atrevo a reco- 
mendar, dice don Andrés Bello en el bien conocido prólogo de 
la Gramática Castellana. El adelantamiento prodijioso de 
todas las ciencias i las artes, la difusión de la cultura intelec- 
tual, i las revoluciones políticas piden cada dia nuevos signos 
para espresar ideas nuevas; i la introducción de vocablos fla- 
mantes, tomados de las lenguas antiguas i extranjeras, ha de- 
jado ya do ofendernos, cuando no es manifiestamente innece- 
saria, o cuando no descubre la afectación i mal gusto de los 
que piensan engalanar así lo que escriben. 

«No se crea que recomendando la conservación del castella- 
no, agrega todavía mas adelante en el mismo prólogo, sea mi 
ánimo tachar de vicioso i espurio todo lo que es peculiar de 
los americanos. Hai locuciones castizas que, en la Península, 
pasan hoi por anticuadas, i que subsisten tradicionalmcnte en 



DE DON ANDRÉS BELLO 417 



Hispano- América: ¿por qué proscribirlas? Si, según la práctica 
jcneral de los americanos, es mas analógica la conjugación do 
algan verbo, ¿por qué razón hemos do preferir la que capri- 
chosamente haya prevalecido en Castilla? Si de raíces caste- 
llanas hemos formado vocablos nuevos, según los procederes 
ordinarios do derivación que el castellano reconoce, i do quo 
se ha servido i se sirve continuamente para aumentar su cau- 
dal, ¿qué motivos hai para que nos avergoncemos de usarlos? 
Chile i Venezuela tienen tanto derecho, como Aragón i Andalu- 
cía, para que se toleren sus accidentales diverjencias, cuando 
las patrocina la costumbre uniforme i auténtica de la jente 
educada. En ellas, se peca mucho menos contra la pureza i 
corrección del lenguaje, que en las locuciones afrancesadas, 
de que no dejan de estar salpicadas hoi dia aun las obras mas 
estimadas de los escritores peninsulares.» 

So ve, pues, que no hai absolutamente justicia para equipa- 
rara Bello con líermosilla por lo quo respecta a rigorismo en 
punto de lcnguajo. 

Don Andrés Bello manifesté siempre en esta materia, como 
en otras, una moderación do espíritu que le hizo evitar los es- 
treñios peligrosos. 

Basta leer cualquiera de sus escritos; basta leer cualquiera 
do los trozos que he citado en este libro para convencerse de 
que usaba sin escrúpulo gran número de palabras quo no 
han encontrado cabida en el diccionario de la Academia Espa- 
ñola. 

Aunque yo pudiera invocar muchos ejemplos, voi a com- 
probar mi aserción con solo unos cuantos, que escojo a la ven- 
tura. 

En un artículo relativo al comercio de libros en Chile que 
he trascrito anteriormente, aparecen los dos vocablos haj ¿agra- 
fía, i añil, los cuales no se hallan en el referido diccionario, 
pero que han sido formados con arreglo a las leyes regulares 
del idioma, tomando del griego los elementos del primero, i 
del latín, el segundo. 

Hajiografia significa leyenda do santos; i añil, lo propio de 
una vieja. 

V. DEB. 53 



AIS VIDA 

Estas dos voces hacían falta en nuestra lengua, en la cual 
no había cómo espresar con una sola palabra la primera de es- 
tas ideas, i cómo espresar del mismo modo bien distintamente 
la segunda, pues el vocablo senil se aplica a lo que es propio, 
tanto de los viejos, como de las viejas. 

En el inciso 3.° del artículo 1511 del Código Civil Chileno, 
i en los incisos 2, 3 i 4 del artículo 1516, Bello emplea la pa- 
labra solidariedad, siendo así que, a la fecha de la redacción 
del Código, el diccionario de la Academia Española no con- 
tenia ninguna palabra que espresase la idea que Bello quería 
enunciar. 

Muchos años después de haber aparecido el Código Civil 
Chileno, que, como todos sabemos, salió a luz en 1856, la 
Academia, en la undécima edición del diccionario, publicada 
en 1869, admitió para espresar esa idea la palabra solida- 
ridad. 

Sin necesidad de que yo lo advierta, se notará, que la pala- 
bra usada por Bello se halla mucho mas ajustada a las reglas 
de la derivación castellana, que la autorizada por la Academia, 
como se comprueba observando que así como de contrario 
sale contrariedad, de vario, variedad, de arbitrario, arbi- 
trariedad, del mismo modo de solidario, debe salir solida- 
riedad, i nó solidaridad. 

En el capítulo 28 de la Gramática de la Lengua Castella- 
na, don Andrés Bello pone como ejemplo la frase siguiente: 
«¡Cuántas veces verás en el discurso de la vida que las perso- 
nas en quienes has colocado tu confianza, te traicionan!» 

Hasta ahora la Academia no ha dado entrada en el dicciona- 
rio a ese verbo traicionar. 

Los ejemplos precedentes, como otros muchos que se en- 
cuentran a cada paso en los escritos de Bello, demuestran que 
estuvo mui lejos de ser un gramático rigoroso i rancio. 

Don Andrés Bello era, en materia de lenguaje, no un con- 
servador añejo, sino un liberal mui sensato. 

Estaba tan distante do ser lo primero, que, empleando yo 
una espresion aplicada por él a una obra inconclusa de su hijo 
Francisco, puedo decir que la muerte heló su mano, cuando 



DE DON ANDRÉS BELLO 419 



so hallaba ocupado en redactar una refutación o crítica del 
Diccionario de Galicismos de Baralt, obra cuyo mérito reco- 
nocia, pero que reputaba excesivamente severa, i a veces falta 
de lójica. 



Idoas de Bello soDre el estudio del latín. 

Según ha podido verse en el párrafo anterior, don Andrés 
Bello quería que el fundamento del curso de humanidades fue- 
se el estudio, no del latin, como pretendían muchos de sus con- 
temporáneos, sino del castellano. 

Pero junto con esto, era mui amigo de que el latin fuera 
bien aprendido. 

Atribuía una grande importancia a que los hombres de la 
época moderna se pusieran en aptitud de aprovechar la sabi- 
duría del pueblo romano, en la cual, a su juicio, se resumía 
lo mas sustancial de la época antigua. 

Por este motivo, se manifestaba mui afecto a que se enseña- 
sen con detenimiento, i la posible perfección, el latin i el dere- 
cho romano. 

Las indicaciones de Bello tocantes al estudio del latin im- 
portaban un progreso real i efectivo en los métodos escolares 
que se seguían entonces en nuestro país. 

Aunque, perseverándose en la rutina del réjimen colonial, se 
había señalado al latin un lugar principal en lo que podría ha- 
berse llamado entonces curso de humanidades, sin embargo, 
todo tendía por lo jeneral a hacer aprender, no la verdadera 
lengua de los romanos, i sobre todo de los clásicos, sino la de 
los comentadores de la teolojía i do la jurisprudencia. 

No era raro que saliesen de las aulas alumnos diestros para 
formular silojismos en jerigonza escolástica, o para entender 
con mas o menos tropezones las disertaciones o glosas de Me- 
nochio, Bellarmino, Sánchez, López o Matienzo; pero que no 
podían traducir a Virjilio, a Cicerón, a Horacio o a Livio, ni 
se cuidaban de ello tampoco. 

Don Andrés Bello, que, como he dicho, daba grande irapor- 



420 VIDA 

tanda al conocimiento del latin, estaba muí distante de propo- 
ner o de apoyar el que esa lengua so siguiera aprendiendo de 
semejante manera. 

Muchas veces, yo mismo le he oído decir que, a su juicio, el 
aprendizaje imperfecto o incompleto de cualquiera otro ramo, 
verbi gratia, de la jeografía, do la aritmética, de la historia, 
podia ser útil; pero que el del latin, si no era suficientemente 
bien hecho, no servia do nada. 

El tiempo que so gasta en aprender mal esa lengua, decia, 
es un tiempo perdido sin ninguna compensación. 

Asi, consecuente con esto modo do pensar, exijia que el es- 
tudio del latin so hiciera con un esmero estremado. 

En los números do El Araucano correspondientes al 13 i 20 
do agosto, i 10 de setiembro de 1831, dio a luz un largo artícu- 
lo Sobre el estudio de la lengua latina, estractado del Ame- 
rican Quarterly Review, en el cual se dice testualmcnto que 
€ cualesquiera que sean las utilidades que so esperen del estu- 
dio de la lengua latina, es cierto que no pueden lograrse si no 
es aprendiéndola perfectamente»; i en el cual se espone con 
prolijidad el método do adquirir el conocimiento de las reglas 
gramaticales do ese idioma, i de leer i estudiar conjuntamente 
las principales obras de los escritores mas insignes que escri- 
bieron en él. 

Tal era también el juicio personal que don Andrés Bello 
acostumbraba espresar acerca de la importancia del estudio del 
latin i del modo de hacerlo. 

Desdo que don Andrés profesaba sobre este punto la opinión 
mencionada, ora claro que no podia exijir, i efectivamente no 
exijia, quo el estudio del latin fuese obligatorio para todos. 

Lo que siempre sostuvo fué que el conocimiento de esta len- 
gua era mui provechoso para los que lo adquirían; pero que 
perdían miserablemente el tiempo los quo emprendían su os- 
tudio sin la dedicación i sin la profundidad necesarias. 

En marzo de 1,834, don José Miguel Infante, en El Valdi- 
viano Federal, reprobó la enseñanza del latin; i Bello, en El 
Araucano, la defendió. 

Sin embargo, en medio de esta discusión, que fué bastante 



DE DON ANDRÉS BELLO A% 



acalorada, Bello cuidó de declarar que él no iba hasta preten- 
der que el estudio del latín fuera absolutamente imprescindi- 
ble, i que no pudiera ser reemplazado con ventaja en ciertos 
casos por otros estudios. 

«Todos los argumentos que se hacen contra el estudio de la 
lengua latina, i que lia reproducido a la larga El Valdiviano 
Federal, decia, se pueden reducir a uno solo: que el tiempo 
que se dedica al latín puede emplearse en la adquisición do 
otros conocimientos mas provechosos. Alguna fuerza pudiera 
hacernos este argumento, si viéramos que, í al paso que desa- 
parece de entre nosotros el latín, so cultivaban las lenguas ex- 
tranjeras; que, en lugar de Virjilio o Quinto Curcio, andaban 
en manos de los jóvenes Milton, Robertson, Racine o Sismon- 
di; i que las clases destinadas a las ciencias naturales conta- 
ban con algún número de alumnos. Pero no es así: desaparece 
el latín, i no vemos que lo reemplace.» 

Bello fué todavía mas esplícito acerca de este punto en la 
memoria que leyó el 29 de octubre de 1848 ante el claustro 
pleno do la Universidad do Chile, cuyo rectorado lo estaba en- 
comendado. 

«Jeneralmentc hablando, dice en ese documento, la ju- 
ventud quo entra en los colejios lleva puesta la mira en 
la adquisición de los conocimientos superiores necesarios para 
el ejercicio de una profesión peculiar: la del foro en la mayor 
parto de los casos, la eclesiástica, medical o comercial, o la do 
agrimensores o injenieros en otros. Pero pocos, poquísimos, 
frecuentan las aulas con el solo objeto de dar al entendimiento 
aquel cultivo indi ipensable de que, en una sociedad adelan- 
tada, no debo carecer ningún individuo que no pertenezca 
a las ínfimas clases. Lo que suple en cierto modo esta falta es 
el gran número de los que, habiéndose iniciado en los estudios 
preparatorios de una carrera literaria, la abandonan, i llevan 
a los destinos subalternos aquel caudal de luces que han podi- 
do adquirir en su infructuosa tentativa. ¿I de qué les sirve 
entonces el tiempo invertido en ciertos estudios que solo 
tienen valor como un medio para subir a otros de mas eleva- 
ción e importancia? ¿Do qué les sirven, por ejemplo, dos o tres 



422 vida 

años empleados en la adquisición del latín, que no los habilitan 
ni para entender siquiera este idioma? Es evidente que igual 
tiempo i trabajo dedicados a objetos de jeneral aplicación hu- 
bieran sido do mas provecho para ellos i para la sociedad en- 
tera.» 

Ya se verá por lo espuesto con cuánto acierto i con cuánta 
sensatez procedía Bello recomendando la conservación del es- 
tadio del latin solo para aquellos individuos que tuvieran vo- 
luntad de aprenderlo bien, los cuales, a su juicio, eran los 
únicos que podían sacar ventaja de una clase semejante. 

El hecho que acabo de mencionar manifiesta que don Andrés 
no aceptaba ninguna institución sin el debido examen, i sin 
el previo conocimiento de su utilidad. 



Loa Principios do la Ortolojía i Métrica da la Lengua Castellana. 

Don Andrés Bello dio a la estampa el año de 1835 la obra 
cuyo título sirve de encabezamiento al presente párrafo. 

Había empezado, durante su permanencia en Londres, la 
elaboración de las ideas espresadas en ella. 

Con efecto, los Principios de la Ortolojía i Métrica de 
la Lengua Castellana son la esplanacion i aplicación do las 
doctrinas contenidas en un artículo sobre el particular que in- 
sertó el año de 1823 en La Biblioteca Americana, i en otro 
que prometió, pero que no alcanzó a imprimir por haber con- 
cluido esta revista con la entrega 1. a del tomo 2.°, según ya lo 
dijo en el lugar oportuno. 

Bello publicó una segunda edición de la Ortolojía i Métri- 
ca en 1850; i una tercera, en 1859. 

En estas dos, declaró que sus estudios posteriores no habían 
hecho mas que confirmar las opiniones sobre todos los puntos 
fundamentales do la teoría prosódica i métrica que había es- 
pucsto en la primera de 1835; pero que habia multiplicado los 
ejemplos, e introducido algunas innovaciones secundarias. 

Como lo indica el título, la obra consta de dos partes: la 



DE DON ANDRÉS BELLO 423 



primera que trata de los sonidos elementales de las palabras, 
de sus acentos, i de sus cantidades o tiempos; i la segunda que 
trata del ritmo i de sus accidentes. 

Bello ha suministrado en la composición do su métrica una 
nueva prueba de la perspicacia i de la independencia de espí- 
ritu con que dilucidaba las diversas materias. 

Don Mariano José Sicilia, don José Gómez Ilermosilla, i 
hasta cierto punto don Francisco Martínez de la Rosa, pre- 
tendieron que las palabras castellanas tenían sílabas largas i 
breves, como las latinas, i se esforzaron por demostrarlo. 

Bello rebatió victoriosamente en los Principios de Ortolojía 
i Métrica los tres sistemas diferentes que esos tres reputados 
escritores habian propuesto sobre la materia. 

Por el contrario, don Juan María Mauri sostuvo que el rit- 
mo de los antiguos estaba rejido por el acento de las palabras, 
i no por la cantidad de las sílabas. 

Bello refutó este concepto, con razones no menos sólidas, en 
una memoria especial, que puede leerse en los Anales de la 
Universidad de Chile, tomo 28, correspondiente al año de 
1866, i que se denomina: Teoría del ritmo i metro de los 
antiguos según clon Juan María Mauri. 

La opinión de Bello sobre este punto, distinta de las dos que 
quedan recordadas, es tan orijinal, como exacta. 

Hela aquí. 

Dos son los elementos que constituyen la versificación en los 
idiomas antiguos, i en los idiomas modernos. 

Cada cláusula o parte del verso debe pronunciarse en cierto 
número determinado de tiempos. 

Cada verso debe tener cierto aire, cierto carácter, cierto mo- 
vimiento. 

Los arbitrios que empleaban el griego i el latin para conse- 
guir estos dos objetos son diferentes de los que emplean el 
castellano, el portugués, el italiano, el ingles, el francés, etc. 

Sicilia, Ilermosilla i Martínez de la Rosa se han equivocado 
cuando han pretendido descubrir en nuestro ritmo los artifi- 
cios del ritmo antiguo, como Mauri se ha equivocado cuando ha 
pretendido trasladar al ritmo antiguo los artificios del nuestro. 



A ¿4 VIDA 

Los griegos i los latinos tenían sílabas largas i sílabas bro- 
vos. 

Una sílaba larga gastaba en proferirse doble tiempo, que 
una breve, o en otros términos, una larga valia por dos breves. 

«La primera sílaba de s&lutis, enseña Bello, se pronunciaba, 
poco mas o monos, como la de nuestra voz salud; pero la de 
sanabis debia de pronunciarse con poca diferencia, como las 
dos primeras de Saavcdra. Cada vocal se pedia, pues, pronun- 
ciar de dos modos, el uno de los cuales requería doble dura- 
ción que el otro; i esta duración era lo (rué se llamaba cuanti- 
dad do las vocales, i lo que las repartía, como a las sílabas, 
en las dos mencionadas clases de largas i breves. Estos dife- 
rentes valores de una misma vocal, independientes de la situa- 
ción en que se encontrase, i del acento que puliese afectarla, 
es una cosa sobre que están contestes todos los gramáticos 
antiguos, i que ademas aparece en todas las composiciones 
métricas de aquellas lenguas. I de estos diferentes valores, 
provino la práctica de los antiguos romanos, que, según el 
testimonio del mismo Quintiliano, basta la edad de Accio, i 
aun algo después, acostumbraban duplicar en lo escrito las 
vocales largas.» 

Sin embargo, agrega Bello, los griegos i los romanos «ha- 
cían diferencia entre una vocal larga, i la duplicación do una 
vocal breve, entre la i de dico¡ por ejemplo, i las dos ¿es de 
adiit. Pero esta diferencia no estaba en el tiempo, sino en que 
la vocal larga se formaba con un solo aliento prolongado, i las 
dos broves con dos alientos distintos, cada uno igual en dura- 
ción a la mitad de la vocal larga». 

Los griegos i los latinos llamaban pies a ciertas combina- 
ciones do largas i breves con que formaban sus versos, i que 
colocaban con tal arte, que todos los versos de la misma es- 
pecie se pronunciaban en cierto número fijo de tiempos, con- 
tando la breve por uno, i la larga por dos. 

Ademas do atender a la medida del tiempo, cuidaban de que 
cada verso llevara una marcha característica, colocando inde- 
fectiblemente en parajes señalados una larga o una breve. 

Para lo que es llenar ciertos espacios de tiempo, lo mismo 



DE DON ANDRÉS BELLO 425 



era emplear dos breves, que una larga; mas para el movimien- 
to del verso, no era lo mismo ocupar un tiempo con dos alien- 
tos, o con uno solo prolongado. 

Un ejemplo aclarará esta esposicion. 

El hexámetro latino constaba de seis pies. 

Los cuatro primeros podían ser indiferentemente espondeos 
o dáctilos, porque, componiéndose el espondeo' de dos largas, 
i el dáctilo de una larga i dos breves, la duración del espon- 
deo era la misma que la del dáctilo; pero el quinto pié debia 
ser dáctilo, i el sesto, espondeo, porque la colocación en aquel 
lugar de esas largas i de esas breves en un orden determinado 
imprimía al verso su movimiento a la manera que el compás 
lo hace en la música. 

El castellano carece de sílabas largas i breves; todas sus sí- 
labas consumen mas o menos la misma duración, 

Siendo así, ha tenido que recurrir, como las otras, lenguas 
modernas, a accidentes métricos distintos para constituir su 
versificación. 

Primeramente, no pudiendo compensarse una larga por dos 
breves, fué necesario que el número de tiempos de que consta- 
ban cada verso o cada cláusula guardase una proporción cons- 
tante con el número de las sílabas. 

En segundo lugar, siendo en estremo corta la diferencia de 
duración en las sílabas castellanas, ninguna de ellas, aun la 
mas larga, habría indicado de un modo sensible el movimiento 
métrico. 

Debió, pues, buscarse otro accidente perceptible al oído que 
ejerciera el mismo oficio. 

Este accidente fué el acento, que, colocado de trecho en tro- 
cho, marcó el aire del verso. 

Basta este resumen para que se perciban las diferencias i 
semejanzas que hai entro la versificación cíe las lenguas anti- 
guas, i la de las modernas. 

La excelencia de esta producción de Bello fué proclamada 
por la autoridad mas respetable i caracterizada que puede 
juzgar acerca de estas materias en los pueblos de idioma cas- 
tellano. 



4-ÍG 



*Real Academia Española. 

«Madrid, 27 de junio de 1852. 

a La comisión nombrada por esta Academia para formar un 
tratado de prosodia de la lengua castellana, ha dado su dicta- 
men, en el que manillesta que, habiendo examinado todos los 
trabajos publicados hasta ahora sobre esta importante materia, 
juzga que no hai nada o casi nada que innovar; i consideran- 
do, después de un detenido examen, que esto trabajo se halla 
desempeñado do un modo satisfactorio en la obra de Usía, opi- 
na que la Academia podría adoptarla, previo el consentimiento 
de Usía, i reservándose el derecho, si lo juzga oportuno, de 
anotarla i correjirla, da lo que sus opiniones no se conformen 
en todo con las de Usía. Mas, reconociendo esta Academia el 
derecho de propiedad de Usía, en junta celebrada el día 25 del 
corriente mes, después de aprobar el citado informe, acordó 
que se pidiese a Usía su beneplácito para poder hacer la im- 
presión en los términos que dicha comisión indica. 

«Lo que tengo el honor do poner en conocimiento de Usía, 
rogándole se sirva contestar lo que tenga por conveniente. 

«Dios guarde a Usía muchos años — Eüsébio MabíA del 
Valle, vice-sccretario. 

«Señor Don Andrés Bello.» 

El miembro correspondiente do la Academia Española don 
José Coll i Vehí, en sus Elementos de Literatura, cita con 
elojio los Principios de Ortolojía i Métrica de la Lengua 
Castellana por Bello. 



Análisis Ideolójica de los Tiempos de la Conjugación Castellana. 

Ya he dicho en otra parte que la lectura casual del tratado 
de Condiliac sobre el verbo, hizo reflexionar a Bello acerca de 
esta materia. 

Esto sucedió antes de 1810. 

Gomo las doctrinas del pensador francés no satisficiesen a 
nuestro autor, buscó una teoría para esplicar de un modo ra- 
cional el uso de las formas verbales. 



DE DON ANDRÉS BELLO 427 



Bollo no desconocía que el mismo instinto de aiialojía que 
ha creado las lenguas basta en muchos casos para indicarnos 
la lejítima estructura de las frases,, i el recto uso de las in- 
flexiones de los nombres i verbos. 

No desconocía tampoco que la lectura de los buenos autores 
da un tino feliz que dispensa a ciertos espíritus privilejiadus 
del estudio de las reglas. 

Sin embargo, creía que muchos deslices se evitarían, i el 
lenguaje de los escritores sería mas correcto i exacto, si se 
prestara mas atención a lo que pasa en el entendimiento 
cuando hablamos. 

Este estudio de las operaciones intelectuales en su relación 
con la espresion de nuestros juicios mediante la palabra, inte- 
resaba adornas sobro manera al espíritu escudriñador i sutil 
de Bello, porque le permitía observar i comprender algunos 
de los procedimientos mas delicados del alma humana. 

Aunque quedó contento con la teoría que llegó a formarse, 
no se atrevió a publicarla, según él mismo lo declara, hasta 
trascurridos treinta años, cuando una frecuente reconsidera- 
ción del asunto le trajo el convencimiento de que estaba en la 
verdad. 

La Análisis Ideolójica de los Tiempos de la Conjugación 
Castellana salió a luz en Valparaíso el año de 1841 por la 
imprenta de don Manuel Rivadeneira, el futuro, editor de la 
Biblioteca de Autores Españoles. 

Don Andrés Bello, en esta obra, ha aplicado la análisis a 
un punta oscuro e intrincado; i después de haber investigado 
con mucha paciencia i perspicacia la ilación metafísica del 
significado de los tiempos e inflexiones verbales, ha sustituido 
al antiguo desorden un sistema de leyes jenerales, que no 
están sujetas a escepciones, i que son susceptibles aun de es- 
presarse por fórmulas aljebraicas. 

La unidad i la armonía de la teoría propuesta son los argu- 
mentos mas fuertes que pueden alegarse en favor de su ver- 
dad . 

El autor tiene así la gloria de haber alcanzado lo que no 
consiguieron Condillac, Beauzée i otros eminentes pensadores. 



438 vida 

Voi a eeponer sumariamente los elementos principales de 
esta teoría realmente científica, que toma en cuenta bástalas 
analojías mas fujitivas de que depende el uso de las furnias 
verbales. 

La conjugación consta, no solo de formas simples, sino 
también de formas compuestas con los ausiliares. (Amo, he 
amado, he do amar, estol amando.) 

En el verbo castellano, como en el de todas las lenguas, 
hai tres relaciones simples i primitivas de tiempo: presente, 
pretérito í futuro, las cuales se designan con estas mismas 
denominaciones. (Amo, amó, amaré. ) 

Pero hai formas verbales cuya relación de tiempo debe com- 
pararse, no solo con el momento actual, como sucede con las 
primitivas, sino también con las otras formas que vienen en 
la proposición. 

De esto resulta que, en una misma forma, pueden combi- 
narse dos o tres relaciones. 

«Los profetas anunciaron que el Salvador del mundo nace- 
ría de una vírjen.» 

Esa forma nacería indica dos relaciones de tiempo, porque 
el nacer es posterior al anunciar, que es cosa pasada. 

Nacería significa, pues, un futuro posterior a un preté- 
rito. 

«Díjome que procurase verle, pasados algunos días; que 
quizá me habría buscado acomodo.» 

Buscar es anterior a procurar; procurar es posterior a 
decir; decir es un pretérito. 

Habría busco/do índica, según esto, la anterioridad del 
atributo a una cosa que se presenta cqmo futura respecto de 
otra que es anterior al momento en que se habla. 

Las formas del verbo que denotan estas relaciones dobles o 
triples se denominan anteponiendo a las palabras: presente, 
pretérito, futuro, las partículas ante, pos i co, de manera 
que, en el nombre del tiempo., va spresado el significado. 

Nacería es un pos-pretérito; habría buscado, un anfe- 
pos-prc torito. 

Las formas verbales, ademas de los significados propios, 



DE DON ANDRÉS DELLO 429 



toman también de cuando en cuando ciertos valores metafóri- 
cos, que Bello esplica con la misma exactitud. 

¿Mañana sale el correo. •» 

Aquí sale deja de ser presente, i pasa a ser futuro. 

Pero todas estas trasformaciones do significado no embara- 
zan en nada la teoría del autor, i encuentran al contrario su 
esplicacion en ella. 

Bello deduce de estos antecedentes las regdas para el uso de 
los tiempos. 

Ha notado que las inflexiones verbales espresan constante- 
mente unas mismas relaciones; ha determinado cuáles son 
esas relaciones; i ha establecido por esto solo el uso acertado 
do cada una de esas inflexiones. 

Una vez comprendidas estas reglas inmutables, el dificulto- 
so empleo de las diversas formas verbales es llano i sencillo. 

Bello, con su doctrina, nos ha suministrado el hilo deAriad- 
na, que puede conducirnos por el intrincado laberinto de la 
multitud do inflexiones que componen la conjugación del 
verbo. 

Don Andrés Bello dedicó esta obra al rector i profesores del 
Instituto Nacional de Chile. 

Con este motivo, el mencionado cuerpo le hizo la manifes- 
tación do gratitud i de aplauso que se halla consignada en los 
siguientes documentos. 

^Instituto Nacional, 

«Santiago, junio 13 de 1841. 

«Me es mui satisfactorio comunicar a Usted el profundo re- 
conocimiento de esta corporación consignado en el acta cuya 
copia acompaño, así por la distinción con que Usted ha que- 
rido honrarle al dedicarlo la obra que acaba de dar a luz, in- 
titulada Análisis Ideolójica ce los Tiempos be la Conjuga- 
ción Castellana, como por el eminente servicio que, con su 
publicación, ha hecho a la juventud, ausiliándola en sus pro- 
gresos literarios; i mees igualmente satisfactorio el protestarlo 
las consideraciones de aprecio con que soi de Usted, su mui 
atento servidor — Francisco Puente — ■Tomas Zentcno, se- 
cretario. 



'.50 



«Seíior Don Andrés Bello.» 

El acta a que alude el oficio anterior es la que va a leerse. 

«Instituto Nacional. 

a Consejo de profesores. 

«Reunido en sesión extraordinaria el 13 de junio de 1841, 
coa asistencia de los señores rector don Francisco Puente, i 
profesores don Antonio Yaras, don Andrés Antonio de Gorbea, 
don Antonio Gatiea, don José María Núnez, don Miguel Güé- 
mes, don Francisco de Borja Solar, don Estanislao Marin, don 
José Zegers, don Antonio García Reyes, don José Victorino 
Lastarria, don Hipólito Beauchemin, don José Manuel No roa, 
don Domingo Tagle Irarrázaval, don Ramón Elguero, don 
Bernardino Vila, don José Luis Borgoño i don Tomas Zente- 
no, se hizo presente que el señor don Andrés Bello se había 
servido dedicar a esta eorporacion'la obra que recientemente 
ha publicado, intitulada Análisis Ideolójica de los Tiempos 
de la Conjugación Castellana, prestando con su publicación 
un servicio importante a la juventud, por la luz que difunde 
sobre un asunto arduo i espinoso, una análisis tan orijinal, 
como filosófica, unida a uua nomenclatura que designa con 
precisión el valor de cada uno de los tiempos. En esta virtud, 
acordó el consejo manifestar al señor Bello, por medio de un 
oficio, acompañándole copia de la presente acta, el vivo reco- 
nocimiento que ha excitado en esta corporación su jeneroso 
empeño en ilustrar a la juventud, i el honor con que autor tan 
distinguido se ha dignado favorecerle en esta dedicación. Así 
se acordó, i se levantó la sesión — Francisco Puente, presiden- 
te del consejo — Tomas Zentenc, secretario.)) 

Un literato español, mui entendido en estas materias, don 
Buenaventura Carlos Aribau, insertó en la Revista de España, 
de las Indias i del Fstranjero, vi siguiente juicio sobre la 
obra de que voi tratando. 

FILÓLO J I A. 

análisis ideolójica de los tiempos de la conjugación 
castellana por añores bello. 

«Al discurrir sobre las varias consecuencias de aquella la- 



DE DON ANDRÉS BELLO 131 



mentable fatalidad que ha separado de la comunión española 
las vastas repones que, en el continente americano, formaban 
parte, mas bien que apéndice, do esta jigantesca monarquía, 
nos ha sobrecogido cierto temor de que la lengua castellana, 
que, después de la luz del evanjelio, fué en aquellos pueblos el 
ájente mas poderoso de civilización, sufriese notable detri- 
mento, hasta llegar a corromperse, i a perder sus magníficas 
formas primitivas. I no era este un sentimiento de estéril or- 
gullo nacional i preocupación literaria, porque bien se nos 
alcanza cuánto puede la unidad del lenguaje contribuir a la 
conservación, facilidad i fomento de otras relaciones de mas 
positiva c inmediata ventaja, que han de compensar la pérdida 
sufrida. Veíamos venir el daño, no de la confusión de las len- 
guas habladas por los indíjenas (pues no dio la Providencia 
tal poder a la rusticidad sobre la cultura), sino del roce i co- 
municación continua con las naciones estrañas, que, validas 
do nuestra ausencia i descuido, acudían a monopolizar aque- 
llos mercados, i a influir, tanto en su política, como en sus 
costumbres. 

a Pero después que nuestro pabellón ha sido saludado con 
entusiasmo, i que, sueltos los vínculos de la dependencia, se 
han anudado los de la amistad, hemos visto que el mal no era 
tan grande, como habíamos recelado, i que, en la mayor parte 
de aquellas nuevas repúblicas, se ha cultivado el idioma con el 
estudio de los buenos autores, i aun con el ejercicio de algunas 
plumas que no nos desdeñaríamos de contar entre las nues- 
tras. Mas copiosos hubieran sido probablemente los frutos de 
los buenos injenios americanos, si las intestinas discordias 
que han destrozado el país no hubiesen distraído por otros 
caminos la actividad de los espíritus, contrariando el progreso 
de unas artes que solo medran i florecen a la sombra de la paz 
i de la seguridad; observación que se confirma con el ejemplo 
do la república de Chile, que, defendida por los peligros del 
paso de Magallanes, por las olas del Pacífico, i por la protec- 
tora fragosidad de los Andes, ha podido librarse de la rivali- 
dad de sus vecinos, al paso que la cordura poco común de los 
promovedores de su emancipación ha logrado conjurar las 



43-¿ VIDA 

perturbaciones que, en semejantes crisis, suelen atojar el pro- 
greso do los pueblos. 

«Allí, bien quisto do todas las clases, honrado a cada paso 
por la confianza del gobierno, escuchado con respeto por la ju- 
ventud, cuyos estudios solícitamente promueve, seda a conocer 
por sus escritos don Andrés Bello, autor del opúsculo de que 
vamos a hablar. Natural de Caracas, pasó en Inglaterra una 
buena parte do su juventud, hasta que fué llamado a su patria 
adoptiva, que lo respeta como uno de sus mejores ciudadanos. 
Dotado de gran fuerza de observación, se propuso llevar hasta 
sus últimos elementos el anális del verbo, de esta palabra por 
excelencia, la cual, singularmente en la lengua castellana, 
ofrece tanta multitud, variedad i delicadeza de formas, acci- 
dentes i matices, que, en cada inflexión suya, i aun en el orden 
do su colocación, so ven espresados, como en abreviatura, 
numerosos conceptos. Treinta años dejó dormir su primer bo- 
rrador; i al cabo de ellos, decidióse a publicarlo, después de 
madurar la idea por medio do diarias comparaciones con lo 
que oia i lcia. 

«El significado de los tiempos en el verbo castellano merecía 
esta profunda investigación, i la necesitaba. Los tratados gra- 
maticales de uso mas común dan sobro esta materia ideas 
equivocadas; i los mas perfeccionados las dan incompletas. 
Nuestro don Gregorio Garóes, que, con inmensa erudición i 
mediana filosofía, escribió en Ferrara, a fines del siglo pasado, 
su Fundamento del Vigor i Elegancia de la Lengua Caste- 
llana, omitió, en la conjugación de los verbos, aquellos tra- 
bajos jencrales i abstractos con que ilustró la teoría del nom- 
bro; i lo que en la propia cuna i asiento do nuestra lengua 
apenas ha llamado la atención de los hablistas ha sido objeto 
de meditación i estudio en uno de los mas remotos países do 
los antiguos dominios españoles inmortalizado por el canto 
de don Alonso de Érenla. 

aNo es nuevo en la historia de las lenguas este fenómeno, 
que, aunque sorprende a primera vista, puedo ser plausible- 
mente esplicado. Lope de Vega decía do los dos hermanos 
Arjensolas que parece vinieron de Aragón a reformar en 



DE DON ANDRÉS BELLO 433 



nuestros poetas ¡a lengua castellana; i en nuestros tiempos, 
hemos conocido a dos esclarecidos catalanes, don Antonio Cap- 
mani i don Antonio Puigblanch, que a nadie cedieron en el 
profundo conocimiento de un idioma que no hablan mamado 
con la leche materna. 

«El punto do vista bajo el cual el señor Bello considera el 
oficio que desempeña el verbo en la oración es enteramente 
nuevo, i resuelvo una porción de cuestiones hasta ahora pen- 
dientes, u oscuramente determinadas. De su definición, deduce 
consecuencias, algunas de las cuales (sea dicho con la modes- 
tia i respeto que el autor nos inspira) no nos parecen necesa- 
riamente ajustadas a la idea matriz que intenta esplicar: tal 
es, por ejemplo, la do que el infinitivo no es en su opinión 
verdadero verbo, cuando, en la nuestra, constituye un modo de 
él, defectivo si se quiere, análogo a otras partes de la oración 
con las cuales se confunde, dotado de circunstancias peculiares 
i características que le distinguen de los demás modos, pero 
revestido de todas aquellas que necesita para espresar el atri- 
buto de una proposición subalterna. Tampoco adoptamos en 
toda su latitud la división que establece de los modos, clasifi- 
cándolos en indicativo, subjuntivo común, subjuntivo hipoté- 
tico i optativo. Pero no es nuestro ánimo consagrar el presente 
artículo a un examen de la obra, que precisamente habría de 
ser minucioso i poco acomodado a la naturaleza de nuestra 
publicación, sino excitar el ínteres do los aficionados a tales 
materias hacia un adelantamiento que, tal consideramos, ha 
logrado el arte con la discusión do un punto tan importante, 
como poco esplorado. 

«Donde principalmente luce i campea el exacto juicio i sa- 
gacidad del autor, es en el uso de los tiempos, objeto principal 
de su escrito. Las relaciones de coexistencia, de anterioridad 
i de posterioridad en sus diversos grado*, forman la base na- 
tural do una esposicion que nada deja que desear por lo lumi- 
noso, i puede desde luego copiarse en toda gramática castellana 
con la seguridad de dejar satisfecha cualquiera duda de parte 
del discípulo. La nomenclatura es tan sencilla, como clara la 
idea de las diferencias. 

Y. DE D, 55 



VIDA 



«Pero toda esta esplicaeion sería incompleta, si prescindie- 
se el autor de aquellas locuciones en que, para dar o quitar 
enerjía a la frase, se trastruecan los tiempos délos verbos, sus- 
tituyéndose unos a otros. Esta parte del tratado, que tiene por 
título valores metafóricos de las formas verbales, está llena 
de finísimas observaciones, que descubren otros tantos re- 
cursos peculiares de una lengua admirablemente flexible para 
los que saben manejarla con gusto e intelijencia. 

«Todas las proposiciones que se sientan vienen confirmadas 
con ejemplos bien escojidos de los autores castellanos mas 
ilustres i acreditadas; Cervantes, Calderón, Lope de Vega, 
Coloma, el padre Isla, Moratin i otros; en lo cual da muestras 
el señor Bello, no solo de su espíritu eminentemente analiza- 
dor, sino también de su varia i bien dij crida lectura. Creemos 
haber hecho un servicio al público en dar esta lijcra noticia de 
una obra de que puede gloriarse la literatura americana, que, 
a pesar de la separación política, nunca dejará de ser espa- 
ñola.» 

Don Vicente Salva escribió a Bello la carta que paso a co- 
piar, en la cual le hablaba sobre las dos obras de que me he 
ocupado en este párrafo, i en el precedente. 

«París, 8 de abril de 1846. 

«Leí con mucho gusto la carta de Usted del 1.° de setiem- 
bre, i el cuaderno del análisis de nuestra conjugación. Los 
Principios de ORTOLOJÍA,ya los había visto, antes de recibir el 
ejemplar que Usted me envía, pues lo recibí de Caracas, donde 
se reimprimió en el año último. En la pajina 49, línea 1. a do 
éstos, hai una equivocación de hecho, pues debe leerse Melén- 
clez, en lugar de Jovellénos, según se halla en todas las edi- 
ciones de mi gramática. Para ella, pocuraré tenor presentes 
aquellas indicaciones do ambos opúsculos que no estén en opo- 
sición con mi modo de tratar los puntos gramaticales. 

«En lo que no he podido jamas tomar especial empeño, es 
en la ortografía, por parecerme que influye poquísimo para 
escribir bien o mal. De cuatro modos diversos escribió Saavo- 
dra la dicción viva en una pajina do orijinal que me dio 
cuando publiqué El Moho Espósito; i de la b o la u, usaba in- 



DE DON ANDRÉS BELLO 435 



distintamente en sus dos apellidos el inmortal autor del 
Quijote. Sin embargo, no desconozco el sumo tiento con que 
los editores deben proceder sobro el particular, pues atribuyo 
en gran parte el extraordinario éxito que han tenido mis edi- 
ciones al temperamento que he adoptado acerca de la ortogra- 
fía, empleándolas distintas para la Novísima, el Sala, el Dic- 
cionario Castellano, la Biblioteca de Predicadores, quees- 
toi imprimiendo, etc., etc., i siendo mui cauto aun en las obras 
de otra clase, como en mi Gramática, Cavalario, Hufeland, 
etc. Cuando la Academia sustituyó la g o j a la x, no hizo 
mas que añadir el peso de su autoridad a la práctica casi j ene- 
ral de los impresores, que son los que poco a poco han de ir 
preparando el camino para las variaciones ortográficas, tentan- 
do cuáles son las que hallan menos obstáculos. Entre nues- 
tros mayores, ya se usó la i para la conjunción; pero, como, 
en la escritura, es mas fácil formar de un rasgo, sin levantar 
la pluma del papel, la y que la i vocal, que requiere dos tiem- 
pos, no ha podido jeneralizarse aquella práctica, i será difícil 
que so adopte. Algo mas de cien años han de pasar antes que 
se omita de todo punto la h; i algunos siglos para que se supri- 
ma la u después de la q. Se opondrá constantemente a esta 
novedad en las lenguas hijas de la latina la ortografía em- 
pleada para los libros escritos en ésta. Dado el paso de pro- 
nunciar la q como si fuese una fe, bien podía relegarse entre 
las letras inútiles la c en los volúmenes que se impriman como 
muestra de una ortografía mui simplificada, que por ahora no 
serán muchos. 

«He copiado lo que Usted me dice al abogado que está revi- 
sando las dos obras de Heineccio, que se me han agotado; i al 
presente, solo se harán algunas mejoras, guardando las otras 
para otra ocasión, pues no es trabajo que deba hacerse do 
prisa. 

«Juntamente con ésta, recibirá Usted de mano del señor clon 
Manuel Antonio Tocornal un ejemplar del Nuevo Diccionario 
Castellano, que acabo de imprimir, en el cual conocerá Us- 
ted que he puesto algún estudio, aunque me haya equivocado 
en muchas cosas, i olvidado infinitas. Algo se ha adelantado: 



436 vida 

i mi ejemplo puede animar a otros que sepan hacerlo mejor. 
Mucho apreciaría que Usted tomase algunos apuntes al mane- 
jar este libro, i que me los comunicase para tenerlos presentes 
en las nuevas tiradas, o si añado después un su¡)lemento. 

«También yo he sufrido algunas aflicciones domésticas esto 
año, siendo la principal haber perdido el 4 de enero a la nicte- 
cita mayor que tenia aquí; i ahora voi a quedar enteramente 
solo por seis u ocho meses, hasta que regrese mi hijo, que va 
a salir para Valencia con toda su familia. Por fortuna, me 
tienen ocupadísimo los negocios i la lectura de los muchos i 
buenos libros de que estoi rodeado; i esto me distrae de las 
ideas penosas que a nadie faltan. 

«Deseo a Usted una perfecta salud; i que me crea su since- 
ro amigo, i atento servidor Q. S. M. B. — Vicente Salva. 

«Señor Don Andrés Bello.» 






XXI 



Esfuerzos de Bello para que se fomentasen las representaciones 
teatrales en Chile. 



Don Andrés Bello trabajó siempre por destruir las trabas 
legales i sociales que las instituciones i los hábitos del réjimen 
practicado en la colonia oponían al cultivo de la inteligencia. 

Así, desde que llegó a Chile, fué uno de los mas decididos 
i constantes sostenedores de las representaciones teatrales, 
que consideraba un excelente medio de civilización, i aun de 
moralización. 

Por desgracia, el clero i los devotos hacían al teatro la gue- 
rra mas cruda, i se empeñaban cuanto podían para que fuese 
poco concurrido, i aun para que fuese cerrado. 

La reacción anti-liberal do 1830 habia infundido alientos a 
los enemigos del teatro, los cuales habían redoblado sus ata- 
ques contra una institución, a su juicio, en estremo perniciosa. 

Sin embargo, me es grato advertir que, entre los hombres 
que ejercían alguna influencia en el gobierno de entonces, hu- 
bo algunos que salieron con enerjía a la defensa de uno de los 
pasatiempos mas propios de una sociedad civilizada. 

Entre éstos, merece especialísima mención don Andrés Be- 
llo, que se contó entro los que abogaron mas empeñosamente 
por el fomento del teatro . 

«El momento presente, escribía en el número de El Arau- 
cano correspondiente al 18 de enero do 1833, es a propósito 
para hacer algunos esfuerzos en favor de un establecimiento 
cuyos progresos han ido siempre a la par de la intelijencia i 
cultura del pueblo. Vemos con placer que, a pesar de las fa- 



^38 VIDA 

náticas declamaciones de los que querrían que se gobernase 
una capital como un convento de monjas, se arraiga entre 
nosotros la afición a los espectáculos dramáticos. Pero esta es 
todavía una planta tierna, que necesita fomento i cultivo.» 

El 27 de setiembre del mismo año, aquel ilustre escritor se 
veia obligado a reconocer con marcado disgusto en el citado 
periódico, que el público de Santiago no prestaba al teatro la 
protección debida. 

Al mismo tiempo, demostraba sin dificultad que semejante 
conducta era realmente injustificable. 

«La filosofía mas austera no hallaría nada que reprender, 
decia, en la elección de las piezas, la mayor parte de las cua- 
les abundan de excelentes ejemplos i lecciones, i son acaso mas 
a propósito para inspirar sentimientos de virtudes domésticas, 
de jenerosidad, humanidad i honor, que casi todos los vehícu- 
los de instrucción moral que se hallan al alcance del pueblo. 
Las que carecen de este mérito tienen a lo menos el de pro- 
porcionar un pasatiempo agradable, sin alarmar el pudor,, ni 
ofender la decencia. La conducta de los concurrentes es la mas 
ordenada i decorosa. No hai teatro alguno que dé monos mo- 
tivo que el de Santiago a las declamaciones de los preocupados 
que repiten contra una diversión inocente lo que han dicho, 
no sin razón, moralistas juiciosos contra las abominaciones 
de los antiguos teatros jentílicos, o contra el libertinaje que 
se presenta sin máscara en los de algunas capitales de la Eu- 
ropa moderna.» 

Estimulaba de todos modos a que se asistiera a los espectá- 
culos teatrales. 

«Los que no frecuentan el teatro por gusto, decia, deberían 
hacerlo por espíritu público. Patrocinarlo es patrocinar dos 
artes interesantes: la declamación i la música; es patrocinar 
una escuela de lenguaje correcto i elegante, de la conversación 
familiar, do la buena pronunciación, tan descuidada entre 
nosotros, i de los sentimientos honrados, benéficos i jene- 
rosos.» 

Desenvolviendo el mismo tema, en el número de El Arau- 
cano correspondiente al 12 do junio de 1835, llamaba la aten- 



DE DON ANDRÉS BELLO 439 



cion sobre el siguiente hecho: «Asisten frecuentemente al tea- 
tro, decia, todos los miembros del cuerpo municipal, entre los 
cuales hai un juez nombrado por el gobierno para velar i 
conservar el orden i moralidad durante las representaciones; i 
se ve igualmente con frecuencia a otros muchos majistrados 
de alta categoría, siendo entre ellos el primero i el mas asis- 
tente el jefe supremo de la república (3 enera! don Joaquín 
Prieto). No ignorando esto los señores eclesiásticos que conde- 
nan el teatro como lugar de corrupción i de vicios, parece que 
su anatema la dirijen especialmente a los majistrados que au- 
torizan con su presencia los espectáculos que allí se exhiben, i 
al gobierno mismo, que, ao solo los autoriza con su presencia, 
sino que presta una liberal protección al establecimiento.» 

El 24 de julio de 1833, se promulgó la leí por la cual los 
gobernadores políticos de cada población, o en su defecto los 
funcionarios que los reemplazaban por tiempo determinado, o 
accidentalmente, eran jueces especiales de teatro encargados 
de conservar el orden durante las funciones, i de resolver de 
un modo breve i sumario, tanto sobre las cuestiones que se 
suscitasen entre ios actores i los empresarios, como sobre todo 
lo que tuviera relación con el servicio de la casa, pudiendo im- 
poner arrestos de ocho días, i multas de cincuenta pesos. 

El objeto evidente de esta lei era evitar o reprimir expediti- 
vamente todo lo que pudiera perturbar la ejecución regular de 
las representaciones teatrales. 

Siempre he oído que Bello fué quien influyó para que esa lei 
se dictara. 



Doctrinas literarias de Bello so"bre las composiciones dra- 
máticas. 

Don Andrés Bello fundó en nuestro país la crítica de teatro. 

Puede decirse que hizo en El Araucano un curso práctico 
de literatura dramática, en el cual ostentó las dotes habituales 
de su talento recto i perspicaz. 

Bello dio en todo siempre muestras de ser un hombre tan 



440 VIDA 

opuesto a las novedades disparatadas, como a la conservación 
rutinaria. 

La esquisita sensatez de juicio que le caracterizaba le hacía 
distinguir con prontitud lo que, por verdadero, debía aceptarse 
en las doctrinas nuevas, i lo que, por erróneo, debía abando- 
narse en las antiguas. 

Ofrecía bajo este aspecto un ejemplo singular, no aferrándo- 
se a las opiniones que una vez había admitido o formado, co- 
mo lo hacen jcneralmcnte las personas que llegan a cierta 
edad. 

Si no corría por el mundo del pensamiento a caza de aven- 
turas, tampoco permanecía estacionario. 

Era un hombre de progreso, pero que caminaba sobre terre- 
no solido. 

Tal fué también lo que practicó en las discusiones o críticas 
de teatro. 

En El Araucano correspondiente al 21 de junio do 1833, 
espresó con la mayor claridad cuáles eran sus teorías funda- 
mentales sobre esta materia. 

«Los Treinta Años, o la Vida de un Jugador, decía, es 
ciertamente una de las piezas que han sido mejor representa- 
das en nuestro teatro; i aunque, como composición dramática, 
no nos parece que raya muí alto, la variedad de lances que 
presenta, lo patético de algunas escenas domésticas, i la natu- 
ralidad i viveza del diálogo le dan un lugar distinguido entro 
las de su jóncro, i la han hecho muí popular en todas partes. 

«Los partidarios de la escuela clásica reprobarán el plan de 
esta pieza, como irregular i monstruoso. Ella nos traslada de 
Francia a Ba viera, i eslabona una serio de incidentes que abra- 
zan una duración de treinta años, i tienen poca mas conexión 
entro sí, que la de pertenecer a la vida de un hombre, i oriji- 
narse de una misma causa, el vicio del juego, de manera que 
el autor no ha respetado mas la unidad de acción, que las do 
lugar i de tiempo. 

«Nosotros nos sentimos inclinados a profesar principios mas 
laxos. Mirando las reglas como útiles avisos para facilitar el 
objeto del arte, que es el placer de los espectadores, nos parece 



DE DON ANDÜES BELLO 441 



que, si el autor acierta a producir esg efecto sin ellas, se le de- 
ben perdonar las irregularidades. Las reglas no son el fin del 
arte, sino los medios que él emplea para obtenerlo. Su tras- 
gresion es culpable, si perjudica a la excitación de aquellos 
afectos que forman el deleite de las representaciones dramáti- 
cas, i que, bien dirijidos, las hacen un agradable vehículo do 
los sentimientos morales. Entonces no encadenan el injenio, 
sino dirijen sus pasos, i le preservan de peligrosos cstravíos. 
Pero, si es posible obtener iguales resultados por otros medios 
(i este es un hecho de que todos podemos juzgar); si el poeta, 
llevándonos por senderos nuevos, mantiene en agradable mo- 
vimiento la fantasía; si nos hace creer en la realidad de los 
prestijios quinos pono delante, i nos trasporta con dulce vio- 
lencia a donde quiere, 

Modo me Thebis, modo ponil Athenis, 

lejos de provocar la censura, privándose del ausilio de las re- 
glas, ¿no tendrá mas bien derecho a que se admire su feliz 
osadía? 

«La regularidad de la trajedia i comedia francesas parece 
ya a muchos monótona i fastidiosa. Se ha reconocido, aun en 
París j la necesidad de variar los procederes del arte dramático; 
las unidades han dejado de mirarse como preceptos inviola- 
bles; i en el código de las leyes fundamentales del teatro, solo 
quedan aquellas cuya necesidad para divertir e interesar es 
indisputable, i que pueden todas reducirse a una sola: la fiel 
representación de las pasiones humanas i de sus consecuencias 
naturales, hecha de modo que simpaticemos vivamente con 
ellas, i enderezada a correjir los vicios i desterrar las ridicu- 
leces que turban i afean la sociedad. 

«Pero volviendo al drama de los Treinta Años, i dejando 
al juicio i sentimientos de cada cual la reñida cuestión de las 
tres unidades, el defecto principal de aquel drama es en nues- 
tro concepto la excesiva atrocidad de los últimos incidentes, 
que en realidad perjudica a la intención moral del autor, por- 
que exajera las consecuencias naturales del vicio cuyos per- 
niciosos efectos se propone mostrar. El jugador habitual es 



4'l2 VIDA 

ordinariamente mal hijo, mal esposo, padre desnaturalizado. 
Está espuesto a ser el juguete i la víctima do hombres pro- 
fundamente depravados, que, para cebarse en sus despojos, 
halagan su funesta pasión. Su desordenada conducta le arras- 
tra a la miseria; la miseria, al fraude; el fraude, a la afrenta, 
i acaso a un patíbulo. Hasta aquí va el poeta de acuerdo con 
la naturaleza; pasado este término, hallamos oxajcrado i re- 
pugnante el cuadro que nos pone a la vista. 

«De un orden mui superiores el Cid, representado el do- 
mingo último. Esta pieza hace época en los anales del teatro 
francés. En el Cid, primera trajedia regular que vio la Fran- 
cia, i aun puede decirse la Europa moderna, el gran Corncille 
se elevó de repente al nivel do lo mas bello que en este jéncro 
nos ha dejado la antigüedad clásica, i aun en sentir de mu- 
chos, lo dejó atrás. Es verdad que Corneille debió a dos come- 
dias españolas (El Hoxrador de su Padre, de Diamante, i el 
Cid de Guillen de Castro), no solo toda la acción de la pieza, 
casi lance por lance, sino algunos de los mas hermosos rasgos 
de pundonor caballeresco i de sensibilidad que la adornan. 
Pero también es justo decir que, en las composiciones españo- 
las de que se valió, no se descubre mas que el embrión de la 
lucha sostenida de afectos con que nos embelesa i arrebata 
Corneille, i ante la cual todas las otras bellezas del arte, como 
dice su sabio comentador, no son mas que bellezas inanima- 
das. A ella so debió sin duda el suceso, hasta entonces nunca 
visto, que tuvo en Paris esta trajedia, no obstante la oposición 
formidable de un partido literario a cuya cabeza estaba el car- 
denal de Richelieu. I no se limitó su celebridad a la Francia: 
el autor tuvo la satisfacción de veria traducida en casi todas 
las lenguas de Europa. 

«Richelieu, que azuzaba a los émulos de Corncille, i excitó 
a la Academia Francesa a escribir la censura del Cid, vio esta 
pieza con los ojos de un primer ministro que creia tener motivo 
para desfavorecer al autor. Pero no por eso le retiró la pen- 
sión que lo habia dado. Richelieu, en medio de los importan- 
tes negocios de una administración que tanto peso tenia ya en 
la política de Europa; Richelieu , blanco de las facciones que 



DE DON ANDRÉS BELLO 443 



ajitaban la Francia, i de las intrigas de palacio, prolcjia con 
munificencia las letras, hallaba tiempo para cultivarlas el mis- 
mo, i contribuyó no poco a la formación del teatro francés. 
Los preocupados que, entre nosotros, condenan el teatro sin 
conocerlo, debieran tener presente el ejemplo de este cardenal 
ministro.» 

A pesar de lo poco literata que era entonces la sociedad de 
Santiago, i a pesar de la muí mediocre atención que concedía 
a las cuestiones de crítica, no faltó quien saliera a censurar, i 
en tono por cierto harto descomedido, las doctrinas de Bello 
en materia de dramas, las cuales se tacharon de excesivamen- 
te liberales, i aun de absurdas. 

Este ataque dio oportunidad a Bello para esplanar todavía 
mas sus ideas sobre el particular en el número de El Arauca- 
no correspondiente al 5 de julio de 1833. 

Entre otras cosas, decia lo que sigue: 

«El mundo dramático está ahora dividido en dos sectas: la 
clásica i la romántica. Ambas a la verdad existen siglos hace; 
pero, en estos últimos años, es cuando se han abanderizado ba- 
jo estos dos nombres los poetas i los críticos, profesando abier- 
tamente principios opuestos. Como ambas se proponen un mis- 
mo modelo, que es la naturaleza, i un mismo fin, que es el 
placer de los espectadores, es necesario que, en una i otra, 
sean también idénticas muchas de las reglas del drama. En 
una i otra, el lenguaje de los afectos debe ser sencillo i enérji- 
co; los caracteres, bien sostenidos; los lances, verosímiles. En 
una i otra, es menester que el poeta dé a cada edad, sexo i 
condición, a cada país i a cada siglo, el colorido que le es pro- 
pio. El alma humana es siempre la mina de que debe sacar sus 
materiales; i a las nativas inclinaciones i movimientos del co- 
razón, es menester que adapte siempre sus obras, para que 
hagan en él una impresión profunda i grata. Una gran parte 
de los preceptos de Aristóteles i Horacio son, pues, de tan pre- 
cisa observancia en la escuela clásica, como en la romántica; i 
no pueden menos de serlo, porque son versiones i corolarios 
del principio de la fidelidad de la imitación, i medios indispen- 
sables para agradar. 



«Pero hai otras reglas que los críticos de la escuela clásica 
miran como obligatorias, i los de la escuela romántica, como 
inútiles, o tal vez perniciosas. A este número, pertenecen lastres 
unidades, i principalmente las de lugar i tiempo. Sobre éstas 
rueda la cuestión entre unos i otros; i a éstas alude, o por me- 
jor decir, se contrae clara i expresamente la revista de nuestro 
número 145, que ha causado tanto escándalo a un correspon- 
sal del Correo. Solo el que sea completamente estranjero a 
las discusiones literarias del dia, puede atribuirnos una idea tan 
absurda, como la de querer dar por tierra con todas las reglas, 
sin escepcion, como si la poesía no fuese un arte, i pudiese ha- 
ber arte sin ellas. 

«Si hubiéramos dicho en aquel artículo que estas reglas son 
puramente convencionales, trabas que embarazan inútilmente 
al poeta i le privan de una infinidad do recursos; que los Cor- 
neilles í Racines no han obtenido con el ausilio de estas re- 
glas, sino a pesar de ellas, sus grandes sucesos dramáticos; i 
que, por no salir del limitado recinto de un salón, i del círculo 
estrecho de las veinticuatro horas, aun los Corneilles i Raci- 
nes han caído a veces en incongruencias monstruosas, no hu- 
biéramos hecho mas que repetir lo que han dicho casi todos 
los críticos ingleses i alemanes, i algunos franceses.» 

Don Andrés Bello, con menos frecuencia de lo que habría 
sido de desear, sin duda a causa de sus numerosas i variadas 
ocupaciones, aplicó su fino criterio al examen de algunas do 
las piezas mas notables que se iban poniendo en escena. 

Voi a reproducir en beneficio del lector algunos de esos 
análisis cortos, pero sustanciosos, que son ignorados de la ac- 
tual jencracion. 

Los Amantes de Teruel por don Juan Faijciiío Ilart- 
zenbusch. 

«Los tres primeros actos de este drama han parecido fasti- 
diosos por el poco movimiento de la acción, que, en todos ellos, 
no adelanta un paso. Al levantarse el telón por la cuarta vez, 
líos hallamos exactamente en el mismo estado do cosas que al 
principiar la pieza: Azagra i Segura, combatiendo la constan- 
cia de Isabel, i ésta, oponiendo al ataque sus dolorosas lágrimas 



DE DON ANDRÉS BELLO 445 



i la triste memoria del difunto Marsilla. Fatigados de monóto- 
nos ruegos, instancias, amenazas i lamentaciones, llegamos 
por fin a la última escena del cuarto acto, en que un rasgo de 
violencia paternal, robado a la Nueva Eloísa, triunfa de 
Isabel; la acción da un paso; i al tedio de los espectadores, su- 
ceden la atención i el interés. El calor se sostiene en el quinto 
acto por la inesperada aparición de Marsilla en el momento de 
celebrarse el matrimonio de su rival, hasta la catástrofe, que 
no podia ser otra, que la muerte de los dos desventurados 
amantes cuya fidelidad se ha hecho proverbial en español. 
Pero el poeta no ha sabido qué hacerse con Azagra. Este per- 
sonaje no profiere una sola palabra en el quinto acto, sea que 
flaquease la memoria del actor que lo representó (que no sabía 
su papel), o que el poeta creyese que éste era el mejor modo 
de salir del lance. » 

La Condesa de Castilla por don X ¿casia Alcarez de Cien- 
fuegos. 

«Esta trajedia, aunque mejor escrita i versificada, que los 
Amantes de Teruel, peca mucho mas gravemente contra las 
reglas esenciales del drama. Hai una especie de inverosimilitud 
que no se perdona en el teatro, porque destruye el efecto de 
cualesquiera bellezas que bajo otros puntos de vista presente 
la composición; i es la que consiste en la incompatibilidad de 
afectos. Cienfuégos pone en el corazón de la condesa dos pa- 
siones que no pueden hallarse juntas, i ambas en un grado de 
vehemencia que se acerca al delirio: el amor a un esposo di- 
funto, cuya memoria la abrasa en deseos sanguinarios de ven- 
ganza, i el amor a un Zaide, que se descubre mui a los prin- 
cipios ser el mismo Almanzor, a cuyas manos habia perecido 
el conde. Las transiciones del uno al otro de estos sentimientos 
son tan frecuentes i rápidas, que es imposible simpatizar con 
ninguno de ellos; a que se junta que la heroína se nos muestra 
bajo un aspecto tan poco noble, que no podemos tomar el me- 
nor interés en su suerte: una reina madre que quiere gobernar 
el estado contra la voluntad de un hijo adulto; que, a la edad 
de cuarenta años, incurre en la indecencia de espresar los mas 
tiernos sentimientos a un sarraceno matador de su esposo; que 



446 vida 

se enfurece porque su hijo toma la cuerda resolución de en- 
cerrarla en un claustro; i que últimamente concibe el horrible 
designio de envenenar a este mismo hijo en venganza de su 
adorado Almanzor, i llega hasta poner el veneno en la copa; 
princesa sin dignidad, viuda frivola, hembra atroz i madre 
desnaturalizada. » 

Marcela, o A Cuál de los Tres por don Manuel Bretón 
de ¡os Herreros. 

«Esta comedia ©31 tres actos se halla escrita con una ele- 
gancia, gracia i armonía de versificación, que elevan esta pie- 
za, sin embargo de lo poco importante de su asunto, al nivel 
de las mas bellas producciones del jénero cómico en nuestra 
lengua. Bretón de los Herreros posee en grado eminente cier- 
tas cualidades que echábamos menos en Moratin. En medio do 
las dotes aventajadas que todos admiran en el autor de El Sí 
de las Niñas, nos había parecido encontrar en su estilo algo 
de lánguido i descolorido. Sus versos, aunque fluidos, no nos 
daban aquel sabor poético que es propio aun do las composi- 
ciones escritas en estilo familiar, i que tanto luce en los frag- 
mentos de Menandro, i en los buenos pasajes de Terencio: en 
lo que sin duda influyó algo la excesiva severidad de las leyes 
dramáticas i métricas que se impuso el padre de la buena 
comedia castellana. Aquel perpetuo martilleo de una asonan- 
cia invariable en todo un acto produce una monotonía que 
fatiga al oído, i no permite al poeta dar a sus obras el delicioso 
saínete que nace de la variedad de metros i rimas, i que se ha- 
ce sentir aun de los menos versados en el arte, como se ha 
visto el martes pasado en la universal satisfacción que causó 
el nuevo juguete dramático, pues en realidad no es otra cosa 
la Marcela. No sabemos en qué se funda esto canon de la uni- 
dad de versificación en toda una comedia o trajedia, i de la 
invariabilidad de la asonancia desde el principio de un acto 
hasta el fin. Ellas hacen que todas las composiciones dramáti- 
cas estén reducidas al círculo estrecho de media docena de 
rimas, i ponen al poeta en la imposibilidad de emplear las mas 
agradables al oído, que son cabalmente las menos familiares 
en el lenguaje. Los griegos i latinos pasaban frecuentemente 



DE DON ANDRÉS BELLO 447 



de un verso a otro en sus comedias i trajedias; i la antigua 
comedia española debe a esta sabrosa variedad uno de sus 
principales atractivos. Gorostiza i Bretón de los Herreros han 
tratado de restituir a la comedia esta parte preciosa de sus 
antiguas galas, i el buen suceso que han tenido sus tentativas 
nos parece un paso importante hacia la perfección del arte. 

«Hemos dicho que la Marcela es un juguete; pero no so 
crea que lo decimos para deprimir el mérito de la pieza. La 
preferimos, por el contrario, a casi todo lo que se ha represen- 
tado recientemente en nuestro teatro; i en especial, a esa serie 
fastidiosa de trajedias declamatorias, atestadas de los lugares 
comunes de la retórica revolucionaria, que, desde fines del si- 
glo pasado, hace sudar las prensas, i ha dado a las Musas un 
aire demasiado seco i austero. Si Bretón de los Herreros reúne 
a la gracia i brillo del estilo aquella vis cómica que los anti- 
guos echaban menos en el delicado Terencio, i en que tampoco 
es mui aventajado Moratin; si sabe inventar enredos i lances, 
delinear caracteres i hacer hablar a sus personajes el idioma 
del corazón, Moratin, que sin duda le es inferior en el estilo 7 
va a cederle la corona que tan dignamente ciñe sus sienes; i el 
teatro cómico español tendrá poco que envidiar al francés.» 

María Estuardo de Schiller traducida por don Manuel 
Bretón de los Herreros. 

«La traducción castellana de esta pieza se aleja bastante del 
orijinal. El traductor ha pasado la esponja sobre los remordi- 
mientos de María, i esto solo debia producir una gran diferen- 
cia en su carácter, i en el efecto dramático de la pieza. I ¿qué 
diremos de la absurda ocurrencia de hacer perecer a la reina a 
manos del lord canciller Burleygh? En jeneral, el tono de la 
trajedia castellana se asemeja poco al de Schiller, i al de las 
verdaderas pasiones, que siempre hablan un lenguaje sencillo, 
i no se avienen con las figuras atrevidas, los vocablos desusa- 
dos i las trasposiciones violentas. El quinto acto (si se escep- 
túa el exaj erado soliloquio de Leicester) es el único en que nos 
ha parecido algo mas natural i afectuoso el estilo del traduc- 
tor. Las trajedias castellanas modernas (sean orijinales o tra- 
ducidas) se distinguen por el mérito de una versificación ar- 



44S 'v 

moniosa, i de una sostenida elegancia; pero casi todas pecan 
por la falta de naturalidad con que se espresan sus perso- 
najes.» 

Los Aspirantes por don Gabriel Real de Azúa. 
«La comedia nueva, Los Aspirantes, producción orijinal do 
don Gabriel Real de Azúa, se representó el miércoles en la no- 
che, en nuestro teatro, i fue recibida con aceptación. El asunto 
es por sí mismo algo estéril. La censura cómica so ceba con 
preferencia en aquellos vicios i ridiculeces que pertenecen mas 
al hombre, que al ciudadano. Es verdad que Aristófanes empleó 
su vena satírica en los estravíos políticos, en el patriotismo hi- 
pócrita, en el espíritu de facción, en los demagogos i sicofan- 
tas de Atenas, pero también lo es que, en una constitución 
como la ateniense, que llamaba a todos a las funciones lejisla- 
tivas i judiciales, el hombre i el ciudadano estaban, por decirlo 
así, íntimamente mezclados en todas las relaciones de la vida. 
Así, la comedia antigua de los griegos era mas política, que 
moral. Las sociedades modernas están constituidas de otro 
modo. 

«El señor Real de Azúa percibió la dificultad que bajo esto 
aspecto le presentaba su asunto; i en parte triunfó de ella ame- 
nizando con intereses domésticos i afectos amorosos la tramo- 
ya de aspiraciones políticas sobre que rueda la pieza. Talvez 
hubiera convenido reforzar mas aquel esencial ingrediente, que 
es el que constituye el principal atractivo do una obra dra- 
mática. 

«Parécenos también que el autor so ha sometido a reglas 
demasiado severas. No conocemos composición alguna en que 
se observen con mas rigor los preceptos de la escuela clásica, 
que el Café de Moratin, i el señor íieal de Azúa no ha sido 
en esta parto menos escrupuloso, que el autor del Café. 

«Luchando con tantas dificultades, es admirable el partido 
que se ha sacado del asunto. El diálogo es constantemente na- 
tural; el estilo, correcto; los caracteres, propios; el desenlace, 
feliz. Acaso pudieran concentrarse algunos diálogos i razona- 
mientos, con lo que se desenvolvería mas agradablemente la 
acción, i sería mas viva su marcha. 



DE DON ANDRÉS BELLO -149 



«Debemos acojer, no solo con gratitud, sino con entusias- 
mo, los primeros ensayos de las musas dramáticas del Sur, 
sobre todo, cuando vemos lucir en ellos las prendas que ador- 
nan la composición del señor Real de Azúa, i que le han me- 
recido los aplausos del público. ¡Ojalá que, animados por su 
ejemplo, se dediquen otros injenios americanos a cultivar este 
campo fecundo, en que el mejicano Ruiz de Alarcon rivalizó 
en otro tiempo a Moreto; i Gorostiza, otro mejicano, sigue de 
cerca las pisadas de Moratin.» 

Como se comprende, las precedentes, i otras críticas de tea- 
tro, eran compuestas por don Andrés Bello al correr de la plu- 
ma, inmediatamente después de haber visto representar la 
pieza a que aludía. 

Bello, que era mui aficionado a los espectáculos dramáticos, 
asistía a ellos, siempre que podia; i cuando no manifestaba su 
juicio por escrito, lo espresaba de palabra a las personas que 
le consultaban, o con quienes conversaba sobre el particular, 
pues los asuntos acerca de los cuales le gustaba mas discurrir 
eran los literarios. 

Nuestro autor, deseoso de ejercitarse en los diversos jéneros, 
había ensayado, cuando estaba en Londres, componer una 
comedia en prosa, deque se conservan muchas escenas. 

El año de 1839, tradujo del francés al castellano, i arregló 
para el teatro de Santiago la Teresa de Alejandro D urnas 
padre. 



Atención que, según Bello, debía darse al arte de la declamación. 

Los proceres de la revolución hispano-americana habían 
concebido el teatro, no como una simple diversión destinada 
a hacer admirar bellezas literarias, i a despertar en el alma 
sentimientos conmovedores o agradables, sino como una ins- 
titución social, cuyo objeto era propagar máximas patrióticas, 
i formar costumbres cívicas. 

Tal fué la idea que prevaleció en Chile en los años que si- 
guieron a la independencia. 

v, DE b, 57 



4Ó0 VIDA 

Don José Joaquín de Mora i don Andrés Bello combatieron 
los primeros esta pretensión, que desnaturalizaba el fin del 
teatro, i le daba una dirección inconveniente. 

«Terminaremos rogando a los empresarios, escribía Bello en 
El Araucano, fecha 20 de diciembre de 1833, que nos econo- 
micen un poeo mas las trajedias, i principalmente las filosó- 
f ico-patrióticas. Basta de proclamas en verso. Ya hemos visto 
suficientemente parafraseado el vencer o morir. No ignora- 
mos que hai ciertos aficionados para quienes un altercado 
estrepitoso de fanfarronadas, amenazas i denuestos constituye 
lo sublime del arte; pero su número va siendo cada dia menor, 
i creemos espresar el voto de una gran mayoría, pidiendo que 
se nos den con mas frecuencia piezas en el gusto de Moratin, 
Bretón de los Herreros, i Scribe, i de cuando en cuando, al- 
gunas de los antiguos dramáticos españoles.» 

Naturalmente estas observaciones de críticos tan eminentes, 
que daban la lei en estas materias, fueron atendidas. 

Según se ve, Bello quería que las representaciones dramáti- 
cas fueran un medio, no do propagación de ideas políticas, o 
de cualquiera otra especie, sino de honesto entretenimiento 
intelectual. 

Sin embargo, junto con indicar el verdadero objeto a que el 
teatro debe ser destinado, reconocía, como ha podido notarse 
en uno de los pasajes antes citados, servir esta clase de fiestas 
para otros fines accesorios, pero mui interesantes. 

Entre éstos, señalaba los do una buena pronunciación i de 
una buena recitación. 

Pensaba que estas dos cosas eran mui defectuosas en Chile; 
i por lo mismo, no desperdiciaba oportunidad de indicar arbi- 
trios para correj irlas. 

I como creo que, a pesar de haberse enmendado bastante la 
una i la otra, dejan todavía mucho que desear, insisto sobre 
esta observación del maestro para que no se omita el aplicar 
remedio al mal. 

Aunque Bello atribuía eficacia a las representaciones dra- 
máticas para mejorar la recitación de los chilenos, no se atenía 
únicamente a ellas, i proponía ademas ejercicios personales. 



DE DON ANDRÉS BELLO 451 



En El Araucano, fecha 30 de enero de 1835, describiendo 
una distribución de premios del Instituto Nacional, se espre- 
saba así: 

«Nada hai que deba mirarse con indiferencia, cuando puede 
contribuir a despertar en la juventud la aplicación a las letras, 
i aquella noble ambición de premios honrosos, que fecunda 
las disposiciones naturales, i desarrolla el amor de la gloria. 
Movidos de esta consideración, hemos dado tanto lugar a la 
materia de los exámenes escolásticos en nuestro periódico; i 
querríamos que, si fuese posible, tuviesen aun mas interés i 
solemnidad estos actos, i se presentasen bajo una forma algo 
mas animada i dramática. Algunos de los premiados podrían 
recitar breves discursos alusivos a las circunstancias, emendóse 
a los asuntos de enseñanza, i absteniéndose, por supuesto, de 
los ridículos panejíricos i fastidiosos lugares comunes de las 
antiguas arengas universitarias. A lo menos, se lograría con 
esto dar un estímulo al arte de la declamación, tan necesario 
después en las carreras del foro, de la lejislatura i del pulpito. 
Quizá no estaría de mas la creación de una clase particular en 
el Instituto con este objeto esclusivo. Nadie ignora la alta im- 
portancia que se daba a la declamación en las repúblicas anti- 
guas, lo que realza la solemnidad de los actos públicos, i la 
fuerza victoriosa que da a la palabra. Aun en las reuniones 
domésticas, el talento de la declamación es un adorno elegan- 
te, que conviene a todas las edades i sexos.» 



La reforma judicial sostenida empeñosamente en Chile 
por Bello. 



líe dicho que don Andrés Bello manifestó desde joven mui 
poca afición a mezclarse en asuntos forenses, i por lo tanto, a 
la profesión de abogado. 

Sin embargo, cuando estuvo en Chile, observando que la 
práctica de ella podía proporcionarle una entrada no despre- 
ciable, i quizá la riqueza, determinó adquirir el título legal 
para defender pleitos. 

En efecto, alcanzó a recibirse de bachiller, como lo mani- 
fiesta el siguiente documento, inédito hasta ahora. 

«En la ciudad de Santiago de Chile, a 17 dias del mes de 
noviembre de 1836 años, estando en el jenera! de la universi- 
dad de San Felipe su rector el señor doctor don Juan Fran- 
cisco Menéses, canónigo doctoral de la santa iglesia catedral 
de Santiago, provisor i vicario jeneral del obispado, se presen- 
tó ante Su Señoría, don Andrés Bello, a quien dicho señor 
rector confirió el grado de bachiller en las facultades de sa- 
grados cánones i leyes en virtud de haber acreditado sus es- 
tudios i conocimientos en dichas facultades, habiendo hecho 
previamente el graduado la protestación de fe, i prestando el 
juramento de fidelidad al g*obierno de la república, obediencia 
a los rectores en las cosas lícitas i honestas pertenecientes a la 
universidad, i de defender la concepción inmaculada de María 
Santísima, Señora Nuestra. Después de lo cual, se le dio po- 
sesión de su grado, i mandó el señor rector que, asentándose 



DE DON ANDRÉS BELLO 453 



esta dilijencla, se le dé al interesado copia certificada de ella 
para que le sirva de suficiente título.» 

Graduado de bachiller, Bello habría obtenido facilísima- 
mente el título de abogado con solo dejar trascurrir dos años, 
que se suponían destinados a la práctica, i con rendir unas 
pruebas de pura fórmula, sumamente insignificantes, sobre 
todo para él. 

A fin de manifestar, tanto la suma facilidad con que Bello 
habría sido autorizado para defender pleitos, si lo hubiera que- 
rido, como el alto concepto que se tenia de su ciencia jurídica, 
voi a recordar un hecho sumamente honroso para él, i del 
todo inusitado, que sucedió por aquel tiempo. 

La corte suprema consultó, en 18 de julio de 1838, al go- 
bierno, que ejercía a la sazón las facultades lejislativas, acer- 
ca de la intelijencia de las leyes relativas a los derechos que 
correspondían ab intestato, en defecto de parientes lejítimos 
hasta cierto grado, a los hijos naturales, en ia herencia de 
sus padres, i al orden de preferencia, en dicho caso, entre los 
mismos hijos naturales, el cónyuje sobreviviente i el fisco. 

Era entonces ministro de justicia don Mariano de Egaña, 
quien, para resolver en asunto de tamaña gravedad, lo pasó, 
por decreto de 1 1 de agosto, en voto consultivo, a la corte de 
apelaciones, la cual debia reunirse presidida por el mismo 
ministro Egaña, i «llamándose al acuerdo al profesor don An- 
drés Bello, i al licenciado don José Antonio Rodríguez. » 

La corto, en aquella sesión solemne, adoptó el dictamen do 
Bello, el cual llegó a ser el supremo decreto con fuerza de leí, 
fecha 22 de noviembre de 1838. 

Don Andrés Bello publicó, en los números de El Araucano 
correspondientes al 30 de noviembre, i al 7 i 28 de diciembre 
de aquel año una estensa i bien elaborada memoria en que ma- 
nifestaba los fundamentos de la disposición aludida. 

Ya se comprenderá por esto si un bachiller de tanta cien- 
cia i de tanta reputación habría encontrado la menor dificul- 
tad para ser licenciado i abogado. 

Sin embargo, Bello no quiso tener un título, cuya conse- 
cución no le habría costado absolutamente nada, ni ejercer 



454 vida 

una profesión, que le habría asegurado una pingüe entrada. 
Pero si no tenia vocación para ser abogado, la tenia, i mui 
grande, para ser jurisconsulto. 

Durante su mansión en Londres, estudió la lejislacion i 
las instituciones judiciales de la Inglaterra. 

Su anhelo de conocer a fondo la parte positiva del derecho 
de j entes le hizo examinar asiduamente las compilaciones de 
Kent, i de Chitty, lo que acabó de imbuirlo en el espíritu ju- 
rídico, i en los procedimientos forenses de los majistrados 
ingleses i norte-americanos. 

Las esplicaciones del derecho romano i del español, que en- 
señaba concordados, le obligaron a adquirir una profunda 
versación en estas dos lcjislaciones. 

Como es de suponerse, leia también los tratadistas fran- 
ceses. 

Estos estudios, que naturalmente eran comparativos, prac- 
ticados por un hombre que disponía de la intolij encía mas pe- 
netrante, i que aplicaba a todo el método mas rigoroso, i la 
constancia mas inquebrantable, le procuraron una ciencia mui 
vasta en las materias de derecho, que supo emplear en bene- 
ficio de Chile. 

Sin duda alguna, Bello hacía mas de lo que podia exijírsele, 
duplicándose, por decirlo así, para fomentar nuestra princi- 
piante ilustración, i para encaminar nuestra imperfecta diplo- 
macia. 

Esas dos pesadas tareas habrían sido suficientes para dos 
individuos distintos. 

Sin embargo, Bello no temió triplicarse, tomando simultá- 
neamente a su cargo una tercera, no menos ardua, que las 
otras dos. 

Quiero aludir a la dificultosa empresa de la reforma judicial. 
Tal actividad parecería increíble, si no estuviera testificada 
por numerosos documentos que cualquiera puede verificar. 

Sucede con frecuencia que la pasión de partido o de secta 
atribuye a ciertos personajes, por demás ponderados, una in- 
fluencia que no han tenido, o una obra que no han ejecutado, 
A. la verdad, este no es el caso de Bello. 



DE DON ANDRÉS BELLO 



Sus variados i valiosos trabajos se hallan mencionados en 
documentos fidedignos que existen en los archivos, o que han 
sido impresos con letras de molde. 

Tal es aquel en que empiezo a ocuparme. 

Casi desde que llegó al país, don Andrés Bello trabajó con 
empeño incansable en favor de la codificación. 

Creia que era una medida de una importancia i de una ur- 
jencia incontestables. 

A su juicio, la lejislacion vijente era insostenible," 

Se hallaba en el mas completo desacuerdo con el rójimen 
republicano i democrático. 

Era anticuada. 

Era oscura. 

Era inconexa i embrollada. 

Tenia ademas otros defectos. 

«Pocos necesitarán que se les demuestre la necesidad de co- 
dificar nuestras leyes, escribía en El Araucano correspondien- 
te al 28 de junio de 1833. Este es un asunto que no admite 
duda alguna, por poco que se medite sobre la naturaleza i obje- 
to de las leyes, i por poca versación que se tenga en las nues- 
tras, i en el modo ordinario de aplicarlas. Sin aquel paso 
preliminar, ni es posible que las leyes sean tan jeneralmento 
conocidas, como deben serlo para que dirijan eficazmente la 
conducta de los hombres, ni pueden dejar de convertirse fre- 
cuentemente en medios de opresión, que los poderosos saben 
emplear contra los débiles, i en lazos i trampas, que la codicia 
i el fraude arman a los incautos. Sin aquel paso previo, el la- 
berinto de una lejislacion como la nuestra hará siempre iluso- 
rias e insignificantes las garantías constitucionales; habrá siem- 
pre incertidumbre i vacilación en los jueces, arbitrariedad e 
inconsecuencia en los juicios. Pero no es menester que repita- 
mos lo que tantas veces se ha dicho sobre esta materia. El mal 
es conocido-, la urjencia del remedio, umversalmente sentida. 
Si prescindimos de un corto número de individuos que tienen 
un interés personal en que se perpetúen la oscuridad de las 
leyes i la irregularidad de los juicios, no puede haber variedad 



AoO VIDA 

de opiniones, si no en cuanto a la manera de curar un mal 
tan arraigado i funesto.» 

«Reducidas las leyes civiles a un cuerpo Lien ordenado, sin 
la hojarasca de preámbulos i de frases redundantes, sin la 
multitud de vocablos i locuciones desusadas, que ahora las 
embrollan i oscurecen, agregaba en el mismo artículo; descar- 
tadas las materias que no han tenido nunca, o que ya han 
dejado de tener aplicación al orden de cosas en que vivimos, 
¿cuánto no se facilitará su estudio a la juventud? El libro de 
las leyes podrá andar entonces en manos de todos; podrá ser 
consultado por cada ciudadano en los casos dudosos, i servirle 
de guia en el desempeño de sus obligaciones, i en la adminis- 
tración de sus intereses. Entonces, i no hasta entonces, estará 
sometida la conducta de los jueces a la poderosa influencia de 
la opinión pública. Entonces, i no hasta entonces, el conoci- 
miento del derecho roma.no dejará de ser una adquisición 
indispensable a los que se dediquen a la carrera de la ju- 
risprudencia. Entonces, finalmente, no será necesario hojear 
tantos códigos anticuados i contradictorios; revolver tanta co- 
pia de pragmáticas, cédulas i reales órdenes; rejistrar tantas 
glosas i comentarios; consumir tanto tiempo; i causar tantos 
dispendios a los litigantes en mil cuestiones de derecho civil, 
que se presentan diariamente a los abogados i jueces. Habrá 
sin duda casos que no hayan sido previstos por las leyes; por- 
que ¿qué lejislacion puede preverlo todo? Pero su número será 
incomparablemente menor, que ahora.» 

Don Andrés Bello insistió varias veces en esta misma idea, 
presentándola bajo distintas formas. 

Léase lo que escribía en El Araucano correspondiente al 27 
de octubre de 1837. 

«Nuestros códigos son un océano de disposiciones en que 
puede naufragar el piloto mas diestro i experimentado. Leyes 
de Partidas, Leyes de Toro, Leyes de Indias, Nueva Recopi- 
lación, Ordenanzas de varias clases, senados-consultos, de- 
cretos del gobierno, leyes de nuestros congresos, autoridades 
de los comentadores, etc., etc. A esta inmensa colección, tiene 
que arrojarse el juez para hallar el punto que busca, la deci- 



DE DON ANCHES CELLO 



sion en que ha do apoyar su sentencia. ¿Podrá lisonjearse de 
no dar contra algún escollo? La consecuencia es que, mientras 
no se haga una nueva compilación de estas leyes, mientras no 
se las reduzca a lo que deben ser, despojándolas de superflui- 
dades, i haciéndolas accesibles a la intelijencia del juez i del 
público, no podemos tener jamas una buena administración 
de justicia. El congreso de 1831 tomó en consideración este 
importantísimo asunto; i aunque dio algunos pasos para reali- 
zar la reforma, todo se olvidó en breve, no pasando la cosa de 
una lijera discusión entre los diputados que debían informar 
sobre ello. La obra es sin duda difícil, pero no carecemos de 
ricos materiales que pudieran ahorrarnos tiempo i trabajo. Te- 
nemos a la mano los códigos de comercio i criminal sanciona- 
dos por las cortes españolas, el código civil francés, i los códi- 
gos de la Luisiana, tan justamente alabados: mineros de donde 
podemos sacar ricos i abundantes materiales. Repetimos: obra 
ardua es la codificación; mas, no por eso, debemos arredrar- 
nos. Dése principio a ella, que, al cabo, se concluirá, i vale 
mas tener un cuerpo cualquiera de leyes bien ordenado, que 
un abismo insondable, aun para los que hacen profesión de 
conocerlo a fondo. En el ínterin, los abusos que dimanan de 
este principio, i que, a cada paso, se tocan en la práctica, son 
bastante graves. La oscuridad i complicación de las leyes ha 
dado oríjen a infinitos comentarios que, por remediar el mal, 
lo han aumentado considerablemente; porque así como no ha 
habido error que no haya sido patrocinado por algún filósofo, 
así también no hai pretensión, por estra vagante que sea, que 
no encuentre algún apoyo en la autoridad de los comentado- 
res. Poco importaría, sin embargo, esta contradicción, si los 
comentadores sirviesen únicamente para ilustrar los pasajes 
oscuros, i suplir los vacíos que se notasen; pero el caso es que, 
por una parte, han oscurecido el sentido del testo legal, i que, 
por otra, están en posesión de la autoridad lejislativa. Antes no 
se preguntaba; ¿qué dice la leí?, sino, ¿qué dice Gómez, que 
es el autor favorito del juez? ¿qué dice Acevedo? Fácil es cono- 
cer hasta dónde llegarían los fatales efectos de esta anarquía 
legal, la protección que brindaría a la mala fe i al espíritu lí ti- 



458 vida 

jioso, i la desconfianza i alarma que derramaría jeneralmente. 
El gobierno ha tratado de poner a esto un remedio, mandan- 
do que todas las sentencias se funden en el testo de las leyes; 
i desde entonces, hai otra seguridad de que los fallos judiciales 
sean menos arbitrarios.» 

Don^Andres Bello, en artículos que insertó en los números 
de El Araucano correspondientes al 25 de enero, i 13 i 27 de 
setiembre de 1839, hizo notar que no estaban determinadas 
exactamente las partes que componían el derecho escrito, ni 
fijado el canon, por decirlo así, de los códigos vijentes, ni de- 
marcada la autoridad absoluta i relativa de cada uno. 

Con este motivo, esponia, entre otras consideraciones, las 
que van a leerse. 

«¿Qué cosa puede ser de mas importancia en un sistema 
legal, que el canon mismo de las leyes, es decir, el catálogo 
de las obras que tienen una autoridad soberana, i llevan una 
fuerza obligatoria? Pues justamente sobre esta materia, hai 
cuestiones de mucho momento en nuestro derecho. Sobre la 
fuerza obligatoria del Fuero Juzgo en nuestros dias, del Fue- 
ro Viejo de Castilla, del Ordenamiento de Alcalá, en 
cuanto a las leyes contenidas en él que no han sido recopiladas 
entre las de Castilla, i del Ordenamiento Real, llamado vul- 
garmente de MontalvOj hai antiguas i reñidas disputas entre 
los jurisconsultos españoles. ¿Qué cosa de mas importancia, 
que el determinar las condiciones precisas que se requieren 
para la fuerza obligatoria de un código? ¿Que el saber, por 
ejemplo, si para que valgan sus disposiciones deben estar 
confirmadas por la costumbre? Pues esta duda existe hace si- 
glos con relación al Fuero Real, i aun no se ha promulgado 
una decisión soberana que la resuelva. ¿Qué principio de mas 
vital trascendencia para la administración de justicia, que el 
determinar la fuerza i condiciones de la costumbre según la 
lei, fuera de la lci i contra la lei? Pues entre nosotros, hai 
opiniones diversas en cuanto al modo de calificar la existencia 
de una costumbre, en cuanto a los años que debe haber dura- 
do, i a la naturaleza i número de los actos que han de probar- 
ia para que se reconozca como lei. I lo que es mas, a pesar de 



DE DON ANDRÉS BELLO 4D9 



las espresas i reiteradas declaraciones de nuestras leyes, hai 
autores doctísimos que sostienen que la lei escrita puede siem- 
pre ser derogada por una costumbre contraria; i las opiniones 
afirmativas i negativas en materia tan grave se hallan hoi en 
la categoría de las comunes contra comunes.» 

Bello dilucidaba varias de las cuestiones relativas a la vi- 
jeneia i prioridad de los códigos españoles. 

El objeto inmediato de tal trabajo era estimular al gobierno 
i al congreso para que «se promulgase un nuevo canon legal, 
que, a semejanza del contenido en la lei 1. a de Toro, determi- 
nase de un modo claro i preciso cuáles son los cuerpos de leyes 
que deban mirarse como vijentos, cuál el orden en que hayan 
de prevalecer sus disposiciones, hasta qué punto haya de res- 
petarse la costumbre, i qué caracteres la diferencien de las 
corruptelas i abusos». 

Sin embargo, en el espíritu de Bello, la manifestación, i 
por decirlo así, la ostentación del inestricable laberinto for- 
mado por las leyes españolas, tendía a hacer palpar la necesi- 
dad i urj encía de acometer con constancia i decididamente su 
proyecto favorito de la codificación. 

Era tal su anhelo de que, cuanto antes, se pusiera manos a 
la obra, que, por aquel tiempo, indicaba que se le dieran pro- 
porciones mucho menores de aquellas con que él mismo habia 
de realizarla mas tarde. 

Léase lo que escribía sobre esto en El Araucano corres- 
pondiente al 6 de diciembre de 1839. 

«Decía Solis, hablando del cardenal Jiménez, que este céle- 
bre ministro dejaba de alcanzar algunas veces lo bueno, por- 
que aspiraba a lo mejor; i la historia moderna ofrece nume- 
rosos ejemplos de los perniciosos efectos del optimismo en 
política. Si la practicabilidad, i una tal cual seguridad de 
mejorar lo que se innova, son requisitos indispensables de 
todo proyecto de reforma, es consiguiente que, por mas que 
halague la perfección ideal de códigos refundidos en un molde 
nuevo, coordinados entre sí, armónicos i simétricos en todas 
sus partes, sería mucho mejor, a lo menos en el código civil, 
que nos ciñésemos a escaldarlo de la inútil maleza en que el 



4G0 VIDA 

trascurso de los siglos, i la variedad de constituciones políti- 
cas, han convertido una parte no pequeña de lo que al princi- 
pio era talvez oportuno, i armonizaba con las ideas i costum- 
bres reinantes; a despejar las incongruencias, i llenar los 
vacíos; a simplificarlo, en suma, conservando su carácter i 
forma, sino es en lo que disonase con los intereses sociales, i 
con el espíritu de las instituciones republicanas. Todo lo que 
pase de este límite presenta inconvenientes graves, como serian 
(desatendiendo otros menores) la dificultad de la empresa, i lo 
incierto del suceso, si, desviándonos demasiado de lo que exis- 
te, tentásemos novedades cuyas influencias no es fácil some- 
ter al cálculo; el largo tiempo que necesariamente había de 
consumirse en una obra tan vasta; i lo embarazosa que sería 
la transición del antiguo al nuevo sistema legal. 

«Sentado que las alteraciones no deben ser considerables; 
que el nuevo código se diferenciará mas del antiguo por lo que 
escluya, que por lo que introduzca de nuevo; i que han de sub- 
sistir, como otros tantos padrones, todas las reglas fundamen- 
tales i secundarias que no pugnen con los principios, o entre 
sí, la empresa depone el aspecto formidable que, a primera 
vista, presenta, i en que la miran ciertos espíritus, o demasia- 
do desfavorablemente prevenidos para fiar de fuerzas ajenas, 
o demasiado modestos para contar con las suyas, o demasiado 
inertes para emplearlas. I ¿por qué empeñarnos en innova- 
ciones mas estensas? Nuestra lejislacion civil, sobre todo la do 
las Siete Partidas, encierra lo mejor de la jurisprudencia 
romana, cuyo permanente imperio sobre una tan grande i tan 
ilustrada parte de Europa atestigua su excelencia. Una refor- 
ma reducida a los límites que acabamos de trazar, no suscita- 
ría contradicciones; no chocaría con los hábitos nacionales, en 
que las leyes no deben encontrar antagonistas, sino aliados; i 
pudiera ejecutarse gradualmente, tomando primero una parte 
de la lejislacion, i después otra. Se lograría de este modo con- 
sultar sobre cada innovación parcial el voto de los intelijentes, 
i del público; se podría juzgar de los buenos efectos de la obra 
desde los primeros pasos; i si bien su desenvolvimiento suce- 
sivo le quitaría aquel prestijio de creación i grandeza, quo 



DE DON ANDRÉS BELLO 461 



deslumhra al amor propio, esta desventaja, que es de muí poco 
valor, se compensaría superabundantemente por la superior 
seguridad de los resultados. 

«En materia de lejislacion civil, casi todo está hecho; i para 
lo que falta, o lo que necesita de enmienda, tenemos abun- 
dantes materiales en las obras de los espositores. Sus dispu- 
tas, sus paradojas, sus aberraciones mismas, nos señalan, 
como con el dedo, las frases que el lejisíador debe aclarar, las 
cuestiones que importa dirimir, los puntos en que se echa 
menos una regla para dirección de los particulares en sus ne- 
gocios, i de la judicatura en sus fallos. ¿De cuánto no sirvie- 
ron a los legisladores franceses para la redacción de su pre- 
cioso código civil los trabajos de Dumoulin, Domat, i sobre 
todo Pothier? Los de Gómez, Acevedo, Matienzo, Covarrúbias, 
meditados atentamente, i comparados entre sí, ministrarían 
igual ausilio para la confección del código civil chileno. Las 
producciones de los jurisconsultos de la Francia, que han ilus- 
trado con tanta filosofía su moderna lejislacion, en que se con- 
serva no pequeña parte de los principios fundamentales de la 
nuestra, nos proporcionarían también un apreciabilísimo re- 
curso. Se necesita para la obra, no tanto un jenio creador, 
como laboriosidad i paciencia, cualidades que están al alcance 
de todos, i que, estimuladas por el celo patriótico, han sido 
siempre fecundas de resultados, no espléndidos a la verdad, no 
marcados por una originalidad atrevida, pero útiles, sólidos i 
susceptibles de amalgamarse fácilmente con lo que existe, i de 
empotrarse en el edificio social, sin conmoverlo.» 

Bello remataba su artículo, a manera de peroración, con las 
palabras siguientes. 

«¿No es una mengua que nos gobernemos todavía por códi- 
gos que nos hablan un lenguaje intelijible apenas, i nos inti- 
man no pocas veces, a nombre de una autoridad que ha baja- 
do a la tumba, obligaciones que desconocemos, i que están 
en oposición directa con nuestros principios constitucionales? 
¡Hemos sacudido el yugo de España, i nuestros tribunales re- 
publicanos se rijen por los fueros de la edad media española, 
i por las pragmáticas de los Fernandos, Carlos i Felipes!» 



462 vida 

Don Andrés Bello no limitó a sus disertaciones sobre la co- 
dificación los trabajos relativos a la reforma judicial que in- 
sertó en El Araucano. 

Fueron varios i mui notables, como lo era jeneralmento 
cuanto salia de su pluma, los artículos suyos tocantes a esta 
materia que aparecieron en ese periódico. 

Entre ellos, merecen mencionarse los titulados Organiza- 
ción de tribunales, que se publicaron en los números corres- 
pondientes al 14 i 28 de noviembre, al 12 i 26 de diciembre de 
1834, i al 9 de enero de 1835. 

Bello, en esos artículos, sostiene que los tribunales deben 
ser unipersonales; que los juicios deben ser completamente 
públicos; i que las sentencias deben ser fundadas. 

Discute ademas, sobre los testimonios que deben ser admi- 
tidos o rechazados en juicio. 

El artículo en que Bello abogaba por la idea de que se obli- 
gara a los jueces a esponer los fundamentos de las sentencias 
fué dado a luz en 26 de diciembre de 1834. 

El presidente, jeneral Prieto, i el ministro don Diego Porta- 
les, espidieron, en 2 de febrero de 1837, el decreto con fuerza 
de lei en virtud de facultades cstraordinarias, por el cual so 
mandaba que toda sentencia se fundara breve i sencillamente, 
estableciendo la cuestión de derecho o de hecho sobre que re- 
caía la sentencia, i haciendo referencia a las leyes que le eran 
aplicables, sin comentarios, ni otras esplicaciones. 

La prioridad de la idea pertenecía, pues, incontestablemento 
a Bello, quien, como atribuía a esta reforma toda la impor- 
tancia que tiene, aprovechó una oportunidad de hacerlo pre- 
sente, aunque con la moderación que le era característica. 

Habiéndose formulado algunas objeciones contra la saluda- 
ble práctica de fundar las sentencias, Bello, en el número do 
El Araucano correspondiente al 1.° de noviembre de 1839, 
publicó en defensa de este procedimiento un artículo majistral, 
donde se leo lo que a continuación se copia: 

«Ilai principios que han adquirido de tal modo la fuerza de 
cosa juzgada, que, para contradecirlos, es necesario que el 
escritor se presente armado de razones incontrastables. Es 



DE DON ANDRÉS BELLO 403 

cierto que, en materia de raciocinio i de esperiencia, no se de- 
be prestar un ciego asenso a la autoridad, por imponente 
que aparezca. Copérnico i Galileo atacaron preocupaciones 
universales; pero ellos no hubieran obtenido la corona del 
triunfo, si no hubiesen opuesto a creencias irreflexivas, demos- 
traciones matemáticas, i al testimonio de los sentidos mal 
interpretado, la evidencia de la razón. 

«Tal es la especie de argumentos que hubiéramos esperado 
de los impugnadores de un derecho sagrado, do un derecho 
que tantas naciones sabias han creído necesario para la con- 
servación de los otros, del derecho que tienen los ciudadanos 
a que los juzgados i tribunales que fallan sobre su vida, honor 
i hacienda, sobre cuanto hai de mas precioso en el mundo, 
apoyen sus decisiones en las leyes. Mucho antes de promul- 
garse la que ha impuesto a la judicatura la obligación de 
fundar las sentencias, habíamos sostenido la necesidad de 
esta práctica, i demostrado sus utilidades. A las razones i 
autoridades alegadas entonces, nada se ha opuesto que pueda 
hacer impresión en un ánimo despreocupado. Lejos de eso, 
las ha corroborado la esperiencia. Los inconvenientes que de 
aquella disposición se temían, no han aparecido; i majistrados 
sabios nos han testificado sus buenos efectos.» 

En los números de El Araucano correspondientes al 27 de 
octubre, 3 i 10 de noviembre, i 16 de diciembre de 1837, Be- 
llo dio a luz una serie de artículos cuyo objeto se esplica en el 
preámbulo del primero, el cual dice así: 

«Tiempo há que se siente la necesidad de reformar nuestro 
sistema de administración de justicia. Sus defectos son palpa- 
bles aun para los menos versados en el foro, i tanto que se 
mira un pleito como una verdadera desgracia. Mas si se sien- 
te esta necesidad, no se han ocupado los periódicos en allanar 
los obstáculos que hallará la reforma, ni en presentar a las 
autoridades los medios de llevarla a efecto. Vamos, pues, a 
suplir este vacío, tratando la materia, aunque sea con alguna 
jeneralidad, porque es de suyo complicada i vasta. 

«Tres elementos debe reunir una buena administración de 
justicia: rectitud en las decisiones, celeridad, economía; el@- 



464 vida 

mentos tan esenciales, que la falta de uno de ellos reduce a 
nada los otros dos. 

«Para obtener la rectitud, se requiere el conocimiento de la 
lei, conocimiento del hecho a que se aplica, integridad e im- 
parcialidad departe del majistrado.» 

Don Andrés Bello alcanzó a esponcr sus ideas sobre el co- 
nocimiento de la lei, para lo cual habló naturalmente de la 
codificación, i sobre el conocimiento del hecho, para lo cual 
discurrió acerca del juramento decisorio, i de las presunciones 
o conjeturas. 

Entre las reformas que proponía, se contaba la publicidad 
de la prueba, la cual hasta la fecha no se ha realizado. 

La conmoción producida por la noticia del tratado de Pau- 
carpata hizo que Bello interrumpiera tan interesante diserta- 
ción, i que la dejara en sus principios. 

Entre los artículos de este jénero, insertados por Bello en 
El Araucano, no deben silenciarse unos sobre las Causas de 
los delitos mas comunes en Chile i sus remedios, que apa- 
recieron en los números correspondientes al 29 de enero i al 
12 i 19 de febrero de 1831; i otro sobre Establecimientos de 
confinación para los delincuentes, que apareció en el núme- 
ro correspondiente al 11 de abril de 1834. 



Enemistades que se levantaron en Chile contra don Andrés Bello. 

Aunque don Andrés Bello tenia un trato graves i serio, 
adquirido o fortificado durante su larga mansión en Inglate- 
rra, se mostraba en estremo atento con todas las personas que 
se le acercaban, no faltando jamas a las exij encías de la mas 
ceremoniosa cortesía con quien quiera que fuese. 

Era ademas sumamente medido en sus palabras, tanto cuan- 
do escribía, como cuando hablaba. 

Conservaba en todas las ocasiones la mas irreprochable cir- 
cunspección diplomática. 

A causa de una superioridad patente, que, por grande que 



DE DON ANDRÉS BELLO 465 



fuese su modestia (i lo era) debia ser el primero en conocer, no 
esperimentaba emulación, i mucho menos envidia respecto de 
los que habrían podido inspirársela, i se mostraba constante- 
mente animado de una estraordinaria benevolencia, la cual le 
arrastraba a ser por demás induljente en los juicios literarios 
de las personas eme se dedicaban en Chile al cultivo de las le- 
tras i de las ciencias. 

Sus apreciaciones, verbales o escritas, eran siempre alenta- 
doras, nunca rigorosas. 

Parecería que sujeto de tales prendas no habría podido tener 
malquerientes, i mucho menos enemigos violentos i procaces. 

Sin embargo, por desgracia, no sucedió así. 

Aquel insigne sabio, verdaderamente inofensivo, que no se 
permitía ninguna palabra injuriosa, o siquiera desagradable, 
ni contra los presentes, ni contra los ausentes, fué el blanco de 
los ataques mas virulentos e injustificados. 

Se le atribuían los propósitos mas disparatados. 

Se suponía que había sido contrario a la independencia de 
la América Española, i que estaba empeñado en que se esta- 
bleciera la monarquía en estos países. 

Se repetía en todos los tonos que carecía de talento, i que a 
lo sumo tenia memoria. 

Se sostenía que sus versos eran detestables, por supuesto 
muí inferiores a todas las coplillas que se rimaban en el país; 
i que era soberanamente ridicula su pretensión de hacerse poe- 
ta por fuerza. 

¡Qué no se escribía, i sobre todo qué no se decía contra don 
Andrés Bello! 

Me causa vergüenza recordarlo; pero voi a hacerlo por si 
puede servir de provechoso escarmiento. 

Los malquerientes de Bello, que eran muchos, i que eran 
tanto mas encarnizados, cuanto mas injustificada era su ene- 
mistad, se escandalizaban en gran manera, o aparentaban es- 
candalizarse, porque, según decían, don Andrés era un hom- 
bre insaciable do plata, que se estaba enriqueciendo a costa del 
pueblo. 

Entre las agudezas mas gustadas por algunos de las que 

V, DE B, 59 



4GG vida 

aparecieran el año de 1839 en los primeros números de El 
Diablo Político, se encuentra la siguiente, que copio a la 
letra: 

«La familia de los Bellos-empleados cuesta a la nación una 
buena cantidad.» 

Esta acriminación espresada con un necio juego de palabras 
fué entonces muí aplaudida. 

El cuantioso sueldo que tanto daba que murmurar ascen- 
día... ¿sabéis a cuánto?... ¡a dos mil seiscientos pesos anuales!* 

I todavía es preciso que se sepa que Bello tenia a su cargo 
el estudio i la redacción, no solo de los documentos i memorias 
del ministerio de relaciones esteriores, que salían de aquella 
esperta pluma tales como todos lo sabemos, sino también de 
todas las piezas oficiales de alguna importancia que pertene- 
cían a los otros ministerios. 



* Bello ganaba dos mil pesos anuales, como oficial mayor del mi- 
nisterio de relaciones esteriores, i seiscientos pesos también anuales 
como redactor, traductor i corrector de El Araucano. 

A los veinte años de estar Bello encargado de El. Araucano, se es- 
pidió el siguiente decreto. 

«Santiago, 21 de febrero de 1850. 

«Deseando el gobierno dar una dirección conveniente a la publica- 
ción de El Araucano como periódico oficial, 

«líe venido en acordar i decreto: 

«l.° Se encarga a don Andrés Bello la dirección del espresado pe- 
riódico. 

«2.° Será de su incumbencia revisar los artículos editoriales, i revi- 
sar las pruebas. 

«3.° Deberá asimismo suministrar artículos orijinalcs o traducidos 
sobre literatura, educación u otros objetos de utilidad pública para 
llenar el espacio que dejen los documentos oficiales i los artículos 
editoriales. 

«i.° En consideración al recargo de trabajo por haberse hecho mu- 
cho mas frecuente la publicación de El Araucano, se le asigna la 
gratificación de mil pesos, en lugar de la do seiscientos pesos que 
disfrutaba por el mismo trabajo en la forma que estaba establecido; i 
esta gratificación será deducida do la partida 41, ítem único, del pre- 
supuesto del ministerio del interior para el presente año. 

«Tómese razón i comuniqúese — Búlnes — José Joaquín Pérez.* 



DE DON ANDRÉS BELLO 4G7 



El mismo Diablo Político, que consideraba demasiado cara 
la cooperación de don Andrés Bello, pagada en dos mil seis- 
cientos pesos anuales, anunciaba, sin embargo, en uno de sus 
números que, tanto el discurso inaugural del presidente de la 
república en la apertura del congreso de 1839, como la con- 
testación que dio el senado, eran obras de don Andrés Bello. 

Los moralistas han observado que cuando se trata de hom- 
bres superiores en cualquier j enero que sea, se notan sus de- 
fectos, mas bien que sus buenas prendas, mientras que, crian- 
do se trata de hombres mediocres i vulgares, se hacen resal- 
tar sus escasos méritos, mas bien que sus debilidades. 

Con pocos individuos, se habrá cumplido este aforismo mas 
al pió de la letra, que con don Andrés Bello. 

Bello tenia demasiados méritos, prestaba demasiados ser- 
vicios, descollaba demasiado para que no tuviera émulos i 
envidiosos que se encarnizaran gratuitamente en su contra. 

La afición de Bello a hablar de letras i de ciencias, i la cor- 
tedad de la vista que le impedia conocer desde alguna distancia 
a las personas, i saludarlas convenientemente, le acarrearon 
muchas malas voluntades, suministrando pretesto para que se 
le tildase de pedante i de soberbio. 

Sus malquerientes repetían que, teniendo solo un talento 
vulgar, aspiraba a usurpar la reputación de sabio, a fuerza de 
ostentar saber; i que, de puro vano, aparentaba no conocer a 
ios inferiores, aunque distinguía perfectamente desde lejos a 
los superiores. 

¡Necias vulgaridades de la mediocridad i de la envidia! 

A los espuestos, se agregaba otro poderoso motivo de anti- 
patía contra Bello. 

Los enemigos del gobierno i del orden de cosas establecido 
en 1830, que eran muchos, no pudieron jamas perdonar a Be- 
llo el que hubiera prestado a ese gobierno i a ese orden de 
cosas el apoyo de su talento i de su ciencia, aun cuando solo 
fuera en asuntos que tenían poca o remota atinjencia con la 
política militante. 

Las personas a que aludo no reparaban que Bello servia, no 
a un partido, sino al país. 



4G8 vida 

En merecida recompensa de im mérito difícil de negar, por 
mucho que se deseara, i gracias- a la estimación personal que 
lo profesaban don Diego Portales, i don Mariano de Egaña, los 
cuales eran omnipotentes en el bando dominante, don Andrés 
Bello fue clejido senador en el año de 1837. 

Nada era mas justo. 

Bello, reelejido en 1846, i en 1855, iba a ocupar por veinti- 
siete años consecutivos un asiento en ese respetable cuerpo, i 
a contribuir con el valioso continjente de sus profundos i va- 
riados conocimientos al acierto en las decisiones legislativas. 

Sin embargo, en 1837, esta distinción misma, tan honrosa 
para quien la obtenía, como para los que la concedían, au- 
mentó la malevolencia que algunos alimentaban contra Bello. 

Ocurrió ademas que don José Miguel Infante, uno de los 
mas tenaces i prestijiosos opositores a la administración del 
presidente Prieto, concibió una animadversión especial contra 
Bello, orijinada por la diversidad de los caracteres i de las po- 
siciones. 

Infante era un patriota sumamente venerable, que sobresalía 
por la integridad, i que había prestado graneles i positivos ser- 
vicios a la causa de la independencia i de la libertad política i 
civil en nuestro país, pero que era suspicaz en sus apreciacio- 
nes hasta la mas flagrante injusticia, i que so pagaba mucho 
de los nombres sin fijarse bastante en la esencia de las co- 
sas. 

A causa de las inclinaciones de su naturaleza característica, 
don José Miguel Infante era propenso a forjarse fantasmas do 
afecto o de odio que no tenían ningún fundamento en la rea- 
lidad. 

Fué grande admirador de Facundo Quiroga, porque este 
caudillo do gauchos había inscrito en su bandera de revuelta 
la palabra Federación, sin repararen que ella era un vocablo 
sin sentido para ese bárbaro de la pampa arjentina. 

Del mismo modo fué un tremendo enemigo do don Andrés 
Bello; en primer lugar, porque éste servia a un gobierno a 
quien él detestaba; i en segundo lugar, porque se le clavó 
entre ceja i ceja que don Andrés no era republicano. 



DE CON ANDRÉS BELLO 469 



Los motivos que Infante tuvo para suponer esto último fue- 
ron en ocasiones ciertamente incalificables. 

Aunque podría multiplicarlos, voi a citar solo dos ejemplos 
por ser sumamente curiosos, i ademas conducentes para que 
se forme un juicio exacto en la cuestión. 

Infante i Bello trabaron el año de 1834 una discusión sobro 
el estudio del latin i del derecho romano. 

Infante combatió en El Valdiviano Federal la enseñanza 
de estos dos ramos; i Bello la defendió en El Araucano. 

Don Andrés Bello escribió con este motivo, en el número del 
periódico citado correspondiente al 21 de marzo de 1834, lo 
que sigue: 

«Se dice que Justiniano fué un príncipe tiránico; i que, por 
consiguiente, debemos como buenos republicanos, condenar a 
las llamas todo lo que nos venga de un oríjen tan impuro. 
Hagamos, pues, lo mismo con las Partidas, que son un tra- 
sunto de las Pandectas romanas, i con esa multitud de leyes 
recopiladas, i autos acordados que dictaron los Fernandos, 
Felipes i Carlos en un tiempo en que los monarcas de Castilla 
no eran menos despóticos i arbitrarios, que los emperadores de 
Oriente. Pero no hai necesidad de hacer lo uno ni lo otro. La 
forma constitucional de un estado puede ser detestable, i sus 
leyes civiles excelentes. Las romanas han pasado por la prueba 
del tiempo; i se han probado en el crisol de la filosofía; i se 
han hallado conformes a los principios de la equidad i de la 
recta razón. Distingamos el derecho público del derecho priva- 
do. El primero, que es el malo, nadie lo estudia en las Pan- 
dectas, pero el derecho privado de los romanos es bueno, es el 
nuestro, i apenas hai en él una u otra cosa que necesite sim- 
plificarse o mejorarse. Esos mismos emperadores que causan 
tanto horror a El Valdiviano ejecutaron en él reformas im- 
portantes, que lo han hecho mui superior al código de hierro 
de la república romana, i que han sido adoptadas por la ma- 
yor parte de las naciones cultas de Europa.» 

Don José Miguel Infante, obcecado por una suspicacia refi- 
nada hasta el último estremo, la cual le hacía ver visiones en 
medio del claro dia, descubrió en los conceptos citados de don 



470 VIDA 

Andrés Bello una maquinación maquiavélica para hacer odio- 
sas las instituciones republicanas. 

Léase lo que escribía sobre esto en el número de El Valdi- 
viano Federal correspondiente al 15 de agosto de 1834, por- 
que es mui característico, i puede ilustrar el juicio en el punto 
de que voi tratando. 

«No es absoluto el elojio que El Araucano hace de los có- 
digos romanos ; decia; el de la república lo llama código de 
hierro; asegura que los emperadores ejecutaron en él tan im- 
portantes reformas, que hicieron el suyo superior a aquel, i 
que, por lo tanto, ha sido adoptado por la mayor parte de las 
naciones cultas de Europa. 

«Los que sin examen defieran a estas proposiciones de El 
Araucano dirán:— Prefiramos el gobierno absoluto, que da 
buenas leyes; detestemos el republicano, cuyos códigos son de 
hierro. 

«¡Bellas lecciones para un pueblo que, naciendo apenas a la 
vida pública, necesita crear en él un noble espíritu de li- 
bertad!» 

Infante, que, como se ve, se creía obligado a defender todas 
las leyes dictadas en una nación que se titulara republicana, 
se detiene en seguida a justificar los motivos que tuvieron los 
majistrados de la república romana para espedir algunas ma- 
las leyes', i a execrar los procedimientos de los emperadores. 
Todo esto era, según él mismo lo confesaba, para contribuir 
a la educación republicana del naciente pueblo chileno. 

El segundo ejemplo de esta especie que he ofrecido es toda- 
vía, si tal cosa fuese posible, mas digno de causar estrañeza, 
que el primero. 

Don Andrés Bello insertó en el número de El Araucano 
correspondiente al 6 de noviembre de 1835, el artículo que 
sigue: 

«La coronación del jeneral Santa Ana como emperador de 
Méjico (de que solo sabemos lo publicado en El Mercurio 
de Valparaíso) , no es un suceso que deba causar satisfacción a 
los amigos del orden i de las instituciones liberales. Hace mu- 
cho tiempo que miramos con un completo pirronismo las es- 



DE DON ANDRÉS BELLO 471 



peculaciones teóricas de los políticos constitucionales; juzga- 
mos del mérito de una constitución por los bienes efectivos i 
prácticos de que goza el pueblo bajo su tutela; i no creemos 
que la forma monárquica, considerada en sí misma, i hacien- 
do abstracción de las circunstancias locales, es incompatible 
con la existencia de garantías sociales que protejan a los in- 
dividuos contra los atentados del poder. Pero la monarquía es 
un gobierno de prestijio; la antigüedad, la trasmisión de un 
derecho hereditario reconocido por una larga serie de j enera - 
ciones, son sus elementos indispensables, i desnuda de ellos, 
es a la vista do los pueblos una creación efímera, que puede 
derribarse con la misma facilidad que se ha erijido, i está a la 
merced de todos los caprichos populares. Pasó el tiempo de 
las monarquías en América. Cuando Méjico hizo el primer 
ensayo de una constitución de esta especie, se hallaba en cir- 
canstancias mucho mas favorables para su buen éxito; i sin 
embargo, la obra de Iturbide fué demasiado débil para resis- 
tir a los embates del espíritu democrático. ¿Será mas afortu- 
nado Santa Ana?» 

Como puede notarse, don Andrés Bello espresaba su opinión 
acerca de la fundación de monarquías en América con tanta 
franqueza, i con tanta claridad, que no podia haber cabida 
para la mas lijora duda acerca de lo que él pensaba en esta 
cuestión. 

Sin embargo, don José Miguel Infante leyó en el artículo 
de El Araucano lo contrario de lo que terminantemente de- 
cía. 

Hé aquí el artículo que Infante dio a luz sobre este inci- 
dente en el número de El Valdiviano Federal correspon- 
diente al 15 de diciembre del año citado. 

ARAUCA N O. 
MONARQUÍA. 

« — No creemos (dice El Araucano en su numero 270) que 
la forma monárquica, considerada en sí misma, i hacien- 
do abstracción de las circunstancias locales, es incompa- 



472 VIDA 

tibie con la existencia de garantías sociales que protejan 
a los individuos contra los atentados del poder. 

«Algo se declara nuestro editor: jamas ha dicho ni la mitad 
en favor del gobierno republicano. Pues bien, tal será su opi- 
nión: solo es de desear que, entre el sinnúmero de naciones 
rejidas por el gobierno monárquico, tanto antiguas, como mo- 
dernas, designase siquiera media docena en que los vasallos 
hayan estado seguros en sus derechos individuales, que hayan 
gozado de ellos por impotencia del poder público para hollar- 
los. 

«Si no halla seis, designe cuatro, designe dos, designe una. 
Tal vez le hemos sacado del apuro al decirle una, porque cree- 
ría satisfacer a la demanda, presentándonos el prototipo de 
todos los apolojistas i aspirantes a la monarquía. Sin embar- 
go, si lo cita, El Valdiviano entrará con gusto en la cuestión; 
pues desea se controvierta públicamente, i no que se le formen 
prosélitos a la sordina.» 

Infante incurría con frecuencia en terjiversaciones de esta 
clase por lo que toca a los artículos de El Araucano. Así, su- 
cedió que, a pesar de que Bello era sumamente templado i 
cortes cuando hablaba i cuando escribía, se enfadó al fin mu- 
cho de que se diera a sus palabras una significación que no 
tenían, i empezó a emplear en las contestaciones o rectifica- 
ciones una acritud que no acostumbraba. 

Por su parte, don José Miguel Infante, que no se distinguía 
por la suavidad, ni de la índole, ni del lenguaje, aumentó la 
aspereza del tono en las continuas discusiones que entablaba 
con Bello. 

Quiero ofrecer una muestra de la violencia con que solían 
tratarse el uno i el otro, siendo de advertir que Infante se lle- 
vó siempre la palma en lo personal i en lo hiriente. 

«El Valdiviano, escribía Bello en el número de El Arau- 
cano correspondiente al 13 de marzo de 1835, ha tomado 
tiempo hace el deslucido trabajo de glosar nuestros artículos, 
pero de un modo sumamente lisonjero para los editores, pues 
sus cargos son tan fútiles, sus interpretaciones tan violentas, 
sus argumentos tan aéreos i alambicados, que no parece sino 



DE DON ANDRÉS BELLO 475 



que, por falta do materia en que ejercitar la crítica, se forja él 
mismo, como su prototipo el injenioso caballero de la Mancha, 
los monstruos i jijantes contra quienes enristra la lanza.» 

El artículo seguía en el mismo estilo. 

La contestación que dio Infante en el número de El Valdi- 
viano Federal correspondiente al 15 del mismo mes i año 
fué tan furiosa, que, por respeto a los méritos de tan ilustro 
patriota, como aquel, habría sido de desear que jamas hubiera 
salido de su pluma. 

Hela aquí. 

«Solo en esta hora, i cuando ya está en la prensa El Valdi- 
viano, hemos visto la diatriba que El Araucano le clirije, re- 
batiendo nuestras observaciones a uno de sus artículos sobre el 
reconocimiento de las nuevas repúblicas por la España. ¿Pero 
cómo? — Con sarcasmos groseros. El Valdiviano solo suplica a 
los lectores que confronten uno i otro, i sean ellos los que juz- 
guen en cuál se hallan los cargos fútiles, los argumentos 
aéreos. Solo sí dirá al editor actual de El Araucano, que, si el 
silencio de El Valdiviano en otras ocasiones que en periódi- 
cos ministeriales se le ha zaherido por la prensa, lo ha alenta- 
do a hacer lo mismo, él se ha equivocado; podrá disimularse 
a un paisano, no a un miserable aventurero, que, si no pudien- 
do, o no queriendo existir en su país, (no nos metemos a averi- 
guar por qué), ha hallado patria en Chile, la debe ordinaria- 
mente, entre otros, a ese mismo a quien tiene la audacia de 
insultar. 

«La estrechez del papel no permite mas ostensión, i aun ha 
sido preciso cercenar el último acápite del precedente artículo 
(uno en que Infante lamentaba la muerte de Facundo Quiro- 
ga, a quien llamaba, honor ilustre de la República Arjentina, 
i la mas firme columna de la patria). En otro número, analiza- 
remos mas detenidamente el bello rasgo del sabio patriota 
editor actual de El Araucano.» 

A consecuencia de estas discusiones tan virulentas, los ad- 
miradores de Infante, que no eran pocos, i los opositores al 
gobierno del presidente Prieto, que eran muchos, concibieron 
una ojeriza tan grande, como no debidamente justificada, con- 



474 vida 

tra Bello, cuyo crimen principal consistía en no atacar al par- 
tido dominante, i en ayudar a los directores de la administra- 
ción pública con sus sensatos i acertados consejos en los asun- 
tos que no pertenecían a la política militante. 

La llegada a Chile de algunos ejemplares de la obra titulada 
Historia de la Revolución Hispano-Americana por don Ma- 
riano Torrente suministró a los adversarios i a los émulos de 
Bello un excelente argumento para molestarle i atacarle. 

Se comprenderá sin dificultad que los enemigos de Bello se 
apresuraron a aceptar como un hecho incontestable, los unos, 
de buena fe, los otros de mala, según sucedo en casos análo- 
gos, la infundada imputación de infidencia que se le hacía en 
esa obra. 

Desde entonces hubo muchos que creyeron, i muchos mas 
todavía que dijeron ser don Andrés Bello un ájente de los es- 
pañoles en Chile, un godo contumaz, un partidario de la mo- 
narquía, que había traicionado a su país, donde sería casti- 
gado severamente, si volvía. 

A esto aludía don José Miguel Infante, cuando escribía en el 
artículo últimamente citado que no se metia a averiguar por 
qué don Andrés Bello, «ese miserable aventurero», no quería 
o no podia residir en Venezuela, i se habia visto obligado a 
hacer de Chile su patria. 

Fueron imponderables las amarguras que esta calumnia in- 
ventada en el esterior, i aceptada en el interior de nuestro país, 
hizo esperimentar a Bello, cuya alma delicada no podia re- 
signarse a consentir que se echara sobre su honor una mancha 
semejante. 

Así, la maldad de algunos realistas venezolanos i de don 
José Domingo Diaz consiguió el perverso propósito de mortifi- 
car a un patriota esclarecido, que habia cooperado activa i efi- 
cazmente a la independencia hispano-americana. 

Sin embargo, la espericncia que Bello tenia do injusticias 
parecidas, que se habían practicado contra varios de sus con- 
temporáneos, algunos mui ilustres i meritorios, le hizo al fin 
sobreponerse al dolor natural producido por aquella de que él 
mismo era víctima. 



DE DON ANDRÉS BELLO 47; 



Tal situación de ánimo es la que procuró espresar tradu- 
ciendo la oda de Víctor Hugo dirijida A Olimpio. 

Evidentemente se aplicaba a sí propio algunos de los con- 
ceptos del gran vate francos. 

Cuando, el 20 de julio de 1842, dio a luz esa pieza poética 
en el Museo de Ambas Américas, la acompañó con esta nota 
mui significativa: 

«Olimpio es un patriota eminente, denigrado por la calum- 
nia, i que se consuela de la desgracia en las meditaciones soli- 
tarias de una filosofía induljente i magnánima. No sabemos 
quién fuese el personaje que Víctor Hugo se propuso re- 
presentar bajo este nombre. En las revoluciones americanas, 
no han faltado Olimpios.» 

¿I quieres que murmure ele mi suerte? 

¿Cuál es el hombre, (lime, 
A quien, parcial el cielo, de la carga 

Universal exime? 
Yo que lóbrega noche vivo ahora, 

En mi denso horizonte, 
Conservo, cual rosada luz, que deja 

La tarde en alto monte, 
La llama del honor, divina lumbre, 

Que, en apacible calma, 
Todavía ilumina lo mas alto, 

Lo mas puro del alma. 



Señala Dios a todo ser que nace 

Su herencia de dolores. 
Como, a la aurora, un amo a sus obreros 

Reparte las labores. 

Este esfuerzo de razón i de voluntad, por el cual un hombre, 
escudado con la inocencia, i guiado por el honor, dominaba su 
indignación hasta el punto de soportar sin despechólos inmo- 
tivados agravios de los otros, i de corresponder sin desaliento 
las agresiones con servicios, es un signo manifiesto de un ca- 
rácter entero i jeneroso. 

La creencia efectiva o simulada en la verdad de la imputa- 
ción de infidencia que habia sido traída a Chile por la obra de 



476 vida 

Torrente sirvió para apoyar la acusación de monarquista que 
también se hacía a Cello, sin causa, ni pretesto. 

Bello, varias veces, había estampado en letras de molde la 
opinión de que era inconveniente, i aun imposible el consoli- 
dar en la América Española una monarquía. 

A pesar de esto, los malquerientes i los envidiosos de Bello, 
dando por no escrito lo que desagraciaba a su enemistad, se 
complacían tanto en que fuera cierta la tal suposición, que, 
el año de 1843, un periódico de Santiago titulado El Demó- 
crata denunció que uno de los alumnos de una clase privada 
de literatura había presentado en ella un discurso en favor del 
gobierno monárquico, el cual había sido premiado por el pro- 
fesor de la clase; i para comprobación del hecho, copiaba el 
testo mismo del dichoso discurso. 

La alusión a la clase privada de literatura que por entonces 
hacía don Andrés Bello en su casa, i que era la única de su 
especie en Santiago, no podia ser mas trasparente. 

El vulgo de los émulos de Bello se llenó de alborozo, lison- 
jeándose con que ya había encontrado la prueba material de 
la imputación que desde tiempo atrás venía dirijiendo a don 
Andrés. 

Bello había guardado siempre, antes de esa fecha, el mas 
completo silencio contra las acusaciones de esto linaje, que 
ciertamente le mortificaban, pero que presumía habían de ser 
despreciadas por la jente sensata. 

Sin embargo, en la ocasión de que hablo, no pudo contener- 
se, e hizo aparecer en el número de El Progreso correspon- 
diente al 18 do marzo de 1843, la significativa protesta que 
va a leerse. 

«Señores Editores de El Progreso. 

«En el número 7 do El Demócrata, se ha publicado una 
pieza en favor del gobierno monárquico, la cual se dice com- 
puesta por uno de los alumnos de una clase privada do litera- 
tura, i premiada por su director; i como no tengo noticia que 
haya actualmente en Santiago, ninguna clase privada de lite- 
ratura, sino la que yo doi en mi casa, i pudiera creerse que lo 
que se dice con motivo de aquella pieza se refiere a alguno de 



DE DON ANDRÉS BELLO 47" 



mis discípulos i a mí, me hallo en la necesidad de hacer por 
conducto de Ustedes las esplicaciones siguientes, a que les 
ruego den lugar en su apreciable periódico. 

«La clase de literatura que actualmente doi en la casa de 
mi habitación, consta de un escasísimo número de alumnos, i 
no han entrado ni existen en ella otros, que los siguientes: 

«Don Francisco Aníbal Pinto, hijo del señor jeneral don 
Francisco Antonio Pinto. 

«Don Manuel i don Felipe Matta, hijos del señor don Euje- 
nio Matta. 

«Don Nicomédcs Ossa, hijo del señor don Francisco Igna- 
cio Ossa. 

«Don Javier Renjifo, hijo del señor don Ramón Renjifo. 

«Don Santiago Lindsay, entenado del señor don Camilo 
Gallardo. 

«Don Francisco Bilbao, hijo del señor don Rafael Bilbao. 

«Don Manuel Valledor, hijo del señor don Manuel Va- 
Hedor. 

«Don Juan i don Andrés Bello, hijos mios. 

«Estos son todos. Las familias a que pertenecen son bien 
conocidas, i el público juzgará hasta qué punto pudiera ser 
justa i verosímil, aplicada a cualquiera de ellos, la imputación 
de sentimientos anti-republicanos que se hace a la del autor 
del discurso. En el remitido al Demócrata, se dice que el au- 
tor del discurso ha recibido su educación en un claustro, cir- 
cunstancia que no cuadra, según entiendo, a ninguno de los 
alumnos de mi clase de literatura. En fin, ni se ha propuesto 
en esta clase el tema que se inserta en El Demócrata, ni tema 
alguno parecido, ni se ha leído, ni mucho menos premiado 
en ella discurso o pieza de ninguna especie, en que directa o 
indirectamente se elojie el gobierno monárquico. Por el con- 
trario, todas las que han sido presentadas por los alumnos, í 
que han tenido relación con asuntos políticos, i a veces sin 
tenerla, rebosan de ideas i sentimientos eminentemente repu- 
blicanos. 

«Si el remitido, en la aplicación a que aparece haber sido* 
destinado ; fuese solo injurioso a mí, callaría, como lo he hecho* 



478 vrDA 

otras veces; pero he creído necesaria esta esposicion, como un 
acto de justicia a los jóvenes que vienen a mi clase de litera- 
tura i a sus respetables familias. 

«Soi de Ustedes, atento i seguro servidor — A. Bello.» 

En el mismo número de El Progreso, don Aníbal Pinto i 
don Santiago Lindsay, discípulos de don Andrés Bello, inser- 
taron por su parte la siguiente enérjica denegación de la en- 
cubierta calumnia que se habia echado a correr contra su 
maestro. 

«¡Dichosos los pueblos que tienen la felicidad de recibir en 
su seno a ciertos hombres que dan una sombra fecundante, 
que hace propagar rápidamente la ilustración i todos los ele- 
mentos del bienestar social; a ciertos hombres que hacen ho- 
nor al suelo que pisan, porque la nación que habita en este 
suelo podrá inscribir en el catálogo de sus hijos un nombre 
mas, pero un nombre que fijará la atención de cuantos lo lean, 
porque es un nombre ilustre; i es dichosa nuestra patria en 
contar en el número de sus conciudadanos al señor Bello! Este 
nombre despertará en la imajinacion de todo chileno, de todo 
verdadero chileno, la idea de grandes servicios a la patria, cb 
grandes virtudes, de grandes talentos; i sería un trabajo escu- 
sado el hacer su apolojía; i ¿para qué? ¿para desvanecer el 
rumor esparcido por la calumnia de que es uno de sus discí- 
pulos el autor del discurso inserto en el número 7.° de El De- 
mócrata? Eh! semejantes miserias se deben despreciar; son 
demasiado nulas para hacer la mas mínima mella en la repu- 
tación de don Andrés Bello. Los que semejantes cosas inven- 
taron se consideran sin duda mui insignificantes para atacar 
de frente al señor Bello, i han pensado conseguir su objeto 
minándole a la manera de las ratas el terreno que pisa. Mas 
no lo conseguirán; para esto sería necesario destruir en el co- 
razón de los chilenos todo sentimiento de gratitud, quitarle 
cuanto tiene de noble, i dejarle rastrero, despreciable, como el 
de ellos. 

«Nosotros, discípulos del señor Bello, hemos querido echar 
en los ojos de aquellos que le hacen una guerra tenaz, pero 
rastrera, guerra de sabandijas, el polvo con que quisieron em- 



DE DON AXDHES BELLO 470 



pañar el nombre de nuestro maestro; hemos querido desvane- 
cer las sospechas que se hayan despertado en algunas almas- 
crédulas sobre las ideas que el señor Bello inculca a sus alum- 
nos, declarando que ningimo.de ellos es el autor del discurso 
publicado en El Demócrata; i que ni él ni ninguno de noso- 
tros profesa semejantes principios. — Aníbal Pinto. — Santiago 
Lindsay.» 

Nadie se atrevió a contradecir las aseveraciones contenidas 
en los dos documentos precedentes. 

El comunicado de El Demócrata habia sido indudablemente 
inspirado, o por una lijereza mui culpable, o por una male- 
volencia muí venenosa. 

Lo que, en 1843, sucedió en Santiago respecto al discurso 
en favor del gobierno monárquico, discurso que se decia pre- 
miado por don Andrés Bello, instruye sobre el crédito que de- 
bemos conceder a esas acusaciones, como la del autor de los 
Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas, copiada por To- 
rrente, que suelen lanzarse a los hombres ilustres sin otro 
justificativo, que el testimonio mui recusable de quien las for- 
mula. 

La delación del plan de 2 de abril de 1810 imputada a Bello 
debió ser tan efectiva, como la presentación por uno de sus 
alumnos de un discurso en favor del gobierno monárquico, i el 
premio que el maestro asignó a esa composición en el año 
de 1843. 

Don Andrés Bello no estuvo nunca por el establecimiento de 
monarquías en la América Española. 

No puedo resistir al deseo de recordar algo de lo que, entre 
otras cosas, escribió con motivo de la espedicion que el jeneral 
don Juan José Flores proyectó traer al Ecuador con los ausi- 
lios de doña María Cristina de Borbon; i no puedo resistir a 
recordarlo, porque los acontecimientos de entonces i otros pos- 
teriores confirmaron plenamente las perspicaces aseveraciones 
de nuestro sabio publicista. 

«Los ducumentos de Venezuela, Nueva Granada i Buenos 
Aires que han salido a luz en los últimos cuatro meses, decia 
en El Araucano, fecha 19 de febrero de 1847, forman una es- 



480 v ¡n.v 

presión tan unánime i espontánea del sentimiento americano, 
que no dudamos llamarán la atención de los hombres de esta- 
do en Europa. No hai mas que una opinión en América, cuan- 
do se trata de su independencia i de sus instituciones. Este o 
aquel partido político podrá desear en ellas mas o monos am- 
plitud en el ejercicio de ciertos derechos; pero que la casi tota- 
lidad de los habitantes adhiere de corazón al gobierno repre- 
sentativo bajo la forma republicana, es un antecedente con 
que debe contarse, i de que no es dado alegar ignorancia. Las 
grandes potencias, a cuyo bienestar no es indiferente el nues- 
tro, serian demasiado ciegas, si no mirasen el sistema republi- 
cano de Hispano-América como un hecho irrevocable, i como 
el punto de partida forzoso de la carrera de la civilización que 
nos está destinada. Obrando en sentido contrario, podrían sin 
duda envolvernos en una serie de calamidades, pero sin nin- 
guna utilidad para ellas, o mas bien, con positivo perjuicio 
suyo. No podrían hacer, sino el mal bajo la mas funesta de 
sus formas políticas: el choque, manifiesto o paliado, de la 
opinión con las instituciones. 

«Grande es, pues, la importancia que damos a estas demos- 
traciones de la voluntad de los americanos relativamente al 
asunto que ha ocupado nuestra prensa periódica desde las pri- 
meras noticias de los preparativos de Flores; i si ellas fijan la 
consideración de los gobiernos europeos, como es natural que 
la fijen, su influencia en nuestros negocios (hablamos, por su- 
puesto, de la sola influencia aceptable, la influencia lejítima, 
la influencia natural del poder, dirijida por ideas humanas, 
morales, pacíficas, i ofrecida de un modo amistoso i concilia- 
torio), puedo acelerar el desarrollo de nuestros elementos do 
civilización i prosperidad, que tanto conviene al suyo propio. 
La ostensión de comercio, no estension de territorio, es el ob- 
jeto a que aspiran hoi los gobiernos poderosos de Europa. 
Para la estension do su comercio con nosotros, nuestra paz 
interior, nuestro progreso material i moral, es un medio indis- 
pensable. Su propia conveniencia los induce a favorecer este 
movimiento, a darle empuje, i a remover cuanto pudiera con- 
trariarle. De sus disposiciones a este respecto, no podemos 



DE DON ANDRÉS BELLO 481 



dudar. Mas, para que su influencia sea benéfica, es necesario 
que sea calculada sobre los antecedentes de los pueblos en que 
se ejerza; es necesario contar con las ideas, las afecciones, las 
creencias, los hábitos, las preocupaciones mismas de los ame- 
ricanos; es necesario que no los miren como una masa inerte, 
dispuesta a recibir todas las impresiones de la fuerza, sino 
como una materia que tiene ya formas indelebles i una vita- 
lidad propia. La monarquía en esta parte del mundo no podría 
ser sino un gobierno de conquista, una dominación de estran- 
jeros, costosa a sus fautores, odiosa a los pueblos, ruinosa a 
todos los intereses europeos i americanos que, incorporados ya 
en nuestra sociedad actual, la penetran i vivifican; instable, 
sobre todo, i efímera. En el estado presente del mundo, inte- 
reses puramente dinásticos serian impotentes para darle apoyo 
i consistencia; i los intereses nacionales de la Inglaterra, la 
Francia i la España perderían infaliblemente en ella. Algunos 
creen que los gabinetes poderosos de Europa miran la monar- 
quía como el solo medio de oponer una barrera a la creciente 
prosperidad de los Estados Unidos, que caminan a grandes pa- 
sos a la dominación esclusiva del hemisferio occidental. Pero 
si fuese real ese peligro, ¿dos o tres monarquías, como la que 
hemos descrito, podrían atajar esa marcha? Ellas no harían 
mas que dar solemnidad a la lucha sorda de los dos principios 
que se disputan hoi el imperio, no de la América, sino del 
mundo. La época presente es crítica. La espedicion de Flores 
no puede ser sino un incidente insignificante, un episodio 
burlesco, en el gran drama; i los hombres que dirijen los des- 
tinos de Europa se engañarían torpemente, si pudiesen ver un 
aliado digno de ellos en una tropa de aventureros.» 

Lo que queda espuesto manifiesta la sinrazón i la injusticia 
de los que pretendían presentar a Bello como anti-liberal, anti- 
demócrata, antirrepublicano . 

Voi a espresar con toda exactitud lo que fué en política. 

Don Andrés Bello estaba mui distante de ser uno de esos 

tribunos enérjicos i denodados, que se complacen en denunciar 

los abusos i arbitrariedades de los gobiernos, i en estimular a 

que se resista violentamente a las ilegalidades del despotismo, 

v, DE b. 61 



482 vida 

i a sacrificar los intereses i las personas en defensa de las 
garantías públicas i privadas. 

Ni su carácter, ni su posición le impulsaban a tomar seme- 
jante actitud. 

Sin embargo, era un hombro esencialmente liberal, que 
anhelaba por la mas amplia latitud de discusión en toda ma- 
teria, i que, a causa de un caráter recto i equitativo, estaba 
siempre dispuesto a las medidas de justicia i de templanza. 

Don Andrés no era capaz de declamar furibundamente en 
público contra los excesos de la autoridad, pero tampoco lo era 
do aprobarlos o disculparlos en privado, i mucho menos de 
aconsejarlos. 

Los funestos i sangrientos efectos producidos por la anar- 
quía en toda la estension de la América Española, tan luego 
como se proclamó la independencia, habían entristecido en alto 
grado a Bello, i le hacían temer mucho por el porvenir de las 
nuevas naciones hispano-americanas. 

El doloroso espectáculo de las encarnizadas i fratricidas lu- 
chas que le tocó contemplar en Chile al tiempo de su llegada, 
había contribuido a acrecentar esa penosa impresión de su 
ánimo. 

Yo mismo he oído decir a Bello que entonces hubo dias en 
que llegó a creer que los trastornos no tendrían pronto térmi- 
no en nuestro país, i en que percibió lo futuro con los mas ne- 
gros colores. 

Bello se hallaba profundamente convencido do que el único 
remedio eficaz del malestar social que aquejaba a las nuevas 
repúblicas era un estado perfecto de paz i de tranquilidad, 
que les permitiese fomentar por todos los arbitrios posibles el 
cultivo intelectual, a fin do completar la revolución operada 
en el orden político por otra revolución correspondiente lleva- 
da a cabo en el orden moral. 

La ilustración era, en su concepto, la condición indispensa- 
ble de la libertad. 

Don Andrés Bello se ha esplicado sobre este punto con la 
mayor franqueza en el discurso de instalación do la univer- 
sidad. 



DE DON ANDRÉS BELLO 483 



Hé aquí sus palabras: 

«Los adelantamientos en todas líneas se llaman unos a 
otros, se eslabonan, se empujan. I cuando digo los adelanta- 
mientos en todas líneas, comprendo sin duda los mas impor- 
tantes a la dicha del jénero humano, los adelantamientos en el 
orden moral i político. ¿A qué se debe este progreso de civili- 
zación, esta ansia de mejoras sociales, esta sed de libertad? 
Si queremos saberlo, comparemos a la Europa i a nuestra 
afortunada América, con los sombríos imperios del Asia, en 
que el despotismo hace pesar su cetro de hierro sobre cue- 
llos encorvados de antemano por la ignorancia, o con las hor- 
das africanas, en que el hombre, apenas superior a los brutos, 
es como ellos un artículo de tráfico para sus propios herma- 
nos. ¿Quién prendió en la Europa esclavizada las primeras 
centellas de libertad civil? ¿No fueron las letras? ¿No fué la 
herencia intelectual de Grecia i Roma, reclamada, después de 
una larga época de oscuridad, por el espíritu humano? Allí, 
allí tuvo principio este vasto movimiento político, que ha res- 
tituido sus títulos de injenuidad a tantas razas esclavas, este 
movimiento que se propaga en todos sentidos, acelerado con- 
tinuamente por la prensa i por las letras, cuyas ondulaciones, 
aquí rápidas, allá lentas, en todas partes necesarias, fatales, 
allanarán por fin cuantas barreras se les opongan, i cubrirán 
la snperficíe del globo.» 

Fiel a las convicciones mencionadas, don Andrés Bello no 
escusó jamas esfuerzo para destruir las trabas que las institu- 
ciones i los hábitos del réjimen colonial oponían a la cultura 
intelectual. 

Don Andrés Bollo terminaba como sigue un artículo relati- 
vo al 18 de setiembre de 1840, dado a luz en el número de El 
Araucano correspondiente al 2 de octubre de ese año. 

«A los sentimientos de patriotismo, ha querido dar nuevo 
vigor el lejislador, señalando al pueblo chileno un dia para 
recuerdo, no de las victorias de una nación libre i jenerosa, 
sino de los innumerables combates de una colonia envilecida 
i aherrojada por la mana poderosa de una metrópoli acos- 
tumbrada a domeñar la altivez de los monarcas mas podero- 



484 vida 

sosj i que, en su misma decadencia i postración, arrastraba 
la veneración i prestijio de grandezas pasadas. Ninguna pie- 
dra, ningún mármol, que pueda sentir la lenta, pero segura i 
roedora mano del tiempo, o ser profanado en la ira i frenesí 
de los partidos, nos presenta los nombres de los héroes de 
nuestra gloriosa revolución; mas ellos viven, i vivirán siem- 
pre en los corazones de sus agradecidos conciudadanos, sin 
que pueda el arte levantar a su denuedo un trofeo capaz de 
rivalizar con la independencia que han conquistado.» 

Lo que Bello, en frases bien peinadas, decia de los esclare- 
cidos varones que llevaron a cabo la emancipación política do 
Chile, convirtiéndolo de pobre colonia en nación libro o inde- 
pendiente, puede aplicarse perfectamente al mismo don An- 
drés, i a los demás insignes bienhechores de nuestro país que 
completaron la revolución mencionada por otra análoga ope- 
rada en los espíritus, difundiendo la instrucción, i destruyendo 
o modificando las opiniones enjendradas por el antiguo réji- 
men. 

Acaba de elevarse sobre el pedestal la estatua que los admi- 
radores de Bello han acordado consagrarle; pero la gloria de 
ésto, inscrita en sus obras, i en sus trabajos para el adelanta- 
miento intelectual, será mas duradera, que ese monumento de 
mármol. 

Don Andrés Bello no fué ciertamente el primero que en 
nuestro país atendió al cultivo de las intelijencias. 

Tampoco fué el único. 

La emancipación intelectual, como la emancipación política, 
era una obra demasiado vasta i complicada para que pudiera 
ser realizada por un solo individuo. 

Sin embargo, la participación de Bello en esa tarca fué una 
do las mas considerables, podría decirse, la principal. 

Cuando Bello arribó a Chile en 1829, eran muí pocos los 
que en este país empleaban algunas horas en leer libros; eran 
todavía menos los que podían consignar decentemente sus 
ideas en un papel. 

Diez años mas tarde, como lo hacia observar el mismo Bello 
en un artículo antes copiado, el comercio de libros habia pros- 



DE DON ANDRÉS BELLO 485 



perada notablemente; había algún público para leer i para 
aplaudir a los que escribían; i sobre todo, aparecía una falanje 
de jóvenes que buscaban la reputación en el cultivo de las le- 
tras, componiendo en un año mas frases i mas versos de los 
que antes se hacían en diez. 

¿Qué era lo que habia producido una variación tan sustan- 
cial? 

Indudablemente la instrucción, a cuyo progreso habia sido 
Bollo uno de los que mas habían contribuido. 

El notable movimiento literario que empezó a desenvolverse 
en Chile allá por el año de 1841, llenó a Bello de alborozo, i 
le hizo olvidar muchos de los sinsabores pasados. 

Para que se comprenda la lisonjera impresión que esperi- 
mentaba el maestro, conviene que se lea el arrebato de satis- 
facción con que habla en el discurso de instalación de la uni- 
versidad acerca do los ensayos juveniles en los cuales muchos 
jóvenes daban muestras de su adelantamiento intelectual. 

Bello recibió en ese tiempo la recompensa de sus trabajos i 
de sus constantes desvelos por la difusión de las luces i por el 
cultivo de las letras. 

La jente ilustrada, i en especial la juventud que principiaba 
a levantarse, compensaron a Bello con el afecto i el respeto las 
amarguras que otros le habían hecho soportar en el tiempo 
anterior. 

Don Andrés Bello llegó a tener entonces verdadera cura de 
intelij encías. 

El señor don Domingo Faustino Sarmiento da, en los Re- 
cuerdos de Provincia, un testimonio significativo de la pri- 
macía literaria que Bello habia alcanzado en la sociedad de 
Santiago. 

Sarmiento hizo publicar con un seudómino en el El Mercu- 
rio correspondiente al 11 de febrero de 1841, un artículo refe- 
rente a la batalla de Chacabuco. 

Sarmiento estaba lleno de ansiedad, ignorando si el público 
recibiría bien o mal aquel artículo de que iba a depender hasta 
cierto punto la posición que tendría en Chile, a donde habia lle- 
gado proscrito i sin recursos. 



486 vida 

«Un solo amigo estaba en el secreto, escribe Sarmiento; yo 
permanecía en casa escondido de miedo. A las once, trájomc 
buenas noticias; mi artículo había sido aplaudido por los ar- 
gentinos; esto era ya algo. A la tarde, se hablaba de él en los 
corrillos; ala noche, en el teatro. Al siguiente dia ; supe que 
don Andrés Bello i Egaña lo habían leído juntos, i halládolo 
bueno. ¡Dios sea loado! me decía a mí mismo; estoi ya salvo.» 

La justa superioridad literaria que se reconocía a don An- 
drés Bello era el premio mui merecido de tantos i tan impor- 
tantes servicios prestados a la causa de la civilización en 
Chile. 



Creación de la Universidad de Chile. 



El ministro de instrucción pública don Manuel Montt conci- 
bió en 1841 la idea de fundar una corporación que tuviera el 
encargo de dirijir i fomentar la enseñanza i el cultivo de las 
letras i ciencias, i comisionó a Bello para que propusiera el 
mejor modo do organizaría. 

Habiendo Bello formulado un proyecto, el ministro Montt 
lo sometió, con fecha 26 de julio de 1841, al examen de una 
comisión cuyos miembros eran el mismo autor, don Miguel 
de la Barra, i don José Gabriel Palma. 

Los dos últimos informaron el l.° de setiembre, entre otras 
cosas, lo que sigue: 

«Muí pocas en verdad han sido las alteraciones sustanciales 
que, en un proyecto tan bien meditado i predispuesto para 
llenar su fin, podia introducir la comisión; i sus trabajos, por 
consiguiente, han debido reducirse a llenar ciertos vacíos que 
pudieron notar sus miembros en el curso de sus meditaciones, 
i de sus diversas conferencias, poniendo el todo del proyecto 
en armonía con estas adiciones.» 

Los señores Barra i Palma, después de otras consideracio- 
nes, agregaban por último: — «La comisión cree necesario ha- 
cer presente al señor ministro de instrucción pública que el 
señor don Andrés Bello, autor del proyecto orijinal de bases 
para la nueva universidad, que ha concurrido a todas las con- 
ferencias de la comisión, ha dado su mas esplícita adhesión a 



488 vida 

todas las adiciones i alteraciones que aparecen en el presente 
proyecto.» 

El ministro pasó a Bello el oficio que se inserta en se- 
guida. 

«Santiago, setiembre 14 de 1841. 

«Con vivo interés, ha leído el gobierno el proyecto que 
Usted ha trabajado para el establecimiento de la universidad 
nacional de Chile; i detenidamente examinados todos i cada 
uno de los artículos que comprende, halla en esta obra de su 
ilustración cumplidamente satisfechos sus deseos, sabiamente 
fijadas las bases de una institución que promete a Chile pros- 
peridad i gloria, i consignado en favor de Usted un nuevo tí- 
tulo al aprecio i gratitud pública. El gobierno que encomendó 
a Usted este importante trabajo, creería faltar a un deber sa- 
grado, si no se apresurara a darle las gracias, como lo hago 
ahora, a nombre del presidente de la república. 

«Dios guarde a Usted — Manuel Mqntt. 

«A Don Andrés Bello.» 

El proyecto de Bello, con las modificaciones de los señores 
Palma i Barra, llegó a ser la lei de 19 de noviembre de 1842, 
que creó la universidad de Chile. 

Este cuerpo constaba de cinco facultades, que formaban 
secciones distintas: facultad de filosofía i humanidades, facul- 
tad de ciencias matemáticas i físicas, facultad de medicina, fa- 
cultad de leyes i ciencias políticas, facultad de teolojía. 

Cada facultad tenia treinta miembros, i ademas los que aun 
sobrevivían do la antigua universidad do San Felipe; un deca- 
no, que so renovaba cada dos años, i un secretario, que era 
vitalicio, nombrados por el presidente cíe la república a pro- 
puesta en terna de la respectiva facultad. 

La universidad era gobernada por un rector, que debia durar 
cinco años, i que era nombrado por el presidente de la repú- 
blica a propuesta en terna de la corporación reunida en claus- 
tro pleno. 

Un consejo presidido por el rector, i formado de los cinco 
decanos, do dos miembros universitarios nombrados por' el 
presidente de la república i de un secretario jencral tenia la 



DE DON ANDRÉS BELLO 489 



dirección de la universidad, i ejercía la superintendencia de la 
instrucción pública. 

Como un medio de obligar a que se estudiaran los ramos 
comprendidos en los diversos planes de estudios, se exijian 
para obtener títulos profesionales los grados que la universi- 
dad conferia después de que los aspirantes habían seguido 
ciertos cursos, i rendido ciertas pruebas. 

Ademas de dirijir i fomentar en todos sus detalles la ins- 
trucción primaria, la media i la superior, el consejo i las fa- 
cultades debían procurar el cultivo de las letras i de las cien- 
cias, i promover los trabajos académicos. 

Los fundadores de la nueva universidad se propusieron 
asociar a todos los hombres que, por sus conocimientos i sus 
aspiraciones, parecían llamados para favorecer el naciente 
movimiento intelectual de Chile, a fin de que sus esfuerzos 
reunidos pudieran ser mas eficaces i provechosos. 

Los arbitrios que se habían tocado desde la independencia 
para implantar en nuestro suelo la ilustración empezaban a 
producir los aguardados frutos. 

A despecho de los grandes c innumerables obstáculos que 
habían debido superarse, la jeneracion que se levantaba era 
incomparablemente mas ilustrada, que la precedente. 

Cabia a Bello una parte muí considerable en la realización 
de tan inmenso progreso. 

Merced a una labor incesante de diez años, habia contribui- 
do poderosamente a que se arraigara en Chile el gajo de la 
civilización. 

Para patentizarlo, basta considerar que muchos de los que 
sobresalieron en ese memorable movimiento literario de 1841 
habían recibido inmediatamente las lecciones de Bello; i que 
otros habían esperimentado por lo menos las influencias indi- 
rectas de su majisterio practicado en el aula i en la prensa. 

Sin duda, el plan de estudios i de lecturas que Bello habia 
ayudado a plantear era mui incompleto; pero habia sido su- 
ficiente para provocar una notable excitación de las intelijen- 
cias, i para preparar la posibilidad do las mejoras que se in- 
trodujeron pronto en nuestro sistema docente. 



490 VIDA 

Una de estas fué precisamente la creación de la universi- 
dad, la cual tendía a proporcionar un sólido punto de apoyo 
i de concentración a los trabajos individuales i aislados en 
materias científicas i literarias. 

Una csperiencia, que cuenta ya cerca de cuarenta años, ha 
justificado plenamente las previsiones i los propósitos de los 
que constituyeron esta corporación. 

En ese período de tiempo, se han organizado por particu- 
lares diversas asociaciones mas o menos análogas a ella; pero 
ninguna ha durado mas de unos cuantos años. 

Lo cierto es que, escepto en pueblos de condiciones peculia- 
res, i a menos de circunstancias mui determinadas, las ins- 
tituciones de esta especie solo subsisten reglamentadas por la 
lei, i protejidas por el estado. 

Mientras tanto, la universidad ha correspondido amplia- 
mente a los fines de los fundadores. 

Ha investigado las necesidades de la instrucción pública, 
i ha propuesto sus remedios. 

Ha procurado testos a las escuelas i a los colcjios. 

Ha formado bibliotecas i museos. 

Ha acopiado datos de todas especies. 

Ha descrito nuestras costas, nuestros valles, nuestras mon- 
tañas. 

Ha estudiado las enfermedades que aflijón a nuestra po- 
blación. 

Ha comentado nuestras leyes. 

Ha dictaminado sobre nuestras producciones literarias en 
prosa i en verso. 

Ha escrito nuestra historia. 

Puede afirmarse que, si la universidad no hubiera existido, 
la mayor parte de esa inmensa tarea no se habría acometido 
siquiera; i sobre todo, que no se habría ejecutado tan a poca 
costa. 

Sin embargo, el plan primitivo de la universidad tuvo un 
defecto orgánico, que don Manuel Antonio Tocornal, uno de 
los discípulos mas distinguidos i respetuosos de Bello, hizo 
notar desde luego en El Semanario de Santiago. 



DE DON ANDRÉS BELLO 491 



La nueva corporación estaba demasiado sujeta al gobierno, 
hasta el punto de ser meramente consultiva, i de carecer do 
atribuciones bastantes para ejercer una intervención eficaz en 
algunos de los importantes ramos que le estaban encomen- 
dados. 

Semejante libertad de acción era mui cómoda para el mi- 
nistro de instrucción pública. 

Pero así como podia ser provechosa, cuando éste era un 
hombre de progreso, podia también ser funesta, cuando era 
un hombre de reacción. 

La lei de 9 de enero de 1879 ha corrcjido este grave defecto, 
asignando a la universidad atribuciones que limitan las del 
ministerio, i que le aseguran una participación verdadera i po- 
sitiva en los negocios de su incumbencia. 



Nombramiento de don Andrés Bello para rector de la universidad 

de Chile. 



Según la lei, el gobierno, por la primera vez, elejia los 
treinta miembros de cada una de las cinco facultades, i nom- 
braba el rector i los domas funcionarios de la universidad. 

En virtud de esta autorización, el presidente don Manuel 
Búlnes, i el ministro don Manuel Montt designaron a Bello, el 
28 de julio de 1843, para miembro de la facultad de filosofía i 
humanidades, i de la de leyes i ciencias políticas, i para rec- 
tor de la universidad. 

Al fin del primer quinquenio, el nombramiento de rector 
espedido a favor de Bello en 1843 por el gobierno, tuvo la mas 
esplendida confirmación. 

Cuarenta i tres sufragantes, entre cuarenta i cinco, le elijie- 
ron para ocupar el primer lugar de la terna que habia de pre- 
sentarse al presidente de la república. 

Escusado parece advertir que uno de los votos contrarios a 
Bello fué el de él mismo, i que el gobierno tornó a nombrarle. 



492 vida 

En tres ocasiones mas, a la conclusión de los respectivos 
quinquenios, se repitieron hechos análogos. 

El año de 1853, treinta i nueve sufragantes, entre cuarenta 
i dos, favorecieron a Bello con sus votos. 

Esta vez, como la anterior, puede decirse que solo tuvo un 
voto en contra, pues los otros dos que aparecieron pertenecían 
a él mismo i a su hijo don Carlos. 

El año de 1858, cuarenta i ocho sufragantes, entre cincuen- 
ta i dos, le confirmaron el mismo honor. 

Así, como debe descontarse el suyo, puede decirse que solo 
tuvo tres votos contrarios. 

El año de 1863, cincuenta i ocho sufragantes, entre sesenta 
i uno, volvieron a elejirle para el primer lugar de la terna. 

Así, solo tuvo dos votos contrarios. 

Como debe suponerse, el gobierno aceptó siempre la indica- 
ción del claustro universitario. 

La joven universidad do Chile, que venía a reemplazar la 
vetusta universidad de San Felipe, se instaló solemnemente el 
i 7 de setiembre de 1843. 

Don Andrés Bello leyó en esa ocasión un elocuente discur- 
so, que contiene el resumen del majisterio que, por doce años, 
había estado ejerciendo en nuestro país. 

Manifestaba, entre otras cosas, la influencia inmensa de las 
ciencias i de las letras en la prosperidad de las naciones, i en 
la felicidad de los individuos. 

«Yo mismo, aun siguiendo de tan lejos a sus favorecidos 
adoradores, decia con este motivo, yo mismo he podido parti- 
cipar de sus beneficios, i saborearme con sus goces. Adornaron 
de celajes alegres la mañana de mi vida, i conservan todavía 
algunos matices a el alma, como la flor que hermosea las rui- 
nas. Ellas han hecho aun mas por mí: me alimentaron en mi 
larga peregrinación, i encaminaron mis pasos a este suelo de 
libertad i de paz, a esta patria adoptiva, que me ha dispensa- 
do una hospitalidad tan benévola.» 

Bello recomendaba en aquel elegante i bien elaborado dis- 
curso el estudio de los idiomas vivos i muertos, i mui en es- 
pecial, el del idioma patrio. 



• 



DE DON ANDRÉS BELLO 403 



Al hacerlo, aprovechaba la oportunidad para esponer las 
sensatas doctrinas que profesó i practicó siempre por lo que 
toca al lenguaje. 

«Yo no abogaré jamas por el purismo exaj erado que conde- 
na todo lo nuevo en materia de idioma, decia; creo, por el 
contrario, que la multitud de ideas nuevas que pasan diaria- 
mente del comercio literario a la circulación j enera!, exije vo- 
ces nuevas que las representen. ¿Hallaremos, en el diccionario 
de Cervantes i de frai Luis de Granada — (no quiero ir tan le- 
jos) — hallaremos, en el diccionario de Iriarte i Moratin, me- 
dios adecuados, signos lúcidos para espresar las nociones co- 
munes que flotan hoi sobre las intelij encías medianamente 
cultivadas para espresar el pensamiento social? ¡Nuevas insti- 
tuciones, nuevas leyes, nuevas costumbres, variadas por todas 
partes a nuestros ojos la materia i las formas; i viejas voces, 
vieja fraseolojía! Sobre ser desacordada esa pretensión, porque 
pugnaría con el primero de los objetos de la lengua, la fácil i 
clara trasmisión del pensamiento, sería del todo inasequi- 
ble. 

«Pero se puede ensanchar el lenguaje, se puede enriquecer- 
lo, se puede acomodarlo a todas las exij encías de la sociedad, i 
aun a las de la moda, que ejerce un imperio incontestable so- 
bre la literatura, sin adulterarlo, sin viciar sus construccio- 
nes, sin hacer violencia a su jenio. ¿Es acaso distinta de la de 
Pascal i Racine, la lengua de Chateaubriand i Villemain? ¿I no 
trasparenta perfectamente la de estos dos escritores el pensa- 
miento social de la Francia de nuestros dias tan diferente de 
la Francia de Luis XIV? Hai mas: demos anchas a esta espe- 
cie de culteranismo; demos carta de nacionalidad a todos los 
caprichos de un estravagante neolojismo; i nuestra América 
reproducirá dentro de poco la confusión de idiomas, dialectos i 
jerigonzas, el caos babilónico de la edad media; i diez pueblos 
perderán uno de sus vínculos mas poderosos de fraternidad, 
uno de sus mas preciosos instrumentos de correspondencia i 
comercio.» 

Bello aconsejaba, no solo que se atendiera al atinado uso 
del lenguaje, sino que ademas se observara en las composicio- 



404 VIDA 

nes literarias el arte, esc arte que, según Goethe, debe ser la 
regla de la imajinacion, i trasformarla en poesía. 

Pero, junto con esto, se apresuraba a esplicar i aclarar su 
pensamiento. 

a ¡El arte! Al oír esta palabra, aunque tomada de los labios 
mismos de Goethe, habrá algunos que me califiquen entre los 
partidarios de las reglas convencionales, que usurparon mu- 
cho tiempo ese nombre. Protesto solemnemente contra seme- 
jante aserción: i no creo que mis antecedentes la justifiquen. 
Yo no encuentro el arte en los preceptos estériles de la escue- 
la, en las inexorables unidades, en la muralla de bronce entre 
los diferentes estilos i j eneros, en las cadenas con que se ha 
querido aprisionar al poeta a nombre de Aristóteles i Horacio, 
i atribuyéndoles a veces lo que jamas pensaron. Pero creo que 
hai un arte fundado en las relaciones impalpables, etéreas, de 
la belleza ideal; relaciones delicadas, pero accesibles a la mi- 
rada de lince del jenio competentemente preparado; creo que 
hai un arte que guia a la imajinacion en sus mas fogosos tras- 
portes; creo que, sin ese arte, la fantasía, en vez de encarnar 
en sus obras el tipo de lo bello, aborta esíinjes, creaciones 
enigmáticas i monstruosas. Esta es mi fe literaria. Libertad en 
todo; pero no veo libertad, sino embriaguez licenciosa, en las 
orjías de la imajinacion.» 

Como Bello estaba mui distante de satisfacerse con las sim- 
ples esterioridades del pensamiento, estimulaba al estudio de 
las literaturas estranjeras i de las ciencias, sin que los que 
emprendieran ese estudio se limitaran a recibir «los resultados 
sintéticos de la ilustración europea, dispensándose del examen 
de sus títulos, dispensándose del proceder analítico, único me- 
dio do adquirir verdaderos conocimientos.» 

«Respetando, como respeto, las opiniones ajenas, decia, i 
reservándome solo el derecho de discutirlas, confieso que tan 
poco propio me parecería para alimentar el entendimiento, pa- 
ra educarle i acostumbrarle a pensar por sí, el atenernos a las 
conclusiones morales i políticas de Herder, por ejemplo, sin 
el estudio do la historia antigua i moderna, como el adoptar 
los teoremas de Euclídes sin el previo trabajo intelectual de la 



DE DON ANDRÉS BELLO 495 



demostración. Yo miro, señores, a Herder, como uno de los 
escritores que han servido mas útilmente a la humanidad: él 
ha dado toda su dignidad a la historia, desenvolviendo en ella 
los designios de la Providencia, i los destinos a que es llamada 
la especie humana sobre la tierra. Pero el mismo Herder no 
se propuso suplantar el conocimiento de los hechos, sino ilus- 
trarlos, esplicarlos; ni se puede apreciar su doctrina, sino por 
medio de previos estudios históricos. Sustituir a ellos deduc- 
ciones i fórmulas, sería presentar a la juventud un esqueleto, 
en vez de un traslado vivo del hombre social; sería darle una 
colección de aforismos, en vez de poner a su vista el panora- 
ma móvil, instructivo, pintoresco, de las instituciones, de las 
costumbres, de las revoluciones, de los grandes pueblos i de 
los grandes hombres; sería quitar al moralista i al político las 
convicciones profundas que solo pueden nacer del conocimiento 
de los hechos; sería quitar a la esperiencia del jénero humano 
el saludable poderío de sus avisos, en la edad cabalmente que 
es mas susceptible de impresiones durables; sería quitar al 
poeta una inagotable mina de imájenes i de colores. 

«I lo que digo de la historia, me parece que debemos apli- 
carlo a todos los otros ramos del saber. Se impone de este 
modo al entendimiento la necesidad de largos, os verdad, pero 
agradables estudios. Porque nada hace mas desabrida la en- 
señanza, que las abstracciones; i nada la hace fácil i amena, 
sino el proceder que, amoblando la memoria, ejercita al mis- 
mo tiempo el entendimiento, i exalta la imajinacion. El ra- 
ciocinio debe enjendrar al teorema; los ejemplos graban pro- 
fundamente las lecciones.» 

El plan de trabajos que Bello señalaba a la nueva universi- 
dad era la aplicación de la ciencia europea a las peculiaridades 
de la naturaleza i de la sociedad chilena. 

Debia estudiar su historia, i preparar sus futuros adelanta- 
mientos materiales i morales. 

Debia conocer su jeolojía, su ñora, su fauna, todos sus 
accidentes físicos. 

Debia cooperar al desenvolvimiento de su industria i de su 
comercio. 



496 vida 

Debia observar las enfermedades propias de nuestro clima, 
i sus preservativos. 

Debia atender a la utilidad práctica, a los resultados positi- 
vos, a las mejoras sociales. 

Naturalmente Bello incluía, entre estas aspiraciones i pro- 
pósitos, sus proyectos favoritos de la reforma judicial i de la 
codificación. 

a Herederos de la lejislacion del pueblo-rci, decia, tenemos 
que purgarla de las manchas que contrajo bajo el influjo ma- 
léfico del despotismo; tenemos que despejar las incoherencias 
que deslustran una obra a que han contribuido tantos siglos, 
tantos intereses alternativamente dominantes, tantas inspi- 
raciones contradictorias. Tenemos que acomodarla, que res- 
tituirla a las instituciones republicanas. ¿I qué objeto mas 
importante, i mas grandioso, que la formación, el perfeccio- 
namiento de nuestras leyes orgánicas, la recta i pronta admi- 
nistración de justicia, la seguridad do nuestros derechos, la fe 
de las transacciones comerciales, la paz del hogar doméstico?» 

Bello persistía en creer, como diez años antes, que el estu- 
dio prolijo del derecho romano era el mejor medio de com- 
prender «el caos enmarañado i tenebroso de la lejislacion 
española», i de facilitar la reforma de ésta, i su adaptación a 
las instituciones modernas i republicanas. 

Por esto, manifestaba la convicción de que la nueva uni- 
versidad, en vez de acojer la preocupación que condenaba 
como inútil o pernicioso el estudio de las leyes romanas, lo 
estimularía por el contrario, i lo asentaría sobre bases mas 
amplias, porque ella «vería probablemente en ese estudio el 
mejor aprendizaje de la lójica jurídica i forense». 

Al fin de cada quinquenio, el rector cesante dcbia presentar 
una memoria de los trabajos universitarios. 

En cumplimiento de este deber, Bello publicó las corres- 
pondientes a los años de 1848 i de 1853, i dejó inconclusa, 
aunque casi terminada, la de 1858. 

Los achaques de la edad le impidieron principiar siquiera la 
de 1863. 

Los tres documentos aludidos son verdaderos resúmenes 



DE DON ANDRÉS BELLO 497 



históricos de la instrucción pública i do la literatura chilena, 
en los cuales abundan los datos estadísticos bien coordinados, 
i las indicaciones luminosas. 

Como un ejemplo, voi a citar el plan de trabajos literarios 
i científicos que Bello proponía a los chilenos en la memoria 
de 1848.. 

«Nuestra lei orgánica, inspirada, en mi humilde concepto, 
por las mas sanas i liberales ideas, decía, ha encargado a la 
universidad, no solo la enseñanza, sino el cultivo de la litera- 
tura i las ciencias; ha querido que fuese a un tiempo univer- 
sidad i academia; que contribuyese por su parte al aumento i 
desarrollo de los conocimientos científicos; que no fuese un 
instrumento pasivo, destinado esclusivamente a la trasmisión 
de los conocimientos adquiridos en naciones mas adelantadas, 
sino que trabajase, como los institutos literarios de otros pue- 
blos civilizados, en aumentar el caudal común. Este propósito 
aparece a cada paso en la lei orgánica, i hace honor al gobier- 
no i la legislatura que la dictaron. ¿Hai en él algo de presun- 
tuoso, de inoportuno, de superior a nuestras fuerzas, como 
han supuesto algunos? ¿Estaremos condenados todavía a re- 
petir servilmente las lecciones de la ciencia europea, sin 
atrevernos a discutirlas, a ilustrarlas con aplicaciones locales, 
a darles una estampa de nacionalidad? Si así lo hiciésemos, 
seríamos infieles al espíritu de esa misma ciencia europea, i la 
tributaríamos un culto supersticioso, que ella misma condena. 
Ella misma nos prescribe el examen, la observación atenta i 
prolija, la discusión libre, la convicción concienzuda. Es cierto 
que hai ramos en que debemos, por ahora, limitarnos a oírla, 
a darle un voto de confianza, i en que nuestro entendimiento, 
por falta de medios, no puede hacer otra cosa ; que admitir los 
resultados de la esperiencia i estudio ajenos. Pero no sucede 
así en todos los ramos de literatura i ciencia. Los hai que exi- 
jen investigaciones locales. La historia chilena, por ejemplo, 
¿dónde podrá escribirse mejor, que en Chile? ¿No nos toca a 
nosotros la tarea a lo menos derecojer materiales, compulsar- 
los i acrisolarlos? I lo que se ha hecho hasta ahora en este 
solo ramo bajo los auspicios de la universidad, las memorias 

V, DE B. C3 



49S VIDA 

históricas que cada año se le presentan, lo que se ha trabajado 
por un distinguido miembro do la universidad en la historia 
de la iglesia chilena, lo que ha dado a luz otro distinguido 
miembro sobre la historia de la constitución chilena, ¿no nos 
hacen ya divisar todo lo que puede i debe esperarse de noso- 
tros en un estudio peculiarmente nuestro? 

«Pocas ciencias hai que, para enseñarse de un modo conve- 
niente, no necesiten adaptarse a nosotros, a nuestra naturale- 
za física, a nuestras circunstancias sociales. ¿Buscaremos la 
hijiene i patolojía del hombre chileno en los libros europeos, 
i no estudiaremos hasta qué punto es modificada la organiza- 
ción del cuerpo humano por los accidentes del clima de Chile 
i de las costumbres chilenas? ¿I un estudio tan necesario po- 
drá hacerse en otra parte, que en Chile? Para la medicina, está 
abierto en Chile un vasto campo de esploracion, casi intacto 
hasta ahora, pero que muí pronto va a dejar de serlo, i en 
cuyo cultivo se interesan profundamente la educación física, la 
salud, la vida, la policía sanitaria i el incremento de la pobla- 
ción. 

«Se han empezado a estudiar en nuestros colejios la historia 
natural, la física, la química. Por lo que toca a la primera de 
estas ciencias, que es casi de pura observación, aun para ad- 
quirir las primeras nociones, se trata de ver, no las especies 
de que nos hablan los testos europeos, sino las especies chile- 
nas, el árbol que crece en nuestros bosques, la flor que se des- 
envuelve en nuestros valles i laderas, la disposición i distri- 
bución de los minerales en este suelo que pisamos, i en la 
cordillera ajigantada que lo amuralla, los animales que viven 
en nuestros montes, en nuestros campos i rios, i en la mar 
que baña nuestras costas. Así, los testos mismos de historia 
natural, es preciso, para que sirvan a la enseñanza en Chile, 
que se modifiquen, i que la modificación se haga aquí mismo 
por observadores intolijentes. 

«I dado este paso, suministrada la instrucción conveniente, 
¿no daremos otro mas, enriqueciendo la ciencia con el conoci- 
miento de nuevos seres i nuevos fenómenos de la creación 
animada i del mundo inorgánico, aumentando los catálogos 



DE DON ANDRÉS BELLO 409 



de especies, ilustrando, rectificando las noticias del sabio es- 
tranjero, recojidas en la mayor parte en viajes hechos a la 
lijera? El mundo antiguo desea en esta parte la colaboración 
del nuevo; i no solo la desea; la provoca, i la exije. ¿Cuánto 
no han hecho ya en esta línea los anglo-americanos? Aun en 
las provincias españolas de América, i bajo el yugo colonial, 
se han dado ejemplos de esta importante colaboración. El 
nombre del granadino Caldas, que jamas visitó la Europa, i 
el de Molina, que adquirió en Chile los conocimientos a que 
debió su reputación, figuran honrosamente en las listas de los 
observadores que han aumentado i enriquecido las ciencias. 
¿No seremos nosotros capaces de hacer en el siglo XIX lo que 
hizo en el XVI el jesuíta español José de Acosta, cuya Histo- 
ria Natural i Moral de las Indias, fruto de sus observacio- 
nes personales, es consultada todavía por el naturalista euro- 
peo? I si lo somos, ¿se condenará como inoportuna la existencia 
de un cuerpo que promueva i dirija este cultivo de las cien- 
cias? 

«Lo dicho se aplica a la mineralojía, a la jeolojía, a la teo- 
ría de los meteoros, a la teoría del calor, a la teoría del mag- 
netismo. La base de todos estos estudios es la observación, 
la observación local, la observación de todos los dias, la ob- 
servación de las ajencias naturales en todas las estaciones sobre 
toda la superficie del globo. La ciencia europea nos pide datos; 
¿no tendremos siquiera bastante celo i aplicación para recoj or- 
los? ¿No harán las repúblicas americanas en el progreso jene- 
ral de las ciencias mas papel, no tendremos mas parte en la 
mancomunidad de los trabajos del entendimiento humano, 
que las tribus africanas, o las islas de la Oceanía? 

«Yo pudiera estender mucho estas consideraciones, i darles 
nueva fuerza aplicándolas a la política, al hombre moral, a la 
poesía, i a todo j enero de composición literaria; porque, o es 
falso que la literatura es el reflejo de la vida de un pueblo, o 
es preciso admitir que cada pueblo de los que no están sumi- 
dos en la barbarie es llamado a reflejarse en una literatura 
propia, i a estampar en ella sus formas. Pero creo que basta 
lo dicho para que se forme idea de que el doble cargo que la 



500 VIDA 

lei orgánica impone a la universidad no es una concepción 
monstruosa, ni prematura, i que podemos i debemos trabajar 
en ambos con utilidad nuestra, í con utilidad común de las 
ciencias.» 

La simple lectura de las obras literarias i científicas com- 
puestas bajo el patrocinio de la universidad chilena manifiesta 
que esta corporación ha realizado, si no en todo, a lo menos 
en mucha parte, el programa de su ilustre fundador. 

La universidad puede enorgullecerse de que sus trabajos 
han sido mencionados en el Cosmos de Humboldt. 

Don Andrés Bello, en esa memoria inédita de 1859, a que 
antes he aludido, se complacía en reconocer i proclamar el 
adelantamiento intelectual que Chile había alcanzado. 

¡Qué enorme diferencia con lo que sucedía en 1830! 

«Para juzgar ahora del punto a que ha llegado entre noso- 
tros la enseñanza colejial o secundaria, escribía Bello en esa 
memoria, es necesario volver los ojos a las producciones de la 
prensa chilena, que atestiguan su difusión i sus frutos. Bajo 
este aspecto, se echa de ver un progreso notable en los últi- 
mos años en cuanto al número, a la sustancia i a la forma de 
los escritos literarios. Se conoce, i se habla mejor i mas jene- 
ralmente la lengua patria. Aquella mezcla impura de vulga- 
rismos, aquella irrupción de neolojismos, i sobre todo, de gali- 
cismos, que lo enturbiaba todo, van desapareciendo hasta de 
la conversación familiar; i si alguna vez nos choca, es en el 
lenguaje de los hombres de otra jeneracion, que se desdeñan 
de estudios que no han podido hacer en la edad juvenil, i cuya 
necesidad no conciben. Creen algunos ser mejor entendidos 
del pueblo, habiéndole, como dicen, en su idioma. Pero no 
está jamas fuera del alcance de la jente menos instruida un 
lenguaje sencillo i correcto. Las frases bajas, que no disona- 
rían, ni carecerían de gracia en la boca del vulgo, las repudia 
el orador sagrado como ajenas de las verdades augustas, i do 
los preceptos severos que inculca En la historia i la bio- 
grafía, han seguido ejercitándose plumas vigorosas, que han 
dado interés i esplendor a los anales patrios. Crece el número 
do jóvenes escritores que se distinguen por un estilo, en jene- 



DE DON ANDRÉS BELLO 501 



ral, correcto, fluido, ameno, elegante, rico de imájenes i a ve- 
ces elocuente. Una falanje de jóvenes oradores ha ilustrado la 
arena parlamentaria i el foro. En la elocuencia didáctica, no 
campea, como antes, casi solo un escritor célebre, que junta 
a la pureza i la amenidad del lenguaje, la profundidad filosófi- 
ca.* Al lado de los historiadores i poetas que ya aplaudíamos, 
se presentan otros igualmente notables. Alguno de ellos, que 
supo vindicar con su ejemplo la inspiración poética negada 
injustamente a los hijos de Chile, se mantiene a la altura do- 
minante que, desde su primer aparecimiento, ha ocupado.** 
Otros se le acercan. La lira chilena hace oír cada clia dulces 
ecos en variedad de asuntos i tonos. Nuevas leyendas han 
sucedido a la primera i mas celebrada de todas.*** I si en el 
j enero mas difícil de composición, en el drama, no se ha tra- 
bajado con igual suceso, en la novela se han hecho ensayos 
felices. Pero es preciso decirlo todo. Se abusa de la mas bella 
de las artes, prostituyéndola, mal de su grado, a emociones 
licenciosas. Se ha buscado la sublimidad en la blasfemia. 
¡Cuánto mas digno empleo es el que hace de su talento una 
poetisa chilena que solo presta su voz a los afectos jenerosos; 
que ha cantado la libertad, la patria, los héroes de Chile; la 
Musa de la Caridad Cristiana, que tiene jemidos para todos 
los dolores, i se goza en derramar flores, como ella misma 
dice, sobre la tumba del oscuro servidor del pueblo!»**** 



Juicio do Bello sobre las obras i las doctrinas literarias de don 
José Gómez Hermosilla. 

El primero que profesó en Chile las teorías de la escuela 
literaria moderna, o sea de la escuela romántica, pero sin 
sus exajeraciones, fué don Andrés Bello. 



* Don José Victorino Lasíarria. 

** Don Salvador Sanfuéntes Torres. 

*** El Campanario por don Salvador Sanfuéntes Torres. 

**** Doña Mercedes Marín de Solar. 



502 VIDA 

Ya hemos visto que, el año de 1833, combatió en sus críti- 
cas de teatro las reglas de las tres unidades, i otras <Je las 
exijidas i observadas por los clásicos. 

Por esto, en el discurso de instalación de la universidad, 
tuvo sobrado fundamento para recordar que sus antecedentes 
no justificaban el que se le colocase entre los partidarios de 
las reglas convencionales. 

A pesar de esto, algunos escritores en vida misma de Bello, 
o después de su muerte, han pretendido que era secuaz de don 
José Gómez Hermosilla, el maestro, el prototipo del rigoris- 
mo literario español en el presente siglo. 

Algunos de los que tal cosa han aseverado no han sabido 
distinguir la inmensa diferencia que existe entre predicar 
una razonable pureza de estilo, como lo hacía Bello, i ser 
excesivamente severo i arbitrario en este punto, como lo era 
ílermosilla; entre reconocer los fueros de la imajinacion i de 
^a inteligencia, i querer aprisionarlas en estrecha cárcel de 
preceptos rastreros i caprichosos. 

Las opiniones de Bello que dejo espuestas con sus testuales 
palabras le vindican suficientemente de un cargo tan inme- 
recido. 

Sin embargo, voí a manifestar cuál fué el juicio de nuestro 
autor sobre las obras de Hermosilla, porque esto me propor- 
cionará oportunidad de hacer comprender mejor sus doctrinas 
literarias, i de dar a conocer algunas de sus apreciaciones 
verbales i de sus apuntes inéditos, que de otro modo se per- 
derían. 

El principal fundamento que algunos tuvieron para tildar a 
Bello de hermosillista fué el haber adoptado El Arte de Ha- 
blar como testo en su clase de literatura. 

Don Andrés Bello me espresó varias veces cuál había sido 
la razón de esta preferencia. 

En su concepto, El Arte de Hablar era una obra de ex-* 
celentes condiciones escolares. 

Conservo el siguiente apunte en que consignó con sus pro- 
pias palabras la opinión de Bello. 
«Sin el título pomposo de Filosofía que dio a su tratado de 



DE DON ANDRÉS BELLO 503 



elocuencia don Antonio Capmani (cuyo mérito estoi mui lejos 
de disputar bajo otros respectos), decia Bello, hai en El Arte 
de Hablar un orden mucho mejor entendido, un conocimiento 
mucho mas profundo de la materia, reglas sin comparación 
mas a propósito para dirijir a la juventud i ponerla en el 
buen camino, principios teóricos claros, reducidos a un sis- 
tema regular, juicio sólido, ejemplos luminosos de una aná- 
lisis delicada i exacta. Si el lenguaje no llega a la castiza 
pureza i facilidad del de Capmani, en recompensa le excede 
mucho en una dote harto rara en las obras didácticas españo- 
las, que es la exactitud i precisión en el modo de presentar las 
ideas. Se conoce que el autor se toma a sí mismo una cuenta 
rigorosa de sus pensamientos, trasladándolos al papel con una 
claridad i tersura, que parecerán talvez nimias a los que, 
acostumbrados a la falta de ellas en nuestros libros de doc- 
trina, creen que no se puede escribir bien en castellano sin 
períodos de media legua de andadura, refranes, palabras anti- 
cuadas, redundancias i anfibolojías.» 

El Arte de Hablar, según Bello, le proporcionaba, a causa 
del método i de otras cualidades, un medio cómodo para ense- 
ñar a sus discípulos el buen decir sin estar obligado a aceptar 
en muchos casos las doctrinas de Hermosilla, que reemplazaba 
frecuentemente por otras distintas, i aun opuestas. 

Bello refutó, no solo de palabra, sino por escrito las opinio- 
nes del mencionado preceptista. 

Ya hemos visto que, en los Principios de Ortolojía i Mé- 
trica, combatió su sistema de versificación. 

En los números de El Araucano correspondientes al 5 i 12 
de noviembre, i al 3 de diciembre de 1841, i al 22 de abril de 
1842, publicó una serie de artículos en que rebate muchos de 
los comentarios que Hermosilla hace a las poesías de don 
Leandro Fernández de Moratin. 

«Han llegado recientemente a Santiago, escribía Bello en el 
primero de esos artículos, algunos ejemplares del Juicio Criti- 
co de los Principales Poetas Españoles de la Ultima. 
Era, obra postuma de don José Gómez Hermosilla, publicada 
en Paris el año pasado por don Vicente Salva. Los aficiona- 



M 



dos a la literatura hallarán en esta obra mui atinadas i juicio- 
sas observaciones sobre el uso propio de varias voces i frases 
castellanas, i algunas también que tocan al buen gusto en las 
formas i estilo de las composiciones poéticas, si bien es pre- 
ciso confesar que el Juicio Crítico está empapado, no menos 
que el Arte de Hablar, en el rigorismo clásico de la escuela 
a que perteneció Hermosilla, como ya lo reconoce su ilustrado 
editor. 

«En literatura, los clásicos i románticos tienen cierta seme- 
janza no lejana con lo que son en la política los lejitimistas i 
los liberales. Mientras que para los primeros, es inapelable 
la autoridad de las doctrinas i prácticas que llevan el sello 
de la antigüedad, i el dar un paso fuera de aquellos trillados 
senderos es rebelarse contra los sanos principios, los segun- 
dos, en su conato a emancipar el injenio de trabas inútiles, i 
por lo mismo perniciosas, confunden a veces la libertad con la 
mas desenfrenada licencia. La escuela clásica divide i separa 
los jéneros con el mismo cuidado, que la secta lejitimista las 
varias jerarquías sociales: la gravedad aristocrática de su traje- 
dia i su oda no consiente el mas lijcro roce do lo plebeyo, fa- 
miliar o doméstico. La escuela romántica, por el contrario, 
hace gala de acercar i confundir las condiciones: lo cómico i 
lo trájico se tocan, o mas bien, se penetran íntimamente en 
sus he teroj éneos dramas: el interés de los espectadores se re- 
parte entre el bufón i el monarca, entre la prostituta i la prin- 
cesa; i el esplendor de las cortes contrasta con el sórdido 
egosmo de los sentimientos que encubre, i que se hace estudio 
de poner a la vista con recargados colores. Pudiera llevarse 
mucho mas allá este paralelo; i acaso nos presentaría afinida- 
des i analojías curiosas. Pero lo mas notable es la natural 
alianza del lojitimismo literario con el político. La poesía ro- 
mántica es de alcurnia inglesa, como el gobierno representa- 
tivo, i el juicio por jurados. Sus irrupciones han sido simul- 
táneas con las de la democracia en los pueblos del mediodía 
de Europa. I los mismos escritores que han lidiado contra el 
progreso en materias de lcjislacion i gobierno, han sustentado 
no pocas veces la lucha contra la nueva revolución literaria, 



DE DON ANDRÉS BELLO 505 



defendiendo a todo trance las antiguallas autorizadas por el 
respeto supersticioso de nuestros mayores; los códigos poéticos 
de Atenas i Roma, i de la Francia de Luis XIV. De lo cual, 
tenemos una muestra en don José Gómez Hermosilla, ultra- 
monarquista en política, i ultra-clásico en literatura. 

«Mas aun fuera, de los ¡juntes de diverjencia entre las 
dos escuelas, son muchas las opiniones de este célebre 
literato de que nos sentimos inclinados a disentir. Si se 
presta alguna atención a las observaciones que vamos a some- 
ter al juicio de nuestros lectores, acaso se hallará que las aser- 
ciones de Hermosilla son a veces precipitadas, i sus fallos 
erróneos; que su censura es tan exaj erada, como su alabanza; 
que tiene una benda en los ojos para percibir los defectos de 
su autor favorito, al mismo tiempo que escudriña con una 
perspicacia microscópica las imperfecciones i deslices de los 
otros. Si así fuese, las notas o apuntes que siguen, escritos a 
la lijera en los momentos que hemos podido hurtar a ocupa- 
ciones mas serias, no serian del todo inútiles para los jóvenes 
que cultivan la literatura, cuyo número (como lo hemos dicho 
otras veces, i nos felicitamos de ver cada dia nuevos motivos 
de repetirlo) se aumenta rápidamente entre nosotros.» 

Bello espone en seguida los numerosos puntos de diverjen- 
cia por lo que toca a las poesías de Moratin que tenia con 
Hermosilla. 

En el número de El Araucano correspondiente al 14 de 
enero de 1842, insertó un artículo referente a los Romances 
Históricos de don Anjel Saavedra, duque de Pavas, artícu- 
lo en el cual disiente igualmente de otra de las opiniones del 
crítico español con quien algunos le han supuesto mui equivo- 
cadamente comunidad de teorías literarias. 

«Don Anjel Saavedra ha tomado sobre sí la empresa de res- 
taurar un j enero de composición que habia caído en desuetud, 
escribía Bello. El romance octosílabo histórico, proscrito de la 
poesía culta, se habia hecho propiedad del vulgo; i solo se oía 
ya, con mui pocas escepciones, en los cantares de los ciegos, 
en las coplas chavacanas destinadas a celebrar fechurías de 
salteadores i contrabandistas, héroes predilectos de la plebe 



OÜ6 VIDA 

española en una época en que el despotismo habia envilecido 
las leyes, i daba cierto aire de virtud i nobleza a los atentados 
que insultaban a la autoridad cara a cara. Contaminado por 
esta asociación aquel metro en que se habían oído quizas las 
únicas producciones castellanas que puedan rivalizar a las de 
la Grecia en orijinalidad, fecundidad i pureza de gusto, se cre- 
yó imposible, no obstante uno que otro ensayo, restituirlo a 
las breves composiciones narrativas de un tono serio, a los 
recuerdos históricos o tradicionales, en una palabra, a las le- 
yendas, que no se componían antes en otro; i llegó la preocu- 
pación a tal punto, que el autor del Arte de Hablar no dudó 
decir que, — aunque el mismo Apolo viniese a escribirle no íe 
podría quitar ni la medida, ni el corte, ni el ritmo, ni el aire, 
ni el sonsonete de jácara, ni cstender en él, ni variar los perío- 
dos, cuanto piden alguna vez las epopeyas i las odas heroicas; 
— desterrándolo así, no solo de los poemas narrativos, sino de 
toda clase de poesía seria. Don Anjel Saavedra ha reclamado 
contra esta proscripción en el prólogo que precede a los Ro- 
mances Históricos; ha refutado allí la aserción de Ilermosilla 
oon razones irrefragables; i lo que vale mas, la ha desmentido 
con estos mismos Romances, donde la leyenda aparece otra 
vez en su primer traje, i el octosílabo asonantado vuelve a 
campear con su antigua riqueza, naturalidad i vigor. 

«Ni es esta la primera vez que el duque de Rívas ha de- 
mostrado prácticamente que el fallo del Arte de Hablar 
contra el metro favorito de los españoles carecía de sólidos 
fundamentos. Habiendo en El Moro Espüsito vindicado al 
endecasílabo asonante del menosprecio con que le trataron 
los poetas i críticos de la era de Jovellános i Meléndez, en los 
lindos romances publicados a continuación de aquel poema, 
dio a conocer, con no menos feliz éxito, que no habían pres- 
crito los derechos del octosílabo asonante a las composiciones 
de corta estension en que se contaba algún suceso ficticio, o se 
consignaban i hermoseaban las tradiciones históricas. Poste- 
riormente probó también sus fuerzas en este j enero el celebrado 
Zorrilla; i sus romances ocupan un lugar distinguido entre las 
producciones mas apreciablcs de su fértil i vigorosa pluma.» 



DE DON ANDRÉS BELLO 507 



Don Andrés Bello, sea en la enseñanza, sea en la conversa- 
ción, se entretenía en refutar, o en rectificar, a guisa de ejer- 
cicio literario, los conceptos infundados i demasiado lijeros de 
Hermosilla . 

Probablemente, las observaciones consignadas en los artí- 
culos sobre las poesías de Moratin tuvieron este orí jen. 

Lo que me consta es que Bello preparó otros análogos sobre 
las de clon Juan Meléndez Váleles, en los cuales contradecía 
igualmente los juicios de Hermosilla. 

El crítico americano, por lo común, alababa lo que el críti- 
co español reprobaba, i vico versa. 

Los dos se manifestaban casi siempre discordes en sus apre- 
ciaciones de Inarco Celenio i de Batilo. 

Así, Bello rechazaba, en la teoría i en la práctica, las doc- 
trinas i opiniones del autor del Arte de Hablar i del Juicio 
Crítico, en vez de seguirlas, como algunos lo han aseverado 
mui inmotivadamente. 

Por desgracia, sus numerosas i variadas ocupaciones impi- 
dieron a Bello terminar esos artículos referentes a las poesías 
de Meléndez, que, reunidos a los relativos a las de Moratin, 
habrían compuesto una interesante refutación del primer to- 
mo del Juicio Crítico. 

Yo puedo presentar aquí algunas muestras de lo que habrían 
sido esos artículos sobre Meléndez. 

Después de haber oído hablar a Bello acerca del asunto, re- 
dacté, apenas regresó a casa, lo que él había dicho, procuran- 
do yo en aquellos apuntes reproducir, no solo sus ideas, sino 
hasta sus propias palabras. 

oda i.- 

DE MIS CANTARES. 

En esta composición, se lee la siguiente estrofa: 



Tú, de las roncas armas, 
Ni oirás el son terrible, 
Ni, en mal seguro leño, 
Bramar las crudas sirtes. 



508 VIDA 

«Las sirtes, que son unos bancos de arena, advierte Uer- 
mosilla, no braman; las que braman son las olas al encon- 
trarse con ellas. Furit sestus arenis, i no Furit arena, dijo 
Virjilio.» 

Bello replicaba: 

■ — Censura injusta. Las sirtes braman, hablando poética- 
mente, aunque en verdad no sean ellas, sino las aguas las que 
clan el bramido. Do la misma manera que 

Nunc nemora ingenti vento, nunc littora plangunt, (Virjilio) 

aunque no sean las selvas, ni las playas lo que jime, sino 
el viento en ellas. Si Virjilio dijo: Furit xstus arenis, i no 
Furit arena, porque así le vino a cuento, en otra parte, dijo: 
Resonantia littora, i no Ventus littoribus resonans, por el 
mismo motivo. Pero no hai necesidad de buscar ejemplos. 
Nada mas trillado en poesía, que el susurro de las hojas; i 
se sabe que no son ellas las que susurran, sino el viento. Si 
hemos de creer a Hermosilla, no podrá ya decirse quo suena 
cosa alguna en el mundo, escepto el aire. — 

ODA 2/ 

EL AMOR MARIPOSA. 

En esta composición, Meléndez dice que el Amor 

Tornóse en mariposa, 
Los bracüos, en alas, 
I los pies ternezuelos, 
En patitas doradas. 

«Los diminutivos bracüos, patitas', advierte Hermosilla, 
son i serán siempre voces demasiado humildes aun para las 
anacreónticas, por mas que Meléndez i sus discípulos se hayan 
empeñado a dar carta de hidalguía a esta clase de palabras, 
introduciéndolas en composiciones del tono mas elevado.» 

Bello replicaba: 

— No suscribimos a esta sentencia. Parecen humildes esos 
diminutivos, porque desgraciadamente lo han querido así los 
clásicos, desterrándolos hasta de composiciones en que pudie- 
ran mui bien tener cabida. Si nó, dígasenos: ¿son de mal gusto 



DE DON ANDRÉS BELLO 509 



los diminutivos de Catulo?; ¿no dan suavidad i blandura al 
estilo de sus versos? Si no sucede lo mismo en castellano, no 
se culpe a la lengua, sino a los poetas que han querido hacerla 
inadecuada a todo j enero de asuntos. — 

ODA 3/ 

A UNA FUENTE. 

Hermosilla declara que «es bastante bonita». 

Bello juzgaba que la descripción contenida en ella parecía 
algo débil. 

Entre varias críticas de detalle, Hermosilla reprueba el que 
Meléndez aplicase a la culebra el epíteto de ondosa.. 

«No hai bastante propiedad, observaba. Ondoso o undoso 
se dice del mar i del viento, i significa que ambos fluidos es- 
tán ajitados, i forman lo que llamamos ondas; pero a la cu- 
lebra, que es un cuerpo sólido, no puede convenir aquel epíte- 
to, sino por una mui estudiada i alambicada metáfora, para 
dar a entender que, levantando, al moverse, una parte de su 
cuerpo, i bajando otra, forma una como sinuosidad parecida 
a la que forman las ondas de los cuerpos fluidos. Pero en este 
caso, ¡cuan débil i traída de lejos sería la semejanza!» 

Bello, en el 3.° de los artículos relativos a las poesías de 
Moratin, hace notar que este poeta, en el idilio titulado La 
Ausencia, pone este verso: 

La ondosa tronza deslazada al viento; 

i recuerda el precedente trozo de Hermosilla para sorprenderle 
en flagrante delito de parcialidad. 

«Todo esto, escribe Bello, es de Hermosilla, censurando, no 
a Moratin, sino al pobre Meléndez. Si no se puede decir que 
una culebra es ondosa, tampoco se puede decir que lo es una 
trenza de pelo, porque, entre las dos cosas, la semejanza en 
cuanto a las como sinuosidades es perfecta i completa. Pero 
la observación en sí misma nos parece infundada. La Acade- 
mia, v. ondear, dice: — formar ondas los dobleces que se hacen 
en alguna cosa, como el pelo, vestido, ropa, etc. — I desde que 



o 10 vida 

el pelo rizo hace ondas, i puede, por consiguiente, llamarse 
ondoso, ¿por qué nó la culebra? Lo que hallamos de alambi- 
cado en esta materia es la censura del señor Ilermosilla.» 

Por su parte, Bello hacía a la oda 3. a de Meléndez dos crí- 
ticas, que Hermosilla no formuló. 

Esa composición empieza así; 

¡Oh cómo en tus cristales, 
Fuentecilla risueña, 
Mi espíritu se goza, 
Mis ojos se embelesan! 

Tú, de corriente pura, 
Tú, de inexhausta veta, 
Trasparente te lanzas 
De entre esa ruda peña, 

Do a tus linfas fugaces 
Salida hallando estrecha, 
Murmullante te afanas 
En romper sus cadenas. 

— ¿Puede decirse que una fuente que se lanza de una piedra 
por una salida estrecha, preguntaba Bello, rompe las cadenas 
de la piedra? 

¿Qué semejanza hai entre una cadena i una salida estre- 
cha?— 

Meléndez, en la misma composición, se espresa como sigue: 

Con su plácida sombra, 
Tu frescura conserva 
El nogal, que pomposo 
De tu humor se alimenta; 

I en sus móviles hojas, 
El susurro remeda 
De tus ondas volubles, 
Que, al bajar, se atropellan. 

— El susurro, decia Bello, no es el sonido propio de las 
«ondas volubles, que, al bajar, se atropellan» . — 

ODA 4/ 

EL CONSEJO DEL AMOR. 

El poeta se figura en esta pieza haber sorprendido al céfiro 
rogando a una rosa que le permita besarla. 



DE DON ANDRÉS BELLO 511 



«Está bien escrita, dice Hermosilla, i no tiene defecto algu- 
no de locución; pero es algo larga, la alegoría del céfiro se 
prolonga demasiado, i reducida toda la composición a un pen- 
samiento capital, está éste mui desleído. Por lo demás, la fic- 
ción es injeniosa, i la aplicación adecuada». 

— La ficción en sí misma es defectuosa, observaba Bello. 
¿Para qué necesita el céfiro de rogar a una rosa que le permita 
besarla? Si el aire se mueve, ¿no tocará todas las flores que 
sa hallen a su alcance, que es todo lo que significa ese beso? 

Se dirá que la rosa i el céfiro están personificados. Pero, si 
la personificación poética se limita a dar vida a lo inanimado r 
puede mui bien suponerse que la rosa i el céfiro se halagan 
mutuamente, i reciben placer en halagarse; pero pasar mas 
allá es faltar a aquella especie de verdad de que ni aun la 
poesía está dispensada. ¿Qué hace el rendido céfiro, cuando 
dirije sus requiebros a la rosa? ¿Sopla, o no sopla? Si no so- 
pla, no hai céfiro; i si sopla, no puede dejar de besar, aunque 
quiera, sin necesidad de permiso alguno. 

Demasiado material parecerá esto a muchos; pero si el fon- 
do de toda personificación poética debe ser una cosa real, qui- 
siéramos que se nos dijera qué es lo que pasa a la vista del 
poeta entre la rosa i el céfiro que corresponda a la súplica del 
amante, i a la esquivez de la amada. — • 

ODA 5.» 

DE LA PRIMAVERA. 

Hermosilla comenta como sigue esta composición: 
«Es puramente descriptiva, pero mui graciosa, i los versos 
todos fáciles i suaves. Solo noto dos lijeros descuidos. 
«1.° En la estrofa sesta, dice: 

El céfiro de aromas 
Empapado, que mueven 
En la nariz i el seno 
Mil llamas i deleites. 

«Mover la llama va bien, pero mover deleites, por excitar 
o causar, no es bastante exacto. 



515 



«2.° En la décima, hablando de las aves, se dice: 

I en los tiros sabrosos 
Con que el Ciego las hiere, 
Suspirando delicias, 
Por el bosque se pierden. 

«Aquí hai dos cosas: 1. a el complemento en los tiros, o 
no tiene verbo, o se refiere al suspirando, o al se pierden. 
En el primer caso, hai falta de sentido; en el segundo, impro- 
piedad; porque, en los tiros, no se suspira, ni, en ellos, se 
pierden las aves. 2. a El verbo neutro suspirar está hecho 
transitivo por una licencia, o mas bien especie de neolojismo, 
de que ya se burló en su tiempo el autor de La Gatoma- 

QUIA. » 

Don Andrés Bello acotaba como sigue este comentario de 
Hermosilla. 

— Mover llamas. Se dice con propiedad mover las pasio- 
nes, esto es, darles dirección, impelerlas ya a un objeto, ya a 
otro, como lo hacen los oradores, en una palabra, excitarlas. 
Pero, aunque metafóricamente la llama es amor, no puede 
decirse mover llamas por excitar amores, porque mover 
llamas, en su significado propio, es llevarlas de un lugar a 
otro, no encenderlas, ni atizarlas. Si se emplea metafórica- 
mente una combinación de dos palabras, no basta que cada 
una considerada aparte se preste a la metáfora: es preciso que 
el juego que forman las dos en su sentido propio corresponda 
al juego metafórico que se desea representar con ellas. La es- 
presion pudiera pasar en otra clase de estilo o de obra; ni a la 
anacreóntica, ni al asonante, se permiten semejantes licen- 
cias. 

Mover deleites, como lo observa Hermosilla, no es bastan- 
te exacto. 

Ademas, la unión de llamas i deleites es intolerable: lo 
propio i lo metafórico pertenecen a dos mundos distintos. 

I en los tiros sabrosos. Lo que hai de malo en esta copla 
es el en por a: a los Uros es a causa de los tiros, que fué 
sin duda lo que quiso decir el poeta. 



DE DON ANDRÉS BELLO 513 



Suspirar delicias, no es impropio, como quiere el señor 
Hermosilla, fundándose en una razón de mui poco peso. 

Suspirar es frecuentemente neutro; pero esto no quita que 
tome a veces un acusativo, como suele suceder con otros ver- 
bos neutros, i como lo prueba el participio pasivo suspirado, 
suspirada. En poesía, se suspira todo aquello que va de 
algún modo envuelto en el suspiro. Así, i por esto, el mismo 
autor de La Gatomaquia se espresó mui bella i poéticamente 
cuando dijo: 

Pasaron ya los tiempos 
En que, lamiendo rosas, 
El céfiro bullía, 
I suspiraba aromas. — ■ 

Bello hacía a la oda 5. a de Meléndez una crítica de detalle 
en que Hermosilla, a pesar de su rigorismo, no paró mientes. 
La estrofa tercera es como sigue: 

El alba, de azucenas 
I de rosa las .sienes, 
Se presenta ceñidas 
Sin que el cierzo Zas hiele. 

— Este las de las hielo, preguntaba Bello, ¿se refiere a azu~ 
cenas i rosa, o a sienes? — 

oda 6. a 

A DOIULA. 

«Hermosa i lejítima anacreóntica, dice Hermosilla. Nada 
hai que notaren ella.» 

Bello creia que esta composición dalia materia para obser- 
vaciones de la clase de aquellas que hacía Hermosilla. 

La vejez luego viene 
Del amor enemiga; 
I entre fúnebres sombras, 
La muerte se avecina, 

Que, escuálida, i temblando, 
Fea, informe, amarilla, 
Nos aterra, i apaga 
Nuestros fuegos i dichas. 

V. DE B, 85 



51 í VIDA 

El cuerpo se entorpece, 
Los ayes nos fatigan, 
Nos huyen los placeres, 
I deja, la alegría. 

— No es del todo lejítimo el apagar los fuegos